Si das una vueltecita por mi Blog, espero sea de tu agrado.

18 diciembre 2007

CUENTO DE NAVIDAD


Cuando los tres Reyes Magos de Oriente vieron pasar ante sus ojos tres cometas, no lo pensaron más, abandonaron su estrella, su residencia de verano y se auparon a las grupas astrales enfilando rumbo a Occidente, en uno más de sus acostumbrados viajes cargados de felicidad con la misión de repartirla por todos los rincones del mundo. Pronto cruzaron la frontera que nos separa, y muy celosos de cumplir las normas allá por donde pasan, se abrocharon el cinturón de seguridad, a pesar de que no lo necesitaban. Tal privilegio, lo heredaban de hacía más de dos mil años, cuando se ganaron la inmortalidad hasta el fin de los siglos, que coincidirá con la llegada de Quien un día vendrá a juzgarnos. Incluso a ellos mismos, quienes también tendrán que rendir cuenta de sus regalos, los entregados a quienes no se hubiesen hecho merecedores de ellos.

Había sido un bueno año para los tres Magos de Oriente que, producto de su trabajo, preñaron de juguetes el interior de sus nubes blancas recauchutadas de algodón, los vagones donde los transportaban. A gran velocidad, surcaron los cielos y la inmensa caravana volaba por la autopista celeste, celosos de su horario, para llegar a su destino cuando empezara la noche y repartir sus regalos, una vez recogidas las cartas depositadas en los buzones esparcidos por todos los rincones de la ciudad, incluso en las grandes plazas del neón navideño que tanto alimentan los sueños infantiles.

Pero aquel año, como podía ser el actual en que estamos, sus emisarios, adelantados para hacer un cálculo de las peticiones, algo habían hecho mal, pues no informaron a los Reyes Magos de que si había sido un buen año para ellos, no lo había sido para las familias que iban a visitar, y no advirtieron de la inflación galopante que sufrían, a cuyo trote, había arrasado sus recursos, débiles y extenuados, lo que les había obligado a ciertas privaciones en muchas de las casas de aquella ciudad, incluso en las de mediana economía.

Y para más inri, alguien les había ganado la mano, llegando con la antelación de todos los años. Papá Noel, porque no podía ser otro, ya había dejado sus regalos, y cuando los pajes reales abrieron los buzones, los vieron casi vacíos, huérfanos de sobres. Sólo unos cuantos telegramas con muy pocas palabras hallaron en sus fondos, lo que hacía suponer una noche de poco trabajo, al menos en aquel lugar. Pintaron pues bastos para los Monarcas, y Papá Noel ya había llenado las casas de juguetes, sin más mérito que haber llegado primero, vaciando no solo los bolsillos, sino también dejando sin límite las tarjetas de crédito de todos los papás.

Pero los Reyes Magos no habían llegado hasta allí para volver cargados a su estrella celeste sin cumplir su misión encomendada, motivo fundamental de su larga existencia. Y calle por calle, y casa por casa, vaciaron sus nubes que tenían ancladas atiborradas de juguetes. Un año más alegraron a los niños de aquella ciudad, como tantas otras veces, ilusionados como siempre.

Como días antes lo había hecho Papa Noel, que si republicano él, ellos eran los Reyes Magos de Oriente, y con su magia e ilusión, como fértiles simientes que son, el próximo año sería mejor para todos, con cartas de niños en los buzones saliéndose por las orejas y telegramas urgentes de última hora, llenos de ensueños, llenos de esperanza.

12 diciembre 2007

LÍNEA 8 - PERIFÉRICO


Había llegado a formar parte de mi vida y mi dependencia hacía él era total. Todos los días cogía el mismo autobús y en las mismas horas coincidía con ellos, en cada uno de los trayectos, ya desde hacía algunos años. De casa al trabajo, y vuelta a comer; y por la tarde lo mismo, pero el regreso a mi hogar, ya en la hora cercana a la cena. Y al día siguiente, vuelta a empezar, como todos los días del año, así uno tras otro.

Los buenos días con Juan eran muy cordiales, y sentados juntos en el autobús nos contábamos nuestras cosas, casi todos los días parecidas, pero tendentes en el tiempo a incidir en cuestiones de salud, por desgracia cada vez con mayor frecuencia, pero que por fortuna hacían crecer en nosotros un afecto entrañable. A Juan sólo lo veía por las mañanas, pues en el resto de la jornada nuestras rutinas tenían muescas diferentes.

Al mediodía, de regreso a mi casa, subía al bus junto a un joven oficinista (su aspecto le delataba) siempre callado, con el que el único cruce de palabras eran los habituales hola y adiós, absorto en sus auriculares que le salían de sus oídos protegidos por unos pabellones más bien pequeños, que en su conjunto, le daban un aspecto taciturno. Me enteré de su nombre por casualidad, porque un día, una rubia también joven y guapa le dijo: ¡hola Álvaro! y él, adivinando el saludo, le contestó algo sonrojado con aspecto serio, un escueto hola; abundado aún más en su aire huraño, cuando agachando la cabeza llevó sus manos a las orejas ajustando aquellos dichosos cables que se le caían, debido quizá al pequeño hueco allí donde se sostenían.

Ya en el bus de la tarde, mi única preocupación residía en no encontrarme con Blas, debido a su descaro verbal con aromas de halitosis. Sin embargo, siempre tenía algo que decirme, por lo que me buscaba con sumo interés, incapaz como era yo de negarle mi compañía, aunque no me resultara muy grata la suya. Sustraerme a él era un imposible, pues se pegaba a mí como una lapa, y si me refugiaba solo en un asiento, él se ponía de pie a mi lado de inmediato sin darse cuenta que prefería ignorarlo.

En mi último trayecto del día la presencia de Társilo, de cara blanca, asustadiza y una persistente tos, era una constante, y siempre terminaba por contarme lo mal que le salían las cosas, hablarme de su poca fortuna, y de sus miedos al salir a la calle, pues todo lo que le ocurría representaban desgracias inevitables. Era un tostón, pero muy buena gente y me daba cierta pena, por lo que trataba de animarle sin apenas conseguirlo.

El autobús, ese pequeño mundo que no gira alrededor del Sol pero sí de la ciudad y nos transporta traqueteante acompañados de seres multiformes, algunos en busca de un foco de calor donde cobijarse, completaba parte de mis horas, a veces fascinantes, en un trayecto que si siempre era el mismo, su gente tenían vidas diferentes, ora seductoras, ora vulgares.

Pero un buen día todo se fue al traste y ni Juan, ni Álvaro, ni Blas, ni Társilo subieron al autobús, lo que me causó una inesperada sorpresa, echándoles de menos, incluso a Blas. Y más si cabe, por la ausencia de los cuatro en el mismo día, como si el destino se hubiese puesto de acuerdo pasando a un segundo acto de un guión desconocido. Y así, transcurrieron dos días más, dejándome muy preocupado y despertando en mí un gran interés por saber algo de ellos. Y también apenado, sobre todo, por no saber a quien dirigirme preguntando por ellos, ni por si volvería a verlos.

Ya en mi último trayecto me acerqué al conductor del autobús, no como remedio seguro, sino porque no había otra forma de averiguar algo; tenía al menos que intentarlo.

-Buenas noches, amigo –le saludé cordialmente- llevo tres días sin saber nada de Juan, ni de Álvaro, ni de Blas, ni de Társilo, todos habituales usuarios de esta línea que seguro que los conoce. Por casualidad, ¿sabe Vd. algo de ellos?

-Oiga Vd.- me contestó serio, con cara de pocos amigos y algo cabreado- ¿No sabe Vd. leer? ¿No ve que está prohibido hablar con el conductor?

Enojado, me bajé del bus unas cuantas paradas antes de llegar a mi destino, añorando la cordialidad, la discreción, la osadía y hasta el miedo, envueltos todos en el celofán humano de la espontaneidad como el mejor de los regalos, lejano al obligado de un santo comercial, truncados todos por un cartel prohibitivo cada vez más de actualidad que ya desgraciadamente nada tiene que decir.

(“Línea 8–Periférico” es un relato que ha participado en el 25º Proyecto Anthology. Tema: El autobús)

06 diciembre 2007

EL SIGLO DE ORO ESPAÑOL


Lo tenía decidido. Pocholo, mochila al hombro, paso firme y con sus melenas ondulantes, bajó de su autobús aparcado en una gran superficie y se fue directo a la sección de libros de ocasión buscando el estante de los clásicos. Su interés estaba en comprar algo de Garcilaso, de Santa Teresa de Jesús y de Boscán. No por su afición a los clásicos, que ya había abandonado, sino porque le vinieron al recuerdo como los más adecuados para lo que por su mente rondaba. De su cara enfurecida, perfumada con un Jean Patou, surgió un brutal ceño cuando lo único que encontró fueron libros de autoayuda, de cómo hablar inglés en quince días para volar a Londres aprovechando un vuelo barato encontrado en Internet o de cómo ligar pronto y bien. Al ver este último, cambio el semblante y sonrió levemente.

Tozudo como nadie y aprovechando la parada del metro, se fue al centro histórico de la ciudad con la esperanza de encontrar lo que buscaba. Si algo no falla junto a una vieja catedral es una librería de lance, se dijo, y él lo sabía. Encontró lo que deseaba, y terminó de llenar su mochila aprovechándose de un Quijote a muy buen precio que le llamó la atención porque con los rasgos de Quijano en la portada raída y amarillenta se encontró un cierto parecido.

-¡Toma y lee, a ver si subes tu nivel!- le dijo Pocholo a Arancha algo prepotente, ignorante de su talla intelectual, despertándola del camastro mientras ella estiraba sus brazos de porcelana ladeando su cuerpo desnudo sobre una sabana roja de seda que hacía resaltar aún más sus lascivas curvas sin que a Pocholo le importaran cuando estaban ya en el parque.

Arancha, circunspecta y con la moral tan alta como enciclopédica, apretándose los labios le hizo caso; y de la mochila a sus pies, sacó a Santa Teresa, a Garcilaso y a Boscán. En cambio, cuando vio al de la triste figura, al que también encontró su parecido, se lo lanzó a la cabeza sin conseguir atinarle. Pocholo se tiró al suelo evitando la andanada, y el libro voló por la ventana saliendo al exterior estrellándose contra un lector tumbado en la hierba del parque, dándole en la cabeza.

-¡Quién es el ignaro que osa desprenderse de este libro tan preciado y se atreve a lanzarlo a los cuatro vientos!- Dijo enojado el lector con el Quijote en sus manos y el suyo bajo la axila, ya dentro del autobús, al que había entrado, mientras despectivo veía a la de la blanca figura, desnuda ante él y a su lado sentado en el suelo quien le pareció un patán.

Arancha, asombrada ante la presencia del intruso tapó sus turgentes senos, uno con Garcilaso y el otro con Boscán, y aún tuvo tiempo para Santa Teresa acogiéndola en su regazo.

-¡Pocholo!- Exclamó la bella.

-¡Oye tú! ¿No molestes? ¿No ves que estamos en horas de leer? ¡Fuera!- le gritó Pocholo, indicándole con su cara enfurecida la puerta por donde había entrado, amenazándole con una pica en su mano diestra, como aquellas las de Flandes.

El erudito misterioso no lo pensó dos veces, arrambló con Garcilaso y con Boscán, y sin llegar a darse cuenta de la presencia de Santa Teresa sobre la sabana roja de seda, huyó por donde había entrado cargado del Siglo de Oro Español encontrado como un tesoro en el más mullido de los estantes.

16 noviembre 2007

SEGOVIA, LA VIEJA CASTILLA


6 de Noviembre

Si hay una ciudad pequeña en su continente pero grande en su contenido, esta es Segovia; y cada una de sus piedras semeja al grano que prieto al otro, envuelto por láminas donde se escribe su historia, forman el bello fruto de una granada coronada.

En la segunda mitad del XVI el Rey Prudente trasladó la corte a Madrid y Segovia entró en retroceso. Pero antes, durante muchos siglos, y piedra a piedra, se fue gestando en ella gran parte de nuestra historia, la iniciada en la época romana cuando dos Emperadores, Trajano y Teodosio I, nacieron en tierras segovianas, aunque al primero hay quienes le atribuyen a Sevilla su lugar de nacimiento.

Con todo esto, más los castillos existentes por toda la provincia, el viaje a aquella tierra estaba sobradamente justificado. Sus asados, el Acueducto, el agua por arriba y el vino por abajo, contribuían, más si cabe, a pasar unos días en Segovia, la bella ciudad castellana.

Llegamos a hora de comer al Parador de Segovia, donde pasamos la tarde para programar las rutas y conocer las horas de visita a los lugares más interesantes, información que nos facilitaron los amables amigos de recepción.

7 de Noviembre.

El Palacio de Riofrío es uno de los Reales Sitios, situado a pie de la Sierra de Guadarrama en cuyas cimas descansa placidamente la “mujer muerta”, origen de curiosas leyendas. Pasada la puerta de acceso al Palacio, nos encontramos con la grata presencia de ciervos, venados y gamos tranquilamente paseando bajo las sombras del encinar. El Palacio, construido como lugar de residencia de Isabel de Farnesio alberga en uno de sus laterales el Museo de la Caza, escenificado por una gran variedad de animales de caza: cérvidos, aves rapaces y lagomorfos, gracias a las hábiles manos de los taxidermistas donde impera el buen gusto en la presentación de todas las especies.

Comimos en el Restaurante el Duque el obligado cochinillo, y aprovechamos la tarde para visitar a mi primo José Antonio y su esposa Milagros, quien nos informó de aspectos insospechados de la ciudad de Segovia. La plaza Mayor, en una tarde otoñal tranquila y apacible, sentados en una confortable terraza, flanqueados por la Catedral y el Teatro de Juan Bravo y teniendo al frente la actual Iglesia de San Miguel que reemplazó a la que estaba situada en el centro de la plaza y bajo cuyo atrio Isabel se proclamó en 1574 Reina de Castilla, el día de Santa Lucía, al conocer el fallecimiento de su hermano Enrique IV el Impotente, fue una gran placer para cerrar la tarde de nuestro segundo día en la ciudad.

8 de Noviembre

En nuestro tercer día, emprendimos una de las varias rutas de castillos, existentes en toda la provincia segoviana. Llegamos a Pedraza, bellísimo pueblo amurallado, anclado en la Edad Media y a cuyo interior se accede por su única puerta, sobre la que se albergaba la Cárcel de la Villa. Recrearse en la Plaza Mayor con sus porches singulares de auténtica esencia castellana, caminar por sus calles, observar sus rejas, sus balcones y su castillo, es volver al medioevo, siglos después de que Pedraza diera a Roma un Emperador, Trajano. El castillo, levemente separado del pueblo y al mismo nivel de sus calles, es propiedad de los herederos de Ignacio de Zuloaga, quien lo adquirió en el año 1926. El castillo fue cárcel de los hijos del rey Francisco I de Francia consecuencia de las hostilidades que con éste tuvo el Emperador Carlos I, permanentemente enfrentados. En nuestro paseo, vimos la calle de los Procuradores, donde vivieron los "dos más antiguos ejercientes en partido judicial".

Seguimos ruta hacía Castilnovo, castillo mudéjar de planta rectangular escondido entre una inmensa arboleda de álamos, encinas y sabinas que perteneció a Álvaro de Luna, valido de Juan II. En la actualidad es sede de la Asociación Cultural Hispano-Mexicana.

Continuamos ruta hacia Sepúlveda, ciudad céltica, repoblada por Fernán González, y en manos de Almanzor después. Hasta que pasó a ser definitivamente cristiana a principios del siglo XI. En todo lo alto, llegar hasta la Iglesia de El Salvador es muy complicado, sobre todo en coche, pero lo conseguimos. Sin embargo, visitar la de Iglesia de Nuestra Sra. de la Peña nos resultó muy sencillo. Así como, el Centro de Recreación de las Hoces del río Duratón, situado en la antigua Iglesia románica de Santiago, donde en sistema multimedia nos informaron cumplidamente de tan singular Espacio Natural con su peculiar flora y fauna, para comprender con mayor facilidad todo su significado, auténtico regalo de la naturaleza.

Comimos en el Figón de Ismael, atendidos por una pareja simpática y joven que nos ofrecieron un revuelto de trigueros delicioso y un asado de cordero de la especie churra muy sabroso, junto a un vino joven de la casa que fue un gran disfrute para nuestro paladar.

En Turégano contemplamos su castillo de raíces celtibéricas, situado en un altozano y restaurado recientemente. En su interior se construyó una Iglesia, y una espadaña destaca de sus torres y murallas. Entre sus gruesas paredes estuvo preso dos años Antonio Pérez, el que fuera secretario de Felipe II y firme forjador de la leyenda negra contra España.

9 de Noviembre

Si el arte está en los lienzos, en los escenarios, en el bronce y en la madera, también lo está en el ladrillo, siendo su mayor expresión el Castillo mudéjar de Coca. Y fue en Cauca, la actual Coca, donde nació Teodosio I, Emperador romano, lo que demuestra la importancia de Hispania en la época del Imperio Romano.

Nuestra primera visita del día fue al Castillo de Coca, de estilo mudéjar y rodeado de un profundo foso. Fue mandado construir por D. Alonso de Fonseca, tras obtener permiso del rey Juan II de Castilla en el año 1.453, construcción terminada a finales del siglo XV. El Castillo de Coca fue cedido por la Casa Ducal de Alba al Estado Español el dieciséis de Julio de 1954. La duración de la cesión fue por el tiempo de cien años menos un día, fijando el alquiler simbólico de una peseta al año. Actualmente es un centro de formación agraria desarrollando una gran actividad.

Terminada la visita al castillo de Coca nos fuimos a conocer Cuellar, la ciudad que saqueó Almanzor; en la actualidad la segunda ciudad de la provincia segoviana. Llegamos a través de un recorrido muy agradable, donde existe el mayor bosque de pinos de resina de toda Europa. La resina sintética sustituye a la producción potencial de la zona, pero la apacible tranquilidad que transmite sus pinares invita al recorrido lento contribuyendo a una mayor seguridad.

Cuellar gozó de una prospera economía gracias a la producción de lana, y el arte mudéjar impregna sus calles en sus múltiples iglesias. Don Beltrán de la Cueva, duque de Alburquerque, favorito de Enrique IV y presunto padre de Isabel la Beltraneja, mandó edificar el Castillo de Cuellar donde actualmente se teatralizan escenas de reyes, obispos, nobles, criados, dueñas y mancebos que nos trasladan a las costumbres y vivencias de una época esplendorosa

Junto al castillo destaca la Iglesia de San Martín, Centro de Interpretación del mudéjar, como el también Centro de Interpretación de los Encierros en la Iglesia de San Francisco, situado en la parte opuesta de la ciudad, donde se informa de los “juegos de toros” gracias a una tecnología muy avanzada. Especialmente, en homenaje a los Encierros de Cuellar, los más antiguos de España.

La hora de comer se acercaba, y nos recomendaron el Mesón de San Francisco. La sopa castellana estaba en su punto y el lechazo de cordero, en su especie churra, depositaba en nuestro paladar la mejor de sus esencias.

Tras perdernos por sus calles y cortos de tiempo para poder presenciar todo el tesoro monumental que encierra la ciudad, emprendimos el regreso a Segovia

10 de Noviembre

El día lo dedicamos a la ciudad de Segovia, que ya conocíamos de hace un par de años. Pero son tantos sus granos, que para saborear la granada obliga a visitarla con frecuencia. Y la mejor forma es utilizar el bus turístico que en su itinerario rodea toda la ciudad, gozándola desde el exterior con unas panorámicas increíbles que ayudan mejor a comprender su devenir histórico. La plaza del Azoguezo, a pie del Acueducto, fue el inicio y fin del trayecto, como no podía ser de otra manera. En esta misma plaza la Oficina de Turismo cumple una eficaz ayuda a los interesados por la histórica provincia segoviana.

Quise perder fuerzas antes de la comida, e inicié un paseo arriba bajo las piedras del Acueducto hasta su punto inicial del “desarenador”, lugar donde arranca su construcción y donde se distribuían sus aguas por la ciudad, llegadas de la Sierra de Guadarrama; a su lado, el Convento de San Antonio el Real, antiguo Palacio de Enrique IV y actual joya arquitectónica.

Comimos en Casa Bernardino, situada en la calle más popular de Segovia camino a la Plaza Mayor, con varios nombres a lo largo de su recorrido. Las morcillas de Bernardos y el cochinillo asado eran cuestión aligerarlos, y en solitario, quise recorrer la ciudad iniciando una ruta por su parte baja. Un camino de arboledas relajantes, de tonos ocres y cobrizos y por espesuras cuyas rendijas alertaban de monumentos románicos, góticos y mudéjares, donde el famoso dicho “de los huertos al parral paraíso terrenal” adquiere todo su sentido. Hubo un momento mágico, y fue cuando ante mis ojos apareció en lo alto y con todo su esplendor el Alcázar de Segovia, que más parece un buque navegando por las copas de la inmensa zona boscosa, el más bello de los pedestales. Llegado a este punto, torcí a la izquierda y un camino ascendente me llevó hasta la Plaza Mayor, apurando todas mis fuerzas que ya eran muy pocas. Atrás, dejaba una retícula urbana de calles estrechas, en cuyos rótulos cerámicos, además de su nombre, escudriñé curiosas leyendas testimonios de un pasado donde la fe era el mayor de sus arraigos. Sirva de ejemplo la calle del Mal Consejo: “donde vivía un sacristán que vendió a un judío una hostia consagrada dando ocasión al portentoso milagro del Corpus en 1410”.

A partir de ese momento todo resultó más fácil: había llegado el momento de volver al Parador y descansar.

11 de Noviembre

La mañana del domingo fue la del paseo en coche por los alrededores de la ciudad y cada parada nos supuso ver algo hermoso. Recorrimos toda la Alameda presenciado el Santuario de la Virgen de la Fuenciscla, la Patrona de Segovia, y el de los Padres Carmelitas donde está enterrado San Juan de la Cruz, ambos muy próximos; la Iglesia de la Vera Cruz, o de los Templarios; el Monasterio de Santa María de el Parral, lugar donde están enterrados los Marqueses de Villena; la Fabrica de la Moneda, actualmente en restauración; el Monasterio de Santa Cruz la Real construido por los Reyes Católicos en honor de Santo Domingo de Guzmán situado junto a su cueva, donde hacía penitencia en sus años de estancia en Segovia; y finalmente, la Iglesia románica de San Lorenzo de un pintoresco barrio segoviano.

Comimos en el Parador las famosas migas del pastor, unos sabrosos níscalos guisados y carrillada de ternera; de postre una deliciosa armonía de helados y el obligado café. Aún quedaba la tarde del domingo, y después de una ligera siesta, visité en solitario el Alcázar, con la fortuna de hacerlo en visita guiada, completando así una tarde muy bien aprovechada. La última en tan bella ciudad preñada de rincones insospechados como me advirtió Milagros, la esposa de mi primo José Antonio.

12 Noviembre

A media mañana salimos de Segovia ya de regreso a Valencia. Hicimos un alto en el camino en el Parador de Alarcón donde habíamos quedado a la hora de comer con un matrimonio entrañable y muy amigo, los Fernández Sarralde-Prats Catalá, con los que compartimos mesa y mantel, aprovechando para estar un rato unidos.

Tranquilamente llegamos a Valencia muy avanzada la tarde, después de un recorrido por la vieja y entrañable Castilla donde Segovia tuvo una especial relevancia en el devenir histórico de España, gozando de un viaje muy difícil de olvidar.

12 noviembre 2007

CABEZA FRÍA Y CORAZÓN CALIENTE


¡Y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra!

La frase era como un retumbe en mi cabeza y en su lapidaria expresión, sus ecos, como ondas intermitentes, golpeaban mis creencias dejándome en un mar de dudas, sin saber si con mi decisión, firmemente tomada, obtendría de Él su benevolencia o me condenaría a las tinieblas.

La mañana del domingo era lluviosa y el sol se ubicaba en todo lo alto escondido entre las nubes. Había terminado la Santa Misa y bajo los porches de la plaza del pueblo, los corrillos se arracimaban en conversaciones de cortesía deseándose unos a otros los mejores augurios. Correspondía a la hora de los saludos, en la que Don José, cincuentón y espléndido como siempre, invitaba a una copa de vino al amplio grupo de amigos entre los que me encontraba yo, capataz de su finca y fiel hombre de su confianza.

Don José, en un aparte, me encomendó que le preparase su mejor yegua, pues le apetecía trotar por el monte aquella fría tarde de otoño. Luego, en una más de sus habituales visitas y próxima como estaba la jornada electoral, acudiría al casino interesado, tanto en dar instrucciones, como en ordenar las voluntades de los vecinos.

-Descuide Vd. Don José, la tendrá lista en su cuadra. Qué tal su señora esposa, ya sabe, cualquier cosa que necesite, sólo tiene que llamarme.

-Lo sé, lo sé, Leandro, muchas gracias. Sigue encamada y muy débil- me contestó mientras volvía al grupo cercándome por el hombro- Confiemos en el Señor y en su bondad infinita. ¡Recemos por ella! Es lo único que podemos hacer, esperar de su misericordia. Por cierto, y la tuya, hace días que ya no viene por casa- Me preguntó molesto por ello y algo socarrón.

Fruncí el ceño avergonzado sin que nadie lo percibiera, y tras repetir mi ofrecimiento, me despedí de todos, deseándoles que tuvieran muy buen día.

La tarde del domingo seguía siendo lluviosa y en mi abatimiento cobarde, me rebelaba ante aquella situación de la que era consciente; y más, cuando por otra parte, nadie mejor que yo, conocía los entresijos del cacique más importante de la comarca en vísperas de las próximas elecciones al Congreso Nacional, cuyo resultado final, tanto canovistas como sagastinos tenían pactado de antemano.

Terminaba el día y encendí la chimenea, consumiendo un leño de encina que había traído a casa aquella misma tarde. Y tras pedir a Manuela, mi esposa, que rezáramos juntos como todas las noches, me abracé a su cuerpo entregándome a un turbulento sueño.

Amaneció, y me trasladé al solariego feudo de Don José, mi primer trabajo de todos los días. La finca estaba tomada por la Guardia Civil, alertada por una llamada de quien había visto huir a unos jóvenes saliendo por la puerta de la hacienda, avanzada la tarde anterior. En su interior, dentro de la cuadra, hallaron el cuerpo sin vida de Don José, destrozada su cabeza entre un reguero de sangre, junto a unos panfletos anarquistas sobre cuyos líderes existía una orden de detención.

Definitivamente, quedé convencido de haber engañado a la Justicia, pero también y al mismo tiempo, que nunca a aquella Voz que desde el púlpito sabía de nuestros pecados. Aquel de quien esperaba de su benevolencia, aunque aceptando, en su caso, mi destino a las tinieblas.

(“Cabeza fría y corazón caliente” es un relato que ha participado en el 24º Proyecto Anthology. Tema: Cabeza y corazón)

27 octubre 2007

LA SEÑORA AUDIENCIA


Reconozco que me pirran las mujeres, pero no la señora Audiencia, esa tan voluminosa de andares candentes y que no se corta un pelo cuando tiene que decir. Abanderada de la moda, está presente en todos los plató de televisión, incluso en las horas antes dedicadas a los niños, la de los dibujos animados, aquellos de las peleas entre el ratón ganador y el gato escaldado, en las que el único triunfador era el espectador.

Y la noto estirada, hasta algo blasfema, con cierto aire acaparador. Centro de todas las miradas, taconea con zafio estilo su esbelta figura. Y como si jamás hubiese roto un plato, se considera víctima, a la par que importante. Se esconde bajo el talco que disimula su arruga acomplejada; o si más joven, ensalza su figura con el vestido ceñido de falda corta propicio al ventanal más íntimo; o si de talla grande, también ceñida, que más parece emblema publicitario de un neumático expuesto en la amplia explanada de un gran superficie, sonriendo siempre con gran encanto.

Y se viste con ropa de diseño, comprada en el todo a cien: en el amplio vestidor de ropa con aromas de naftalina escondido bajo los focos del estudio televisivo, después de pasar por la sesión de maquillaje para el disfraz de su cara, que, con las luces y sombras más vanguardistas para llamar la atención, engañarán al insensato televidente sentado en su mullido sofá hogareño cuando ejecuta sus horas de siesta, o si despierto hace calceta.

La señora es turbadora y está de buen ver, a veces hasta irresistible, en las horas del qué me dices. Y es entonces, cuando llega el momento de pasear su garbo, el del zapeo inevitable, en el que el guiño hace acto de presencia, incluso para los más circunspectos, los acorazados con el coleto de su orgullo malherido, fieles y adictos a un programa de la dos.

O quizá sean las modas que nos dicen lo que hay que ver, a las que caemos rendidos a sus pies, débiles, indefensos y enamoradizos. Los de la señora Audiencia, la reina de la casa, en los que lanza en ristre y con el todo vale, los interesados galanes se pelean por ella, empeñados en lucirla en el salón columnario del Palacio de las Vanidades, en la hora de la gran fiesta de los disfraces.

23 octubre 2007

EL TÁLAMO


Me miró, me sonrió, dio media vueltecita y se fue con el balanceo propio a su esbelta figura, motivo de una turbación desconocida en aquellos años de mis juegos juveniles, como podían ser los de jugar tras un aro junto a la vía del tren, ignorante a su peligro, o como a cualquier otro que pudiera surgir al correr por una pendiente conduciéndolo con mi mano con la intención de que se mantuviera en pie.

Lo que en ocasiones me producían, tras torpes caídas, pequeños regueros de sangre que (como diplomas con nombre) acreditaban lleno de orgullo mi incipiente virilidad, sentimiento que también ignoraba. Así pues, era cuestión de abandonar el aro y de pensar sólo en ella, mi vecinita de barrio, la que desde aquel día iba a convertirse en una nueva obsesión, dueña de mi cuerpo ya sin ningún tipo de control, en un placer que de forma alocada no podría abandonar, dedicándome a su recuerdo con un gran desenfreno.

Y todo aquello era como un concierto en torno a un río del que disfrutaba con sus crecidas, nunca sentidas en aquel mi pequeño mundo, como antes decía. Como cuando llegó el momento del aluvión, que por vez primera lo desbordó y lo anegó, azorando mi espíritu hacia una situación extraña hasta entonces. La corriente, débil en principio, sólo sabía discurrir por su propio lecho con impulsos cada vez más excitantes, a merced de sus torrenteras que, enloquecidas, se perdían por las pendientes, desfogadas, buscando un meandro donde apaciguarse, un lugar donde descansar. Pero jamás encontraron las aguas lugar donde estancarse, tal era su desorden, al borde de una locura insaciable.

Y ya para siempre, en su inocencia salvaje, enfurecida y sin control alguno, aquella vorágine se desnortó, repitiendo en el tiempo el mismo rumbo cuya brisa envolvente me resistía abandonar. Y no para apagar el fuego de la desesperación, sino para acrecentarlo, deseoso, sin embargo, de un pequeño remanso en el que deleitarme, cual tálamo ardiente, útil para satisfacer el ardor más salvaje, encendido por el efecto de una mirada concuspicente.

Con los años dejó de ser río abierto, y sobre el cauce se construyó un parque (como un lugar de descanso para el poblado) defensa de las aguas voluptuosas enterradas bajo su fondo más tenebroso. La cuestión era liberar al poblado de sus peligros, dejándolo tranquilo (pretensión en la que se confiaba por una simple cuestión de edad, caprichos de la naturaleza, tal vez) Pero no el del aluvión, siempre latente, que un buen día, quizá el mejor de todos, hizo estallar la tierra abriéndose como una granada. Y de ella, emergió un deseo reprimido en busca de un lecho al nunca pudo renunciar, envuelto en la locura de sus sábanas húmedas, propio de un apetito insaciable, enfebrecido y turbador.


(“El tálamo” es un relato que ha participado en el 23º Proyecto Anthology. Tema: Locura)

14 octubre 2007

LA RIADA DE VALENCIA


Hoy hace cincuenta años que el río Turia se desbordó en Valencia. Y cuando bajaron sus aguas, todos los "RINCONES DE MI CIUDAD" se convirtieron en una tercera riada que fue la de hermandad.

27 septiembre 2007

LAS PELOTAS DE GOMA SÓLO SABEN ESCAPARSE

Soy una admirada pelota, de esas con tripa de goma y centro de atención de todas las miradas, aquellas cuyos ojos me persiguen allá por donde me mueva, mientras quede en mí algo de aliento. Mientras tanto, sus dueños enloquecidos igual alcanzan el clímax, que caen en la más honda depresión, amotinados sobre las gradas, enfrentándose entre sí, próximos a la locura colectiva, siempre a la espera de la genial pirueta hecha con la agilidad de mi cuerpo que les haga elevar aún más la voz hasta alcanzar la gloria que buscan, esa que pronto se diluye.

Pero un día me planté, dije: ¡basta ya!, y quise ser una vulgar pelotita de trapo. Quizá, porque todo en esta vida tiende a su fin, a sabiendas también, de que jamás podría saltar -salvo a un palmo del suelo- como tampoco escaparme, cosa que sólo las pelotas de goma sabemos hacer, pues para tal suerte fuimos creadas.

Y allí, por culpa de mi voluntario hechizo, me quedé quieta en un rincón hasta ese momento ignorado por mí, sola y abandonada. Hasta que sentí en mis carnes la presa que no me soltaba, corriendo sin cesar, en dirección hacia lo que después supe que era un parque. Aquel perro me dejó sobre el césped sin saber si es que estaba agotado dado su jadeo, o que ya nada quería saber de mí, por lo poco de mi valía, según debía de pensar él. Otros perrillos vinieron a mi encuentro, y empezaron a descuartizarme, tirando de mis carnes, hasta quedar despanzurrada a lo largo de todo aquel -para mí- vergel.

Poco después, unos pajarillos picotearon mis restos y entre ellos emprendí un vuelo, sin saber qué querían, ni hacia dónde me llevaban.

Algunos me soltaron enseguida, y caí en las aguas de un estanque sobre la alfombra de un nenúfar habitado por una mariposa que, al alzar su vuelo, dibujó estelas por los rayos refractados de un sauce, a cuyo través, vi alejarse a quienes no pude dar las gracias por dejarme en un lugar tan bello. Escuché un tímido croar, pero no me alarmé, acostumbrada como estaba al vocerío más animal. Pero fui útil a unos pececillos que se adueñaron de mí, convirtiéndome en una parte más de sus juegos, esparcida por sus aguas.

Otros, más aventureros, me llevaron a una montaña algo alejada, donde había una gruta, y allí dejaron mis trocitos, junto al calor de unos rescoldos perfumados de brea, de los que emergían lenguas, como alfombritas humeantes que remontaban su vuelo. Sobre ellas me invitaron por los interiores de la cueva, hasta quedar fijada en sus paredes como duende de su oscuridad, diseñando rupestres tapices.

Un pajarillo llevó otras partes de mí a la copa de un árbol, donde di forma a un lecho naciente. En él, al poco tiempo, sentí el calor de un blanco huevo postrado sobre mi débil pero ya firme armazón. A los días, escuché sus crujidos, abriéndose como una granada, de la que emergió un nuevo ser. Enseñando su pico por encima del nido, cotilleó aturdido y pió débilmente sus primeros trinos.

Nunca llegué a creer, como vulgar pelota que soy, de goma o de trapo, saltarina o no, que pudiera despertar tantas pasiones, o bien ser tan útil. Ora como pelota de goma, dueña de mi libertad que sirve para escaparme, ora como pelota de trapo que, como tal, sólo fui pasto de quienes nada quisieron saber de mí, ignorando quién era o para qué podía ser útil.

(“Las pelotas de goma sólo saben escaparse” es un relato que ha participado en el 22º Proyecto Anthology. Tema: Fantasía)


18 septiembre 2007

LA ISLA DE LANZAROTE


El avión empezó a moverse a la hora fijada, avanzando lentamente con la velocidad de una tortuga bajo cuyo caparazón sólo se escuchaba el clic de los cinturones, como también algún que otro hormigueo solo sentido por quien en su interior se cobijaba. El piloto, que había puesto rumbo a Lanzarote nos deseo un buen viaje, y todos dijimos o pensamos: así sea.

Al poco tiempo, identifiqué la central nuclear de Cofrentes cuyos cilindros eran como dos ojos en los que imaginé un leve guiño de despedida deseándome un feliz viaje, correspondido con una leve sonrisa y mi afecto personal. El que se merecía una zona visitada con frecuencia durante mi etapa profesional, ya dejada atrás en el tiempo pero no en el olvido.

Los borreguitos de lana marcaban el camino y viendo sus blancos lomos más parecía que estábamos quietos flotando sobre un rebaño interminable, a cuyo través, íbamos dejando atrás pueblos y montañas, unas tras otras, y cuyo trenzado nos transmitía una necesitada sensación de paz. La relajación fue en aumento cuando un infinito lecho de algodón, cual alfombra plomiza, nos envolvió, entrando por aquella madeja de la que al poco salimos, al azul de un día límpido y esplendoroso. La ciudad de Cádiz, inconfundible tacita de plata, era como el badajo que nos franqueaba la entrada al océano abierto, rumbo al archipiélago canario, que cuando apareció ante nuestros ojos, una hora más tarde, tenía el aspecto de una piel curtida tapizando la mar.

El hotel elegido para nuestro descanso es un remanso de paz sobre el mar, en una costa sin playa, de brisa suave y constante, próxima a un puerto náutico que se ha puesto de moda, en una isla creada por una erupción volcánica – como todas las canarias- hace millones de años. En sus magnificas instalaciones pasamos los dos primeros días de nuestra estancia gozando de sus piscinas y de sus zonas de relajación, allí donde las prisas tienen prohibido aparcar.

Nuestra primera excursión fue hacía el archipiélago Chinijo, al norte de Lanzarote. Está formado por cinco pequeñas islas, reserva marina, declaradas parque natural. La principal es la Graciosa, con su pintoresco poblado de La Caleta de Sebo de callejuelas tranquilas habitadas por muy pocas familias y de un gran atractivo turístico en los meses del verano. Habíamos embarcado en el puerto pesquero de Órzola, a los pies del volcán de la Corona, el más importante de Lanzarote, originario de unas cuevas volcánicas que se pierden en la profundidad del mar y que días más tarde visitaríamos. Abandonamos La Caleta de Sebo rumbo a la pequeña “playa de los franceses”, donde fondeó el barco y con una pequeña barquita nos fueron dejando sobre la blanca arena para disfrutar de una hora de baño. La playita está a pie de otro volcán, cuyas laderas muestran una gama de colores rojizos amarillentos, que en contraste con el azul intenso de la aguas, dan al pequeño paraje el encanto y brillo de las gemas preciosas recogidas en los cuencos de las manos.

Tras bañarnos en la playa de fina arena incrustada de piedras negras, lagrimas nacidas del cercano cráter, nos recogieron hacía el barco donde nos habían preparado una comida para reponer las fuerzas. El estrecho que separa Lanzarote de La Graciosa se llama Río y por sus aguas volvimos al embarcadero, ya de regreso al hotel. Este trayecto tiene como principal atractivo el alto acantilado de la costa lanzaroteña, donde se ubica en lo alto, el Mirador del Río una de las tantas huellas artísticas esparcidas por toda la isla gracias a la obra de Cesar Manrique, el genial arquitecto, pintor, ecologista, escultor y creador del paisaje de Lanzarote, al que sus paisanos le consideran como un Dios, sin cuya impronta sería impensable la peculiar belleza de su hábitat, único en el mundo. Manrique demostró que naturaleza y mano de hombre pueden ir unidas, siendo necesario tan solo la pasión por la tierra donde se nace. Él vino al mundo en Arrecife, amor que alimentó su talento. Murió cerca de su Fundación, en un accidente de automóvil, vehículos cuya proliferación él tanto detestaba, en una jugada ingrata a merced del destino que no pudo evitar. Quizá la única vez en su vida que no pudo cambiar a su gusto los caprichos de la naturaleza.

Al día siguiente visitamos el Parque Nacional del Timanfaya de características únicas en el mundo, además de ser un importante centro de estudios volcánicos y lugar permanente de toma de datos para un mejor conocimiento de los caprichos que se producen en los sótanos de la tierra. Al visitarlo, nos asombró su belleza diferente a todo lo visto, su exquisito cuidado, su limpieza y el genial paseo a lo largo de un paraje que más parecía la superficie lunar sin necesidad de ningún traje espacial. Dentro del parque está el Islote de Hilario, un lugar donde nos ofrecieron diversas pruebas del calor existente bajo la tierra, a través de sus hervideros con diferentes manifestaciones que nos produjeron exclamaciones inesperadas. Se llama de Hilario porque en ese lugar vivió un ermitaño durante más de cincuenta años, en los que plantó una higuera que jamás dio fruto. Su tronco ha quedado como testimonio decorativo en el interior del único restaurante dentro del Parque Nacional.

La Isla de Lanzarote fue conquistada por el normado Juan de Bhthencourt para la Corona de Castilla en 1402, y a lo largo de los siglos XVIII y XIX se produjeron las últimas erupciones en sus más de trescientos volcanes. Algunas de ellas son conocidas con detalle, y en especial, las iniciadas en 1730 durante seis largos años, gracias a los manuscritos del cura de Yaiza, pueblo galardonado como el más limpio de España, quien narró con todo detalle la magnitud de aquel desastre, informando de lo sucedido al Cabildo de la Isla. Ya en 1824, se produjo la última erupción en el Islote de Hilario estando callado desde entonces.

Visitamos un túnel volcánico, el de la Atlántida, el mayor tubo volcánico del planeta nacido en el Volcán de la Corona. Llega hasta la costa en un recorrido de ocho kilómetros adentrándose hacia el fondo del mar otros dos kilómetros más. De su conocimiento fue posible gracias a la Cueva de los Verdes y los Jameos del Agua –lugar al que volvimos en visita nocturna- oquedades abiertas de forma natural y que abrieron al mundo su existencia. En esta última, la genial imaginación de Cesar Manrique ha dejado su mejor testimonio, dándole una gran espectacularidad a lo que fue un río interno de lava. Estas cuevas fueron el lugar donde se escondían los aborígenes de la isla en los tiempos que los corsarios los buscaban para venderlos como esclavos.

Una rápida visita a parajes de gran belleza, como El Golfo, tan peculiar y único, donde desde el mismo borde de un semicráter que da forma a la cala nos deleitamos viendo al fondo el Largo Verde, junto al mar y en torno a un paisaje multicolor; la ascensión al Mirador de Haría, con su impresionante vista; al placer de un arriesgado paseo a dromedario pese a la docilidad del animal pero cuya sujeción no dependía de él; y visitar la zona vitivinícola de La Geria, degustación incluida, nos ocupo el resto del día. Su recolección se produce gracias al agricultor lanzaroteño, conocido como mago, por su imaginación para vencer las dificultades de la ausencia de agua y la presencia de los vientos alisios, condiciones adversas que superan y aprovechan con su ingenio. Para ello, utilizan la tierra y piedras volcánicas, tanto para almacenar bajo tierra la humedad nocturna, como para protegerse de los vientos en unas construcciones de piedras negras en forma de arco que llaman taro, nominadas así, gracias a otra de las muchas genialidades de Cesar Manrique. En la tierra cavan una especie de cráter para cada cepa, lo cubren con una capa de tierra negra que evita la evaporación allí almacenada y el taro en forma de arco y situado en contra del viento, la protegerá y hará posible la recolección de una uva malvasía fruto de un vino blanco que nos encantó.

Quisimos conocer de Fuerteventura su famosa y extensa playa de Corralejo, donde pasamos un día estupendo gozando de su agua limpia, más cristalina que nunca, que nos permitía contar los granos de arena del fondo en los momentos del baño, así como caminar descalzos sin abrasarnos por sus extensas dunas a lo largo de tan blanca playa. Fondeamos junto a la Isla de los Lobos, Parque Natural, donde disfrutamos de los juegos náuticos gracias a los más osados compañeros de viaje.

Durante ochos días hemos disfrutado de la Isla de Lanzarote, teniendo tiempo más que suficiente para descansar en el hotel, con su esplendido buffet cada noche de cocina diferente; dar unos ligeros paseos por Puerto Calero y realizar algunas compras en Puerto del Carmen, las obligadas siempre en cualquier viaje.

Lanzarote es una Isla carente de agua dulce, por lo que potabilizan la del mar. Los días de lluvia son muy pocos al año y los vientos alisios posibilitan una temperatura agradable. Cada una de las Islas Canarias es diferente al resto y sus variadas peculiaridades invitan a un nuevo viaje, esperemos que no sea muy tarde.

28 agosto 2007

CARA INMISERICORDE


Al mirar su cara situada enfrente, a un metro de mis ojos, me vinieron al recuerdo aquellas otras que había visto en el Museo de Cera, frías, inescrutables, sin un atisbo de piedad. A su diferencia, las caras de algunos de aquellos personajes famosos encerraban ciertos rasgos de humanidad, gracias a un escultor genial dedicado a expresar con sus manos, el arte que en él se encerraba. Sin embargo, en quien tenía frente a mí, la caridad brillaba por su ausencia, y si algo se movía en su rostro, sólo era su invisible aliento. Y si algo de genial guardaba en sus manos, se escondía en su instinto con la intención de hundirme, más si cabe, en lo más hondo de mi cieno.

Aficionado al juego de poker desde hacía mucho tiempo, la bola de nieve se convirtió en un tumor miserable cada vez más agarrado a mis carnes, lo que me impedía desprender su poder destructivo. Lo que empezó siendo un rato de distracción, años más tarde, cuando manejé fuertes sumas de dinero, pasó a ser un calvario cuyas espinas me producían, en contadas ocasiones, breves momentos de placer.

Aquella noche llevaba perdida una fortuna, y la posibilidad de recuperarme sólo dependía de una mano genial, convertida en jugada maestra que me permitiera acabar con él. Corresponde a ese instante prodigioso que todo jugador desea a lo largo de una partida de muchas horas, como en todas aquellas que habíamos celebrado hasta altas horas de la madrugada.

Y justo en aquel momento esperado, fue cuando llegó la mano que pacientemente esperaba. Quedamos los dos frente a frente, solos, pues los otros tres jugadores habían abandonado la partida, a sabiendas que la mejor victoria es una retirada a tiempo.

Me sabía vencedor y que le tenía en mis manos, estrujando su cuello. Su única defensa era la de pujar fuerte, para que yo me retirara, pero en la seguridad de mi triunfo estaba mi recuperación económica, pues ya había puesto en juego todo mi patrimonio, derrochado encima de la mesa. Y fue cuando de aquella cara inmisericorde, a la que nada le importaba el vil metal, surgió la puja que nunca esperaba: la de una osada e indecente proposición.

Si en un papel puesto en sus manos – me dijo- le daba el número del móvil de mi esposa, podría recuperar de la mesa todo el dinero, documentos y pagarés que había firmado en aquellas horas, a lo largo de toda la noche, necesitado como estaba de aumentar mi crédito. Todo lo que había apostado, adormecido por la droga del juego, y como pócima execrable de mis desechos a cambio de mi desprecio.

Le di el papel, confiado en mi trío de reyes que junto a un As y otra carta cualquiera, conformaban los cinco naipes cual falso talismán. Su rostro continuó frío, inescrutable y sin piedad. Pero de sus firmes manos sobre el tapete, iluminado por el haz humeante, denso e irrespirable, emanado de una lámpara enganchada por un cable al techo, clausurados en su vicioso chamizo y aislados de un entorno febril, surgió sobre la mesa un trío de Ases que me dejó sumido en el mayor de los quebrantos, al tiempo que esparcido por el cieno de mi más absoluta miseria.

(“Cara inmisericorde” es un relato que ha participado en el 21º Proyecto Anthology. Tema: Trío)

05 agosto 2007

CUESTION DE CONSTANCIA

Estaba muy intranquila en mi nueva casa, sin nada que hacer. Como de costumbre, sentía cómo me picaba todo el cuerpo aunque con el paso de los días he terminado por acostumbrarme. .
Recuerdo que llegué a bordo de un tren, en compañía de otras compañeras emigrantes, cuya procedencia ignoraba por culpa de mi discreción, pues siempre fui muy callada. Lo mismo veníamos del mismo lugar, no lo sé. Fue aquel un viaje de muchas horas, y en cada parada subían nuevas compañías con mayor agobio para todas, pues la falta de una buena climatización hacía cada vez más angustioso el trayecto. Creo que me acostumbré a mi nueva vida desde el primer instante, sin molestar a nadie, y como premio recibí toda clase de atenciones.

Sin embargo, no era consciente ni de mi felicidad ni de mis desdichas, sólo de mi aburrimiento. Y miraba hacia todas partes por si encontraba algo de interés en lo que fijarme, sin que nunca nadie, o algo, consiguiera llamarme la atención.

Por las mañanas, salía a pasear. Me había aficionado a la música tecno, gracias a un enorme y sonoro aparato metálico sin pilas, que llevaba colgado de mi cuello. El aire fresco me hacía sentir muy bien, y pese ello, al poco rato me aburría, pues siempre veía las mismas caras, las mismas gentes. La mía se ponía triste, cabizbaja, como cansada, y sentía deseos de volver a casa.

Para no volverme loca, nació en mí mente una costumbre tenaz debido a las circunstancias que albergaban aquella casa. Me pasaba todo el día haciendo lo mismo, sin cesar un instante, con una ofuscación insoportable, sin nada que lo evitase. Adquirí tal destreza que sin gran esfuerzo conseguía mi objetivo no sólo una vez, sino muchas: no el de calmar mi obsesión que nunca cesaba, sino el de evitar aquellos picores que tanto me atormentaban.

Si alguien pudiera pensar que mi obcecación por matar moscas con mí rabo venía motivada por mi aburrimiento, o porque no tuviera nada que hacer, y sobre todo, para liberarme de ellas, estaría en lo cierto, acertando de lleno.

Menos cuando veía de reojo aquella banqueta en la que se sentaba una moza, que además de hacerme la puñeta tirando de mí una tras otra vez, anclaba el rabo a mi pierna para que no le molestara. Ni a ella, ni a las moscas, que de tal manera salvaban sus vidas, al menos, en aquel breve instante.

(“Cuestión de constancia” es un relato que ha participado en el 20º Proyecto Anthology. Tema: Obsesión)


Mi agradecimiento a JOSEPHB MACGREGOR, cuya colaboración enciclopédica tanto estimo.

30 julio 2007

23 julio 2007

VALENCIA: SU BATALLA DE FLORES


A la hora prevista, los carros de combate ocupaban su punto de concentración dispuestos a invadir el cercano campo de batalla. Pertrechados con la munición necesaria para vencer al enemigo, o al menos intentarlo, sólo faltaba la señal del comienzo para la contienda, que, por supuesto, goza de la necesaria autorización municipal. Por lo que el enfrentamiento es legal, y hasta conveniente: al menos una vez al año lanzarse balas de flores, unos a otros, sirve para eliminar nuestro estrés acumulado, o al menos intentarlo.

La soldadesca, soportando el aún tórrido sol de la tarde, mantenía integra su postura bizarra, atenta al primer “tro d`avis" que daría inicio al desfile ante la tribuna de la autoridad, al tiempo que mostraba su poderío al bando contendiente, dispuesto bajo la arboleda a lo largo de todo el Paseo de Alameda. Los caballos, ajenos a la extenuación que les esperaba, mostraban sus adornadas crines. Y las carrozas y las calesas sus mejores galas, ante un público expectante que acudía a tomar nota de las fuerzas, a las que iba a enfrentarse.

Valencia celebra su feria de Julio desde hace más de un siglo, cuando corría el año 1870 en los tiempos de Amadeo de Saboya, creada por motivos puramente comerciales. Llegados los calores veraniegos, la burguesía valenciana abandonaba la ciudad, y para retenerla en sus calles, al menos durante un par de semanas más, por un acuerdo entre los comerciantes y el Ayuntamiento, se creo un festejo anual que fue creciendo con los años. Gracias, sobre todo, a la aportación de nuevos divertimentos algunos desgraciadamente desaparecidos. Como lo fueron, entre otros, las carreras de camareros, las de sidecares, las de roces y también los Juegos Florales. Así como los artísticos pabellones de bailes, donde actuaban las mejores orquestas de su tiempo y cantantes de música pop. Perduran los castillos, las atracciones, los conciertos y las corridas de toros de acreditada Feria. Y con el broche final de una incruenta batalla de flores, cuya primera edición se libró veinte años después de instaurada la fiesta. Su lugar, el de siempre, a lo largo del más apreciado paseo de la ciudad, el situado entre las fuentes de “Las cuatro estaciones” y “Los cuatro elementos”. Ambas, se representan en bellas ornamentas de hierro fundido, que desde finales del siglo XIX marcaron las lindes de la Alameda, menos en la actualidad, cuando el viejo paseo valenciano se ha estirado intentando aproximarse al mar, pero carente en su nuevo tramo de la armonía y belleza del inicial. A pesar de haber perdido éste la frondosidad de antaño.

Siguiendo la tradición de dar más espectacularidad al acto, se inició la velada, ayer tarde, viendo aparecer en el cielo en vuelo parapente, a quienes tomaron tierra justo enfrente del palco presidencial. Ante los vítores y júbilo de todos.

Después del desfile de todas las fuerzas participantes, y entregados los premios a las más artísticas “piezas de artillería”, sonó fuerte en el aire el segundo “tro d`avis”. Fue cuando los clavelones vomitaron su pólvora desde las manos blancas de los contendientes, que, terminado el tiempo de la reyerta, han dejado cubierto el campo de batalla de un manto anaranjado, que no bañado de sangre. Y sin producirse bajas: ni un solo muerto, ni un solo herido, por lo que no ha habido ni vencedores, ni derrotados. Ha triunfado la fraternidad, y todos los asistentes han regresado a sus casas contentos y orgullosos del deber cumplido. La cifra de munición ha superado al millón de proyectiles, dando fe de que Valencia es la ciudad de las flores al menos en ese día, el del cierre de la fiesta de San Jaime, la entrañable Feria de Julio.

No podía faltar, como broche final de tan aguerrido festejo, un castillo de fuegos artificiales. Como tampoco se ha echado de menos desde la hora inicial del festejo y para coger las necesarias fuerzas, los puestos de panojas torradas servidas en el mismo plato verdoso que las envuelve.

10 julio 2007

DOMÉSTICO HIPNÓTICO

De repente noté como si mi cara hubiese tomado la forma de un rectángulo cuadrado semejante al mismo que tenía enfrente, a escasos tres metros, aunque su forma panorámica le daba cierto encanto: aquel que encerraba su peligro. Estaba sentado, tumbado hacía atrás y con mis brazos descansando sobre los de un mullido sofá. Me lo vendieron como de piel de búfalo, dura pero confortable y sobre una de sus orejeras apoyaba mi cabeza, ya cansada de darle vueltas, una vez tras otra, a las siempre malas noticias del día.

En la pared colgaban cuadros de paisajes ya olvidados, quizá por haber dejado de prestarles mi atención dirigida de forma permanente hacia aquel trono de la información, como icono idolatrado. El pequeño ventanal estaba abierto, y a su través, un viento suave abanicaba la cortina y los rayos de luz se reflejaban en mi rostro ignorante por causa de un ligero sopor.

Como siempre, los mismos sonidos y con el mismo fin: el de adormecerme, pues nada nuevo ni original, ni nunca oído, salía del fondo de aquella caja de mensajes interesados que se transmiten sin cesar. Surgen siempre como envueltos en un flash, como el de una máquina digital que cuando llega a mis ojos, los ciega, y sólo el esfuerzo del rostro logra vencer su único destello, porque soy yo quien desea salir en la foto. Pero a su diferencia, aquellos, salidos del interior de un cuerpo sin alma eran constantes, y en su tenaz intermitencia, la adulterada droga servida a domicilio y sin fecha de caducidad conseguía el más audaz de sus propósitos: el de adormecerme.

Cuando me desperté, el viento frío lanzaba la cortina hacía mi rostro, y quien se movía, oscilante, era la lámpara apagada de suave quejido que junto a los demás extraños ruidos, forman los fantasmas que salen y se apoderan de la noche.

Me levanté, encendí la luz y… noté su ausencia. Una fuerte angustia corrió por todo mi cuerpo. Me tiré sobre la alfombra, encogí mis piernas y me abracé fuerte en un amasijo de dolor. Metí la cabeza sobre mis rodillas y rolando como una fiera salvaje, vomitando fuego, golpee donde pude anhelando mi destrucción.

08 julio 2007

LA 32ª COPA DEL AMERICA, LA DE LAS 100 GUINEAS.


Siempre ha existido un antes y un después en cualquier instante trascendental de nuestras vidas y la línea que los separa tan diáfana como indefinida, incluso inexistente a veces, sólo el tiempo se encargará de fijar su trazo, una vez sucedido el gran evento.

Pero ese momento crucial aún lo tenemos en nuestras retinas, cuando tan solo hace cuatro años Valencia fue designada sede de la Copa del América, en fuerte competición con otras sesenta candidaturas que ofrecían su ciudad al campeón suizo Alinghi, carente éste de un mar propio por donde luchar a favor o en contra del viento. Aquel momento significó un antes y un después para Valencia, cuya prueba más evidente hemos comprobado durante los días de la más famosa regata que haya surcado por los mares de la tierra.

Valencia ha cambiado mucho, mucho y muy bien. Valencia se ha estirado hacia el mar en un giro de 180 grados, dándole la cara, cuando siempre lo teníamos a nuestra espalda. Aquella Malvarrosa llena de luz que pintó Sorolla pero olvidada por la ciudad, se limitaba a un pequeño poblado marítimo unido a Valencia bajo las sombras de sus frondosos árboles del viejo camino al Grao, por el que discurrían los tranvías jardinera repletos de gente sólo en los meses estivales, aquellos los del baño. En el lento viaje, quedaban atrás los enormes depósitos de Gas Lebón lindantes a un campo de desechos, de tejados desvencijados y de escombreras polvorientas que ya corresponden al pasado. La Ciudad de las Artes y las Ciencias y toda la modernidad que rodea a la zona, han reemplazado a un solar industrial derruido, cuya única arboleda era la retorcida ferralla aún en nuestro recuerdo.

Y junto a todo ello, nuestra dársena del puerto y sus enormes posibilidades, así entendidas por quienes la consideraron como el mejor lugar, para la mejor y más antigua regata del mundo.

America Cups ha significado un antes y un después, y Valencia se ha metido de lleno en la oferta turística con nuevas propuestas tanto culturales como deportivas, éstas, ya a pocos meses vista. Junto al Museo de San Pio V- considerado como la segunda pinacoteca española, tras el Prado- hemos podido presenciar en los últimos meses importantes exposiciones bajo las bóvedas del Museo de Bellas Artes, del Almudín, de San Miguel de los Reyes, de Las Atarazanas, o en los modernista del IVAM o del MUVIM; como también en otros muchos museos esparcidos por la ciudad, en una oferta cultural pocas veces vista en nuestra ciudad para solaz y enriquecimiento, tantos de quienes nos visitan como para los que aquí vivimos.

Y hemos oído hablar de barlovento y de sotavento, de viradas y de trasluchadas, de ceñidas, de mangas y de los frágiles spinnakers: los que hacen volar a tan sofisticados barcos navegando por el campo de regatas de la Malvarrosa. Hemos visto cómo brazos musculosos, girando sobre molinetes, trataban de sacar el mejor provecho del Garbí, el valenciano viento que tanto enamorara al patrón suizo del Alinghi.

Nuestro campo de regatas se ha abierto al mundo a través de la televisión y del multimedia, con figuraciones virtuales en 3D para mejor comprensión y seguimiento de unas regatas que han finalizado con un nuevo triunfo para el equipo suizo y grandes posibilidades de que sea Valencia quien acoja en sus aguas la próxima edición del 33 America Cups.

30 junio 2007

¡SIEMPRE LO MISMO!


La tarde era insufrible, densa. El sol caía implacable sobre el parque y aplatanaba hasta las sombras por las que no pasaba ni un zagal. En el centro del estanque un chorro de agua se abría como un paraguas viejo, y en el silencio, los pájaros miraban su chapoteo como un concierto intermitente, cansino y vulgar.

Yo iba por una acera seca y silenciosa de la que salía fuego, pegada junto al largo muro al regreso de la guardería. Mientras mi niño Juan sonreía encunado en mis brazos, mis dos gemelos con una de sus manos tiraban de mi falda mientras que con la suelta se enzarzaban dándose coscorrones uno contra el otro.

- Si es que no puedo más –me decía a todas horas- esto es insoportable, mi marido, que madruga mucho, se va a la fábrica y no vuelve hasta el anochecer dejándome sola con los tres niños que se pasan todo el día con preguntas que me veo y deseo para poder darles respuesta. ¡Me vuelven loca! Mamá esto, mamá aquello, y esto por qué, y…qué es aquello. El pequeño Juan tiene tres años y los gemelos, cuatro. Todo, todo quieren saberlo, y en mi atolondramiento no sé que decirles.


Cuando por las mañanas dejo a mis hijos en la guardería gozo de un gran descanso, a pesar de que en mi trabajo tengo que aguantar al imbécil de mi jefe; pero… sólo hasta la media tarde. Porque llegada esa hora, otra vez, mis tres hijos, con las preguntas de siempre, pero con más intensidad, y… ya estoy harta. Cuando Juan llega a casa por la noche, en el momento que tengo que acostar a los niños porque ya es tarde, quiere la cena puesta y juega con ellos lo justo para darles un beso. Y si algo complicado le preguntan, les remite a su madre. Y yo: como una tonta, ¡a ver qué les digo!

¿Siempre será así? ¿Cuántos años? Dos más, o cinco, o diez. ¡Vaya futuro! Pensaba en ello y me sentía atemorizada. Pero llegará el día del abandono, -me decía algo triste- el que me dejen tranquila, y un remanso de paz será el premio a tanto esfuerzo. ¡Soñaba tanto en ello! Quizá no sabía lo que me decía. ¿O si? Váyase a saber.

Han pasado ya demasiados años de todo aquello. Aquel futuro anhelante es ahora mi presente. Y mi antiguo temor es como una chaqueta al revés, de forro destartalado, pegajoso, lleno de miedos, que sigue siendo la prenda de siempre. Porque aquellas preguntas sin respuesta siguen en sobres lacrados con sellos fuera de uso y sin buzón donde depositarse. La tercera dimensión siempre virtual es cierta, como lo son los tiempos: pasado, presente y futuro que se alimentan de un mismo plato uno tras otro. Es como una semilla que engorda, y una vez convertida en fruto, vuelve a ser la misma simiente condicionada a quien la eligió, la mimó, la plantó y la educó.

Solita me los crié, sin ayuda de nadie –me decía algo triste- mi marido siempre fuera y yo haciéndome mayor, engañando a mis canas, y sonriendo a mis arrugas porque aunque poco, algo he aprendido. Ahora de abuela, con mis rotos años a cuesta y mis achaques, el calvario del colegio sigue siendo el mismo todos los días pero multiplicado por tres, con decimales añadidos convertidos en enteros. Las mismas preguntas de antaño salen de las bocas de los hijos de mis hijos. El calor sigue denso pero más intenso, dicen que es por el cambio climático, pero… ¡qué más da!, si siempre es lo mismo.

El estanque seco ya ni de paraguas sirve. La acera permanece intacta pero ya no es plana, ahora más parecen cuestas. Sólo mis gritos se escuchan a lo largo del camino y nadie me hace caso. ¡Si al menos tiraran de mis faldas!

(“Siempre lo mismo” es un relato que ha participado en el 19º Proyecto Anthology. Tema: El futuro)

16 junio 2007

CASTILLA Y LEON, UN CRUCE EN LA HISTORIA.


El túnel del tiempo es un pasadizo angosto y los recuerdos son como ventanas que pasan rápidas en el trayecto hacía unas tierras, que siendo algo desconocidas, las consideras como parte de ti. Descubrí Burgos ya de mayor acompañando a mi padre a la tierra donde nació, quizá cuando él pensaba que sería su último viaje. Y con la intención de conocerlas mejor he querido pasar unos días por tierras leonesas y castellanas que, primero enfrentadas durante casi tres siglos, y luego unidas, fueron reinos y embrión de lo que siglos después se convirtiera en el imperio español, aquel donde nunca se puso el Sol.

Llegamos a Lerma a la hora de comer, la mejor para arribar a cualquier sitio. Y después de una breve siesta regeneradora nos fuimos a Aranda de Duero, el pueblo tantas veces escuchado de los labios de mi padre, donde residen, casi centenarias, dos de sus hermanas. Compartimos parte de la tarde con tan entrañable compañía que después aproveché para hacer unas fotos por sus calles, aquellas por donde mi padre vivió su infancia y juventud.

Lerma es una ciudad monumental por los deseos del valido de Felipe III, Don Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, el Duque de Lerma, que la convirtió en el siglo XVII en su centro de operaciones por su inmejorable situación geográfica, dotándola de bellos edificios para diferentes cometidos comunicados entre si, a través de túneles y pasadizos. En la actualidad, y en fecha reciente su palacio ducal se ha convertido en un confortable Parador de Turismo que está dando una gran vitalidad al pequeño pueblo burgalés, cuya Plaza Mayor se llena de coches en gran parte del año.

En nuestro segundo día nos fuimos a Burgos donde nos esperaba a las doce del mediodía el Papamoscas. Lo saludamos y gozamos de su Catedral donde yacen los restos del Cid, doña Jimena y los Condestables de Castilla. Un buena comida de cuchara, y a Santo Domingo de Silos, a disfrutar de su claustro románico con huellas visigóticas y mudéjares. Después dimos un paseo por sus calles medievales a la espera de la hora de la víspera, la del mejor relajo escuchando los cánticos de las bocas de sus monjes benedictinos.

El miércoles hicimos una visita guiada por Lerma descubriendo la tumba del Cura Merino, el laureado guerrillero contra el francés, de nombre Jerónimo Merino COB, casi nada. ¿Quién sabe? ¿Quizá? Muy cerca queda Palencia, y a conocerla fuimos. Habíamos reservados mesa y mantel, porque así nos lo habían aconsejado. Así que tranquilamente recorrimos su calle Mayor, magnífica, y su Catedral, la “bella desconocida”. El templo está sin restaurar pero tiene el sabor de lo antiguo. De estilo gótico se construyó sobre un templo visigótico cuyos sótanos existentes no pudimos visitar. De la comida sólo resaltar que el lechazo estaba exquisito.

Hasta el momento el viaje nos resultaba muy grato, sobre todo por el plácido descanso en el claustro del Parador, convertido en un amplio salón muy confortable y cumplidor a la perfección para aquello que está acondicionado.

Tal y como preveíamos, el jueves llegamos a León a la hora de comer, y el Parador de San Marcos era el mejor sitio para coger fuerzas y descansar. León gira alrededor de su Catedral, con sus vidrieras en las que los evangelios muestran su auténtica luz, San Isidoro con su panteón regio y San Marcos, más que Parador, Museo. Forman tres centros emblemáticos cuya visita obligada, además de enriquecedora, es de un placer inolvidable; sin dejar aparte la Casa Botines, de Antonio Gaudí y el Palacio de los Guzmanes. Su barrio húmedo –dónde comimos una carne a la piedra de gran sabor-, su río Bernesga con su esplendido paseo ribereño, su Reino escondido en la historia de España, y su empaque, son los mejores retos para una estancia plácida y entrañable a la que dedicamos dos días, porque para el tercero teníamos una KDD, gracias a las casualidades del destino, en Astorga, con comida en Castrillo de los Polvazares, un pequeño pueblo muy cercano a la capital de la comarca de Maragateria.

Internet, la gran revolución intercomunicacional a caballo entre dos siglos, nos facilita unas puertas increíbles como son las de hacer amigos. Gracias al genial invento, un grupo de internautas conocidos en la red, habían fijado como lugar de encuentro una casa rural bautizada con el mejor de los nombres a una afición que les es común: Cumbres Borrascosas. La proximidad y seducción de Castrillo, el bello pueblo de arquitectura popular, antigua calzada romana y cuna del cocido maragato no nos daba lugar a otra opción para una estupenda comida. Nos encontramos en Astorga, ante su Catedral, junto al Palacio Episcopal, obra de Antonio Gaudí y con la fantasía de un cuento de hadas. Después de un pequeño refrigerio, tal y como estaba previsto en el guión del día nos fuimos a comer.

De la comida sobró cantidad porque el cocido maragato es abundante y tiene su liturgia especial; primero las carnes: costillas, tocino, lacón, morcillo, gallina, morro, oreja, panceta y chorizo; a continuación los garbanzos, deliciosos, con su verdura; después la sopa y finalmente las natillas. El lugar es Camino de Santiago y aprovechamos un pequeño paseo por sus calles para bajar el cocido con resultado estéril porque ni siquiera llegando al Obradoiro lo hubiésemos conseguido. La KDD nos resultó muy grata y muy especial, y… ¡hasta la próxima!

El domingo abandonamos León, con dirección a Soria en un recorrido tranquilo y relajante a través de una zona boscosa con parada obligada en Hontaria del Pinar, donde nos habían recomendado una deliciosa carne. A media tarde llegamos al Parador de Soria, enclavado en un alto frente a la ciudad con unas vistas magníficas al río Duero con sus abundantes y deliciosas alamedas. Un buen paseo por la ciudad, cuesta abajo, cuesta arriba, dejó a mi cuerpo preparado para un merecido descanso.

El lunes, ya de regreso y en el punto final del viaje paramos en Teruel, mi ciudad entrañable por tantas cosas. Quería conocer los últimos cambios en la ciudad, en su Glorieta, donde han construido un moderno y eficaz aparcamiento que facilita la visita a su centro histórico. Después de la obligada comida y visita a unos buenos amigos pusimos rumbo a Valencia dando por finalizado un viaje en el que todo salió a la perfección y con la esperanza de que en el próximo nos suceda lo mismo y no sea muy tarde.


11 junio 2007

MI TIO LUISO Y LA LEANDRA


Cuando la mamá de Aniceto Rojitas lo lanzó al mundo tuvo que hacer un gran esfuerzo y, como es natural, se quedó agotada bajo el foco de luz ante los ojos atónitos del papá, quien también era primerizo. La comadrona, ya lustroso el niño y liberado de su amarra, lo mostró a la madre que se iba recuperando de su debilidad, al tiempo que le daba unas ligeras palmaditas al culito de melocotón, cuando Aniceto aún no había dicho ni muy. Fue el momento en que Adelino el padre del niño; Nicomedes la parturienta; junto al doctor y la causante del suave azote, vieron en la cara de Aniceto una suave sonrisita mientras le caía la babita.

La mamá de Aniceto, además de sosa, tenía un ligero tic en los brazos, algo intermitente, aunque a veces se aceleraba. Sobre todo en los momentos de intimidad con su esposo, tan refinado como sibarita, al que tanto le agradaba el extraño movimiento (una especie de alfabeto Morse) que arruinó la carrera de Nicomedes dedicada al punto de media, a la que se creía predestinada. Fue por lo que no tuvo más remedio que meterse de costurera.

Ver a su bebé Rojitas en la cuna, dulce y feliz como una flor de azahar, era un encanto, y cuando los caquitas le alertaban, iba rauda a cambiarle los pañales, atenta siempre a soltar de aquel culito algún que otro imperdible que sin querer le había dejado clavado, y sin que por ello el rollizo niño llorase. Al estar boca arriba, la baba no se le caía, pero estaba juguetón y con su sonrisa de siempre.

Aniceto engordó, creció y fue adquiriendo carácter. En especial, gracias a su madre, algo torpe, que le llenaba el cuerpo de cardenales cada vez que le hacía un trajecito afanándose con la sisa. Cuando murieron sus padres en el corto espacio de un mes, tenía ya cumplidos los trece años. Quedó solo en el mundo y se compró un flagelo; semejante al que había visto de un primo hermano, seminarista, con el único lamento de no haber heredado el tic de su mamá que hubiera evitado la monotonía a sus ejercicios nocturnos.

Lo de ganarás el pan con el sudor de tu frente no le motivaba en demasía, pero cuando se puso a trabajar en un pueblo cercano, en la fragua de su tío Luiso, hombre pío y de gran fe cristiana, las estrellitas candentes chocaban en su pecho y brazos desnudos, lo que le producía un placer oculto y llevadero. Su tío lo miraba con recelo y pedía a los Santos y a Dios que tuvieran piedad con él, al que creía imbuido de un gran espíritu de sacrificio y contrición. Pasados unos años y temeroso de alguna desgracia, su tío lo dejó en el paro y nada más quiso saber de él.

Se casó ya machucho, con treinta y seis años, y lo hizo con una tahonera de brazos robustos, dedos gordos y muñecas de una gran consistencia; y se hizo repartidor de pan. En la luna de miel, Leandra, con deseos de agradar, se le ofreció para un masaje erótico. Al rato, como Aniceto le iba pidiendo una mayor presión, se lo hizo con tanto entusiasmo que todo el cuerpo de Rojitas parecía haber sufrido una insolación de tercer grado.

Cuando Aniceto cumplió cincuenta años, jamás había leído un libro, no tenia conciencia social y no sabía lo que era el sado. Disfrutaba a diario con la tahonera, que en lugar de cremas lo enharinaba para que sus manos navegaran más ligeras. Pero cuando más disfrutaba Aniceto, era con los pellizcos y retorcijones de Leandra que, transformada en su entusiasmo, se creía laborando encima de un obrador. Un día, sin darse cuenta, le pasó por la espalda el rodillo de marcar que llevaba en el delantal, y Aniceto, en aquel mismo instante tuvo una erección. Aquello, alarmado y voluptuoso, representó un giro sustancial en su existencia.

Por cosas extrañas de la vida, pues no era creyente, se creyó en pecado y acudió al confesionario:

- Lo tuyo es sadomasoquismo, hijo. Dile a Leandra que vaya con más cuidado. ¡Y ven más por esta casa, que la tienes muy olvidada!

Aniceto se fue a la Biblioteca, consultó un diccionario y aconsejado por el Conserje, amigo suyo y además de su quinta, salió con la sección de anuncios de un periódico local escondida en su pecho.

Tumbado en el desván dirigió su mirada hacía los eróticos. El que más le llamó la atención fue al ver “El Coyote” con un látigo en la mano, pero sin caballo. Estaba de medio cuerpo con la chaqueta abierta, y a pesar de lucir un largo bigote enseñaba los enormes pechos de una mujer. No lo dudo un instante: cogió el móvil y lo citaron para las cinco de aquella misma tarde. Cuando entró en el salón lleno de artilugios, y vio cadenas, grilletes, mazos, dos yelmos, unas cuantas fustas y una rueda de carro sujeta a la pared, le vino a la mente la fragua de su tío Luiso. Una polea al techo de la que discurría una cadena, le recordó los tiempos en que las estrellitas candentes chocaban contra él. Y en un rincón del salón había un biombo, seguramente chino o japonés.

La mujer Coyote no le dio opción, lo ató de pies y manos y cogido de un arnés, a través de la polea, lo subió hasta el techo. Con voz dominante le bajó los pantalones y fue cuando Aniceto le preguntó que qué le iba a hacer.

El ama le exigió silencio, y lo desnudó del todo mientras le frotaba con alcohol de muchos grados dejándole limpio y aseado para la sesión al tiempo que le dio unas ligeras palmaditas en el culete. Y fue en ese instante cuando la mujer Coyote vio una suave sonrisa en la cara de Aniceto mientras le caía la babita.



(“Mi tío Luiso y la Leandra” es un relato que ha participado en el 18º Proyecto Anthology. Tema: Sadomasoquismo)

16 mayo 2007

FRIGILIANA


“Dicen los confiados que Doña Justicia y Doña Verdad caminan juntas con el mismo destino. En el magnetismo de los polos opuestos, por su origen diferente, una se cobija en la otra a pesar de que agentes codiciosos estiran de ellas y las obligan a separarse. La primera no es posible sin la segunda; sin embargo, en demasiadas ocasiones, en nuestro gran teatro del mundo, las visten de mil maneras y aquel magnetismo se rompe”.

El día amaneció lluvioso y sus gotas insistentes iban dándole a la hierba su color más vivo. El cielo, alicatado de plomo, no ofrecía ni un resquicio por donde el Sol pudiera hacer llegar su alegría a aquel lindo pueblo de la sierra malagueña. Definitivamente, en aquel día, el gran astro pasó desapercibido para todo el poblado gozoso por la fina lluvia tan necesitada por sus campos, de los que salía su principal sustento. Y, gracias a su espíritu emprendedor, seguían trabajando las tierras, fieles al compromiso adquirido.

El pueblo, muy blanco, destacaba en la ladera verde cubierta de pinos, de espesos arbustos y de pequeños viñedos que recibían la brisa de un mar cercano, como a media jornada caminando. La necesaria para llegar hasta él, comprar un poco de pescado y volver al atardecer. En el otoño, el clima suave hacía fácil el camino, pero poco tiempo después, ya entrado el invierno, la noche oscura recibía a Justicia con su pequeña cesta llena de pescado.

Era muy joven, catorce años, y vivía en el poblado desde que la abandonaron sus padres camino hacia el exilio de Berbería ordenado por el Rey Felipe II. Decidieron dejarla en beneficio de la propia niña porque también presentían peligros fundados más allá del mar. Una familia sin hijos creyó de justicia acogerla en su cabaña y ello justificó su nombre; aunque se viesen obligados en el bautizo al añadido de María Justicia.

Fue creciendo rodeada de ternura y alegría, la que mostraba hacia el embarcadero en busca de jureles y sardinas dos días de cada siete. Justicia se hizo una mujercita feliz, semejante al bullicio de la aldea en la que todos sumaban sus esfuerzos con el objetivo común de vencer las dificultades que, por cierto, no eran pocas. Todo el poblado había tenido que abandonar su lengua, sus costumbres, sus creencias y creer en otro Dios al que no extrañaban. En estas condiciones pudieron permanecer en sus chozas, seguir trabajando la tierra y, tras pagar los tributos, gozar de cierta tranquilidad. Lo que para los tiempos que transcurrían no era poco y convertían a Frigiliana en un pueblo seguro y apacible.

Justicia, tan joven como bella, mostraba en sus labios carnosos una sonrisa y dulzura sin igual. De tez morena, su cabello reflejaba el brillo del ébano y a pesar de su natural encanto, en ocasiones, una ligera tristeza emergía de sus ojos castaños por el recuerdo de un pasado que, por fortuna, no le había dejado heridas abiertas.

En los bancales de la sierra crecían cañas de azúcar originarias de Arabia, cuya recolección, junto a los racimos de uvas que dejaban en las cepas para que se secaran, daban fama y pan a los habitantes del poblado. Mantenían la vieja tradición de convertir las uvas en pasas y, tras siete días al sol, en el octavo, al pisarlas en el lagar, obtenían un vino dulce de gran fama cuyos beneficios se repartían entre todos. Menos… una parte.

La que le correspondía a Don Pedro de Almijara, noble conde y señor de toda la comarca. Don Pedro, afeminado y lujurioso, mandaba a su esposa Doña Verdad, mujer bravía y con muchos redaños, a las tareas de la recaudación; mientras tanto, él se quedaba para sus placeres carnales en su viejo y noble caserón de Alhama, ciudad situada a medio camino entra Granada y el mar.

No todos los poblados del señorío de Don Pedro eran tan favorecidos por la naturaleza como lo era Frigiliana, lugar del que salían los tributos más cuantiosos. Aquellos moriscos conversos sólo deseaban trabajo y paz. Eran ajenos a las murmuraciones que llegaban de otras partes menos productivas y en cuyos ecos no deseaban participar. Así pues, Doña Verdad, dos y hasta tres veces cada doce meses llegaba hasta ellos, se hospedaba en una vieja mezquita convertida en ermita y recibía a los conversos, dispuestos primero a la oración y después al cumplimiento del pago establecido a cambio de su protección.

Les decía que Doña Verdad era mujer de redaños. Y a fe que los tenía, sobre todo cuando lo exigían sus deberes. Pero sin menoscabo de todas las cualidades heredadas de sus padres: el don de la honradez, el interés por las causas justas y el amor a la verdad fijado por su nombre. A todo ello se le unía una gran sensibilidad y finura en su porte, que enriquecía aún más, si cabe, su condición de elegante y atractiva dama. A sus veinticinco años había alcanzado una gran fortaleza interior, a la que se unía su belleza. Los compromisos paternos le obligaron a unirse en matrimonio con quien no armonizaba en ninguna faceta personal y cualquier tipo de convivencia era una quimera. La vida íntima entre ambos era inexistente y pese a ello, cumplía con la exigencia de su esposo, tarea para la que él, por su debilidad de carácter, no estaba preparado. Y Doña Verdad actuó con empeño y sin ninguna clase de dejación. Incluso con gran firmeza.

Lo que no implicaba en ella crueldad alguna, ni ansias de poder, ni siquiera deseos de tener sometidos a quienes trabajaban sus tierras. Los consideraba hombres libres y como tal podían irse, aunque eso sí, si deseaban quedarse les exigía el cumplimiento de lo pactado. Y siempre actuaba con benevolencia cuando era requerida para aplazar los pagos, si existía algo que lo justificara. Doña Verdad hacía honor a su nombre y lo que no consentía era la mentira. Por otra parte, silenciaba los gustos refinados de su esposo porque nunca se los ocultó y también porque no tenía más remedio.

- Hola, joven niña ¿a dónde vas? – Le preguntó una mañana Doña Verdad a Justicia desde la ventana de su aposento en Frigiliana, a donde había llegado la tarde anterior.

- Al embarcadero. Dos de cada siete días bajo a comprar pescado y regreso al atardecer –le contestó la joven sonriente con su habitual espontaneidad.

- Espera, - se ofreció sin pensarlo la dueña de todas las haciendas – te llevo en mi caballo. Quiero ver el mar de cerca y estaremos de vuelta antes del mediodía.

En aquel corto viaje Doña Verdad supo de la soltura y gracejo de la joven, de su franqueza, cualidades que tanto valoraba. De vuelta al poblado y ante sus padres, acordaron que fuese la niña la que le entregara los tributos todas las veces que se presentara en el poblado. Doña Verdad había quedado fascinada y deseaba conocer más a fondo a Justicia.

Y con todo… fueron pasando los años. Las cosechas se iban sucediendo cada vez más intensas, a la par que Doña Verdad, en sus visitas, aprovechaba para encontrarse con Justicia; llegando a tal empatía entre ambas que su interés por estar juntas era semejante al cumplimiento de su misión. Quizá ya, hasta era superior el deseo de verse. La sensibilidad de la dama junto a la ternura de la joven y el tiempo, autor de todos los posibles, hicieron avivar en ellas algo nuevo, diferente a lo que en un principio sólo parecía afecto mutuo.

También Frigiliana iba cambiando su aspecto y las viejas chozas daban paso a nuevas casas de adobe adornadas con buganvillas, geranios, ficus, pequeñas palmeras y flores que realzaban el limpio encalado de sus paredes. Pero a las dichas y eran muchas, que nunca son eternas, fueron llegando los murmullos cada vez más alarmantes extendidos por toda la comarca y que incitaban a la rebelión contra el Rey, siendo recibidos con mucho temor por la gente de tan laborioso pueblo. La prosperidad de Frigiliana no se había extendido allende la región y cada vez era más difícil para los rebeldes conversos, cristianos, quizá por conveniencia, cumplir los compromisos contraídos. En estos otros señoríos habían dejado de pagar los gravámenes y la amenaza de la expulsión perdiendo todo lo que tenían, que era bien poco, iba tomando cada vez más fuerza. Hasta que llegó… la hora de su ejecución.

Frigiliana unía a todos sus encantos naturales su situación sobre un escarpado que la convertía en un peñón de fácil defensa. Conforme iban aumentando las hostilidades, nuevas familias llegaban a su abrigo en busca de mejor protección, pues deseaban hacerse fuertes y, en su inconsciencia, repeler la amenaza. Esto quebraba su tranquilidad y los presagios de malos y muy cercanos tiempos fueron para su desgracia cumplidos con una crueldad desconocida.

Hasta aquellas tierras llegaron los ejércitos del Rey compuesto por seis mil hombres al mando de Don Luís de Requesens. El prestigioso militar lanzó sobre los moriscos su amenaza: o deponían su actitud, abandonando la fortaleza hacia su lugar de origen o daría la orden de cargar contra todos sin ninguna clase de miramiento.

Corría el mes de junio de 1569, el Sol brillaba sobre la sierra y el calor aún era soportable. Pero lo que no iban a impedir era el ataque despiadado que se cernía contra una población refugiada en Frigiliana, cuyo número había aumentado de forma considerable. La confianza en aquel alto era la única esperanza y para derrotar al invasor acumularon piedras en lo alto del peñón, pertrechándose con toda clase de utensilios válidos para su defensa.

Doña Verdad, que cumplía en aquellos días con su cometido, vio con estupor el asalto al peñón por las tropas cristianas que, bien dotadas, consiguieron llegar a un poblado prácticamente indefenso. El clamor corrió por sus calles y en sus paredes aparecieron arañazos de sangre. La única cruz era la de las espadas y éstas lanzaban mandobles sin ninguna clase de compasión sobre los moriscos que huían despavoridos.

Lo que observaron los ojos de Doña Verdad la llenó de desesperación y su única fijación era el encuentro de Justicia. Montó su caballo y se hizo paso por las calles para salvarla de tanta ferocidad. Consiguió llegar a su casa y junto a la puerta vio a sus padres yacentes en un revoltijo de sangre. Sus ojos angustiosos volvían hacían todas partes buscando a la joven. Fue cuando la vio trepar por unas rocas buscando una fuga imposible hacia lo más alto del peñón. Doña Verdad se dio cuenta de que unos soldados seguían con los ojos aquella ascensión para atraparla una vez ganara el pequeño mirador al que se llegaba por otro camino menos abrupto. Por él y con su caballo se dirigió en auxilio de Justicia llegando hasta el punto a donde se dirigía la joven morisca. Allí la esperó, animándola con gritos que asegurasen su escalada que terminó con un fuerte abrazo de pasión.

- ¡Herejía, herejía ¡ gritaron los cristianos acabados de llegar, nada más contemplar a las dos mujeres embelesadas en su gozo.

Doña Verdad vio odio y fanatismo en aquellas miradas y la única salida era la de no entregarse a la ceguera encolerizada de aquellos salvajes. Verdad y Justicia, concebidas pese a toda clase de imponderables para ir unidas hasta la muerte no lo pensaron más y se lanzaron al vacío. El Rey sometió aquella sublevación y el infiel fue expulsado de aquellos agrestes parajes.

“Han pasado siglos desde aquel baño de sangre y Frigiliana sigue con sus casas blancas, su fresca brisa, sus calles escalonadas y con su historia incomprendida. El “Peñón de Frigiliana”, intacto en el tiempo, esconde en su fondo de arbustos entrecruzados e intransitables dos rocas fuertemente abrazadas: una blanca con vetas rojizas y otra azabache con el brillo del ébano”