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19 mayo 2013

CUENCA: VEINTIDÓS ESTACIONES

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Veintidós estaciones, algunas de ellas en desuso, son las que separan las ciudades de Valencia y Cuenca en una línea de ferrocarril llamada a desaparecer absorbida por la alta tecnología que se ofrece en “AVE” veloz para acortar al camino entre ambas capitales de provincia.

Una línea, la de Valencia-Madrid por Cuenca, aprobada en 1910 que, sin embargo, no llegó a su fin hasta muchos años después. El viejo sueño se convirtió en realidad en 1947, cuando al acortar la distancia con la capital de la nación, también fue de utilidad para que en trayecto directo los valencianos pudiéramos llegar por bellos paisajes hasta la entrañable capital de las “casas colgadas”. La que con sus impresionantes vistas desde lo alto de la zona del Castillo, hace disfrutar a sus visitantes de una de las más fascinantes panorámicas que en España se ofrecen. Como igualmente al revés, acercar las tierras castellanas a nuestro "cap i casal" del viejo  reino valenciano.

Y para “celebrar” su inminente final, miembros de la Asociación Cultural VALANTIGA nos hemos desplazado a través de verdes campos en los que la dificultad de un trayecto en altiplanos se compensa con la satisfacción de los cambios de un paisaje en el que de forma sucesiva aparecen zonas de llanuras, otras de pintorescos riscos, también de sorprendentes túneles que se acercan hasta nuestros ojos y nos introducen en lo oscuro. Así como de pequeños y gratos valles que irrumpen veloces, sin desdeñar en sus viejas estaciones unos desahuciados artilugios convertidos en monumentos industriales que nos trae el recuerdo de la vieja actividad ferroviaria en su actual pretensión de museos etnológicos: al aire libre y en su lugar adecuado.

Sin embargo, no es desdeñar el interior del tren por la posibilidad de ejercer un ejercicio muy usual antaño, pero en la actualidad fenecido. El momento crucial de dar cumplida cuenta a las viandas, que si no en cesta de chorizos y albaceteña, de bota de vino peleón y hebra de tabaco cuales pasajeros más, sí lo ha sido al aflorar de las pequeñas mochilas el pan tierno y crujiente del día, las latas de un muy buen atún, el rioja conservado en frío y servido en el cristal de unos vasos que como tal se merece, así como algún que otro alimento sobre el mantel de tela sobre un asiento vacío convertido en el instante en una pequeña mesa que, aunque modesta, cumplía con su misión para tan importante lance: uno de los objetivos fundamentales del “viaje”, sin desdeñar otros que llegarían pocas horas después.

La coqueta estación de Cuenca, decorada de viejo café, fue la de su momento. Y frente a ella, el bús que nos condujo al punto más alto de la ciudad: al del Castillo, desde donde en amplio mirador se muestra todo el encanto de la ciudad que tomara Alfonso VIII allá por el siglo XII.

Predominan a primera vista su parte antigua, situada a la derecha sobre un cerro rocoso de corte profundo, que sirve de cimiento a un friso de casas de porte palaciego, monumental y catedralicio. En el centro de la panorámica y a media altura, el viejo convento dominico en la actualidad Parador Nacional, unido con el alto cerro mediante el elevado puente de hierro de construcción modernista, el de San Pablo, siguiendo la moda imperante a principio del XX.

Una vez disfrutado del alto mirador, iniciamos el camino de bajada, estrecho, hacía su Plaza Mayor. Por él, disfrutamos de sus pequeñas portadas, de sus balcones de hierros y de las huellas del tiempo labradas en sus piedras.

Visitamos la Catedral de Santa María y San Julián con sus diferenciadas capillas, su amplia girola, su sorprendente sacristía y su aula capitular, en un templo gótico iniciado en el siglo XII y sus posteriores modificaciones.

La hora de la comida, ya algo tardía, era la de recuperar fuerzas. También la del necesario descanso para reiniciar después nuestro camino. En esta ocasión para adentrarnos por las callejuelas tras la Catedral con el fin de cruzar el puente para visitar el Parador con la ocasión de hacer trabajar las máquinas digitales dirigidas hacia las casas colgadas en amplio friso sobre el cerro, a cuya parte teníamos que retroceder.

De regreso, una vez cruzado y en suave pendiente, se llega hasta la base de una casa del siglo XIV ocupada por el Restaurante Casas Colgadas. En la roca se encuentra el pequeño pasadizo que da paso al centro de la vieja ciudad a quienes acceden desde el puente.

Vimos anclados y en las barandillas del mismo, modernos candados cuyas llaves lanzan al vacío los jóvenes enamorados jurándose amor eterno que ojalá cumplieran en su intento.

Era el momento de la marcha atrás, la del regreso, la de la vuelta a la estación que nos conduciría hasta un final de jornada gozosamente disfrutada.

Como el de un viejo recorrido que después de casi setenta años de vida y de gratos recuerdos ha cumplido con su misión.

Poco tiempo de vida le queda. Aprovechen la ocasión y disfruten de ella.

25 septiembre 2011

EL LAGO DEL BALNEARIO TERMAS PALLARÉS EN ALHAMA DE ARAGÓN.



La tibieza del lago y su efecto balsámico sobre la artrosis de mi cuerpo son el acicate que me impulsa a bracear por una tenue corriente que, pareciendo inexistente, se mece al suave ritmo que le impulsa un inagotable manantial que desde las cavernas de la tierra escupe su bonanza al exterior.

Todo el entorno es bello, único y singular, cubierto por una bóveda azul que deja su brillo sobre un agua limpia, murada por una arboleda de pinos y plataneros en la que destacan los paraísos (unos pequeños arbolillos que dicen ahuyentar los mosquitos) las choperas -en su balanceo interminable- y demás arbustos que pincelan un paradisíaco lugar y en el que a través de la superficie se filtran los rayos del sol dejando una estela en un fondo de pequeñas piedras en el que se vislumbra el dorado que el astro rey ofrece.

Una infinidad de diminutos pececillos se mueven por su hondo buscando su alimento, al tiempo que sirven para una eficaz limpieza de los pies de quienes disfrutan en su baño, convertidos aquellos en expertos pedicuros, y a la vez alegres protagonistas del baño termal.

Cuando amanece, en la bonanza de los últimos días estivales, un halo de luz irradia todo el entorno. Se funde con las aguas y embruja la vista a quienquiera que se aproxime a sus orillas.

En su mezcolanza, un verde esmeralda se esparce sobre la superficie, al tiempo que los reflejos silvestres y la calidez del sol, como fieles enamorados, se funden en el lecho lacustre que la naturaleza para tal fin ha creado.

Ignoro cómo fue el paraíso en el que Adán y Eva cometieron el primer pecado y del que tenemos conocimiento, pero difícilmente puede existir un lugar más idílico, cual bello lago termal, que si no es a su semejanza, de seguro que aquél así debió ser creado; o al menos, parecérsele, y por ello mismo imposible de olvidar.

A sus dos existentes islas y como lugares de recreo, se acceden a través de un puente de suelo cerámico y barandillas de hierro que se dirige al encuentro del murmullo que emana una fuente que brota sobre una pequeña figura de bronce ante un decimonónico edificio coronado por templete bajo la copa de un esbelto un pino, cual palo mayor, formando ambos en su centro geográfico el emblemático encuadre que personaliza a tan singular remanso de paz y descanso.

Un sendero lo rodea y es de utilidad para escudriñar los diferentes reflejos que emergen de las sulfurosas aguas desde el primer momento del alba hasta el último segundo crepuscular.

Un pequeño y antiguo panteón familiar, abandonado, se deja ver entre la frondosidad que circunda al lago fuera de la escondida muralla como mudo testimonio de un pasado que desea olvidar.

La tarde es cálida. El azul del cielo junto a la musicalidad del agua que golpea la alberca, justo a mi lado, y la suave brisa que mece la arboleda, hace grato a un silencio sólo truncado por el ladrido de un can desde un lugar cercano; lo que no es óbice, sino que contribuye aún más, al deleite en las últimas horas de la tarde en un lugar que es el fiel reflejo de aquel vergel que en jornada de siete días nos regaló el Hacedor.

Mas si así no fue creado, aquí está cual fruto de la tierra: un lago, un vergel, un paraíso, que desde lejanos tiempos de un periodo inmemorial ha llegado hasta nuestros dias.

26 agosto 2011

EL PARADOR DE GREDOS

(Del 21 al 25 de Agosto)

La fortaleza del granito y su abundancia, da vida y sentido tanto a Ávila, la ciudad amurallada, como a gran parte de toda la zona. Surgido de sus tierras, su robustez imperecedera se extiende a través de sus campos, y su vestigio se muestra en múltiples representaciones a lo largo del paisaje. Muchas de ellas, forman caprichosas estampas como fruto de la imaginación del viajero, tanto en cuanto han vencido el paso del tiempo dando ocasión a singulares leyendas. En su fascinante diversidad, pincelan el horizonte por su continuo hacinamiento, pero sin menoscabo de la belleza; tanto en las suaves laderas, como en las más agrestes o en las más empinadas, que por todas partes se encuentran.

La Sierra de Gredos es una suma de valles cubiertos por una bóveda de aire limpio sobre una alfombra de verde bosque por el que se abren senderos de largo y apacible caminar, pero que cuando son abruptos hacia sus cumbres, maravillan con las vistosidad de un paisaje que la vista del caminante se pierde en el infinito. En su interior, se adivina su rica fauna en la que predomina la cabra montés, típica de Gredos en sus parajes más escabrosos, de elegantes cornamentas que para el curioso interesado visten las paredes de nuestro lugar de hospedaje.

El Parador de Gredos es de puro granito y su confortable estar, sito en el corazón de la sierra, contribuye a disfrutar del mejor provecho a quienes allí acuden en busca de la paz y sosiego necesarios para desconectar de la rutina acumulada.

Histórico Parador el de Gredos, el primero de la “Red de Paradores” desde 1928 y en el que en su “Sala de los Ponentes” se elaboró la actual Constitución Española de 1978. Y lo fue fruto de un consenso (al igual que la de 1876) que debiera perdurar con la fuerza del granito que la vio nacer para fortuna de todos los que en ella confían.

La fortaleza del granito pues, como en tantas otras monumentales representaciones fruto de la mano de hombre, se observa durante el ascenso del Puerto del Pico testimoniada en su calzada romana, intacta a través de los siglos y paralela a la carretera nacional en su recorrido. Se encuentra en el camino desde el Parador a Arenas de San Pedro, lugar donde disfrutar del Castillo de Don Álvaro de Luna, valido de Juan II de Castilla, con su Torre del Homenaje y el Adarve de la Muralla, o del peatonal puente romano; así como del Santuario de San Pedro de Alcántara, antiguo convento donde yacen los restos de quien fuera asceta y confesor de Santa Teresa de Jesús: la piadosa mujer cuya dedicación espiritual tuvo la fortaleza del granito cual fruto de su tierra que la vio nacer y que marcó la impronta en su vida mística, tanto en cuanto cinceló su fe inquebrantable.

La Sierra de Gredos es un lugar de descanso en el que hemos querido confiar durante unos pocos días, a lo que ha contribuido con gran eficacia la terraza del Parador, enfrentada bajo sus columnas de granito al bosque de altos pinos que arranca a escasos metros y cuyos esbeltos troncos crean auténticos obeliscos en imaginaria prolongación desde la galería de pórticos donde descansamos.

Su disfrute es asegurado; igual en las horas de radiante sol pero de suave clima, que cuando los nubarrones lo ocultan dispuestos a descargar por un instante copiosas cortinas de agua, al tiempo que nos invitan al deleite de un bucólico aroma expelido por la frondosidad del bosque y emparejado con la musicalidad de la lluvia, creando al mismo tiempo un melodioso espectáculo que sacia los sentidos de quienes lo observan.

Perderse unos días en el Parador de Gredos huyendo del bochorno agosteño en busca de un clima suave e invernal, fue nuestro propósito, cumplido con creces, y de donde hemos regresado con la satisfacción de que nuestra apuesta fue la acertada.

29 octubre 2010

BALNEARIO TERMAS PALLARÉS

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Un chorro de agua caliente que sigue brotando de las entrañas de la tierra fue el que tuvo la culpa. Tras más de dos mil años de existencia, al menos que se sepa, fiel a su quehacer, ha ido escribiendo día a día el fango de su historia.

En la Hispania romana, allá por el siglo II d. C. un camino unía dos de sus más importantes ciudades: Cesar Augusta y Emérita Augusta. Al paso por Medinaceli, la puerta romana de tres arcos, cuya construcción data de entonces, situada en lo alto del cerro como lugar de entrada a tan vetusta ciudad, es uno de los muchos testimonios del legado romano que aún conserva todo su esplendor pese a los arañazos del viento. Ruta y vestigio de un pasado que atravesando llanos, montañas y venciendo abruptos caminos dio fruto a un proceso de romanización que hasta la caída de Imperio Romano de Occidente se dedicó a la realización de sólidas y necesarias construcciones que, en la actualidad y con la consideración de históricos monumentos, se mantienen intactos venciendo el látigo del tiempo. Al igual que la creación de asentamientos que dieron lugar a nuevos núcleos urbanos, muchos de los cuales perduran en la actualidad.

Una fuente termal que a 35º brota de la tierra y lo hace desde aquellos años. Su descubrimiento por los romanos les sirvió de descanso a las huestes que al abrigo de sus elevados peñascos asentaron sus tropas en el lugar hoy conocido como Alhama de Aragón, así como al logro del placer de las aguas al que estaban habituados. Siglos más tarde y con el mismo fin, fue igualmente utilizada por los musulmanes que reconocieron el lugar como Al-Hammam: “los baños”, del que viene el actual nombre a tan bello enclave aragonés.

Aquel brote de calientes y medicinales aguas ha configurado el único lago termal de España dentro de un parque frondoso que ha dado vida al centro del salud Balneario Termas Pallarés, construido a mediados del siglo XIX, cuando la moda de estos complejos se impuso en España al servicio de la sociedad alto-burguesa y al abrigo de la realeza. La proliferación de centros hoteleros de sabor palaciego y líneas neoclásicas afloraron junto a otros nacimientos termales, muchos de los cuales se mantienen acomodados a las exigencias actuales y puestos al servicio de quienes buscan el descanso, la relajación de sus músculos y en definitiva, la mejora de su cuerpo, aliviando el estrés que a diario nos acecha.

Terma Pallares1En Termas Pallarés, el bañista que disfruta de las cristalinas aguas del lago observa la presencia de una legión de pececillos que se pierden a ras del caliente fondo, al tiempo que hacen las delicias del paciente nadador, dispuesto y complacido a la picada del hambriento pez; pequeños animalillos que a la búsqueda de su alimento lo encuentran también en las pieles muertas de los pies del tranquilo caminante entre las aguas del lago y que a su calor se relaja; o ven frustrado su intento si por un temor inexistente, quien goza de la estancia, retira su pie.

El otoño deja sobre las aguas las hojas secas de la arboleda que cercan al lago, así como la de sus dos pequeñas islas. En una de ellas, la que ocupa el centro lacustre, un templete, antiguo palomar que hace de vestuario, alza y deja su impronta decimonónica sobre un pequeño jardín gustosamente decorado con un fuente que emerge de un alberca acompañada a su rededor de estatuas de emulación romana que recuerdan su documentada presencia, y que a la sazón y a la orilla del lago, mediante un fila de hamacas, da ocasión al descanso con el goce de un baño de sol y el disfrute del paisaje que lo circunda.

El chorro de agua alimenta al lago, y la temperatura de sus aguas cálidas dan lugar a que sobre su superficie una nubecilla de vapor se rompa ante la presencia del nadador que bracea o camina hacía el brote milenario en una de sus orillas, anheloso en recibir en su espalda la caliente cascada que sin su existencia de más de dos mil años no hubiera dado lugar al nacimiento de tan idílico paraje, más tarde núcleo urbano, y que merced a su constante y saludable agua termal hace de Alhama de Aragón un centro de salud de reconocido prestigio y variada oferta hotelera.

Las propiedades terapéuticas de sus aguas y los servicios de relajación muscular que ofrece el Balneario es una muy buena y atrayente opción para unos días de disfrute en quienes buscan el descanso alejados del cotidiano quehacer que tensa el cuerpo y agota sus fuerzas.

Y de todo ello hemos disfrutado un grupo de amigos durante unos días, y no sólo por los baños, chorros y las acariciadoras burbujas de sus aguas, que también, sino por los cantos, chistes y chirigotas cuya eficacia para sanar el cuerpo van a la zaga de las milenarias aguas termales que siguen dando vida a un balneario decimonónico, adecuadamente remozado y en el que se vislumbran las huellas de un suntuoso pasado.

17 septiembre 2010

PAMPLONA, EL RECUERDO A HEMINGWAY

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15 Septiembre

Ya de regreso, teníamos interés en visitar el centro de Pamplona, donde en un par de horas disfrutamos del encanto de su Plaza del Castillo en la que el recuerdo a Hemingway está presente, así como en diferentes puntos de la ciudad; y el del Ayuntamiento con su pintoresca fachada. Caminamos por la calle de la Estafeta deteniéndonos en los sitios más famosos del encierro de los “sanfermines” hasta llegar a la Plaza de Toros. Finalmente nos detuvimos ante el monumento a los “Fueros Navarros” con sus ricas alegorías a su pasado histórico, muy venerado por sus paisanos en el paseo de Sarasate, completando parte de nuestro interés por conocer la capital del Reino de Navarra.

Comimos en Paniza, en el Paradero, donde a pesar de ser una hora tardía nos atendieron con amabilidad llegando felizmente a Valencia a última hora de la tarde, completando un recorrido en el que como siempre el buen tiempo es nuestro acostumbrado compañero de viaje.

HONDARRIBIA, EL BALUARTE DE LA REINA


14 Septiembre

Teníamos decidido dedicar un día a Hondarribia recorriendo sus calles y desde el mismo puerto tomar un barquito para visitar la zona playera de Hendaya, recorrido que se hace con una frecuencia de cada quince minutos.

Hondarribia es una villa fortificada en el Cantábrico que desde el siglo XIII y hasta el XVIII fue asediada repetidamente, pero defendida con eficacia por sus habitantes tenaces en su afán luchador y guerrero; al igual que durante la invasión napoleónica y posteriores guerras carlistas que causaron grandes destrozos en la villa dejando al Baluarte en estado de ruina. En su escudo de armas resalta su condición de ciudad muy noble, leal y valerosa. La villa fue fundada en los inicios del siglo XII y tiene la consideración de ciudad Monumento Artístico Turístico. En su casco antiguo destaca el Castillo de Carlos V, hoy restaurado para gozar de él como Parador de Turismo, situado en la Plaza de Armas, el punto más alto de la villa.

La Isla de los Faisanes, situada a muy poco de la desembocadura del Bidasoa cuya propiedad comparten España y Francia, fue el lugar donde se firmó “La Paz de los Pirineos” en el siglo XVII, así como otros acuerdos dinásticos a lo largo de su historia, lo que representa un atractivo en la zona por su pintoresca singularidad.

Primero contemplamos la ciudad desde el exterior escudriñando su zona amurallada, para continuar con un recorrido por su casco antiguo repleto de casas blasonadas, balcones corridos de forja y sus típicas casas con ventanas y balcones embellecidos con flores. La Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción está situada en lo alto junto al Parador y caminando por una calle de fuerte pendiente en la que se encuentra el Ayuntamiento y pintorescos bajos comerciales, llegamos a una de las salidas de la ciudad bajo la Puerta de Santa María junto a un torreón. En su vista desde el exterior llama la atención la espectacularidad del recinto amurallado: Baluarte que fue construido en 1538. Destaca en lo alto de uno de los extremos un mirador como eficaz vigía de la zona.

La zona amurallada tiene una segunda puerta, la de San Nicolás, a la que se accede desde un puente de diseño moderno que nace en la parte nueva de la ciudad. Después de subir una suave pendiente se accede a él en el que la panorámica que se ofrece es digna de su contemplación.

Con el barquito llegamos a la playa de Hendaya de mayor extensión que la de Hondarribia, a la que retornamos para acudir a la Sidrería Laia, muy recomendada, donde teníamos reservada mesa. Construida en un caserío en las afueras de la villa, es de diseño moderno y elegante y con un menú que cambian a diario, del que salimos ampliamente satisfechos.

La tarde la pasamos en el Parador, relajados en sus instalaciones y con un último paseo por sus alrededores donde siempre queda un rincón pendiente en descubrir.

HONDARRIBIA


HONDARRIBIA


HONDARRIBIA


Bayona y la costa francesa

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13 Septiembre

Lunes y con un tiempo espléndido fue el día elegido para cruzar la frontera, ya inexistente, para conocer las ciudades más próximas. Un vistazo a Bayona como punto más lejano, retornar por la costa para visitar Biarritz y San Juan de Luz, fue el plan elegido.

Llegamos a Bayona, ciudad donde se firmaron 1808 las abdicaciones de Carlos IV como Rey de España y su hijo Fernando VII, entregando la corona a Napoleón.

Las agujas de su Catedral de Santa María nos indicaron la ruta a la que dirigirnos, aparcando muy cerca de ella. Queríamos conocer su centro histórico y nuestra primera visita fue la de su magnífico templo gótico, actualmente en restauración que nos sorprendió por su belleza, tanto la de su interior con diversidad de capillas, como por los contrafuertes y adornos en su exterior. Pasamos por el Castillo Viejo, hoy centro militar donde una placa en uno de sus muros perpetúa la evidencia de reyes y personajes ilustres que lo habitaron en diferentes momentos de su historia. Nos llamó la atención el silencio en la calles pese a la afluencia de gente, que si no muy abundante, la recoleta plaza en la que nos encontrábamos hacia más notorio el habla silenciosa de sus paseantes. Tomando un café en una terraza junto a la Catedral nos informaron de la existencia de un bus eléctrico gratuito que recorría la ciudad en diferentes rutas y corta frecuencia, existiendo una parada justo enfrente donde estábamos sentados. Fue pensado y hecho, y de inmediato apareció el pequeño bus que tras un recorrido por zona de jardines nos dejó junto a unos de los dos ríos que se unen en la ciudad ante una bella panorámica de Bayona. Bordeando el río llegamos a la zona del mercado, caminando por sus calles aledañas ya más concurridas, pero con la misma singularidad del silencio de sus gentes. Las agujas de la catedral nos indicaban la ruta, y ya en su proximidad nos sentamos para tomar un vino clarete. Nos llamó la atención un monumento a los caídos por la Patria en diferentes guerras: desde las dos mundiales, así como las libradas en el Norte de África o la más próxima del Golfo Pérsico. Después de tomar unas fotos del lugar, espacioso y de cuidados jardines, nos dirigimos hacía Biarritz como segundo punto de parada.

Aparcamos en un parking subterráneo junto a su extensa playa en la que destacan las instalaciones del Casino y sus regias mansiones. Como en Francia la hora de la comida es más avanzada, nada más llegar elegimos la terraza del Casino frente al mar donde fuimos muy bien atendidos merced a un servicio esmerado que nos dejó satisfechos. Tras un leve paseo, casualmente, dimos con la parada de un tren eléctrico que en ese instante iba a iniciar un recorrido por la ciudad. A él subimos, y en su trayecto, a la par que nos informaban de la historia de la ciudad, igualmente lo hacían de las testas coronadas que había elegido tan bello lugar como estancia estival, con el testimonio de sus palacios y mansiones en uso actualmente en diferentes actividades volcadas especialmente al turismo, del que vive la ciudad. La belleza de su casco urbano, junto a sus playas, satisfizo de forma sobrada nuestra intención de conocer una ciudad cuyo nombre invita a la fantasía.

Y ya por la costa llegamos a San Juan de Luz donde recorrimos sus calles comerciales; vimos su playa, pero no así su puerto que presumo es lo más interesante de la ciudad. Debido a la dificultad de aparcamiento por una parte, y por otra, el aún grato recuerdo de Biarritz, hizo que optáramos por el regreso hacia el Parador de Hondarribia y descansar en su terraza con vista al Bidasoa acompañados por la lectura.

SAN SEBASTIÁN, LA PERLA DEL CANTÁBRICO

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12 Septiembre

El buen tiempo y su temperatura muy agradable no nos abandonaba. Todo hacía presagiar una jornada de domingo tranquila y apacible. Decidimos pasar el día en Donosti, San Sebastían, que nos recibió de la forma que no esperábamos. Un río de gente circulaba por sus calles camino hacia la Concha y con los parkings al completo. Nada sabíamos de que era el día de la Gran Regata, de gran interés popular, por lo que la ciudad fue tomada por los seguidores de quienes iban a competir en tan para ellos querido evento. Tuvimos la fortuna de dar con un parking con plazas libres, pero de entrada muy lenta. Por fin aparcamos y nos trasladamos hacia la zona de la Catedral para entrar en el templo en hora de oficio religioso.

Contemplando la belleza de los edificios en sus largas avenidas, llegamos al casco viejo con la intención de situarnos en la Plaza de la Constitución que nos llamó la atención verla toda mojada, como producto, pensamos, quizá de un fuerte chaparrón matinal, cuando nos informaron que como añadido a la jornada de regatas había habido una suelta de toros, por lo que tras un baldeo se había procedido a su limpieza. Emblemático lugar de la zona que elegimos para tomar sentados un chacolí, por aquello de donde estuvieres haz lo que vieres. El casco viejo estaba lleno de gente joven con la misma idea y por sus calles parecía que no cabía un alma abriéndonos paso entre el gentío, juvenil y bullanguero.

Nos dirigimos hacia la Concha con la idea de comer en La Perla, mas al no tener mesa libre la encontramos con algo de fortuna en la vecina La Concha, comiendo ante su célebre playa como era nuestra intención. La marea baja, hizo posible, terminada la comida, un pequeño paseo sobre la arena mojada donde los bañistas de sol y de agua marina disfrutaban de tan bello día.

Ya en el coche, dimos unas vueltas por la ciudad rodeando el Monte Urgull con la emblemática imagen del Sagrado Corazón de Jesús en lo alto para disfrutar de sus vistas en un día de mar tranquilo. El azul del cielo se fundía con el del mar, formando un escenario infinito cuya platea era la famosa playa de la Concha vista de frente. La regata había finalizado y la multitud de sus seguidores habían abandonado el lugar hacia el casco viejo donde completar la jornada. Una vez disfrutado del paisaje tomamos rumbo a Hondarribia donde en la Plaza de las Armas y en una de sus terrazas, disfrutamos ante la vista que la misma ofrece a quienes allí descansan.

GUIPÚZCUA, UNA PARTE DE SU INTERIOR

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11 de Septiembre

Teníamos la intención de disfrutar del paisaje genuinamente vasco, por lo que tomamos una ruta hacia el interior a la busca de pueblos pequeños, de alta montaña y valles de silencios. Y aunque nos habíamos procurado información, en el primer pueblo que hicimos un alto para tomar un café, Alegia, y situados ante la Casa Consistorial bajo los porches, entablamos conversación con tres lugareños que como respuesta a nuestros deseos nos aconsejaron una ruta que de inmediato aceptamos. Nos propusieron tomar una carretera que nace dentro del mismo pueblo hacia los altos montes, donde podríamos observar su cima más alta: la del Monte Txidonki, en un ruta de carretera estrecha pero de buen firme, por la que nos íbamos a encontrar con pequeños poblados y bellas vistas, así como el deleite de diversas vaquerías en las profundidad de sus valles. Vimos en el recorrido algunos caseríos, así como lugares pequeños pero con su torre eclesial, cada uno de ellos de especial encanto que nos hicieron disfrutar tomando las lógicas fotos para el recuerdo de su paisaje.

Pasamos por Larraitz, a pie del Txindonki, un pequeño poblado pero muy bien dispuesto para la diversión infantil, bajo un bosque cercano con toda clase de juegos que configuran uno de los parques de aventuras más importante de la provincia para el disfrute de la muchachada.

Tras realizar el recorrido, pasando por Zaldibia y Ordizia, volvimos a Alegia, donde en el recomendado Restaurante Eizmedi tuvimos ocasión de disfrutar de una buena comida de sencilla y esmerada laboriosidad, previa toma de un fresco chacolí que nos abrió el apetito.

Ya de regreso en Hondarribia y con una caminata en las últimas horas del día por su paseo marítimo, supimos más de la villa que se abre y llega al mar, repleta de espléndidas casas exentas que rivalizan en belleza separando lo medieval de la modernidad, descubriendo una muy cuidada playa junto al desembocadura del Bidasoa y su puerto deportivo

HONDARRIBIA Y EL BIDASOA

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10 Septiembre

En ocasiones diferenciar lo que separa de lo que une no resulta nada sencillo entre dos zonas que se avecinan. La clave reside en ese punto neutro siempre existente entre dos partes que tienen el encanto de su solidez y forman un conjunto tendente a la seducción de quien por él se siente atraído.

Es el caso de la desembocadura del Bidasoa que nos separa de Francia y que como en otros lugares semejantes, como es el caso del Miño o del mismo Guadiana, al tiempo que divide un lugar de otro, también los ata un paisaje de identidad que dejando aparte orgullos banales arraigados en un sector minoritario, hace confraternizar a su gente.

Por tal motivo, y con el deseo de conocer más en profundidad San Sebastián y sus alrededores, decidimos trasladarnos a ese trozo de tierra agraciado por la naturaleza fijando como lugar más adecuado el de la villa de Hondarribia, antaño Fuenterrabía.

Y allá nos fuimos, con la sorpresa nada más entrar en su casco urbano que lo que íbamos a conocer iba a ser mucho más bello que lo imaginado. Cuando se tiene en mente la foto de una pintoresca casa, atraído por su belleza desde el momento de verla (como resulta ser en este caso) deja de ser una foto cuando, ya en el lugar, observas, que una casa tras otra se transforman en muchas fotos cada una más espectacular, lo que unidas todas, crea el atractivo de una ciudad de difícil olvido. Es el caso de Hondarribia que nos hechizó nada más entrar en ella.

El casco viejo en lo alto, con su plaza de Armas y bellas vistas al río, tiene a su espalda la zona amurallada de muy reciente y acertada restauración, con sus dos puertas: la blasonada de Santa María y la de San Nicolás, que dada la antigüedad de su cerco y el estado de abandono tras un largo periodo de años, la decisión de su necesaria restauración ha dado ocasión al conocimiento del estado primitivo de la villa, lográndose el privilegio de imaginar la eficacia de su defensa en los casos de necesidad, que por cierto fueron muchos. Debido a los avances bélicos de los asediantes, sus murallas fueron adecuándose a los tiempos, construyéndose una serie de túneles y pasadizos ocultos que han ido aflorando hace muy pocos años tras sus labores de restauración, dejando a la vista del visitante una muy detallada interpretación del fascinante entramado sito en las entrañas de viejo e histórico casco urbano de época medieval, cuyo recinto amurallado es conocido como el “Baluarte de la Reina”.

Celebramos nuestra llegada comiendo en un restaurante datado en 1575, el Zeria -situado en la popular calle de San Pedro de la parte baja- con su vetusto estilo que han procurado conservar intacto hasta nuestro días. La buena cocina y la agradable estancia en la terraza y ante su fachada, contribuyeron a gozar aún más de nuestro primer día de estancia en Hondarribia, al tiempo que se celebraban los últimos días de las fiestas de El Alarde en recuerdo de la victoria sobre los franceses del año 1638, encontrándonos con un ambiente alegre y bullanguero.

08 noviembre 2009

DÍA 7: ARÉVALO EN NUESTRO REGRESO

Arevalo

Ya en el día de nuestro regreso de tierras castellanas, hicimos una parada para visitar Arévalo. En nuestra anterior visita del pasado año, la ciudad estaba inmersa en unas obras por todo su centro histórico, y dada la belleza de su mudéjar, quisimos aprovechar la ocasión para ver su estado. Las obras aún no han alcanzado su final, dado que las posibilidades económicas no andas muy boyantes, tal y como nos informaron un par de vecinos bajo la puerta de la Casa de los Siexmos, (lugar donde se ratificó el Tratado de Tordesillas) allí protegidos tanto del frío como del no muy fuerte viento que llegaba a la plaza.

Efectivamente, Arévalo es una villa de rica historia en la que existen vestigios del paso de los romanos, visigodos, árabes, y siglos más tarde lugar de residencia en los años infantiles de Isabel, la después Reina de Castillas, así como también donde viviera un tiempo Germana de Foix, la segunda esposa del Rey Católico; precisamente en la misma casa donde habíamos entablado grata conversación con los dos arevalenses.

La Venta de San José, ya en la provincia de Cuenca, fue la opción escogida para nuestra última comida, donde la gastronomía conquense tiene uno de sus mejores reductos. Dejamos nuestras preferencias por la carne, de la que ya habíamos disfrutado durante la semana. El morteruelo, los judiones estofados, la orza, junto a un buen lomo de bacalao signaron el punto y final a un recorrido por tierras castellanas, siempre acompañados por el buen tiempo, que aunque frío, no restó de nuestro disfrute.

Ya anochecía, cuando pasando próximos a Cheste rugían los motorizados que abandonaban su circuito en jornadas del Gran Premio rumbo a Valencia. A paso lento, pero seguro, llegamos tranquilos a casa relamidos de un buen viaje, tal y como estaba previsto. Menos la visita al concesionario de Opel que pronto habíamos olvidado.

DÍA 6: OLMEDO: SU CABALLERO. TORDESILLAS: SU REINA JUANA.

Olmedo

 Olmedo es la villa de los siete sietes, o al menos así era reconocida cuando allá por el XVII, la ciudad amurallada, además de sus siete arcos de entrada, tenía siete iglesias, siete conventos, siete plazas, siete casas nobles, siete fuentes y siete pueblos de su alfoz; y que debe su nombre a los robustos olmos que la circundaban.

Situada a cuarenta kilómetros de Tordesillas, Olmedo, ciudad donde naciera Bartolomé de las Casas, el gran defensor de los indios en la América colonial, goza de la peculiaridad del arte mudéjar que fluye por doquier. Y junto a ello, surge la leyenda que inmortalizara Lope de Vega, la del Caballero de Olmedo, así como el atractivo añadido de la visita a un parque temático que en un recorrido de casi una hora, muestra en maquetas la simulación de las iglesias, conventos y castillos del más genuino mudéjar sitos en la Comunidad Castellano-Leonesa.

Parque al aire libre que, también en miniatura, recorre y de forma constante, un tren en el que no falta la simpática presencia de sus estaciones y puentes, como no podía ser de otra manera, dada su pretendida fidelidad al circuito por todos los municipios en los que existen los monumentos tan eficazmente conservados.

Con anterioridad y después de callejear por la población a través de un recorrido recomendado contemplando sus monumentos más preciados, asistimos a la recreación teatral del Caballero de Olmedo en el Palacio de su nombre; Museo dispuesto de la más avanzada tecnología para ofrecer al visitante el trágico drama de su caballero de leyenda, salido de la pluma teatral del Fénix de los Ingenios.

Cominos en Tordesillas, en el Torreón, un restaurante donde Jeremías trata con cariño a sus clientes desde su asador a la vista de quienes luego dan cumplida cuenta de sus viandas.

Tras un pequeño descanso de pijama y orinal, visitamos la Casa del Tratado, lugar donde en 1594 España y Portugal fijaron el meridiano que les partía el mundo para sus descubrimientos, hecho histórico que se ofrece en una sencilla pero muy completa exposición. Coincidía el día con el aniversario del nacimiento de la reina Juana, la hija de los Reyes Católicos, muy querida y respetada en la actualidad por la ciudad de Tordesillas. Por tal motivo, hubo un encuentro junto a su estatua de bronce en grato homenaje y el pase de la película de Vicente Aranda en la Casa de Cultura situada entre la del Tratado y la Iglesia de San Antolín, donde presenciamos un simpático acto de recuerdo a la que fue soberana de Castilla. Reina recluida en un convento de la villa en sus últimos cuarenta y seis años de vida, en los que no pudo ejercer su reinado.

DÍA 5: SIMANCAS, VALLADOLID Y ZORRILLA

Valladolid dia 5

Después del palizón del día anterior que nos dejó bastante cansados, una vez repuestos y ante un día frío con alguna que otra nube que no amenazaba lluvia, nos dirigimos hacia el Archivo General de Simancas. Está ubicado en un magnífico castillo donde los historiados sacian sus deseos de investigación, gracias a los más de veinte millones de documentos que acreditan la historia de España desde los tiempos de los Reyes Católicos hasta mediados del XIX. Lo hicimos a sabiendas de que sólo en el caso de existir alguna visita concertada y en el supuesto que nos admitieran en la misma, podríamos adentrarnos en el Archivo. En estas visitas no es mucho lo que enseñan, toda vez que procuran causar el menor estorbo a quienes investigan en los legajos del pasado. Pero valía la pena la visita, al menos hacer unas fotos de su entorno, y percibir más directamente que al interior de sus muros, acuden gentes de todo el mundo interesadas en la historia de una de las naciones más vieja de Europa.

Gracias a la amabilidad del encargado de controlar su acceso, pudimos hacer unas fotos del patio interior, imaginando, al penetrar nuestros pensamientos por sus ventanales, las ilustradas salas convertidas por momentos en morada del paciente investigador.

Simancas está a un paso de Valladolid, donde una vez ya situados en su plaza Mayor, dirigimos nuestros pasos hacia la zona del Mercado, en cuyos alrededores íbamos a encontrar nuevas sorpresas de las muchas que se albergan en la ciudad castellana.

Junto a su Mercado se alza enorme el templo de San Benito, y anexo, el Claustro Herreriano que le dota del mismo estilo, y hoy Museo de Arte Moderno. Nos sorprendió el claustro por sus dos alturas con arcos de medio punto y columnas dóricas abajo y jónicas en la primera planta. Las estatuas sedentes de bronce de los reyes Don Juan Carlos y Doña Sofía, de gran tamaño, sentados en el claustro en actitud complaciente ante la belleza de sus arcos, significó la ocasión para una foto junto a tan magna pareja, como un buen recuerdo de nuestro paso por el Museo. Disfrutamos de una exposición de Saura en la que se muestran todas las facetas del genial director español, entre las que destacan sus dibujos reflexivos con retazos de gracia.

Tras un pequeño callejeo, nos topamos de pronto con el templo de San Pablo, dominico, de grandiosa puerta barroca situado en una plaza amplia, y flanqueado en una lado por el Colegio Mayor de Felipe II en cuyo jardín delante destaca la estatua del Rey Prudente, y en el otro, la sede de la Diputación Provincial, lugar donde naciera Felipe II según reza en su fachada. Unido a la Iglesia de San Pablo, el museo de San Gregorio, también dominico, todo en un conjunto armonioso y monumental, afortunadamente salvado de ansias desamortizadoras.

Cercana, la casa natal de José Zorrilla, el romántico por excelencia, en la actualidad un lugar de encuentro para los amantes de su obra. Tras cruzar su dintel, destaca de inmediato su ajardinado patio interior con buganvillas de gráciles rimas de cuya savia se amamantara al poeta. En su recorrido imaginamos que entre aquellos setos fuera por donde el pucelano más universal diera sus primeros pasos. En el centro del jardín destaca una pérgola circular donde se oculta un banco de piedra, fuente de inspiración al poeta y encuentro con sus musas.

En visita guiada recorrimos las dos plantas del edificio: la baja, lugar de conferencias, de lectura y de video, que muestra la vida del poeta vallisoletano; y ya en la superior, su profusión de pertenencias, tales como la cama en donde vino al mundo, su despacho que siempre llevo consigo, incluso en su periplo mejicano, su piano, el salón de visitas y una serie de objetos personales junto algún que otro regalo de su buen amigo Maximiliano, el Emperador de México, con el que colaboró como director del Teatro Nacional.

La casa natal de José Zorrilla, de propiedad municipal, tiene la proyección de trasladar al visitante el espíritu de su hijo predilecto, incitando al conocimiento de su obra, más allá de la simple constancia de su nombre extendido por toda la ciudad, en forma de paseos, de jardines, de estatuas, de su teatro en homenaje, en diversidad de cafeterías y como objetos de souvenir. “Qué bien he dormido y cuánto he escrito”, fueron las últimas palabras del más romántico de los poetas que falleciera en Madrid, reposando sus restos en el Panteón de Hijos Ilustres de su ciudad natal.

Comimos en Casa los Zagales, restaurante recomendado y cuyo consejo agradecimos.

Antes de abandonar Valladolid, dimos un recorrido con el coche que nos sirviera para intuir la belleza de sus jardines, así como dar un vistazo a los márgenes del Pisuerga, aprovechando su “paso por la ciudad”. Cómodo recorrido que, aunque de forma somera, nos dio el conocimiento de sus arrabales en los que nos sorprendió observar que en su crecimiento constante, la existencia de los soportales no es un patrimonio del pasado. Lo que demuestra la atención que se presta a la ciudad para que siga creciendo tal y como lo fuera en sus orígenes.

DÍA 4: ÁVILA Y SU CATEDRAL DESCONOCIDA

Avila dia 4

 El día nos amaneció con cielo limpio, pero con mucho frío a ras de tierra. La ruta elegida de Tordesillas a Ávila es de poco más de una hora y tanto en cuanto íbamos acercándonos a la ciudad amurallada, un grueso de nubes restaba el brillo que iba quedando atrás, como abandonándonos. Ya próximos a Ávila una ligera llovizna mojaba la carretera y las nubes sobre la ciudad nos hicieron coger el paraguas del coche temiendo su necesidad. Aparcamos y nos dirigimos a la zona de la Catedral, que tras su visita, y al salir del templo, tuvimos la grata sorpresa de que las nubes se estiraban mostrando medallones azules cada vez de mayor tamaño. No obstante, y aunque en el resto del día volvieran las nubes a cubrir el cielo, el recurso al paraguas fue innecesario, quedando un día que aunque frío, el callejeo por la retícula abulense, quitando el cansancio que poco a poco se iba acumulando en nosotros, el encanto monumental dentro de la muralla allí existente, completó una jornada de gran atractivo, como lo justifica la declaración que goza la ciudad por parte de la UNESCO en su consideración de pertenecer al Patrimonio de la Humanidad.

La visita a la Catedral significó el descubrimiento de que su belleza interna supera a la majestuosidad que su templo ofrece, anexo a la muralla. Y ello, pese a estar en fase de restauración, lo que nos impidió contemplarla en su totalidad. En su claustro, cubierto por andamios y cortinajes, aún permiten los mismos observar la belleza de sus pináculos, pero lamentamos no poder disfrutar con la belleza de sus bóvedas de crucería y ricos alzados.

La parte más antigua de la Catedral, la de su girola, es del siglo XII y el contraste de los tonos rojizos incrustados en la piedra gris por su componente arcilloso, que como si fuera producto de una singular policromía da a su interior un singular aspecto como emblema de su identidad, da la sensación de ser más bien sangre lo que fluye de sus piedras, cual metáfora de la que ofreció el Salvador por todos sus hijos.

También es singular su trascoro de obra caliza y labrada imaginería, así como una capilla de finales de siglo XX en honor a Santa Teresa que brilla con luz propia en uno de los laterales del templo. Es de resaltar en la visita a la Catedral de Ávila, la sacristía, con su colección de casullas y dalmáticas moriscas, así como la de orfebrería, que luce espléndida junto a la de tablas románicas.

Pero la más grande sorpresa y por ello lo que nos resultó más grato, es haber sabido de una Catedral para muchos desconocida y que como tal es ignorada, según comentarios de quienes así los expresaban.

Paseamos por la cercana y amplía Plaza en honor a San Teresa, la egregia hija de la ciudad, con su Iglesia románica de San Pedro al fondo. También próximo, un amplio mirador nos ofreció una hermosa vista de la muralla al exterior, y el lecho urbano que se extiende a sus pies.

Nos decidimos por comer el famoso chuletón de Ávila, de “visita” obligada en estas circunstancias al que le dimos la respuesta obligada. Habíamos aceptado la atractiva oferta de una visita a la ciudad en un trenecillo que la recorre entrando y saliendo sus murallas. Lo que contribuía como el mejor complemento para conocer mejor, como un flash general, todo el entorno de la ciudad.

Abandonamos Ávila con el buen sabor de boca de que la visita bien había valido la pena, tanto por la belleza que encierra, como por la paz y tranquilad que la invade cercada la ciudad por sus más de dos mis quinientas almenas que signan su universal personalidad.

Cuando llegamos a Tordesillas el cansancio había entrado en nuestro cuerpo. Ya sólo nos quedaba aprovechar las horas de descanso en el terminar del día.

DÍA 3: VALLADOLID Y SU CENTRO HISTÓRICO

Valladolid dia 3

La prescripción meteorológica nos anunciaba un buen día, pero sus técnicos no tuvieron en cuenta que no sólo dependemos de las isobaras, ni de las nubes de ubres dispuestas a su alivio. Fue cuando al poner el coche en marcha bajo los pinos frente a la entrada del Parador en Tordesillas, el plan del día tuvo el amanecer de irse abajo porque una avería en el coche así lo anunciaba. Algún día tenía que suceder y todos tenemos que pasar por ese puente, frágil al tiempo, en cuyo remanso el peligro acecha sin el poder de preverlo. Menos mal, y siempre es de agradecer, que éste no llegase circulando por la carretera. Visto de esta manera, aún tuvimos que dar las gracias y avivar la esperanza de que su solución fuese rápida. Una grúa próxima nos trasladó al concesionario de Valladolid, donde tras el chequeo del motor y detectada la avería, el tiempo para su reparación no iba a ser superior a una hora. Bueno… como siempre suele suceder en estos lances, fue algo mayor el empleado en su reparación y tras pagar la factura, de coste afortunadamente inferior al que presagiaba y con el coche limpio, pues tuvieron la cortesía de su lavado en el Concesionario Opel, tras agradecer la atención que en todo momento nos dispensaron nos trasladamos a la Plaza Mayor de la ciudad bajo cuyo suelo aparcamos el coche. Dada ya la hora, tocaba con la de cumplir con el deber sagrado de la comida del mediodía y aledaña al centro, una zona de tapeo era la mejor opción donde saciar nuestro apetito. Recurrimos pues a unas cuantas y muy generosas raciones en un tasca próxima, en la que los huevos rotos presentados en una sartén y pese a la sencillez de su confección, y con el recuerdo de la madrileña Casa Lucio, nos resultaron el plato más sabroso; sin despreciar una cazuela de caracoles, un buen surtido de ibéricos acompañados de quesos, rematando la comida con un arroz con leche, casero, en su punto exacto de melosidad y textura.

Paseamos por el centro histórico de la ciudad, camino de la zona de la Catedral y demás puntos de referencia, como lo son la Universidad, las cercanas Iglesias de María la Antigua (cuyos alrededores están sometidos a búsquedas arqueológicas de carácter impredecible dado el sitio en que se encuentra) y Nuestra Señora de las Angustias. Nos detuvimos ante el Teatro Calderón de la Barca que junto al de Zorrilla sirven sus galas para una eficaz representación del Siglo de Oro español, del que la ciudad castellana se siente orgullosa. No sólo destacan en este entorno los monumentos citados, pues la herencia de la capitalidad de España en la Valladolid de principios del XVII dejó su sello a simple vista, el que se aprecia observando la sucesión de soportales con sus balcones de hierro fundido, sus buhardillas y la diversidad de capiteles que lucen sus columnas bajo las casas, así como las piedras de sillería, el ladrillo de cara vista que viste de rojo las fachadas junto el gris del granito, donde queda la impronta de la riqueza que tuvo la ciudad, gracias, especialmente, a los intereses particulares del Duque de Lerma al otorgarle la capitalidad del Reino de España durante unos pocos años.

La Catedral herreriana, inacabada y con pretensiones de ser la mayor de Europa, y que iba a ser superada sólo por la Basílica de San Pedro en el Vaticano, pero que por falta de medios, su edificación, según el proyecto de su creador Juan de Herrera, quedó paralizada cuando alcanzaba un tercio de su ejecución.

En su interior, visitamos el Museo Diocesano y Catedralicio, un conjunto de capillas funerarias junto a una selección de pinturas, de orfebrerías, de marfiles, de ornamentos y demás obras procedentes de parroquias extinguidas de la Diócesis.

Tras la Catedral y en una plaza ajardinada donde luce elegante Don Miguel de Cervantes sobre gran pedestal, brilla en su esplendor la Universidad de puerta barroca, donde destaca delante un atrio con columnas de piedra en las que lucen leones portando blasones distintivos del centro docente. Dice la leyenda que el estudiante que pretende contar el número de estas columnas, no llegará a alcanzar a final del curso la suficiente nota para su aprobado.

TORDESILLAS Y SU ENTORNO

Parador

Día 2: Tordesillas

En nuestra intención de repetir viaje por tierras castellanas prevalecía en primer lugar nuestra visita a Valladolid, ciudad a la que a sus muy buenas referencias se unen su carácter de ciudad tranquila, la sencillez de su gente y su esmerada conversación, en la que el sabor de lo antiguo luce en todas sus calles tal y como tuvimos ocasión de comprobar. También estaba en nuestra agenda pasar un día en Ávila, ciudad que aunque ya conocíamos, nuestro deseo era verla con más detalle.

Llegamos al Parador de Tordesillas a la hora de comer y aunque habíamos decidido ir a la Plaza Mayor de la Villa al atardecer, después de una buena siesta y la opción de su piscina climatizada junto a su relax, hizo que no lo abandonáramos, ocupados en nuestro descanso.

16 junio 2009

DÍA 15: PUNTO Y FINAL A UN VIAJE DIFICIL DE OLVIDAR.

dia 15

Alejados ya de Vitoria y antes de abandonar la Rioja Alavesa entramos en Haro. Ciudad monumental en lo artístico y en lo enológico, posee magnificas bodegas y tiendas de vinos en las que no faltan los productos envasados de la zona de los que hicimos una pequeña compra.

Recorrimos su centro histórico, visitando la Iglesia de Santo Tomas, la plaza Mayor y sus alrededores buscando sus bellos portalones esparcidos por el casco antiguo.

La hora de comer nos llevó a Calamocha, que al saber de su famoso matadero municipal, hicimos parada para degustar su carne, que como sabíamos, no nos iba a defraudar.

Avanzada la tarde llegamos a Valencia, después de disfrutar de un viaje conociendo un trozo de las tres provincias vascongadas, disfrutando de sus paisajes, de sus verdes tonos, de sus paseos junto al mar y de una rica gastronomía envidia en el mundo entero.