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25 enero 2014

EL ROYALTY

EL ROYALTY

-Urbano, dame tres patas de elefante - le dijo serio Társilo, mientras sacaba la cartera sujeta con la faja, que al levantarse presionaría su pantalón de franela, para extraer un billete de diez duros que, con la generosa propina de siempre, más los fraudulentos cigarros de Bolbaite y el brillo que aquel había dejado en sus zapatos de Segarra, sobraba para satisfacer el servicio.

Társilo no era un agricultor espléndido, pero cuando estaba en el Royalty le gustaba hacer ostentación de ello. Por eso había alzado con toda la intención su voz. Quienes en aquella tarde ocupaban la mitad de la sala y que muy bien le conocían, de inmediato adivinaron que había cerrado un buen trato. Lo único que ignoraban eran las hanegadas de naranjas que había negociado su venta dispuestas para su recolección. En aquella cartera estaba el mondo de una transacción que media hora antes había cerrado con Celso: un comerciante oriundo de un pueblo de Teruel que trapicheaba con un grupo de paisanos cuya única relación era la de utilizarlos como jornaleros.

Társilo se levantó del sillón de mimbre, y tras reforzar su faja bajo el negro y lujoso blusón que nada tenía que ver con el sufrido de a diario, después de asegurar su cartera cercana al riñón izquierdo y de haberle dado una coloquial palmada en su espalda a Urbano, abandonó el Royalty para seguir sus pasos hacia el Chacalay,  seguido de Morgado a un par de metros, quien había esperado en la puerta a su salida: escasos, no fuera que otro le estuviera esperando con otra intención, mientras cruzaban rápidos la calle de las Barcas.

En el Chacalay y ya avanzada la tarde, se reunían los días de entre semana, junto a la clase acomodada y precisamente por ello, un par de treintañeras de muy buen ver que, sentadas, cruzaban sus piernas con discreción; pero la justa. Se trataba de que quienes allí estaban se dieran cuenta del percal, siempre atentas a un guiño.

Társilo, que lo sabía pero que sus deleites se veían satisfechos con el fuerte aroma del cigarro que terminaba de prender, pese a ello, también quería alegrar sus ojos y al mismo tiempo dar apremio a su pensamiento lascivo sentado en un lugar desde el que dominaba todo el local; con Morgado, vigilante a unos metros, junto a la pequeña barra sobre un taburete con respaldo de cuero.

Al rato y tras un gesto de mano en la que los dedos sostenían un “pata de elefante”, Morgado se dirigió al barman solicitando un taxi, que pocos minutos después llegaba al chaflán de la plaza del Patriarca.

-¡Al City Bar!… pero antes pase por el Regina – dijo el lacayo que una vez ante el hotel, bajó del automóvil para reservar una habitación a nombre de D. Társilo que, para que no hubiese duda alguna, sólo hacía falta añadir “el de Burriana”.

Del piano Petrof surgían las notas de “la novia de España” a las que acompasaba con su voz una corista del Ruzafa, que, en el entresuelo del café de la calle de Játiva se presentaba como segunda vedette. Estaba allí recomendada por Társilo quien tenía amistad con su padre, un guardia civil de la Plana que años antes había ejercido las funciones de Morgado, hasta que le afectó un fuerte dolor de ciática pronosticado como crónico.

El afecto de Társilo hacia la joven sólo era paternal y cuando de sus labios escuchaba aquello de “Cariño, ay sentraña”, de sus ojos caía una lágrima, y era tal el arrebato que sentía, que le hacía una señal a Morgado para que lo llevara al hotel; y así siempre. Por lo que el lacayo ya sabía que pese a lo propicio del local, debía de abstenerse de los probables manjares que el lugar le ofrecía. Como en otras ocasiones, abandonaban el City Bar, y Luz Rojo, el nombre artístico de la corista y de pila, Leandra, se quedaba triste y al mismo tiempo enojada por la ilusión que tenía en ofrecer a Társilo todo su repertorio.

Pero en aquella ocasión algo iba a ser diferente; y ni Társilo, ni Morgado, ni Leandra, podían imaginar lo que en aquella noche iba a suceder en el Regina, donde muy poco después, el de Burriana, se quitaba su blusón de gala. Al introducir sus dedos en la ceñida faja, de lo que se percibió, fue de qué le habían quitado la cartera.

Ni cuando en el despertar después de la traicionera coz de una mula en sálvense las partes, cuando estaba recogiendo naranjas caídas de un árbol que lo mutilaron para siempre según le pronosticó el urólogo de guardia, y que al escuchar su dictamen le hizo blasfemar ante su cuñado, el cura del pueblo, lo hizo con tal intensidad, que mayor fue en esta ocasión en el primer piso del Regina de la calle Lauria.

Morgado, en la habitación de al lado, que en ese momento recibía la llamada de Leandra anunciándole que no podía eludir su compromiso en el Ruzafa porque esa noche tenía ocasión de ascender a primera vedette debido a una gastroenteritis de la titular, del susto, arrancó el teléfono de la pared, trastabillando en el suelo, toda vez que se estaba desnudando al mismo tiempo.

Mientras tanto, en la cafetería Lauria, Urbano, daba lustre a los zapatos de Celso, mientras ambos disfrutaban de unos “pata de elefante”, en esta ocasión especiales.

20 septiembre 2009

LA HISTORIA DE JUAN MARRAJO

jUAN MARRAJO

EL VALLE DE LA RUINDAD

Cuando Juan Marrajo quiso ver el Sol creyó que estaba ciego. Gritó, pero sus voces, sin rendijas por donde escapar se incrustaban en sus oídos. Una enloquecida presión estallaba en sus venas y con las uñas hurgaba sus carnes alimentando su furia. Aquel espacio era tan reducido que ya no tenía sitio donde alojar el aliento. Inició su particular lucha contra la muerte dispuesto a vencer aquel encierro.

En su intento de fuga se descarnó el rostro y rompió sus rótulas golpeando el bajo techo. Sus ojos, encharcados de sangre, intentaron abrirse paso ante la oscuridad, pero sólo lograron el intento de escapar de sus órbitas. Llevó sus manos hasta la cara destrozándose así mismo. Despegó sus carrillos de los pómulos, arañó sus párpados y por su rostro se deslizaron los ojos extirpados de sus cuencas. Uno de ellos desembocó en su boca y abriéndola con sus alaridos, lo engulló.

Si la lluvia mueve la losa y el viento tumba los árboles, aquella furia abrió las entrañas de la tierra y su despojo se arrastró por un campo de almas, alumbrado por los fuegos fatuos del camposanto y guiado por su olfato.

Un caballo alado lo aupó a su grupa y lo trasladó al Valle de la Ruindad posándolo sobre un lugar yermo en el que el único signo de vida que se detectaba era la Fuente de la Avaricia.

Quiso saciar en ella su sed, pero le resultó imposible. Con sus manos, tensas e inútiles, quiso aliviar sus llagas, pero fracasó en su intento. Al poco tiempo recibió la visita de unos buitres que, atentos al forastero, quisieron saciarse con él. Luchó contra ellos y con mucho esfuerzo consiguió huir.

En la huida chocó contra una roca ardiente al pie de la Montaña de la Vanidad. Sus manos, abrasándose, se adhirieron a la pared y al instante sintió el hedor de la carne quemada. Tiró con fuerza para soltarse y dando un traspié cayó a un pozo sobre unos cuerpos infames y de los que se escuchaban, ya entre ellos, los quejidos del terror.

Trató de conversar con aquella mugre utilizando un lenguaje de lamentos, pero nada averiguó. Entonces imaginó que eran todos unos miserables que debían de haber llegado a aquel hoyo desde un mundo de ambición en el que purgaban sus pecados de la avaricia. Se consideró igual a ellos, pues no encontró diferencia en el aspecto, tanto en asquerosidad como en mutilaciones la similitud con todos era evidente. Hedían, y luchaban furiosos buscando su libertad, pero se ignoraban sin saber lo que hacían ni por qué estaban allí. Entonces sintió pena por ellos, por su manifiesta ignorancia y trató de ayudarles instándoles a la búsqueda de sus almas, las que les liberara de aquel pavor y les sirviera para ubicarse en algún lugar del mundo donde encontraran su identidad.

Semejantes en todos ellos era la posición y estado de sus manos, de dedos estirados, en actitud mendigante y quizá destrozadas por la codicia. Ignoraba si compartían con él su único deseo, el que por su simpleza jamás había anhelado: gozar con un pequeño sorbo de agua junto a un trozo de pan duro. Sin embargo, estaban hambrientos alimentándose con su propia sangre igual que lo hubiera hecho un animal.

Saciaron el apetito y tirando todos, unos de otros, salieron de aquel pozo. La noche era fría y el silencio se rompía con sus rugidos. Juntos, caminaron lentamente hacia un pequeño poblado, guiados por la referencia de unos ladridos. A su encuentro, salió la jauría encolerizada, a cuyo aviso, escopetas en mano, acudieron las gentes del poblado. Resultó un fuego inútil, pues cuanto más plomo recibían en sus entrañas, mayor era el deseo de pervivencia de aquella turba. Entonces comprendió que eran muertos vivientes, los cuales, como siempre, caminaban sin brújula ni destino, como anhelando que algo o alguien les ayudase a comprender.

Caminó escondido entre ellos, lo que le salvó de los disparos. Sintió terror por todo lo que le rodeaba: por aquel grupo desnortado, por las dentelladas de los perros y por los plomos que abrían en su rostro furiosos regueros de sangre.

Aquel suplicio se convirtió en sosiego cuando un impacto se estrelló en su pecho cayendo sobre el fango. Alcanzó la paz al verse en un túnel ante un haz de luz blanca que le deslumbró.

Cuando recibí aquella llamada, acudí de inmediato a Urgencias. Juan Marrajo, mi mejor amigo, había sido ingresado en el hospital por un infarto. Estuve veinticuatro horas a su lado y cuando despertó me pidió un sorbo de agua. Me dijo que necesitaba humedecer su boca y que deseaba confesión.

EL RETORNO

Juan Marrajo me pidió confesión además de un sorbo de agua. Pero no era a Dios sólo a quien temía. Toda aquella ensoñación había sido real, y él, su protagonista en primer plano. En su cuerpo, manchas de seca sangre se esparcían como evidencia de haber participado en un aquelarre cuyas fantasmagóricas imágenes recordaba de muy pocas horas.

Ya llegada la medianoche, cuando la oscuridad reinaba en el viejo hospital al que había llegado víctima de un infarto, Juan Marrajo abandonó su habitación tanteando por las paredes de la planta baja hasta dar con una puerta de la que tras girar su pomo salió a un jardín. Muy cercana había una ermita con el reflejo de la luna sobre su ábside, cubierto de musgo bajo un tul de hiedra que lo vestía. Y junto a la ermita, un camposanto con losas negruzcas bajo las sombras de los cipreses que como agujas en ristre mecían sus puntas. Del hueco de la espadaña colgaba un murciélago cerrado de alas, como si fuera un badajo a la espera de una señal fúnebre que levantara su vuelo.

Una fosa abierta a la negrura y de la que salía un vaho denso y plomizo, captó la atención de Juan, y más, al sentirlo nada extraño, duda que de inmediato resolvió al acercarse a su boca de la que surgía un hedor registrado en su mente, tal horrible vivencia de hacía escasas horas.

Era una fosa no muy profunda y con una escalera de hierro sujeta a uno de los lados y descolgada al fondo de lo que parecía ser un panteón, descansando sobre un montículo de tierra prensada. Quiso huir de tan lúgubre lugar, pero al dar un último vistazo trastabilló. Cayó dentro de la tumba asiéndose a uno de los barrotes, del que resbalaron sus manos estrellándose contra el suelo, al tiempo que la escalera oscilante caía sobre su cuerpo produciendo un chasquido que retumbó en las paredes y un dolor en su cuerpo rendido al espanto.

Un pajarraco alzó su vuelo escapando por el claror que desde el fondo semejaba un rectángulo de estaño.

Se dio cuenta entonces de cuatro pasadizos, y solo en uno, en el de su izquierda, una tenue luz al fondo mostraba el camino más fiable. Era, al menos, la única salida posible en la confianza añadida del viento que desde aquel pasillo surgía aliviando su rostro.

Avanzó por él tres pasos y al fijar su pie en el siguiente cedió el suelo. Una boca rugiente lo engulló cayendo sobre una mugre harapienta de cuerpos retorcidos de los que salían manos de cuyos dedos descarnados colgaban lenguas de carne. Todo en medio de una atmósfera de vahídos, débil, pero de una pestilencia tal, que el aire allí existente era igual de pegajoso que la masa humana, que si de incontables cabezas, más parecía que sus cuerpos formaran uno solo. Decenas de lamentos, brazos hambrientos, dedos ansiosos, cabezas de huecas órbitas, todo un amasijo de cuerpos entre colgajos de carne en las paredes, cual pinacoteca dantesca propia de un surrealismo infernal en la que con cuajos de sangre signaban sus autores. El recuerdo del Valle de la Ruindad le vino a su mente y el desagüe de sus desechos moría en aquella sima.

Y como preso por una tela de araña quedó victima de aquellas fauces que empezaron a devorarle sintiendo el aguijón de los dientes en sus huesos y el desgarro de su carne de la que tiraban insaciables. Perdió sus extremidades mordisqueado su cuerpo, descarnaron sus huesos, sus vísceras se perdían en el cieno y muy lentamente iba desapareciendo lo poco que de él quedaba. Tan solo su corazón y su mente, junto a su alma, resistían tenaces aquella orgía. Incapaz de huir de aquel amasijo su única pregunta era quién cedería primero, si su pensamiento o su corazón.

Esta era su única convicción y de ella surgía su fortaleza. Mientras quedaran ambos, la esperanza en la vida era el único madero al que sujetarse en aquel mar nauseabundo. Con su garganta destrozada entre borbotones de sangre que se diluían en aquellos seres horribles, mentó desde su alma llamando a la vida. Fuerza que dictada por su cerebro conectaba al corazón, pero que nadie oía porque el altavoz de su boca era ya inexistente.

Pero fue tal la creencia llamando a Dios, que sintió cómo su alma, siempre viva, volaba de la nada para unirse a su cuerpo navegando al exterior.

Y caminó victorioso hacia la ermita donde al levantar la mirada a la espadaña vio esta vez su campana de bronce cuyos resquicios daban paso al Sol secando el musgo en la mañana. Mientras tanto, las hojas de hiedra tomaban baños de oro y un tañido de gloria anunciaba la fiesta del domingo que a la hora del mediodía se iba celebrar.

(La historia de Juan Marrajo ha participado en el 1º Proyecto Anthology con el título “El Valle de la Ruindad” y continuó en 48º Proyecto Anthology con “El retorno”: Temas ambos: Los zombis.)

01 agosto 2009

¡HASTA AQUÍ!

Hasta aqui

Puede suceder en cualquier momento del día. Y siempre en uno de esos que van pasando lenta, pero a velocidad de vértigo sin fijarnos en el salpicadero de la vida. Allí donde surgen las señales de stop que no hacemos caso por la sencilla razón de que no las vemos, o sencillamente, porque la importancia que les damos es torpemente nula; o las que nacen también ante cualquier arrebato.

-¡Hasta aquí!- me dije convencido de que mi decisión era la acertada en las últimas horas de la tarde del domingo cuando todos en casa cacareaban sin piedad destrozándome no sólo lo oídos, sino hasta el último recodo de mi alma, al igual que tensionaban mis nervios y a cuyo resultado mi cuerpo ofrecía una apariencia todo lo más alejada a la de un flan.

Los abuelos, que si ya con pocas fuerzas aún lanzaban sus quejas porque nadie les hacia el menor caso, permanecían olvidados, quietos en un rincón; mis cuñados, lanzándose púas por la política sin que ninguno diera su brazo a torcer; ellas, las cuñadísimas, que si patatín que si patatán, a ver quién gritaba más sin darse cuenta que la lámpara movía sus brazos por los efectos de un terremoto de escala ocho, que de haberse dado cuenta ellas de que era por sus gritos, a un seísmo se lo hubiesen imputado. Y los nietos corriendo por los pasillos, desencajando las puertas, moviendo las sillas y rompiendo un jarrón heredado, que desde una bisabuela mía había llegado a mis manos. Manos ya hinchadas de artrosis, al igual que mis venas a punto de estallar, ya harta mi febril cabeza de tanto ruido e inflamada de dolor, mientras mis hijos, cada uno a lo suyo, hacían oídos sordos a tanto desenfreno. Al tiempo que mis sobrinos se habían apoderado de mi internet con el beneplácito de la abuela que dichosa de tanta algarabía se salía al balcón regando sus plantas.

-¡Hasta aquí! Hasta aquí he llegado.

Y sin ninguna otra explicación levanté mi asiento, volé de mi casa que más parecía de locos y que si no iba a ser pasto del derrumbe, era porque nadie caía en la cuenta, salvo en mi interior, que en cualquier momento cedían sus cimientos.

Ya en la calle y justo en la esquina, un banco vacio invitaba a ocuparlo y frente a él, un pub. Un pub lleno de inmigrantes sudamericanos que a través de sus ventanas veía sus mesas ocupadas por gente que allí pasaban la tarde. Todo hacía presumir que dentro reinaba la paz, tales eran sus caras serenas y apacibles, cordiales y contentas.

De sus cristaleras abiertas salían gratos aromas de café, amancebados con las volutas de tabaco fuerte que llegaban a mi olfato dándome el relajo que necesitaba mi cuerpo y que tanto agradecía. Aromas acompañados del inconfundible ron de caña y del mojito y su menta. Todo envuelto en una nube deliciosa, esponjosa, que deseando embriagarme se alojaba en mi interior al aspirarla con fuerza.

De entre las mesas, una pareja juvenil se inició en una samba garbosa, mientras todos les aplaudían ofreciendo con sus voces loas de felicidad.

De repente, mi mirada fuera y desde el banco, se cruzó adentro con la de la bella caribeña, quien, de inmediato, creo, se dio cuenta que de una forma u otra, yo, participaba en la fiesta.

Y sin pensarlo dos veces, cogió un buqué de las manos de una novia y acertando de lleno, lo lanzó a mis manos. Y en su fragancia, lo aspiré dulcemente.

Todo el revuelo de la tarde abominable se borró de mi mente. A ella acudió una esencia penetrante, suave, exquisita, dueña del más delicioso placer.

Y yo, allí sentado, inmerso en un velo exquisito en el que hubiese deseado aislarme extasiado de gozo, vi salir la caribeña a mi encuentro en busca de las flores. A la que invite a sentarse bajo el azahar de un naranjo.

(“¡Hasta aquí!” es un relato que ha participado en el 47º Proyecto Anthology. Tema: Buqué)

06 junio 2009

RUMBO A MARACAIBO

cahcorro Abriendo aguas navegaba el pequeño pero veloz barco con su panza repleta de ricos botines logrados tras cruentos abordajes, saqueados a todo aquel navío que hubiera osado ir por las aguas del Caribe cruzando su camino. Un puerto, Maracaibo, con abundantes tabernas, era el lugar donde celebrarlo, y más, si cabe, cuando sus gaznates secos por el salitre les hacía soñar con el ron a mares que allí les esperaba, anhelado por una tripulación enloquecida.

Nadie me llamaba a bordo por mi nombre de pila, pues debido a mis pocos años era conocido como “el Cachorro”. A gritos era requerido de forma constante para cualquier tipo de trabajo, con la única recompensa de una buena paliza entre grandes risotadas. Tanto en las horas de calma, quietos sobre el mar, como en las de fuerte viento, que hinchadas las velas, corríamos ligero mientras los crujidos de todo el velamen parecían romper la corbeta sin que nadie temiera por ella.

Y fue al acercarme al tonel de agua junto a la popa cuando vi el brillo de una daga en su hondo. El sol estaba en lo alto y de uno de sus rayos salió el destello de su hoja afilada. Sin dudarlo, aproveché la ocasión y logré hacerme dueño de un arma que hasta entonces sólo me daban en los momentos de abordaje: más para matar, que para defender mi vida.

Una patada en mi espalda me despertó y lo primero que hice fue echar mano a mi faja. Y allí estaba, no había sido un sueño; asombrado, conseguí ocultarla sin que ninguno de los dos piratas se diera cuenta de su filo.

El viento había cesado, la calma era absoluta y la tripulación dormía en la cubierta agotada sus fuerzas. El Capitán descansaba en su camarote, el timonel lo hacía con su cabeza incrustada entre los radios de la rueda y del vigía en lo alto del palo mayor, sólo llegaban sus ronquidos tal era el silencio a bordo de la nave.

No lo dudé ni un instante, y sacando mi daga de forma decidida ante los confiados piratas, en un santiamén, me deshice de ambos rompiendo sus corazones de sendas cuchilladas; lo que aumentó mi autoestima y afán de venganza.

Hice lo mismo con toda la tripulación, gracias a mi destreza y arrojo. Pero el fuerte vozarrón del capitán pirata y un puñetazo en mi cabeza, volvió a despejarme de la ensoñación.

-¡Qué haces truhán, todo el mundo a lo suyo y tu ahí tumbado. ¡Voto al diablo!- me dijo con cara tan infame como desencajada.

Pero allí seguía mi daga, escondida en mi vientre. Y de un salto, y de arriba abajo, me deshice de él matándole en el acto. Como un saco cayó su cuerpo sobre el grueso de cuerdas donde segundos antes dormía.

Y como si la suerte me acompañara, volvieron los vientos, se inflaron las velas y el timón, girando con fuerza, estranguló al timonel, roja su cara como un cuajo de sangre.

Justo el momento en el que el chlof de la cabeza del vigía caído desde lo alto sobre la crujía de babor, le rebotó hasta el fondo del mar… cuyo sonido me despertó nuevamente del sueño.

Ignoro qué había sucedido a bordo de aquel barco, ni qué era lo que yo allí hacía, pero lo cierto es que estaba solo en cubierta y con una daga al cinto. El viento arreciaba; unos pajarracos llamaron mi atención y a escasas millas divisé Maracaibo.

Acudí al timón y puse rumbo a la costa. Y fue entonces cuando por primera vez en mi vida, sentí la brisa de la libertad, fascinado en mis sueños.

(“Rumbo a Maracaibo” es un relato que ha participado en el 46º Proyecto Anthology. Tema: De barco y espada)

05 mayo 2009

SOLIMÁN EL MAGNÍFICO

Solimán

Por fin iba a cumplir con mi más ferviente deseo de visitar Estambul, ciudad que casada con dos continentes se enfrenta al Bósforo y con la duda de si pertenece a uno u otro mundo. Cuando supe por vez primera de su hechizo, fue gracias a un documental de las Dos, aún no cumplidos mis dieciocho años. Fue en una tarde septembrina en la que Toni -del que estaba muy enamorada- en víspera de un examen, tuvo que renunciar a compartir aquella tarde en mi casa, dedicado a su estudio como estaba. Encuentros que repetíamos cada vez que mis padres huían a su apartamento en la playa, y no por razones previas a un examen.

Así fue, cómo, sola en casa, descubrí la ciudad de Estambul de la que de inmediato me entusiasmé viendo en la pantalla a Santa Sofía, al orgullo escondido en su mezquita de Solimán, a un Obelisco pinchando el cielo, a los tesoros del Palacio de Topkapi y el esplendor del Dolmabahce bañado por las aguas del Bósforo.

Después de un año observando Estambul y fijando mis rutas favoritas por la ciudad, gracias a Internet, un euro fue la llave que me abrió el camino rumbo a su encuentro, al salir premiado un boleto de la Primitiva compartido con Toni con un importe de tres mil doscientos cuarenta y ocho euros. Nada más cobrarlos, acudí -pues en mi bolso se guardaba el boleto- a una Agencia de Viajes comprando los billetes para un viaje de seis noches con los que sorprender a Toni, quizá insuficientes para ver los sitios soñados, pero sí al menos los imprescindibles para cumplir mi deseo de ya más de doce meses.

-Toni, ¡mira, mira lo que he comprado!

-¿Estambul? – ¿Y qué hacemos tú y yo en una ciudad tan lejos, llena de gente extraña y con un idioma que no conocemos? Ni hablar, ¡No cuentes conmigo!

-¿Pero Toni, qué dices? Llevo un año hablándote de lo mucho que me gustaría disfrutar de Estambul sin mostrar recelo alguno por tu parte, y ahora, ahora que podemos, ¿me sales con estas?

-Loli, -me contestó enérgico - no cuentes conmigo, si quieres, ¡ve tu sola!

-¿Sola?, ¡Seré tu Solimán! ¡Recuerdas!. Seré tu Solimán, me decías la otra tarde mientras me hacías el amor. Y yo, imbécil, imbécil de mí, alentándote con un mar de besos en tu esfuerzo:

-Sí, sí, eres ¡el magnífico!, te contestaba. ¿Cómo puedes hacerme esto ahora?

No voy a contarles todo lo que discutimos por culpa de Estambul, ni voy a manchar mi diario en sus detalles del corte más pueril, así que sólo les diré que de inmediato regresé a la Agencia, devolví un billete, me entregaron su importe restando una pequeña penalización y le di a Toni sus mil seiscientos veinticuatro euros.

Y de inmediato, hechas mi maleta, marché sola a Estambul.

Por tres veces recorrí el Bósforo en una pequeña embarcación viendo sus casas en la orilla del mar entre palacios de ensueño, navegando y acercándonos a una y otra costa salvando las grandes naves que avanzaban portentosas, así como escuchando el ruido de las sirenas de los barcos que rivalizaban entre ellos con mayor o menor estruendo.

Recorrí el Gran Bazar gastando mis ahorros; me embriagué en el Mercado de las Especias, bañándome en sus aromas; subí a Torre Galata, contemplando sus incontables minaretes como una tarta de mil velas; disfruté con la belleza de los tesoros de Topkapi; me situé entre la Mezquita Azul y el museo de Santa Sofía, ambos enfrentados con un jardín en medio: era como cuando en la mitad del Bósforo veía dos continentes dispares de culturas diferentes; y me extasié visitándolos. Y me pareció ver a Solimán en lo alto de su mezquita sin preguntarme por Toni al que tenía olvidado desde el momento de mi llegada, absorta en la antigua Bizancio rememorando su historia.

Me perdí por sus calles entre un mar de gentes en torno a la modernidad de Taxim, mas pude cruzar el puente que me separaba de Asia. Y con ello, pisarla.

Así fue cómo cumplí mi deseo de conocer una ciudad que me fascinó desde el primer día, descubierta en una tarde sola en casa y viendo la tele.

Y por supuesto gracias a la suerte de un euro. La que me permitió conocer a tan enigmática ciudad y al mismo tiempo seguir el consejo de Solimán: olvidarme de Toni.

(“Solimán” es un relato que ha participado en el 45º Proyecto Anthology. Tema: DIARIO DE UN VIAJE)

04 abril 2009

POLVILLO DORADO

Con los pocos ahorros tras sus diez años de trabajo como jornalero del puerto, ni siquiera tenía lo suficiente para comprar un billete que le llevara a Paris, la ciudad con la torre más alta del mundo y desde la que anhelaba ver todo el Atlántico hasta alcanzar un punto lejano donde escrutar con sus propios ojos la estatua de la Libertad.

“El mundo en sus manos” de Gregory Peck se resistía y Julio Verne desaparecía de su mente por miedo al reto de un fuego avivado en el interior de sus añoranzas, lleno de brasas vacilantes que frenaban su acercamiento.

Bajó a la tienda de Juana, su amiga de muchos años, dueña de un pequeño mercadillo con la que compartía veladas, donde gastó sus pocos ahorros en rollos de papel engomado: el único remedio para su propósito ya en su mente desde hacía unos días.

-Igual me embarco y cuando subas a mi casa ya no me encuentras - Le dijo abandonando la tienda no sin antes darle un beso.

Entró en su cuarto iluminado en ese momento a través de una amplia puerta comunicada a un ancho balcón desde el que se vislumbraba la dársena del puerto, punto de llegada desde cualquier lugar del mundo como tantas veces vieran sus ojos, abiertos de ensueños, y por el que quiso escapar sin atreverse nunca a ello.

Encendió un pequeño aplique sobre la pared, bajó la persiana y cerró el ventanal para que no entrara ni un rayo de luz en cuyas grupas disfrutaba al contemplar el polvillo amarillento navegando ante sus ojos llegado de los lugares más remotos como en muchas ocasiones hiciera.

Ni una sola rendija de aquel su refugio quedó sin sellar al exterior, al igual que la puerta de entrada. Y hasta agotar todos los rollos, una tira sobre otra, continuó aislándose del mundo ignorando su presencia. Ya nada quería de él. Una pequeña trampilla cercana al techo, comunicada a la cocina, era su único resquicio.

Se tumbó en la cama no sin antes acercar a su pie al destartalado espejo que tenía colgado en la pared y tras fijarlo adecuadamente, su cara de gallina apareció sobre la superficie de un cristal casi opaco que trataba de ignorarle.

Y frente a él se encontró con cierta dificultad pero con mucho enojo. Tenía ganas de verle cara a cara y decirle muchas cosas. Fue aquella la ocasión que esperaba. Con seguridad no tendría otra.

-Dime cobarde, qué de aquello que tantas veces te juraste, qué de tus caminos de estrellas, qué de tus embriagadoras promesas, qué de tus lugares mágicos, qué de aquel pódium de gloria, qué de tantas cosas sin que ni una de ellas haya logrado siquiera haberlas acariciado por un leve instante con las yemas de estos dedos unidos a mis deseos. Dónde, dónde están todos tus sueños prometidos y qué de la promesa que un día emprenderíamos camino hacia lo desconocido desde el mar que nos vio nacer y del que ahora nos separamos para siempre. Tú, tú con tus vanas palabras dejándome en mis desengaños, qué de... qué de… aquello… qué…

Y un dulce siseo penetró desde la cocina llevándole a un letal sueño rumbo al Dorado que anhelaba conocer.

(“Polvillo dorado” es un relato que ha participado en el 44º Proyecto Anthology. Tema: HABITACIÓN PARA DOS)




21 marzo 2009

BLANCA

Lucio tenía el teléfono de un viejo amigo, el del bohemio y trotamundos Celes, en quien, con toda seguridad, encontraría la ayuda que necesitaba cuando ya cumplidos los cincuenta años había roto con su mujer. Un portazo a su vida.

Efectivamente, así ocurrió, Celes, su Celestino amigo, le brindó toda su hospitalidad y puesto al día de lo ocurrido, supo encontrar de inmediato el consuelo que Lucio necesitaba.

¡Una tacha se quita con otra tacha!, -le dijo un Celes convencido y rotundo- Hoy nos vamos a comer juntos y te presentaré a Blanca, ¡es lo que necesitas en estos momentos, ya lo verás!

Así fue como Lucio conoció a Blanca, una bella mujer portadora de una dulzura tal, que era capaz de enloquecer a un hombre nada más mirarla a los ojos, si es que los de ella se detenían en los suyos. Así son las cosas que el destino hace a su capricho. Blanca acababa de ser abandonada por su marido. Se refugió en la amistad de Celes, a quien al mismo tiempo acudía Lucio buscando su apoyo. Para el errante amigo todo aquello le resultó muy fácil; les cartas le habían llegado de tal forma que ponerlas en juego sólo era cuestión de iniciarlo; no tuvo pues que recurrir al ingenio.

En pocos días ambos amantes pasaban su repentina “luna de miel” en una playa de Lanzarote. La habitación del hotel fue un nido de amor, más aún de deseo, más aún de sexo ardiente calmado por los alisios que mecían las cortinas a ras del jardín, cual alfombra de un peñasco: un totum revolutum de sábanas revueltas de las que salían fuego, a veces sofocado pero siempre avivado por el sudor de sus cuerpos insaciables. Aquella pasión convirtió a Lucio en un hombre obsesionado por Blanca.

Tenía razón su amigo Celes con aquello de la tacha.

A sus cuarenta y dos años, Blanca era una mujer de una belleza absorbente y juntos iniciaron su vida en un ático con vistas a la Casa de Campo madrileña. Aquello que para algunos podía ser un “picadero” feliz, para ellos significó un cielo en truenos: un cielo rojizo, lleno de rescoldos, en los que ambos se abrasaban entre retozos en sus horas de fuego.

Una tarde Blanca se ausentó, y no regresó hasta pasados dos días, contándole que su marido le había pedido que volviera con él. Y que debía pensarlo, y que le esperase por un tiempo, no más de una semana; y se lo dijo después de darle un beso con el sabor del veneno: el fluido dulce habitual en sus labios.

Aquellos días fueron eternos para Lucio. Se refugió en su alcoba, pero sólo consiguió perderse más en sí mismo. Aquel lecho de lujuria le había convertido en un esclavo de Blanca, en un muñeco de Blanca, en un juguete en manos de Blanca.

Soñoliento, una noche apareció ella. Y Lucio, furioso y celoso y lleno de pasión, la tomó en sus brazos. Y como el aliviadero abierto que rompe en la presa, se volcó e inundó el cuerpo de aquella turbadora mujer. Sus ojos salieron en su dirección estallando como espumarajos al viento cubriéndola toda; y sus manos buscaron sus manos y sus cuerpos temblorosos se fundieron en el crisol de la sangre enrojeciendo el color de sus carnes, carnes revueltas en el humedal de la lascivia.

-¡Blanca eres mi sueño, mi locura!-pudo decirle con un gran esfuerzo y débil voz, pero no por ello rendido.

Unos labios fueron a otros labios. Que pétalo sobre pétalo en principio, después fuego sobre fuego. Convulsión. Aquellas manos arañaban sus cuerpos, y de sus bocas rugía el eco de la agitación, que a su descanso, los labios ansiosos de Lucio flotaban sobre bellas cordilleras, sobre temblorosa pendiente, sobre mágico bosque, rumbo al templo del amor: fortaleza sobre bellas columnas que allí se le mostraban al rito sagrado de turbadores inciensos y en cuyo umbral abierto, ella ansiaba recibirlo.

Cuerpo sobre cuerpo. Manos que se encuentran. Boca sobre boca. Boca sobre cuerpo. Y rítmicos e impetuosos torrentes de placer, como sucesivos aluviones de goce eterno. Cordilleras, pendiente y bosque. Ambos gozaron o sufrieron en aquella larga noche como jamás habían imaginado. Lució, extenuado por el placer, sucumbía ante Blanca que siendo suya él sabía que pertenecía a otro.

Anochecía, y la Casa de Campo se cubría de cálido manto ocultándose a los ojos de Lucio asomado al ático, allí soñoliento. Allá abajo, en el paseo de Rosales, junto al Templo de Debod dedicado a Amón y a Isis, los dioses que tantas veces han presenciado el mismo oscurecer. Y cercano, un banco vacío al que Lucio miraba todos los días desde las horas del atardecer, pero sin saber hasta cuándo.

(“Blanca” es un relato que ha participado en el 43º Proyecto Anthology. Tema: LUJURIA)

17 febrero 2009

CON PREMEDITACIÓN Y ALEVOSÍA

Sucedió de repente, como suelen ocurrir estas cosas en el momento menos pensado. Cuando en mi confianza, colgado en el vacío y lleno de estupor, mi mente quedó absorta y mis nervios punzantes salían al exterior. Y todo ello, a pesar del convencimiento de mis propios recursos en los que me había confiado sintiéndome seguro. Corresponde a uno de esos instantes de la vida en los que la importancia de la decima de un segundo, pese a la indiferencia que le mostramos siempre, es en ocasiones el punto de caída hacia un profundo pozo, camino a una situación desesperada en la que buscas un saliente al que agarrarte, como pudiera ser la del arbusto nacido en la roca que una vez preso a tus manos te da socorro. Y es cuando puedes alzar la mirada al cielo, peñascos arriba, hasta dar con la ruta de tu salvación.

Pero nada de esto me sucedió y no supe evitarlo. En mí desplome, cada vez eran más escasas mis tablas de salvación, y una velocidad de vértigo desmanteló aún más mi ánimo, por lo que temí lo peor: mi desahucio absoluto, tal era lo que representaba mi vida entera, al menos en los últimos años.

En la caída, una amalgama de flases indescifrables enrojeció mis ojos, y en mi garganta, cada vez más tensa y seca, sentí el sofoco de la angustia cuyos reflejos golpeaban con fuerza mi pecho, mientras se encogía mi cuerpo y mis piernas se movían trepidantes: no sé si temblorosas por el espanto, o presas de los nervios.

Estallando de ansiedad y hacia la sima de aquel pozo, todo me era desconocido y mi esperanza de auxilio se agotaba, tal era la negrura que me acosaba.

En mi derrumbe, sólo pensaba en los días venideros, y ya no los veía como días claros. Más bien como de noches oscuras, sin estrellas, sin caminos por donde soñar buscando anhelos: con mi aliento humedecido por las nauseas de la opresión.

Cuando me estrellé en lo más hondo del pozo, rendido a mi abandono, no fue lo que me recibió un lecho de hediondo cieno que aumentara mi angustia, ni un tálamo de hojarasca lóbrega y mullida que al dulcificar la caída evitara mi muerte al menos. Nada de eso. Era aquello la guarida en la que se alojaba una araña troyana de brazos pringosos, oculta bajo una panoplia de cuatro campos: rojo, verde, amarillo y azul con su anuncio de engaños: AV-360, que por lo averiguado en estos días, está causando estragos en el espacio virtual que trata de alumbrarnos, pero cuyo haz es el de los engaños.

(“Con premeditación y alevosía” es un relato que ha participado en el 42º Proyecto Anthology. Tema: ANGUSTIA)

27 enero 2009

COMO EN LA MILI, EL VALOR SE LE SUPONE

Una madeja de dudas - como su alto peinado a la moda de arriba España envuelto sobre sus orejas por el efecto de la laca, de ovalado aspecto y recia solemnidad- le hizo acudir al confesionario catedralicio, en lugar de a su colegio del Altozano, perteneciente a la Obra, al que había abandonado hacia ya unos cuantos meses. Llegados a sus dieciocho años, Marta era ya una mujer, que aunque decidida ante la vida un cierto recato anidaba su alma, por lo que su madeja de dudas, cual urdimbre endiablada, daba freno a unos impulsos avivados en su ardiente interior, en ocasiones convulsos por un arrebato de amor.

-Ave María Purísima.

-Sin pecado concebida, ¿pero dime, hija, cuál es tu pecado? -Le preguntó el confesor tras la celosía, cuyo rostro sentía a un escaso palmo, después de haberle llamado la atención y sorpresa al verla por primera vez en su presencia. Marta lucía una esbelta figura ensalzada por un floreado vestido ceñido a sus curvas, tan sugestivas como encantadoras, del que surgían sus brazos desnudos, bien torneados, cubiertos por un pañuelo sujeto a su peinado cuya azulada seda caía sobre su espalda.

-Más de uno padre, más de uno.

-Dímelos todos, hija mía, uno a uno, a ver…

-Envidio a mi mejor amiga, padre, pues lleva cada día un vestido diferente que me hace sentir inferior.

-No es culpa tuya mujer, la sociedad de consumo nos lleva a ello. ¿Y cuáles más?

-En ocasiones, cuando estoy en casa de mis amigas me llevo algunas de sus cosas.

-¡Ah, el materialismo que nos domina! Tienes que vencer esa inclinación hija mía, pero… y qué más pecados tienes?

-Como soy algo envidiosilla, en ocasiones tengo deseos perversos sobre ellas.

-Procura corregir esa debilidad. ¿Algunos más?

-Miento, miento en ocasiones a mis padres, cuando quieren saber cosas de mi vida.

-Bueno…las mentiras, a veces sólo son mentirijillas sin importancia. Pero… ¿Tienes novio, hija mía?

-Sí padre, por eso les miento, cuando les digo que voy a dormir casa de una amiga, cuando lo real, es que voy a su encuentro.

-¿Duermes con tu novio siendo tan joven? hija mía- le preguntó de forma inmediata el cura que acercándose aún más a la celosía, vio en la confesión de la joven el néctar del pecado.

-Sí padre, algunos fines de semana.

-¿Cuéntame hija, cuéntame esos detalles?- siguió preguntándole, mientras que balanceando sus glúteos sobre el banco acercaba su cuerpo con la intención de sentirla más cerca.

-Nos besamos, Padre.

-¿Y qué más? Por qué imagino que haréis algo más ¿no te atreverás a desnudar parte de tu cuerpo, verdad?- apuntaba el cura mientras se excitaba inconsciente en su recóndito aposento.

-Hum… sí padre.

-¿Te lo pide él o… te gusta mostrárselo?

-Me gusta a mí, padre. Aunque él también me lo pide.

-¿Te desnudas lentamente?- le preguntó rendido a una lujuria que se le ofrecía por un tobogán irreprimible.

-Sí padre.

-Por lo que me dices, pienso que eres más decidida que él. ¿Te gusta tocarle?

-Sí padre.

-¿Y qué parte de su cuerpo recibe el deseo de tus manos?

-Todas, todas sus partes.

-¿Consumáis el acto sexual?- el padre bajó la cabeza sustentándola en la palma de su mano, secándola al mismo tiempo de un sudor tibio ligeramente pegajoso.

-Sí padre.

-¿Cuántas veces?

-Él es muy viril, y en algunas ocasiones hasta lo hacemos varias veces.

-Hija mía, no recuerdo haberte visto nunca ante mí, pero espero que a partir de ahora vengas con mayor frecuencia a confesar tus pecados. Pero… ¡Tienes que hacer acto de enmienda, hija mía! ¡Acerca más tu rostro al enrejado, quiero ver tus ojos arrepentidos!

-Es que él me gusta tanto, padre.

-La carne es débil, hija mía, y para limpiar tus pecados, debes confesarte con más frecuencia. ¿Te arrepientes de ellos?

-Padre…

-Bueno, lo entiendo ¿Cuándo os visteis por última vez?

-Hace dos días.

El confesor, absorto en su desenfreno iba a inquirirles nuevos detalles, pero se contuvo. En su corazón, más que latidos, lo que sentía eran los golpes de la tamborrada de Calanda, lo que le obligó a tomárselo con cierta calma en busca de sosiego.

-A ver… bueno… ¿Tú le quieres?

-Ahí tengo mis dudas, por eso vengo a confesarme; aunque me gusta mucho, creo que no le quiero del todo…mas no estoy segura de ello; por eso acudo a Vd.

-¿Volverás a él?

-Sí padre.

-Piensa hija mía, piensa en lo que haces. Y ven con mayor frecuencia a consultarme tus dudas en busca del perdón de tus pecados ¡La carne es tan débil! Y reza, reza ahora mismo un Padrenuestro muy próximo a mis oídos que quiero percibir más de cerca tu aliento y deseos de perdón.

-Ego te absolvo pecatus…

(“Como en la mili, el valor se le supone” es un relato que ha participado en el 41º Proyecto Anthology. Tema: Castidad)

29 diciembre 2008

DE AVELLANAS Y REYES

Sucedió un día no muy frio pero de fuerte viento, cuando una vieja ardilla brincando por los árboles olfateó la proximidad del fuego, y temiendo que se le acercará y le ardiera su cola, inició una veloz huida a través de las ramas del bosque, hasta encontrarse lejos, muy lejos del lugar donde pasaba la mayor parte del año.

Tuvo pues, que abandonar su árbol preferido: un pino de alto tronco en cuyo uno de los huecos guardaba sus cosas más queridas: desde la seca hoja de encina, recuerdo del abuelo ardilla que aficionado a la botánica quería que supiese de sus formas, como también y junto a ella, un par de nueces, los restos de algunas bellotas, también los de castañas, así como unos huevecillos de un nido olvidado a saber por qué motivo. Y hasta una piña pringada de resina en la que una vez manchó sus patas, y confiada en su torpeza, hizo que cayera sobre un arbusto de espinos. Piña que escondió en su despensa, tanto en su propio amparo, como en el de las demás vecinas ardillas del bosque, sus amigas queridas, para que no resbalaran ellas también.

En su huida, una piña piñonera estalló en mil pavesas y una de ellas fue a dar a la cola de la pobre ardilla, lo que la hizo correr aún más aprisa, ignorando el camino al que le dirigía su miedo, que por lo cierto, cada vez era más intenso. Ciega de espanto, cubrió un bosque tras otro en una fuga trepidante a la par que desorientada.
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Su única esperanza era una estrella en el cielo hasta entonces nunca vista, de la que se embelesó entusiasmada mientras alumbraba sus ojos brincando tras ella.

Se detuvo cuando no tuvo más remedio al fin del bosque que le transportaba rumbo a lo desconocido, cuando ya no tenía un camino. Fue cuando captó su atención una era llena de gente junto a una casita de la que emanaba una mortecina luz.
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Tras unos saltos ligeros con miradas de recelo, poco a poquito, fue acercándose a aquel lugar, tal era su estado hambriento.

-¿Qué daría por aquel par de nueces dejadas en su despensa? , se preguntaba una y otra vez mientras se relamía los labios tan secos como fatigosos.

Lentamente, llegó hasta el destartalado sitio, aliviándose por el calorcillo que de allí salía, sin que nadie de los allí presentes se percatara de su presencia: un hombre y la que parecía ser su mujer, que cruzaban dulces sus miradas acariciando con sus manos a la vez que con sus ojos a un recién nacido sobre un mullido haz de paja a sus pies.

Un buey tumbado y próximo a los tres, les daba su calor; al lado del dócil animal había un saco de paja que captó la atención de la ardilla, del que salían aromas de raíces tan exquisitas como conocidas, las que hicieron que de un salto en su interior se alojara. Tras el brinco, se perdió dentro de la paja, sin que nadie la viera, atentos como estaban a quien lloraba de forma insistente.

Saciado su apetito y sin una sola raíz dentro del saco ya vacio de alimento, la ardilla asomó su cabeza viendo el gemir del niño, lo que le llenó de tristeza y le encogió aún más su cuerpo pequeño.

Decidida la ardilla, salió de su escondite, acercándose a él, al tiempo que tres Reyes Magos se aproximaban. Quienes saludando al niño se inclinaron a sus pies, al que dejaron sus regalos. Aquello hizo que la ardilla, algo asustada, se girara en redondo, mientras que con su larga cola y de forma casual, acariciaba el rostro del niño tumbado entre heno, produciéndole ligeras cosquillas que le supieron a gozo, pues fue en aquel mismo instante cuando de los labios del recién nacido salieron sus primeras sonrisas ante la alegría de todos.

Por ello, y quizá por la presencia de los Reyes, la ardilla vaciló, asombrada por tan magna presencia, culposa por las risas de niño y ajena a las reverencias; por lo que regresó a su escondite, salvaguarda de su timidez.

Pasaron unos días, casi un par de semanas. Después de una noche de intenso trabajo para aquellos tres Reyes Magos de Oriente, al amanecer, fueron al portal a despedirse del niño. Allí permanecía risueño junto a sus padres y cerca de ellos, el saco donde la ardilla en su interior se despertaba en aquel instante.

Desperezándose estaba, cuando tuvo la sorpresa al observar que entre la paja se hallaba una seca hoja de encina, un par de nueces, restos de algunas bellotas, también de castañas y hasta unos huevecillos de un nido con el adorno de una piña pringada de resina que se le pegaba a la cola.

Con sumo cuidado el Rey Negro cogió el saco entre sus brazos dejándolo al cuidado de uno de sus pajes. Al poco, abandonaron el lugar tras decir adiós a todos los que allí se reunían, llevándose el saco.

Un pastorcillo, atento como estaba, escuchó asombrado una voz imperante de otro de los Reyes, el de cabellos rubios y largos bajo su corona brillante, quien rasgó el cielo con voz imperiosa, sabedor de que entre sus nubes, ella se encontraba:
Estrella! ¡Hazte ver! Condúcenos a nuestro regreso; pero antes llévanos al Bosque del Nunca Fuego Jamás.
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(De avellanas y Reyes ha participado en el Proyecto Antholgy "especial Navidad")

19 diciembre 2008

EL VIEJO INSTITUTO


En las paredes del viejo Instituto empezaron a surgir grietas cada vez de mayor tamaño. En su tejado destartalado, las tejas volaban en los días de fuerte viento, mientras que la humedad pasaba a sus aulas creando un ambiente frio, desangelado, lleno de peligros ante algún que otro desprendimiento sobre el patio interior del centro.

De forma inmediata se cerró el edificio, y llevaron las clases a un antiguo convento abandonado en los arrabales de la ciudad con la esperanza de solucionar lo antes posible los daños del viejo Instituto. En éste, quedaban desamparados su claustro de bellos mosaicos, su patio abierto repleto de bancos en torno a una fuente, una capilla situada en uno de sus lados, junto a una magnífica biblioteca en su ángulo, del que por una escalera a las dos plantas, se llegaba a las aulas. Aun quedaba la parte alta, con una torre cuadrangular a cuatro aguas: una especie de desván lleno de trastos viejos y desvencijados en el que se anidaba la humedad.

La restauración pensada para un solo curso escolar se hizo eterna, pues hicieron falta cinco largos años para que el viejo instituto pudiera reabrir sus puertas. Llegado el día, supuso una gran alegría para los alumnos, así como para el profesorado. Menos para el de Literatura, que cuando vio que la Biblioteca estaba vacía de libros, mentó a los diablos, a pesar del esplendor que mostraban las viejas estanterías, impecablemente restauradas.

Alguien alertó al profesor, y éste subió rápido a la torre en la que estaban hacinados, destrozados, humillados, todos los libros para él tan queridos. Quedó el maestro estupefacto viéndolos incrustadas unos a otros sus tapas, mientras se doblaban sus hojas manchadas de pintura, de yeso, así como dolorido al ver tantos lomos sueltos, perdidos por el suelo: tal follaje amarillento repleto de cuadernillos sueltos de los que salían hilillos: regueros de sangre seca, muestra de la indolencia. Era como un ingente calvario tan desmochado como ridiculizado.

En el techo, se dibujaba la señal de una gotera que había martilleado a un antiguo ejemplar del Quijote: una de las piezas más preciadas del Instituto, regalo de un viejo librero agradecido a sus años de alumno entre aquellas paredes, que al cogerla con sus manos el atónito profesor, vio como la pasta de las tapas se diluía entre sus dedos.

Pasaron los meses, y ya en su final el curso los libros de texto comprados por los alumnos estaban tan nuevos como el primer día de clase, sin que nadie hubiese abierto sus hojas, ni siquiera por una sola vez.

Hoy, aquel profesor, pasados más de treinta años y en su recuerdo, está orgulloso de aquel año en el que instó a sus alumnos al traslado de todos los libros a la biblioteca, alentándoles a que los tocaran con mimo, con suave cariño, así como motivándoles a su limpieza y cuidada restauración, para que debidamente ordenados después, quedaran en la biblioteca a disposición de todos. Con esta enseñanza completaron un curso en el que el amor a los libros fue el mejor de los logros, logrando nota alta todos sus alumnos con gran algarabía familiar.

Han pasado los años, y el profesor, aún en la docencia, recuerda con orgullo tan genial tarea, mientras se hace la pregunta de si hoy pudiera llevarla a cabo, seguro de tener en contra, no solo a los inspectores públicos o a la asociación escolar, sino también a los mismos padres molestos de cualquier abuso a sus hijos. Como también ajeno a las colaboraciones de estos, reacios a ello, quienes a eso de escaleras arriba y escaleras abajo se opondrían al esfuerzo, ausentes del amor a los libros, que como a tantas otras semblanzas que se les pregunta, cuando no saben las respuestas, siempre te contestan lo mismo: que… “eso no está en mi libro”.

(“El viejo Instituto” es un relato que ha participado en el 40º Proyecto Anthology. Tema: Libros)

15 diciembre 2008

20 noviembre 2008

SUS DEMONIOS

La jovencita de pelos largos, labios apretados, ojos escrutadores y sonrisa fingida, de vuelta a su casa, descubrió sin el mínimo interés que su madre había olvidado el móvil en el banco de la cocina: la música de Greese y su ritmo pegadizo hizo que lo acercara a su oreja, no sin antes echarse atrás un mechón de sus cabellos, aunque igual hubiera preferido dejar aquellas cortinas cerradas.

-Hola, Joana, llamo porque tu madre ignora dónde ha dejado el móvil y tiene el temor de haberlo perdido; ya sabes, siempre con sus despistes. Cree que lo mismo se lo ha dejado en casa y para comprobarlo te estoy llamando. Bueno, creo que te ha dejado algo en la nevera, cena y no nos esperes, pues llegaremos tarde. Un beso y acuéstate pronto, y nada de portátil, que luego me entero.

Joana dejó el móvil sobre el banco, no sin antes desconectarlo pese a lo mucho que le gustaba el timbre de su llamada. Sólo eso.

Nada podía alegrarla más que el verse sola en casa, con varias horas por delante, sin importarle un pepino lo que le había dicho su padre. No era la primera vez de hechos semejantes. Cinco minutos después estaba delante de la pequeña pantalla, sentada en su cama a la busca de juegos online en el Google buscador. Al poco, y gracias a su pericia, estaba inmersa en un juego descubierto en ese instante cuyo único objeto era apoderarse de pequeños muñecos que salían por todas las partes de la pantalla, cada uno de color diferente, pero, casualmente, idénticos al que tantas noches le acompañara desde su más tierna infancia: uno con forma de estrella, sin cabellos de los que adornarse, pero de boca mimosa, ojos alegres y sonrisa abierta, que a pesar del cariño que por él siempre tuvo, lo tenía abandonado en el desván. Como si lo arrojara a un pozo profundo sin la intención de recuperarlo. Su lugar, lo habían reemplazado los diversos juegos, regalos de su madre, y que con el beneplácito de ésta se entretenía Joana sin la necesidad de hablar con nadie.

El contador del juego avanzaba a gran velocidad y los muñecos, tal y como salían de la pantalla eran devorados insistentemente por una boca hambrienta dirigida por las yemas de sus dedos, tan insaciables como hábiles. Dominada la situación en aquel foco de luz, aquella especie de caza moscas salía de su contorno, y como la ratita que se refleja desde un espejo, corría veloz por las paredes de la habitación buscando sus fiascos ocultos en los rincones de su alcoba, aquellos en donde tantas veces había alojado sus frustraciones. En su recorrido voraz, a la intención de acabar con ellos se le unía el deseo de que aumentaran su número, mientras que con su arma de la consciencia luchaba sobre su inconsciencia camino al triunfo final.

Más que victoria eran deseos, y más que deseos, demonios huérfanos de respuestas.

(“Sus demonios” es un relato que ha participado en el 39º Proyecto Anthology. Tema: Videojuegos)

08 noviembre 2008

VOCACIÓN


Como lo habían sido su abuelo y su padre, Ismael es el sepulturero de Torrezno, un pueblo serrano cabeza de partido, situado en lo alto a pie de un peñasco, a cuya espalda y tras recorrer un angosto camino por muy pocos metros, se halla el Cementerio, lugar donde él y su familia residen.

Casado con Cesárea han tenido dos hijos varones que llegada su mayoría de edad han abandonado el pueblo. No iba en ellos seguir con la profesión de su padre y mucho menos vivir en aquella casa, vivienda en la que vinieron al mundo, pero que supuso para los dos una juventud llena de miedos.

Sin embargo, Ismael, no sólo es feliz con su profesión, sino también con su casa, en la que todas las noches, antes de acostarse, sale a pasear por el interior del Campo Santo sabiendo de todos los que allí reposan sus cuerpos. Algunos por haberlos enterrado él mismo y otros, los más antiguos, porque sabe de sus historias, muchas veces oídas, tanto de las bocas de su padre como de la de su abuelo, quienes también allí juntos descansan.

Para Ismael todos los días del año significan lo mismo, menos el “el día de las almas”, el día del año que encuentra más especial, como también lo había sido para sus predecesores directos. Llegada la noche de ese día, como en todos los años, y justo cuando oye las doce campanadas que llegan de torre de la Iglesia, abre el nicho y durante un buen rato mira atento en su interior recomponiendo lo mejor que puede todos los despojos con el mayor de sus cuidados. Y tras sellar el mármol, vuelve a su casa, no sin antes lanzar saludos a lo largo de todo el trecho, a todos los conocidos que encuentra a su paso.

-Qué tal están- le dice Cesárea que le espera sentada y leyendo un libro.

-Bien, muy bien, me han dicho que hasta el año que viene, y que te mande recuerdos.


(“Vocación” es un relato que ha participado en el Proyecto Anthology especial. Tema: Halloween, el Día de los Difuntos)

01 noviembre 2008

TENÍA QUE DEJARLE MARCHAR

Desde el punto en el que nace la creencia de que la vida puede ser maravillosa hasta el del temor de que nos puede representar en un breve instante el más dramático de los sucesos, existe un extraño trecho llenos de curvas de escasa visibilidad en cuyo punto medio, el de la virtud -como suele decirse en los casos enfrentados- presenta el aspecto de la carnavalesca máscara veneciana, la que se muestra gentil de cara pero de revés trágico: el de la maleza de sus cabellos, donde a veces se esconde la mayor de las tragedias.

Las carreteras, que en su utilidad sirven para unir a los pueblos, lo hacen a veces por terrenos sinuosos de secos barrancos utilizando torrenteras no aptas para su principal cometido. Como es el caso sucedido entre dos pueblos cercanos, un pequeño, muy pequeño, y el otro en continua expansión empujado por un turismo hambriento de playas famosas que lo hace crecer, donde la existencia de un trecho que les une hace que puedan estar unidos.

De corto recorrido, su tránsito no es importante, por lo que es un camino resuelto al olvido, salvo en los casos que suceda algo como en este caso terrible. Ese extremo que nos ofrece la vida que, aunque escondido, aparece hartas veces.

Y en él me la imagino aupando a sus dos hijos a un lugar seguro donde las aguas no segaran sus vidas, la que también ella necesitaba para salvarlos de la muerte.

Todo sucedió muy rápido, como siempre suelen suceder estas cosas. El agua, de repente, surgió y se hizo dueña del habitáculo donde iban la madre de veintiocho años con sus tres hijos, el pequeño de pocos meses, sentado en su sillita y los dos mayores de seis y ochos a los que a ambos sí pudo sacar del coche. Y tuvo que tomar una decisión cuando vio peligrar sus vidas fuera de la ratonera, las de los dos mayores que se los llevaban las aguas como también a ella. Todo sucedió fugazmente: cuando vio el coche inundado y sin nada que hacer por la vida del bebé que en su interior permanecía ignorante de lo que allí sucedía.

-Aún pude despedirme de él, y decirle que me sabía muy mal, pero que tenía que dejarle marchar entre las aguas. El agua nos quería llevar a los tres, aunque pudimos salvarnos –nos dice la madre cuando narra los hechos, llorosa y compungida.

Despedida a su niño que nunca olvidará, rota como roto ha quedado el camino por donde iban en su coche, lugar por el que cada vez que pase será el del recuerdo de una despedida a la que se vio obligada en aquel instante.

Sin embargo, el consuelo de haber salvado la vida de sus otros dos hijos, contribuirá a su fortaleza, la que por desgracia nunca será el punto medio donde reside la virtud, flanqueado éste por lo terrible que nos depara la vida a veces y lo maravillosa que nos resulta en otras. En este caso, el punto medio, que no el de la virtud pero sí el de la desventura, será el existente.

(“Tenía que dejarle marchar” es un relato que ha participado en el 38º Proyecto Anthology. Tema: Despedida)

26 septiembre 2008

NI SIQUIERA CERA

Todas las noches, antes de acostarse, Pedro se recreaba en su aseo personal porque quería descansar su limpieza entre el calor de las sábanas. Con un bastoncillo y sumo cuidado se limpiaba el interior de sus orejas, y con la misma atención y cariño guardaba el cerumen en una cajita de caña de bambú adquirida en una tienda oriental. Pasado un tiempo, una vez llena a rebosar, la aceitaba con su saliva y la cubría con un trozo de tela de lino. Finalmente, la tapaba con una lámina fina de corcho y con unas gotas de lacre la sellaba guardando en su interior lo que era una parte de él.

Pedro se hizo un hombre mayor. En una pequeña hornacina dentro de su baño, vestida de plata, había conseguido reunir en sus estantes de cristal una batería de cajitas, las más antiguas de caña. Le seguían en el tiempo unas aromáticas de madera de sándalo y las más modernas de metal: unos pequeños cofres cerrados, ya no por el corcho, sino por su misma tapa, la que sellaba esta vez con cera virgen adquirida en un mercado de especias cercano a su casa.

Su pasado, dejado a zarpazos en la calle por los jirones de la vida, se mantenía intacto en el interior de su capilla idolatrada, donde, en su ritual, había ido, día a día, guardando la más pura esencia de sí mismo: la única capaz de preservar dentro de su particular sacristía. Se había decepcionado tantas veces en el transcurso de su vida y eran tantas las cosas que se difuminaban a su paso sin dejar el más leve rastro, olvidadas en cualquier rincón ajeno a la luz, que fijar su huella en este mundo no era para él como una obsesión que le hacía esclavo, sino por la veracidad de su existencia cuyo poso deseaba perpetuar.

Pasaron los años y ni siquiera sus achaques de anciano lograron poner fin a su afán de todos los días. Con sus tembleques y su mucha paciencia, todas las noches hurgaba en sus seniles oídos, extraía algo de su ya poco cerumen y lo guardaba untuoso en una pequeña cajita, ahora de cristal. Pedro sabía que su final estaba cerca. Sus fuerzas, cada vez más escasas, era el más certero de los presagios y el dolor se adueñaba de su cuerpo. Aunque nada le impedía seguir guardando lo poco que aún quedaba de él.

Y fue una noche cuando Pedro sintió un fuerte dolor en su pecho. Su alcoba empezó a girar, como un tiovivo en el que cabalgan sombras en esta ocasión tristes. A paso lento llegó a su baño, abrió la hornacina, vio sus cajitas de forma vaga, y pese a la tenue luz existente en sus ojos, aún las reconoció: tres de caña, cinco de sándalo, otras cinco de plata y dos de cristal: una de ellas aún no completa.

Toda una vida dentro de aquel sagrario mundano mostrado ante sus ojos cada vez más cegados. Pedro sentía un fuerte dolor, al tiempo que alguien tiraba de él, como queriendo llevárselo consigo a un lugar ignorado. Y en su último estertor, fijando su mirada en las cajitas, fue cuando se dio cuenta de que estaban saltando todos los precintos mostrándose abiertas como si fueran cascaras de huevos de perdiz, desparramadas por los estantes. Y en el interior de sus cajitas de caña, de sándalo, de plata y de cristal, todas vacías ya, nada quedaba en ellas; sólo el dulzor de una penumbra que languidecía dentro de él.

(“Ni siquiera cera” es un relato que ha participado en el 36º Proyecto Anthology. Tema: La muerte)

15 agosto 2008

FELIPE CARLOS, EL REY DE LA PAZ


Anochecía. El frio se hacía cada vez más intenso en los jardines junto al palacio. Fue en ese instante cuando notó los primeros dolores en su vientre y que al ser más seguidos, la llevaron hasta su alcoba alertando a su fiel ama que junto a ella se paseaba. Intuía la reina que se le adelantaba el parto, el esperado para un mes más tarde, una vez acomodados en su confortable residencia de Oatlands.

Hampton Court, el palacio cercano a Londres donde se encontraba en esos momentos María, la Reina de Inglaterra, estaba en fase de remozamiento de sus instalaciones, por lo que no estaba bien acondicionado para tan inesperada ocasión. Avisado el rey Felipe, se dieron las órdenes precisas para trasladar unas estufas tanto al salón contiguo como al de sus aposentos, preparar las ollas con agua bien caliente y las de procurar sábanas blancas y ropas de algodón para el regio nacimiento que estaba pronto a llegar. Llegaba la primavera, pero el viento entraba por las rendijas del palacio, cuyos agudos soplidos más parecían aullidos de lobos en una gélida noche de invierno, propia de una estación que el tiempo se resistía abandonar.

Pese a que aún faltaban unas pocas semanas para el parto, la presencia del médico de la corte y la de una comadrona habían tranquilizado al Rey, quien dirigiéndose a su despacho mostró su alegría a la espera de que naciera un varón. Varón en quien un día descansaría la corona de todas las tierras conocidas hasta entonces, y que ya parecían ser todas.

-¡Alteza! ¡Un varón! Un sano y hermoso niño, fuerte, como lo demuestran sus lloros y sus manitas rollizas que se cogen con fuerza a las mías. Rubio y de mentón prominente, como su abuelo, a quien debe vuestra Alteza mandar presto un mensajero que le haga llegar la feliz nueva- le dijo llena de alegría la fiel ama de María Tudor.

Dueño de su prudencia, el monarca pasó primero a la alcoba, y tras ver a su esposa junto al hijo en sus brazos dio las gracias a Dios. Acercando sus labios los besó varias veces, repitiendo en cada caricia su gratitud al Altísimo. Visto con sus propios ojos lo que tanto anhelaba y que sabía lo mucho que iba a satisfacer a su padre, regresó a su despacho para mandar un escrito al Emperador, quien se encontraba en Flandes purgando sus penas, fruto de unas luchas que no sabía cómo superar.

Pasados unos meses, restituida la confianza papal y restaurada y fortalecida la fe católica en Inglaterra ante la presencia de un heredero, hijo de un padre bien adoctrinado, todas las frustraciones que se habían adueñado del Emperador abandonaron sus pensamientos y un horizonte de esplendor que parecía haberse oscurecido, surgió radiante como respuesta a unos deseos que ya venían de antiguo.

La política matrimonial de los católicos reyes, secundada por su nieto Carlos, dueño de medio mundo, iba a tener continuidad en el joven Felipe, ya Rey de Inglaterra, de Nápoles y de Sicilia; y que pronto lo sería de España y de Portugal y de todos los territorios de ultramar. El recién nacido era pues, el mejor garante para el futuro y todo hacía presagiar lo fuera de paz. La mayor esperanza radicaba en que María Tudor, viendo un horizonte sin peligros, renaciera en ella los sabios consejos de su madre Catalina, nacidos en ésta de un humanismo fruto de su amistad con Luis Vives, y que iban a facilitar la hermandad en Cristo en todos los creyentes. Lo que sin duda también, influiría en el carácter de su esposo Felipe el Prudente, obligado a cerrar las heridas que habían llenado de sangre las tierras de Europa.

Los Habsburgo e Inglaterra unidos en el Imperio Español, debilitada en su soledad Francia y el Santo Padre obligado en aceptar su dedicación al gobierno de su Iglesia y excluido del poder terrenal, iban a dar siglos de gloria a la Cristiandad. Ausentes las guerras de religión y los corsarios por los mares, el giro que tomó la historia fortaleció a todo el continente, en el que a partir de ese momento se iban a escribir páginas de paz.

Así fue lo que ocurrió gracias a un niño nacido en Hampton Court, bautizado en la fe católica y que años más tarde coronado con el nombre de Felipe Carlos, pasó a la Historia como el Rey de la Paz, al poner un punto a final a tanto desenfreno.

Y así sucedió. Y no como la historia que ahora nos cuentan, fruto de la ambición y cuyas únicas secuencias representan episodios de cismas e intrigas, de guerras crueles, de baños de sangre, pero que por fortuna sólo residen en nuestra imaginación, como un sueño inexistente. Adulterada por los de siempre, y que aunque lo parezcan en nuestro convencimiento, no ha sido más que un pesadilla de terror.

La noria, que gira y gira sin cesar, de repente y de manera inesperada, cambia su norte y toma las aguas desviándolas hacía otra parte, que más humilde y yerma de ambición agradece de su presencia creando valles floridos en los que reina la paz.

¿Hubiese valido la pena el nacimiento del regio varón? No todas las preguntas tienen contestación, pero quizá en el riesgo encontrásemos la mejor de las respuestas.

(“Felipe Carlos, el rey de la paz” es un relato que ha participado en el 35º Proyecto Anthology. Tema: ¿Qué habría pasado si...?)

06 julio 2008

TÉMPANOS DE HIELO


Las incesantes cuchilladas las debieron sentir en sus carnes con un agudo dolor, como el de una descarga eléctrica que corriera por todos sus cuerpos. Fueron la señal de que aquella tragedia había llegado a su final, iniciada momentos antes, en el tiempo transcurrido desde que percibieron el primer aguijón de la muerte.

Aunque es difícil de imaginar, puedo presumir la sensación del frio acero cuando entra en la carne humana por las películas de acción, al ver los rostros de sus protagonistas, encogidos o desencajados en sus lamentos, cuando ofrecen sus muecas de espanto en una brillante interpretación. Sin embargo, nunca he visto morir por causa semejante a un ser humano y mis únicas referencias, junto a la del cinematógrafo, se limitan a la lectura de novelas de piratas o de batallas navales, que, al abordaje, rubrican firmas de muertes; o las de espadachines, esas de uno para todos y todos para uno, donde el honor y la frivolidad andan parejos, esclavos siempre de un orgullo herido, a la búsqueda de un duelo que lo libere.

También puedo imaginar las cosas que pasaron por sus mentes, por sus recuerdos, o en sus adioses a los seres queridos, al mismo tiempo de las continuas cuchilladas que iban recibiendo, y que unas tras otras sentían en el interior de sus cuerpos. Y como el boxeador grogui, más bien despojo y fardo humano, todos sus cuerpos debían de ser un desgarro, como una diana, en la que cientos de púas punzaban sus mentes y las recibían estoicos con sus cuerpos helados inmersos en las aguas del océano.

Todas las fuerzas las centraban en sus dedos, que asidos a algo firme, cifraban en lo desconocido su única esperanza: la que por instantes fenecía sobre cualquier tabla de salvación. Debieron de perder la cuenta, y el número de cortes salvajes adormecían sus cuerpos, de los cuales quedaba un ligero aliento, que aunque cálido, se perdía por la gelidez de la noche.

Hablan de un bosque de gritos, de chillidos, que si vivos se habían apoderado de la noche, fueron menguando en sus lamentos hasta convertirse en un silencio sepulcral. Y fue cuando cesó el dolor expandido e imperó el silencio abandonando su eco. Y a partir de ese momento, cuales témpanos de hielo, navegaron por las sombras de la noche guiados por su destino.

Los que lograron salvar sus vidas contaron que la muerte por congelación anuncia de su presencia en la carne como cientos de cuchillos, pero ante la ausencia de sangre. Así ocurrió aquella noche, en la que trescientos seis cuerpos humanos fueron rescatados inertes flotando sus cuerpos en las frías aguas del océano una vez hundidos al chocar contra David, el que fuera un simple copo de nieve convertido en la enorme masa de un iceberg vencedor sobre Goliat: la fascinación del Titanic, cuyo espíritu sigue navegando no solo por las aguas del océano, sino también por nuestras mentes.

(“Témpanos de hielo” es un relato que ha participado en el 34º Proyecto Anthology. Tema: Frio)

18 junio 2008

EL DÍA DE LA VISPERA


Tener al día la información del patrimonio vecinal era el deseo del alcalde y con la instalación de una eficaz computadora que recogiera en su memoria los bienes propensos a una mejor recaudación, se vería orgullosamente complacido. Por tal razón, pidió al pleno municipal, junto a la aprobación de su proyecto, la contratación de un informático que se encargara de todo lo necesario para poner en marcha la máquina recaudadora del municipio.

La moción fue aprobada por el pleno en sesión extraordinaria, pues en las cuestiones recaudatorias y sobre todo en las de fondo, es decir, en sus esencias, la unanimidad era absoluta en el momento propicio. Otra cosa eran los asuntos del día a día, que como las sabanas colgadas al viento que a la vista de todos muestran su blancura de armiño, cuando sucias, se esconden a los ojos para limpiarlas y ofrecerlas lúcidas y perfumadas en las horas que convenga de la forma más pulcra y convencional.

Y allí estaba el alcalde, sentado tomando el sol, mientras un vaso de vino calmaba su sed, al sabor de unas aceitunas de aliño que amargaban su boca, mientras la música de un organillo dejaba en el aire el suave martilleo de “si Adelita se fuera con otra” o un bolero de Machín, al tiempo que un perro corría tras un madero buscando el premio de un trozo de queso que luego le ofrecía su amo.

-¡Siempre con prisas señor cura!- le llamó a su atención el alcalde, cuando camino de la iglesia iba ligero Don Hilario portando bajo el brazo varios tubos de cartón en los que protegía, según su costumbre, unas láminas de vírgenes y de santos de rancio sabor tridentino.

-¡Venga!, y siéntese a mi lado, que aunque su presencia no me sea grata, como Vd. muy bien sabe, comparta al menos este vaso de vino. Pero… sin convertirlo en sangre de Cristo, eh. ¡Conmigo, ni lo intente!

-¡Si al menos sirviera para limpiarle la boca!- contestó el cura, obligado como estaba a buscar la oveja descarriada para acercarla al buen redil, aceptando la invitación.

-Sepa Vd. que en el plazo de una semana tiene que dar cuenta de sus pertenencias dejadas por el ayuntamiento para su inventario, según se le ha comunicado en notificación reciente. El ayuntamiento ya está informatizado, y todo lo que es del municipio debe de estar dentro del ordenador. Así que, ¡no se haga Vd. el remolón!, pues… ¡al Cesar lo que es del…!

-Ni lo piense, alcalde –le cortó al quite el cura- que lo que está en la casa de Dios sólo Él es su dueño; y si algo está en el templo es porque lo recibió en agradecimiento a lo mucho que ha hecho, ayudando a quienes a Él han acudido. ¡Pregunte por las calles del pueblo!- Y tras un segundo vaso de vino y de sacudir al aire los cristalitos de unas papas fritas imantados a su sotana preconciliar, el cura abandonó al alcalde con paso y gestos firmes, ufano de su decisión y convencido de una mayor jerarquía.

Pasaron los siete días, y un sábado, el alcalde en persona, acudió al templo investido de su autoridad, y ante el altar mayor discutieron acaloradamente como si estuvieran en cualquier trastienda, después de haber sido recibido el alcalde por el cura con cara poco amable y cierto desabrimiento como era normal en ellos huraños siempre de cordiales afectos.

-¿Cómo se atreve a incumplir la ley y a hacer caso omiso a mi advertencia? – le dijo alzando la voz, tanto que obligó a levantar el vuelo a un pajarillo asustado bajo la bóveda a la luz de los rayos que iluminándola más parecía el cielo.

-¡Le recuerdo que otros salieron de este templo expulsados a latigazos!- le respondió con el mismo tono y crispado el entrecejo- ¡Métase su ordenador donde le quepa y deje en paz esta casa, en lugar de profanarla, Sr. Alcalde!

-¿Yo? ¿Profanarla yo? Vd. es quién debe honrarla y respetarla aparcando sus gritos, ante quien ahí arriba está, la que llaman la Virgen Blanca y que mañana Vds. festejan- le replicó mientras señalando a la virgen daba ligeros saltitos, lo que le produjo un traspiés encima del escalón, paso al presbiterio.

-¡Fuera de la casa de Dios! Y cómo que me llamo Don Servando, mañana ajustaremos bien las cuentas, Don Hilario.

¿Estaría al alba en su hornacina la Virgen Blanca dispuesta y gozosa para un día de fiesta, o si triste, daría su espalda?

(“El día de la víspera” es un relato que ha participado en el 33º Proyecto Anthology. Tema: Computadora)


20 mayo 2008

LA VIRGEN BLANCA

Al dar la última campanada en el reloj de la torre, las calles estrechas estaban vacías de gente. Empezaba a clarear en Torrelosnegros y como adivinando la fiesta, el cielo se presentaba sin una nube; el mejor de los presagios para un día de fiesta. Su inicio, en la hora de acción de gracias a la Virgen Blanca daría paso a una jornada de júbilo, en la que el desquite esperado por la derrota del año anterior, junto al orgullo por renovar su condición de banda triunfal, merced que daría al vencedor el honor del concierto en el templete de la plaza mayor durante todos los domingos del año, era la razón principal de la fiesta en la que las dos bandas competían. Tradición que, mantenida de abuelos a padres y de padres a nietos, convertía a Torrelosnegros en una cuna musical en la que el pueblo se mecía durante todos los días del año.

Unos eran los “negrones” y los otros los “albinos”. Los unos pertenecían a la “Banda del seis doble” y los otros a la “Banda de la blanca pito”; y todos, desde su más tierna edad, iban ensanchando sus pulmones debido a la gran profusión de trompetas, también de clarinetes y algún que otro instrumento, pero siempre de los de viento.

Don Servando, hizo el ademán al monaguillo y el balanceo de campanas dio la señal para que ambas bandas, que estaban ocultas bajo los porches, salieran al centro de la plaza, situándose una enfrente a la otra.

Las trompetas, más que sonoras enloquecidas, sacudieron las grietas de la plaza y a ella acudieron en algarabía los vecinos, que tras aquel estruendo matinal, pasaron al interior de la Iglesia para homenajear a la Virgen Blanca cuando el Sol ya se dejaba ver en lo alto de la torre.

Atónitos quedaron mirando la hornacina, cuando en su oquedad encontraron el vacío. La Virgen Blanca brillaba por su ausencia, por lo que con gran pena y contrición cristiana regresaron todos a sus casas.

Pese a la desolación y a la afrenta del sacrilegio cometido, por cuya autoría todos se preguntaban, Don Servando y el Alcalde, quienes, sin embargo, eran enemigos irreconciliables, acudieron aquella tarde a su cita diaria sobre la mesa de dominó, y con ellos, los dos maestros de las bandas. Y allí estaban, sentados, sobre la fría mesa de mármol del viejo casino en su habitual partida de media tarde. Echada la suerte, don Servando y el maestro “albino” hicieron pareja, dispuestos a ahogarles el seis doble al Alcalde y al maestro de los “negrones”.

-El dominó es puro y sano arte, y un gran divertimento, Sr. Alcalde –le dijo el cura cuando llevaban media mano y avanzada la partida entonando la voz-; no como esos tejemanejes que Vd. se lleva entre las suyas. Lo primero es mezclar con gracia y hacer bailar las fichas sobre el mármol, para que una vez en las manos, preparar la estrategia frente al rival, en este caso Vd. ¡Puro conocimiento y concentración!, ¡seis uno!- puso la ficha sobre la mesa un sonriente Don Servando, que ya había adivinado que el seis doble estaba entre las manos de la autoridad.

El clic agudo, que sonó con fuerza sobre la mesa, intimidó al Alcalde: ¡Paso! –respondió con voz grave y tragando algo de saliva.

El “albino” –compañero del cura- cantando por bemoles y exultante, hizo su juego en el extremo opuesto de las piezas: -¡Me doblo a cincos!

-Ahí lo esperaba- replicó el “negrones”- ¡cinco seis!- entonó contento convencido que daría paz y sosiego a su compañero de juego, al que notaba algo angustiado.

-¡Seis blanca y ahogado! –dijo exultante don Servando, mirando a su diestra y con tono de apoteosis.

-¡Cachis la Virgen! Farfulló el regidor, viendo como se tragaba ya por quinta vez en aquella tarde tan desafortunada pieza.

-¡Deje a la Virgen tranquila! que siempre está Vd. metiéndose con ella. En lugar de blasfemar, mejor sería que reconociese nuestra superioridad en el juego, y que aumentase su inteligencia, que buena falta le hace. Y de paso, ordenara buscar a la Virgen, que aunque no crea en ella, es de su incumbencia encontrar a los ladrones.

-¿Ladrones? ¿A saber que habrá hecho Vd. a la Virgen para que se aleje de su casa?

-¡Calle y siga jugando, ¡blasfemo!

En aquel momento el reloj de la torre dio la última campanada de las veinte horas, cuando a las dos bandas, sin que nadie las dirigiese y enfrentadas en el centro de la plaza, abarrotada por los habitantes de Torrelosnegros, les había llegado la hora del concierto que daría vencedor a la que más fuese aplaudida por los vecinos. Faltaban pues, los maestros de los dos bandos en sus peanas vacías, como también Don Servando, la autoridad eclesial, y el Alcalde, la personificación del orden y de la economía local.

De repente, la música, leve y suave, empezó a escucharse en la plaza. Las flautas, dulces y sugerentes de armonías, acallaron los murmullos y una grata sinfonía inició su camino por los soportales infiltrándose entre la gente. Los clarinetes, los más sonoros, vibraban en su melodía, y los oboes, graves y profundos, junto a un solo de saxo, brillante y espectacular, se adueñaron del ambiente. Un buen rato después, el más bello concierto jamás escuchado en el pueblo puso fin a la fiesta, y como premio, los aplausos, que dieron como justo vencedor a las dos bandas unidas.

Aquella tarde la música sonó más bella que nunca, como si los ángeles bajaran a su encuentro. ¿Vendría con ellos la Virgen Blanca, lo único que echaron de menos?

(“La virgen blanca” es un relato que ha participado en el 32º Proyecto Anthology. Tema: Música)