Si das una vueltecita por mi Blog, espero sea de tu agrado.

16 enero 2009

LOS CECEOS, LA STRIPER Y EL PARO

La cara, que es el espejo del alma, sufre en estos días de puro frio oculta bajo el embozo de bufandas de largos flecos, por lo que no vemos las almas que se cruzan en nuestro camino. Queda pues, el recurso del ceceo, ese deje agudo y claro, que nos anuncia cuál es su lugar de origen. Es como un carnet de identidad, pero ajeno al control de Ministerio alguno, lo que nos da cierta libertad, o así debiera serlo.

Sin embargo, la voz inconfundible de la Ministra Álvarez, que por mucha bufanda que use está siempre en los fregados de la vida nacional, ha sido puesta en entredicho por Monserrat Nebreda, la diputada catalana que no escucha el tono de la suya, uno más de los sonsonetes que a lo largo de la variopinta España se escuchan por sus caminos. Es algo que nos enriquece: eso que llaman la diversidad: la pluralidad de la que gozamos, que como siempre ocurre en estos casos, siempre hay quienes son más ricos que otros. Diversidad en la que se encuentra nuestra riqueza, pese a que por sus senderos vamos hacia los cuatro millones de parados, lo que hace suponer que nuestros recursos serán más escasos.

En esta guerra de tonos y ceceos, hay momentos de tregua, como lo sucedido en la Cárcel de Picasent donde los reos han disfrutado de un striptease. Que si a algunos ha aliviado sus penas, arrepentidas sus culpas, a otros, por su deseo lascivo, su apetito se habrá avivado, por lo que a la reinserción del reo le han dado una jornada de descanso. No será este el caso de Daniela, la guapa y dulce stripper valenciana, que maquillada de leche condensada ha visto su caché aumentado, y gracias a ello la crisis vencida. Remedio que habrá que tener en cuenta.

Mientras tanto, los líderes sindicales de UGT y CCOO no ven motivos para enfrentarse a Zapatero, en quien confían, y al que agradecen el cierre del año con una inflación del 1,4%, por cuyo logro, nuestro poder adquisitivo queda asegurado.

¡Ver para creer!

La paga de enero por los incrementos del pasado año pasa a mejor vida ante el silencio sindical, y nuestra permanencia en la Champion Ligue es motivo de amor irreductible, de fe en el líder.

Eso que se ha dicho siempre y es de actualidad: encima de cornudos, apaleados.

13 enero 2009

¡AH, "ELS LLIURES PENSADORS"

Nada más y nada menos que la existencia de una Associació Valenciana d’Ateus i Lliurepensadors salta a la palestra, y en su euforia, se hace conocer por obra y gracia de una campaña publicitaria en la que sus asociados nos invitan a que fijemos nuestras miradas en los bus urbanos vía a la felicidad, al tiempo que nos incitan a despreocuparnos por la existencia de Dios, del que por lo visto deben tener malas noticias. Haciéndoles caso y una vez libres de la carga divina, el disfrute de la vida nos lo ofrecen garantizado.
.
El merchandising éste, cual producto de baratillo, nos llega a la grupa de una corriente europea nacida en época no sólo de crisis económica, sino también y por lo visto de carácter intelectual. Fieles -y no libres- a la idea, los asociados valencianos se han sumado a la campaña con seguridad después de un debate de alto calado y pleno de reflexiones científicas, tal morcilla panfletaria.
Al hacerles caso y adquirido el producto, una vez liberados del látigo opresor, la seguridad de gozar de la vida nos resultará más fácil. Ahí es nada la oferta que nos brindan los intelectos valencianos, a cuya utilización de Dios recurren, al tiempo que nos sirve para saber de la presencia de tanto cretino.

Fue Voltaire quien dejó a la posteridad, “que de no existir un Dios, su creación era necesaria”; y por lo que vemos, cada vez es más cierta la predicción del gran ilustrado, cuyo mejor legado fue el del respeto al hombre y a su razón, al que ahora los indiferentes tratan de confundir.

Como si para pensar libremente fuera necesaria asociación alguna. O para ser ateo figurar en un registro con tufo de creencia doctrinaria que diera mayor consistencia a las ideas. Estamos en la moda de la credencial más estrafalaria, por cuya posesión, su titular se tumba a la bartola y contempla sobre su barriga el carnet de nuevo cuño, gozando de su admiración cual tarjeta de plástico alucinógena produciéndole mono.

Conseguida la “titulitis”, se ven en la obligación al reclutamiento, y nuevas campañas anticlericales brotan y pregonan su máximo punto de gloria, en la que el disfrute ante la vida no tiene ningún parangón. ¡Ah, el goce; ah, el disfrute!

Todo pues resultará muy fácil, sin que nos hubiéramos dado cuenta de ello: la felicidad “está al alcance de todos los españoles”, como tantas veces nos dijeron con musicales semejantes. Así pues, sólo nos hará falta fijarnos en las paradas del Bus, y allí, aborregados, sentir como la “libertad de discernimiento” luce sus mejores destellos tratando de llegar a nuestros ojos tal soflama publicitaria sin fecha de caducidad.

Nada mejor para pensar lúcidos, que ver pasar ante nuestros ojos los autobuses urbanos y saber de sus mensajes. He aquí la gran propuesta que nos ofrecen los asociados al libre pensamiento, cuya erudición no solo nos desborda, sino que nos acompleja. ¡Cuánta profundidad intelectual! ¡Cuánto rigor enciclopédico! Sus páginas rojas cual libro abierto, correrán por toda la ciudad ofrecidas a un público lector que se embriagará en su lectura. ¡Ahí es nada!

¡Ah,”els lliures pensadors”!

10 enero 2009

ELISEO CLIMENT, EL MAYOR MERCADER DEL REINO

Él no pagará ni un solo euro de su bolsillo (pueden estar seguros) para abonar los trescientos mil euros que le ha impuesto el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana por actuar en contra de la Ley, una vez rechazado el recurso de Acción Cultural del País Valenciano (sic), panfletaria secta doctrinal que preside el mayor mercader del Reino: el profesional de la subvención Eliseo Climent, quien ha conseguido de esta guisa su habitual modo de vivir. Desde ofrecerse como el más firme tentáculo del insaciable Jorge Pujol -el que fuera imperialista con su Banca Catalana al frente- en la Comunidad Valenciana, hasta su ejercicio inasequible al desaliento de instalador de antenas, sin menospreciar, claro está, el cobro de la encomienda por el ejercicio de su misión.

Eliseo Climent se pasó la legalidad por la entrepierna desde hace ya muchos años; y “los que dime de qué presumes y te diré de qué careces” exaltaron su hazaña en aras de la libertad de la expresión, que por su habitual costumbre sólo a ellos les corresponde, al tiempo que a otros se la niegan.

Desde la ilegitimidad más absoluta se dedicó a colocar repetidores donde le vino en gana retando a la Ley, a la que una vez tras otra le ha echado un pulso al abrigo del nacionalismo catalán a cuyo servicio crece, a la par que chupa la teta de las inagotables partidas económicas de la Generalitat Catalana para este fin: la vaca de ricas ubres que con el dinero de los contribuyentes de toda España derrama su leche adulterada no sólo por donde las competencias se lo permiten, sino que utilizando un mercachifle del “tres al quatre” incurre en casa ajena con embozos de baja estopa desde hace ya muchos años. La libertad de expresión tiene estos cauces, como las aristas de la ley, recorridas tantas veces por los delincuentes diestros en su caminar por el filo del alambre, ávidos en llenar sus cuentas corrientes desde la más indecente legalidad.

Si el dinero corrompe, cuando se consigue desde una supuesta acción cultural elaborada por la faz siniestra de un hombre de enfado permanente, con mirada de recelo y ojos de amenaza infame, pero jamás de frente, siempre a hurtadillas y cerca del pesebre que le alimenta, junto a su esperpento habitual, la práctica deleznable del encomendado adquiera la máxima titularidad: la del más desvergonzado vividor del cuento. Eso sí, con el beneplácito de quien le paga orgulloso de su audacia: la de la dulce complacencia del camuflado comendador.

Efectuado el latrocinio cultural, él, no pagará un euro (no lo verán Vds.) Ya sabrá extender sus redes, a diestro y siniestro, en la tarea de recoger sus frutos como buen mercader que es, tal es su destreza en el oficio para el que no se requiere titulación. Y aunque se le exigiera: el embozo de su farsa estaría siempre a su alcance.

Lo único que nos falta saber del Eliseo es a quién pasa el cargo de su cuota anual a la Asociación de Empresarios Instaladores de Telecomunicaciones, a la que seguro pertenece, por lo factible de cualquier subvención a cuyo logro siempre está atento.

05 enero 2009

EL BUNER DE ORDINO

El recorrido de nuestro viaje a Andorra, en cuyo destino íbamos a despedir el año un grupo de buenos amigos, no pudo ser más halagador. Frente a los agobiantes ecos, frutos de la recomendada prudencia ante la inestabilidad atmosférica anunciada por los telediarios de forma tan machacona como alarmante, la puntual y más certera información acerca de los lugares de nuestro recorrido ofrecido por Internet, hacía, sin embargo, presagiar un viaje tranquilo y seguro: pronóstico que por cierto así se cumplió, llegando felizmente al lugar elegido: el bello paraje pirenaico lleno de encantos y leyendas entre las que prevalece la del “buner de Ordino”: un personaje afable y desprendido, bajo cuya batuta tantas veces hemos gozado; al tiempo en el que la leyenda se mezcla con la realidad.

Gozar de Ordino subiendo por su caminos cercanos a sus laderas cubiertas de nieve, cuando sobre su blanco manto se otean las huellas de algún lobo perdido en su errante caminar, es una ejercicio sano que el cuerpo sabe apreciar. Ordino es valle de músicos –dicen sus gentes- de labios gastados soplando su buna: una especie de gaita cuyo sonido se apodera del valle enrocado a su leyenda. Como alguna que otra historia cuya constancia queda patente junto a su Iglesia Parroquial de los Santos Cornelio y Cipriano del siglo XV, con su argolla ancestral al lado, en la que los reos con ella al cuello penaban sus culpas hasta hace cincuenta años.

Nuestro primer lugar de encuentro fue ante un hermoso mirador en un punto alto de la zona de Valls: el del restaurante Les Espalmes en el Coll de Lilla, donde los típicos caçolts, el buen jamón, la “cigronada” sabrosa, la rica carne y el barral de buen vino, iban a significar el principio de unos días de auténtico deleite, de paz ilusionada y disfrute de sus blancas cimas; de cuya nívea presencia arriba en las montañas confiábamos. Fue el momento de la calçotada: esa cebolla tierna, blanca y dulce hecha a la brasa, y presentada en un lecho generoso sobre una teja de barro en el tálamo de la mesa, de cuya degustación, mis dedos, quedaron tiznados de un negro carbón con perfume de carrasca. Disfruté de ello gracias a la gentileza de un camarero que me enseñó cómo coger sus flecos y cómo tirar suave hacia abajo, hasta el aparecer de un colgajo blanco y meloso que tras restregarlo por la salsa “romescu” se convierte en un bocado de grato sabor huertano.

Llegamos a Ordino en noche cerrada, con una temperatura muy gélida, nada que ver con el cálido deseo de reunirnos en la recepción del hotel, donde tras los vítores entusiastas por la feliz llegada y toma de posesión de nuestras respectivas habitaciones, bajamos al comedor a la busca de la cena fraternal, santo y seña de los próximos días en el Pirineo andorrano, lugar elegido para recibir un nuevo año y despedir al que sus días eran ya escasos.

El Hotel Babot es un refugio de alta montaña donde confluyen la sencilla estancia con la belleza de su paisaje; con sus austeras instalaciones al frente de una pareja agradable y servicial, quienes ofrecen unos servicios donde el confort tiene el sello del abrigo familiar. Y junto a la envoltura de su magia: el abrigo de una leyenda surgida próxima a los riscos de sus montañas, camino a Canillo.

El hotel Babot de Ordino, muestra a sus pies la Parroquia de su nombre, la que al despertar presenciamos como una blanca alfombra creada por una fuerte nevada caída al amanecer de aquel primer día, en el que los coches aparcados en su puerta aparecieron cubiertos de gruesa capa de nieve. Al percibirlo, quedamos contentos por el encanto que su estampa nos ofrecía, al tiempo que caían sus últimos y ya débiles copos en un balanceo frágil, agradable, a la par que encantador. Sobre el suelo escarchado, los surcos de los más madrugadores nos anunciaban que se habían ido hacia las pistas de esquí. Fue el instante que con nuestras máquinas digitales captamos los alrededores del hotel Babot, donde se concentraba el hechizo de sus montañas en su ruta a Canillo.

El momento en el que los copos caen sobre nuestros rostros, es el de la sensación agradable en su inicio, juguetón de seguido, y peligroso cuando el hielo hace acto presencia en el firme del suelo propenso siempre al resbalón. Lo que no es óbice, sin embargo, para que el frio sea el motivo principal de unos días de descanso, guarnecidos por el respeto a los gustos ajenos, como la mejor hoja de ruta aceptada por todos.

El Coll de Ordino pues, es algo más que una ruta que une a dos de los muchos valles andorranos. Comunicados a través de un camino lleno de cerradas curvas con el horizonte de sus cumbres que ribetean un cielo abierto a veces, acerado otras y negruzco en los atardeceres de nuestros primeros días, es un camino infranqueable en los días de crudo invierno e intensas nevadas, en los que una capa de plomo cubre su bóveda e impide el paso cenital. No obstante, lo que se vislumbra en su derredor, es tan mágico como bello.

Nada es de extrañar que fuera antaño hábitat de lobos y que merodeando el entorno acecharan las vidas de quienes allí vivían. El recuerdo de la leyenda está latente en un valle de impronta musical. Fue en el momento de una gélida tarde invernal cuando ascendiendo por el camino un gaitero andorrano afincado en Ordino hacia Canillo, se aupó raudo al tronco de un roble ante la amenaza de un lobo sobre un roca lanzando aullidos y dispuesto al acecho. Al ver la fiera al confiado caminante, fue a por él, con la fuerza de sus garras incrustadas en la nieve. Lleno de espanto y una vez en una de sus ramas sentado, entonó tranquilo su gaita como señal de auxilio. Fue entonces cuando otros lobos acudieron para compartir la presa subida al roble viejo. Mas como la paciencia es la mejor de las ciencias, como sabe la gente que habita este valle, el gaitero, siguió entonando su gaita, y tras un movimiento brusco y de forma inconsciente estrujó con su axila la tripa de la buna. Al instante, surgió un sonido agudo, estridente, que asustó a las fieras, acostumbradas como estaban a los suaves toques de los pastores a quienes acudían en busca de algunos de sus corderos que tranquilamente pastaban en el valle. Asustados, huyeron los lobos, y el buner bajó del roble, y poco después llegó a Canillo sano y salvo, con cosas que contar.

Conocido pues, lo sucedido, la importancia de aquel sonido incisivo creció por todo el valle y el nuevo toque musical se convirtió en la mejor arma como defensa ante los lobeznos por toda la comarca. Ahí quedó la leyenda oculta entre los montes, de cuyo peligro, fruto de la amenaza hambrienta de los lobos, nunca más se supo. Pese a ello, la leyenda prevalece, y aunque nadie cree en su amenaza, el recuerdo se mantiene en la tranquilidad de sus calles, orgullosas las gentes de su afición a tan peculiar instrumento musical.

El día frio y de refugio cálido, invitaba a la cháchara y cuenta historias dentro del hotel, todos en un grato compendio de envolvente simpatía en el que cada uno a lo suyo logramos el mejor estar. Lo que no impidió a que los más atrevidos afrontáramos un paseo sobre la nieve carretera abajo, atentos al hechizo de la leyenda, para que luego, a la inversa, camino arriba, estuviéramos vigilantes sobre la nieve a las huellas de algún chacal perdido.

Llegada la tarde y tras una pequeña siesta, las continuas partidas del juego del mus en el que el maestro Antonio no tiene rival al calor de la chimenea, dan contrapunto a las del parchís, que si no dan pie al órdago, no por ello son menos amenas y llenas de expectación; mientras que el mullido sillón da la oportunidad de lectura a los amantes de un libro en las manos: fuentes de mágicas historias, de intrigas, de amores o de leyendas lugareñas semejantes a las de Ordino.

Fue al día siguiente cuando el valle de Ordino amaneció entre algodones en su cuna de plata, al abrigo de sus ocultas cimas bajo un cielo tapado y de neblina estirada que tan sólo permitía gozar de la Iglesia, tal postal navideña, a cuyo derredor las casas esculpían una estampa invernal de laderas nevadas y negruzcos flecos, en los que a través de sus serpenteantes senderos el día iba tomando su pulso: un ligero trasiego de coches era la señal inequívoca de que no era un lienzo invernal lo que se mostraba ante nuestros ojos, salido de la paleta de un pintor enamorado de tan blanco paisaje.

El día muy frio no fue obstáculo para salir del hotel y tomar un primer contacto con las zonas más comerciales del Principado en las que destacaba un flujo de gente menos intenso que otros años, como muestra inequívoca del necesario ajuste a los presupuestos familiares cuyas cuantías languidecen, al igual que se derrite la nieve sobre el tejadillo de pizarras laminadas: el bello adorno de un ventanal situado en la primera planta del hotel Babot. Helado paisaje, que a bote pronto, podría surgir en cualquier instante, sin que ello suponga nuevos bríos a la débil economía de cuyos guiños no podemos evadirnos.

La tarde de siesta y descanso, de relajo y grata conversación, cubrió el tiempo al calor de un leño ardiente que se consumía en el amplio salón donde las manualidades domésticas de cada cual, salían a flote traspasando las fronteras de su entorno familiar, entre risas y chirigotas.

Antes de la cena, nuevos amigos llegados al hotel iban completando el grupo a la cita anual de final de año, complacidos de vernos nuevamente aunque para algunos después de pasado todo un año a punto de fenecer.

La luces de Ordino a pie del Hotel Babot se disponían a una nueva noche, cuando al asomarme a la terraza para detectar el bajo cero grados del termómetro, el helor de la noche me helaba el rostro sin permitirme siquiera un minuto para observar Ordino a pie de sus rutas empinadas, sinuosas y llenas de encanto. Las luces hogareñas mostraban sus perfiles y una noche oscura y cerrada invitaba al descanso.

Aún no había amanecido y me asomé al balcón: un lecho incandescente, como de brasas mortecinas, resaltaba en su envoltura de espuma densa sobre el fondo del valle, donde un tenue alumbrado fijaba la presencia de Ordino en su levantar al día, sin que aún no hubiera hecho acto de presencia el mágico hechizo de cuya existencia no podía sustraerme.

El buner era quien tocaba la buna según me cuentan desde hace ya bastantes años: una especie de gaita andorrana de presencia anual finalizando el año. Y la leyenda, se adueñaba del valle de Ordino haciéndose oír con su música vigorosa, marcando él el ritmo de todos ceñidos a su compás, en su entorno amigo y familiar.

Llegó la noche final del año y un racimo de uvas ausente estaba presente en todos, mientras que la seguridad de que cachito a cachito el “buner de Ordino” hará pronto acto de presencia y su batuta nos indicará el camino de Ordino a Canillo ajeno a la leyenda. Con su habitual fortaleza de siempre.

Es día de Año Nuevo y atardece. Un suave azul aparece por vez primera desde nuestra llegada. Se estira, abre su camino y crea figuras fantasmagóricas de negruzcas siluetas sobre las blancas cumbres que circundan al valle. Mientras tanto, va modificando sus tonos rojizos que las tornean, ora dorados, ora de brillante marrón, ora de gris acerado, ora de intensa negrura. Por momentos los tonos negruzcos se apoderan de ellas y un gris carbonizado se posa sobre las montañas adquiriendo un aspecto lúgubre de laderas manchadas de blancos ante el crepúsculo del atardecer, al que el cielo, en su claroscuro aspecto, crea una estampa navideña pincelada a carboncillo, pero con tintes de noche fantasmal. Las luces de Ordina semejan la peana sobre la que descansa el valle y las montañas que rodean al Hotel Babot se convierte en una mole negra y maciza a la espera de la noche, en la que algún lobo perdido dejará su huella sobre la nieve camino a alguna parte.

Llegan los últimos días de nuestra estancia en Andorra y con ellos un cielo límpido que acompaña los momentos de las últimas compras. Andorra la Vella junto a Les Escaldes ven cómo se inundan sus calles de ávidos compradores, mientras que un paseo por su centro histórico, de calles tranquilas, nos evade de la fiebre compradora, mientras que el “buner de Ordino”, arriba de su árbol del Hotel Babot queda satisfecho de que su manada, si bien disgregada por la calles andorranas, está unida en la confianza de que la batuta del “buner de Ordino”, aunque dormida por el necesario descanso, resurgirá briosa marcando su ritmo de siempre por muy empinada que sean las cuestas de los valles andorranos.

Es el día de nuestro regreso, y de nuevo en Les Espelmes con buena mesa y mantel, junto al barral y la colçatada, sella el final de unos días entrañables en un nuevo año, a cuyo final, la cita en torno al “buner de Ordino” es una fecha anunciada.

04 enero 2009

UNA VISITA OBLIGADA

Me adentro bajo ellas, pero antes de cruzar su umbral, observo las piedras en las que permanecen las huellas de sus desgarros: las producidas por el invasor deseoso de romper sus muros. Es una mañana fresca, de límpido cielo y fuerte viento, el que empuja la hojarasca de un olivo próximo y la arremolina en un rincón. En él, un banco de piedra invita en las horas plácidas a la contemplación de las altas torres, bajo un arco de medio punto en el que sus dovelas dentelladas por los impactos alevosos, son muestras de la osadía del invasor en la que fue una de las puertas de entrada a la ciudad.

Observo la placa conmemorativa de la efeméride, como la que muestra su nombre del portal, y junto a ellas, unas inscripciones de rojo sobre la piedra, me hacen pensar el qué anuncian, o quién las hizo. Pienso en quién dejó en la fachada los signos de su presencia, esculpidos cara a un futuro en el que de seguro alguien querría saber de él.

Cruzo la puerta de las Torres de Quart y enfilo recto la calle de su nombre -dejando Santa Úrsula, el antiguo convento agustino en recoleta plaza- por la que salían los que iban hacia los campos de Quart, o la lejana Castilla.

Camino bajo balcones de hierros fundidos recién restaurados, como sus casas a las que adornan. Dejo a mi izquierda el “atzucat” de Cañete, con la casa natalicia al fondo del Beato Gaspar Bono, lugar de singular fiesta agosteña escondida dentro de la ciudad. Y a mi derecha, oteo y me adentro por una apertura entre dos edificios sustentados uno al otro por unas vigas de vieja madera a un amplio solar: una de las partes del derruido Convento de la Puridad del que permanece un olivo de dieciséis metros de altura y tres grandes palmeras, junto a otros árboles y frondosos arbustos de escasa entidad: convento del siglo XIII, seiscientos años después víctima de una desamortización.

Vuelvo a la calle y sigo caminando bajo más balcones y ventanales de edificios decimonónicos –menos alguna que otra desafortunada edificación de nueva planta- que uniforman la calle, y en la que en algunas de sus casas murieron poetas de la “renaixença valenciana”. Llego al tramo en el que destaca el estilo renacentista, ya próximo a mi llegada a la plaza del Tros Alt.
.
Lugar donde no suben las aguas, plaza de cruces, abierta al claro cielo, desde la que baja la calle del Moro Zeit. Sitio donde residía el rey musulmán, con la calle de su Conquista que allí mismo arranca, y la del Rey Don Jaime que las circunda, en recuerdo de quien se apoderó de la ciudad y creó un nuevo Reino.

Desde donde no alcanzan las aguas, bajo por la de la Bolsería: la calle donde llueven pétalos cuando en andas pasa la “cheperudeta” al júbilo de los valencianos: la Virgen patrona a la que acuden los desamparados. Calle de casas estrechas y plena de fervor popular, de balcones de damascos tendidos que compiten en adornos, también cuando pasa la Eucaristía el jueves del Corpus: uno de los jueves que más brilla el Sol en todo el año, aunque se celebre su festividad en el séptimo día desde hace unos años.

Calle de tiendas de ropas de trabajo, de aderezos y peinetas, de bisutería, de baberos y delantales, y de tascas pequeñas: calle de tránsito del Barrio del Carmen a la Plaza del Mercado, con su vieja Hospedería del Pilar de siempre. Antiguo Valle del Mercado, en cuyo recuerdo de la Valencia fluvial llevaba éste nombre era punto neurálgico de la Valencia medieval, y que al igual que hoy, acudían a la compra diaria multitud de vecinos de barrios próximos como de otros más alejados.

Ha pasado la Navidad, y con ella, un año en crisis; pero sólo el año, el que agota sus últimos días. Pese a ello, crece la ilusión de uno nuevo que sea mejor y la gente se prepara en recibirlo resignada, aunque sin perder la esperanza. Entro al Mercado, aún él engalanado y bulle más que nunca, como el día de Nochebuena de siempre: pleno de un halo especial en el que los adornos festivos completan el más bello salón comercial de nuestra ciudad.

Subo por su amplia y alta escalinata de piedra y cantos desmochados bajo un frontis de cerámicas y acristalado rosetón, en el que se alberga el escudo de la ciudad encima de tres hornacinas que descansan sobre cuatro columnas jónicas. Paso a su interior de mil y un puesto, donde los colores se arraciman al igual que las frutas: mimosamente escalonadas; donde los aromas me embriagan y disfrutan mi ojos escudriñando sus dos bóvedas (ambas de hierros, de cristales y de cerámicas) y sus nervaturas metálicas que lo sustentan a la par que lo embellecen: un esqueleto al aire al que ascienden los perfumes de los frutos del campo y las hortalizas de la huerta, aromatizando más aún el ambiente por sus salmueras, por las especias de ultramar, o por las autóctonas. Destacan por todas partes los dorados racimos cual cortinas inaugurales a un año nuevo: las uvas que lo abre.

Con sus puestos de carne, cuyos cuerpos de cordero se muestran colgados sobre los bancos cubiertos de pavos, capones y carnes rojas aún no agotados. Palcos que contornean al mercado sabiamente distribuidos, dando esplendor y gracia al tráfago intenso de sus calles estrechas, en las que el turista lanza intermitente sus fotos, tanto a sus puestos multicolores, como a los mosaicos altos entre cristaleras por donde entra la luz cenital que ilumina al gran Mercado Central de Valencia. Paso a su zona de pescado sobre los bancos de piedra en la que se percibe el salitre del mar, y se escuchan las voces de las pescadoras cuando me ofrecen su mejor producto diciéndome bonico, o cualquier otro sencillo piropo.

Salgo del mercado por la pescadería bajando tres escalones, y me encuentro con las obras del Metro, lo que no me impide disfrutar observando la O de los Santos Juanes: el gran rosetón cegado que a su pie de la plaza de Brujas, el recuerdo del busto de Luis Vives permanece imborrable, pese a que el monumento en su memoria esté ahora ausente.
.
Contorneo al Mercado y voy al encuentro de la “Cotorra del Mercat”, la que destaca sobre su cúpula central. Y luego saludo al Pardal de San Joan: la veleta arriba del retablo barroco de los Santos Juanes frente a la puerta principal de la Lonja de la Seda: el gran monumento del gótico civil valenciano en un conjunto todo apiñado, como lo es, el de los innumerables productos que se ofrecen a diario dentro del mercado a quienes lo visitan, los que se abren camino, bolsa a mano, recorriendo sus calles internas donde todo lo que se necesita allí se ofrece.
.
Son días de fiestas, de la Navidad pasada, del Año Nuevo que se alumbra, de la mesa familiar adornada.

29 diciembre 2008

DE AVELLANAS Y REYES

Sucedió un día no muy frio pero de fuerte viento, cuando una vieja ardilla brincando por los árboles olfateó la proximidad del fuego, y temiendo que se le acercará y le ardiera su cola, inició una veloz huida a través de las ramas del bosque, hasta encontrarse lejos, muy lejos del lugar donde pasaba la mayor parte del año.

Tuvo pues, que abandonar su árbol preferido: un pino de alto tronco en cuyo uno de los huecos guardaba sus cosas más queridas: desde la seca hoja de encina, recuerdo del abuelo ardilla que aficionado a la botánica quería que supiese de sus formas, como también y junto a ella, un par de nueces, los restos de algunas bellotas, también los de castañas, así como unos huevecillos de un nido olvidado a saber por qué motivo. Y hasta una piña pringada de resina en la que una vez manchó sus patas, y confiada en su torpeza, hizo que cayera sobre un arbusto de espinos. Piña que escondió en su despensa, tanto en su propio amparo, como en el de las demás vecinas ardillas del bosque, sus amigas queridas, para que no resbalaran ellas también.

En su huida, una piña piñonera estalló en mil pavesas y una de ellas fue a dar a la cola de la pobre ardilla, lo que la hizo correr aún más aprisa, ignorando el camino al que le dirigía su miedo, que por lo cierto, cada vez era más intenso. Ciega de espanto, cubrió un bosque tras otro en una fuga trepidante a la par que desorientada.
.
Su única esperanza era una estrella en el cielo hasta entonces nunca vista, de la que se embelesó entusiasmada mientras alumbraba sus ojos brincando tras ella.

Se detuvo cuando no tuvo más remedio al fin del bosque que le transportaba rumbo a lo desconocido, cuando ya no tenía un camino. Fue cuando captó su atención una era llena de gente junto a una casita de la que emanaba una mortecina luz.
.
Tras unos saltos ligeros con miradas de recelo, poco a poquito, fue acercándose a aquel lugar, tal era su estado hambriento.

-¿Qué daría por aquel par de nueces dejadas en su despensa? , se preguntaba una y otra vez mientras se relamía los labios tan secos como fatigosos.

Lentamente, llegó hasta el destartalado sitio, aliviándose por el calorcillo que de allí salía, sin que nadie de los allí presentes se percatara de su presencia: un hombre y la que parecía ser su mujer, que cruzaban dulces sus miradas acariciando con sus manos a la vez que con sus ojos a un recién nacido sobre un mullido haz de paja a sus pies.

Un buey tumbado y próximo a los tres, les daba su calor; al lado del dócil animal había un saco de paja que captó la atención de la ardilla, del que salían aromas de raíces tan exquisitas como conocidas, las que hicieron que de un salto en su interior se alojara. Tras el brinco, se perdió dentro de la paja, sin que nadie la viera, atentos como estaban a quien lloraba de forma insistente.

Saciado su apetito y sin una sola raíz dentro del saco ya vacio de alimento, la ardilla asomó su cabeza viendo el gemir del niño, lo que le llenó de tristeza y le encogió aún más su cuerpo pequeño.

Decidida la ardilla, salió de su escondite, acercándose a él, al tiempo que tres Reyes Magos se aproximaban. Quienes saludando al niño se inclinaron a sus pies, al que dejaron sus regalos. Aquello hizo que la ardilla, algo asustada, se girara en redondo, mientras que con su larga cola y de forma casual, acariciaba el rostro del niño tumbado entre heno, produciéndole ligeras cosquillas que le supieron a gozo, pues fue en aquel mismo instante cuando de los labios del recién nacido salieron sus primeras sonrisas ante la alegría de todos.

Por ello, y quizá por la presencia de los Reyes, la ardilla vaciló, asombrada por tan magna presencia, culposa por las risas de niño y ajena a las reverencias; por lo que regresó a su escondite, salvaguarda de su timidez.

Pasaron unos días, casi un par de semanas. Después de una noche de intenso trabajo para aquellos tres Reyes Magos de Oriente, al amanecer, fueron al portal a despedirse del niño. Allí permanecía risueño junto a sus padres y cerca de ellos, el saco donde la ardilla en su interior se despertaba en aquel instante.

Desperezándose estaba, cuando tuvo la sorpresa al observar que entre la paja se hallaba una seca hoja de encina, un par de nueces, restos de algunas bellotas, también de castañas y hasta unos huevecillos de un nido con el adorno de una piña pringada de resina que se le pegaba a la cola.

Con sumo cuidado el Rey Negro cogió el saco entre sus brazos dejándolo al cuidado de uno de sus pajes. Al poco, abandonaron el lugar tras decir adiós a todos los que allí se reunían, llevándose el saco.

Un pastorcillo, atento como estaba, escuchó asombrado una voz imperante de otro de los Reyes, el de cabellos rubios y largos bajo su corona brillante, quien rasgó el cielo con voz imperiosa, sabedor de que entre sus nubes, ella se encontraba:
Estrella! ¡Hazte ver! Condúcenos a nuestro regreso; pero antes llévanos al Bosque del Nunca Fuego Jamás.
.
(De avellanas y Reyes ha participado en el Proyecto Antholgy "especial Navidad")

27 diciembre 2008

NUESTRO AMIGO EL CONTENEDOR

El volumen de la basura recogida en los contenedores de nuestras calles ha bajado, lo que en parte puede ser alentador. El conocimiento de este dato que bien pudiera atribuirse a la consecuencia de que cada vez cuidamos más nuestra línea, preocupados por mostrarla linda y estilizada ante nuestros amigos queridos comiendo menos, no creo que sea por el motivo fundamental de que los residuos mengüen y lo hediondo de sus perfumes se esparza menos por las calles. Por otra parte, nuestra preocupación por el medio ambiente no alcanza estos lares, y temo que sean otros vientos los que corren; por lo que creo que podemos presumir cual es la verdadera causa.

El dato, nada tiene que ver con estas fiestas navideñas en las que todos estiramos nuestras mangas produciendo algún que otro desgarro allí donde se junta con el hombro: antesala de la espalda sobre la que recae el órdago consumista de estos días al que todos recurrimos sin saber jugar al mus. Hay quienes dominan el juego y superarán la cuesta que se avecina, esa que llaman de enero, pero que será de todo el año.

El ya próximo 2009 dará vida a Murphy y sus verdades como puños, siempre en escena, pese a la abundancia de oxigeno que se ha insuflado a la economía, ciencia que por lo visto sólo se aplica a los más fuertes y a los que está a su servicio: Cualquier solución, entraña nuevos problemas. O esta otra: Sonriamos, porque mañana puede ser peor.

Pese a ello: Murphy y sus teorías con aderezos de verdades, no creo que se fijara en los contenedores, más atento a las expectativas, que como suele suceder, cuando se cumplen, únicamente benefician a los de siempre.

Sólo nos queda el recurso de creer en la Lotería, que cuando toca, lo hace sin mediar nadie por cierto; salvo la diosa fortuna, que por no ser católica, cada vez tiene más adeptos y más aún quienes la ven con buena cara. Abocados como estamos ahora a esa “alianza de civilizaciones” en la que la nuestra, seguro, se llevará la peor parte; aunque bueno, siempre los habrá quienes se conformen con la pedrea: esa especie de lapidación pero con tintes de modernidad y visos de asignatura hacia una ciudadanía que por lo visto hay que educar de forma cumplida y actitud adecuada.

En realidad, con menos basura por la calle, la posibilidad de que estén más limpias será gracias a todos, por lo que no hay motivo para tanta preocupación y recelo.

Solbes dice que nos espera un año terrorífico, pero Zapatero augura a corto plazo un mayor incremento del empleo.

En fin, que…”En cuanto se pongan a hacer algo, se darán cuenta de que hay otra cosa que deberían haber hecho antes”, nos recuerda Murphy.

Pero tanto, el uno como el otro, Zapatero y Solbes, estaban a otra cosa en su jornada electoral, preocupados por todos nosotros, pletóricos de bondad, enfundados en sus verdades, borrachos en sus alegrías.

24 diciembre 2008

PAZ Y VENTURA


El
bloc
de jotacob
os felicita a todos,
a los
que lo seguís
con cariño, a los que
entran a su encuentro de vez
en
cuando,
a los que sólo
asoman su mirada
un pequeño instante, a los que
pasan de largo hacia otro sitio más de
su agrado, a los que coinciden gozosos con
su pensamiento y disfrutan de ello, a los que
de
forma
diferente
eligen su camino, pero se
abren a un mundo que es de todos
sin encerrarse en sí mismos, huraños a otros.
A los que ven en la Navidad un lugar de encuentro
que nos una, siquiera un leve instante, disfrutando de ello.
El
bloc
de jota cob
os felicita a todos, y os
desea un año nuevo feliz lleno de paz,
en el que día a día se vayan cumpliendo todos vuestros
anhelos,
felices y contentos,
ansiosos de agradar a quienes a vuestro lado viven, mirándoos a los ojos.
Cuando los ojos hablan, los labios deben quedar sellados,
no hace falta explicación alguna.
F
E
L
I
C
I
D
A
D
=============

21 diciembre 2008

MI ADMIRACION A JOSÉ SANCHO


Admiro a José Sancho, a quien hace unas semanas vi pasear por la plaza del Ayuntamiento y me quedé con las ganas de cruzarle un saludo de amistad.
.
Admiro a José Sancho por la profundidad de su mirada, por la limpieza que la envuelve.
.
Admiro a José Sancho por su libertad, la única existente: la de su capacidad de pensar libre al viento: alejado de lo políticamente correcto que duerme las mentes y las esclaviza, dejando yermo a quien adoctrinado de falsas soflamas, no es más que un espécimen hábilmente conducido, cual títere dirigido por hilos invisibles a los que inconscientemente se conecta.

Y le admiro porque denuncia al opresor que conduce a las masas en su propio beneficio obligándolas a una conducta que no necesitaban: la reconducción de su memoria histórica por sendas de engaños. Le admiro porque denuncia a los progres con tarjetas de platino, siempre cercanos al poder. Y no sólo a la vera de quienes nos gobiernan actualmente, sino como lo hicieran antes, hace ya muchos años: aquellos del blanco y negro con trajes de frac y pajaritas de corbata.

Admiro a José Sancho por su valentía; lo admiro por su oposición manifiesta a una televisión de nuevo cuño, empeñada en alejar de nuestras mentes el mundo real en el que vivimos. Y no sólo en periódicas retransmisiones deportivas o taurinas en días de especial significancia, sino en todas las tardes noches del año adocenando a un público ya adiestrado y servilmente entregado, sea por la televisión, sea por el ancho dial radiofónico que penetra en nuestras mentes por las rendijas del éter.

Admiro a José Sancho por su oposición a la Academia del Cine, organización siniestra, más dispuesta a la catequesis doctrinal que a su defensa de la industria del cine, cada vez más en declive falta de películas de calidad, que nada tiene que ver con los dorados años del cine español, aquellos de los años sesenta.

Admiro a José Sancho por su valencianía, por ser conocedor de sus orígenes sin necesitar de falsos empadronamientos. Por su reconocimiento del verdadero progreso que está llevando a Valencia a un lugar donde nunca estuvo, salvo en su Siglo de Oro, esplendor que muchos niegan, a la par que desprecian el reconocimiento universal de nuestra ciudad, cada vez más visitada desde todos los puntos del globo.

Admiro a José Sancho, porque al ser de mi edad un año menos, puede denunciar y denuncia –por su balcón dorado fruto de su trabajo- tanta mezquindad, tanta mentira como nos envuelve, aceptada por los ojos cegados de quienes entregan sus oídos a los que en la manipulación ven su permanencia en el poder, o en sus aledaños: su única forma de lograrlo.

Admiro a José Sancho porque de seguro nunca se dejará llevar por soflamas incendiarias, por predicamentos miserables, por el velamen de la ignorancia. Por eso le admiro.

19 diciembre 2008

EL VIEJO INSTITUTO


En las paredes del viejo Instituto empezaron a surgir grietas cada vez de mayor tamaño. En su tejado destartalado, las tejas volaban en los días de fuerte viento, mientras que la humedad pasaba a sus aulas creando un ambiente frio, desangelado, lleno de peligros ante algún que otro desprendimiento sobre el patio interior del centro.

De forma inmediata se cerró el edificio, y llevaron las clases a un antiguo convento abandonado en los arrabales de la ciudad con la esperanza de solucionar lo antes posible los daños del viejo Instituto. En éste, quedaban desamparados su claustro de bellos mosaicos, su patio abierto repleto de bancos en torno a una fuente, una capilla situada en uno de sus lados, junto a una magnífica biblioteca en su ángulo, del que por una escalera a las dos plantas, se llegaba a las aulas. Aun quedaba la parte alta, con una torre cuadrangular a cuatro aguas: una especie de desván lleno de trastos viejos y desvencijados en el que se anidaba la humedad.

La restauración pensada para un solo curso escolar se hizo eterna, pues hicieron falta cinco largos años para que el viejo instituto pudiera reabrir sus puertas. Llegado el día, supuso una gran alegría para los alumnos, así como para el profesorado. Menos para el de Literatura, que cuando vio que la Biblioteca estaba vacía de libros, mentó a los diablos, a pesar del esplendor que mostraban las viejas estanterías, impecablemente restauradas.

Alguien alertó al profesor, y éste subió rápido a la torre en la que estaban hacinados, destrozados, humillados, todos los libros para él tan queridos. Quedó el maestro estupefacto viéndolos incrustadas unos a otros sus tapas, mientras se doblaban sus hojas manchadas de pintura, de yeso, así como dolorido al ver tantos lomos sueltos, perdidos por el suelo: tal follaje amarillento repleto de cuadernillos sueltos de los que salían hilillos: regueros de sangre seca, muestra de la indolencia. Era como un ingente calvario tan desmochado como ridiculizado.

En el techo, se dibujaba la señal de una gotera que había martilleado a un antiguo ejemplar del Quijote: una de las piezas más preciadas del Instituto, regalo de un viejo librero agradecido a sus años de alumno entre aquellas paredes, que al cogerla con sus manos el atónito profesor, vio como la pasta de las tapas se diluía entre sus dedos.

Pasaron los meses, y ya en su final el curso los libros de texto comprados por los alumnos estaban tan nuevos como el primer día de clase, sin que nadie hubiese abierto sus hojas, ni siquiera por una sola vez.

Hoy, aquel profesor, pasados más de treinta años y en su recuerdo, está orgulloso de aquel año en el que instó a sus alumnos al traslado de todos los libros a la biblioteca, alentándoles a que los tocaran con mimo, con suave cariño, así como motivándoles a su limpieza y cuidada restauración, para que debidamente ordenados después, quedaran en la biblioteca a disposición de todos. Con esta enseñanza completaron un curso en el que el amor a los libros fue el mejor de los logros, logrando nota alta todos sus alumnos con gran algarabía familiar.

Han pasado los años, y el profesor, aún en la docencia, recuerda con orgullo tan genial tarea, mientras se hace la pregunta de si hoy pudiera llevarla a cabo, seguro de tener en contra, no solo a los inspectores públicos o a la asociación escolar, sino también a los mismos padres molestos de cualquier abuso a sus hijos. Como también ajeno a las colaboraciones de estos, reacios a ello, quienes a eso de escaleras arriba y escaleras abajo se opondrían al esfuerzo, ausentes del amor a los libros, que como a tantas otras semblanzas que se les pregunta, cuando no saben las respuestas, siempre te contestan lo mismo: que… “eso no está en mi libro”.

(“El viejo Instituto” es un relato que ha participado en el 40º Proyecto Anthology. Tema: Libros)

15 diciembre 2008

08 diciembre 2008

JUAN TARDA, LA RAZÓN DE UN IMBÉCIL

Dentro de cualquier imbécil -alelado y falto de razón, según el DRAL- se puede esconder la más profunda de la ignorancia. Sin embargo, en ocasiones , sucede que por el destile de un más que cierto absceso propio de una mente enferma, cuya única razón se esgrime en el intento más bajuno de dar de comer a quienes acuden voz en grito al pesebre que les alimenta, la ignorancia surge y se presenta mostrando su lado más infame, su primate salvaje.

Juan Tarda, el Diputado español que cobra de nuestros impuestos - condición a la que voluntariamente se ha presentado- en su soflama incendiaria de ¡Muera el Borbón! no lo hace como fruto de un (des)conocimiento de la historia de la que se sirve después de adulterarla e inventarla a su modo. Ni siquiera llega a tal exabrupto, harto de vino, con un elevado índice de alcoholemia, después de la asistencia a un botellón de aguardiente rancio y peleón que le hubiera servido como gasolina en un acto reivindicativo de la propiedad ajena, cuyo delirio, en este caso, sería su mejor coartada.

Tampoco, el psicópata Diputado, llega al culmen de su paranoia como consecuencia de uno más de sus habituales desvaríos, de cuyas sensaciones orgásmicas goza con prontitud, por mucho que su eyaculación precoz producto de su promiscuidad insaciable no le de el goce de un acto sexual tranquilo, relajado y pleno de satisfacción.

Tampoco la arenga de Juan Tarda ha sido la propia del valeroso y noble líder que voz en alto y a pecho descubierto está dispuesto a la contienda, incluso a dar su vida si ello fuera necesario luchando contra la injusticia, o por la obtención de un noble ideal que pudiera llenarle de orgullo con la grandeza de la mano tendida y la ausencia de odio.

Quizá su pelo largo y acaracolado sea el culpable de la ausencia de una adecuada ventilación a su hipocampo, al que con seguridad sustituye el bosque de sus cabellos convertido en masa cerebral, en este caso al exterior y por lo tanto victima de la intemperie, lo que seguramente es la razón de osadía semejante, de la que, no obstante, algún fiscal tendría que salirle al paso.

Tanto su condición de aforado, o su pelo rizado, como germen de ensayos de pobre calado, puedan servirle como defensa a su desatino, pero su soflama incendiaria de ecos bélicos, ese tirar la piedra y esconder la mano, tan necesitada como la tiene para cobrar todos los meses de las Cortes Españolas, más parece el pozal lleno de salvado y algo de bellota de escasa calidad dispuesto a verterlo para los que a él acuden.

05 diciembre 2008

¿TE IMAGINAS?

La de cosas que podríamos hacer si estuviese al alcance de nuestras manos el poder mover el tiempo a nuestro albur, a nuestro deseo ahora inalcanzable. ¡Daríamos tanto por ello!

¿Te imaginas? Te imaginas que fuera posible que con nuestras yemas, final de los dedos, tan sonrosadas como envejecidas, pero jóvenes de ilusión, que fuera posible al accionar la rueca sobre nuestra muñeca (seguro que temblorosa) a que nos llevara a un viaje atrás en el tiempo?

Atrás en el tiempo tirando de su eje por un simple clic y que después, al rodar su corona cromada iniciáramos un viaje atrás gracias a nuestro reloj tornando lo andado. Unas sencillas vueltas hacía nosotros mismos y que lo hiciera factible, siquiera por un breve instante, revivir nuestros recuerdos: esas reminiscencias que pululan en nuestro ensimismamiento guardado entre azúcares, indeleble al tiempo.

¿Te imaginas? Indelebles al tiempo; por ejemplo: volver a vivir aquel primer instante del beso furtivo, el del cálido y tembloroso roce de labios desconocido hasta entonces, dejado por primera vez en quien te hacía vibrar solo por el cruce inocente de una mirada, almibarados los dos por una inocente pasión?

¿Te imaginas? O en aquel otro repentino, el del primerizo desnudo integral fijado en nuestras retinas que, cegadas por las cortinas de unos cándidos párpados, hacía abrir como cántaros nuestros ojos, tal grandes ventanales “gloria in excelsis” al altar mayor de la catedral que excitaba nuestro ánimo?

Instante turbador aquel, el de la alborada al deseo, en el que ahora nos gustaría recrearnos cuando las neblinas del tiempo difuminan un pasado del que pervive su huella. Huella de efímero canto lastrada por la nostalgia, pero que merced a un inquebrantable deseo sigue latente en nosotros.

¿Te imaginas?

03 diciembre 2008

LAS GÁRGOLAS DE LA LONJA

Si las gárgolas hablaran, ¿qué nos dirían? Por si acaso, voy a su encuentro y les pregunto por su mirada al tráfago desde lo alto de sus aleros.

Y voy a ellas interesado como estoy por sus cuitas en torno al mercado, al que con ojos escrutadores y bocas abiertas fijan su atención ante cualquier escena que bajo sus miradas se produce. Envueltas en halos de lujuria, a la par que de cuerpos demoníacos pletóricos de irreverencias. Allí permanecen, y que pese estar ajadas por la erosión del tiempo, siguen atentas merced a la expresividad que dejara el autor cincelada su obra; como la de su alma, símbolo pagano logrado por los años anidado en ellas. ¿Mira que si hablaran?: me pregunto.
De seguro que no se les ha escapado ninguno de los detalles bajo en la plaza, y en su fuero interno, duro como la piedra, los tienen memorizados desde el quattrocento de su construcción.

Hoy he querido saber de ellas. Ha sido un día de azul suave y ligeros algodones, algo frio, en el que su gélida sensación no ha hecho mella en mi cuerpo, embriagado al escuchar sus enredos de vecinas frenados por el murmullo del mercado y el azote desarraigado de los coches, los que instaban a concentrarme con la mayor atención. El sol, ya iniciada su huida, dejaba sus besos en la fachada de la Lonja, la única causa a mi favor que me permitía observar tranquilo y placentero, tanto el perfil de sus cuerpos, como la claridad en su bocas, tan groseramente abiertas.

Por sus figuras animalescas, algunas aladas, igual parecen bufones a pie de las almenas, cual guardianes del amplio salón, el columnario de la Lonja, lugar que fuera de saraos de la nobleza valenciana a la que mostraban sus irreverencias cuando pasaban bajo ellas; guisa en la que persisten impenitentes, tras reciente restauración.

He escuchado de sus bocas, llenas de desparpajo, y por ellas he sabido de su puesta al día ante la actual crisis, y en especial de las quejas en la subida de los ajos, que por su alto coste, priva su añadido a las ricas sopas de cebolla hechas al fuego lento de la vieja cocina, la que no sabe de prisas, éstas que tanto aumenta el estrés al sufrido ciudadano. Estado de excitación que agrada a las gárgolas, al tiempo que sonríen viendo sufrir a la gente, tal es su demonizada actitud.

-¡Qué queda del pudor- preguntaba sobre el arco ojival de la puerta principal, en cuyas arquivoltas pequeñas figuritas nos alertan de los pecados del mundo, un ángel custodio, atónito por las minifalderas de ombligos abiertos que pasean ante sus ojos, tan lejanas de aquellas mujeres que cruzaban hacia el mercado cubiertas de largos faldones manchados de barro las más de las veces.

Un diablo desde lo alto del Torreón, atento al párroco de San Juan, seguía sus pasos ligeros, mofándose voz en alto cuando vio que el cura sufría un pequeño traspiés al limosnear en el mercado.

Tan solo me percaté de estos ecos, más que suficientes que despejaran mis dudas. Mas en todo lo alto, torneando con mi mirada tal joya gótica valenciana, las sucesivas gárgolas, símbolos del lado más oscuro de la humanidad, soeces y paganas, se alertaron de mi presencia. Fue entonces cuando una de ellas me sonrió, mostrando sus genitales como diciéndome aquí me las des todas. Atento a su osadía, el zoom acercó su gesto a mi máquina: el que no he dudado en captar, por si el oprobio es merecedor de mi denuncia ante la guardia municipal.

A mis preguntas sin respuestas, alzándoles la voz, sonreían jocosamente con sus caras ladeadas y guiños en los ojos, dueñas de su fortaleza, refugiadas en sus dominios:

-¿Qué querrá este paseante- Se preguntaron todas a una voz- tan atrevido, tan indiscreto y tan preguntón?

29 noviembre 2008

A CUATRO MANOS

-si si, flotar... es lo mejor

- flotar o libar?

- ah!!! flotar libando es lo mejor !!!

-eso, eso

- de flor en flor

-sin que los chanchos también vuelen

- y con los zorondollos al viento

- y las feróbulas rondando

- inhiestos lo estropujos

- mientras ella le amelama el ectopusio

- y las eteiras entrando por las ventanas

- o ventea la clofinanda

- y los glocosomas rechinando en los perpoloreos de su plaxon

- mejor que las afanoidas ciclopeen por los argácnidos que polulan por los ciclomatos aventados de salipondios

- y que no se entremezcleptoreen los inconclupsios

- ni que se estropicien los pinaculandos estropiciados por unos aventroides que sucioniponan los polardos

- así es mi extrenco; cuenta la liperlúpula que los estropicicados encorjorean sus encractaciones

- y narra la paniforma que obserfando los misonfrotos de las asperigias olaginosas en una noctámbula luniforme de septrional hemispárico borealino

- concurretaban las inmisinsomres a estremular sus albaresures

- y tres mangorfos magiconiformes coleteando una estreniforme borealdina lueciendosa llegaron a un panal de rica miel

- mielosa y conjundente

- astreniente y cañondante capitanisonda o sargenmíndica o soldapinosa cuartelera, ¡qué más da!

- náculas de la nose, náculas... siencrecientes náculas

-sapiences de los alumbráculos que ilumicanean por las avernaculas cenaguitosas donde farfullan las mandragosirdas antes de dar a luz?

- no he invernaculado en ellos, pero sospechuzeadamente creo haberlos visto pasarundear

- a mi me alertarefaron de su presenfqando cuando una avellicanda me lamistrofo las orejerdasalinosas recien salido de la ducha?

- pero hubiese cerrado la ducha hermano!!!!

- afora estoy muy intrigando necesitanfondo acudir a un diccionarifondo para ver que me has dichipondo porque no me enterindo de nada ¡¡¡

- ni lo pretenduzcas con las incoluminadas altraletras

- osas faradudar de mis fardatitudes ?

- si de fardatitudes hablamos, sería correspondunten fraternizarum

- fraternicemos herminios que el caminisostro iluminicondio que no esperantiza puede ser interminitentemente fecurundoso

- fecurundosum ha de serum si las incompletruses y los irregulicularis son debericularmete resperecutados

- por misenda solo navetonda la más respetisonda y gratalisois de una agratabilis conversacinonda purafinte conceptual

- lo del purafinti es tan aconcorde, tan deleuzianararamenete

- tan deliciosavanda, tan frescolandia conversanda llena mi orguñindo de un sabor dulciplente y provocarador

- me ha de guelto a mis hemistraferios cortaZar y anos, cap 68,

- una reconclusa de los alboreales estreptores del lenguaje

- de rafuelas y magastondas arracimiladas en las ramastras de los laurefes perfumidos de sándalios y mitropos

- de imperatovius y de mielanzas, de la venusitaria conspicuritación de la cintaxias

- me enfanta este ensallo langeriginoso tuneados por uno dediformes artitrosicos que acarminian las teclas de mi meplado

- como le explicativa que piquitiñiteros arribarban a este plenipopsio del la lenglualungalarga

- ?

- sin tac tica, y táctil

- es muy pácil, estrojando los perillofordos alumbricados por un fanal de aceitosa malindre producto de una urdimbre impardible de entendio

- porque no dejas el hebreo y me hablas en hebreo?

- asi lo han recoluntado, y abrujo mi estiporea cabezera

- perdonicio en arameo

- permitisiome una gripe carcaja jajajaajaj

- pera

- manzana

- listópopulis

- encantando fues

- nujes, vecinepura, solidarialamos

- estubapes en sontactus perceptum de lengualaris

- no te farea tan desmermelada constriñacion producticia por una meslanconza de nefesuria mistración?

- jamaleres

- ecrucipta ud.?

- esperipondia pues a que me desletree de tanta melindrosa juriconstulsticia y discilente evocaxición llena de ternera y sarmiente dulzura

- perifélicamente comprensuro

- pura capacitanda de síntesis

- si seór

- Los faraones no saben lo que se perdieron

- a la sin tesis la pre vienen la observación y la a tesis

- la constipación

- no me preocupan tanto los faraones como los terraqueos operantes

- muy buena la de la constipación!!! brindo por usted !!!

- a mi más las ninfas virtuales adicta al medionet indescuberto

- ah! si de ninfas hablamos, traiga nenúfares... que son más míticos y bellos

- fracias por tu grandilocuencia y generosidanda que me ha pasibilitado unos de los fatos mas perifollados de mi larga vida conventual

- nada de fracias... que desmeyyo

- pero estaría guenaizo saber quién sois, no perder contacto letral

- ni demeyas ni minuslovaras dado tu masivondio grado de locuacidad y diáfana entendedura

- entendederas las que van en alpargatas

- haste un lado, vete... correte del teclatecla, y deja que el hombre diga si puede o no no perder contacto

-soy un vulgar tecleador de fistorias y imaginosos correletivos que no oferteniza la silfide vida que nos oblipondia a suprir

- chungo a la una, churri a las dos, chimcha a las 9

- chungo...churri...chimcha...

- ¿dicha o desdicha?

- desdich.net

24 noviembre 2008

CALLEJÓN SIN SALIDA

“Haberlos, haylos”, como las brujas. Situado en el túnel de mi vida, buscando una salida hacia alguna parte, parece que no la encuentro. El suelo es de asfalto -mi pasado- ¡para qué buscar sus raíces! Vano intento.

¿Sus paredes? Están húmedas, negruzcas, muertas de vida en la desazón de mi silencio. Camino, busco, pero ni una tenue brizna de aire -mi futuro- alivia de forma grata mi rostro. Los SOS son puntos rojos inservibles. No funcionan. Ando por un arcén y me paso al otro. En el zigzag, me doy cuenta del peligro de quienes hacia mí vienen ignorantes de mi presencia.

Insisto, busco la luz, pero no la encuentro, debe de estar lejos; es el momento en el que me acerco al final imaginario (eso al menos creo) el instante que desde la oscuridad percibo su sordidez, su orgullo. Ahí sigo, sin saber si continuar en mi desamparo, o luchar hasta el encuentro de una señal que me ayude: empeño al que me decido.

Añoro las noches cerradas de libertad que me permitían aspirar profundo, gozar de suaves aromas, extasiarme en sus placeres. Pero me doy cuenta de la ausencia de aquellas estrellas errantes, generosas en su dulce lluvia, que me daba vida y brío al humedecer la juventud de mis cabellos.

Es, sin embargo, la misma lluvia que ahora llega a mí, pero filtrada a través de la tierra dura, prensada, que forma el caparazón que me encierra. Son como gotas de barro que ensucian mis ojos. Es como si buscara sonidos que alivien mis sentidos, mas sólo me llega el eco de lo inútil. Más bien es, como un “zumba zumba” que me golpea, que me acosa, pero que nada deja, porque, en su inconsciencia, pasa de largo alejándose de mi piel.

Es cuando te encuentras solo, sin brazos a los que sujetarte. Es entonces cuando utilizas lo único de que dispones, la imaginación que, blandiéndola, vence a las tinieblas.

Ya estás fuera del túnel, enfilas el ribazo, ya todo es diferente, y gozas el instante. Sientes la brisa, el airecillo, y te dices: ahora sí, ahora es cuando sé de mi camino. Bajo mis pies sólo quedan las hojas muertas del otoño. Y sobre mi cabeza, fijándome en lo alto, un anhelo: el fogonazo de una ilusión, sendero arriba, que me regale aromas de sándalo, de hinojo, de menta y de laurel.

20 noviembre 2008

SUS DEMONIOS

La jovencita de pelos largos, labios apretados, ojos escrutadores y sonrisa fingida, de vuelta a su casa, descubrió sin el mínimo interés que su madre había olvidado el móvil en el banco de la cocina: la música de Greese y su ritmo pegadizo hizo que lo acercara a su oreja, no sin antes echarse atrás un mechón de sus cabellos, aunque igual hubiera preferido dejar aquellas cortinas cerradas.

-Hola, Joana, llamo porque tu madre ignora dónde ha dejado el móvil y tiene el temor de haberlo perdido; ya sabes, siempre con sus despistes. Cree que lo mismo se lo ha dejado en casa y para comprobarlo te estoy llamando. Bueno, creo que te ha dejado algo en la nevera, cena y no nos esperes, pues llegaremos tarde. Un beso y acuéstate pronto, y nada de portátil, que luego me entero.

Joana dejó el móvil sobre el banco, no sin antes desconectarlo pese a lo mucho que le gustaba el timbre de su llamada. Sólo eso.

Nada podía alegrarla más que el verse sola en casa, con varias horas por delante, sin importarle un pepino lo que le había dicho su padre. No era la primera vez de hechos semejantes. Cinco minutos después estaba delante de la pequeña pantalla, sentada en su cama a la busca de juegos online en el Google buscador. Al poco, y gracias a su pericia, estaba inmersa en un juego descubierto en ese instante cuyo único objeto era apoderarse de pequeños muñecos que salían por todas las partes de la pantalla, cada uno de color diferente, pero, casualmente, idénticos al que tantas noches le acompañara desde su más tierna infancia: uno con forma de estrella, sin cabellos de los que adornarse, pero de boca mimosa, ojos alegres y sonrisa abierta, que a pesar del cariño que por él siempre tuvo, lo tenía abandonado en el desván. Como si lo arrojara a un pozo profundo sin la intención de recuperarlo. Su lugar, lo habían reemplazado los diversos juegos, regalos de su madre, y que con el beneplácito de ésta se entretenía Joana sin la necesidad de hablar con nadie.

El contador del juego avanzaba a gran velocidad y los muñecos, tal y como salían de la pantalla eran devorados insistentemente por una boca hambrienta dirigida por las yemas de sus dedos, tan insaciables como hábiles. Dominada la situación en aquel foco de luz, aquella especie de caza moscas salía de su contorno, y como la ratita que se refleja desde un espejo, corría veloz por las paredes de la habitación buscando sus fiascos ocultos en los rincones de su alcoba, aquellos en donde tantas veces había alojado sus frustraciones. En su recorrido voraz, a la intención de acabar con ellos se le unía el deseo de que aumentaran su número, mientras que con su arma de la consciencia luchaba sobre su inconsciencia camino al triunfo final.

Más que victoria eran deseos, y más que deseos, demonios huérfanos de respuestas.

(“Sus demonios” es un relato que ha participado en el 39º Proyecto Anthology. Tema: Videojuegos)

16 noviembre 2008

DE ESPALDAS AL GUIÓN

Iñaqui Arteta, director de cine, con su película “El infierno vasco”, ha llevado a la pantalla el testimonio de unos personajes representativos de la sociedad en que viven; o en la que vivían: ese trozo entrañable de una parte de España y que hoy es considerado como el de un infierno para los que en él pasan sus días. Por razones de todos conocidas, muchos vascos han tenido que refugiarse fuera de su tierra, renunciado a un pasado del que se han visto obligados alejarse, acomodándolo en sus mochilas rumbo a otra parte.

Otros, aún peor; con la pena compungida de haber perdido seres queridos, unas vidas segadas por una pandilla de miserables que, a la postre, son vitoreados por el sector más detestable de un pueblo que tiene de vascos lo mismo que de españoles: nada. Por sus obras los conoceréis, dice la cita bíblica. Y de sobra son conocidas sus tropelías por todos aquellos que tienen algo de decoro.

Iñaqui Arteta, nos deja pues, el testimonio de unas vidas mutiladas que claman por su desamparo, como el de aquellos que denuncian las vejaciones a que son sometidos por sus vecinos, alentadas por un lendakari que, a lo suyo, mira hacia otra parte. Sólo los que alientan el tiro a la nuca y la extorsión campan por sus anchas, dueños de las calles de las que se creen amos y señores.

Mientras tanto, Iñaki Arteta se lamenta de la respuesta negativa que le han dado la treintena de actores de primera fila a la oferta de prestar su voz a la película; lo que retrata a este clan, no sólo como personas, sino que elimina también en ellos todo rasgo de buena voluntad, por decirlo suavemente.

Son los mismos que no dudan en lanzar soflamas incendiarias cuando se trata de denunciar hechos no probados, cuando ejercen su despreciable sectarismo, cuya interpretación alcanza el mayor grado de perfección, cuando con sus sonrisas y vítores perfumados de glamor, tratan de ocultar su mezquina actitud, la de ser portadores de sus estómagos agradecidos prestos a la subvención, y siempre al pie del cañón para las veces se les requiera en aras del enfrentamiento.

¿Dar ellos su voz en un largometraje que denuncia el terrorismo y muestra el dolor de los que sufren sus consecuencias? ¿Será porque no lo exige el “guión”?

Sin embargo, son los mismos que en los años del destape, los del despendolo, sí que lo hacían de forma generosa, y que por lo visto, aún siguen dispuestos a las exigencias del mismo. Pero en este caso, de la procedencia del guión, todos conocemos.

11 noviembre 2008

LA REINA, MUY DE CERCA

Al hablar en caliente se corre el peligro de convertir al hábito en un craso error. Es cuando hierve la sangre, sus brumos se expanden, se hinchan las arterias y el despropósito sale forzado al exterior, desde el fondo oscuro del atolondramiento, o de lo más hondo de la miseria humana. Corresponde pues, a cuando lo que se dice se hace a la ligera, o cuando se habla con la intención de hacer daño, sobre todo a las personas de las que nada se sabe, ignorando o silenciando sus méritos y buen hacer de gran dama, como es el caso.

Pasado el alboroto de los de siempre, el de los que ante cualquier circunstancia a la que puedan hincar su hediondo diente repleto de pus lo hacen sin demora, no sólo les queda la satisfacción biliosa escondida en su vientre, sino que están al acecho de una nueva dentellada que les haga engordar sus miserias.

De nada sirve que una persona respete toda orientación sexual sin que nadie pueda acusarla del más mínimo menosprecio hacia aquellos cuyo brazo de la balanza se ladea con mayor fuerza hacia uno de sus lados, cualquiera que sea, venciendo de forma clara esa doble inclinación que todos llevamos dentro, en mayor o en menor grado, y que será el que decida la condición sexual de cada persona. Sea desde su nacimiento o por las circunstancias de la vida, porque el derecho a escoger el camino de cada uno se inicia justo a partir del momento de poner los pies en la tierra, una vez se hace innecesario el bastón que nos protege de la gravedad. Camino que cada uno aprende a superar venciendo sus vallados, o eligiendo el de los atajos.

Y nada hace suponer que Doña Sofía, nuestra Reina, Reina de todos -porque ella así se ha ofrecido, sin que nadie pueda acusarla de lo contrario- sea irrespetuosa con el homosexual, sin que lo desdiga su opinión contraria de que el legitimo derecho a la unión de dos personas del mismo sexo, tenga que reconocerse como matrimonio, cuando, opiniones aparte, ello no lo es.

Es, no obstante, una unión legitima y puede y debe denominarse de cualquier forma menos de la que no le corresponde, sea aquella producida por lo civil o por la libre decisión de vivir juntos sin ningún tipo de lazo contractual. ¿Acaso la imaginación se ve anulada para encontrar la palabra adecuada? Algo de esto debe de ser.

Ser dueño de uno mismo, sin dejarse influir por los del recurso tan fácil como miserable, es la mejor receta para llamar al pan, pan, y al vino, vino. Sin embargo, la explosión manipuladora de lo políticamente correcto que nos atosiga, deja poco margen para ello.

Que una gran dama sea puesta en entredicho por una charanga de tamborileros del tres al cuarto, sólo lleva a estos al ridículo de sus bravatas, aliviados, eso sí, porque con su intención de hacer daño, incluso se convencen de haberlo logrado: tal es la simpleza que les inunda.

Nada de prisas pues en los exabruptos, que lo caliente escalda, a pesar del placer que les procura a los masoquistas que tanto abundan.

08 noviembre 2008

VOCACIÓN


Como lo habían sido su abuelo y su padre, Ismael es el sepulturero de Torrezno, un pueblo serrano cabeza de partido, situado en lo alto a pie de un peñasco, a cuya espalda y tras recorrer un angosto camino por muy pocos metros, se halla el Cementerio, lugar donde él y su familia residen.

Casado con Cesárea han tenido dos hijos varones que llegada su mayoría de edad han abandonado el pueblo. No iba en ellos seguir con la profesión de su padre y mucho menos vivir en aquella casa, vivienda en la que vinieron al mundo, pero que supuso para los dos una juventud llena de miedos.

Sin embargo, Ismael, no sólo es feliz con su profesión, sino también con su casa, en la que todas las noches, antes de acostarse, sale a pasear por el interior del Campo Santo sabiendo de todos los que allí reposan sus cuerpos. Algunos por haberlos enterrado él mismo y otros, los más antiguos, porque sabe de sus historias, muchas veces oídas, tanto de las bocas de su padre como de la de su abuelo, quienes también allí juntos descansan.

Para Ismael todos los días del año significan lo mismo, menos el “el día de las almas”, el día del año que encuentra más especial, como también lo había sido para sus predecesores directos. Llegada la noche de ese día, como en todos los años, y justo cuando oye las doce campanadas que llegan de torre de la Iglesia, abre el nicho y durante un buen rato mira atento en su interior recomponiendo lo mejor que puede todos los despojos con el mayor de sus cuidados. Y tras sellar el mármol, vuelve a su casa, no sin antes lanzar saludos a lo largo de todo el trecho, a todos los conocidos que encuentra a su paso.

-Qué tal están- le dice Cesárea que le espera sentada y leyendo un libro.

-Bien, muy bien, me han dicho que hasta el año que viene, y que te mande recuerdos.


(“Vocación” es un relato que ha participado en el Proyecto Anthology especial. Tema: Halloween, el Día de los Difuntos)

05 noviembre 2008

¿CHURRAS O MERINAS?

Bueno, no es lo mismo, pero al menos, cuando nos referimos a ello, sí sabemos de lo que estamos hablando: bien en el caso de prestar nuestra atención al hombre público, o en los casos en que lo hacemos -ignórese la causa- sobre la mujer pública, que aunque el calificativo que se les aplica define lo mismo, ignoramos cual es la circunstancia que lleva a la semántica a jugar con los sintagmas con la misma ligereza que un niño chatea por internet.

Por eso no es de extrañar, que cuando nos referimos a que un hombre público se encuentra con una mujer pública, no nos viene a la mente ninguna reunión de trabajo tratando de llegar a algún acuerdo para que el deseado trasvase de un rio a otro sea una acción solidaria en beneficio de la zona seca, sino que pensamos, más bien, que el hombre político, aprovechando uno de sus desplazamientos a la capital de la corte (pongamos por ejemplo) no es que trate de llevársela al rio para ver su caudal, sino más bien dirigirse a la habitación de su hotel con la torda de turno, o sea, con la mujer pública.

Son la cosas de la política que en estos días nos interesa más que nunca por culpa de la dichosa desaceleración, que por los visto toda la culpa es de los americanos, mejor dicho de Busch, el hacedor de guerras, duelos y quebrantos y que por lo visto y por sus torpezas, nos arruina a todos. A ver quién es el guapo que ose opinar lo contrario y tenga la desfachatez de enfrentarse a los políticamente correctos, quienes verán aumentadas sus razones cuan vean que un posible Plan Marshall nos vuelva a pasar de largo.

Eso sí, la esperanza es lo último que se pierde y en esta noche electoral americana, y ya Busch fuera de la Casa Blanca, en la que dicen las encuestas habrá un nuevo inquilino, cuyas ideas, como todos sabemos, serán de otro color, la posibilidad de que la desaceleración toque fondo y nuevos “formulas uno” se hagan dueños de los circuitos económicos, hará que recuperemos los ánimos, bajen los parados, suban los sueldos, se acelere el consumo, se frenen las hipotecas, suba la bolsa, baje el IPC, se incrementen las pensiones, nos den otra vez 400 euros (bueno, a algunos) y que el cuerno de la abundancia lance su tururú con los sones deseados de cualquier marcha triunfal.

América que nos pilla tan lejos, con esto del Internet parece que sea nuestra vecina de al lado, de la que parece ser sabemos todo, aunque la verdad sea dicha, sólo lo que nos cuenta, que como es natural, será lo que le convenga.

A mí, particularmente, eso de que los demócratas y los republicanos estén enfrentados, no alcanzo a comprenderlo. O sea, si eres demócrata no eres republicano, o al revés, si eres republicano no eres demócrata. Che, un lio. Con tantos hombres públicos, mujeres públicas, republicanos y demócratas, cada uno por su lado y todos haciéndose la puñeta, cada vez lo entiendo menos.

Lo importante es que la suerte ya está echada y a altas horas de la noche se sabrá el resultado electoral. Yo ahora me voy a dormir, que mañana será otro día y habrá que empezar a engalanar las calles a la espera de la ayuda deseada. Buenas noches.


01 noviembre 2008

TENÍA QUE DEJARLE MARCHAR

Desde el punto en el que nace la creencia de que la vida puede ser maravillosa hasta el del temor de que nos puede representar en un breve instante el más dramático de los sucesos, existe un extraño trecho llenos de curvas de escasa visibilidad en cuyo punto medio, el de la virtud -como suele decirse en los casos enfrentados- presenta el aspecto de la carnavalesca máscara veneciana, la que se muestra gentil de cara pero de revés trágico: el de la maleza de sus cabellos, donde a veces se esconde la mayor de las tragedias.

Las carreteras, que en su utilidad sirven para unir a los pueblos, lo hacen a veces por terrenos sinuosos de secos barrancos utilizando torrenteras no aptas para su principal cometido. Como es el caso sucedido entre dos pueblos cercanos, un pequeño, muy pequeño, y el otro en continua expansión empujado por un turismo hambriento de playas famosas que lo hace crecer, donde la existencia de un trecho que les une hace que puedan estar unidos.

De corto recorrido, su tránsito no es importante, por lo que es un camino resuelto al olvido, salvo en los casos que suceda algo como en este caso terrible. Ese extremo que nos ofrece la vida que, aunque escondido, aparece hartas veces.

Y en él me la imagino aupando a sus dos hijos a un lugar seguro donde las aguas no segaran sus vidas, la que también ella necesitaba para salvarlos de la muerte.

Todo sucedió muy rápido, como siempre suelen suceder estas cosas. El agua, de repente, surgió y se hizo dueña del habitáculo donde iban la madre de veintiocho años con sus tres hijos, el pequeño de pocos meses, sentado en su sillita y los dos mayores de seis y ochos a los que a ambos sí pudo sacar del coche. Y tuvo que tomar una decisión cuando vio peligrar sus vidas fuera de la ratonera, las de los dos mayores que se los llevaban las aguas como también a ella. Todo sucedió fugazmente: cuando vio el coche inundado y sin nada que hacer por la vida del bebé que en su interior permanecía ignorante de lo que allí sucedía.

-Aún pude despedirme de él, y decirle que me sabía muy mal, pero que tenía que dejarle marchar entre las aguas. El agua nos quería llevar a los tres, aunque pudimos salvarnos –nos dice la madre cuando narra los hechos, llorosa y compungida.

Despedida a su niño que nunca olvidará, rota como roto ha quedado el camino por donde iban en su coche, lugar por el que cada vez que pase será el del recuerdo de una despedida a la que se vio obligada en aquel instante.

Sin embargo, el consuelo de haber salvado la vida de sus otros dos hijos, contribuirá a su fortaleza, la que por desgracia nunca será el punto medio donde reside la virtud, flanqueado éste por lo terrible que nos depara la vida a veces y lo maravillosa que nos resulta en otras. En este caso, el punto medio, que no el de la virtud pero sí el de la desventura, será el existente.

(“Tenía que dejarle marchar” es un relato que ha participado en el 38º Proyecto Anthology. Tema: Despedida)