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26 septiembre 2008

NI SIQUIERA CERA

Todas las noches, antes de acostarse, Pedro se recreaba en su aseo personal porque quería descansar su limpieza entre el calor de las sábanas. Con un bastoncillo y sumo cuidado se limpiaba el interior de sus orejas, y con la misma atención y cariño guardaba el cerumen en una cajita de caña de bambú adquirida en una tienda oriental. Pasado un tiempo, una vez llena a rebosar, la aceitaba con su saliva y la cubría con un trozo de tela de lino. Finalmente, la tapaba con una lámina fina de corcho y con unas gotas de lacre la sellaba guardando en su interior lo que era una parte de él.

Pedro se hizo un hombre mayor. En una pequeña hornacina dentro de su baño, vestida de plata, había conseguido reunir en sus estantes de cristal una batería de cajitas, las más antiguas de caña. Le seguían en el tiempo unas aromáticas de madera de sándalo y las más modernas de metal: unos pequeños cofres cerrados, ya no por el corcho, sino por su misma tapa, la que sellaba esta vez con cera virgen adquirida en un mercado de especias cercano a su casa.

Su pasado, dejado a zarpazos en la calle por los jirones de la vida, se mantenía intacto en el interior de su capilla idolatrada, donde, en su ritual, había ido, día a día, guardando la más pura esencia de sí mismo: la única capaz de preservar dentro de su particular sacristía. Se había decepcionado tantas veces en el transcurso de su vida y eran tantas las cosas que se difuminaban a su paso sin dejar el más leve rastro, olvidadas en cualquier rincón ajeno a la luz, que fijar su huella en este mundo no era para él como una obsesión que le hacía esclavo, sino por la veracidad de su existencia cuyo poso deseaba perpetuar.

Pasaron los años y ni siquiera sus achaques de anciano lograron poner fin a su afán de todos los días. Con sus tembleques y su mucha paciencia, todas las noches hurgaba en sus seniles oídos, extraía algo de su ya poco cerumen y lo guardaba untuoso en una pequeña cajita, ahora de cristal. Pedro sabía que su final estaba cerca. Sus fuerzas, cada vez más escasas, era el más certero de los presagios y el dolor se adueñaba de su cuerpo. Aunque nada le impedía seguir guardando lo poco que aún quedaba de él.

Y fue una noche cuando Pedro sintió un fuerte dolor en su pecho. Su alcoba empezó a girar, como un tiovivo en el que cabalgan sombras en esta ocasión tristes. A paso lento llegó a su baño, abrió la hornacina, vio sus cajitas de forma vaga, y pese a la tenue luz existente en sus ojos, aún las reconoció: tres de caña, cinco de sándalo, otras cinco de plata y dos de cristal: una de ellas aún no completa.

Toda una vida dentro de aquel sagrario mundano mostrado ante sus ojos cada vez más cegados. Pedro sentía un fuerte dolor, al tiempo que alguien tiraba de él, como queriendo llevárselo consigo a un lugar ignorado. Y en su último estertor, fijando su mirada en las cajitas, fue cuando se dio cuenta de que estaban saltando todos los precintos mostrándose abiertas como si fueran cascaras de huevos de perdiz, desparramadas por los estantes. Y en el interior de sus cajitas de caña, de sándalo, de plata y de cristal, todas vacías ya, nada quedaba en ellas; sólo el dulzor de una penumbra que languidecía dentro de él.

(“Ni siquiera cera” es un relato que ha participado en el 36º Proyecto Anthology. Tema: La muerte)

24 septiembre 2008

RUEDAS DE MOLINO

Nunca comulgues con el pan ázimo amasado con las ruedas de molino de lo políticamente correcto –oí decir muchas veces- porque ausente el chasquido de la absolución, los caminos hacía el mar del despropósito no tiene vuelta atrás, pese que algunos prefieran un paseo en barca a través de unas aguas pestilentes, cuyo aroma sus pituitarias presumen ignorar.

Son muchos los que genuflexos y ufanos acceden sobre una alfombra aborregada al cojín de los conversos, donde doblegan su cerviz llena de orgullo, perfumada de una humildad efímera cuyos vapores se diluyen por el botafumeiro de la vanidad; mientras alzan el cuello, mientras cierran sus ojos.

Nos dice uno de estos días desde la tele el “creyente” portavoz del PSOE Sr. Alonso, D. José Antonio, que ETA nunca conseguirá sus propósitos. Frase que queda muy bien tantas veces repetida desde su púlpito oficial, perorata en la que muchos creen y en ella confían, como somos muchos los que esperamos sea pronto una realidad. Mas lo cierto es todo lo contrario: la realidad es que ETA cumple su objetivo de matar y lo satisface tantas veces como quiere. O sea, que eso de que nunca conseguirá su propósito tiene un matiz, como poco, algo discutible.

Son tantas las veces que hemos oído la misma canción desde uno y otro bando –los que se alternan en el poder- que más nos suena a un pop estrafalario de música estridente que rechina y daña nuestros oídos, castigados por una batería de coches bomba, cuyo número de víctimas va en aumento.

La humildad en el reconocimiento a un penoso fracaso enfrentada a lo mezquino de lo políticamente correcto es una ecuación llena de incógnitas que quienes nos gobiernan no se atreven a despejar, ya por muchos años: los que van desde el primer día en que hiciera acto de presencia el terrorismo etarra en nuestras calles. Su resultado: el humo que nos envuelve cargado de metralla venteado por quienes utilizan el pasamontañas para ocultar su miseria humana. La que es capaz de anular en ellos todo discernimiento vencida la fecha de caducidad de su más pútrida mente. Los mismos que también son aplaudidos por personas cuyo único gen racial es el de la maldad; alimentados también, directa o indirectamente, por quienes desde un primer momento vieron en sus mentes mezquinas la posibilidad de sacarles renta justificando que eran víctimas de un escenario de bambalinas por ellos mismos montado, contrario a la realidad de pueblo deseoso de vivir en paz. Así pues, la falta de humildad en el convencimiento de un fracaso sólo nos lleva a que el humo siga latente un año tras otro año. Los que ya son demasiados y sin ver claro el final.

A la obligación moral de endurecer las penas hacen oídos sordos quienes seguramente el estruendo de las bombas ha roto sus tímpanos y no escuchan, pese al reto constitucional que les obliga a cumplir con un compromiso al que por lo visto son reacios.

Las penas al criminal impenitente dictadas por los tribunales de justicia no deben pasar por el tamiz desvergonzado que las reduzca a su más mínima expresión conducido por las manos de quienes a ellos también pertenecen.

Permitir mensajes embadurnados de xenofobia vecinal a la juventud vasca es un delito de lesa majestad en la persona de quien si la cara es el espejo del alma, en él, Dios, hizo su obra maestra con sus cejas de avieso diablo.

La cadena perpetua para seres vivos transformados en bestias es una obligación a la que todo buen nacido no puede sustraerse, pese la etiqueta de “hombre de paz” puesta a manos con los imperdibles de la desvergüenza, propio de cualquier sastre convencional dispuesto al vilipendio de las víctimas y al beneficio de los verdugos: los primeros son el pasado, los segundos el futuro, nos dijo un henchido Zapatero.

Los del futuro, los que tantas veces han sido protegidos y que como seres infames que son, se han vuelto contra los que antaño engordaron sus miserias haciendo posible en nuestros días el actual “estado de excepción”, al que se ve sometido todo hombre de paz nacido en tierras de España solidario con el que ciertamente se vive en las tres provincias vascas, del que se ven libres los verdugos.

Los que están dispuestos al coche bomba, que, protegidos por una parte de su sociedad cegada por el odio, tratan de soliviantar cualquier tipo de convivencia en ésta, nuestra tierra.

Pero las ruedas del molino siguen su camino, los minutos de silencio proliferan y el reclinatorio oficial permanece abierto, al que acuden los conversos, ausentes de cualquier tipo de confesión.

17 septiembre 2008

PARA SIEMPRE

El viejo Capitán se abotonó la chaqueta según su costumbre de cuando se disponía a uno de sus habituales actos, los obligados por su mando. Bajó del puente y se paseó por la cubierta aún seca por el sol, unas horas después de haber salido de puerto rumbo a las calientes aguas del Caribe. Se fijó en la popa, en lo alto del palo de mesana, en la presencia de un pájaro extraño que descansaba sobre uno de los cabos tensados, mientras que la cangreja, ya henchida, se enfrentaba a la fuerza del viento tirando del barco que rompía las aguas en una mañana plácida, limpia de nubes y fresca por su brisa bajo la sonrisa atenta y complacida del viejo Capitán.

Jamás había visto un ave parecida, lo que le sorprendió. Había dejado Maracaibo donde hicieron escala para proveerse de ron y algún que otro marino. De ellos estaba necesitado tras haber sufrido un motín a cuyos instigadores penaron sabiendo del fondo del mar al que llegaron con un ancla sujeta al cuello. El Capitán quiso dar un vistazo al navío interesado sobre todo por conocer no sólo la bravura de la nueva leva, sino del perfil de sus miradas, de lo que se escondía en el interior de sus ojos.

Reclutados por su segundo de a bordo, se nutrían de huérfanos de oficio, de jovenzuelos que añoraban gloria, de patanes y de huidos de la justicia. De esta tarea se encargaba su leal marino a quien le debía la vida por dos veces. Sucedió cuando cubriéndole con su cuerpo en los momentos de un abordaje quedó falto de una mano y con la huella de un cruel sablazo en su cara, señales inequívocas del arrojo incondicional que atesoraba el fiel y ya más que amigo hacia su viejo Capitán, agradecido como estaba cuando de niño le salvó de la miseria llevándoselo consigo surcando los mares.

Cuando el Capitán se encaminó hacia la bodega le llamó la atención tras un vacío tonel y rollos de cuerdas amontonados junto al timón, la presencia de un muchacho que al verse observado contrajo sus escasas carnes escondiéndose aún más en el barril, en el que tras arrugar el entrecejo de su cara sucia, desconfiada y plena de temores se ocultó por completo. Igual no alcanzaba la edad de los trece años, pero su desaliño y su famélico aspecto hacían de él la apariencia de ser algo mayor. De ojos vivos fruto del hambre, llegó a verle sentado sobre el culo de un pozal, éste vuelto al revés sobre el suelo húmedo producto del vertido pestilente que lo guardaba. Entre sus pies descalzos hormigueaban restos de unas migajas de pan, las que alertaron al Capitán del apetito atrasado que debía acuciar al estomago de aquel joven escaso de carnes pero abundante de inmundicias.

Escudriñó en él su mirada y para sacarlo de su refugió tiró de una de sus orejas con una acción no exenta de cierto melindre, caminando juntos al camarote. Lo metió en su bañera, le ofreció su mesa, guarnecida con un buen un guiso de pescado, un trozo de carne seca y un vaso de ron para que se repusieran las fuerzas de quien iba a convertirse a partir de aquel instante en su ordenanza más directo.

Pasado el mediodía y a muy pocas millas de Haití cuando una fuerte tempestad hizo temblar las cuadernas de la nave. Los crujidos de las jarcias incapaces de soportar su fuerza salvaje desarbolaron su velamen quedando a merced de las olas, más del peligro oculto de los arrecifes a los que se aproximaban.

Furiosas lenguas de agua fustigaban su quilla que oculta por las olas era un juguete en manos de un mar embravecido. ¡Sálvese quien pueda!, gritó el Capitán cuando tan solo era él quien quedaba en su puesto observando cómo las fauces del mar engullían a toda la tripulación en medio de un remolino que creciente, circundaba en torno a él.

Calmáronse los vientos y sobre una sábana de plata una flecha incandescente pespunteada de estrellitas doradas marcaba el punto lejano por donde se escondía un disco de sangre, ennoblecido de luto: el del silencio, ajeno, sin embargo, en aquel instante a todo lo que significara algo de valor.

Sólo un barril de pólvora navegaba por las ahora tranquilas aguas conducido en su grupa por un fiel marino, de cuya garganta sólo se escuchaba: ¡capitán! ¡Capitán!... y el eco de su fidelidad: los fuertes vestigios de la lealtad, triunfantes siempre sobre el empuje vigoroso de cualquier tipo de tempestad.

11 septiembre 2008

JUGAR CON FUEGO

Es nuestro don más preciado, la vida, el que nos han regalado sin habernos puesto en ninguna lista de espera ni librado instancia alguna de solicitud. Llegó a nosotros sin necesidad de franqueo, ni timbre alguno de petición, cuando solo éramos un proyecto en ciernes en el que no teníamos ni voz ni voto. En cambio, cuando somos dueños de ella, luchamos por los más ambiciosos deseos, pero sin alcanzar el mejor de los puertos: el de lograr que se cumplan en su más sentida plenitud.

Por sus peligros, vale la pena el intento de saber de sus atajos, los que tanto abundarán allá por donde nos movamos. Pero no para perecer por ellos, echando por la borda nuestro más preciado don: el regalo de la vida.

Desaparecida en nuestro horizonte más cercano la mortalidad infantil, y siendo nuestras vidas más largas cuyos umbrales a la tercera edad son cada vez más lejanos, disponernos a hacer más fructíferos nuestros días es el mejor obsequio que podemos ofrecer a quienes nos la dieron.

Agosto, el mes del calor, el mes estival, el mes por excelencia de las fiestas paganas y religiosas, cubre su hoja de almanaque con fiestas patronales por doquier. En sus semanas grandes, son cada vez más variadas las formas de celebrarlas recurriendo a todo tipo de festejos, aunque con mayor o peor fortuna. En sus programas de fiestas, no falta el acto bizarro en el que mostrar la pericia, el valor, la hombría en suma, es el que ocupa incluso el lugar prominente, pese a que suponga lanzar un reto mortal a nuestro don más preciado.

Las más de las veces, cuando en plena juventud, son pocos los años los que hemos transcurrido por unos senderos que hasta ese momento nos han ofrecido lo mejor de sus caras, pero sin haberles exprimido el más sabroso de sus jugos.

Morir en un momento festivo por culpa de un acto bizarro es como en cualquier otro instante que ponemos en peligro nuestras vidas lanzados al falso estímulo de las drogas, fuente de la esclavitud, al éxtasis de la velocidad, falta de raciocinio, o al logro de una hazaña próxima a la gloria, pero rozando los circuitos incandescentes de la muerte.

Poner en peligro nuestro don preciado, consciente o sin pensar ello, es el peaje a que nos lleva la vida actual, en la que el ser humano no es más que una marioneta obligada a transitar por la autopista de la vida, acelerados ora por la vanidad, ora por el falso orgullo, ora por el mezquino premio de la gloria, pero ausentes siempre de la red de la prudencia, el mejor seguro garante de una larga vida en la que aprender a disfrutar de la fantasía de los muchos años que nos quedan por delante. Lo que es una obligación con la que corresponder a quienes nos ofrecieron el mejor de los regalos. Y sin carta alguna en la que lo pidiéramos.


05 septiembre 2008

LA MINISTRA DE IGUALDAD

Dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí, dice el axioma, que por lo visto no tiene en cuenta el mundo emperifollado en el que nos encontramos donde el afán de distingo por un mejor status, sacia el telón de nuestra vanidad.

Para poner orden a tanto despropósito hasta tenemos un Ministerio de Igualdad, cuyo norte y guía es el de cuidar -con el celo y buen cuidado propio de una mujer que es quien lo rige- que en la casa nuestra seamos cada vez más iguales, sobre todo en nuestros derechos, encaminado a lograr un estado del bienestar próximo a un mundo feliz, y atento siempre a que en los dos lados de la ecuación sus incógnitas sean cada vez más semejas.

Sin embargo, cual panfleto publicitario convertido en el almíbar que trata de endulzarnos la sangre y ajena al peligro que el mismo entraña, desde el Ministerio de Igualdad, su ministra Bibiana Aído, con nombre de actriz de comedia, nos lanza la idea de un nuevo proyecto de “ley del aborto”, auspiciado fundamentalmente, en que no pueden haber diferencias entre unas autonomías y otras. ¡Acabáramos! ¿Tan necesarias alforjas para este viaje?

¿Desde cuándo se ha planteado que todas las autonomías sean iguales en derechos? El engendro en el constitucional de 1978 de unas inexistentes comunidades históricas con más derechos que las otras -invento que hasta ha llegado a convencer de su veracidad a quienes lo parieron, ufanos entonces de que el aborto era un crimen- se ha venido utilizando por unos y por otros como mercancía de cambio y fines de gobierno –por no hablar de lodos de sangre- a cuya desvergüenza, la mayoría silenciosa asiste tan atónita como ya acostumbrada, y con el único remedio de seguir muda en sus silencios.

Dicen los necesitados del engendro, que las autonomías que más producen y que por ello son las que más entregan al erario público, son los que más tienen que recibir, silenciando, que su privilegiada situación es fruto del mejor trato que siempre recibieron de todos los gobiernos de turno, en perjuicio de otras regiones olvidadas y de cuya falta de servicios aún quieren más distanciarse los favorecidos de siempre, los del engendro constitucional.

Igualdad, que junto a la fraternidad y la solidaridad son palabrejas castellanas en las que los traductores de euskera y catalán se atascan, atrofiados por una mezquindad que según Zapatero es inexistente.

Bibiana Aído pues, lo tiene crudo. Y ella, tan guapa, aparece ante las cámaras para decirnos que con la nueva “ley del aborto” seremos todos más iguales, los unos a los otros.

Quizá, la ministra, piense que nuestro bienestar irá en aumento, solucionando un asunto que por lo visto y según sus datos, igual ocupa una de las primeras urgencias del sufrido pueblo español, y que superado, la fiel de la balanza dejará de inclinarse hacía alguno de sus lados. Donde podamos todos bañarnos en un mar tranquilo y apacible.

Algo no encaja. Más parece otra de las formas que nos tiene acostumbrado nuestro Presidente de Gobierno tan aficionado a tensionarnos, mientras en su constante cirugía por los entresijos de la Moncloa procura no se le note la crecida de su nariz, amparada bajo unas cejas de aspecto circunflejo de cuya semejanza satánica Dios coja confesados a sus creyentes, o protegidos de un buen riñón a quienes su condición agnóstica se lo impide.

26 agosto 2008

ABEJORROS

Todas las prescripciones meteorológicas apuntaban a que este mes de agosto no iba a ser muy caluroso, pero está claro que uno ya no puedo fiarse ni de lo que está escrito pese a lo mucho que algunos confían en ello.

La presión de las cuatro paredes refugiado en mi casa durante todo el día, cuyo único resquicio era el del aire acondicionado, más agradable que el bochorno del exterior, hizo sin embargo que necesitara salir a la calle; decisión a la que me lancé de manera inconsciente. Me enfrenté a un calor denso y pegajoso, pese a la proximidad del mar. Las calles por las que transitaba, largas y estrechas, eran como una barrera frente a la brisa marina evitando su alivio. Pese a ello, caminé decidido por un ambiente tórrido, dispuesto él a terminar con todo bicho viviente que se atreviera a deambular por sus fauces aniquiladoras. Mi valor, sólo constaba en una libreta verde, vacía de contenido, pero con un epílogo claro y conciso: “se le supone”.

Nunca hay que infravalorar al enemigo y a las pocas calles en mí caminar por el barrio marítimo, ya estaba agotado. Afortunadamente, una plaza abierta con una cruz roja en el centro sobre un pedestal lóbrego y bajo un árbol frondoso, se me ofreció como refugio y descanso. Un banco lleno de grafitis gamberros y cagadas de pájaros, con vómitos secos fruto de la droga y el alcohol, tuvieron la gentileza de dejarme un hueco limpio a un lado donde sentarme y descansar un rato.

Con una ligera brisa me entró la modorra, tan a gusto como estaba, cuando un golpe seco a mi lado anunció de la presencia de una gaviota que tumbada sobre la mugre estiraba sus patas de forma intermitente, lo que más parecía su última voluntad escrita en esta ocasión en lo que más parecía el ritmo de un mensaje morse. Un ojo triste de la gaviota se dirigió a mi rostro y mi fe cristiana me llevó a cerrárselo, al igual que lo hicieron los míos.

Marino de remplazo, un extraño SOS tableteaba insistente, y la tira de papel perforado se retorcía levemente creciendo en su volumen. Una bolsa de gruyere que se iba esponjando en el suelo se enredó entre mis piernas, mientras pasaba a un folio tras otro un mensaje de agobio henchido de aflicción. Llegaba a mis manos la angustia expresada por alguien ante la amenaza de unos abejorros revoleteando sin cesar dentro de un circuito fijo y constante, alertando al mismo tiempo de horribles bramidos hasta ese momento desconocidos que turbaban su tranquilidad agosteña, la que gozaba desde hacía muchos años en la dársena del puerto. Sólo durante la noche podía descansar –abundaba en su mensaje- y al despuntar el día, nuevos sonidos de espanto destrozaban sus tímpanos largas horas hasta el atardecer. Habían sido tres días de martirio interminable mientras una masa vociferante clamaba alocada sin conseguir amortiguar unos chirridos que destrozaban su corazón, temiendo por su muerte.

La cabezada hacía atrás en el atardecer, justo en el momento en el que una cagada de un pájaro cayera sobre mi rostro, me hizo despertar. Un sentimiento de pena estrujó mi alma, acercándome a un sueño tan real como aquella gaviota tumbada a mi lado, de cuyas patitas seguían saliendo mensajes de auxilio que con gran tristeza pude descifrar.

22 agosto 2008

EL COMIENZO DE UN NUEVO LIBRO

Tic, tac. Un segundo. El tiempo utilizado para abrir un libro de historias increíbles dispuestas al lector de sueños ansioso de vivirlos. Un viaje a un final desconocido desde una puerta que se nos ofrece en la fracción de un segundo, el tiempo necesario para cerrarlo ante cualquier descanso, o en el que se da el punto y final a una historia a la que sin embargo no deseamos abandonar.

Extraños a valorar la fracción de un segundo, nos fijamos más en las horas de asueto atentos a la gaviota bajo la calina que nos agobia, confortados por la brisa que nos besa suave, aliviándonos las horas viendo cómo transcurre el tiempo desde un amanecer incierto hasta las horas más tardías que luego saben a nada. Nos sentamos pues sobre la roca mojada observando cómo tranquila y confiada recrea su vuelo esperando el momento de lograr su presa.

Cercano, el andarín por la playa, unido a su sombra, fuerza el ritmo batiendo su corazón, veloz sobre la húmeda arena de la playa dejando sus pies marcados sobre el manto del agua que insaciable luego los borra de su camino. Como el libro de los sueños, que se abre y se cierra. Mientras tanto, ambos, escenifican la mañana atentos al tic, tac, el que escucha el andarín en los latidos de su corazón y el que la gaviota presta al agua blanca donde zambullir su pico robando al mar uno de sus hijos.

Un segundo y muchos de ellos seguidos completan la mañana en la que nunca sucede nada, en un marco pespunteado de brumas donde la paz copula con la arena caliente, reseca por los puntillazos del Sol.

Todo es así de sencillo, vivimos confiados en la rutina mientras hierven unidas la ambición, las ilusiones y la planificación de nuestro futuro, una argamasa de sueños y proyectos que en el almirez de los deseos vamos almacenando para un mañana, convencidos en que llegará el momento de saciar nuestros anhelos sin saber cuándo será el momento de su despertar.

Pero si algo hay realmente vital en nuestras vidas, es la realidad de que en un segundo un giro imprevisible tiene consecuencias irreparables sin estar en nuestras manos virar el timón hacia el muelle salvador. Algunos dicen que el destino ya está escrito desde el día en que nacimos, el que guía nuestros pasos, aunque algunos, por sus escasos años, ni siquiera han llegado a saber de su existencia.

Vidas desgarradas y familias que dejan de serlo son libros que se cierran en la fracción de un tic, tac. Ese segundo, esta vez horrible, que todo lo muda, al igual que el mar embravecido del que desaparecen la gaviota y el andarín queridos. Y junto a ellos, el sosiego en nuestros ojos.

Sólo la esperanza en un nuevo libro, servirá a quienes rotos por los jirones del dolor, encuentren en la fracción de un segundo una nueva historia en donde encajar a sus seres queridos, los ciento cincuenta y tres protagonistas de una nueva forma de vida a los que sus familiares nunca podrán renunciar.

19 agosto 2008

EL INGENIO DEL PÍCARO


Cuando se es idiota de nacimiento pero la idiocia no es profunda con el tiempo se puede corregir, tal es entonces su condición próxima a la de un pusilánime envestido con la toga de un candor más bien plomizo, e ignorante de su pasado de lo que sin embargo presume. Todo es cuestión en aprender de aquellas gentes no desnortadas, de inquietud controlada y con el corazón abierto al conocimiento de nuestro pasado sin ningún tipo de complejo e invistiéndose con la mejor información. Eso sí, siempre dispuestos a saber de nuestras raíces, las alimentadas con buena savia, evitando las que sufren de injertos adulterados con la intención de envenenar la sangre, tarea la que se dedican los iluminados mequetrefes que tan machaconamente nos invaden.

En cambio, ser idiota de vocación, ni es bueno ni es malo, simplemente se es, porque haberlos haylos. En su simpleza se encuentran la mar de a gusto, sin nada que objetar a su decisión de la que son dueños inapelables. Confiados en su acción vocacional, el único peligro estriba en si les hace callo su incipiente afición, ésta pertenezca a la familia de las de lapa negra y mugrienta que atenazará inasequible al cándido bonachón.

Sin embargo, la idiotez del converso, la del soplagaitas de turno, la del esclavizado por soflamas de engaños melifluos con aditamentos de falso glamur intelectual, tiene la misma identidad que la cola de un pavo real a la que su papada hace de contrapeso, almacenando en su estomago la memez que le sustenta a base de féculas de escasa nutrición, subvencionadas, eso sí, por el maná de lo políticamente correcto. Podría tratarse en este caso también de la idiotez del listillo -que por ahí va la cosa- lo que no invalida, pese al mérito que ello encierra, su consideración de ser idiota, sin que sea que lo parezca.

Un parte del mundo del teatro y cine, la más sectaria, la que desde sus negras tramoyas se ha adueñado del amplio mundo de los cómicos apartando de su vera a los que sólo a base de esfuerzo cumplen con su tarea alejados de la tutela del poder, es la que reniega de la historia de España empecinados tanto en su afán de falsearla como dispuestos a dejarla en el mayor de los ridículos. Son los burlescos de sus gestas, tal y como hemos visto en una película reciente: “Elizabeth, la Edad de Oro”, que por ser de producción inglesa nada nos extraña, pero con la lamentable aportación de quien se presenta en ella como un actor español, un tal Jordi Mollá: bufón del esperpento.

No es cuestión aquí de resaltar las muchas huellas imborrables, tal ADN, de nuestro pasado histórico fundido en el crisol de nuestra existencia, lleno de paginas memorables, legendarias y también ruinosas –que de todo ha habido y que a contárnoslas debiera dedicarse el mundo del cine, tal y como sucede en otras latitudes del amplio mundo que nos rodea, si se dedicara a su cometido cultural y no a otras cosas cuyas vergüenzas silencian o al menos enmascaran - sino de dar fe de la existencia en nuestro diccionario de la Real Academia de la Lengua Española de la palabra “idiota”. La de tan claro como diáfano significado y cuyo plural les viene al pelo al emperejilado tropel que domina los hediondos y oscuros entramados del cine, allí donde se tejen campañas al servicio del poder, que es el que les paga a tan empedernidos lameculos.

Así pues, no se trata en este caso de hacer hincapié en la idiotez de nacimiento, ni en la vocacional, ambas de probable cura; sino en la más execrable y penosa a la que tendenciosamente se dedican los progres del cine: la idiotez del pícaro escondido en sus silencios, pero saliendo a la palestra voz en grito cada cuatro años pidiendo el voto para los que les aseguran la subvención; incluyendo la de los 400 euros que ellos han cobrado; esos mismos 400 euros que se han quedado esperando los más necesitados y que se ven obligados al esfuerzo del milagro para llegar a final de mes pese a la laicidad oficial en la que estamos inmersos y cuyo engaño los de la farándula silencian.

Jose Manuel de Prada ha puesto el dedo en la llaga y los define con enternecedor cariño como “una capillita de intelectuales que abominan o se avergüenzan de la historia de España”. Sabe muy bien lo que dice en su sutileza el genial escritor vizcaíno, criado próximo a las Tierras del Pan y del Vino, las que le condicionan a llamar al pan, pan, y al vino, vino.

Lo que está claro es que a la girola de la Moncloa, a donde acuden los meapilas de la “cla”, no llegan con su parte de nacimiento que los identifica, ni arguyen en su bodeguilla su afán vocacional, sino que acuden bajo el palio protector del afín devoto desde el palco cardenalicio que con tanta pompa usurpan; sin olvidarse del glamur, al que no desprecian.

Son los que están más dedicados a la publicidad del estraperlo de adulterados medicamentos servidos desde comités de urgencia en sus lapsus vacacionales, cual vacuna redentora, en los que cada vez son menos los que de ellos confían.

15 agosto 2008

FELIPE CARLOS, EL REY DE LA PAZ


Anochecía. El frio se hacía cada vez más intenso en los jardines junto al palacio. Fue en ese instante cuando notó los primeros dolores en su vientre y que al ser más seguidos, la llevaron hasta su alcoba alertando a su fiel ama que junto a ella se paseaba. Intuía la reina que se le adelantaba el parto, el esperado para un mes más tarde, una vez acomodados en su confortable residencia de Oatlands.

Hampton Court, el palacio cercano a Londres donde se encontraba en esos momentos María, la Reina de Inglaterra, estaba en fase de remozamiento de sus instalaciones, por lo que no estaba bien acondicionado para tan inesperada ocasión. Avisado el rey Felipe, se dieron las órdenes precisas para trasladar unas estufas tanto al salón contiguo como al de sus aposentos, preparar las ollas con agua bien caliente y las de procurar sábanas blancas y ropas de algodón para el regio nacimiento que estaba pronto a llegar. Llegaba la primavera, pero el viento entraba por las rendijas del palacio, cuyos agudos soplidos más parecían aullidos de lobos en una gélida noche de invierno, propia de una estación que el tiempo se resistía abandonar.

Pese a que aún faltaban unas pocas semanas para el parto, la presencia del médico de la corte y la de una comadrona habían tranquilizado al Rey, quien dirigiéndose a su despacho mostró su alegría a la espera de que naciera un varón. Varón en quien un día descansaría la corona de todas las tierras conocidas hasta entonces, y que ya parecían ser todas.

-¡Alteza! ¡Un varón! Un sano y hermoso niño, fuerte, como lo demuestran sus lloros y sus manitas rollizas que se cogen con fuerza a las mías. Rubio y de mentón prominente, como su abuelo, a quien debe vuestra Alteza mandar presto un mensajero que le haga llegar la feliz nueva- le dijo llena de alegría la fiel ama de María Tudor.

Dueño de su prudencia, el monarca pasó primero a la alcoba, y tras ver a su esposa junto al hijo en sus brazos dio las gracias a Dios. Acercando sus labios los besó varias veces, repitiendo en cada caricia su gratitud al Altísimo. Visto con sus propios ojos lo que tanto anhelaba y que sabía lo mucho que iba a satisfacer a su padre, regresó a su despacho para mandar un escrito al Emperador, quien se encontraba en Flandes purgando sus penas, fruto de unas luchas que no sabía cómo superar.

Pasados unos meses, restituida la confianza papal y restaurada y fortalecida la fe católica en Inglaterra ante la presencia de un heredero, hijo de un padre bien adoctrinado, todas las frustraciones que se habían adueñado del Emperador abandonaron sus pensamientos y un horizonte de esplendor que parecía haberse oscurecido, surgió radiante como respuesta a unos deseos que ya venían de antiguo.

La política matrimonial de los católicos reyes, secundada por su nieto Carlos, dueño de medio mundo, iba a tener continuidad en el joven Felipe, ya Rey de Inglaterra, de Nápoles y de Sicilia; y que pronto lo sería de España y de Portugal y de todos los territorios de ultramar. El recién nacido era pues, el mejor garante para el futuro y todo hacía presagiar lo fuera de paz. La mayor esperanza radicaba en que María Tudor, viendo un horizonte sin peligros, renaciera en ella los sabios consejos de su madre Catalina, nacidos en ésta de un humanismo fruto de su amistad con Luis Vives, y que iban a facilitar la hermandad en Cristo en todos los creyentes. Lo que sin duda también, influiría en el carácter de su esposo Felipe el Prudente, obligado a cerrar las heridas que habían llenado de sangre las tierras de Europa.

Los Habsburgo e Inglaterra unidos en el Imperio Español, debilitada en su soledad Francia y el Santo Padre obligado en aceptar su dedicación al gobierno de su Iglesia y excluido del poder terrenal, iban a dar siglos de gloria a la Cristiandad. Ausentes las guerras de religión y los corsarios por los mares, el giro que tomó la historia fortaleció a todo el continente, en el que a partir de ese momento se iban a escribir páginas de paz.

Así fue lo que ocurrió gracias a un niño nacido en Hampton Court, bautizado en la fe católica y que años más tarde coronado con el nombre de Felipe Carlos, pasó a la Historia como el Rey de la Paz, al poner un punto a final a tanto desenfreno.

Y así sucedió. Y no como la historia que ahora nos cuentan, fruto de la ambición y cuyas únicas secuencias representan episodios de cismas e intrigas, de guerras crueles, de baños de sangre, pero que por fortuna sólo residen en nuestra imaginación, como un sueño inexistente. Adulterada por los de siempre, y que aunque lo parezcan en nuestro convencimiento, no ha sido más que un pesadilla de terror.

La noria, que gira y gira sin cesar, de repente y de manera inesperada, cambia su norte y toma las aguas desviándolas hacía otra parte, que más humilde y yerma de ambición agradece de su presencia creando valles floridos en los que reina la paz.

¿Hubiese valido la pena el nacimiento del regio varón? No todas las preguntas tienen contestación, pero quizá en el riesgo encontrásemos la mejor de las respuestas.

(“Felipe Carlos, el rey de la paz” es un relato que ha participado en el 35º Proyecto Anthology. Tema: ¿Qué habría pasado si...?)

07 agosto 2008

EPÍSTOLA AL AMIGO


Tu recuerdo me viene entre las neblinas de aquel día en el que tomando caminos diferentes nos abríamos a un mundo nuevo que deseábamos conocer, tal y como tantas veces habíamos planeado. Recuerdo tu cara aniñada, peinado a raya y protegiendo tus cabellos con fijador. Usabas gafas, las de gruesa concha, cuadradas, tras las que se escondían tus ojos no por ello cerrados, y que por tu revoltoso carácter tanto temías que se rompieran durante las horas del recreo. Aquel del que tanto gozábamos en el patio enclaustrado de nuestro antiguo colegio. El momento de la despedida vino después, cuando abandonamos sus paredes y en el interior de sus aulas quedaron sellados nuestros mejores deseos; allí, entre sus pizarras de piedra negra y aromas de tiza blanca, estrangulados sus ecos. Simplemente por esto, por tu recuerdo, me he decidido a escribir esta carta, que de seguro verán tus ojos.

Tomé mi sendero y te perdí de vista; aunque nunca me olvidé de ti y mi deseo era el de verte con frecuencia. Mucho más, sabiendo cómo eras y por las muchas coincidencias de las que habíamos disfrutado durante tanto tiempo.

Luego, ya sabes, todo ese conjuro de factores que van influyendo en tu vida y te hacen ser otro, aunque luches por ser tú mismo apoyado por la fuerza de tu voluntad, en ocasiones blanda y fofa condicionado por tantas cosas. Nada de lo que habíamos pensando para cuando fuéramos mayores, fue tomando cuerpo en el mío, tal y como nos había sucedido en los años con carta a los Reyes de Oriente, en las que de tanto pedir cosas, tan grandes eran en su tamaño, que sobre las gibas de sus camellos bien poco era lo que podían soportar, cayendo por el camino. Y fue así como todos los deseos se iban frustrando, año tras año. Proyectos y más proyectos escritos en hojas de otoño con seca tinta de grafías ininteligibles.

Ahora, cuando ya ha pasado un largo tiempo -tan solo nos queda un apacible rincón de espera, antesala a un mundo que nos gustaría dibujar con el pincel de nuestras manos pero sin modelo al que copiar- vuelvo a pensar en ti y me pregunto qué habrá sido de tu vida, aquella que tan a gusto habíamos tramado.

Quiero suponer que conseguiste ver todo lo que deseabas, correr por las cimas de los montes como un tornillo sin fin, bañarte a los pies de una cascada que desde lo alto rompe el suelo y crea un remanso fresco protegido del sol gracias a las sombras de los peñascos que lo rodean, de los arbustos que de ellos nacen y de la inmensa arboleda que circunda a ese jacuzzi natural. Para muestras, un botón, y con éste me basta. Y quiero imaginar, de forma interesada, que lo lograste.

Poco puedo decir de mí que no sepas tras leer estas líneas que te mando, pues convencido de lo bien que me conoces, y de que aún pervive en ti mi recuerdo, te habrás dado cuenta de todo lo que ha quedado en el camino lastrado por el tiempo.

Sin embargo, estoy contento de lo conseguido por lo mucho de bueno y fructífero que ello tiene. Y aún más, porque no está en nuestras manos escribir el destino, sino aceptarlo tal y como viene con la mejor de las caras y con el mayor de los provechos, intenciones estas a las que me he dedicado a base de errores y también de aciertos, que de todo ha habido en la viña de la vida.

Pero entonces, en aquellos años, nada sabíamos, convencidos de que nuestro sino nacía de un crisol, alimentado con el calor de los deseos.

Finalmente, te deseo una larga vida plena de salud, que de lograrlo, seguro que yo también podré seguir gozando de ella.

04 agosto 2008

ALMACÉN DE OBJETOS PERDIDOS


Céntrica y ronda urbana, ancha y de especial atractivo, es la calle que circunda y abraza a su centro histórico como antaño lo hicieran las murallas que lo protegían a lo largo de su recorrido. Más de un siglo hace de su derribo, puertas abiertas hacía un ensanche que Valencia tanto necesitaba. Y aquí sigue ella, la más antigua ronda de la ciudad, que sufriendo por la automoción, goza de su emblemático entorno testimonio de viejas construcciones que nos hablan de su pasado. Pero no todas persisten, muchas desaparecieron y sólo nos queda su recuerdo.

Porque al paso de las desamortizaciones y de sus piquetas después, como al del tiempo que todo lo envejece y a la ambición urbanística que tanto nos corrompe, cada circunstancia en su momento, han ido destruyendo sus antiguos conventos, sus solariegas casas, sus recintos públicos, su viejo Hospital Provincial, obligado éste a su traslado a una zona más abierta, y del que quedan en pie los restos de algunas de sus puertas, su crucero eclesial hoy moderna biblioteca, la vieja ermita “Capilla del Capitulet” y una sucesión de piedras y columnas que adornan a un jardín donde los olivos abanican los días con sus ramas de paz.

Pero por una causa especial, sí recuerdo en los restos del viejo Hospital una no muy grande estancia reconvertida en almacén y utilizada hasta hace unos cuarenta años como “local municipal de objetos perdidos”: allí se apretaban sus largas estanterías de pasillos estrechos, cuyos anaqueles uno encima del otro llegaban hasta el techo, llenos a reventar de toda clase de extravíos a la espera de su dueño.

Sobre todo, había bolsos y carteras de todas las hechuras, tantos como peces en el mar y que viejos y sin el colorido de estos era lo que más abundaba. Y con seguridad también a la par que con los paraguas, por ser éste el objeto más perdido desde el momento de su invención. También se guardaban un gran surtido de maletas y maletines, de sombrereros, de correas y de ropas, y hasta alguna que otra desvencijada bicicleta; albergado todo en aquel rancio almacén, donde un par de empleados recibían con sus manos abiertas los objetos perdidos disponiéndolos de tal modo, por si alguien allí los buscaba. Al abigarrado enjambre de objetos extraviados, acudía la gente con la esperanza de dar con lo suyo, la pertenencia añorada que consideraban perdida.

Es un recuerdo el que ha pasado por mi mente, fugaz, de sombras equivocas y de flases irrelevantes, pero que han ocupado por segundos un hueco en mi memoria. Su evocación pertenece a un pasado, que por increíble, me produce sonrisas llenas de nostalgia de una forma de vivir en la que la buena fe vecinal y su desprendimiento, era el mejor de los legados. Era el de la ciudad de puertas abiertas, pero de cinturones apretados, en la que, sin embargo, ni se hablaba de hipotecas ni del desaprensivo euribor, ese de cara tan rancia como inescrutable.

¿Y por qué me viene al recuerdo aquel lugar tan entrañable, convertido hoy en jardín de viejas columnas, restos de un antiguo hospital?

Y es que la sonrisa me ha llevado a rememorar telones tan oscuros como olvidados por la pregunta de mi nieta, cuya sorprendente ocurrencia da fe a la esperanza: la que nunca debemos perder.

“Iaio, he perdido un muñeco de trapo en el autobús. ¿Por qué no vas a objetos perdidos y miras si allí está?

01 agosto 2008

2º ANIVERSARIO



Sucedía en la Baja Edad Media, en los años en que los monarcas hispanos andaban a trompazo limpio cosa frecuente entre los reinos cristianos de entonces, ambiciosos como eran por ampliar sus dominios. No obstante, lo que más les unía era su afán de combatir al invasor moro, tal y como sucedió en Navas de Tolosa, allá por el año doce doce. Cuando no era el uno, lo era el otro, y siempre andaban a la greña utilizando todo tipo de estrategias sin despreciar la de los enlaces matrimoniales, a la que tantas veces recurrieron utilizando a sus hijos, aquellos de los cristianos reyes.

Pedro el Ceremonioso, el rey segundo de Valencia y cuarto de Aragón, amuralló la ciudad de Valencia para defenderse de Pedro de Castilla, al que unos llamaban el cruel y otros el justiciero. Y se lió la “guerra de los dos Pedros”, y que a su término, el monarca aragonés considerara a Valencia como dos veces leal. Ello, no fue óbice para que el Ceremonioso ayudara a Enrique, “el de las mercedes” -el bastardo que luchó contra su propio hermano el Rey deseoso por robarle la corona- en el destronamiento de su hermanastro, lo que posibilitó la entrada de los Trastámara en Castilla y años después también en Aragón, según se acordó en Caspe en ocasión de inteligente lance, y que pasó a la historia como el famoso Compromiso que lleva su nombre. Un Trastámara magnánimo, Alfonso, dio los mejores logros a la Corona de Aragón, gracias a la fuerza económica de Valencia y su Siglo de Oro, por lo que quedó enormemente agradecido a nuestra ciudad, cuyos presentes están patentes en el interior de nuestra Catedral.

De la Valencia amurallada y por una de sus puertas –no sabemos por cuál de ellas- el humanista Luis Vives huyó a Brujas, cuando pintaban bastos y las cosas no las tenía muy claras. También los moriscos tomaron las de Villadiego en contra de su voluntad, pero en este caso, sin la necesidad de franquear las murallas porque su lugar de trabajo estaba en la huerta, allende de ellas. Era el tiempo en que el italiano Antonio Manceli dibujó para la posteridad el plano de Valencia, como antes lo hiciera el flamenco Anton van der Wyngaerde, dibujo éste hecho por encargo de Felipe II, a quien llamaban el prudente.

Y que un siglo después también lo hiciera el “capellá de les ralletes”, Vicente Tosca, quien recorriendo todas las retículas de la ciudad desde la calle de Serranos donde sus ojos vieron la luz por vez primera, plasmó su plano enrocado en las murallas, las que sin duda le daban facilidad para su pertinaz tarea. Gracias a su trabajo, se rescataron a la posteridad sus calles estrechas, sus viejos conventos e iglesias, muchos de ellos desaparecidos. Plano que tanto nos iba a ayudar hoy en día para conocer mejor nuestra ciudad, la de aquellos años de entonces.

La murallas resistieron al francés invasor en su primera intentona, pero cuando años más tarde la industria de la seda entró en crisis, ahora diríamos desaceleración, a falta de subsidios de paro y prestaciones por desempleo, Cirilo Amorós, el munícipe, se decidió a pedir permiso a su reina Isabel II para derribar las murallas, las que ya asfixiaban a la ciudad. Y con ello, procurar los necesarios jornales para la mucha gente en paro que angustiada existía.

Valencia abierta entonces, necesitó de más puentes, pues sólo existían hasta entonces los que daban frente a sus puertas; y con ellos y a ellos gracias, fue creciendo la ciudad. El ferrocarril, el Ensanche, las nuevas grandes vías, su paseo Valencia al Mar: al que ser quiere llegar aunque sea a paso lento, la América Caps y la Formula Uno. Todo un siglo y medio en el que el encanto del blanco y negro es vencido por la magia del color, la que con la máquina digital crea sus mejores encuadres.

Pero todo esto no tiene ningún valor si en nuestra prepotencia olvidamos lo que fuimos, tiempos del que sólo el blanco y negro da su mejor testimonio: el mayor de nuestros legados y del que debemos disfrutar.

Valencia en blanco y negro es una muralla abierta circunscrita en este Blog. Pero que se ofrece desprendida a quienes gusten de ello, al igual, que también abierta a cualquier colaboración, por lo que les quedara siempre agradecida. Nace cuando se cumplen dos años desde que empezara su andadura “el bloc de jotacob”, celebrado ahora como cualquier festejo de un cumpleaños feliz y con la ilusión de que sean muchos en los que pueda seguir creciendo.

24 julio 2008

MI ENTRAÑABLE TENIENTE


Le recuerdo con agrado. Quiso el destino que él que se fijara en mí en aquel acuartelamiento ceutí, al que recién llegado estaba y que iba a ser el lugar donde debía cumplir con mi servicio militar obligatorio. Lo de presentarme voluntario no terminaba de gustarme y la posibilidad de conocer nuevas ciudades hizo que me llevara a confiar en el sorteo de quintas, que caprichoso, me mandó al Norte de África. Como se decía entonces en el argot castrense, cuando existía el servicio militar por excelencia el de remplazo.

-¿Cómo te llamas y dónde trabajas?- Me preguntó nada más verme de la misma forma que podía habérselo dicho a cualquier otro soldado, una vez jurado bandera y a la espera de destino como estábamos. Y al responderle a sus preguntas y coincidir mi nombre con el de su anterior escribiente, esto fue motivo suficiente para que ocupara el puesto que estaba vacante desde hacía unos pocos días; por lo que una vez conocido mi destino y pasadas unas semanas, decidí a romper varias tarjetas de recomendación que traía desde mi Valencia de origen; acción de la que luego, en los meses más tarde, nunca me iba a arrepentir.

Sí, le recuerdo, y con especial agrado, tal era el carácter de aquel teniente, abierto y bonachón. Que ya sentados en la mesa no muy grande de trabajo de su pequeño despacho, la que compartiéndola juntos iba a ser también mía durante sus ratos de ausencia (los de la mayor parte del día) al decirle que era valenciano, fue cuando raudo y sin demora, le dio por mencionar a la fiesta de las fallas y con ello a criticarlas.

-No os entiendo a los valencianos- me dijo medio serio y convencido- Os gastáis mucho dinero en ellas, y luego las quemáis. Con la falta que hace para otras cosas más serias y provechosas.

Trataba de explicarle lo equivocado que estaba, pero no había manera. Su condición de oficial del ejército le daba aún mayor fuerza a sus argumentos sobre los míos, y de forma especial, que esgrimidos desde mi condición de un simple soldado de remplazo y agradecido por su elección de mi persona, la mayor razón estribaba en que me veía obligado a desistir. Por otra parte, mi nuevo destino me otorgaba la exención de cualquier servicio en la compañía y el beneficio añadido de que no iba a caer sobre mis espaldas ni una sola guardia en aquel acuartelamiento ceutí; aparte de otras ventajas, y todas de gratos recuerdos, por lo que le quedé muy agradecido.

¿Cómo iba a entender el entrañable teniente el significado de las fiestas falleras y lo que para Valencia representan, sí su único afán era el de criticarlas y de paso vacilar conmigo? O quizás era al revés.

Hablar de las Fallas a un mes de la inauguración de la Formula Uno en las calles de Valencia, tiene el único sentido de su analogía mediática, en que si por la fiesta fallera es mundialmente conocida nuestra ciudad, al ser sede de la Copa del Mundo de la alta velocidad, refuerza aún más nuestro atractivo turístico, y en especial durante los doce meses del año que atraídos por tantas cosas y una vez sabidos de nuestra modernidad, vienen a visitarnos.

La creación de un nuevo circuito dentro de la ciudad en unos pocos meses y que ya despierta todo tipo de elogios entre los entendidos que lo conocen, habla muy claro de la capacidad del buen hacer del pueblo valenciano, aceptando el reto de cambiar el aspecto de una degradada zona para convertirla en el mejor balcón, en el que fijarán sus ojos millones de personas.

Sin embargo, el entrañable teniente, no alcanzaba a entender los beneficios de nuestra fiesta universal, en la que si algo se quema -trataba yo de decirle- es el cierre de un ejercicio en el mismo instante de su final, el del inicio del siguiente, y de cuyas pavesas surgen nuevos proyectos en beneficio de amplios sectores de la ciudad, sin que él tratara de comprenderlo, ocultando sus auténticos pensamientos.

Valencia, convertida ya en parada obligatoria del
Campeonato Mundial de Fórmula Uno durante los próximos años y que con seguridad serán muchos, es la gran falla que jamás podíamos soñar los valencianos y de cuyo alcance, la ciudad entera, se va a beneficiar con unos resultados que recaerán sobre amplios sectores económicos, gracias a su especial tirón y proyección internacional que le acompaña. Fruto del que también disfrutaremos por la transformación de su zona más degradada en diseños de vanguardia, al igual que lo fueran en anteriores eventos otros barrios, a los que se consiguió dar el mejor lucimiento.

-¡Valencia cada vez está más bella!-, dicen quienes nos visitan de tiempo en tiempo, o disfruta al descubrirla quien llega por primera vez a nuestras calles.

Quizá, en la actualidad, el entrañable teniente dijera que tampoco entiende cómo se quema la gasolina tan cara como está, y que en lugar de tirarla por los tubos de escape, mejor sería que se utilizara su precio en cosas más aprovechables. Igual diría algo de eso.

Pero lo que sí es cierto, es que en nuestra ciudad aún existe gentes que, como el entrañable teniente, aún no entienden a nuestras fallas, y lo que es peor, que se resisten a entenderlas.

Aunque luego, claro está y sin duda alguna, que de una forma o de otra, y cuando les llega el momento de presumir de nuestra ciudad, glosarán con entusiasmo a nuestra fiesta internacional. Ahora, lo tendrán aún más fácil, pues gozarán del añadido de nuestros grandes eventos, cuya fijación e su interés universal es cada vez más patente.

06 julio 2008

TÉMPANOS DE HIELO


Las incesantes cuchilladas las debieron sentir en sus carnes con un agudo dolor, como el de una descarga eléctrica que corriera por todos sus cuerpos. Fueron la señal de que aquella tragedia había llegado a su final, iniciada momentos antes, en el tiempo transcurrido desde que percibieron el primer aguijón de la muerte.

Aunque es difícil de imaginar, puedo presumir la sensación del frio acero cuando entra en la carne humana por las películas de acción, al ver los rostros de sus protagonistas, encogidos o desencajados en sus lamentos, cuando ofrecen sus muecas de espanto en una brillante interpretación. Sin embargo, nunca he visto morir por causa semejante a un ser humano y mis únicas referencias, junto a la del cinematógrafo, se limitan a la lectura de novelas de piratas o de batallas navales, que, al abordaje, rubrican firmas de muertes; o las de espadachines, esas de uno para todos y todos para uno, donde el honor y la frivolidad andan parejos, esclavos siempre de un orgullo herido, a la búsqueda de un duelo que lo libere.

También puedo imaginar las cosas que pasaron por sus mentes, por sus recuerdos, o en sus adioses a los seres queridos, al mismo tiempo de las continuas cuchilladas que iban recibiendo, y que unas tras otras sentían en el interior de sus cuerpos. Y como el boxeador grogui, más bien despojo y fardo humano, todos sus cuerpos debían de ser un desgarro, como una diana, en la que cientos de púas punzaban sus mentes y las recibían estoicos con sus cuerpos helados inmersos en las aguas del océano.

Todas las fuerzas las centraban en sus dedos, que asidos a algo firme, cifraban en lo desconocido su única esperanza: la que por instantes fenecía sobre cualquier tabla de salvación. Debieron de perder la cuenta, y el número de cortes salvajes adormecían sus cuerpos, de los cuales quedaba un ligero aliento, que aunque cálido, se perdía por la gelidez de la noche.

Hablan de un bosque de gritos, de chillidos, que si vivos se habían apoderado de la noche, fueron menguando en sus lamentos hasta convertirse en un silencio sepulcral. Y fue cuando cesó el dolor expandido e imperó el silencio abandonando su eco. Y a partir de ese momento, cuales témpanos de hielo, navegaron por las sombras de la noche guiados por su destino.

Los que lograron salvar sus vidas contaron que la muerte por congelación anuncia de su presencia en la carne como cientos de cuchillos, pero ante la ausencia de sangre. Así ocurrió aquella noche, en la que trescientos seis cuerpos humanos fueron rescatados inertes flotando sus cuerpos en las frías aguas del océano una vez hundidos al chocar contra David, el que fuera un simple copo de nieve convertido en la enorme masa de un iceberg vencedor sobre Goliat: la fascinación del Titanic, cuyo espíritu sigue navegando no solo por las aguas del océano, sino también por nuestras mentes.

(“Témpanos de hielo” es un relato que ha participado en el 34º Proyecto Anthology. Tema: Frio)

04 julio 2008

MIGUEL SEBASTIAN, MINISTRO CON CARTERA PERO SIN CORBATA

Ignoro si la esquila es a la vaca lo que la corbata al hombre. Porque nunca se lo pregunté; a la vaca, por supuesto. Sin embargo, en su orgullo de caminar lento, majestuoso y solemne -por supuesto me refiero a la vaca- por senderos empinados, a veces dificultosos, luce su bronce añejo como el mejor distingo de su presencia. Y de seguro, ufana y contenta de ser el centro de las miradas de quienes pasan por su lado como también honrada a carta cabal, que como siempre, se ofrece con lo mejor de sí misma.

La corbata que no es más que un trapo, es como el obligado colgajo incrustado al toro en el corral en contra de su voluntad, que momentos antes de salir a la plaza se le clava en sus carnes, y es entonces cuando ya está listo para la lidia. Sin que esté obligado a lucirlo de fosforito, de colores vivos, ni de marca cara, ni a que su nudo sea ancho y grande, que más parece la soga en la que se anuda la ausencia de toda personalidad.

Finales los cincuenta del pasado siglo era el sombrero la prenda más importante del vestir diario, sustituido por la boina de visera chulapona y con pañuelo blanco al cuello, en aquellos, cuyo tramo profesional iba desde el aprendiz locuaz al auxiliar con ínsulas de oficial. Desparecido el sombrero de la multitud de las calles, la corbata se luce en nuestros días como prenda obligada tanto en los de abrigo del frio invierno, como en los del suave estío, aunque cuando llega el calor rancio y pegajoso, es cuando se afloja el lazo en torno al sufrido cuello o en acto de rebeldía se deshace el nudo y con la camisa abierta, se ofrece la garganta como señal de libertad.

Nuestro Ministro de Industria y desde el banco azul del Congreso, con cartera pero sin corbata, nos lanza el mensaje de que sin ella se está mejor, más a gusto, y hasta más dispuesto al trabajo liberado del calor que nos asfixia, aunque sea sólo en parte.

Ojalá sirviera la genial anécdota para darnos cuenta de la inutilidad de la corbata, y de lo que se esconde tras la embustera enseña que algunos muestran en lo que ya nada es circunstancial, sino medido en el tiempo y en busca de los mejores mejor frutos. Remedios elaborados dentro de las carteras ministeriales, las de piel cara y algunas de vaca.

Los trasvases ya no son trasvases, son otra cosa; la crisis ya no es la crisis, es otra cosa; los referéndum ya no son referéndum, son otra cosa; las regiones ya no son regiones, son otra cosa y la paga para todos los españoles de los 400 euros es una mentira más, mientras que los más necesitados se van a quedar esperando la ayuda prometida tan convencidos de ella cuando votaron.

Sea con la corbata del engaño en lo políticamente correcto, o con la esquila de la bondad fruto de la ignorancia.