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09 octubre 2006

EL PALACIO IMPERIAL DE TOPKAPI


Entenderse con los turcos es imposible y la elección de un restaurante muy complicado, además de los traslados de una parte a otra de la ciudad que sin duda nos restarían tiempo. Por estas razones, en nuestro segundo día en Estambul decidimos solicitar las visitas guiadas durante nuestra estancia en la ciudad de los minaretes. Nos llevaron a la Mezquita de Solimán el Magnífico que ya habíamos visto el día anterior pero ahora la conocimos con más detalle. Luego fuimos en bus a conocer el Palacio Imperial de Topkapi. Un recinto grandioso y lleno de tesoros mandado construir por el sultán Mehmet Fatih pensando en Versalles pocos años después de la conquista de Constantinopla. El Palacio está situado en la ladera de una de las más bellas colinas de Estambul y “tal vez del mundo entero”, como decía Lamartine. El recuerdo de Roma y sus también siete colinas, como Estambul, resultó inevitable. Fue residencia de los sultanes y el sabor oriental está presente en toda su construcción. Es enorme y con cuatro patios interiores separados, pero comunicados, por puertas de gran belleza. Es una sucesión de salones y pabellones cada cual mas bello y cada uno con su función en los tiempos esplendorosos del imperio otomano. Los patios ajardinados compiten en belleza y en cada uno de ellos alberga historias y recuerdos diferentes. Los jardines, muy cuidados, nos deslumbraban a todos.

La vigilancia y control de entrada nos daba a entender que allí debía de haber algo muy especial Las joyas que atesora son auténticas y es la primera vez que vimos tantas esmeraldas juntas y de gran tamaño, así como brillantes, diamantes y mucho oro. También vimos, consideradas como reliquias de Mahoma, penachos de su pelo y huellas de sus pies. Y huesecillos de San Juan Bautista. Lo que fue una pena es que toda la información estaba en turco y en inglés, lo que nos impedía informarnos acerca de los tesoros que íbamos viendo con nuestros ojos. El Palacio es enorme, muy amplio, por lo que nos resultaba muy grata la visita a pesar de que había muchísima gente visitando el Palacio. En los laterales existen miradores sobre el Mar Mármara y la ciudad con vistas inolvidables. Qué pena por el día nublado que nos acompañaba. Las fotos, con cielo limpio, hubiesen sido magníficas.

Comimos en el único restaurante dentro del Palacio en un precioso mirador ajardinado sobre el estrecho de Bósforo. Comida turca con la que, quizá por el bello lugar, quedamos bastante complacidos. Terminamos la visita del Palacio y nos fuimos caminando, veinte minutos, a visitar la Mezquita Azul. Si por fuera es colosal, con una cascada de cúpulas y medias cúpulas, su interior es bellísimo. Sus adornos azules dan nombre a la Mezquita. Vimos a musulmanes jóvenes rezando con sus movimientos característicos y acompasados.

Al lado de la Mezquita está la plaza del hipódromo y vimos el obelisco egipcio construido por un faraón y transportado a Constantinopla en tiempos de Teodosio; la columna serpentina traída desde el templo de Apolo en Delfos y la fuente del kaiser Guillermo II regalada al sultán Abdil Hamit. En Estambul hay muchas fuentes de mármol y son utilizadas por los musulmanes antes de su entrada a las mezquitas que lo deben hacer con los pies limpios. Vimos a muchos turcos en esta práctica antes de su entrada al interior para la oración. Muchas de la fuentes que vimos son auténticas joyas urbanas que sorprenden por sus artísticos acabados.

Visitamos el Bazar de las Especias donde compramos el té de manzana y el té de jazmín en una tienda regentada por una española que nos dijo que el de jazmín es muy bueno para los huesos. No lo pensamos dos veces, ¿encontraremos alguna mejoría?, el tiempo lo dirá.

La visita guiada terminó en el Gran Bazar y en su parte exterior descansamos tomando una cerveza con la agradable compañía de dos parejas del grupo con las que poco a poco fuimos haciendo una gran amistad.

Nos metimos en el Gran Bazar para tener una primera impresión y conocerlo un poco. Teníamos mucha ilusión y no nos defraudó. Tiene a lo largo de todo su recorrido más de tres mil tiendas y no vi ni un solo hueco entre dos de ellas. Todas rebosantes y con una gran actividad comercial. En cada una de ellas, ante la puerta, están los vendedores llamando la atención del visitante. Para este fin son muy simpáticos y cuando detectan que somos españoles se nos dirigen con expresiones nuestras. Imagino que harán lo mismo con los de otras naciones. Creo que allí se encuentran los mejores vendedores del mundo, por lo menos en ese tipo de venta que tiene algo de bullanguera y alegre, pero que no puede ser de otra manera.

Conocerlo me ha resultado muy interesante y hemos decidido que el último día en Estambul lo dedicaremos a las compras. Hasta que llegue ese momento, todos los días pasaremos a dar una vuelta por ese laberinto interminable para ir conociéndolo mejor.

Cenamos en el Hotel y después de tomar un delicioso té de manzana dimos por finalizado el día.

Octubre 2006-10-09


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