Si das una vueltecita por mi Blog, espero sea de tu agrado.

17 febrero 2008

EL COLEGIO DEL PATRIARCA


Conoce uno más de los rincones de mi ciudad. Creo que vale la pena.

Mi agradecimiento a Pablo Pérez García, el mejor cicerone; a Miguel Aura: autor de la fotos y a Rufino Berlanga, quien nos abrió las puertas.

08 febrero 2008

Carnavales de Cádiz: ALIANZA DE CIVILIZACIONES


Previo al amplio Salón de la Caleta y en la lujosa recepción del Hotel Atlántico de Cádiz –Parador Nacional- tuvo su inicio un acto cuyo significado y alcance, convertido en sueño dorado, adquiere un valor incalculable, pero, que al mismo tiempo, se convierte en una quimera por lo irrealizable.

En aquel lugar de encuentro, lujoso y muy acertadamente decorado en sus paredes con una pinacoteca en la que destacaban los navíos españoles, ingleses, franceses, contendientes en la batalla de Trafalgar, librada en las aguas próximas a donde nos encontrábamos, nos fuimos congregando siendo gratamente acogidos con un desfile inacabable de manteladas bandejas donde el fino y el adobo de cazón se convertían en la mejor credencial al acto que poco después daría su comienzo.

Se abrieron las puertas, y la primera mirada fue hacia el techo alcachofado del que pendían las estrellas tartésicas de ocho puntas, el símbolo más emblemático de la Andalucía desde los tiempos más remotos de una vieja colonización tan penosamente olvidada como por desgracia desconocida para tantos. Veinte pilastras sustentan lateralmente su techo y de forma austera están decoradas con sencillas lámparas engalanadas para la ocasión con graciosas mascaras venecianas.

La luminosidad la ofrecían doce grandes lámparas -¿doce tribus de Israel?- de tres pisos concéntricos descolgados por cilindros sencillos y bellos. El escenario, no muy grande, el necesario, de cortinado elegante, mostraba esparcidas en sus telas caretas carnavalescas bajo un friso de focos que esperaban la ocasión de encenderse.

Todos los presentes habíamos tomado el asiento asignado y para el comienzo del acto faltaban breves momentos.

Y desde el indio apache de cabellos negros y lacios sobre sus hombros, del corsario con sable pero sin daga, del guerrillero rondeño, del emperador corso de mirada engreída, del soldado romano de paso lento pero a saltitos, del flácido bereber, del sultán bañado en oro, del chulo de chamberi, del hebreo taciturno, de las chinitas del si si si, del griego reflexivo, de la danzarina generosa, del niño torero de requiebros constantes, de los diseños abracadabrantes de Agata Ruiz de la Prada, de la monja zorrillesca, del mafioso de sainete, de la dama versallesca, del mejicano corrido, del afrancesado, del castrense, del inquisidor, del truhán risueño, del monje franciscano, del espadachín con embozo, de la ninfa con ricas sedas y del santo evangelista, como hasta el monarca del viejo régimen y algunos más, escondidos estos por los largos y estrechos pasillos del gran Salón de la Caleta: si no era aquello la deseada “alianza de las civilizaciones”, sí se puede afirmar que se le parecía bastante. Por lo menos en el intento de compartir juntos una velada gozando de las chirigotas y de las comparsas que nos unía a todos: a los del disfraz del carnaval, junto a los del disfraz de todos los días, ese de traje y corbata.

El Carnaval de Cádiz tiene un sello especial que lo hace diferente a todos los demás que se celebran en estos días del año en todo el mundo mundial. La chirigota, su mejor exponente, sencilla, lenta, de voz baja, creada por unos labios generosos que se esfuerzan para ser entendidos por todos, es un sainete que desde su crítica más aguda e inocente llega hasta la denuncia social irrebatible por su rotunda claridad.

La “tacita de plata” acoge por su retícula urbana ríos de gente en busca no sólo de la gracia gaditana, sino también del fino y la tortillita de camarón cuyo deleite entre sus calles alcanza altas cotas de sublimidad imposible de alcanzar en cualquier otro lugar fuera de estas fiestas del Carnaval.

Cádiz, que si pequeña es mucho Cádiz, sigue conservando en su casco histórico todo el esplendor de su siglo de oro, el XVIII, cuando la conveniencia de su puerto hizo que se trasladara desde Sevilla la Casa de la Contratación y se convirtiera en la base del comercio ultramarino. Fueron momentos de esplendor, como se demuestra en la actualidad, que con una sola mirada el siglo de la ilustración aflora por su contorno abierto al mar, o por cualquiera de su rincones, donde observando la riqueza de sus fachadas, afortunadamente conservadas, queda bien patente la huella de una sociedad burguesa, liberal y revolucionaria, como también constitucional, que le dio gran fama y renombre.

La ciudad mantuvo el monopolio con las Indias hasta finales del siglo, cuando Carlos III lo extendió a otros puertos españoles. Pese a ello, siguió siendo una ciudad próspera y trascendental en el devenir histórico de España, baluarte importantísimo contra la afrenta de un emperador cuya caricatura simpática y rechoncha apareció por una horas en el amplio “salón de la Caleta”, con motivo de una representación teatral, alianza de civilizaciones, que de seguro seguirá celebrándose año tras año en la bella, simpática, docente, orgullosa de su historia de más de 3000 años, libre de complejos, española y muy culta; como lo demuestran algunas de sus chirigotas, mucho más sabias y henchidas del más docto sabor popular, que tantos otros panfletos sueltos que vuelan indecorosos por algún que otro claustro seudocultural, semejantes a las hojas yermas del otoño.

Cádiz, en sus carnavales, en la estrechez de sus calles atiborradas de gracia, es otra ciudad: Lo que no es óbice para contemplarla desde arriba, a través de su “cámara oscura”, la primera de España, donde se proyecta en tiempo real la imagen de la ciudad, como espía de todo lo que en ella acontece en ese mismo instante. Sobre una pantalla cóncava y blanca, un espejo y unas lentes de aumento invitan a la más fiel interpretación de la ciudad de Cádiz, cual tacita de un solo brazo rodeada por un mar de plata.

La “cámara oscura” está ubicada en lo alto de la Torre de Tavira, situada en el centro de la ciudad y siendo la más emblemática de todas las torres miradores como testigos del esplendor que gozaba la ciudad en el siglo XVIII. El más alto mirador formaba parte de un palacio y debe su nombre a su primer vigía: Don Antonio Tavira. Otras ciento veinticuatro torres miradores esparcidas por toda la ciudad son las que quedan de las más de doscientas que se utilizaban para contemplar la mar a la espera de los barcos que navegaban hacia el más importante puerto español de aquel siglo. El que tanta prosperidad y riqueza dio a la ciudad gaditana. Algunos de sus miradores resultan invisibles desde sus estrechas calles y sólo son reconocibles desde lo alto de otras torres como sucede con “la escondida”, desconocida para muchos. La singularidad de todas ellas reside en sus cuatro tipos característicos: torre de garita, torre de sillón, torre de terraza y torre de sillón y garita, según la forma que adopten.

Lo que resulta imposible es despreciar el pescaito frito de la gastronomía gaditana y en el Parador Atlántico, junto a las tranquilas aguas de unos días esplendidos, resulta una tentación imposible de evitar. O la de visitar el Restaurante el Faro, de obligada presencia, donde descansar y reponer las fuerzas son placeres irrenunciables que siempre invitan a una próxima visita.

La chirigota, la comparsa, el coro y el cuarteto dan vida a los Carnavales de Cádiz. La gracia innata gaditana los alimenta, y la belleza de la tacita de plata pone el resto. Todo ello junto, configura un viaje lúdico cultural muy difícil de olvidar. Menos mal que la gracia del “phisa” es inagotable y siempre habrá una nueva ocasión para volver a la fiesta del Carnaval.

30 enero 2008

CARCOMA HUMANA


“A Don Envidioso López”

Solté el escupitajo y como un límpido rayo de luz reflectado sobre las aguas cristalinas que surcaban las fragancias propagadas por el verdor del valle que tanto anhelaba, situado en él, hallé el cobijo de mi edén soñado, apacible y redentor.

A través del esputo libertador despedí mis angustias constreñidas día a día, creadas por mi entorno más próximo aquel en el que tanto había confiado. Su fluido, macerado por envidias inmediatas, siempre flacas a pesar de lo mucho que se alimentan y por los celos ocultos que sin embargo siempre florecen, había sido denso, de sabor amargo, corruptor de mi sangre, cuyos glóbulos infectos eran imposibles de purificar. Los impactos de los golpes bajos con la intención de hacerme daño, tantas veces recibidos de quienes, no obstante, les había brindado toda mi confianza, corrompían la flema.

Las células enfermizas del rencor y de la ira sobre la grupa del gusano roedor navegaron por sus aguas irritables produciéndome vómitos, sin encontrar por mi parte la purga aliviadora de mi gran desazón. Y el vacío que dejé en mi interior al conseguir expulsarlo me causó el placer de un efecto relajante, una vez libre de aquellos viles sentimientos impulsados por mis contiguos acompañantes de siempre.

Nunca supe del antídoto más eficaz para luchar contra tan cotidianas ofensivas, ávidas de venganza, pues sus acometidas, tan sustanciales al ser humano, me convertían desde la victima propiciatoria hasta el más frágil de los esclavos.

Y fue cuando libre del escupitajo, mi vomitivo liberador, mezcla de pus y de azufre, cual cianuro mortal gestado en el tiempo, y ausente de mi interior el fango acumulado de tantos años, fue sólo entonces cuando me entregué al plácido sueño imaginando la belleza de campos y veredas, ilusionado con el frescor de sus aguas limpias entre aromas de espliego, lejos del mundanal ruido, y a salvo de la ruindad mundana, camino por el que hasta ese momento tanto me había angustiado.

(“Carcoma humana” es un relato que ha participado en el 27º Proyecto Anthology. Tema: Veneno)




06 enero 2008

BELÉN NAVIDEÑO


Los Ángeles de la Fresneda es un bello pueblo situado a pie de la Sierra del Miaudarrama, que si hace unos diez años tenía poco más de trescientos habitantes, en la actualidad, su número, se ha multiplicado por veinte y sus nuevos residentes se hallan esparcidos por los alrededores en varias de las urbanizaciones que han ido creciendo dentro de sus límites. Su cercanía a la capital, su multitud de fuentes, el perfume que lo impregna y un riachuelo cercano que muere en un pequeño lago del vallecillo de tan singular paraje, ha sido la magia de la repoblación alcanzada en tan corto espacio de tiempo, aunque la mitad de sus gentes vivan en la capital, gran parte del año. No obstante, todos los fines de semana acuden a relajarse en el campo de golf que alfombra una gran parte del Valle de la Fresneda.

Los Ángeles de la Fresneda vive su mayor bullicio no solo en los meses estivales, que por el frescor de la sierra recibe a toda su gente, sino también llegado el mes de Diciembre que es cuando se viste de blanco y con el traje de gala de las fiestas navideñas, vuelven sus vecinos a la espera de recibir al nuevo año entre el jolgorio que brota cada vez con mayor fuerza sobre el albino y bello manto que lo cubre.

En los tres últimos años los ediles han tenido la feliz ocurrencia de escenificar la Navidad elaborando en el centro de la plaza del Ayuntamiento un original Belén que la ocupa un tercio, quedando el resto como el patio de butacas, tal como la mejor de la platea donde presencian juntos el momento del nacimiento del Hijo de Dios. Será en la última hora de la tarde, previa la Nochebuena, cuando uno a uno todos los regidores irán saliendo del Consistorio hacia el Belén, ataviados con sus ropa de blanco lino, sus túnicas, sus bufandas del piel de cordero, sus bigotes canos, atiborrados de regalos como ofrendas al Niño que va a nacer.

¡Qué forma tan bella para celebrar tan singular fiesta! y que por breves días, sobre todo, será el especial momento de congraciarse todos juntos después de un año de enfrentamientos baldíos, que debiera servir como ejemplo para todos los demás pueblos. Aunque este no era el caso de Los Ángeles de la Fresneda que destaca por tantas cosas bellas, donde entre los dos partidos que forman el Concejo, al menos en los últimos diez años, se llevan razonablemente bien.

El clamor ya se escuchaba por sus calles engalanadas con luces y guirnaldas, y en especial, el centro de la Plaza, donde los abetos cubiertos de nieve eran motivo de juegos y chanzas entre los vecinos que, catapultando sus ramas unos contra otros, mostraban el niño que llevaban dentro, mientras sus hijos quinceañeros se entretenían con el SMS o presumiendo de móvil de última generación.

Era la hora anunciada y el reloj municipal de la plaza, luminosa y engalanada, iba a dar las nueve campanadas. El portalón del Ayuntamiento abría sus puertas y por el umbral salían San José y la Virgen María cogidos de una mano mientras saludaban con la otra a los allí congregados, ambos con un gesto fraternal. Y tras ellos, el resto de ediles, ocho pastores: algunos portando animales, como un buey, un asno y algún que otro corderillo, y otros, almireces y calderos de cobre entonando villancicos mientras recibían multitud de aplausos y toda clase de parabienes. Todos iban hacía el centro del Belén, donde minutos después nacería el Hijo del Hombre.

Se apagaron todas las luces, los destellos en la nieve desaparecieron, las voces se callaron, todo era quietud y silencio. De repente, desde lo alto de la espadaña, adornada con lo que parecía una corona real: el nido de una cigüeña, un haz de luz, potente y más blanco si cabe que la nieve, iluminó el nacimiento donde apareció desnudito el más joven de los ediles cubierto sólo por un paño azul de cielo que le protegía del frío, sonriendo y saludando a todos.

El clamor increscendo se apoderó de la plaza. Y fue entonces, cuando las sirenas se abrieron paso entre el gentío, apareciendo tres Lands Rover de la Guardia Civil que frenaron su marcha justo frente al Belén.

-¡Todos quietos!- dijo el comandante que mandaba la inesperada embajada y dirigiéndose al Nacimiento.

-Nos ha llegado la noticia que teníamos anunciada, la que estábamos esperando desde hacía unas semanas: la veracidad del delito de corrupción por recalificaciones indebidas en las que todos Vds. están inmersos. ¡Quedan detenidos en este mismo instante!- Dijo el comandante, mientras ordenaba el precinto de todo el Ayuntamiento de Los Ángeles de la Fresneda, situado en una ladera de la sierra del Miaudarrama.

(“Belén navideño” es un relato que ha participado en el 26º Proyecto Anthology. Tema: Nacimiento)

18 diciembre 2007

CUENTO DE NAVIDAD


Cuando los tres Reyes Magos de Oriente vieron pasar ante sus ojos tres cometas, no lo pensaron más, abandonaron su estrella, su residencia de verano y se auparon a las grupas astrales enfilando rumbo a Occidente, en uno más de sus acostumbrados viajes cargados de felicidad con la misión de repartirla por todos los rincones del mundo. Pronto cruzaron la frontera que nos separa, y muy celosos de cumplir las normas allá por donde pasan, se abrocharon el cinturón de seguridad, a pesar de que no lo necesitaban. Tal privilegio, lo heredaban de hacía más de dos mil años, cuando se ganaron la inmortalidad hasta el fin de los siglos, que coincidirá con la llegada de Quien un día vendrá a juzgarnos. Incluso a ellos mismos, quienes también tendrán que rendir cuenta de sus regalos, los entregados a quienes no se hubiesen hecho merecedores de ellos.

Había sido un bueno año para los tres Magos de Oriente que, producto de su trabajo, preñaron de juguetes el interior de sus nubes blancas recauchutadas de algodón, los vagones donde los transportaban. A gran velocidad, surcaron los cielos y la inmensa caravana volaba por la autopista celeste, celosos de su horario, para llegar a su destino cuando empezara la noche y repartir sus regalos, una vez recogidas las cartas depositadas en los buzones esparcidos por todos los rincones de la ciudad, incluso en las grandes plazas del neón navideño que tanto alimentan los sueños infantiles.

Pero aquel año, como podía ser el actual en que estamos, sus emisarios, adelantados para hacer un cálculo de las peticiones, algo habían hecho mal, pues no informaron a los Reyes Magos de que si había sido un buen año para ellos, no lo había sido para las familias que iban a visitar, y no advirtieron de la inflación galopante que sufrían, a cuyo trote, había arrasado sus recursos, débiles y extenuados, lo que les había obligado a ciertas privaciones en muchas de las casas de aquella ciudad, incluso en las de mediana economía.

Y para más inri, alguien les había ganado la mano, llegando con la antelación de todos los años. Papá Noel, porque no podía ser otro, ya había dejado sus regalos, y cuando los pajes reales abrieron los buzones, los vieron casi vacíos, huérfanos de sobres. Sólo unos cuantos telegramas con muy pocas palabras hallaron en sus fondos, lo que hacía suponer una noche de poco trabajo, al menos en aquel lugar. Pintaron pues bastos para los Monarcas, y Papá Noel ya había llenado las casas de juguetes, sin más mérito que haber llegado primero, vaciando no solo los bolsillos, sino también dejando sin límite las tarjetas de crédito de todos los papás.

Pero los Reyes Magos no habían llegado hasta allí para volver cargados a su estrella celeste sin cumplir su misión encomendada, motivo fundamental de su larga existencia. Y calle por calle, y casa por casa, vaciaron sus nubes que tenían ancladas atiborradas de juguetes. Un año más alegraron a los niños de aquella ciudad, como tantas otras veces, ilusionados como siempre.

Como días antes lo había hecho Papa Noel, que si republicano él, ellos eran los Reyes Magos de Oriente, y con su magia e ilusión, como fértiles simientes que son, el próximo año sería mejor para todos, con cartas de niños en los buzones saliéndose por las orejas y telegramas urgentes de última hora, llenos de ensueños, llenos de esperanza.

12 diciembre 2007

LÍNEA 8 - PERIFÉRICO


Había llegado a formar parte de mi vida y mi dependencia hacía él era total. Todos los días cogía el mismo autobús y en las mismas horas coincidía con ellos, en cada uno de los trayectos, ya desde hacía algunos años. De casa al trabajo, y vuelta a comer; y por la tarde lo mismo, pero el regreso a mi hogar, ya en la hora cercana a la cena. Y al día siguiente, vuelta a empezar, como todos los días del año, así uno tras otro.

Los buenos días con Juan eran muy cordiales, y sentados juntos en el autobús nos contábamos nuestras cosas, casi todos los días parecidas, pero tendentes en el tiempo a incidir en cuestiones de salud, por desgracia cada vez con mayor frecuencia, pero que por fortuna hacían crecer en nosotros un afecto entrañable. A Juan sólo lo veía por las mañanas, pues en el resto de la jornada nuestras rutinas tenían muescas diferentes.

Al mediodía, de regreso a mi casa, subía al bus junto a un joven oficinista (su aspecto le delataba) siempre callado, con el que el único cruce de palabras eran los habituales hola y adiós, absorto en sus auriculares que le salían de sus oídos protegidos por unos pabellones más bien pequeños, que en su conjunto, le daban un aspecto taciturno. Me enteré de su nombre por casualidad, porque un día, una rubia también joven y guapa le dijo: ¡hola Álvaro! y él, adivinando el saludo, le contestó algo sonrojado con aspecto serio, un escueto hola; abundado aún más en su aire huraño, cuando agachando la cabeza llevó sus manos a las orejas ajustando aquellos dichosos cables que se le caían, debido quizá al pequeño hueco allí donde se sostenían.

Ya en el bus de la tarde, mi única preocupación residía en no encontrarme con Blas, debido a su descaro verbal con aromas de halitosis. Sin embargo, siempre tenía algo que decirme, por lo que me buscaba con sumo interés, incapaz como era yo de negarle mi compañía, aunque no me resultara muy grata la suya. Sustraerme a él era un imposible, pues se pegaba a mí como una lapa, y si me refugiaba solo en un asiento, él se ponía de pie a mi lado de inmediato sin darse cuenta que prefería ignorarlo.

En mi último trayecto del día la presencia de Társilo, de cara blanca, asustadiza y una persistente tos, era una constante, y siempre terminaba por contarme lo mal que le salían las cosas, hablarme de su poca fortuna, y de sus miedos al salir a la calle, pues todo lo que le ocurría representaban desgracias inevitables. Era un tostón, pero muy buena gente y me daba cierta pena, por lo que trataba de animarle sin apenas conseguirlo.

El autobús, ese pequeño mundo que no gira alrededor del Sol pero sí de la ciudad y nos transporta traqueteante acompañados de seres multiformes, algunos en busca de un foco de calor donde cobijarse, completaba parte de mis horas, a veces fascinantes, en un trayecto que si siempre era el mismo, su gente tenían vidas diferentes, ora seductoras, ora vulgares.

Pero un buen día todo se fue al traste y ni Juan, ni Álvaro, ni Blas, ni Társilo subieron al autobús, lo que me causó una inesperada sorpresa, echándoles de menos, incluso a Blas. Y más si cabe, por la ausencia de los cuatro en el mismo día, como si el destino se hubiese puesto de acuerdo pasando a un segundo acto de un guión desconocido. Y así, transcurrieron dos días más, dejándome muy preocupado y despertando en mí un gran interés por saber algo de ellos. Y también apenado, sobre todo, por no saber a quien dirigirme preguntando por ellos, ni por si volvería a verlos.

Ya en mi último trayecto me acerqué al conductor del autobús, no como remedio seguro, sino porque no había otra forma de averiguar algo; tenía al menos que intentarlo.

-Buenas noches, amigo –le saludé cordialmente- llevo tres días sin saber nada de Juan, ni de Álvaro, ni de Blas, ni de Társilo, todos habituales usuarios de esta línea que seguro que los conoce. Por casualidad, ¿sabe Vd. algo de ellos?

-Oiga Vd.- me contestó serio, con cara de pocos amigos y algo cabreado- ¿No sabe Vd. leer? ¿No ve que está prohibido hablar con el conductor?

Enojado, me bajé del bus unas cuantas paradas antes de llegar a mi destino, añorando la cordialidad, la discreción, la osadía y hasta el miedo, envueltos todos en el celofán humano de la espontaneidad como el mejor de los regalos, lejano al obligado de un santo comercial, truncados todos por un cartel prohibitivo cada vez más de actualidad que ya desgraciadamente nada tiene que decir.

(“Línea 8–Periférico” es un relato que ha participado en el 25º Proyecto Anthology. Tema: El autobús)

06 diciembre 2007

EL SIGLO DE ORO ESPAÑOL


Lo tenía decidido. Pocholo, mochila al hombro, paso firme y con sus melenas ondulantes, bajó de su autobús aparcado en una gran superficie y se fue directo a la sección de libros de ocasión buscando el estante de los clásicos. Su interés estaba en comprar algo de Garcilaso, de Santa Teresa de Jesús y de Boscán. No por su afición a los clásicos, que ya había abandonado, sino porque le vinieron al recuerdo como los más adecuados para lo que por su mente rondaba. De su cara enfurecida, perfumada con un Jean Patou, surgió un brutal ceño cuando lo único que encontró fueron libros de autoayuda, de cómo hablar inglés en quince días para volar a Londres aprovechando un vuelo barato encontrado en Internet o de cómo ligar pronto y bien. Al ver este último, cambio el semblante y sonrió levemente.

Tozudo como nadie y aprovechando la parada del metro, se fue al centro histórico de la ciudad con la esperanza de encontrar lo que buscaba. Si algo no falla junto a una vieja catedral es una librería de lance, se dijo, y él lo sabía. Encontró lo que deseaba, y terminó de llenar su mochila aprovechándose de un Quijote a muy buen precio que le llamó la atención porque con los rasgos de Quijano en la portada raída y amarillenta se encontró un cierto parecido.

-¡Toma y lee, a ver si subes tu nivel!- le dijo Pocholo a Arancha algo prepotente, ignorante de su talla intelectual, despertándola del camastro mientras ella estiraba sus brazos de porcelana ladeando su cuerpo desnudo sobre una sabana roja de seda que hacía resaltar aún más sus lascivas curvas sin que a Pocholo le importaran cuando estaban ya en el parque.

Arancha, circunspecta y con la moral tan alta como enciclopédica, apretándose los labios le hizo caso; y de la mochila a sus pies, sacó a Santa Teresa, a Garcilaso y a Boscán. En cambio, cuando vio al de la triste figura, al que también encontró su parecido, se lo lanzó a la cabeza sin conseguir atinarle. Pocholo se tiró al suelo evitando la andanada, y el libro voló por la ventana saliendo al exterior estrellándose contra un lector tumbado en la hierba del parque, dándole en la cabeza.

-¡Quién es el ignaro que osa desprenderse de este libro tan preciado y se atreve a lanzarlo a los cuatro vientos!- Dijo enojado el lector con el Quijote en sus manos y el suyo bajo la axila, ya dentro del autobús, al que había entrado, mientras despectivo veía a la de la blanca figura, desnuda ante él y a su lado sentado en el suelo quien le pareció un patán.

Arancha, asombrada ante la presencia del intruso tapó sus turgentes senos, uno con Garcilaso y el otro con Boscán, y aún tuvo tiempo para Santa Teresa acogiéndola en su regazo.

-¡Pocholo!- Exclamó la bella.

-¡Oye tú! ¿No molestes? ¿No ves que estamos en horas de leer? ¡Fuera!- le gritó Pocholo, indicándole con su cara enfurecida la puerta por donde había entrado, amenazándole con una pica en su mano diestra, como aquellas las de Flandes.

El erudito misterioso no lo pensó dos veces, arrambló con Garcilaso y con Boscán, y sin llegar a darse cuenta de la presencia de Santa Teresa sobre la sabana roja de seda, huyó por donde había entrado cargado del Siglo de Oro Español encontrado como un tesoro en el más mullido de los estantes.

16 noviembre 2007

SEGOVIA, LA VIEJA CASTILLA


6 de Noviembre

Si hay una ciudad pequeña en su continente pero grande en su contenido, esta es Segovia; y cada una de sus piedras semeja al grano que prieto al otro, envuelto por láminas donde se escribe su historia, forman el bello fruto de una granada coronada.

En la segunda mitad del XVI el Rey Prudente trasladó la corte a Madrid y Segovia entró en retroceso. Pero antes, durante muchos siglos, y piedra a piedra, se fue gestando en ella gran parte de nuestra historia, la iniciada en la época romana cuando dos Emperadores, Trajano y Teodosio I, nacieron en tierras segovianas, aunque al primero hay quienes le atribuyen a Sevilla su lugar de nacimiento.

Con todo esto, más los castillos existentes por toda la provincia, el viaje a aquella tierra estaba sobradamente justificado. Sus asados, el Acueducto, el agua por arriba y el vino por abajo, contribuían, más si cabe, a pasar unos días en Segovia, la bella ciudad castellana.

Llegamos a hora de comer al Parador de Segovia, donde pasamos la tarde para programar las rutas y conocer las horas de visita a los lugares más interesantes, información que nos facilitaron los amables amigos de recepción.

7 de Noviembre.

El Palacio de Riofrío es uno de los Reales Sitios, situado a pie de la Sierra de Guadarrama en cuyas cimas descansa placidamente la “mujer muerta”, origen de curiosas leyendas. Pasada la puerta de acceso al Palacio, nos encontramos con la grata presencia de ciervos, venados y gamos tranquilamente paseando bajo las sombras del encinar. El Palacio, construido como lugar de residencia de Isabel de Farnesio alberga en uno de sus laterales el Museo de la Caza, escenificado por una gran variedad de animales de caza: cérvidos, aves rapaces y lagomorfos, gracias a las hábiles manos de los taxidermistas donde impera el buen gusto en la presentación de todas las especies.

Comimos en el Restaurante el Duque el obligado cochinillo, y aprovechamos la tarde para visitar a mi primo José Antonio y su esposa Milagros, quien nos informó de aspectos insospechados de la ciudad de Segovia. La plaza Mayor, en una tarde otoñal tranquila y apacible, sentados en una confortable terraza, flanqueados por la Catedral y el Teatro de Juan Bravo y teniendo al frente la actual Iglesia de San Miguel que reemplazó a la que estaba situada en el centro de la plaza y bajo cuyo atrio Isabel se proclamó en 1574 Reina de Castilla, el día de Santa Lucía, al conocer el fallecimiento de su hermano Enrique IV el Impotente, fue una gran placer para cerrar la tarde de nuestro segundo día en la ciudad.

8 de Noviembre

En nuestro tercer día, emprendimos una de las varias rutas de castillos, existentes en toda la provincia segoviana. Llegamos a Pedraza, bellísimo pueblo amurallado, anclado en la Edad Media y a cuyo interior se accede por su única puerta, sobre la que se albergaba la Cárcel de la Villa. Recrearse en la Plaza Mayor con sus porches singulares de auténtica esencia castellana, caminar por sus calles, observar sus rejas, sus balcones y su castillo, es volver al medioevo, siglos después de que Pedraza diera a Roma un Emperador, Trajano. El castillo, levemente separado del pueblo y al mismo nivel de sus calles, es propiedad de los herederos de Ignacio de Zuloaga, quien lo adquirió en el año 1926. El castillo fue cárcel de los hijos del rey Francisco I de Francia consecuencia de las hostilidades que con éste tuvo el Emperador Carlos I, permanentemente enfrentados. En nuestro paseo, vimos la calle de los Procuradores, donde vivieron los "dos más antiguos ejercientes en partido judicial".

Seguimos ruta hacía Castilnovo, castillo mudéjar de planta rectangular escondido entre una inmensa arboleda de álamos, encinas y sabinas que perteneció a Álvaro de Luna, valido de Juan II. En la actualidad es sede de la Asociación Cultural Hispano-Mexicana.

Continuamos ruta hacia Sepúlveda, ciudad céltica, repoblada por Fernán González, y en manos de Almanzor después. Hasta que pasó a ser definitivamente cristiana a principios del siglo XI. En todo lo alto, llegar hasta la Iglesia de El Salvador es muy complicado, sobre todo en coche, pero lo conseguimos. Sin embargo, visitar la de Iglesia de Nuestra Sra. de la Peña nos resultó muy sencillo. Así como, el Centro de Recreación de las Hoces del río Duratón, situado en la antigua Iglesia románica de Santiago, donde en sistema multimedia nos informaron cumplidamente de tan singular Espacio Natural con su peculiar flora y fauna, para comprender con mayor facilidad todo su significado, auténtico regalo de la naturaleza.

Comimos en el Figón de Ismael, atendidos por una pareja simpática y joven que nos ofrecieron un revuelto de trigueros delicioso y un asado de cordero de la especie churra muy sabroso, junto a un vino joven de la casa que fue un gran disfrute para nuestro paladar.

En Turégano contemplamos su castillo de raíces celtibéricas, situado en un altozano y restaurado recientemente. En su interior se construyó una Iglesia, y una espadaña destaca de sus torres y murallas. Entre sus gruesas paredes estuvo preso dos años Antonio Pérez, el que fuera secretario de Felipe II y firme forjador de la leyenda negra contra España.

9 de Noviembre

Si el arte está en los lienzos, en los escenarios, en el bronce y en la madera, también lo está en el ladrillo, siendo su mayor expresión el Castillo mudéjar de Coca. Y fue en Cauca, la actual Coca, donde nació Teodosio I, Emperador romano, lo que demuestra la importancia de Hispania en la época del Imperio Romano.

Nuestra primera visita del día fue al Castillo de Coca, de estilo mudéjar y rodeado de un profundo foso. Fue mandado construir por D. Alonso de Fonseca, tras obtener permiso del rey Juan II de Castilla en el año 1.453, construcción terminada a finales del siglo XV. El Castillo de Coca fue cedido por la Casa Ducal de Alba al Estado Español el dieciséis de Julio de 1954. La duración de la cesión fue por el tiempo de cien años menos un día, fijando el alquiler simbólico de una peseta al año. Actualmente es un centro de formación agraria desarrollando una gran actividad.

Terminada la visita al castillo de Coca nos fuimos a conocer Cuellar, la ciudad que saqueó Almanzor; en la actualidad la segunda ciudad de la provincia segoviana. Llegamos a través de un recorrido muy agradable, donde existe el mayor bosque de pinos de resina de toda Europa. La resina sintética sustituye a la producción potencial de la zona, pero la apacible tranquilidad que transmite sus pinares invita al recorrido lento contribuyendo a una mayor seguridad.

Cuellar gozó de una prospera economía gracias a la producción de lana, y el arte mudéjar impregna sus calles en sus múltiples iglesias. Don Beltrán de la Cueva, duque de Alburquerque, favorito de Enrique IV y presunto padre de Isabel la Beltraneja, mandó edificar el Castillo de Cuellar donde actualmente se teatralizan escenas de reyes, obispos, nobles, criados, dueñas y mancebos que nos trasladan a las costumbres y vivencias de una época esplendorosa

Junto al castillo destaca la Iglesia de San Martín, Centro de Interpretación del mudéjar, como el también Centro de Interpretación de los Encierros en la Iglesia de San Francisco, situado en la parte opuesta de la ciudad, donde se informa de los “juegos de toros” gracias a una tecnología muy avanzada. Especialmente, en homenaje a los Encierros de Cuellar, los más antiguos de España.

La hora de comer se acercaba, y nos recomendaron el Mesón de San Francisco. La sopa castellana estaba en su punto y el lechazo de cordero, en su especie churra, depositaba en nuestro paladar la mejor de sus esencias.

Tras perdernos por sus calles y cortos de tiempo para poder presenciar todo el tesoro monumental que encierra la ciudad, emprendimos el regreso a Segovia

10 de Noviembre

El día lo dedicamos a la ciudad de Segovia, que ya conocíamos de hace un par de años. Pero son tantos sus granos, que para saborear la granada obliga a visitarla con frecuencia. Y la mejor forma es utilizar el bus turístico que en su itinerario rodea toda la ciudad, gozándola desde el exterior con unas panorámicas increíbles que ayudan mejor a comprender su devenir histórico. La plaza del Azoguezo, a pie del Acueducto, fue el inicio y fin del trayecto, como no podía ser de otra manera. En esta misma plaza la Oficina de Turismo cumple una eficaz ayuda a los interesados por la histórica provincia segoviana.

Quise perder fuerzas antes de la comida, e inicié un paseo arriba bajo las piedras del Acueducto hasta su punto inicial del “desarenador”, lugar donde arranca su construcción y donde se distribuían sus aguas por la ciudad, llegadas de la Sierra de Guadarrama; a su lado, el Convento de San Antonio el Real, antiguo Palacio de Enrique IV y actual joya arquitectónica.

Comimos en Casa Bernardino, situada en la calle más popular de Segovia camino a la Plaza Mayor, con varios nombres a lo largo de su recorrido. Las morcillas de Bernardos y el cochinillo asado eran cuestión aligerarlos, y en solitario, quise recorrer la ciudad iniciando una ruta por su parte baja. Un camino de arboledas relajantes, de tonos ocres y cobrizos y por espesuras cuyas rendijas alertaban de monumentos románicos, góticos y mudéjares, donde el famoso dicho “de los huertos al parral paraíso terrenal” adquiere todo su sentido. Hubo un momento mágico, y fue cuando ante mis ojos apareció en lo alto y con todo su esplendor el Alcázar de Segovia, que más parece un buque navegando por las copas de la inmensa zona boscosa, el más bello de los pedestales. Llegado a este punto, torcí a la izquierda y un camino ascendente me llevó hasta la Plaza Mayor, apurando todas mis fuerzas que ya eran muy pocas. Atrás, dejaba una retícula urbana de calles estrechas, en cuyos rótulos cerámicos, además de su nombre, escudriñé curiosas leyendas testimonios de un pasado donde la fe era el mayor de sus arraigos. Sirva de ejemplo la calle del Mal Consejo: “donde vivía un sacristán que vendió a un judío una hostia consagrada dando ocasión al portentoso milagro del Corpus en 1410”.

A partir de ese momento todo resultó más fácil: había llegado el momento de volver al Parador y descansar.

11 de Noviembre

La mañana del domingo fue la del paseo en coche por los alrededores de la ciudad y cada parada nos supuso ver algo hermoso. Recorrimos toda la Alameda presenciado el Santuario de la Virgen de la Fuenciscla, la Patrona de Segovia, y el de los Padres Carmelitas donde está enterrado San Juan de la Cruz, ambos muy próximos; la Iglesia de la Vera Cruz, o de los Templarios; el Monasterio de Santa María de el Parral, lugar donde están enterrados los Marqueses de Villena; la Fabrica de la Moneda, actualmente en restauración; el Monasterio de Santa Cruz la Real construido por los Reyes Católicos en honor de Santo Domingo de Guzmán situado junto a su cueva, donde hacía penitencia en sus años de estancia en Segovia; y finalmente, la Iglesia románica de San Lorenzo de un pintoresco barrio segoviano.

Comimos en el Parador las famosas migas del pastor, unos sabrosos níscalos guisados y carrillada de ternera; de postre una deliciosa armonía de helados y el obligado café. Aún quedaba la tarde del domingo, y después de una ligera siesta, visité en solitario el Alcázar, con la fortuna de hacerlo en visita guiada, completando así una tarde muy bien aprovechada. La última en tan bella ciudad preñada de rincones insospechados como me advirtió Milagros, la esposa de mi primo José Antonio.

12 Noviembre

A media mañana salimos de Segovia ya de regreso a Valencia. Hicimos un alto en el camino en el Parador de Alarcón donde habíamos quedado a la hora de comer con un matrimonio entrañable y muy amigo, los Fernández Sarralde-Prats Catalá, con los que compartimos mesa y mantel, aprovechando para estar un rato unidos.

Tranquilamente llegamos a Valencia muy avanzada la tarde, después de un recorrido por la vieja y entrañable Castilla donde Segovia tuvo una especial relevancia en el devenir histórico de España, gozando de un viaje muy difícil de olvidar.

12 noviembre 2007

CABEZA FRÍA Y CORAZÓN CALIENTE


¡Y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra!

La frase era como un retumbe en mi cabeza y en su lapidaria expresión, sus ecos, como ondas intermitentes, golpeaban mis creencias dejándome en un mar de dudas, sin saber si con mi decisión, firmemente tomada, obtendría de Él su benevolencia o me condenaría a las tinieblas.

La mañana del domingo era lluviosa y el sol se ubicaba en todo lo alto escondido entre las nubes. Había terminado la Santa Misa y bajo los porches de la plaza del pueblo, los corrillos se arracimaban en conversaciones de cortesía deseándose unos a otros los mejores augurios. Correspondía a la hora de los saludos, en la que Don José, cincuentón y espléndido como siempre, invitaba a una copa de vino al amplio grupo de amigos entre los que me encontraba yo, capataz de su finca y fiel hombre de su confianza.

Don José, en un aparte, me encomendó que le preparase su mejor yegua, pues le apetecía trotar por el monte aquella fría tarde de otoño. Luego, en una más de sus habituales visitas y próxima como estaba la jornada electoral, acudiría al casino interesado, tanto en dar instrucciones, como en ordenar las voluntades de los vecinos.

-Descuide Vd. Don José, la tendrá lista en su cuadra. Qué tal su señora esposa, ya sabe, cualquier cosa que necesite, sólo tiene que llamarme.

-Lo sé, lo sé, Leandro, muchas gracias. Sigue encamada y muy débil- me contestó mientras volvía al grupo cercándome por el hombro- Confiemos en el Señor y en su bondad infinita. ¡Recemos por ella! Es lo único que podemos hacer, esperar de su misericordia. Por cierto, y la tuya, hace días que ya no viene por casa- Me preguntó molesto por ello y algo socarrón.

Fruncí el ceño avergonzado sin que nadie lo percibiera, y tras repetir mi ofrecimiento, me despedí de todos, deseándoles que tuvieran muy buen día.

La tarde del domingo seguía siendo lluviosa y en mi abatimiento cobarde, me rebelaba ante aquella situación de la que era consciente; y más, cuando por otra parte, nadie mejor que yo, conocía los entresijos del cacique más importante de la comarca en vísperas de las próximas elecciones al Congreso Nacional, cuyo resultado final, tanto canovistas como sagastinos tenían pactado de antemano.

Terminaba el día y encendí la chimenea, consumiendo un leño de encina que había traído a casa aquella misma tarde. Y tras pedir a Manuela, mi esposa, que rezáramos juntos como todas las noches, me abracé a su cuerpo entregándome a un turbulento sueño.

Amaneció, y me trasladé al solariego feudo de Don José, mi primer trabajo de todos los días. La finca estaba tomada por la Guardia Civil, alertada por una llamada de quien había visto huir a unos jóvenes saliendo por la puerta de la hacienda, avanzada la tarde anterior. En su interior, dentro de la cuadra, hallaron el cuerpo sin vida de Don José, destrozada su cabeza entre un reguero de sangre, junto a unos panfletos anarquistas sobre cuyos líderes existía una orden de detención.

Definitivamente, quedé convencido de haber engañado a la Justicia, pero también y al mismo tiempo, que nunca a aquella Voz que desde el púlpito sabía de nuestros pecados. Aquel de quien esperaba de su benevolencia, aunque aceptando, en su caso, mi destino a las tinieblas.

(“Cabeza fría y corazón caliente” es un relato que ha participado en el 24º Proyecto Anthology. Tema: Cabeza y corazón)

27 octubre 2007

LA SEÑORA AUDIENCIA


Reconozco que me pirran las mujeres, pero no la señora Audiencia, esa tan voluminosa de andares candentes y que no se corta un pelo cuando tiene que decir. Abanderada de la moda, está presente en todos los plató de televisión, incluso en las horas antes dedicadas a los niños, la de los dibujos animados, aquellos de las peleas entre el ratón ganador y el gato escaldado, en las que el único triunfador era el espectador.

Y la noto estirada, hasta algo blasfema, con cierto aire acaparador. Centro de todas las miradas, taconea con zafio estilo su esbelta figura. Y como si jamás hubiese roto un plato, se considera víctima, a la par que importante. Se esconde bajo el talco que disimula su arruga acomplejada; o si más joven, ensalza su figura con el vestido ceñido de falda corta propicio al ventanal más íntimo; o si de talla grande, también ceñida, que más parece emblema publicitario de un neumático expuesto en la amplia explanada de un gran superficie, sonriendo siempre con gran encanto.

Y se viste con ropa de diseño, comprada en el todo a cien: en el amplio vestidor de ropa con aromas de naftalina escondido bajo los focos del estudio televisivo, después de pasar por la sesión de maquillaje para el disfraz de su cara, que, con las luces y sombras más vanguardistas para llamar la atención, engañarán al insensato televidente sentado en su mullido sofá hogareño cuando ejecuta sus horas de siesta, o si despierto hace calceta.

La señora es turbadora y está de buen ver, a veces hasta irresistible, en las horas del qué me dices. Y es entonces, cuando llega el momento de pasear su garbo, el del zapeo inevitable, en el que el guiño hace acto de presencia, incluso para los más circunspectos, los acorazados con el coleto de su orgullo malherido, fieles y adictos a un programa de la dos.

O quizá sean las modas que nos dicen lo que hay que ver, a las que caemos rendidos a sus pies, débiles, indefensos y enamoradizos. Los de la señora Audiencia, la reina de la casa, en los que lanza en ristre y con el todo vale, los interesados galanes se pelean por ella, empeñados en lucirla en el salón columnario del Palacio de las Vanidades, en la hora de la gran fiesta de los disfraces.

23 octubre 2007

EL TÁLAMO


Me miró, me sonrió, dio media vueltecita y se fue con el balanceo propio a su esbelta figura, motivo de una turbación desconocida en aquellos años de mis juegos juveniles, como podían ser los de jugar tras un aro junto a la vía del tren, ignorante a su peligro, o como a cualquier otro que pudiera surgir al correr por una pendiente conduciéndolo con mi mano con la intención de que se mantuviera en pie.

Lo que en ocasiones me producían, tras torpes caídas, pequeños regueros de sangre que (como diplomas con nombre) acreditaban lleno de orgullo mi incipiente virilidad, sentimiento que también ignoraba. Así pues, era cuestión de abandonar el aro y de pensar sólo en ella, mi vecinita de barrio, la que desde aquel día iba a convertirse en una nueva obsesión, dueña de mi cuerpo ya sin ningún tipo de control, en un placer que de forma alocada no podría abandonar, dedicándome a su recuerdo con un gran desenfreno.

Y todo aquello era como un concierto en torno a un río del que disfrutaba con sus crecidas, nunca sentidas en aquel mi pequeño mundo, como antes decía. Como cuando llegó el momento del aluvión, que por vez primera lo desbordó y lo anegó, azorando mi espíritu hacia una situación extraña hasta entonces. La corriente, débil en principio, sólo sabía discurrir por su propio lecho con impulsos cada vez más excitantes, a merced de sus torrenteras que, enloquecidas, se perdían por las pendientes, desfogadas, buscando un meandro donde apaciguarse, un lugar donde descansar. Pero jamás encontraron las aguas lugar donde estancarse, tal era su desorden, al borde de una locura insaciable.

Y ya para siempre, en su inocencia salvaje, enfurecida y sin control alguno, aquella vorágine se desnortó, repitiendo en el tiempo el mismo rumbo cuya brisa envolvente me resistía abandonar. Y no para apagar el fuego de la desesperación, sino para acrecentarlo, deseoso, sin embargo, de un pequeño remanso en el que deleitarme, cual tálamo ardiente, útil para satisfacer el ardor más salvaje, encendido por el efecto de una mirada concuspicente.

Con los años dejó de ser río abierto, y sobre el cauce se construyó un parque (como un lugar de descanso para el poblado) defensa de las aguas voluptuosas enterradas bajo su fondo más tenebroso. La cuestión era liberar al poblado de sus peligros, dejándolo tranquilo (pretensión en la que se confiaba por una simple cuestión de edad, caprichos de la naturaleza, tal vez) Pero no el del aluvión, siempre latente, que un buen día, quizá el mejor de todos, hizo estallar la tierra abriéndose como una granada. Y de ella, emergió un deseo reprimido en busca de un lecho al nunca pudo renunciar, envuelto en la locura de sus sábanas húmedas, propio de un apetito insaciable, enfebrecido y turbador.


(“El tálamo” es un relato que ha participado en el 23º Proyecto Anthology. Tema: Locura)

14 octubre 2007

LA RIADA DE VALENCIA


Hoy hace cincuenta años que el río Turia se desbordó en Valencia. Y cuando bajaron sus aguas, todos los "RINCONES DE MI CIUDAD" se convirtieron en una tercera riada que fue la de hermandad.

27 septiembre 2007

LAS PELOTAS DE GOMA SÓLO SABEN ESCAPARSE

Soy una admirada pelota, de esas con tripa de goma y centro de atención de todas las miradas, aquellas cuyos ojos me persiguen allá por donde me mueva, mientras quede en mí algo de aliento. Mientras tanto, sus dueños enloquecidos igual alcanzan el clímax, que caen en la más honda depresión, amotinados sobre las gradas, enfrentándose entre sí, próximos a la locura colectiva, siempre a la espera de la genial pirueta hecha con la agilidad de mi cuerpo que les haga elevar aún más la voz hasta alcanzar la gloria que buscan, esa que pronto se diluye.

Pero un día me planté, dije: ¡basta ya!, y quise ser una vulgar pelotita de trapo. Quizá, porque todo en esta vida tiende a su fin, a sabiendas también, de que jamás podría saltar -salvo a un palmo del suelo- como tampoco escaparme, cosa que sólo las pelotas de goma sabemos hacer, pues para tal suerte fuimos creadas.

Y allí, por culpa de mi voluntario hechizo, me quedé quieta en un rincón hasta ese momento ignorado por mí, sola y abandonada. Hasta que sentí en mis carnes la presa que no me soltaba, corriendo sin cesar, en dirección hacia lo que después supe que era un parque. Aquel perro me dejó sobre el césped sin saber si es que estaba agotado dado su jadeo, o que ya nada quería saber de mí, por lo poco de mi valía, según debía de pensar él. Otros perrillos vinieron a mi encuentro, y empezaron a descuartizarme, tirando de mis carnes, hasta quedar despanzurrada a lo largo de todo aquel -para mí- vergel.

Poco después, unos pajarillos picotearon mis restos y entre ellos emprendí un vuelo, sin saber qué querían, ni hacia dónde me llevaban.

Algunos me soltaron enseguida, y caí en las aguas de un estanque sobre la alfombra de un nenúfar habitado por una mariposa que, al alzar su vuelo, dibujó estelas por los rayos refractados de un sauce, a cuyo través, vi alejarse a quienes no pude dar las gracias por dejarme en un lugar tan bello. Escuché un tímido croar, pero no me alarmé, acostumbrada como estaba al vocerío más animal. Pero fui útil a unos pececillos que se adueñaron de mí, convirtiéndome en una parte más de sus juegos, esparcida por sus aguas.

Otros, más aventureros, me llevaron a una montaña algo alejada, donde había una gruta, y allí dejaron mis trocitos, junto al calor de unos rescoldos perfumados de brea, de los que emergían lenguas, como alfombritas humeantes que remontaban su vuelo. Sobre ellas me invitaron por los interiores de la cueva, hasta quedar fijada en sus paredes como duende de su oscuridad, diseñando rupestres tapices.

Un pajarillo llevó otras partes de mí a la copa de un árbol, donde di forma a un lecho naciente. En él, al poco tiempo, sentí el calor de un blanco huevo postrado sobre mi débil pero ya firme armazón. A los días, escuché sus crujidos, abriéndose como una granada, de la que emergió un nuevo ser. Enseñando su pico por encima del nido, cotilleó aturdido y pió débilmente sus primeros trinos.

Nunca llegué a creer, como vulgar pelota que soy, de goma o de trapo, saltarina o no, que pudiera despertar tantas pasiones, o bien ser tan útil. Ora como pelota de goma, dueña de mi libertad que sirve para escaparme, ora como pelota de trapo que, como tal, sólo fui pasto de quienes nada quisieron saber de mí, ignorando quién era o para qué podía ser útil.

(“Las pelotas de goma sólo saben escaparse” es un relato que ha participado en el 22º Proyecto Anthology. Tema: Fantasía)


18 septiembre 2007

LA ISLA DE LANZAROTE


El avión empezó a moverse a la hora fijada, avanzando lentamente con la velocidad de una tortuga bajo cuyo caparazón sólo se escuchaba el clic de los cinturones, como también algún que otro hormigueo solo sentido por quien en su interior se cobijaba. El piloto, que había puesto rumbo a Lanzarote nos deseo un buen viaje, y todos dijimos o pensamos: así sea.

Al poco tiempo, identifiqué la central nuclear de Cofrentes cuyos cilindros eran como dos ojos en los que imaginé un leve guiño de despedida deseándome un feliz viaje, correspondido con una leve sonrisa y mi afecto personal. El que se merecía una zona visitada con frecuencia durante mi etapa profesional, ya dejada atrás en el tiempo pero no en el olvido.

Los borreguitos de lana marcaban el camino y viendo sus blancos lomos más parecía que estábamos quietos flotando sobre un rebaño interminable, a cuyo través, íbamos dejando atrás pueblos y montañas, unas tras otras, y cuyo trenzado nos transmitía una necesitada sensación de paz. La relajación fue en aumento cuando un infinito lecho de algodón, cual alfombra plomiza, nos envolvió, entrando por aquella madeja de la que al poco salimos, al azul de un día límpido y esplendoroso. La ciudad de Cádiz, inconfundible tacita de plata, era como el badajo que nos franqueaba la entrada al océano abierto, rumbo al archipiélago canario, que cuando apareció ante nuestros ojos, una hora más tarde, tenía el aspecto de una piel curtida tapizando la mar.

El hotel elegido para nuestro descanso es un remanso de paz sobre el mar, en una costa sin playa, de brisa suave y constante, próxima a un puerto náutico que se ha puesto de moda, en una isla creada por una erupción volcánica – como todas las canarias- hace millones de años. En sus magnificas instalaciones pasamos los dos primeros días de nuestra estancia gozando de sus piscinas y de sus zonas de relajación, allí donde las prisas tienen prohibido aparcar.

Nuestra primera excursión fue hacía el archipiélago Chinijo, al norte de Lanzarote. Está formado por cinco pequeñas islas, reserva marina, declaradas parque natural. La principal es la Graciosa, con su pintoresco poblado de La Caleta de Sebo de callejuelas tranquilas habitadas por muy pocas familias y de un gran atractivo turístico en los meses del verano. Habíamos embarcado en el puerto pesquero de Órzola, a los pies del volcán de la Corona, el más importante de Lanzarote, originario de unas cuevas volcánicas que se pierden en la profundidad del mar y que días más tarde visitaríamos. Abandonamos La Caleta de Sebo rumbo a la pequeña “playa de los franceses”, donde fondeó el barco y con una pequeña barquita nos fueron dejando sobre la blanca arena para disfrutar de una hora de baño. La playita está a pie de otro volcán, cuyas laderas muestran una gama de colores rojizos amarillentos, que en contraste con el azul intenso de la aguas, dan al pequeño paraje el encanto y brillo de las gemas preciosas recogidas en los cuencos de las manos.

Tras bañarnos en la playa de fina arena incrustada de piedras negras, lagrimas nacidas del cercano cráter, nos recogieron hacía el barco donde nos habían preparado una comida para reponer las fuerzas. El estrecho que separa Lanzarote de La Graciosa se llama Río y por sus aguas volvimos al embarcadero, ya de regreso al hotel. Este trayecto tiene como principal atractivo el alto acantilado de la costa lanzaroteña, donde se ubica en lo alto, el Mirador del Río una de las tantas huellas artísticas esparcidas por toda la isla gracias a la obra de Cesar Manrique, el genial arquitecto, pintor, ecologista, escultor y creador del paisaje de Lanzarote, al que sus paisanos le consideran como un Dios, sin cuya impronta sería impensable la peculiar belleza de su hábitat, único en el mundo. Manrique demostró que naturaleza y mano de hombre pueden ir unidas, siendo necesario tan solo la pasión por la tierra donde se nace. Él vino al mundo en Arrecife, amor que alimentó su talento. Murió cerca de su Fundación, en un accidente de automóvil, vehículos cuya proliferación él tanto detestaba, en una jugada ingrata a merced del destino que no pudo evitar. Quizá la única vez en su vida que no pudo cambiar a su gusto los caprichos de la naturaleza.

Al día siguiente visitamos el Parque Nacional del Timanfaya de características únicas en el mundo, además de ser un importante centro de estudios volcánicos y lugar permanente de toma de datos para un mejor conocimiento de los caprichos que se producen en los sótanos de la tierra. Al visitarlo, nos asombró su belleza diferente a todo lo visto, su exquisito cuidado, su limpieza y el genial paseo a lo largo de un paraje que más parecía la superficie lunar sin necesidad de ningún traje espacial. Dentro del parque está el Islote de Hilario, un lugar donde nos ofrecieron diversas pruebas del calor existente bajo la tierra, a través de sus hervideros con diferentes manifestaciones que nos produjeron exclamaciones inesperadas. Se llama de Hilario porque en ese lugar vivió un ermitaño durante más de cincuenta años, en los que plantó una higuera que jamás dio fruto. Su tronco ha quedado como testimonio decorativo en el interior del único restaurante dentro del Parque Nacional.

La Isla de Lanzarote fue conquistada por el normado Juan de Bhthencourt para la Corona de Castilla en 1402, y a lo largo de los siglos XVIII y XIX se produjeron las últimas erupciones en sus más de trescientos volcanes. Algunas de ellas son conocidas con detalle, y en especial, las iniciadas en 1730 durante seis largos años, gracias a los manuscritos del cura de Yaiza, pueblo galardonado como el más limpio de España, quien narró con todo detalle la magnitud de aquel desastre, informando de lo sucedido al Cabildo de la Isla. Ya en 1824, se produjo la última erupción en el Islote de Hilario estando callado desde entonces.

Visitamos un túnel volcánico, el de la Atlántida, el mayor tubo volcánico del planeta nacido en el Volcán de la Corona. Llega hasta la costa en un recorrido de ocho kilómetros adentrándose hacia el fondo del mar otros dos kilómetros más. De su conocimiento fue posible gracias a la Cueva de los Verdes y los Jameos del Agua –lugar al que volvimos en visita nocturna- oquedades abiertas de forma natural y que abrieron al mundo su existencia. En esta última, la genial imaginación de Cesar Manrique ha dejado su mejor testimonio, dándole una gran espectacularidad a lo que fue un río interno de lava. Estas cuevas fueron el lugar donde se escondían los aborígenes de la isla en los tiempos que los corsarios los buscaban para venderlos como esclavos.

Una rápida visita a parajes de gran belleza, como El Golfo, tan peculiar y único, donde desde el mismo borde de un semicráter que da forma a la cala nos deleitamos viendo al fondo el Largo Verde, junto al mar y en torno a un paisaje multicolor; la ascensión al Mirador de Haría, con su impresionante vista; al placer de un arriesgado paseo a dromedario pese a la docilidad del animal pero cuya sujeción no dependía de él; y visitar la zona vitivinícola de La Geria, degustación incluida, nos ocupo el resto del día. Su recolección se produce gracias al agricultor lanzaroteño, conocido como mago, por su imaginación para vencer las dificultades de la ausencia de agua y la presencia de los vientos alisios, condiciones adversas que superan y aprovechan con su ingenio. Para ello, utilizan la tierra y piedras volcánicas, tanto para almacenar bajo tierra la humedad nocturna, como para protegerse de los vientos en unas construcciones de piedras negras en forma de arco que llaman taro, nominadas así, gracias a otra de las muchas genialidades de Cesar Manrique. En la tierra cavan una especie de cráter para cada cepa, lo cubren con una capa de tierra negra que evita la evaporación allí almacenada y el taro en forma de arco y situado en contra del viento, la protegerá y hará posible la recolección de una uva malvasía fruto de un vino blanco que nos encantó.

Quisimos conocer de Fuerteventura su famosa y extensa playa de Corralejo, donde pasamos un día estupendo gozando de su agua limpia, más cristalina que nunca, que nos permitía contar los granos de arena del fondo en los momentos del baño, así como caminar descalzos sin abrasarnos por sus extensas dunas a lo largo de tan blanca playa. Fondeamos junto a la Isla de los Lobos, Parque Natural, donde disfrutamos de los juegos náuticos gracias a los más osados compañeros de viaje.

Durante ochos días hemos disfrutado de la Isla de Lanzarote, teniendo tiempo más que suficiente para descansar en el hotel, con su esplendido buffet cada noche de cocina diferente; dar unos ligeros paseos por Puerto Calero y realizar algunas compras en Puerto del Carmen, las obligadas siempre en cualquier viaje.

Lanzarote es una Isla carente de agua dulce, por lo que potabilizan la del mar. Los días de lluvia son muy pocos al año y los vientos alisios posibilitan una temperatura agradable. Cada una de las Islas Canarias es diferente al resto y sus variadas peculiaridades invitan a un nuevo viaje, esperemos que no sea muy tarde.

28 agosto 2007

CARA INMISERICORDE


Al mirar su cara situada enfrente, a un metro de mis ojos, me vinieron al recuerdo aquellas otras que había visto en el Museo de Cera, frías, inescrutables, sin un atisbo de piedad. A su diferencia, las caras de algunos de aquellos personajes famosos encerraban ciertos rasgos de humanidad, gracias a un escultor genial dedicado a expresar con sus manos, el arte que en él se encerraba. Sin embargo, en quien tenía frente a mí, la caridad brillaba por su ausencia, y si algo se movía en su rostro, sólo era su invisible aliento. Y si algo de genial guardaba en sus manos, se escondía en su instinto con la intención de hundirme, más si cabe, en lo más hondo de mi cieno.

Aficionado al juego de poker desde hacía mucho tiempo, la bola de nieve se convirtió en un tumor miserable cada vez más agarrado a mis carnes, lo que me impedía desprender su poder destructivo. Lo que empezó siendo un rato de distracción, años más tarde, cuando manejé fuertes sumas de dinero, pasó a ser un calvario cuyas espinas me producían, en contadas ocasiones, breves momentos de placer.

Aquella noche llevaba perdida una fortuna, y la posibilidad de recuperarme sólo dependía de una mano genial, convertida en jugada maestra que me permitiera acabar con él. Corresponde a ese instante prodigioso que todo jugador desea a lo largo de una partida de muchas horas, como en todas aquellas que habíamos celebrado hasta altas horas de la madrugada.

Y justo en aquel momento esperado, fue cuando llegó la mano que pacientemente esperaba. Quedamos los dos frente a frente, solos, pues los otros tres jugadores habían abandonado la partida, a sabiendas que la mejor victoria es una retirada a tiempo.

Me sabía vencedor y que le tenía en mis manos, estrujando su cuello. Su única defensa era la de pujar fuerte, para que yo me retirara, pero en la seguridad de mi triunfo estaba mi recuperación económica, pues ya había puesto en juego todo mi patrimonio, derrochado encima de la mesa. Y fue cuando de aquella cara inmisericorde, a la que nada le importaba el vil metal, surgió la puja que nunca esperaba: la de una osada e indecente proposición.

Si en un papel puesto en sus manos – me dijo- le daba el número del móvil de mi esposa, podría recuperar de la mesa todo el dinero, documentos y pagarés que había firmado en aquellas horas, a lo largo de toda la noche, necesitado como estaba de aumentar mi crédito. Todo lo que había apostado, adormecido por la droga del juego, y como pócima execrable de mis desechos a cambio de mi desprecio.

Le di el papel, confiado en mi trío de reyes que junto a un As y otra carta cualquiera, conformaban los cinco naipes cual falso talismán. Su rostro continuó frío, inescrutable y sin piedad. Pero de sus firmes manos sobre el tapete, iluminado por el haz humeante, denso e irrespirable, emanado de una lámpara enganchada por un cable al techo, clausurados en su vicioso chamizo y aislados de un entorno febril, surgió sobre la mesa un trío de Ases que me dejó sumido en el mayor de los quebrantos, al tiempo que esparcido por el cieno de mi más absoluta miseria.

(“Cara inmisericorde” es un relato que ha participado en el 21º Proyecto Anthology. Tema: Trío)

05 agosto 2007

CUESTION DE CONSTANCIA

Estaba muy intranquila en mi nueva casa, sin nada que hacer. Como de costumbre, sentía cómo me picaba todo el cuerpo aunque con el paso de los días he terminado por acostumbrarme. .
Recuerdo que llegué a bordo de un tren, en compañía de otras compañeras emigrantes, cuya procedencia ignoraba por culpa de mi discreción, pues siempre fui muy callada. Lo mismo veníamos del mismo lugar, no lo sé. Fue aquel un viaje de muchas horas, y en cada parada subían nuevas compañías con mayor agobio para todas, pues la falta de una buena climatización hacía cada vez más angustioso el trayecto. Creo que me acostumbré a mi nueva vida desde el primer instante, sin molestar a nadie, y como premio recibí toda clase de atenciones.

Sin embargo, no era consciente ni de mi felicidad ni de mis desdichas, sólo de mi aburrimiento. Y miraba hacia todas partes por si encontraba algo de interés en lo que fijarme, sin que nunca nadie, o algo, consiguiera llamarme la atención.

Por las mañanas, salía a pasear. Me había aficionado a la música tecno, gracias a un enorme y sonoro aparato metálico sin pilas, que llevaba colgado de mi cuello. El aire fresco me hacía sentir muy bien, y pese ello, al poco rato me aburría, pues siempre veía las mismas caras, las mismas gentes. La mía se ponía triste, cabizbaja, como cansada, y sentía deseos de volver a casa.

Para no volverme loca, nació en mí mente una costumbre tenaz debido a las circunstancias que albergaban aquella casa. Me pasaba todo el día haciendo lo mismo, sin cesar un instante, con una ofuscación insoportable, sin nada que lo evitase. Adquirí tal destreza que sin gran esfuerzo conseguía mi objetivo no sólo una vez, sino muchas: no el de calmar mi obsesión que nunca cesaba, sino el de evitar aquellos picores que tanto me atormentaban.

Si alguien pudiera pensar que mi obcecación por matar moscas con mí rabo venía motivada por mi aburrimiento, o porque no tuviera nada que hacer, y sobre todo, para liberarme de ellas, estaría en lo cierto, acertando de lleno.

Menos cuando veía de reojo aquella banqueta en la que se sentaba una moza, que además de hacerme la puñeta tirando de mí una tras otra vez, anclaba el rabo a mi pierna para que no le molestara. Ni a ella, ni a las moscas, que de tal manera salvaban sus vidas, al menos, en aquel breve instante.

(“Cuestión de constancia” es un relato que ha participado en el 20º Proyecto Anthology. Tema: Obsesión)


Mi agradecimiento a JOSEPHB MACGREGOR, cuya colaboración enciclopédica tanto estimo.