Si das una vueltecita por mi Blog, espero sea de tu agrado.

28 abril 2008

CRUCE DE MIRADAS

-¿Qué prefiere el señor, carne o pescado?-

Así, a bote pronto, sin que yo hubiese pensado qué comer aquel mediodía agosteño en el barrio judío de Córdoba, agotado por el calor, una vez sentado en un relajante y fresco patio andaluz convertido en restaurant, donde las buganvillas eran sus mejores cortinas.

-¿Carne o pescado?- Insistió simpático el joven, que no dejaba de mirarme, fijo a mis ojos, y esperando a que yo tomase una decisión.

-Una cervecita, por favor, que vengo seco –le contesté algo angustiado, pero a la vez satisfecho ante el porte y buen aspecto de aquel jovial muchacho a quien respondí con mi mirada envuelta en una sonrisa-, y…mientras tanto me lo pienso.

En aquella ocasión iba solo, sin prisas, pues acababa de llegar a la antigua ciudad del Califato, requerido por un notario para testar a mi favor la herencia de una céntrica casa mora con huerto y jardín andaluces, propiedad de un primo hermano de mi padre –éste también fallecido- sin descendencia alguna, y yo, por lo tanto, a mis treinta y dos años, declarado su heredero universal, de quien, salvo en una ocasión, cuando yo tenía tres años, en la que vino a verme a las orillas del Segre, nada o muy poco sabía.

-Ahí va la cervecita, señor, ¿carne o pescado? -insistió algo nervioso el joven, al mismo tiempo que yo pensaba en aquel camarero al que veía en sus ojos un encanto algo especial.

-¡A ver, cómo te llamas, majete!– le dije sonriente, una vez refrescado por el trago de aquel alivio de frio cielo- ¡Amable!, me llaman Amable, señor –me contestó solícito y con intención de agradarme.

-Entonces, Amable, -a quien le eché unos pocos años menos que los míos- qué crees que yo prefiero, carne o pescado, porque… seguro que adivinas mi gusto, y quizá puedas echarme una mano. Además, por la edad, prefiero que me tutees. Pero, venga, dime, ¿qué crees que me gusta a mi?

-Pues no sé, pero…con esos ojos pillos que tiene Vd. –me contestó atrevido- creo que le gustan las dos cosas, la carne y el pescado. O quizá sólo la carne, no sé, algo me hace dudar.

-Venga, tráeme otra cervecita y a ver si decido qué tomo. Pero, me parece que me decidiré por la carne, que creo que a ti también te va y quizá nuestros gustos sean coincidentes. ¡Luego me lo dices!

-¡Rabo de toro, señor!, le recomiendo un buen rabo de toro, lo mejor de la casa –me ofreció sin pensarlo y con un guiño en sus ojos.

Algo había en aquel joven que me impidió que rechazara su oferta. Así que le hice caso; y ya en la sobremesa, saboreando el café y con la cuenta en sus manos me dijo ocurrente: ¿Le ha gustado el rabo, señor? A lo que le contesté entusiasmado: ¡Con locura, me ha gustado con locura, jamás probé nada mejor!

Sentado en la mesa y terminando el café, me saltó la duda que aún no había sabido resolver: si era carne o pescado lo que más me gustaba, y más, después de la experiencia gozosa en aquel pequeño y coqueto patio andaluz.

Lo bien cierto fue, que tras probar el rabo que me había ofrecido tan amable efebo de ojos alegres y boca provocadora, despejé mis dudas y concluí que lo mejor, a partir de entonces, sería el decidirme por la carne.

Lástima que a las cinco de aquella tarde tenía cita con el notario, y de seguido coger el tren, alejándome de la ciudad cordobesa para siempre. Aunque…quién sabe, quizá algún día, y a lo mejor muy pronto, me decida por volver.
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(“Cruce de miradas” es un relato que ha participado en el 31º Proyecto Anthology. Tema: CARNE O PESCADO)

25 abril 2008

FLECOS ROMÁNTICOS


Cuando la mujer es la principal víctima de la violencia de sexo, agredida primero por la clase política que la ha convertido en “genero”, cuando ella lo que hace es luchar por dejar de ser una “cosa”, la ley de la paridad, cincelada con el fiel de la balanza como la existente en cualquier mostrador, pero hábilmente manipulada por el comerciante de delantal blanco y adulterada por repesos escondidos, convierte tanto al hombre como a la mujer en un simple cociente, cuya única legitimad viene dada por superar con éxito la prueba del nueve.

Hecha correctamente la división, todo lo demás es irrelevante y los méritos contraídos quedan reducidos al campo de las lealtades, baluarte que salvaguarda la línea de flotación de cualquier empresa, cuyo único objetivo es el de permanecer secularmente.

No son estos los tiempos en los que la expresión generosa con la mujer está en sus más altas cotas, donde la galantería brilla no ya al estilo decimonónico, ni tan siquiera como aquel que empleaban nuestros abuelos y bisabuelos, galantes y educados, que con la flor en una mano y el tratamiento de Vd. en la boca trataban a las damas de la forma más dulce y gentil.

La Ley de la paridad, haciendo raya por decreto nos iguala a todos, y garantiza de esta forma la permanencia en el poder a ambos sexos, en perjuicio de ninguno. De tal guisa, trata de evitar que la mujer, el ser más inteligente de la creación en lo bueno y en lo malo, supere al hombre; y por ahí parece que va la cosa.

Sin embargo, el Ayuntamiento de Alicante, galante y generoso, alza su voz y propone que sea primero la dama en caso de empate ante cualquier oposición municipal.

Cuando el mar se tragó al Titanic, su voracidad no pudo con la galantería, pues fueron las mujeres junto a los niños, los primeros en procurar su salvación.

Buena es la ocasión para que las matemáticas sucumban, y no está nada mal que si alguien entiende que las leyes están para infringirlas, al menos, en este caso, se dé preferencia al sexo. Que no al género.

20 abril 2008

EL SR. MERCADILLO Y MORALEJA


El Sr. Mercadillo y Moraleja se vio agobiado al percatarse de que próximo al huerto de su casa, junto al lavadero, en los campos secos junto al encinar, allí donde los amaneceres son más bien tristes, no porque el aburrimiento sea perenne, sino también porque los cantarines trinos nunca se oyen, apareció un buen día una joven inquiriendo por él.

-¿Vive por aquí el Sr. Mercadillo y Moraleja, huido de Salamanca, de oficio guarnicionero y que jamás quiso a una mujer? –dijo la muchacha a unas lavanderas que secaban las ropas en risueña y picara conversación.

Tras la parra, escondido, el Sr. Mercadillo y Moraleja la escuchó vacilante, aunque confiado en su anonimato. El que sus vecinas ignoraran cual era su verdadero nombre, lo hacía todo más fácil.

-¡Nadie responde a ese nombre aquí en la aldea! – Le contestó una de las mujeres, la más vieja de todo el pueblo- ¡quizá se ha equivocado de lugar! Vaya a la otra parte del rio que está más poblada, a la que llegan con frecuencia gentes extrañas.

De esa manera despidió la vieja a la joven, que de tan lista como era, ya se había dado cuenta de a quién correspondía la identidad de quien por él preguntaba.

-¿Qué le ha hecho a esa niña, Sr. Mercadillo y Moraleja, acaso anida en ella la deshonra y en Vd. la culpa? –le instigó la vieja.

-¿Qué te hace pensar en ello, vieja bruja? Por qué, deshonra, ¿no pudiera ser otra causa el motivo que le lleva a mi busca?

-¡Si lo sabía! Convencida estaba que es a Vd. quien esa joven busca. Sólo me falta saber sus motivos, aunque creo, y por lo que voy conociéndole, que ya estoy en ellos.

-¿Motivos? Yo se los digo. Soy su padre, y de ella huyo porque prefirió vivir con su madre a la que abandoné cuando se entregó a otro, sólo por la avaricia del vil metal. Y ahora, cuando se ven abandonadas las dos por aquel rufián, buscan mi dinero que no pienso darles.

-¿Y dónde lo tiene? ¿Escondido en un calcetín?

-A Vd. se lo voy a decir, ¡faltaría más!

El viento chascó la ventana junto a la Universidad, y D. Avaro Cuéntalos se despertó asustado y lleno de una gran preocupación. De su entrepierna bajo la sábana, cogió la llave anudada con la que abrió el cofre escondido dentro de un viejo televisor, lleno hasta los bordes, y asegurándose de que allí todo estaba.

13 abril 2008

EL CAMINO DE LAS CAÑAS


Todo tiende a posarse en nuestras vidas, y cuando cualquier soplo de viento sacude y limpia con sus brazos el cieno que nos inunda, éste se expande con la velocidad del aire caliente que huye hacia sitios más fríos, al igual que las moléculas calientes, que huidizas, buscan el encuentro de un nuevo sitio donde alojarse, reviviendo de nuevo.

La zona del “camino de las Cañas”, otrora fértil huerta pegada a nuestra ciudad, regada por una acequia, en cuyas riberas coincidían pequeñas higueras junto a los espinos de las zarzamoras y los arbustos de los membrillos, a los que la chiquillería –el que suscribe entre ella- acudía sin renunciar al chapuzón veraniego en sus ratos de juegos terminado el curso escolar, se ha convertido en la actualidad en un plantel miserable, ruin mercado de la droga, donde el mejor abono se consigue desde las frustraciones humanas, de cuyas mugrientas y sombrías savias se alimenta.

Sin necesidad de riegos y cuidados, los ahora secos canales son utilizados como arterias retorcidas, que a flor de piel en los campos yermos por los que se esconden los camellos, se afanan como trombos criminales en satisfacer el peaje de su dosis diaria a través de la ruta de la droga en donde se esconden como topos y al amparo de la ley. A la que tantas veces se han sometido sin que sirviera para nada.

En el mundo sombrío de las miserias, la búsqueda de nuevas sensaciones que excitan nuestros sentidos volcados al tobogán de nuestro derrumbe, convertidos en traficantes o consumidores que casi siempre es lo mismo, se diseña el emblema vergonzante de nuestra sociedad en el que mientras son muchos los que miran hacía otra parte, otros acuden sedientos ocultando sus caras como el hecho más humillante del mundo en que vivimos.

Se dice que muerto el perro se acabó la rabia, pero en este caso el aforismo es como una estafa, igual a los beneficios del pinchazo en nuestras venas, o al de la blanca raya, que bella como la nieve, resulta tan sucia como el veneno que en ella se esconde. El perro, latente en nuestra sociedad, saldrá de su guarida por otra boca de metro a la búsqueda de un nuevo lugar donde acomodarse; lugar al que acudirá nuevamente la sed de la rabia incubada en nuestra sociedad, como el de un falso paraíso donde ocultar el fracaso de una vida auspiciada por quienes convencidos de una tierra prometida en la que creyeron, merced a panfletos libertarios producidos con el único fin de apropiarse de nuestra voluntad, el huir del infortunio les resultará harto difícil.

Ahora se anuncia la construcción de nuevas viviendas en ese trozo de huerta, “camino de las Cañas”, como la mejor de las soluciones a su erradicación definitiva. Pero, las “cañas”, como en tantas otras ocasiones, serán nuevas lanzas, cuya diana emergerá nuevamente, y con seguridad en otra parte.

10 abril 2008

LA DESACELERACIÓN

El Águila de Toledo, el famoso ciclista héroe de gestas pirenaicas y triunfador por “Les Champs-Élysées”, nunca nos mintió y cuando a base de su bizarro esfuerzo llegaba al punto más alto del camino, el más próximo a las nubes, él seguía con los pies en sus pedales, nada de volar por los aires, anclado al basto e incomodo sillín de su modestia y dispuesto a lanzarse por los abismos desafiando a la muerte en una tumba abierta llena de peligros imprevistos por las curvas estrechas del Tourmalet. Lo hacía echando el freno de vez en cuando, porque su libre aceleración así lo aconsejaba, y una cosa es desafiar a la muerte y otra rendirse a ella a cambio de nada. Él, el sencillo rey de la montaña, en su bajada, sabía el momento exacto de cuándo acelerar sin despreciar las necesarias ayudas, así como el momento justo de la frenada evitando que el pelotón que le acompañaba no se despeñara por los abruptos aliviaderos, rutas al infierno, en cuyos incómodos recodos los fervientes admiradores enloquecidos por aquella proeza daban sus gritos de aliento.

El Águila de Toledo nunca nos mintió, porque sus cartas estaban tan claras como el agua que humedecía su rostro seco tras la angustia de una escalada, cuando los fieles seguidores trataban de reconfortarle arrojándosela a su cara. El hombre encima de la maquina era y representaba simplemente eso, el esfuerzo acelerado hasta el límite de sus fuerzas y dando lo mejor de sí mismo.

Ahora ya son otros tiempos, y la Formula Uno está al alcance de todos los españoles y los motores rugen quemando combustible como si éste sobrara, acelerando en la recta o frenando en la curva acolchada donde toda protección es poca. Ya no es cuestión solo de bizarría, porque los caballos braman y arrinconan a los pedales y su aceleración o desaceleración ya solo es cuestión de acariciar el pedal en el modo y momento precisos, si bien con inteligencia, también con el mínimo esfuerzo. Pero Fernando Alonso, que no tiene nada de Águila de Toledo y sí de recauchutado panel publicitario, tampoco miente a nadie y nos habla claro y rotundo de cómo ser el número uno superando a otros en la velocidad que imprimen, embriagado por la parafernalia que le aúpa al pódium de su gloria.

Sin embargo, hay otros caminos por donde todos tratamos no de llegar los primeros, sino de penar manteniéndonos, y ello, por las enormes dificultades que salen a nuestro encuentro sin que estén a nuestro alcance ni los pedales bizarros ni el dominio del motor que trata de irrumpir en nuestras vidas, entramado al que nos vemos obligados a sucumbir.

Es el motor de la crisis que ahora nos tratan de ocultar, hablándonos de la desaceleración como si aquella no existiese. Nos recrean pues en esa carrera en la que si el Águila de Toledo aún estuviera presente, como lo haría surcando el cielo -cuestión en la que ya no hay que creer- lo mejor es ignorarlos: al cielo y a la crisis. La cosa está muy clara: ausente la crisis, la presencia de la desaceleración nos llena de esperanza. Como cualquier vulgar cuento de chinos.

08 abril 2008

EL DORADO

Cuando lo mítico se une a la imaginación desbordándose de sus cauces, surge la leyenda de un sueño en el que para uno, ansioso de un dulce despertar, la búsqueda de la realidad placentera se transforma en una meta deseosa de alcanzar, sea ésta cual fuere, y de acuerdo con las ilusiones que en cada uno se anidan tantas veces frustradas, cuando no lo han sido siempre.

El Dorado representó un sueño para los que en su imaginación veían los deseos de riqueza, lo que les llevó incluso hasta la muerte. Pero valía la pena intentarlo y convencidos estaban de ello, porque el pasar de la hambruna más angustiosa al trono del oro triunfal, sólo era cuestión de un firme propósito y de emprender una ruta llena de dificultades hasta llegar a él. Sabedores de su existencia y una vez alcanzado el cuerno de la abundancia, el estar más cerca de la gloria era un sueño inigualable, un privilegio imposible de refutar.

Pero no fue aquella una actitud concreta de una época determinada, porque en nuestros días, la búsqueda del Dorado sigue presente en nosotros, al menos, para unos cuantos. Sea en vuelo regular o en vuelo charter, o en autobús, o disfrazados de la forma más variopinta: como desde el socorrido despacho de la Lotería Nacional al del prodigio del más puro ingenio, la obtención de un buen premio sigue latente en nuestras vidas, y en las de algunos, de forma decidida.

El dorado “encuentro de la amistad” para solteros viene a ser algo así como un seguro eslabón para un futuro familiar, pero con el firme propósito de que ésta, la familia, no crezca. Qué sea sólo cosa de dos: dicen ellas y dicen ellos.

Doscientas mujeres llegaron en autobús a Zucaina (bello nombre más de mujer aunque en esta ocasión sea de un pueblo castellonense) invitadas desde esa localidad en una feliz iniciativa en la que pudieran encontrar, más que el sueño dorado, la posibilidad de un rato feliz. Porque dicen, que la felicidad siempre llega a pequeñas dosis, y que la suma de muchos instantes parecidos, sí que nos pueden acercar al Dorado.

Y allí estaban ellas y ellos, con sus pañuelos rojos al cuello, como si de un San Fermín se tratase, pero no con la intención de correr raudos delante de un toro bravo, aunque sí con el convencimiento de que en su bambolear sensual, la cuestión estriba en esta ocasión, en tumbar al suelo a la ilusionada pareja asistente a la feliz ocurrencia de unos vecinos, de cuya imaginación se desborda (no entre mitos y leyendas) la búsqueda del Dorado, principal objetivo al que nunca debemos renunciar.

06 abril 2008

SITIAL BUCÓLICO

-Su enfermedad es incurable. Unos diez meses…quizá un año. Es muy poco probable que pueda superar ese tiempo. Sólo al final sentirá fuertes dolores, pero con una medicación adecuada no los padecerá. Considero que es mejor que lo comente a su entorno familiar; ahora bien… si prefiere silenciarlo, lo entenderé perfectamente.

-Diez meses… un año. Humm. ¿Comentarlo? ¿A quién? Doctor, estoy solo en este mundo apenas un par de amigos, y de uno de ellos, no estoy muy seguro de su amistad, y a los que, por supuesto, prefiero ocultarles lo que me pasa. ¿Para qué? Creo doctor que sólo tengo que rendir cuentas a mi alma, mi única dueña, y resolver mis dudas. Mientras tenga algo de fuerzas y la necesaria lucidez, a ello dedicaré el tiempo que me quede.

Todos los días quise contemplar la salida del sol en un lugar muy próximo a mi casa. Un pequeño valle, cruzado por un riachuelo, era el lugar elegido, y en medio de él, como una veta blanca, el curso caprichoso de sus aguas cantarinas serpenteaba y partía en dos la alfombra verde salpicada de blancas margaritas dejadas al azar por las manos artesanas del creador de tan idílico paraje. Mientras que un águila real rasgaba la mañana vista por mis ojos con el clarear del día, allí, sobre una piedra enorme que rompía el trenzado de tan bello tapiz, sitial bucólico, acomodaba mi ilusión atento al sol que aparecía por los riscos dándome los buenos días, incluso escondido entre nubes, como lo hacía de vez en cuando. Y no he faltado ni un solo día a su encuentro de estos últimos diez meses que han pasado, próximo ya a cumplirse el año, cuando el dolor, cumplidor con su compromiso, me lanza su primer aviso, como otro amanecer no tan grato al del que acaricia mi rostro haciéndolo con gran mimo.

En todo este tiempo he hablado con mi alma, sin llegar a entendernos. Quizá lenguajes extraños, ajenos a ella y a mí, y ante la ausencia de traductores interesados que pudieran serme útiles, más por desconfianza (motivo suficiente para no ir en su búsqueda), el único remedio que pudiera darme algo de fe era asegurar mi alma, sin perderla para siempre. Y que allí donde yo fuere, ella siga dentro de mí.

Los rayos del Sol bañan y calientan mis ojos, mis párpados saben de su tibieza y los siento por todo mi cuerpo, como protegiéndolo del frio que en pocos días acudirá voraz a mi cuerpo con la intención de adueñárselo, alojado en su refugio eterno quién sabe dónde. Son ellos, rayos embajadores, la única ayuda disponible con que cuento en este instante, todo lo demás es estéril, es perecedero. Alzo mis manos, los noto, los acaricio, estiro de ellos, me deleito y gozo con su calidez, me convierto en dueño y señor, y lentamente, desde mis dedos descalzos incrustados sobre la hierba mojada, como si los rayos fueran alambres dorados, regalos caídos del cielo, envuelvo mi cuerpo con ellos de pies a cabeza, convirtiéndome en una madeja viviente de ya pocos días de vida, sin dejar un solo resquicio por donde pueda escapar mi alma. Allá donde vaya, la quiero conmigo.

(“Sitial bucólico” es un relato que ha participado en el 30º Proyecto Anthology. Tema: ALAMBRE)

04 abril 2008

CARÁCTER VALENCIANO


Acostumbran a decir “el Levante feliz”, pero tras el elogio, a veces con el tinte de la envidia se esconde la aceptación de una verdad en la que merced al optimismo de las gentes que lo integran, supo afrontar cualquier adversidad, incluso superarlas, a base de tesón y de una responsable alegría en ocasiones mal interpretada.

A la luz que nos brindó nuestro paisano Sorolla, tan de actualidad en nuestra ciudad durante los últimos seis meses, criticado por un fundado pesimismo que inundó de brumas a la generación del noventa y ocho, se unió la tragedia de “La barraca” blasquista que, no obstante, supo pervivir en el tiempo junto a “la alegría de la huerta”, cuyos sembrados, por otra parte, ocupan menos espacio en la actualidad debido al crecimiento urbano especialmente, y al “enorme campus de la Politécnica” en el que el producto de la siembra cultural, también fruto necesario y por supuesto nada despreciable, no hace más que restar trabajo al milenario Tribunal de las Aguas.

La Valencia liberal y tolerante, abierta al mediterráneo (cada vez más cercano a una ciudad de que antes vivía alejada de sus aguas), fue lugar de entrada de sucesivas civilizaciones que han ido depositando en nuestro crisol, más que la cultura de la vanidad la del desprendimiento y la de la entrega, y a ella siguen acudiendo gentes y cada vez con mayor intensidad. Acuden a la aldaba barroca de nuestra historia, confianza de la que se aprovechan otros siempre dispuestos (y con sus alforjas prestas al botín) en su pertinaz intento de apoderarse de lo que nunca les perteneció. La Valencia generosa en la que permanece intacta la alegría de la pólvora que la envuelve, la que se embriaga al mismo tiempo con el perfume de un bullicio cada vez más presente, es una ciudad cada vez más internacional.

El prestigioso doctor Rojas Marcos, profesor de psiquiatría en la ciudad de Nueva York, la capital del mundo en la que cohabitan todas las especies humanas, gran conocedor del entramado humano que condiciona al hombre, y de visita en nuestra ciudad, nos define como portadores de sentimientos positivos, a pesar de que no nos ufanemos de ello. Pone el punto sobre las íes y justo en su sitio, y acertando de lleno cuando denuncia la falsa idea de que el optimismo convive con la ingenuidad, por lo que resulta mal visto siendo esto la causa del renuncio.
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Algo así, como lo que muchos definen como “meninfotismo”: restar o quitar importancia a las cosas desatendiéndose de ellas, cuando lo que en el fondo subyace es la buena acogida y tolerancia a quienes nos visitan. Incluso a los que en ellos se anida la más perversa de las intenciones; que haberlos, haylos.

23 marzo 2008

MAÑANA DE DOMINGO


Para aquella mañana lluviosa y desangelada la mejor opción era ir al encuentro de semblanzas conocidas, cuyo recuerdo podrían serme útiles no solo para cubrir unas pocas horas, sino para rememorar páginas viles o gloriosas de un pasado más o menos interesante. Allí estaba un tal Lord Smith, al que trataba de identificarle, dieciochesco, traje rojo ceñido, gola de tul y encaje, puñetas blancas y barrocas, pura fantasía; mirada fría nada penetrante. Todo un primor.

Poco o nada sabía de él y menos de su infancia, y en mi intento de imaginármela, deduje que bien pudiera haber sido como la de cualquier jovenzuelo de los de ahora locuaz y bullanguero, hasta algo gamberro, que como cualquier otro mortal tiene rasgos de los que siendo inconsciente son indicativos de su personalidad.

Pero a él, al Lord Smith, vacío e impasible, no le sucede como a Juanito con quien lo comparo, nuestro vulgar zagal de barrio que disfruta vivaracho, y que cuando recibe un premio, cualquiera que éste sea, ensancha las mejillas, arquea la boca y una ligera babita brota y se pierde por sus labios.

Juanito, que nunca creyó en el infortunio, cuando va por la acera y se le cruza un gato negro, se queda quieto, mira hacia otra parte y cuando el animal se confía le da un puntapié y lo encesta en un contenedor. Él no es convencional. No, Juanito no es de esos tontos del haba que cuando ven una rubia joven de carnes prietas, aguerridas y con minifalda justo allí donde separa lo bello de lo perverso, se pone chulito untado de colonia cara, eleva sus tacones y le dice a la ninfa bonita que él es aficionado a los cruceros o que juega al golf todos los días del año. Él es algo más normal. Sin embargo, saca entonces el cleenex, se lo pasa por sus labios y queda contento, complacido con su guiño habitual y la miel en su boca.

Juanito tiene mucha personalidad, todo el barrio lo sabe y cuando alguien le grita, a nadie escucha. Juanito, sordo de nacimiento, aprendió a hablar con un libro de autoayuda, y con él, gesticulando, supo cómo educar sus cuerdas vocales, cómo colocar los labios y cómo poner música a lo que le dictaba su corazón. Fue entonces cuando se dio cuenta de que acababa de hacerse a sí mismo. Sacó otra vez el cleenex, se lo pasó por los labios, y orgulloso de su proeza se rascó su barriga en otra de sus flaquezas.

Juanito que siempre soñó con ser libre, otro día, uno de esos tan cruciales en su vida, se compró una moto. Se fue confiado a una autopista en que no habría fronteras donde detenerse, pero sin darse cuenta que una vez vaciado el depósito volvería a la esclavitud necesitado como estaba de los demás. En esta ocasión, serio y taciturno, no echó en falta al socorrido pañito, mosqueado como estaba por un infortunio en el que sí creyó, al menos desde entonces.

Fue cuando preso de un descontento inesperado entendió la importancia de erradicar de su cuerpo cualquier gesto anunciador de una frustración innecesaria.

A partir de ese momento no solo renunció al cleenex, sino que evitó cerrar los ojos ante cualquier espasmo nervioso o algo que le intimidara. Impidió que su dedo índice fuera directo a su tímpano cuando estaba inmerso en un libro en sus momentos de leer renunciado a un placer levemente perceptible. Apalancó su hombro propenso al impulso nervioso dispuesto a convertirlo en un escuálido guiñol en cualquier instante de su vida sin saber el porqué; y, entre otros de sus hábitos, detuvo su dedo meñique ávido de alcanzar la gruta de su órgano olfativo en sus ratos de aburrimiento, placer de dioses pero ajeno al mejor de los decoros.

Y fue entonces cuando Juanito, muñeco almidonado, dejó de interesarme, al haber renunciado a esas sencillas cosas que nos dan pequeños instantes de felicidad.

Como Lord Smith, ausente de guiños, quien con su rostro frio pero brillante, de mirada viva pero perenne y ojos como de cristal, con sus manos tan abiertas como quietas y de uñas limpias, perfumado con la miel de romero, más parecía un libro abierto de hojas blancas y palabras inexistentes, prototipo urbano de un muñeco insulso, aburrido, moldeado merced a las manos de un artista genial y sólo a merced de los destellos de los focos hacía él dirigidos en un día cualquiera, inclusive los de domingo.

(“Mañana de domingo” es un relato que ha participado en el 29º Proyecto Anthology. Tema: TICS)

13 marzo 2008

VALENCIA EN FALLAS

Todo su orgullo fallero lo tenía dentro de su corazón, y con su mano firme protegía a la de la Fallera Mayor infantil quien un instante antes había prendido la pólvora, paso a la cremá de la pequeña falla que pondría fin a la fiesta, justo cuando unas tristes lagrimas bañaron el rostro de la niña.

A él, al Presidente de la Falla infantil, también le acudieron deseos de derramar unas lágrimas, pero se contuvo, y su impronta institucional se amalgamó por la nube fumífera que le envolvía, mientras su mente de adentraba en un pasado escuchado tantas veces en el arraigo fallero de su padre y también de su abuelo.

Su origen costumbrista, el de la fiesta, cuando una vez al año los carpinteros sacaban a la calle los restos de tablas inservibles y muebles rotos que apilándolos les prendían fuego para desprenderse de ellos, celebrando de forma festiva el día de su patrón, San José el carpintero. Y con el tiempo, aquellos trastos viejos dieron paso a figuras satíricas creando grupos de crítica social, y con ellos, el nacimiento de una fiesta declarada de Interés Turístico Internacional en el pasado siglo XX.

Pensaba en todo ello el Presidente, mientras veía cómo se extinguían dentro de un círculo rojo sus últimas brasas, residuos de un año de ilusiones y fuente incandescente de otro que comenzaba en ese mismo instante, mientras le daba su pañuelo blanco a la fallerita que junto a él lloraba el final de su reinado.

Sabía por su abuelo de una cita de a finales del siglo XVI que hacía alusión a las fiestas falleras, y que mencionaba un sueldo pagado a un artesano por la realización de una falla, cuyo recuerdo le llegaba de forma vaga. Sin embargo, de lo que no tenía ninguna duda, es que a mediados del XVIII, la fiesta ya había alcanzando una gran raigambre popular, y llegados los días señalados se sacaban los ninots junto a las casas a la espera de la noche de San José, cuando eran entregados al fuego en un ambiente festivo y vecinal.

Nuestro Presidente infantil sabe de los problemas de todo tipo que sufren los falleros todos los años, como también de un oficio de 1784, existente en el Archivo Municipal de Valencia, que ponía las primeras trabas para colocar las fallas en determinadas calles estrechas, o junto a casas que pudieran encerrar cierto peligro en el momento de la cremá. Sin embargo, ésta determinación, supuso un cambio importante que hizo dar un vuelco y un fuerte impulso a una fiesta que a partir de ese año iba a ir creciendo de forma imparable. Las fallas empezaron a colocarse en las plazas y calles más anchas, pasando a ser grupos satíricos con la posibilidad de ser vistos dando la vuelta a la falla - costumbre que se implantó como consecuencia de aquella orden municipal-, y leyendo las críticas dirigidas contra la burguesía y el clero especialmente. Lo que llevó a la prohibición de la fiesta en 1895, aunque pese a ello y desafiando al poder municipal, las fallas fueron plantadas aquel año. Fue éste el que Lo Rat Penat creó un galardón para premiar la mejor falla, hasta que ya en el nuevo siglo, el Ayuntamiento aceptó la responsabilidad de establecerlos.

Entrado el siglo XX fueron muchos los falleros que impregnados de una fiesta que les ardía en la sangre, como en la de nuestro Presidente infantil fruto de tantas generaciones, dieron un gran impulso a una fiesta, en la que las fallas, el monumento y el arte formaron un solo cuerpo de corazón imperecedero transformándose en una fiesta donde el ingenio y la gracia, mundialmente reconocidos, son inseparables ante la mirada atónita de quienes nos visitan por primera vez. Méritos logrados no solo por el espíritu abierto, mediterráneo y fallero de quienes las hacen posible, sino por el cariño y sentimiento representados en una fallerita que llora el final de su reinado, junto a un Presidente infantil lleno de orgullo y valencianía que con el índice de su mano se aparta una lagrima que surge de su mirada fija en las pavesas que vuelan hacia el cielo.

28 febrero 2008

BIEN AVENIDOS


¿Y qué es lo que tendrás contra mi?, me preguntaba él, en aquel entonces, con insistencia, cuando no cesaba de mirarme sin darme el más ligero respiro.

Lo cierto es que yo me preguntaba lo mismo, y desde mi ventana, equidistante a la suya, nos cruzábamos las miradas espiando nuestros movimientos.

Tuvimos problemas, es cierto, pues olvidábamos el frente, y cuando, como es natural, íbamos hacía él, era entonces cuando perdíamos el norte y en lugar de aproximarnos a nuestra meta, entrábamos en una especie de confrontación cuya única respuesta era la de un fuerte dolor de cabeza necesitados de alivio.

Recuerdo un día que le dije que dejara de mirarme, y él, rebelde, me contestó lo mismo: -Tú, tú eres el que debes de hacerlo, olvidarte de mí-

Hasta ahí llegaba su osadía, si tal nombre se le puede dar a su atrevimiento, aunque luego, más comedido yo, pensaba que su única intención era la de imitarme, quizá por empatía o porque no sabía hacer otra cosa. Quién sabe. Lo cierto era, que en el fondo, yo no sabía quién de los dos era el que debía dejar de mirar el uno al otro.

Lo cierto pues, es que anduvimos así mucho tiempo, sin poder saber el momento exacto del inicio de aquella fijación, bien por falta de datos o porque nadie nos lo advirtió, que para el caso es lo mismo.

Recuerdo de forma algo lejana las muchas ocasiones en que hemos sido blancos de miradas y hasta con cierta sorna, lo que nos incomodaba. A mí, seguro, y a él también, de lo que puedo dar fe. Pero acostumbrados a nuestra normalidad, nos sentíamos privilegiados, porque los flancos estaban bajo nuestra vigilancia; y cómo son tantos los que dicen que hay que tener cautela al enemigo y éste pocas veces ataca de frente, los dos lo teníamos mucho más fácil.

Pasaron algunos años, cuando ya habíamos alcanzado los veinte, y tras unas horas de un profundo sueño y unos días más de oscuridad, sin saber el uno del otro, volvimos a ver la luz. Nuestras miradas cruzadas dejaron de serlo y el frente amanecía expedito, hacía un horizonte lejano aunque limitado. A partir de ese momento, nuestros flancos quedaron desprotegidos y fue cuando nos dimos cuenta que debíamos redoblar esfuerzos, a pesar de que por nuestro aspecto, mucho más usual, nos llevaba a pasar desapercibidos, perdidos en la normalidad.

(“Bien avenidos” es un relato que ha participado en el 28º Proyecto Anthology. Tema: OJOS)

17 febrero 2008

EL COLEGIO DEL PATRIARCA


Conoce uno más de los rincones de mi ciudad. Creo que vale la pena.

Mi agradecimiento a Pablo Pérez García, el mejor cicerone; a Miguel Aura: autor de la fotos y a Rufino Berlanga, quien nos abrió las puertas.

08 febrero 2008

Carnavales de Cádiz: ALIANZA DE CIVILIZACIONES


Previo al amplio Salón de la Caleta y en la lujosa recepción del Hotel Atlántico de Cádiz –Parador Nacional- tuvo su inicio un acto cuyo significado y alcance, convertido en sueño dorado, adquiere un valor incalculable, pero, que al mismo tiempo, se convierte en una quimera por lo irrealizable.

En aquel lugar de encuentro, lujoso y muy acertadamente decorado en sus paredes con una pinacoteca en la que destacaban los navíos españoles, ingleses, franceses, contendientes en la batalla de Trafalgar, librada en las aguas próximas a donde nos encontrábamos, nos fuimos congregando siendo gratamente acogidos con un desfile inacabable de manteladas bandejas donde el fino y el adobo de cazón se convertían en la mejor credencial al acto que poco después daría su comienzo.

Se abrieron las puertas, y la primera mirada fue hacia el techo alcachofado del que pendían las estrellas tartésicas de ocho puntas, el símbolo más emblemático de la Andalucía desde los tiempos más remotos de una vieja colonización tan penosamente olvidada como por desgracia desconocida para tantos. Veinte pilastras sustentan lateralmente su techo y de forma austera están decoradas con sencillas lámparas engalanadas para la ocasión con graciosas mascaras venecianas.

La luminosidad la ofrecían doce grandes lámparas -¿doce tribus de Israel?- de tres pisos concéntricos descolgados por cilindros sencillos y bellos. El escenario, no muy grande, el necesario, de cortinado elegante, mostraba esparcidas en sus telas caretas carnavalescas bajo un friso de focos que esperaban la ocasión de encenderse.

Todos los presentes habíamos tomado el asiento asignado y para el comienzo del acto faltaban breves momentos.

Y desde el indio apache de cabellos negros y lacios sobre sus hombros, del corsario con sable pero sin daga, del guerrillero rondeño, del emperador corso de mirada engreída, del soldado romano de paso lento pero a saltitos, del flácido bereber, del sultán bañado en oro, del chulo de chamberi, del hebreo taciturno, de las chinitas del si si si, del griego reflexivo, de la danzarina generosa, del niño torero de requiebros constantes, de los diseños abracadabrantes de Agata Ruiz de la Prada, de la monja zorrillesca, del mafioso de sainete, de la dama versallesca, del mejicano corrido, del afrancesado, del castrense, del inquisidor, del truhán risueño, del monje franciscano, del espadachín con embozo, de la ninfa con ricas sedas y del santo evangelista, como hasta el monarca del viejo régimen y algunos más, escondidos estos por los largos y estrechos pasillos del gran Salón de la Caleta: si no era aquello la deseada “alianza de las civilizaciones”, sí se puede afirmar que se le parecía bastante. Por lo menos en el intento de compartir juntos una velada gozando de las chirigotas y de las comparsas que nos unía a todos: a los del disfraz del carnaval, junto a los del disfraz de todos los días, ese de traje y corbata.

El Carnaval de Cádiz tiene un sello especial que lo hace diferente a todos los demás que se celebran en estos días del año en todo el mundo mundial. La chirigota, su mejor exponente, sencilla, lenta, de voz baja, creada por unos labios generosos que se esfuerzan para ser entendidos por todos, es un sainete que desde su crítica más aguda e inocente llega hasta la denuncia social irrebatible por su rotunda claridad.

La “tacita de plata” acoge por su retícula urbana ríos de gente en busca no sólo de la gracia gaditana, sino también del fino y la tortillita de camarón cuyo deleite entre sus calles alcanza altas cotas de sublimidad imposible de alcanzar en cualquier otro lugar fuera de estas fiestas del Carnaval.

Cádiz, que si pequeña es mucho Cádiz, sigue conservando en su casco histórico todo el esplendor de su siglo de oro, el XVIII, cuando la conveniencia de su puerto hizo que se trasladara desde Sevilla la Casa de la Contratación y se convirtiera en la base del comercio ultramarino. Fueron momentos de esplendor, como se demuestra en la actualidad, que con una sola mirada el siglo de la ilustración aflora por su contorno abierto al mar, o por cualquiera de su rincones, donde observando la riqueza de sus fachadas, afortunadamente conservadas, queda bien patente la huella de una sociedad burguesa, liberal y revolucionaria, como también constitucional, que le dio gran fama y renombre.

La ciudad mantuvo el monopolio con las Indias hasta finales del siglo, cuando Carlos III lo extendió a otros puertos españoles. Pese a ello, siguió siendo una ciudad próspera y trascendental en el devenir histórico de España, baluarte importantísimo contra la afrenta de un emperador cuya caricatura simpática y rechoncha apareció por una horas en el amplio “salón de la Caleta”, con motivo de una representación teatral, alianza de civilizaciones, que de seguro seguirá celebrándose año tras año en la bella, simpática, docente, orgullosa de su historia de más de 3000 años, libre de complejos, española y muy culta; como lo demuestran algunas de sus chirigotas, mucho más sabias y henchidas del más docto sabor popular, que tantos otros panfletos sueltos que vuelan indecorosos por algún que otro claustro seudocultural, semejantes a las hojas yermas del otoño.

Cádiz, en sus carnavales, en la estrechez de sus calles atiborradas de gracia, es otra ciudad: Lo que no es óbice para contemplarla desde arriba, a través de su “cámara oscura”, la primera de España, donde se proyecta en tiempo real la imagen de la ciudad, como espía de todo lo que en ella acontece en ese mismo instante. Sobre una pantalla cóncava y blanca, un espejo y unas lentes de aumento invitan a la más fiel interpretación de la ciudad de Cádiz, cual tacita de un solo brazo rodeada por un mar de plata.

La “cámara oscura” está ubicada en lo alto de la Torre de Tavira, situada en el centro de la ciudad y siendo la más emblemática de todas las torres miradores como testigos del esplendor que gozaba la ciudad en el siglo XVIII. El más alto mirador formaba parte de un palacio y debe su nombre a su primer vigía: Don Antonio Tavira. Otras ciento veinticuatro torres miradores esparcidas por toda la ciudad son las que quedan de las más de doscientas que se utilizaban para contemplar la mar a la espera de los barcos que navegaban hacia el más importante puerto español de aquel siglo. El que tanta prosperidad y riqueza dio a la ciudad gaditana. Algunos de sus miradores resultan invisibles desde sus estrechas calles y sólo son reconocibles desde lo alto de otras torres como sucede con “la escondida”, desconocida para muchos. La singularidad de todas ellas reside en sus cuatro tipos característicos: torre de garita, torre de sillón, torre de terraza y torre de sillón y garita, según la forma que adopten.

Lo que resulta imposible es despreciar el pescaito frito de la gastronomía gaditana y en el Parador Atlántico, junto a las tranquilas aguas de unos días esplendidos, resulta una tentación imposible de evitar. O la de visitar el Restaurante el Faro, de obligada presencia, donde descansar y reponer las fuerzas son placeres irrenunciables que siempre invitan a una próxima visita.

La chirigota, la comparsa, el coro y el cuarteto dan vida a los Carnavales de Cádiz. La gracia innata gaditana los alimenta, y la belleza de la tacita de plata pone el resto. Todo ello junto, configura un viaje lúdico cultural muy difícil de olvidar. Menos mal que la gracia del “phisa” es inagotable y siempre habrá una nueva ocasión para volver a la fiesta del Carnaval.

30 enero 2008

CARCOMA HUMANA


“A Don Envidioso López”

Solté el escupitajo y como un límpido rayo de luz reflectado sobre las aguas cristalinas que surcaban las fragancias propagadas por el verdor del valle que tanto anhelaba, situado en él, hallé el cobijo de mi edén soñado, apacible y redentor.

A través del esputo libertador despedí mis angustias constreñidas día a día, creadas por mi entorno más próximo aquel en el que tanto había confiado. Su fluido, macerado por envidias inmediatas, siempre flacas a pesar de lo mucho que se alimentan y por los celos ocultos que sin embargo siempre florecen, había sido denso, de sabor amargo, corruptor de mi sangre, cuyos glóbulos infectos eran imposibles de purificar. Los impactos de los golpes bajos con la intención de hacerme daño, tantas veces recibidos de quienes, no obstante, les había brindado toda mi confianza, corrompían la flema.

Las células enfermizas del rencor y de la ira sobre la grupa del gusano roedor navegaron por sus aguas irritables produciéndome vómitos, sin encontrar por mi parte la purga aliviadora de mi gran desazón. Y el vacío que dejé en mi interior al conseguir expulsarlo me causó el placer de un efecto relajante, una vez libre de aquellos viles sentimientos impulsados por mis contiguos acompañantes de siempre.

Nunca supe del antídoto más eficaz para luchar contra tan cotidianas ofensivas, ávidas de venganza, pues sus acometidas, tan sustanciales al ser humano, me convertían desde la victima propiciatoria hasta el más frágil de los esclavos.

Y fue cuando libre del escupitajo, mi vomitivo liberador, mezcla de pus y de azufre, cual cianuro mortal gestado en el tiempo, y ausente de mi interior el fango acumulado de tantos años, fue sólo entonces cuando me entregué al plácido sueño imaginando la belleza de campos y veredas, ilusionado con el frescor de sus aguas limpias entre aromas de espliego, lejos del mundanal ruido, y a salvo de la ruindad mundana, camino por el que hasta ese momento tanto me había angustiado.

(“Carcoma humana” es un relato que ha participado en el 27º Proyecto Anthology. Tema: Veneno)




06 enero 2008

BELÉN NAVIDEÑO


Los Ángeles de la Fresneda es un bello pueblo situado a pie de la Sierra del Miaudarrama, que si hace unos diez años tenía poco más de trescientos habitantes, en la actualidad, su número, se ha multiplicado por veinte y sus nuevos residentes se hallan esparcidos por los alrededores en varias de las urbanizaciones que han ido creciendo dentro de sus límites. Su cercanía a la capital, su multitud de fuentes, el perfume que lo impregna y un riachuelo cercano que muere en un pequeño lago del vallecillo de tan singular paraje, ha sido la magia de la repoblación alcanzada en tan corto espacio de tiempo, aunque la mitad de sus gentes vivan en la capital, gran parte del año. No obstante, todos los fines de semana acuden a relajarse en el campo de golf que alfombra una gran parte del Valle de la Fresneda.

Los Ángeles de la Fresneda vive su mayor bullicio no solo en los meses estivales, que por el frescor de la sierra recibe a toda su gente, sino también llegado el mes de Diciembre que es cuando se viste de blanco y con el traje de gala de las fiestas navideñas, vuelven sus vecinos a la espera de recibir al nuevo año entre el jolgorio que brota cada vez con mayor fuerza sobre el albino y bello manto que lo cubre.

En los tres últimos años los ediles han tenido la feliz ocurrencia de escenificar la Navidad elaborando en el centro de la plaza del Ayuntamiento un original Belén que la ocupa un tercio, quedando el resto como el patio de butacas, tal como la mejor de la platea donde presencian juntos el momento del nacimiento del Hijo de Dios. Será en la última hora de la tarde, previa la Nochebuena, cuando uno a uno todos los regidores irán saliendo del Consistorio hacia el Belén, ataviados con sus ropa de blanco lino, sus túnicas, sus bufandas del piel de cordero, sus bigotes canos, atiborrados de regalos como ofrendas al Niño que va a nacer.

¡Qué forma tan bella para celebrar tan singular fiesta! y que por breves días, sobre todo, será el especial momento de congraciarse todos juntos después de un año de enfrentamientos baldíos, que debiera servir como ejemplo para todos los demás pueblos. Aunque este no era el caso de Los Ángeles de la Fresneda que destaca por tantas cosas bellas, donde entre los dos partidos que forman el Concejo, al menos en los últimos diez años, se llevan razonablemente bien.

El clamor ya se escuchaba por sus calles engalanadas con luces y guirnaldas, y en especial, el centro de la Plaza, donde los abetos cubiertos de nieve eran motivo de juegos y chanzas entre los vecinos que, catapultando sus ramas unos contra otros, mostraban el niño que llevaban dentro, mientras sus hijos quinceañeros se entretenían con el SMS o presumiendo de móvil de última generación.

Era la hora anunciada y el reloj municipal de la plaza, luminosa y engalanada, iba a dar las nueve campanadas. El portalón del Ayuntamiento abría sus puertas y por el umbral salían San José y la Virgen María cogidos de una mano mientras saludaban con la otra a los allí congregados, ambos con un gesto fraternal. Y tras ellos, el resto de ediles, ocho pastores: algunos portando animales, como un buey, un asno y algún que otro corderillo, y otros, almireces y calderos de cobre entonando villancicos mientras recibían multitud de aplausos y toda clase de parabienes. Todos iban hacía el centro del Belén, donde minutos después nacería el Hijo del Hombre.

Se apagaron todas las luces, los destellos en la nieve desaparecieron, las voces se callaron, todo era quietud y silencio. De repente, desde lo alto de la espadaña, adornada con lo que parecía una corona real: el nido de una cigüeña, un haz de luz, potente y más blanco si cabe que la nieve, iluminó el nacimiento donde apareció desnudito el más joven de los ediles cubierto sólo por un paño azul de cielo que le protegía del frío, sonriendo y saludando a todos.

El clamor increscendo se apoderó de la plaza. Y fue entonces, cuando las sirenas se abrieron paso entre el gentío, apareciendo tres Lands Rover de la Guardia Civil que frenaron su marcha justo frente al Belén.

-¡Todos quietos!- dijo el comandante que mandaba la inesperada embajada y dirigiéndose al Nacimiento.

-Nos ha llegado la noticia que teníamos anunciada, la que estábamos esperando desde hacía unas semanas: la veracidad del delito de corrupción por recalificaciones indebidas en las que todos Vds. están inmersos. ¡Quedan detenidos en este mismo instante!- Dijo el comandante, mientras ordenaba el precinto de todo el Ayuntamiento de Los Ángeles de la Fresneda, situado en una ladera de la sierra del Miaudarrama.

(“Belén navideño” es un relato que ha participado en el 26º Proyecto Anthology. Tema: Nacimiento)

18 diciembre 2007

CUENTO DE NAVIDAD


Cuando los tres Reyes Magos de Oriente vieron pasar ante sus ojos tres cometas, no lo pensaron más, abandonaron su estrella, su residencia de verano y se auparon a las grupas astrales enfilando rumbo a Occidente, en uno más de sus acostumbrados viajes cargados de felicidad con la misión de repartirla por todos los rincones del mundo. Pronto cruzaron la frontera que nos separa, y muy celosos de cumplir las normas allá por donde pasan, se abrocharon el cinturón de seguridad, a pesar de que no lo necesitaban. Tal privilegio, lo heredaban de hacía más de dos mil años, cuando se ganaron la inmortalidad hasta el fin de los siglos, que coincidirá con la llegada de Quien un día vendrá a juzgarnos. Incluso a ellos mismos, quienes también tendrán que rendir cuenta de sus regalos, los entregados a quienes no se hubiesen hecho merecedores de ellos.

Había sido un bueno año para los tres Magos de Oriente que, producto de su trabajo, preñaron de juguetes el interior de sus nubes blancas recauchutadas de algodón, los vagones donde los transportaban. A gran velocidad, surcaron los cielos y la inmensa caravana volaba por la autopista celeste, celosos de su horario, para llegar a su destino cuando empezara la noche y repartir sus regalos, una vez recogidas las cartas depositadas en los buzones esparcidos por todos los rincones de la ciudad, incluso en las grandes plazas del neón navideño que tanto alimentan los sueños infantiles.

Pero aquel año, como podía ser el actual en que estamos, sus emisarios, adelantados para hacer un cálculo de las peticiones, algo habían hecho mal, pues no informaron a los Reyes Magos de que si había sido un buen año para ellos, no lo había sido para las familias que iban a visitar, y no advirtieron de la inflación galopante que sufrían, a cuyo trote, había arrasado sus recursos, débiles y extenuados, lo que les había obligado a ciertas privaciones en muchas de las casas de aquella ciudad, incluso en las de mediana economía.

Y para más inri, alguien les había ganado la mano, llegando con la antelación de todos los años. Papá Noel, porque no podía ser otro, ya había dejado sus regalos, y cuando los pajes reales abrieron los buzones, los vieron casi vacíos, huérfanos de sobres. Sólo unos cuantos telegramas con muy pocas palabras hallaron en sus fondos, lo que hacía suponer una noche de poco trabajo, al menos en aquel lugar. Pintaron pues bastos para los Monarcas, y Papá Noel ya había llenado las casas de juguetes, sin más mérito que haber llegado primero, vaciando no solo los bolsillos, sino también dejando sin límite las tarjetas de crédito de todos los papás.

Pero los Reyes Magos no habían llegado hasta allí para volver cargados a su estrella celeste sin cumplir su misión encomendada, motivo fundamental de su larga existencia. Y calle por calle, y casa por casa, vaciaron sus nubes que tenían ancladas atiborradas de juguetes. Un año más alegraron a los niños de aquella ciudad, como tantas otras veces, ilusionados como siempre.

Como días antes lo había hecho Papa Noel, que si republicano él, ellos eran los Reyes Magos de Oriente, y con su magia e ilusión, como fértiles simientes que son, el próximo año sería mejor para todos, con cartas de niños en los buzones saliéndose por las orejas y telegramas urgentes de última hora, llenos de ensueños, llenos de esperanza.

12 diciembre 2007

LÍNEA 8 - PERIFÉRICO


Había llegado a formar parte de mi vida y mi dependencia hacía él era total. Todos los días cogía el mismo autobús y en las mismas horas coincidía con ellos, en cada uno de los trayectos, ya desde hacía algunos años. De casa al trabajo, y vuelta a comer; y por la tarde lo mismo, pero el regreso a mi hogar, ya en la hora cercana a la cena. Y al día siguiente, vuelta a empezar, como todos los días del año, así uno tras otro.

Los buenos días con Juan eran muy cordiales, y sentados juntos en el autobús nos contábamos nuestras cosas, casi todos los días parecidas, pero tendentes en el tiempo a incidir en cuestiones de salud, por desgracia cada vez con mayor frecuencia, pero que por fortuna hacían crecer en nosotros un afecto entrañable. A Juan sólo lo veía por las mañanas, pues en el resto de la jornada nuestras rutinas tenían muescas diferentes.

Al mediodía, de regreso a mi casa, subía al bus junto a un joven oficinista (su aspecto le delataba) siempre callado, con el que el único cruce de palabras eran los habituales hola y adiós, absorto en sus auriculares que le salían de sus oídos protegidos por unos pabellones más bien pequeños, que en su conjunto, le daban un aspecto taciturno. Me enteré de su nombre por casualidad, porque un día, una rubia también joven y guapa le dijo: ¡hola Álvaro! y él, adivinando el saludo, le contestó algo sonrojado con aspecto serio, un escueto hola; abundado aún más en su aire huraño, cuando agachando la cabeza llevó sus manos a las orejas ajustando aquellos dichosos cables que se le caían, debido quizá al pequeño hueco allí donde se sostenían.

Ya en el bus de la tarde, mi única preocupación residía en no encontrarme con Blas, debido a su descaro verbal con aromas de halitosis. Sin embargo, siempre tenía algo que decirme, por lo que me buscaba con sumo interés, incapaz como era yo de negarle mi compañía, aunque no me resultara muy grata la suya. Sustraerme a él era un imposible, pues se pegaba a mí como una lapa, y si me refugiaba solo en un asiento, él se ponía de pie a mi lado de inmediato sin darse cuenta que prefería ignorarlo.

En mi último trayecto del día la presencia de Társilo, de cara blanca, asustadiza y una persistente tos, era una constante, y siempre terminaba por contarme lo mal que le salían las cosas, hablarme de su poca fortuna, y de sus miedos al salir a la calle, pues todo lo que le ocurría representaban desgracias inevitables. Era un tostón, pero muy buena gente y me daba cierta pena, por lo que trataba de animarle sin apenas conseguirlo.

El autobús, ese pequeño mundo que no gira alrededor del Sol pero sí de la ciudad y nos transporta traqueteante acompañados de seres multiformes, algunos en busca de un foco de calor donde cobijarse, completaba parte de mis horas, a veces fascinantes, en un trayecto que si siempre era el mismo, su gente tenían vidas diferentes, ora seductoras, ora vulgares.

Pero un buen día todo se fue al traste y ni Juan, ni Álvaro, ni Blas, ni Társilo subieron al autobús, lo que me causó una inesperada sorpresa, echándoles de menos, incluso a Blas. Y más si cabe, por la ausencia de los cuatro en el mismo día, como si el destino se hubiese puesto de acuerdo pasando a un segundo acto de un guión desconocido. Y así, transcurrieron dos días más, dejándome muy preocupado y despertando en mí un gran interés por saber algo de ellos. Y también apenado, sobre todo, por no saber a quien dirigirme preguntando por ellos, ni por si volvería a verlos.

Ya en mi último trayecto me acerqué al conductor del autobús, no como remedio seguro, sino porque no había otra forma de averiguar algo; tenía al menos que intentarlo.

-Buenas noches, amigo –le saludé cordialmente- llevo tres días sin saber nada de Juan, ni de Álvaro, ni de Blas, ni de Társilo, todos habituales usuarios de esta línea que seguro que los conoce. Por casualidad, ¿sabe Vd. algo de ellos?

-Oiga Vd.- me contestó serio, con cara de pocos amigos y algo cabreado- ¿No sabe Vd. leer? ¿No ve que está prohibido hablar con el conductor?

Enojado, me bajé del bus unas cuantas paradas antes de llegar a mi destino, añorando la cordialidad, la discreción, la osadía y hasta el miedo, envueltos todos en el celofán humano de la espontaneidad como el mejor de los regalos, lejano al obligado de un santo comercial, truncados todos por un cartel prohibitivo cada vez más de actualidad que ya desgraciadamente nada tiene que decir.

(“Línea 8–Periférico” es un relato que ha participado en el 25º Proyecto Anthology. Tema: El autobús)

06 diciembre 2007

EL SIGLO DE ORO ESPAÑOL


Lo tenía decidido. Pocholo, mochila al hombro, paso firme y con sus melenas ondulantes, bajó de su autobús aparcado en una gran superficie y se fue directo a la sección de libros de ocasión buscando el estante de los clásicos. Su interés estaba en comprar algo de Garcilaso, de Santa Teresa de Jesús y de Boscán. No por su afición a los clásicos, que ya había abandonado, sino porque le vinieron al recuerdo como los más adecuados para lo que por su mente rondaba. De su cara enfurecida, perfumada con un Jean Patou, surgió un brutal ceño cuando lo único que encontró fueron libros de autoayuda, de cómo hablar inglés en quince días para volar a Londres aprovechando un vuelo barato encontrado en Internet o de cómo ligar pronto y bien. Al ver este último, cambio el semblante y sonrió levemente.

Tozudo como nadie y aprovechando la parada del metro, se fue al centro histórico de la ciudad con la esperanza de encontrar lo que buscaba. Si algo no falla junto a una vieja catedral es una librería de lance, se dijo, y él lo sabía. Encontró lo que deseaba, y terminó de llenar su mochila aprovechándose de un Quijote a muy buen precio que le llamó la atención porque con los rasgos de Quijano en la portada raída y amarillenta se encontró un cierto parecido.

-¡Toma y lee, a ver si subes tu nivel!- le dijo Pocholo a Arancha algo prepotente, ignorante de su talla intelectual, despertándola del camastro mientras ella estiraba sus brazos de porcelana ladeando su cuerpo desnudo sobre una sabana roja de seda que hacía resaltar aún más sus lascivas curvas sin que a Pocholo le importaran cuando estaban ya en el parque.

Arancha, circunspecta y con la moral tan alta como enciclopédica, apretándose los labios le hizo caso; y de la mochila a sus pies, sacó a Santa Teresa, a Garcilaso y a Boscán. En cambio, cuando vio al de la triste figura, al que también encontró su parecido, se lo lanzó a la cabeza sin conseguir atinarle. Pocholo se tiró al suelo evitando la andanada, y el libro voló por la ventana saliendo al exterior estrellándose contra un lector tumbado en la hierba del parque, dándole en la cabeza.

-¡Quién es el ignaro que osa desprenderse de este libro tan preciado y se atreve a lanzarlo a los cuatro vientos!- Dijo enojado el lector con el Quijote en sus manos y el suyo bajo la axila, ya dentro del autobús, al que había entrado, mientras despectivo veía a la de la blanca figura, desnuda ante él y a su lado sentado en el suelo quien le pareció un patán.

Arancha, asombrada ante la presencia del intruso tapó sus turgentes senos, uno con Garcilaso y el otro con Boscán, y aún tuvo tiempo para Santa Teresa acogiéndola en su regazo.

-¡Pocholo!- Exclamó la bella.

-¡Oye tú! ¿No molestes? ¿No ves que estamos en horas de leer? ¡Fuera!- le gritó Pocholo, indicándole con su cara enfurecida la puerta por donde había entrado, amenazándole con una pica en su mano diestra, como aquellas las de Flandes.

El erudito misterioso no lo pensó dos veces, arrambló con Garcilaso y con Boscán, y sin llegar a darse cuenta de la presencia de Santa Teresa sobre la sabana roja de seda, huyó por donde había entrado cargado del Siglo de Oro Español encontrado como un tesoro en el más mullido de los estantes.

16 noviembre 2007

SEGOVIA, LA VIEJA CASTILLA


6 de Noviembre

Si hay una ciudad pequeña en su continente pero grande en su contenido, esta es Segovia; y cada una de sus piedras semeja al grano que prieto al otro, envuelto por láminas donde se escribe su historia, forman el bello fruto de una granada coronada.

En la segunda mitad del XVI el Rey Prudente trasladó la corte a Madrid y Segovia entró en retroceso. Pero antes, durante muchos siglos, y piedra a piedra, se fue gestando en ella gran parte de nuestra historia, la iniciada en la época romana cuando dos Emperadores, Trajano y Teodosio I, nacieron en tierras segovianas, aunque al primero hay quienes le atribuyen a Sevilla su lugar de nacimiento.

Con todo esto, más los castillos existentes por toda la provincia, el viaje a aquella tierra estaba sobradamente justificado. Sus asados, el Acueducto, el agua por arriba y el vino por abajo, contribuían, más si cabe, a pasar unos días en Segovia, la bella ciudad castellana.

Llegamos a hora de comer al Parador de Segovia, donde pasamos la tarde para programar las rutas y conocer las horas de visita a los lugares más interesantes, información que nos facilitaron los amables amigos de recepción.

7 de Noviembre.

El Palacio de Riofrío es uno de los Reales Sitios, situado a pie de la Sierra de Guadarrama en cuyas cimas descansa placidamente la “mujer muerta”, origen de curiosas leyendas. Pasada la puerta de acceso al Palacio, nos encontramos con la grata presencia de ciervos, venados y gamos tranquilamente paseando bajo las sombras del encinar. El Palacio, construido como lugar de residencia de Isabel de Farnesio alberga en uno de sus laterales el Museo de la Caza, escenificado por una gran variedad de animales de caza: cérvidos, aves rapaces y lagomorfos, gracias a las hábiles manos de los taxidermistas donde impera el buen gusto en la presentación de todas las especies.

Comimos en el Restaurante el Duque el obligado cochinillo, y aprovechamos la tarde para visitar a mi primo José Antonio y su esposa Milagros, quien nos informó de aspectos insospechados de la ciudad de Segovia. La plaza Mayor, en una tarde otoñal tranquila y apacible, sentados en una confortable terraza, flanqueados por la Catedral y el Teatro de Juan Bravo y teniendo al frente la actual Iglesia de San Miguel que reemplazó a la que estaba situada en el centro de la plaza y bajo cuyo atrio Isabel se proclamó en 1574 Reina de Castilla, el día de Santa Lucía, al conocer el fallecimiento de su hermano Enrique IV el Impotente, fue una gran placer para cerrar la tarde de nuestro segundo día en la ciudad.

8 de Noviembre

En nuestro tercer día, emprendimos una de las varias rutas de castillos, existentes en toda la provincia segoviana. Llegamos a Pedraza, bellísimo pueblo amurallado, anclado en la Edad Media y a cuyo interior se accede por su única puerta, sobre la que se albergaba la Cárcel de la Villa. Recrearse en la Plaza Mayor con sus porches singulares de auténtica esencia castellana, caminar por sus calles, observar sus rejas, sus balcones y su castillo, es volver al medioevo, siglos después de que Pedraza diera a Roma un Emperador, Trajano. El castillo, levemente separado del pueblo y al mismo nivel de sus calles, es propiedad de los herederos de Ignacio de Zuloaga, quien lo adquirió en el año 1926. El castillo fue cárcel de los hijos del rey Francisco I de Francia consecuencia de las hostilidades que con éste tuvo el Emperador Carlos I, permanentemente enfrentados. En nuestro paseo, vimos la calle de los Procuradores, donde vivieron los "dos más antiguos ejercientes en partido judicial".

Seguimos ruta hacía Castilnovo, castillo mudéjar de planta rectangular escondido entre una inmensa arboleda de álamos, encinas y sabinas que perteneció a Álvaro de Luna, valido de Juan II. En la actualidad es sede de la Asociación Cultural Hispano-Mexicana.

Continuamos ruta hacia Sepúlveda, ciudad céltica, repoblada por Fernán González, y en manos de Almanzor después. Hasta que pasó a ser definitivamente cristiana a principios del siglo XI. En todo lo alto, llegar hasta la Iglesia de El Salvador es muy complicado, sobre todo en coche, pero lo conseguimos. Sin embargo, visitar la de Iglesia de Nuestra Sra. de la Peña nos resultó muy sencillo. Así como, el Centro de Recreación de las Hoces del río Duratón, situado en la antigua Iglesia románica de Santiago, donde en sistema multimedia nos informaron cumplidamente de tan singular Espacio Natural con su peculiar flora y fauna, para comprender con mayor facilidad todo su significado, auténtico regalo de la naturaleza.

Comimos en el Figón de Ismael, atendidos por una pareja simpática y joven que nos ofrecieron un revuelto de trigueros delicioso y un asado de cordero de la especie churra muy sabroso, junto a un vino joven de la casa que fue un gran disfrute para nuestro paladar.

En Turégano contemplamos su castillo de raíces celtibéricas, situado en un altozano y restaurado recientemente. En su interior se construyó una Iglesia, y una espadaña destaca de sus torres y murallas. Entre sus gruesas paredes estuvo preso dos años Antonio Pérez, el que fuera secretario de Felipe II y firme forjador de la leyenda negra contra España.

9 de Noviembre

Si el arte está en los lienzos, en los escenarios, en el bronce y en la madera, también lo está en el ladrillo, siendo su mayor expresión el Castillo mudéjar de Coca. Y fue en Cauca, la actual Coca, donde nació Teodosio I, Emperador romano, lo que demuestra la importancia de Hispania en la época del Imperio Romano.

Nuestra primera visita del día fue al Castillo de Coca, de estilo mudéjar y rodeado de un profundo foso. Fue mandado construir por D. Alonso de Fonseca, tras obtener permiso del rey Juan II de Castilla en el año 1.453, construcción terminada a finales del siglo XV. El Castillo de Coca fue cedido por la Casa Ducal de Alba al Estado Español el dieciséis de Julio de 1954. La duración de la cesión fue por el tiempo de cien años menos un día, fijando el alquiler simbólico de una peseta al año. Actualmente es un centro de formación agraria desarrollando una gran actividad.

Terminada la visita al castillo de Coca nos fuimos a conocer Cuellar, la ciudad que saqueó Almanzor; en la actualidad la segunda ciudad de la provincia segoviana. Llegamos a través de un recorrido muy agradable, donde existe el mayor bosque de pinos de resina de toda Europa. La resina sintética sustituye a la producción potencial de la zona, pero la apacible tranquilidad que transmite sus pinares invita al recorrido lento contribuyendo a una mayor seguridad.

Cuellar gozó de una prospera economía gracias a la producción de lana, y el arte mudéjar impregna sus calles en sus múltiples iglesias. Don Beltrán de la Cueva, duque de Alburquerque, favorito de Enrique IV y presunto padre de Isabel la Beltraneja, mandó edificar el Castillo de Cuellar donde actualmente se teatralizan escenas de reyes, obispos, nobles, criados, dueñas y mancebos que nos trasladan a las costumbres y vivencias de una época esplendorosa

Junto al castillo destaca la Iglesia de San Martín, Centro de Interpretación del mudéjar, como el también Centro de Interpretación de los Encierros en la Iglesia de San Francisco, situado en la parte opuesta de la ciudad, donde se informa de los “juegos de toros” gracias a una tecnología muy avanzada. Especialmente, en homenaje a los Encierros de Cuellar, los más antiguos de España.

La hora de comer se acercaba, y nos recomendaron el Mesón de San Francisco. La sopa castellana estaba en su punto y el lechazo de cordero, en su especie churra, depositaba en nuestro paladar la mejor de sus esencias.

Tras perdernos por sus calles y cortos de tiempo para poder presenciar todo el tesoro monumental que encierra la ciudad, emprendimos el regreso a Segovia

10 de Noviembre

El día lo dedicamos a la ciudad de Segovia, que ya conocíamos de hace un par de años. Pero son tantos sus granos, que para saborear la granada obliga a visitarla con frecuencia. Y la mejor forma es utilizar el bus turístico que en su itinerario rodea toda la ciudad, gozándola desde el exterior con unas panorámicas increíbles que ayudan mejor a comprender su devenir histórico. La plaza del Azoguezo, a pie del Acueducto, fue el inicio y fin del trayecto, como no podía ser de otra manera. En esta misma plaza la Oficina de Turismo cumple una eficaz ayuda a los interesados por la histórica provincia segoviana.

Quise perder fuerzas antes de la comida, e inicié un paseo arriba bajo las piedras del Acueducto hasta su punto inicial del “desarenador”, lugar donde arranca su construcción y donde se distribuían sus aguas por la ciudad, llegadas de la Sierra de Guadarrama; a su lado, el Convento de San Antonio el Real, antiguo Palacio de Enrique IV y actual joya arquitectónica.

Comimos en Casa Bernardino, situada en la calle más popular de Segovia camino a la Plaza Mayor, con varios nombres a lo largo de su recorrido. Las morcillas de Bernardos y el cochinillo asado eran cuestión aligerarlos, y en solitario, quise recorrer la ciudad iniciando una ruta por su parte baja. Un camino de arboledas relajantes, de tonos ocres y cobrizos y por espesuras cuyas rendijas alertaban de monumentos románicos, góticos y mudéjares, donde el famoso dicho “de los huertos al parral paraíso terrenal” adquiere todo su sentido. Hubo un momento mágico, y fue cuando ante mis ojos apareció en lo alto y con todo su esplendor el Alcázar de Segovia, que más parece un buque navegando por las copas de la inmensa zona boscosa, el más bello de los pedestales. Llegado a este punto, torcí a la izquierda y un camino ascendente me llevó hasta la Plaza Mayor, apurando todas mis fuerzas que ya eran muy pocas. Atrás, dejaba una retícula urbana de calles estrechas, en cuyos rótulos cerámicos, además de su nombre, escudriñé curiosas leyendas testimonios de un pasado donde la fe era el mayor de sus arraigos. Sirva de ejemplo la calle del Mal Consejo: “donde vivía un sacristán que vendió a un judío una hostia consagrada dando ocasión al portentoso milagro del Corpus en 1410”.

A partir de ese momento todo resultó más fácil: había llegado el momento de volver al Parador y descansar.

11 de Noviembre

La mañana del domingo fue la del paseo en coche por los alrededores de la ciudad y cada parada nos supuso ver algo hermoso. Recorrimos toda la Alameda presenciado el Santuario de la Virgen de la Fuenciscla, la Patrona de Segovia, y el de los Padres Carmelitas donde está enterrado San Juan de la Cruz, ambos muy próximos; la Iglesia de la Vera Cruz, o de los Templarios; el Monasterio de Santa María de el Parral, lugar donde están enterrados los Marqueses de Villena; la Fabrica de la Moneda, actualmente en restauración; el Monasterio de Santa Cruz la Real construido por los Reyes Católicos en honor de Santo Domingo de Guzmán situado junto a su cueva, donde hacía penitencia en sus años de estancia en Segovia; y finalmente, la Iglesia románica de San Lorenzo de un pintoresco barrio segoviano.

Comimos en el Parador las famosas migas del pastor, unos sabrosos níscalos guisados y carrillada de ternera; de postre una deliciosa armonía de helados y el obligado café. Aún quedaba la tarde del domingo, y después de una ligera siesta, visité en solitario el Alcázar, con la fortuna de hacerlo en visita guiada, completando así una tarde muy bien aprovechada. La última en tan bella ciudad preñada de rincones insospechados como me advirtió Milagros, la esposa de mi primo José Antonio.

12 Noviembre

A media mañana salimos de Segovia ya de regreso a Valencia. Hicimos un alto en el camino en el Parador de Alarcón donde habíamos quedado a la hora de comer con un matrimonio entrañable y muy amigo, los Fernández Sarralde-Prats Catalá, con los que compartimos mesa y mantel, aprovechando para estar un rato unidos.

Tranquilamente llegamos a Valencia muy avanzada la tarde, después de un recorrido por la vieja y entrañable Castilla donde Segovia tuvo una especial relevancia en el devenir histórico de España, gozando de un viaje muy difícil de olvidar.

12 noviembre 2007

CABEZA FRÍA Y CORAZÓN CALIENTE


¡Y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra!

La frase era como un retumbe en mi cabeza y en su lapidaria expresión, sus ecos, como ondas intermitentes, golpeaban mis creencias dejándome en un mar de dudas, sin saber si con mi decisión, firmemente tomada, obtendría de Él su benevolencia o me condenaría a las tinieblas.

La mañana del domingo era lluviosa y el sol se ubicaba en todo lo alto escondido entre las nubes. Había terminado la Santa Misa y bajo los porches de la plaza del pueblo, los corrillos se arracimaban en conversaciones de cortesía deseándose unos a otros los mejores augurios. Correspondía a la hora de los saludos, en la que Don José, cincuentón y espléndido como siempre, invitaba a una copa de vino al amplio grupo de amigos entre los que me encontraba yo, capataz de su finca y fiel hombre de su confianza.

Don José, en un aparte, me encomendó que le preparase su mejor yegua, pues le apetecía trotar por el monte aquella fría tarde de otoño. Luego, en una más de sus habituales visitas y próxima como estaba la jornada electoral, acudiría al casino interesado, tanto en dar instrucciones, como en ordenar las voluntades de los vecinos.

-Descuide Vd. Don José, la tendrá lista en su cuadra. Qué tal su señora esposa, ya sabe, cualquier cosa que necesite, sólo tiene que llamarme.

-Lo sé, lo sé, Leandro, muchas gracias. Sigue encamada y muy débil- me contestó mientras volvía al grupo cercándome por el hombro- Confiemos en el Señor y en su bondad infinita. ¡Recemos por ella! Es lo único que podemos hacer, esperar de su misericordia. Por cierto, y la tuya, hace días que ya no viene por casa- Me preguntó molesto por ello y algo socarrón.

Fruncí el ceño avergonzado sin que nadie lo percibiera, y tras repetir mi ofrecimiento, me despedí de todos, deseándoles que tuvieran muy buen día.

La tarde del domingo seguía siendo lluviosa y en mi abatimiento cobarde, me rebelaba ante aquella situación de la que era consciente; y más, cuando por otra parte, nadie mejor que yo, conocía los entresijos del cacique más importante de la comarca en vísperas de las próximas elecciones al Congreso Nacional, cuyo resultado final, tanto canovistas como sagastinos tenían pactado de antemano.

Terminaba el día y encendí la chimenea, consumiendo un leño de encina que había traído a casa aquella misma tarde. Y tras pedir a Manuela, mi esposa, que rezáramos juntos como todas las noches, me abracé a su cuerpo entregándome a un turbulento sueño.

Amaneció, y me trasladé al solariego feudo de Don José, mi primer trabajo de todos los días. La finca estaba tomada por la Guardia Civil, alertada por una llamada de quien había visto huir a unos jóvenes saliendo por la puerta de la hacienda, avanzada la tarde anterior. En su interior, dentro de la cuadra, hallaron el cuerpo sin vida de Don José, destrozada su cabeza entre un reguero de sangre, junto a unos panfletos anarquistas sobre cuyos líderes existía una orden de detención.

Definitivamente, quedé convencido de haber engañado a la Justicia, pero también y al mismo tiempo, que nunca a aquella Voz que desde el púlpito sabía de nuestros pecados. Aquel de quien esperaba de su benevolencia, aunque aceptando, en su caso, mi destino a las tinieblas.

(“Cabeza fría y corazón caliente” es un relato que ha participado en el 24º Proyecto Anthology. Tema: Cabeza y corazón)

27 octubre 2007

LA SEÑORA AUDIENCIA


Reconozco que me pirran las mujeres, pero no la señora Audiencia, esa tan voluminosa de andares candentes y que no se corta un pelo cuando tiene que decir. Abanderada de la moda, está presente en todos los plató de televisión, incluso en las horas antes dedicadas a los niños, la de los dibujos animados, aquellos de las peleas entre el ratón ganador y el gato escaldado, en las que el único triunfador era el espectador.

Y la noto estirada, hasta algo blasfema, con cierto aire acaparador. Centro de todas las miradas, taconea con zafio estilo su esbelta figura. Y como si jamás hubiese roto un plato, se considera víctima, a la par que importante. Se esconde bajo el talco que disimula su arruga acomplejada; o si más joven, ensalza su figura con el vestido ceñido de falda corta propicio al ventanal más íntimo; o si de talla grande, también ceñida, que más parece emblema publicitario de un neumático expuesto en la amplia explanada de un gran superficie, sonriendo siempre con gran encanto.

Y se viste con ropa de diseño, comprada en el todo a cien: en el amplio vestidor de ropa con aromas de naftalina escondido bajo los focos del estudio televisivo, después de pasar por la sesión de maquillaje para el disfraz de su cara, que, con las luces y sombras más vanguardistas para llamar la atención, engañarán al insensato televidente sentado en su mullido sofá hogareño cuando ejecuta sus horas de siesta, o si despierto hace calceta.

La señora es turbadora y está de buen ver, a veces hasta irresistible, en las horas del qué me dices. Y es entonces, cuando llega el momento de pasear su garbo, el del zapeo inevitable, en el que el guiño hace acto de presencia, incluso para los más circunspectos, los acorazados con el coleto de su orgullo malherido, fieles y adictos a un programa de la dos.

O quizá sean las modas que nos dicen lo que hay que ver, a las que caemos rendidos a sus pies, débiles, indefensos y enamoradizos. Los de la señora Audiencia, la reina de la casa, en los que lanza en ristre y con el todo vale, los interesados galanes se pelean por ella, empeñados en lucirla en el salón columnario del Palacio de las Vanidades, en la hora de la gran fiesta de los disfraces.

23 octubre 2007

EL TÁLAMO


Me miró, me sonrió, dio media vueltecita y se fue con el balanceo propio a su esbelta figura, motivo de una turbación desconocida en aquellos años de mis juegos juveniles, como podían ser los de jugar tras un aro junto a la vía del tren, ignorante a su peligro, o como a cualquier otro que pudiera surgir al correr por una pendiente conduciéndolo con mi mano con la intención de que se mantuviera en pie.

Lo que en ocasiones me producían, tras torpes caídas, pequeños regueros de sangre que (como diplomas con nombre) acreditaban lleno de orgullo mi incipiente virilidad, sentimiento que también ignoraba. Así pues, era cuestión de abandonar el aro y de pensar sólo en ella, mi vecinita de barrio, la que desde aquel día iba a convertirse en una nueva obsesión, dueña de mi cuerpo ya sin ningún tipo de control, en un placer que de forma alocada no podría abandonar, dedicándome a su recuerdo con un gran desenfreno.

Y todo aquello era como un concierto en torno a un río del que disfrutaba con sus crecidas, nunca sentidas en aquel mi pequeño mundo, como antes decía. Como cuando llegó el momento del aluvión, que por vez primera lo desbordó y lo anegó, azorando mi espíritu hacia una situación extraña hasta entonces. La corriente, débil en principio, sólo sabía discurrir por su propio lecho con impulsos cada vez más excitantes, a merced de sus torrenteras que, enloquecidas, se perdían por las pendientes, desfogadas, buscando un meandro donde apaciguarse, un lugar donde descansar. Pero jamás encontraron las aguas lugar donde estancarse, tal era su desorden, al borde de una locura insaciable.

Y ya para siempre, en su inocencia salvaje, enfurecida y sin control alguno, aquella vorágine se desnortó, repitiendo en el tiempo el mismo rumbo cuya brisa envolvente me resistía abandonar. Y no para apagar el fuego de la desesperación, sino para acrecentarlo, deseoso, sin embargo, de un pequeño remanso en el que deleitarme, cual tálamo ardiente, útil para satisfacer el ardor más salvaje, encendido por el efecto de una mirada concuspicente.

Con los años dejó de ser río abierto, y sobre el cauce se construyó un parque (como un lugar de descanso para el poblado) defensa de las aguas voluptuosas enterradas bajo su fondo más tenebroso. La cuestión era liberar al poblado de sus peligros, dejándolo tranquilo (pretensión en la que se confiaba por una simple cuestión de edad, caprichos de la naturaleza, tal vez) Pero no el del aluvión, siempre latente, que un buen día, quizá el mejor de todos, hizo estallar la tierra abriéndose como una granada. Y de ella, emergió un deseo reprimido en busca de un lecho al nunca pudo renunciar, envuelto en la locura de sus sábanas húmedas, propio de un apetito insaciable, enfebrecido y turbador.


(“El tálamo” es un relato que ha participado en el 23º Proyecto Anthology. Tema: Locura)

14 octubre 2007

LA RIADA DE VALENCIA


Hoy hace cincuenta años que el río Turia se desbordó en Valencia. Y cuando bajaron sus aguas, todos los "RINCONES DE MI CIUDAD" se convirtieron en una tercera riada que fue la de hermandad.