Si das una vueltecita por mi Blog, espero sea de tu agrado.

27 marzo 2007

EL TITANIC, UNA HISTORIA FASCINANTE


Hace muchos miles de años, un copo de nievo cayó en el Océano Glacial Ártico ajeno a su relevancia en el futuro, cuyo protagonismo quedaría impreso en las páginas más fascinantes de la historia. Segundos después se convirtió en hielo. Las frías aguas lo envolvieron, y empezó de forma lenta y constante a crecer su volumen. Miles después, el invierno de 1809 no fue muy frío y una ola de calor permitió que aquel copo, ya convertido en un inmenso iceberg, se desgajara de la placa polar e iniciara un viaje hacía el Océano Atlántico. Justo en ese momento, en el astillero de Harland and Wolf, en Belfast, se iniciaba la construcción del que iba a ser el barco de pasajeros más lujoso de la época, el Titanic.

La idea de su construcción se fraguó en la casa londinense de Lord Perrie, dónde se habían reunido dos importante navieros dispuestos a crear el más lujoso hotel flotante que durante muchos años, y con seguridad siglos, se iba a convertir en una de las historias más atrayentes producidas por el comportamiento humano, donde el pundonor, la dignidad, el orgullo, el honor, el poder, el miedo, el horror, la muerte y la supervivencia hicieron su acto de presencia.

Tres años después, aquel copo de nieve a la deriva, coincidió en un punto del Atlántico con el barco que cuatro días antes, el 10 de abril de 1912, había zarpado del puerto de Southampton para iniciar su primer trayecto con destino a Nueva York. En sus zonas de lujo, primera y segunda clase, más de dos mil doscientas personas viajaban ilusionadas e ignorantes del motivo por que el que pasarían a formar parte de un acontecimiento singular.

La noche del catorce de abril de aquel año fue muy oscura, y la amenaza de los icebergs, a pesar de estar latente en la mente del capitán Smith, no podía presagiar nada de lo que iba a suceder en unas pocas horas, máxime, debido a la fortaleza de su acero y al poderío que impregnaba la majestuosidad del Titanic. Los destellos del propio barco se reflejaron en el iceberg, cuando sólo les separaban cuatrocientos metros que fueron insuficientes para evitar la colisión: el inicio de una de las más espeluznantes historias de la mar que se perpetuará sin caer en el olvido.

La pericia del Capitán, en el que era su último viaje ante su inminente jubilación profesional, no pudo evitar que el iceberg rasgara uno de sus costados y abriera los remaches de las placas de acero, por cuyas aberturas las aguas entraron insaciables buscando la desolación, tanto de los tripulantes como de los pasajeros que sufrieron casi tres horas de horror. Las compuertas herméticas dividieron al barco en compartimentos estancos, lo que retraso su hundimiento y posibilitó la salvación de setecientos cinco supervivientes, en su mayoría mujeres y niños.

El peso del agua en las tripas del barco hundió la proa, mientras la popa se elevaba envuelta en gritos de desesperanza hasta que se partió en dos. En pocos minutos desapareció bajo las tranquilas y frías aguas hacia el fondo del que nunca más, se presume, volverá a salir.

Más de mil quinientos seres humanos con sus chalecos salvavidas quedaron sobre las aguas, mientras sentían en sus piernas unos cuchillos que las rasgaban. Fueron instantes de pánico envueltos en gritos de dolor cuyos horribles ecos cesaron en quince segundos, con unos cuerpos congelados que formaron el más sepulcral silencio ante los ojos atónitos de los supervivientes a bordo de las barcas de emergencia. En ellas se mantenían despavoridas las caras de las mujeres, niños y hombres que presenciaron en primer plano la tragedia.

Tanto los músicos en la superficie del Titanic como los fogoneros en las entrañas del barco eligieron de forma voluntaria la muerte; se sacrificaron por los demás para escenificar el pundonor y la dignidad como unas de las muchas escenas que se representaron en las tres horas que duró la tragedia.

Han pasado desde entonces noventa y cinco años, y en el fondo permanece la proa del Titanic, inhiesta en lo que es su mejor pedestal; sin embargo, su espíritu, sigue navegando no sólo por las aguas de los océanos, sino también en nuestras mentes como unos de los episodios más fascinantes mezclado con momentos de horror junto a los de esperanza.

17 marzo 2007

LAS FALLAS VALENCIANAS


Cómo no hablar de las fiestas falleras cuando Valencia hierve ante una multitud que nos visita desde los puntos más lejanos, incluso desde allá donde termina o empieza el mundo.

Puede parecer que de las fallas valencianas esté ya dicho todo, pero no es verdad, porque la imaginación no tiene limites. El color que alegra sus días puede que tenga los mismo tonos, pero siempre embriagan. Sus matices enganchan, más si cabe, al ver cómo nosotros mismos nos quedamos fascinados como si descubriéramos lo nunca visto. La alegría de las falleras y de sus bandas musicales viste las calles, y nos descubre rostros de una mujer valenciana orgullosa de su presencia por la ciudad, a la que engalana.

Las “mascletas” del mediodía son el preámbulo al colorido de las noches, cuando los fogonazos de pólvora forman palmerales bajo el cielo estrellado que por breves momentos transforman la noche en día.

La “Crema” que despide la fiesta puede que siempre sea la misma, pero de sus formas fantasmagóricas nacen las nuevas ideas. Las que el artista plasmará en su imaginación que, como preludio del año próximo, se inicia justo en ese instante.

El espíritu fallero, siempre emprendedor, firme al reto de cada ejercicio, no sabe de flaquezas y hará los imposibles para que la fiesta siga su camino adaptándose a los nuevos tiempos. El fallero, siempre joven, tienen cada vez mayores bríos y la fiesta estará siempre viva, cada vez con mayor fuerza.

Como en cualquier reducto del ser humano, en la fallas, el hueco por lo tradicional está presente, lo que no implica ningún paso atrás o freno a la fiesta. Más bien todo lo contrario: es la experiencia que nos brinda un caminar más seguro.

Al ingenio y gracia tradicional que la envuelve, no solo se le suma el arte, sino también la solidaridad entre las comisiones como se demostró el pasado año ante la adversidad de unos gamberros que hicieron arder una falla en su montaje, y en tiempo record, gracias a la ayuda de todos, emergió con mayor brillo de sus cenizas. Y tantas, tantas como cuantas veces suceda algún fatal percance, el espíritu fallero de hermandad saldrá en auxilio de quien lo necesite.

A la pólvora, que los valencianos la llevamos en la sangre, personaje principal de la fiesta como lo son las mismas fallas, se le une de manera inevitable el estrépito. Crece pues la fiesta, y no lo hace sola: también crece cada vez con más fuerza, junto a todos sus atributos, el ruido, que es inevitable.

Y si la fiesta tiene sus detractores, porque no les gusta la multitud ni les satisface su estruendo, ello no puede suponer un punto de inflexión en las fallas. Como semana grande de una fiesta universal prevalecerá el espíritu fallero en una ciudad que no se entiende sin ella. Porque Valencia es tolerante y es artista, es libre y es musical, es dócil y es colorista y todo, todo el mundo que nos visita lo sabe, e inunda nuestras calles con la promesa de volver.

La evolución del mundo fallero, por su grandeza y por ser “Fiesta Universal”, nos obliga a cuidar de ella al igual que de un niño pequeño que, a sabiendas de los peligros que le acechan, velamos por él y con un gran cariño le procuramos lo mejor.

08 marzo 2007

EL HUÉSPED


No era mala hora aquella del aperitivo para conocerse mejor, cambiar opiniones sobre la actualidad y algún que otro comentario, si no malévolo si con picara intención, sobre las rarezas de la vecindad.

- Hoy parece que el tiempo quiere cambiar y el frío se aleja, que buena falta nos hace. ¿Le hace unas almendritas con una manzanilla de Sanlucar? –le ofreció Don Fulgencio a la distinguida dama cuyo presencia resultaba nueva para él.

Era setentón y desde que enviudó, gracias a tener sus riñones muy bien cubiertos, se alojó en la Residencia la Pinada. Llevaba allí unos cuantos meses e iba sumando nuevas amistadas que le inyectaban más ganas de vivir. También para Doña Teresa Aguafuerte todo aquello representaba el inicio de una vida más alegre. Viuda desde hacía seis años y sin hijos, optó por alojarse en el que después de algunas averiguaciones era el mejor establecimiento de la ciudad, como si de un hotel de cinco estrellas se tratara. Con ello hizo caso al consejo que siempre le había dado su esposo, militar de alta graduación, para cuando se quedase sola en este mundo. Era su primer día en la residencia y aceptó de muy buen grado aquella invitación.

- Mire Vd., para mí la hora del aperitivo así como el café de media tarde es una sana costumbre de muchos años que me inculcó mi esposo. Será un placer compartirlas con Vd., nunca me equivoco y le veo educado. Algo me dice que es Vd. un hombre culto. ¡Espero que me informe de cómo va la bolsa y sobre todo las Duro Felguera, las preferidas de Ambrosio durante toda su vida. ¡Oiga Vd. Don Fulgencio -quien ya se había presentado por su nombre –la manzanilla deliciosa y las almendras en su punto!

Así fue aquel primer encuentro al que siguieron otros muchos, siempre en las horas del aperitivo y en las del café de media tarde, a las que Don Fulgencio acudía con unas pastas riquísimas de Astorga. Mientras tanto, dejaba de lado a los demás residentes dedicando su atención a Doña Teresa cuya edad había averiguado: tenía tres años más que él, setenta y seis.

Pasaron unos meses y entre ambos se fraguó una buena amistad animada con mutuos agasajos. Algo nuevo nacía entre ellos y sus cruces de miradas eran cada vez más enternecedores.

Disfrutaban de un pequeño jardín entre pinos y cuando las tardes empezaron a ser cortas, un pequeño banco, algo escondido, se convertía en el lugar preferido hasta la hora de la cena. Las Duro Felguera habían dejado de interesar a Doña Teresa y la manzanilla o el Paco Rabanne de Don Fulgencio, junto las mantecadas de Astorga, proporcionaban a la feliz pareja los mejores momentos de cada día.

Una de aquellas noches fue cuando Don Fulgencio se dio cuenta, ya en su habitación y con su batín puesto, de que en un bolsillo de su chaqueta “alguien”, le había dejado la llave de una habitación. Era ya la una de la madrugada y no había logrado conciliar el sueño: su almohada estaba hecha un ocho, al igual que el interior de su cabeza que era todo un revoltijo. No lo pensó más y abandonó el umbral de su puerta para entrar en la intimidad de la que era causante de su desazón.

Doña Teresa “dormía” de lado y junto a ella, abordando la mullida cama, Don Fulgencio activó una lujuria renacida que él no había motivado. Doña Teresa ni se movió. Cuanto más se apretaban aquellos cuerpos asustados y temblorosos más se escuchaba en la estancia los jadeos que ambos trataron de amortiguar.

Doña Teresa no se volvió hacia él. Ambos compartieron durante un buen rato placenteros resuellos escondidos en el silencio. Calmado Don Fulgencio, se puso su batín y abandonó la alcoba.

Aquel mediodía, en la hora del aperitivo, Doña Teresa le recibió tan radiante como todos los días, con la más absoluta normalidad, como si nada hubiese sucedido:

- ¿Hace una manzanilla, Don Fulgencio? ¿Cómo abrió hoy la Bolsa? ¿Parece cansado? ¿ha dormido mal?

Doña Teresa no mencionó el encuentro nocturno; abundó, eso sí, con una ligera sonrisa en que las noches eran para descansar. Él también se hizo el distraído tal y como ella marcaba el paso, lo que complació a la dama que se sentía más jovial y feliz que nunca.

Don Fulgencio todos los días sobre la medianoche hacía uso de la llave cuya devolución nunca le exigió Doña Teresa. Se arrullaba junto a ella sin mediar una sola palabra y durante un largo instante ambos gozaban de un calor que preferían silenciar.
*
(“El huésped” es un relato que ha participado en el 15º Proyecto Anthology. Tema: Huésped)

22 febrero 2007

SALÓN UNISEX


Cuando se aproxima el inicio de la primavera el peluquero se da una vuelta por mi calle, sube al automático sillón de barbero, coge sus tijeras de brazos tan largos como sus ideas y comienza la faena. Muy cerca de él y dispuesta al uso, la eléctrica, que seccionará por un tiempo las gruesas trenzas que brotarán más tarde con nuevos bríos porque lo suyo es abrirse a los demás ofreciendo su belleza. Sin gomina ni espejos en los que mirarse.

La calle se ha quedado desnuda y parece otra. Sobre los alcorques muestran su frío esqueleto, tacaño de sombras, como seres extraños que de repente vienen a visitarnos sin saber con que intenciones. Aquel balcón, siempre tapado a las miradas, luce su palmito como un pavo real lleno de orgullo que ahueca su plumaje para ser más reconocido. Y desde lo alto, las mullidas alfombras, ahora ausentes, dan paso a unos ramos de arietes, segados y abiertos como púas en los que no se alojarán las avecillas con sus trinos, la mejor orquesta urbana del amanecer.

La calle parece otra y las fachadas enseñan tanto sus vergüenzas otrora tapadas, como también sus signos de belleza antes privados a la vecindad que sorprendida dice que este no es mi Juan porque me lo han cambiado. Pero pese a su apariencia diferente es la misma y en ella seguirán conviviendo sus miserias escondidas que sin mayor provecho, en ocasiones y a gritos, harán acto de presencia. Sólo la naturaleza sabe aprovechar los cuidados que mimosamente recibe y entrada la primavera, agradecida, se abrirá de nuevo a todos estirándose para mostrar presumida el nuevo peinado de sus hijos.

“-Lo sabía, no me lavaron la cabeza y me dejaron el pelo crespado; lo que falta es mucha profesionalidad- le dijo Tilia a Platanus que estaba en la otra parte del amplio salón. -¡La culpa es tuya!, qué no lo has pedido; qué fácil es echar las culpas a los demás- le contestó Platanus, contento y muy satisfecho al verse favorecido por el pelo corto en sus lados. -Te ves alto y por eso estás contento, sin embargo, no lo eres tanto. Las cosas no son como parecen, así que menos truenos, Platanus- le rebatió Tilia que echaba en falta la flor de azahar del Naranjo borde a su lado de cuyo perfume necesitaba la muy coqueta.

Arce y Liquidambo esperaban su turno y discutían acaloradamente de fútbol en lo que tenían de rivales. –Fue penalti y el árbitro, que lo teníais comprado, no lo pitó– decía el primero con energía amenazando con sus largos brazos incrustados en el comedor de un segundo piso.


Liquidambo, también furioso y sin embargo preocupado, se encontraba enfermo y temía lo peor, pues de su tronco desprendía como un serrín por pequeños túneles, señal de una enfermedad incurable. –Si no fuera porque estoy débil te diría cuatro cosas, pedazo de animal. ¡A ver si llega tú turno y dejas de intimidar a los vecinos! ¿Qué te crees, que estás en el estadio?

La joven Robinia no había tenido suerte con su alcorque y allí estaba llorosa dispuesta al divorcio, mientras en el gabinete la sometían a un proceso de lavado de cutis. –Verás como muy pronto encuentras a otro que te cuide mejor- le decía la esteticista acariciándola con suaves cuidados."

La calle de al lado no tiene árboles. Tampoco tiene salón. Es muy aburrida y los pájaros siempre pasan de largo. Parece una calle olvidada en la que los alcorques no sirven para nada. Hacemos tantas cosas inútiles y nos abandonamos con tanta frecuencia que a nuestro semblante llega el desaliño.

"-¡Lavado, corte de pelo y Ferrari negro, qué ya estamos en la primavera!"


13 febrero 2007

NUESTRO VIAJE A LA COSTA DEL SOL


3 de Febrero

Viajar sirve también para el encuentro con viejos compañeros y gozar con el recuerdo de unos momentos que los traemos al presente con el deseo imposible de su repetición. Al revivirlos afloran y es como volver a disfrutar de unos momentos inolvidables.

Los Almagros es una pedanía de Fuente Álamo (Murcia) donde mi amigo Jaime me ha ofrecido parada y fonda en mi viaje hacia la Costa del Sol. También la oportunidad de conocer a Avelina, su encantadora esposa. A su hospitalidad se suma su gracejo especial para los chistes, a los que convierte en arte. Aprovechamos la tarde para visitar a un viejo conocido de Fuente Álamo, tomar juntos un café y encargarle abrazos y buenos deseos para otros viejos conocidos.

4 de Febrero

A la hora de comer hemos llegado a Nerja, la mejor hora del día para presentarse en el Parador y pedir mesa y mantel. Allí nos esperaba el pescaíto frito junto a un Rueda frío que nos ha obligado a una siesta tan regeneradora como profunda. El cielo estaba cubierto pero no nos ha impedido gozar de un crepúsculo único desde un marco inolvidable, el Balcón de Europa: un lugar que tiene de grandioso todo lo que su nombre representa. Descubrirlo a mis ojos es la dulce espera de verlo en su grandiosidad a pleno Sol. Pero tendríamos que esperar al día siguiente.

Anochecía y el sabor de los boquerones, jureles, salmonetes, cazón en adobo, puntillas y otras especies marinas, junto a la brisa que nos acariciaba y la docilidad del mar que esculpía un lecho de plata, eran los regalos para nuestros sentidos que no podíamos desaprovechar.

5 de febrero

Visitamos las Cuevas de Nerja donde alguien puso la tierra y con seguridad fue el mismo quien puso el agua. Luego el tiempo puso el arte. Sólo Él pudo ser el artífice de tanta belleza donde la mente se desborda y la imaginación, sin limite alguno, se escabulle por doquier al tiempo que cualquier semblanza toma vida ante tus ojos. Las Cuevas fueron descubiertas apenas hace cincuenta años y allí estaban, a escasos palmos de nuestras vidas desde hacía miles de años cuando el hombre dibujaba en sus paredes con los colores de la tierra.

Nerja tiene una Cueva y un Balcón que no se puede aguantar. Si el Balcón te abre al infinito y piensas en todo los que detrás de ti queda, la Europa de las mil batallas, en su sima milenaria el avance de todo lo que se puede refugiar más al centro de la Tierra está fuera del alcance más sagaz. Sólo Julio Verne lo interpretó. Nerja es pasado de millones de incontables años hechos a golpe de gotas de agua con la artesanía de la constancia. Su Balcón es un lujo arrogante, es la afrenta al mar luchando contra su inmensidad como una fortaleza invencible diciéndole con insolencia: siempre seré tu mirador, tu Balcón de Europa. Y tú, mar silencioso o bravío, nunca podrás nada contra mi.

Luego nos fuimos a conocer Frigiliana, un pueblecito blanco cercano al mar, situado en la ladera de la Sierra de Almijara, precioso e histórico. Allí tuvo lugar la Batalla del Peñón Frigiliana, donde la rebelión de los moriscos de 1568 representó un fatal desenlace para los lugareños seguidores de Alá. Debido a su limpieza y embellecimiento Frigiliana ha sido distinguido en distintas ocasiones.

Muy cerquita del Balcón está el Puerta del Mar. Un restaurante con terraza cubierta y frente al mar, donde el pescaíto frito era de obligada degustación. Quién dijera que nunca segundas partes fueran buenas, no sabía lo que se decía.

6 de Febrero

Hemos entrado en la ciudad de Málaga por El Palo, una zona paralela a la costa donde la burguesía malagueña del siglo XIX construía sus lujosas residencias apartadas de la capital. Con aires de palacete dan un toque de distinción a una zona mezclada con viviendas de nueva planta que dan vida al sector de servicios por la proximidad de sus playas. Su paseo marítimo está repleto de pequeños restaurantes que ofrecen la joya gastronómica del típico pescaíto frito malagueño.

Situados en el centro de la ciudad hemos visitado la Catedral barroca cuya fachada principal es magnífica. Los Reyes Católicos ordenaron su construcción sobre el solar de una antigua mezquita aunque no se terminó hasta el siglo XVIII. La Catedral quedó inacabada al no construirse la segunda torre debido a la derogación de unas subvenciones. Por este motivo es popularmente conocida como La Manquita y representa la joya arquitectónica más valiosa de la ciudad de Málaga. Su interior renacentista y barroco es de gran belleza, destacando sus vidrieras, sus bóvedas y sus espectaculares columnas artesonadas.

Con el autobús turístico hemos conocido lo mejor de la ciudad en un trayecto de dos horas con un tiempo muy agradable y tomando el sol, el grato tesoro de la Costa que lleva su nombre. El pescaíto frito nos esperaba en esta ocasión en la playa de la Malagueta descubriendo una vez más la importancia que tiene conseguir el punto exacto en la fritura de unos pececillos, auténtica delicia para el paladar.

Hemos subido al cielo de Málaga: su castillo de Gibralfaro. Contemplar desde semejante atalaya la ciudad, su mar: lámina de estaño centelleante, La Manquita y las brumas que de forma suave cubre todo el hechizo sólo produce la promesa de volver. La vista del coso taurino bajo tus pies es un lamento a la ausencia de una corrida de toros de los días de la Feria malagueña. Sólo nos faltaba cerrar la tarde sentados en una terraza de la Plaza de la Merced donde Pablo Ruiz Picaso aparece y desaparece en cualquiera de sus esquinas. En el centro de la plaza un monolito representa el homenaje a los luchadores por un liberalismo decimonónico en el que creían, pero que fue vencido por los totalitarismos de uno u otro signo y cuyo resurgir de aquel tanto necesitamos.

7 de Febrero

El mayor atractivo de Puerto Banús, como no puede ser de otra manera, reside en su puerto deportivo. El barquito azul de vela blanca, ligero como el viento y perfumadito de brea está ausente, y su lugar lo ocupa el lujo. Las gaviotas pasan de largo, quizá buscando al pescador de caña que allí no encuentran. Puerto Banús es diseño de alto standing con aire de Quinta Avenida donde las firmas de prestigio tienen amarre propio y donde por dos cafetitos cortados, uno de ellos con sacarina, te cobran siete euros más uno de propina que suman ocho. Pese a ello, me ha encantado porque siempre sentí admiración por la limpieza y el buen gusto.

Luego nos metimos de lleno en la Marbella de calles peatonales, de placitas recoletas, de callejuelas repletas de flores y de restaurantes, siempre alrededor del Ayuntamiento marbellí tan de moda por sus asuntos sucios, opuestos al encanto de su casco antiguo y a la vez moderno.

Pasaban las dos de la tarde y cometí quizá mi único error en el viaje. Preguntar en el mismo Ayuntamiento de Marbella, el de las mentiras y los trapicheos, dónde comer carne, fue una temeridad por mi parte. Me mandaron a un restaurante que mejor es olvidar. Así que lo silencio.

Visitamos dos hoteles muy representativos de dos épocas diferentes en Marbella: el Don Pepe de siempre, el del visitante famoso que daba prestigio a una ciudad que deseaba ser universal. Su magnifico jardín es una delicia, descansar y tomar un café en sus instalaciones al aire libre es la mejor opción. Y el Gvdalpín, representativo de la rumorología actual del ladrillo corrupto y el devaneo amoroso.

8 de Febrero

El día se presentaba lluvioso e iba para largo. Nos quedamos en Nerja. Disfrutamos del Parador, de un paseíto por la ciudad y de una comida de tapeo donde el pescado frito y un vino frío de Huelva, que me aconsejó el maître, resultó un ejercicio degustativo de largo alcance. Fue el día de descanso, de las compras y el adecuado para conocer mejor las callejuelas comerciales de Nerja donde cruzarse con residentes extranjeros fue una constante. Algo debe de tener el Sol de Nerja aunque ese día estuviese ausente.

9 y 10 de Febrero

Nos despedimos de Nerja, comimos en el Parador de Puerto Lumbreras, y durante la tarde, después de la regeneradora siesta, visitamos el centro de Murcia con su Catedral gótica, sus calles comerciales y visitamos el Teatro Romea, uno de los mejores de España y también de Europa.

La mañana del sábado fue la de los días hermosos. Comimos en Alicante, en La Dársena, junto a su puerto deportivo: una entradita muy bien presentada y un arroz meloso, resultó el mejor colofón para un viaje que pernoctará en nuestro recuerdo. En nosotros ha quedado grabado lo que no ha sido una sorpresa: la limpieza, el blanco de sus casas, los colores de sus flores y la simpatía de sus gentes.

01 febrero 2007

EN EL PUNTO MEDIO RESIDE LA VIRTUD



Mis compañeros de clase me llaman Demóstenes porque soy de los pocos que superan el aprobado. Sin embargo, ante mis padres lo hacen por mi apellido Galipienzo. Ellos, mis padres, siempre me riñen por mi nombre de pila, Ángel, en cuya elección creo que se equivocaron.

Confieso que donde mejor me lo he pasado es en las clases de Don Remigio, el afable profesor de Ciencias Naturales quien era un auténtico inocentón. ¡En el punto medio reside la virtud!: así repetía su frase favorita para toda clase de circunstancias; incluso en la hora de sus preceptos. Él era barbilampiño, oblongo y tenía próxima su jubilación. Su presencia en la tarima siempre estaba recibida con risas y bromas entre los alumnos que asistíamos a su clase, la prolongación del recreo. Era bastante cegato, por no decir del todo y las lentes de su gafa eran cómo el culo de una botella por lo que era impensable la afición desmedida que aún tenía por la botánica. Sin embargo, siempre presumía de ello y de su afán por encontrar un trébol de cuatro hojas o un ciempiés. Eran estos sus objetivos inmediatos a los que dedicaba gran parte de las horas libres siempre con la ayuda de su cazamariposas y de una lupa muy potente también utilizada para observar su colección de sellos africanos repletos de flora y fauna. Lo de la caza del insecto podía ser verdad, pero si nos hubiese contado su interés por uno de sólo cuatro patas nadie le hubiese creído, pues debido a su casi ceguera no podía tratarse de otra cosa más que de un farol.

Don Remigio era todo un dechado de bondad y nosotros unos auténticos gamberros. ¡En el punto medio reside la virtud!, nos decía cada vez que nos pasábamos en algunas de nuestras bromas. Como aquella vez que le dejamos en el bolsillo de su chaqueta una docena de escarabajos vivos. Cuando terminó la clase fue al armario, se quitó su guardapolvo y lo reemplazó con su chaqueta. Al meter la mano derecha en el bolsillo y notar un cosquilleo inesperado apretó de inmediato los dedos. Sacó la mano mugrienta acompañada de algunas vidas que se le introducían por la bocamanga quizá buscando el calor de su axila. Todo aquello, además del asco que debió sentir por los crujidos de aquellos bichos estrujados entre sus dedos, sólo hizo que se escondiera en su despacho.

Al día siguiente, arriba de la tarima y sentado en su mesa se dispuso a comenzar la clase. Abrió el cajón central pegado a su cuerpo y salió de él, como un resorte, un gato negro con más barbas y bigotes que las que él añoraba. Su costillar, el de Don Remigio, se fue contra la pizarra de piedra natural; su silla saltó por los aires hacia el lateral de la clase; y sus gafas no se rompieron porque los culos de las botellas son muy duros. Tras recomponer su figura y no sabiendo a donde mirar nos dijo lo de siempre: ¡En el punto medio reside la virtud!

Y es que la habíamos tomado sin compasión con el bueno de Don Remigio convertido para nosotros en el blanco de toda clase de gamberradas, alimentado en nosotros porque al final terminaba diciendo que aquellas bromas tenían algo de gracia. Aunque eso sí, siempre nos salía con su eterno consejo del punto medio que si de algo servía era para no hacerle caso.

Don Remigio se jubiló un veinte de Marzo, el del inicio de la primavera. Ese mismo día teníamos en la tarima, sustituyéndole, a Don Bendito, hombre cincuentón, alto, grueso, barrigudo en el que vimos todo un indicio de bondad.

Aquella mañana, tras su propia presentación como hombre de Ciencias, quiso hacer un canto a las excelencias de la asignatura:

- De todas las Ciencias existentes, las Naturales son las más bellas y hermosas, porque están hechas con las manos directas de Dios. De Él, surgió la perfección presente en toda su Creación. Y de su mejor hacer, vosotros, mis queridos niños, sois su obra maestra.

Juanito, mi compañero de pupitre sacudió mi codo con el suyo. Ladeé mi rostro y vi en sus ojos abiertos bajo las cejas arqueadas y con la sonrisa en sus labios, el esbozo de la más siniestra de las intenciones. Mi mirada cómplice se cruzó con la suya y en su punto medio no había un ápice de virtud.

(“En el punto medio reside la virtud” es un relato que ha participado en el 14º Proyecto Anthology. Tema: El abuso)

20 enero 2007

EL CAMBIO CLIMÁTICO


El cambio climático de aspecto gélido que igual nos deja fríos e indefensos ante las turbulencias de sus intenciones jamás premeditadas, cuando se presenta tórrido, nos convierte en seres pringosos y agotados por el plomizo látigo de su inconsciente perversidad que no sabe de fechas ni tiene vestimenta fija. No es como un Papa Noel que nos visita cuando lo esperamos portando a cuestas un saco repleto de bondad, hayamos o no dejado los calcetines sobre la cornisa de la chimenea a la espera de verlos repletos de los regalos merecidos, o bien, a través de ella, hayamos ido depositado los hollines que nos hacen mezquinos y huraños de la mejor acción. Incluso en este caso, también nos visita aunque sea para no dejarnos nada, señal que en nuestro silencio sabemos descifrar.

No, el cambio climático no sabe de necesidades, ni tiene obligación alguna, ni siquiera sabe si va a repartir felicidad o desolación a la imaginación desbordante de quienes confían en encontrarse con un nuevo año mejor, o sufren desfallecidos con el recurso de la emigración hacia nuevos destinos donde también el cambio climático estará presente sin que sea garantía de un mejor acomodo.

Sabemos de su existencia milenaria y de su perversidad, pero ignoramos quien nos lo envía y cual es la razón. Intuimos en él la realidad de unas leyes naturales que en muchas ocasiones no hemos respetado y aunque nos sintamos obligados a ellas, siempre zanjamos que la responsabilidad es de los demás.

Quisiera que el cambio climático tuviera su día festivo y fuera una vez al año. Qué fuera de intenciones claras y que acudiera vestido de forma inconfundible para que nos alertara a todos. Si el Sol sale todos los días y la Luna elige siempre el mismo camino, al mismo tiempo que los planetas cumplen con las normas de tráfico sin necesidad de controles de alcoholemia, uno no llega a comprenderlo del todo. Quizá es que algo falla en un escenario de millones de años donde el cambio climático siempre estuvo presente animando una representación teatral de la que sólo conocemos al apuntador: de quien muy cerca está el que marca la batuta en un mundo que quizá no tenga muy claro hacia donde va.

05 enero 2007

LA HINCHAZÓN


Sentirlo es una auténtica delicia: el baño de vapor abre la esponja de mi cuerpo, alivia mi laberinto interno, regula el ritmo de mi corazón y hace que me sienta mucho mejor, más ligero, más relajado. Camino por cualquier sendero y una sensación de bienestar se apodera de mi cuerpo y lo adormece. Pero en aquella ocasión de hace años lo que incidía en mí no era consecuencia del vapor. Mientras mi alma recibía extraños temores sintiéndome culpable de algo que ignoraba, mi cuerpo, al unísono, se movía por frecuencias más sencillas, recién descubiertas. Cualquier estallido en mi interior tenía causas normales, propias del ser humano como encontradas a pie de calle revueltas entre la gente, o como el hongo que nace a pie de un árbol o mezclado entre las hierbas silvestres en el instante de su eclosión.

El calorcillo de su mano, la liviandad de su mirada, la proximidad de sus protuberancias junto a los inciensos de su cuerpo, me producían el prodigio de aquella hinchazón. Eran los tiempos de mi juventud, los de mis primeros escarceos amorosos. Mucho antes, en los infantiles años y ante mi perplejidad, algo parecido sucedía en mis instantes de soledad. Iba descubriendo segundo a segundo sensaciones estimulantes que me hacían sentir más mayor. Las guardaba para mí pues una razón extraña, como pudiera ser el rubor, me atenazaba y me impedía manifestar lo que sentía por mi cuerpo. Salvo a los amigos de juegos que les mostraba la nueva con vanidosa emoción porque el orgullo va con uno y éste también crece. Como aquella hinchazón.

En cambio, las fragancias pasaron a ser turbadoras cuando cometí el error de manifestar a quien nada le importaba mis actos más íntimos. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿De qué forma? ¡Peligro! ¡Pecado! Estas eran sus preguntas y amenazas que él me inquiría una vez tras otra como un vulgar inquisidor.

Llegué al convencimiento de que la naturaleza es bondadosa y nos da lo mejor. También que es invencible y que nadie podrá con ella. Podrán intentar destruirla, pero no lo conseguirán. Ella tiene sus defensas en sus exigencias y pese a todas las amenazas que sufre, nadie podrá impedir el estallido de aquella hinchazón. El señor tiempo, el único amo que manda en nosotros incluidos los credos, será el que con los años vaya poniendo las cosas en su forma original, en función, nunca mejor dicho, de nuestro atributo y según la fortaleza de cada cual.

Reflexioné acerca de todo esto y averigüé que la vida, en sus meandros, tiene un lado bueno que siempre es cierto junto a otro oscuro, manipulado, que no lo es tanto. La voz seca y profunda que salía de aquel mueble sombrío pertenecía al lado de las tinieblas, que interrogaban, en falsedad, a una parte de mi cuerpo. Comprendí de forma decidida e inequívoca, que el lado bueno de mi vida, al que me debía, estaba junto a la hinchazón.

¿Cómo? ¡Qué le importa!
¿Cuándo? Cuando me da la gana.
¿Por qué? ¡Yo qué sé!
¿De qué forma? Arriba y abajo
¿Peligro? ¡Adiós!
¿Pecado? Tú me mientes.


(“La hinchazón” es un relato que ha participado en el 13º Proyecto Anthology. Tema: El pecado)

04 enero 2007

BASTA Y DE ESPARTO


Lo confieso, nunca me gustaron las corbatas. Su nudo corredizo hacía arriba buscando el centro de mi nuez dejando a los lados las aletas blancas de mi camisa nunca fueron de mi devoción.

Ahora están de moda las de colores chillones de fosforito, anchas y largas que sirven para llamar la atención como esos adornos de colorines pegados a los paquetes de regalo en el mostrador de un centro comercial en cualquier día de Navidad y que una vez usado van al contenedor.

Recuerdo aquella corbata de nudo fijo que se acoplaba al cuello anudado por detrás. La ocasión de la farsa también sabía de modas. Incluso hubo una especie de mutación que aún perdura en la mujer joven y divertida que la adoptó a su vestuario buscando un toque de elegancia y distinción.

A mí nunca me gustaron las corbatas. Veo el hecho como una farsa en la que los actores son los figurantes de un acto de sumisión a unas normas impuestas que tienes que aceptar sin ninguna clase de reparo. El único el de su reposición, acción obligada porque en su ausencia te conviertes en un ser desnudo y si llevas siempre la misma corbata, raída y deshilachada, te conviertes en un pobre hidalgo que no quiere abandonar su noble condición. La cuestión de clases nunca bajó de su pedestal.

El Año Nuevo ha empezado con una corbata de nuevo diseño, basta, de esparto con su nudo de cochinillo retorcido, tantas veces como múltiples eran las perversas intenciones que anidaban la mente de quien va a merecer más que nunca su eficaz lucimiento.

No, no me gustan las corbatas aunque tengo que reconocer que algunas ajustan al cuello más que otras.

23 diciembre 2006

"CUENTO DE NAVIDAD"



EL OJO DE CRISTAL

Cuando vieron mi ciudad les gustó. No quedaron “encantados” porque eran los Reyes Magos y en ellos está innata esa cualidad; pero lo cierto es que decidieron quedarse en mi ciudad. Momentos antes, una estela muy larga tan larga como una autopista en el cielo había desaparecido entre las nubes como si su misión en el firmamento hubiese finiquitado. De ella habían descendido los Reyes sujetados por el viento y con la suavidad de una pluma aterrizaron en el jardín del viejo cauce. En un principio surgieron de sus labios murmullos de inquietud propios de quienes desorientados se ven ante un extraño lugar pero al darse cuenta de todo el brillo que les envolvía, su temor se convirtió en paz. De todas las estructuras que tenían antes sus ojos salían destellos del Sol, de quien podían ser sus más excelsos embajadores.

Sintieron una suave brisa en sus rostros y celebraron que el nuevo lugar era distinto a muchos de los que habían visitado. Era éste uno más de sus viajes que tantas veces repitieron a principios de cada año, en recuerdo de aquel primero cuando les llegó la noticia, hace ya mucho tiempo, de que un nuevo Rey había nacido en un lugar del Occidente. Salieron entonces en su busca y llegaron a un pesebre. Le ofrecieron los presentes del oro, del incienso y de la mirra, que simbolizaban el carácter regio, divino y humilde del recién nacido como lo demostraba el lugar elegido para su nacimiento.

Sin embargo en esta ocasión el motivo del viaje era diferente. A los Reyes Magos les había llegado la hora de su jubilación y quedaron a merced del destino, al que pertenecían. Quiso éste dirigirlos hacia mi ciudad y los dejó en el mejor entorno que podía haber escogido.

Debieron llegar a lomos de las nubes por una autopista sin señales de información por lo que ignoraban el lugar donde se encontraban. Asimilada la emoción que sintieron desde el primer instante de su llegada, se recrearon contemplando los alrededores del jardín donde abundaban los pinos, los naranjos, el tomillo, el romero y los olivos. De uno de ellos cogieron una rama como símbolo de paz, semejante a como hiciera el pajarillo con su pico ante el Arca de Noe cuando cesó el Diluvio Universal.

La primera impresión que tuvieron fue la de encontrarse ante una ciudad muy moderna. Vieron un jardín con muchas láminas de agua y de una de ellas salía un ojo de cristal mirando hacia el cielo en permanente observación. Junto a él, un casco guerrero de gran tamaño en cuyo frontis emergía lo que parecía una boca de tiburón. El lugar estaba lleno de edificios sorprendentes y uno de ellos era como un esqueleto tumbado, que de serlo, podría aparentar al de un enorme dinosaurio. Descansaron bajo una sucesión de arcos que formaban un túnel rodeado de vegetación que les aliviaba del Sol y cuando desde allí divisaron todo lo que veían con sus ojos, les pareció un escenario increíble lleno de encanto y de magia de la que tanto sabían. Un perro se quedó mirándoles; las palomas picoteaban por el suelo, los niños jugueteaban por el parque, el ruido de los coches llegaba hasta ellos, las personas iban de una parte a otra con bolsos de regalos en sus manos, los turistas disparaban sus máquinas digitales a todo lo que admiraban y las largas avenidas estaban engalanadas con juegos de luces y motivos de Navidad.

Los Reyes Magos en esta ocasión no habían traído juguetes, ni colonias, ni pantallas panorámicas para el Internet. Llegaron a pecho descubierto, pero con guantes y bufandas para protegerse del frío. Era su primer viaje con las manos vacías, sin camellos, sin pajes que portaran en sus carros paquetes de colores con lacitos de color azul, ni cestos con dulces, ni muñecas, ni juegos Play Station; ni cestitas con carbón. Y pese a ello, sólo los niños se les acercaban con caras de inocencia como esperando algo que no se atrevían a pedir.

- ¿Sois vosotros los Reyes Magos? ¿Los de verdad? –La pregunta la hizo una niña que al verlos por primera vez en carne y hueso, asombrada, quiso conocerlos de cerca.

- Claro, somos Melchor, Gaspar y Baltasar. El destino nos ha traído a este extraño lugar que desconocíamos y la verdad…, nos parece genial.

- ¿Entonces? ¿Nos habréis traído muchos juguetes, verdad?

Los Reyes que aún se sentían los Magos se preguntaron ¿cómo explicarle a aquella niña que en esta ocasión no habían traído ningún regalo? Conversaron con ella preguntándole por cosas de la ciudad, averiguando, que aquella niña pecosa, atrevida y perspicaz estaba enamorada de aquel lugar y que todos los días se acercaba a observar el ojo de cristal.

- Si, somos los Reyes Magos, pero cuando hemos conocido este pequeño paraíso hemos decidido quedarnos para siempre. Bueno… ¿Explícanos qué es todo esto que tanto te gusta?

Cualquier otro ruego, no le hubiese hecho tan feliz a la niña que se sintió tan importante como Campanilla, el hada de Peter Pan.

- “Mirad, ese ojo es el de la Sabiduría. Todo lo que sucede en el mundo lo conoce. Las gentes acuden a verlo, entran en sus tripas y aprenden todas las maravillas del universo. Sólo sabe observar y por eso es un ojo sabio. Junto a él y como tumbado, podréis ver ese esqueleto enorme con patas de un gran animal o como una araña gigante. Su interior alberga todos los inventos de la Ciencia. Los niños y los mayores entran a entender el funcionamiento de todos los aparatos científicos que nos ayudan a disponer de un mundo mejor.

Fijaros –continuó la niña cada vez más emocionada - en ese casco grande de guerrero con adornos en la cresta que parece que están en el aire. Si lo veis de frente es la boca de un tiburón o la proa de un barco. En su interior se ofrecen los mejores conciertos y las óperas más importantes. Es el Palacio de las Artes, nosotros le decimos, El Palau de les Arts”


María es una niña que vive frente la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia y desde sus pocos años, cuando tenía tres, todos los días se ha ido asomando al balcón para ver crecer las obras al mismo tiempo que su imaginación se ha ido desbordando con toda clase de ficciones. María acaba de cumplir siete años y cuando se ha despertado y se ha asomado al balcón para coger los regalos de los Reyes Magos, sólo se ha encontrado con una rama de olivo y una carta encima de un escabel.

- “Querida niña: Haz agua de azahar y conserva en ella este presente. Será tu varita mágica que deberás de cuidar. Acude con ella todos los días al ojo de cristal y pídele que te cuente todo lo que ve. Entre otras muchas cosas, siempre sabrás de nosotros.

Melchor, Gaspar y Baltasar”

Diciembre 2006-12-22

09 diciembre 2006

UN ESPEJO EN MI ALCOBA


Descubrir el significado de la palabra hipocondría me pareció algo excitante. Es una de esas palabras que al ser halladas te produce una extraña atracción quedando anudadas a tus tripas. Es como una fuerza extraña que te engancha y crea en ti el efecto de una adición. Esto es lo que me sucedió y quizá por ello la encontré sabia y cultivada. Nada que ver con alfábega o albahaca u otras muy venerables, tantas veces glosadas como ultrajadas.

Sabía de aquella palabra por mi propia experiencia nada baladí que me obligaba a buscar y almacenar en mi alacena medicamentos dispares. Unos para el sistema nervioso, otros para el digestivo, otros para el sistema respiratorio, algunos depurativos de la sangre, otros reguladores de la tensión arterial y unos pocos para las migrañas.

Pero todo esto me suponía una ocupación agobiante, demasiadas cosas en las que fijar mi atención. Lo mejor era encontrar un elemento que diera solución a todos mis conflictos. Me faltaba pues el aglutinante, la respuesta rápida, sola e inequívoca y quizá con la impronta de la fe.

Es cuando fui en su busca convencido de su necesidad. Si por separado cada uno de ellos podía ser conveniente para mi fortaleza interior, la suma de todos podía ser una solución. Si en ésta se resumía todo, las demás propuestas que llegaban a mis oídos ya no me importaban, eran innecesarias. Y di con ella.

Sentado en el suelo con una vieja jofaina entre mis piernas, mi almirez y una pequeña daga, convertía todos los medicamentos en polvo que amasado con mis dedos lo guardaba dentro de una pequeña cajita de madera con incrustaciones de marfil, semejante a un libro, colocada encima de una peana en forma de media luna. Todas las mañanas cuando la aldaba de mi alma anunciaba el nuevo día, acudía a mi cajita, engullía la droga salvadora y me sentía fortalecido.

Seguía mi ritual arrodillado en la alcoba, frente a un cóncavo espejo de plata que recibía mi mirada y a través de la ventana refractaba hacia un punto fijo, muy distante, como necesario ejercicio de relajación. El contenido de la cajita y aquel punto lejano eran mi única referencia, la ruta de mi almanaque, mi alfil salvador. Mi dosis diaria era de cinco tomas y siempre con la mirada fija en el espejo de mi alcoba. En mi relajo, tenía ensoñaciones semejantes a un cántico que debía llegar a mi interior desde un sitio alto pero cercano.

Un amanecer, las sabanas mojadas y mi frente ardiente me despertaron de una pesadilla en medio de una fiebre que me asustó. La fiebre hizo que sonaran mis alarmas pues algo desconocido me ocurría, jamás había tenido semejante sensación. Tenía sed, bebí agua. Desesperado, acudí a la ventana. Apoyado en el alféizar busqué mi punto lejano, redentor, mi ayuda necesaria. Su ausencia me llenó de congoja, no daba con él.


Volví a la alcoba arrodillándome hacía mi espejo y guía. Escudriñé con la mirada al igual que todos los días, pero resultó en vano. Me sentía inseguro, turbado, y seguía buscando por todo el espejo la salida que no encontraba, por arriba, por abajo, por la derecha, por la izquierda, por todos los puntos y lados.

En mi delirio lancé retos al espejo, lo veía (mejor no veía nada) como un enemigo que buscaba mi destrucción. Mi cabeza iba de un lado a otro buscando la luz, por allí, por aquí, como perro en presa. De repente, mi espejo cóncavo de plata empezó a mover sus bordes, como intentando hablar. Y con sonrisa indulgente me contestó: ¡Confía en mí! ¿Por alli? ¡Por Alá!

Diciembre 2006-12-09

(“Un espejo en mi alcoba”” es un que ha participado en el 12º Proyecto Anthology. Tema: El Islam)

08 diciembre 2006

AÑORADA CIUDAD

Por ser tema de actualidad, rescato de mi baúl este cuento de hace ahora dos años y unos días. Tiempos, como en otros tantos, en los que también sucedía lo mismo.

La historia de este relato es la propia de una ciudad con una población ligeramente superior a la media, la que nos indica el Centro de Estudios Medio Ambientales Europeo, para ciudades con la misma extensión y un nivel de riqueza semejante. El conocimiento de este dato, su número de habitantes, resulta fundamental para el Comité Pro Árbol, creado en el Ayuntamiento para determinar el número de árboles necesario en la ciudad, que contribuyan, por fotosíntesis, a enriquecer el aire y procurar mejor salud para sus ciudadanos. Por consiguiente, debido a la consideración hacia el referido Centro de Estudios, es fácil deducir que la ciudad en cuestión es europea.

Determinado el dato, es de utilidad tener en cuenta los años de vida de cada especie. El Centro Meteorológico Español, facilitará, a petición del Comité, los días de lluvia, temperaturas y grados de humedad de cada una de sus zonas climáticas. La importancia de este dato es muy aconsejable, pues de él, dependerán las especies idóneas para su plantación. Ya sabemos, por la fuente de información, que la ciudad en cuestión está situada en España.

De todos es sabido que las Comunidades Autónomas procuran y aconsejan a sus ciudades, a cambio de contraprestaciones económicas que no se pueden despreciar, el tipo de embellecimiento deseable como seña de identidad. Por tal motivo, nuestro Comité, contactó con la Consejería de Urbanismo y Embellecimiento de Cantabria para que informara del tipo de especie aconsejable. Sabemos pues, que nos estamos situando en la Comunidad Cántabra.

Y finalmente, fue necesario solicitar por parte del Comité al Departamento de Personal del Ayuntamiento de Santander, el conocimiento del material humano disponible, así como el presupuesto económico asignado, para asegurar el perfecto estado de conservación y reposición del arbolado de la ciudad. Si especulan que este prólogo ha servido para anunciarles que la ciudad de este relato es la capital de Cantabria, tengo que decirles que han acertado de pleno.

Introduzcámonos pues, en la historia de este relato sucedido en la mencionada capital. Ocurrió en el seno de una familia tan numerosa cuya magnitud en principio es de muy difícil cuantificación; sobre todo debido a los emparejamientos, divorcios, natalicios y fallecimientos que se fueron prodigando en sus últimas generaciones. Dado el carácter nada religioso de esta gran familia, los emparejamientos y los divorcios ocurrieron de forma reiterada. Si existen familias que destacan en la rama de la medicina, otras en la del derecho, y otras en las artes, la que nos ocupa destaca en todos sus miembros por su gran afición al apareamiento constante. Esta familia ha eliminado de sus costumbres la planificación familiar, tan avanzada en la sociedad gracias a los minuciosos estudios sobre el comportamiento de los espermatozoides en su captura por el hambriento óvulo. Las contradicciones de la vida se manifiestan en este clan, y en este sentido, su comportamiento es idéntico al que siguen los más fervientes seguidores de la doctrina de la Santísima Madre Iglesia en su afán procreador, pese a su condición atea y por ello tendente a ignorar las reglas y comportamientos que dicta la Divina Institución. Si especulan que esta introducción ha servido para anunciarles que la afición favorita de esta familia es la del pertinaz ayuntamiento carnal, tengo que decirles que han acertado de pleno.

En la bella y limpia ciudad de Santander existen varias zonas residenciales distribuidas al este, sur y oeste de la ciudad. Debido a la existencia de un mar de frías aguas situado al norte, en esta zona, la existencia de albergues es de imposible construcción. Por lo tanto, esparcidos por los tres puntos cardinales restantes, existen antiguas viviendas con baja ocupación; grandes y suntuosos palacios indianos con galerías subterráneas, muchas de ellas abandonadas; y amplias calles con edificios modernistas comunicados entre si. En el interior de todos ellos, estómagos agradecidos tejen y destejen sus vergüenzas, así como sus miserias. Y las celebran junto a fiestas y banquetes, donde hasta con gula sacian sus deseos a costa de sus confiados paisanos. Y es en estos citados lugares, donde conviven los principales personajes de este relato. Si especulan que este inicio en la acción sirve para anunciarles el lugar de residencia de esta estirpe mundana, tengo que decirles que han acertado de pleno.

Tenemos pues la localidad donde se producen los hechos, los hábitos más frecuentes en nuestra familia protagonista y el sitio preferido de su residencia. Nos falta por conocer a que se dedican y los medios con que cuentan para la ejecución de sus planes.

Pero antes de contarles tales extremos, deseo, pues es mi privilegio de autor, repetirles que elegí Santander para esta historia por ser la ciudad más limpia que he visitado, sorprendiéndome en ella la ausencia de hedores y toda clase de inmundicias. Pese a no profundizar con sus gentes, si detecté bondad y sencillez en aquellos pocos que traté. También me agradó su carácter austero, legal, desprendido, honrado y sobre todo, su disposición al ofrecimiento a quienes ni siquiera demandamos beneficio alguno.

Y ojalá así fuera en todos los lugares de la tierra. Pues entonces, no nos sería necesario soterrar, en su más oscura profundidad para que jamás pudieran aflorar -embutiéndoles hasta sus más negras entrañas, lugar donde existe el fuego eterno en el que perecieran- los enriquecidos promotores del ladrillo, auténticas ratas de ciudad.

Si especulan que este relato ha servido para denunciarles que las ratas escondidas en el hedor de la ciudad y dedicadas a la copulación insistente, son los promotores de la construcción gracias a sus ayuntamientos (nunca mejor dicho) carnales con miserables de su misma especie, tengo que decirles que han acertado de pleno.

Finalmente debo decirles que la acción de este cuento no sucedió en Santander, pero sí en cualquier otra ciudad de este mundo que llamamos civilizado y avanzado. Y con el deseo de que la limpieza de la capital cántabra sea ejemplo de todas las demás y podamos eliminar ratas y ratones, termino este cuento en el que les pido perdón si lento fui, siendo mi deseo que llegaran hasta el final.

Noviembre de 2004

22 noviembre 2006

LOLA Y AURORA


A Kamae:

Mi apreciada montañesa que me enseñó que 69 se escribe sesenta y nueve.

Boscán.

"CELOS OCULTOS"

Al ayudarte a soplar las cien velitas he tenido deseos de romperte la tarta en la cara, ¡qué la abuelas también tenemos nuestro genio! pero en nada ha quedado mi apetencia, y de verdad, yo sería incapaz de ello, pero…

Son tantos los recuerdos que me han venido en ese momento que hasta la rabieta ha debido notarse en mi rostro. Ni este mar de arrugas que lo cubre, ha conseguido ahogarla, mientras sonriéndote, acompañando a toda la familia, te cantaba el cumpleaños feliz. El que seas mi hermana mayor por dos años y que desde hace más de treinta, cuando enviudamos, vivamos juntas, no consigue hacerme olvidar aquel disgusto tan grande que me diste. Pero como siempre, me he tenido que aguantar.

Como cuando me quitaste el novio, ¿qué hace muchos años de eso? ¿Qué no debo pensar en esas cosas? ¡Ya lo sé! Pero bien guardadito lo he tenido que sufrir toda mi vida.

Pero, ¿qué bien supiste hacerlo? como eras culona y yo poquita cosa, pues, ¡ale! ¡A movérselo! Y él, que estaba loquito por mí, que me quería por mi dulzura, no supo resistirse a tus meneos y claro, yo la pequeña, la que aun no era para novios ¡a callar! y que padre no se enterara ¡qué la Lola ya era mayor de edad! y por tanto, en edad de merecer.

¡Cómo sabías lo que hacías! Él iba para rico, y, como tu eras la mayor, pues eso, como desde siempre. Ya desde muy pequeñas, desde la primera muñeca o cuando aquella cocinita azul, cuando yo como una tonta cogía enfados, sofocos… ¡Tenías dos años más y más de todo! mucho más alta, como mucho más mayor y… ¡claro, todo era para ti! Y luego lo de culona ¡pero qué tontos son los hombres! ¡Ven un culo y como bobos!

Te casaste enseguida y pasaste a ser la dueña. No sólo de él sino también de todo lo que él tenía. Me casé años después con un obrero de su fábrica ¡tu fábrica! Tú de reina, en tu casa de palacio y yo alquilada. ¡Claro! como tu marido era rico y el mío su empleado, pues… ¿Cómo jefa tenía que verte? ¡Encima eso!


Luego enviudamos las dos; ¡ahí sí que fui la primera! Y me quedé en mi casa sola pero con siete hijos casados ¡qué mi marido era muy machote! Seis meses después se murió él, y con solo un hijo te quedaste, que mucho fijarse en tu culo, pero… pa ná, ¡en eso también te gané!

¿Vente a vivir conmigo, Aurora? Y yo como tonta, a tu casa. Tú de dueña, y yo, yo de… ¿de criada?, o casi.

"CUMPLEAÑOS FELIZ"

Toda la familia participaba en la fiesta de cumpleaños más deseada desde hacía años pues estaban convencidos que la abuela Lola tenía cuerda para eso y para mucho más. Y allí estaban todos en derredor de la centenaria: su hermana Aurora, los ocho hijos de ambas, veintidós nietos, siete bisnietos. ¡Una tarta! hasta seis ¡y mucha sidra!: que es más dulce y tanto encanta a las abuelas.

Estaban en la casa de campo, de esas grandes con sabor a arados, a caballos, a sacos de grano. Las caballerizas están abandonadas y las cambras son en la actualidad lugar de recuerdos para hijos y nietos, de escondites para los bisnietos. Tiene un patio interior muy amplio, con su pozo de agua fresca, con la sombra de un algarrobo. Y un parral que estira sus brazos buscando apoyos a la vez que muestra sus racimos de gruesas uvas. Es el que sirve de cobijo a la fiesta de la abuela Lola.

Es una casa labriega heredada del bisabuelo que sirve de lugar de veraneo a toda la familia y que turnándose, van ocupándola con ilusión. Hasta hace unos años, unos labradores la cuidaban durante todo el año y en el gran corral, hoy vacío, daban vida a conejos y gallinas que repartían a toda la familia. Los pavos se paseaban por el corral, orgullosos y altivos, cebándose para el mejor adorno de las mesas navideñas.

"CARIÑO SINCERO"


Bajo el parral, entre cuyas hojas se iban alojando los tapones de sidra que subían de la fiesta, se escuchó una voz:

-¡A ver! Silvia “la escritora” ¡qué nos cuente algo!

Y Silvia, sin dudarlo, estirando sus brazos en uve como señal de fiesta y alegría abrazó a su abuela Lola, a la tía Aurora y haciéndose un lugar pidió silencio:

- “Abuela, abuelilla, que todos te queremos mucho, que ya tienes cien años y son muchos más los que te quedan, por guapa y sobre todo, por buena. Todos los años celebramos esta fiesta, la de los dos cumpleaños, pues si tú los cumples el día trece, la tia Aurora, el dieciséis, y, ya sois las abuelas con más años en toda la comarca.

Pero anoche –continuó Silvia entusiasmada – tía Aurora me dijo que para ella no era la fiesta, y aunque me dijo que no te lo contara, yo sí voy a decírtelo. Me pidió que este año, al ser el de tu centenario ¡sólo Lola debiera ser la reina! y, que para ella todos los besos y todos los agasajos, incluso los de ella misma, los de su hermana en especial, que en sus noventa y ocho años, a ella, a Lola, le había dado su vida entera.

¡Silvia! Cariño, dile que la quiero desde el primer día, me pidió tu hermana que te dijera, incluso cuando de pequeñas tú te quedabas con todo, o hasta cuando le quitaste el novio, pues esas cosas pasan, dice tu Aurora y que pese a ello jamás dejó de quererte.

¡Dale las gracias en mi nombre! me ha dicho que te dijera, pues por ella conocí a mi Juan, el hombre que me dio siete hijos. Y que Juan era tan bueno como Lola y por eso, cuando me quedé sola, me fui a vivir a su casa ¿a dónde podía ir, sino con ella?

Y dile, que si cosas raras han pasado por mi cabeza soñándolas en voz alta, pues sólo así ella ha podido enterarse, dile que no era yo quién hablaba, que era el diablo, que ese si que es malo y todo lo quiere enturbiar, más conmigo no puede, pues si tanto la quiero ¿cómo la voy a odiar?”

"EL MEJOR REGALO"

Terminó el cumpleaños feliz con el triunfo de toda la familia en torno a Lola y Aurora, con recuerdos, con besos, con regalos. Pero el mayor de todos, el mejor de ellos, es el que está envuelto con la piel de tía Aurora en la cajita de su corazón, donde unos celos ocultos no impedían una vida entera de entrega fraternal.



20 noviembre 2006

VIC Y VALL DE SAU COLLASACABRA


Vic es la capital de la comarca barcelonesa de Osona. A medio camino entre los Pirineos y Barcelona, Vic es una ciudad histórica, cosmopolita, con un gran patrimonio cultural y en lo gastronómico, famosa por sus embutidos. ¿Quién no ha probado el salchichón de Vic? Habíamos llegado al Parador el día anterior que lo pasamos descansando, con una muy buena comida y gozando de sus instalaciones. Cuando entramos por primera vez en la ciudad de Vic, después de aparcar, nos dirigimos a la Plaza Mayor. Cuando te dicen que es día de mercado y que éste se celebra en la plaza principal de la ciudad, no dudas en aceptar tan buena sugerencia. Conforme nos acercábamos por sus callejuelas, el río de gente nos avisaba que íbamos llegando al sitio elegido. Las plazas mayores de todas las ciudades vestidas de mercado tienen un encanto especial. Pero siendo cierto, en esta ocasión, el tumulto del mercado y sus arracimados puestos, impedían a nuestros ojos gozar de la belleza de la plaza, de los soportales y de las añejas tiendas que en ellos se escondían. No podíamos ver de una parte a otra de la enorme plaza los puestos de mil y una cosas diferentes expuestas al fiel comprador. Así que después de un pequeño recorrido por los pasillos interiores nos fuimos hacia la zona turística cuyos bajos eran tiendas de corte moderno con diseños vanguardistas. En ellas, el comercio y la cultura se ensamblan con el buen gusto de sus casas, de sus limpias callejuelas y con la amabilidad de sus gentes. Vimos la Catedral con su magnífico claustro de dos pisos en cuyo centro está el mausoleo donde descansa el filósofo Jaime Balmes. El claustro románico sirve de sujeción al gótico, creando un cuadro arquitectónico de gran belleza. También está presente el barroco, que hace acto de presencia en algunas de sus capillas interiores.

Junto a la Catedral está el Museo Episcopal de Vic. Sabía del famoso embutido, pero no que estaba a punto de entrar, no solo al mejor Museo de España, sino a uno de los tres mejores del mundo en su género. Sus piezas originales del románico rivalizan con las del gótico y juntas representan una incomparable exposición de la pintura y escultura medievales. Su larga existencia de más de cien años, ha ido enriqueciendo al Museo que ha estado situado en distintas sedes, creciendo siempre gracias al esfuerzo de quienes le han ofrecido una gran dedicación. El esfuerzo ha valido la pena y desde hace siete años la construcción del nuevo Museo de Vic ha supuesto el broche de oro para las interesantes colecciones que albergan sus cuatro plantas. Arqueología, románico, gótico, tejido, indumentarias, vidrios, piel, orfebrería, numismática y cerámica ilustran a los visitantes del bello museo, único, de rico contenido y en su mejor emplazamiento.

Comimos donde nos recomendó Laura, nuestra amiga del Parador, gran conocedora de la zona y por lo tanto quien nos diseñó las mejores rutas. Ca Basset con su buena cocina y de trato muy amable conforman la mejor carta. Confieso que hacer caso a Laura, valió la pena.

No todo terminó ahí pues tuvimos una sorpresa inesperada por increíble. Nos fuimos a tomar café a la Plaza Mayor y como por arte de magia el tupido mercado había desaparecido. Podado todo el entramado, la gran plaza, limpia y guapa, sin una sola muestra de lo que había sido un par de horas antes, nos enseñaba su encanto señorial. Cerrada al tráfico, todo el suelo central es de tierra. Bajo los porches en todo su rectángulo, se escondían sus tiendas comerciales. Sentados, girábamos las miradas para ver las casas de estilos diferentes: modernistas, barrocas, renacentistas y algunas con elementos góticos. Lo que no pudimos ver por la mañana lo disfrutamos en la primera hora de la tarde tomando de forma plácida un café descafeinado de máquina y un chupito de orujo amarillo.

Abandonamos Vic y nos fuimos a ver la vida monástica del siglo XI: el Monasterio de Sant Pere de Casserres. Es uno de los monumentos más importantes de la arquitectura románica catalana y está situada en lo alto de una península escarpada, por cuyos lados el río Ter se va embalsando en un valle ocultando con sus aguas un pueblo del que sobresale el campanario que indica el nivel de ellas. Aproveché los pocos momentos de sol para hacer unas magníficas fotos.

Al día siguiente nos fuimos hacía el Pirineo barcelonés en la comarca del Ripolles para visitar Ripoll, San Joan de les Abadeses, Camprodón y Setcases ya en pleno Pirineo.

A Wifredo el Velloso se le debe el grandioso Monasterio de Ripoll, bella construcción del arte románico, llamado la Covadonga catalana, entre cuyas ruinas duermen el sueño eterno los primeros condes de Barcelona. La creación de la Marca Hispánica supuso el freno del avance musulmán más allá de los Pirineos. Fueron Carlomagno y sus sucesores quienes lo impidieron uniéndose al mismo fin los condes de aquellas tierras. Con Wifredo el Velloso dio principio aquella serie de condes de Barcelona, soberanos e independientes, que habían de elevar a tan alto grado aquel nuevo Estado cristiano de la España oriental.


Camprodón y Setcases son pequeños pueblos pirenaicos totalmente restaurados dispuestos para que el turismo disfrute de sus bellos paisajes. Es una lástima que para su restauración se haya perdido el sabor de pueblo antiguo que sin duda tiene el pueblo de Rupit y que ibamos a conocer al día siguiente. Coincidimos con el cambio de hoja lo que hizo que resultaran aún más bellos sus agrestes paisajes. Comimos en Ca Japet: buenos entrantes y carnes a la brasa. Una magnífica comida.

El miércoles nos fuimos a Rupit situado en Collsacabra en el extremo de la comarca de Osona. Su nombre nace de una roca, al igual que los hacen sus calles. El suelo que pisábamos en todo el poblado es una roca. Rupit está situado encima de una roca. De su calle principal sube otra perpendicular buscando la parte más alta. Está escalonada por los cortes naturales de la roca y aunque empinada, como sus gajos son largos, el ascenso se convierte en un suave paseo entre casas de piedras con entradas y rincones sorprendentes. Rupit es un pueblo antiguo situado en zona de riscos. Un puente colgante de madera, como entrada peatonal al pueblo, le da un encanto especial. Desde el mismo puente hice muchas fotos al poblado y el cambio de hoja, siempre presente, recrea el paisaje con sus pinceladas rojizas y amarillentas. Comimos en Ca Estragués, cuyas piedras desde 1805, más la última ampliación, dan cobijo y comida al visitante.

El Collsacabra es una zona de riscos y Tavertet es su mejor mirador. Fue una pena que el día no acompañase: lluvioso y muy cerrado impedía la contemplación del paisaje con todo su esplendor. El pueblo tiene una iglesia románica del silgo XI, una muralla ibérica y vestigios del neolítico. Tavertet está situado sobre un risco de 200 mts, y pese a ello, está muy bien comunicado gracias a una buena carretera que facilita acercarse a un paraje impresionante. Desde el Mirador el tiempo se para, el silencio embelesa y si aspiras el aire húmedo, la envidia del pájaro que observas en su vuelo te convierte en un ser inferior.

Regresamos al Parador de Vic, situado enfrente del embalse de Vic Sau, pasamos nuestra cuarta noche y al día siguiente nos despedimos de la niebla sobre el pantano. Por la carretera hacía Vic dos cabras monteses estaban quietas y pegadas al asfalto, vigilantes, asegurando cruzar ante el peligro que ya debían de conocer. Por mi espejo retrovisor las vi cruzar. Fue una lástima, pero por la zona de curvas donde las encontré, hizo que fuera imposible detenerme para darles paso.

Noviembre 2006-11-19

13 noviembre 2006

PÉRDIDAS Y QUEBRANTOS


Leí una vez que un médico de Avilés había llegado a la conclusión de que el hombre pierde todos los días ochenta pelos de su cabello. El dato concreto e inequívoco no me planteó, en principio, ningún problema pues son tantas las cosas que vamos perdiendo, que al ser yo poco coqueto la pérdida de una parte de mi cuerpo, de algo de mi cabello, lo consideré irrelevante.

Sin embargo, luego de pensar en ello la curiosidad me pudo y quise satisfacer mi incipiente deseo. Si mi cabeza era el punto de partida de aquella huida, mi espacio tangible iba a ser el destino de mis desechos. Para comprobar la veracidad del aserto, mi espacio debía de estar limitado, sin ningún resquicio incontrolable. Como al aire libre me lo impide, esa agencia de viajes que desplaza de forma gratuita hacia las letrinas de la tierra algunos de nuestro detritus, decidí pasar veinticuatro horas en el interior de mi aposento privado, mi clausura particular. Aquel aislamiento hizo que mis cabellos adquirieron un mayor valor. Son tantas las cosas valiosas que podemos devaluar sin darnos cuenta de ello, que no está de más, alguna vez en la vida, ejercer un control riguroso sobre lo que es nuestro.

Lo terrible es cuando siendo consciente de tus cosas, las pierdes sin darte cuenta, bien porque te desentiendes de ellas y alguien se las encuentra o bien porque el destino te las arrebata.

Llegué a mi casa en una mañana lluviosa, fuera de programa, cuando Susana no me esperaba y la encontré con un amigo. Alguien en quien siempre había confiado, pero allí estaban los dos, a lo suyo. Justo en el momento que fui consciente que aquello dejaba de ser mío. De repente, toda una vida juntos y llega su punto y final de una forma increíble. Estábamos hechos el uno para el otro y en un zas todo se perdió, como aquel pelo que deja de ser cabello en décimas de segundo quizá por el desaliño.

Siempre creí que si no aceptas lo que el destino te pone eres un mal jugador, así que acepté el envite, dejé aquella casa, mi mundo hasta entonces y me fui, expulsado de mi interior como los pelos caidos que quieren ignorarte. Fue cuando comprendí que estábamos hechos para ir desprendiéndonos unos de otros porque sólo es posible cuando algo se tiene. Aquello ya tenía cierto sentido, por alguna ley natural estamos llamados a perder parte de nosotros mismos, cabello a cabello.

Cuando perdí a mi mejor amigo, victima de un accidente de tráfico, algo se desgajó de mí. Desde nuestros juegos infantiles el uno nada sabía hacer sin el otro. Fue tal la empatía que se nos fue creando, que dar un paso adelante necesitaba la mutua aprobación, pero no para autorizar cualquier decisión sino porque desde ese momento cada uno de nosotros tomaba la acción como propia. Al despedir a mi amigo que vi desaparecer de mis ojos mientras las manos rudas del sepulturero sellaba la cortina de mármol, me fui al km. 13 de aquella carretera vecinal, punto en el que Segundo perdió su vida en el acto.

Sentado en una piedra observé los restos del accidente: un frenazo en el asfalto producido por mi amigo en su lucha contra el destino, los tallos segados de los arbustos al borde de la carretera y el tronco tronchado, todavía unido por su corteza como un cordón umbilical que separa la vida de la muerte allí donde se produjo. En aquel lugar y en aquel mismo instante fluyeron por mi mente recuerdos imborrables. En breves instantes rememoré toda una vida, no tan cercana por los años ya pasados, pero que las circunstancias me trajeron de golpe. Valorando todo, medité que con el tiempo todo se pierde diluyéndose por cualquier desagüe, de tal manera, que recuperar lo deseado es un imposible.

De vuelta a casa ojeé el periódico buscando la página de sucesos, y me llamó la atención un comentario realizado por un médico de Avilés que hablaba del cabello del hombre y su forma de perderlo. Argumentaba el médico que el hombre puede perder hasta ochenta pelos todos los días sin que exista nada ni nadie que lo remedie.

01 noviembre 2006

LA ESCALERA


En su momento fue uno de los edificios más importantes de la ciudad, muy popular, de los más altos y quizá de los más voluminosos. Su patio de entrada es muy amplio, hondo, con una lámpara araña de bronce bajo un techo con talla palaciega. Cuatro escalones de mármol comunican con el hall, en el que dos ascensores laterales y un escondido montacargas dan servicio a una treintena de familias. En él está la portería en la que, junto al enorme hueco de la escalera que bajaba desde el cielo, trabajaba mi padre. Junto a mis padres, mis tres hermanos y mi abuela, en el último piso de aquel serio edificio teníamos la vivienda, disfrutando de una terraza enorme en la que igual jugábamos al balón que al escondite.

A mis siete u ocho años, como a los de cualquiera en semejante edad, se me prohibía coger el ascensor en solitario. Para subir aquellos once pisos tenía que recurrir al acompañamiento de cualquier mayor, cosa que me resultaba muy fácil; al menos, mi padre, siempre estaba allí. Pero bajar era mucho más sencillo, no necesitaba de nadie.

Así pues, deseoso de salir a la calle o por cualquier otro motivo, me lanzaba escaleras a bajo con la ligereza de mis pocos años ayudado por la ley de la gravedad, lo que conseguía sin peligro alguno gracias a mi pericia y al conocimiento del terreno que me servían para alcanzar una gran velocidad. La escalera es de mármol, con tramos largos de ocho escalones que con dos o tres zancadas los bajaba. Cinco tenían los cortos para los que me bastaba en ocasiones con una sola. Los rellanos, espaciosos y con cuatro o cinco viviendas, me servían para bien poco a no ser para contarlos y era en los cuatro recodos del pasamano, que nunca debía soltar, cuando cogía mayor impulso en mi descenso.

Si los pájaros disfrutan volando a mí me pasaba lo mismo y jamás fui alcanzado por nadie que me arrojase sobre el suelo. Del decimoprimero al cuarto siempre había luz solar gracias a los amplios ventanales situadas en la parte trasera del edificio, pero a partir del tercer piso sólo los automáticos iluminaban mi descenso. El segundo y el primero con las luces apagadas representaban la oscuridad total. Aún quedaban dos alturas para llegar al patio, las de los despachos que siempre tenían la claridad de los anuncios. Pero el peor momento de la bajada era mi paso por los oscuros segundo y primero pisos que Vds. pensarán podían encerrar cierto peligro, pero no van por ahí los tiros. La oscuridad tenía otros pagos.

Llegado en mi descenso al segundo piso, la oscuridad se mezclaba con el miedo que sentía en el tiempo que necesitaba para pasarlos, lo que me hacía ir aún más rápido para bajarlos en un santiamén. Eran unos momentos de angustia en los que no me podía permitir parar. Muchas veces los pasé a oscuras porque me los sabía de memoria y un fallo por un traspié era un imposible porque mi seguridad era total, pero… ni siquiera podía frenar para activar la luz en el rellano, el temor me lo impedía.

Si mi seguridad estaba sellada al pasamano el miedo se engullía en mi interior y mi cuerpo sentía el cosquilleo de la angustia. No me faltaba el aire porque éste nunca huye, como aquellos rincones oscuros que sentía a mi paso, siempre fijos y donde en cualquier momento “alguien” podía salir para cortarme el paso.

Llegar a la zona de luz significaba el alivio. Detrás quedaban mis temores y mis miedos, dentro del cajón oscuro de mi alma. Sólo la inconsciencia de mis años cuando llegaba al final del descenso, hacía que me olvidara de todo y la luz venciera a la pesadilla. Los motivos, ocultos en mi cajón, eran cosa mía y a nadie le importaba.

(“La escalera” es un relato modificado del que ha participado en el 11º Proyecto Anthology. Tema Oscuridad)

Noviembre 2006-11-01

28 octubre 2006

EL HOMBRE SENTADO ANTE EL MAR

Las raíces del árbol en la tierra son como los ríos que van al mar, un enredo caprichoso sometido a toda suerte de escollos. Sus nutrientes navegan hacia su fruto mientras que las aguas buscan transformarse en sal de la tierra.

Decía el hombre sentado ante el mar que alcanzar a ver todo lo que tenía ante sus ojos es más fácil que reconocerse a si mismo. El hombre sentado ante el mar sabía muy bien lo que se decía. Imaginar todo aquel horizonte lejano, comprenderlo, es muy fácil, se decía, pues siempre podrás conseguir ayuda de alguien para lograrlo. En cambio ¿quién puede hablarte de ti?

Sabemos del árbol comiendo su fruto siempre intacto, verde o maduro, constante en su sabor; las raíces de la tierra lo uniforman. Sabemos del inmenso mar, de su volumen constante que sazona la vida del hombre en la tierra.

En cambio, el hombre sentado ante el mar, sabía que era él, el gran desconocido, porque en su navegar por las aguas de la tierra unos le ven como goleta, otros como galeón y los más como un velero a la deriva. Y si acaso necesita preguntar cómo es, tendrá diferentes respuestas, nadie verá en él un mismo fruto sazonado con el mismo punto de sal.

Octubre 2006-10-28