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15 septiembre 2012

¡QUÉ INVENTEN ELLOS!

1543 Juan Villuga
1543 DE JUAN VILLUGA


El Artur Más, cuyo nombre el de Arturo los hay y muchos en Cataluña, dice que Cataluña necesita ser un estado, una nación, mientras lo que verdaderamente precisa son políticos de talla.

No es fácil dar con hombres de similar entereza a la de Castelar, Cánovas de Castillo, sin duda a la de Tarradellas o la de un Fraga Iribarne que cada uno con su visión de Estado y en su momento, dedicaron toda su atención en beneficio de la “cosa pública” a lo que prestaron su vida. No, no es nada fácil.

El Arturo, por desgracia delfín del Pujol (el de la Banca Catalana de párpados caídos que en su dormidera son como compuertas de potenciales hechizos, el Jordi de sueldo vitalicio que ya lo hubiera querido para sí el Duque de Lerma, el Jorge de gestos y sesgos falsarios, de manos insatisfechas, que no inquietas) el Arturo, decía, no es portador de la dignidad de los arriba citados; ni de lejos. Ni él, ni quien lo promocionó.

Si tuviera gracia el Artur, formaría con el Carod el “duo sacapuntas” dispuestos a los bolos por el Ampurdán, donde el recuerdo intelectual de José Plá, quedaría mancillado con la presencia de ambos. Qué diferencia entre esta pareja de truhanes y el autor de “El cuaderno gris”, pues pedir peras al olmo ni siquiera nos lleva a la utopía, que en este caso sería una mamarracha, tanto en cuanto en lo personal por lo que les corroe, como en la dignidad de su diario quehacer y que no tienen, su comparación es un insulto al intelecto.

Adocenar, mentir y envenenar a la ciudadanía, en este caso numerosa cuando el narcótico es de venta libre, no es de políticos corruptos, sino de algo más grave, el de aquellos dispuestos a poner en manos ineptas un tren a máxima velocidad, sin vías ni traviesas, repleto de un público víctima de su adicción, pero ignorante de un destino semejante a los que ofrecen en un dos por uno ciertas agencias de viajes, dispuestas al bandidaje, hacia una idílica playa inexistente.

Debemos creer que llegará el día que un político honesto, amante de su tierra, aparezca por las Ramblas y sepa decir el “no es eso, no es eso”; un hombre libre como Albert Boadella, por ejemplo, catalán de pura cepa, amante de su tierra y español por nacimiento, que posibilite el paseo tranquilo por la Diagonal rumbo a la costa española y que se detenga ante la estatua del bizarro Colón en su alzado majestuoso. Quien, por cierto, no es catalán de nacimiento, como malintencionadamente algunos pregonan en la antesala de una historia tan falsa como perversa.

Será entonces y sólo en ese instante, cuando en verdad puedan disfrutar quienes habitan esa región española al verse libres como los pájaros volando a los cuatro vientos sobre la tierra de su paisanaje. Y más que nunca lo disfrutarían quienes en la actualidad son prisioneros de “adhesiones inquebrantables”, propias de otra época que como tal así la ejercitaron y por ello son ahora victimas dormidas voceando cánticos de laboratorio.

Si el Guardiola fuera mileurista, sería otro cantar. No lo es y por ello se recrea en una imaginaria e independentista nación, ubicado en un apartamento de alto standig de la capital, su Nueva York particular, abrazada entre Tarrasa y Sabadell y ante el alto de Montjuic.

¡Qué inventen ellos! Decía Unamuno. Pero en este caso a lo Jordi y a lo Artur, que como muestra, bien vale la frase.

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