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01 mayo 2007

LOS ESPEJOS

El paraje es conocido como “El Salón de los Encuentros” cuando en realidad es el de las mil y una caras. A simple vista es infinito, bajo una bóveda de azulados frescos barrocos, multiformes, que dan a la estancia una gran majestuosidad. Su planta es diáfana, con pilastras invisibles que sustentan la cúpula abierta por amplias vidrieras, por cuyas rendijas llegan los vientos, las lluvias, y también la luz, diferente en cada estación del año.

Se llega al “Salón de los Encuentros”, como única puerta de entrada, a través de un pasadizo íntimo y estrecho, nacido en un claustro ajeno al recinto una vez liberado de una liana embarazosa. En el suelo, está la de salida, por donde uno se aleja contra su voluntad cuando le llega la hora final de su visita. Todas sus paredes están decoradas por espejos sin marco. Ninguno de ellos es igual a los restantes. De formas cóncavas, convexas, más largos o más cortos, ondulados, distorsionan no sólo nuestras caras sino también nuestros cuerpos, y sirven para reírse o esconderse tanto de uno mismo como de los demás. Porque cuando llegas al salón de las mil caras nunca estás solo, siempre hay gente que no se reconoce, donde todos se desfiguran y sólo queda el deseo oculto de la mofa. Ni siquiera uno mismo sabe el porqué de su presencia, y lo que ve a derredor es lo más horrible y esperpéntico del ser humano, deforme, lleno de defectos, inservible y ruin; porque si algo de noble tiene, resulta inescrutable.

Ante tanta deformidad me encontré ante él cara a cara. Lo reconocí al instante, pues me resultó familiar, como aquel de todas las mañanas. Noté que tenía la necesidad de hablar conmigo, como de confesarse para justificar parte de sus culpas y que le hiciera sentirse algo mejor, o de decirme algo que yo no supiera, o de seguir engañándose así mismo, o tratando de hacerlo conmigo.

- ¡Hola amigo! –me dijo mientras daba brincos con pinta de simpático y algo generoso.


- Hola, hace tiempo que no nos vemos –le contesté sonriendo porque así lo hacía él.


- ¡Y tanto, siempre te escondes, no sé por donde andas; te encuentro muy cambiado –me replicó con cierto desdén.


- ¡Ya empezamos! Tú eres quien ha cambiado, siempre vas de teatro, escondido entre bambalinas, interpretando lo que no eres. ¡Mira que te conozco!


- ¡Anda ya! ¿Vas de noble? No soy rencoroso, así que no te tengo en cuenta. No soy como tú: mezquino, falso y que por mentir te engañas a ti mismo. Así que, déjame en paz. Mejor sería que pensaras en los demás y olvidaras tu ombligo.

No le contesté y le perdí de vista. Había tanta imperfección en aquel salón que lo mejor era huir de tanta escoria. Traté de hacerlo, pero me resultó imposible porque no había llegado mi hora. Así pues, la única opción que me quedaba era la de hacer tiempo. De forma fugaz escudriñé el espacio que alcanzaba mi mirada y todo aquello me resultó familiar, nada extraño, escondido al intenso resplandor de la denuncia, pero fortalecidos por sus propias sombras que se movían cual mallas de protección.

De repente, un reflejo inesperado iluminó un prado de berros y lavanda ante un bosque receptor de una lluvia fina y limpia que avivaba el paso de unos trotones animalillos. Una bandada de pájaros pincelaba el cielo plomizo, y cuando cesó el haz de luz y desapareció el encanto tuve la sensación de que la única verdad existente había huido para siempre, o al menos, por el momento.

No recuerdo cuanto tiempo permanecí entre aquellas redes dueñas de mí; porque ante tanta falsedad los almanaques podían estar manipulados, además, llevar la cuenta ante tantas dudas, me producía cierto quebranto. Pero el peor momento llegó cuando otro ser deforme me llamó la atención ante la duda de si era otra vez él. Tuve la impresión de que algo extraño quería decirme. Pero en esta ocasión estaba mudo, escondido en un semblante nada habitual: era el de una figura alta y delgada, barbada, que cubría su cabeza con un sombrero de ala ancha y portaba como estandarte una especie de guadaña dirigida hacía una puerta en el suelo. Lo descubrí en el mismo instante que una voz me anunció que la hora final de la visita al “Salón de los Encuentros”, más conocido como el de las mil y una caras, estaba próxima.

A partir de aquella llamada llegué al firme convencimiento de que lo único que tenía sentido ante aquel caos era resistir para retrasar en lo posible la certeza de aquel presagio.


(“Los espejos” es un relato que ha participado en el 17º Proyecto Anthology. Tema: Doppelganger)

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué bonita idea para un bonito cuento, Julio. Eres un cuentista nato ¿eh? (en el buen sentido :)))

Blanca_L

Anónimo dijo...

Precioso, me gusta mucho.

Lo prometido es deuda...


R.

Clavedesol dijo...

Interesante relato, sabes, me ha hecho pensar que quizás, sin necesidad de ir al Salón de los Espejos, podríamos mirarnos de vez en cuando en algún espejo y....hablar con " Ellos".
Saludos.

MISMA MUJeR dijo...

Ahhhhhhhhhhhhh
Me fascinó este relatoooooo, jejeje, la idea, es como si hubiera tomado una copita de ajenjo sin azúcar!

Es un encanto, y pues gracias por lo de mi fotolog, pero mejor agrega mi blogg, está menos tonto jejejeje....

En fin, nos estamos viendo, besos wapo

MISMA MUJeR dijo...

Hola, te agregue a mi lista de blogg, espero no te moleste.

Un saludo
(soy Misma_MujEr, del foro)