Si das una vueltecita por mi Blog, espero sea de tu agrado.

30 septiembre 2014

EL LODAZAL RUIDO

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La calle era un espacio abierto lleno de barro o polvo: el invierno o el verano hacían de las suyas, marcaban las normas y como hijos de la naturaleza, fango y arena, tenían la autoridad que les correspondía y que todos aceptaban. No había otra.

Y tras pasar páginas y páginas de nuestra historia, un buen día y en nuestro beneficio (al menos así se manifestaban quienes en ese momento mantenían su autoridad) piedra a piedra, adoquín a adoquín, se fueron pavimentando calles, plazas y avenidas. Lentamente, como correspondía a sus designios, incrustando cantos y aristas, entre argamasas a golpe de mazo, produciendo algún que otro ay en la rutina, para culminar en unos caminos donde el traqueteo era consustancial.

El pueblo estaba servido, satisfecho, contento: alfombras de piedras cumplían con su misión.

Sin embargo, un buen día, promesas de cambio anunciaron días de gloria y todo aquel adoquinado, ya producía quebrantos. Un río caliente de asfalto lo ocultó a nuestros ojos, cuando no destrozado en sacrilegio por la piqueta que desmenuzaba aún más las antiguas esquirlas de las canteras próximas a la ciudad.

Nuevas capas han ido aumentando su espesor, como la lava entierra un pasado imposible.

Ahora más satinado, sí, más pulido, seguro, como enseña del silencio en la ciudad opuesto a la alharaca, que, sin embargo es ésta la que se impone, empujada por la autoridad, como antaño lo fueron los adoquines, hoy escondidos en nuestras entrañas, en obligado cumplimiento a la autoridad mediática que nos ofrecen.

Calzadas e ideas se van incrustando en nuestras vidas como cadenas kilométricas que de norte a sur pretenden forjar mentes a golpe de sueños imperiales, iluminados de “esteladas” pasiones que alumbran un imaginario colectivo, que, con sus cantos y aristas, están llamados a crear un puzle de confusión.

Un salto al vacío auspiciado por unos salvadores que nadie ha demandado.

Mazo y piqueta. Polvo y barro. Asfalto y lava.

La mesta en la ciudad, y sobre el lodazal ruido.

23 septiembre 2014

EL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL, MI TEMOR

 

Confieso que me da miedo el Alto Tribunal Constitucional español, en su empeño de parecer cada vez más “bajo”, que en ocasiones lo consigue.

Un grupo de juristas que aún no han entendido la finalidad para el que fue concebido, que no es otra que concebir, sí, sí, concebir, la defensa de la Constitución Española.

El proceso soberanista catalán es un camino de mentiras lleno de trampas de dulces cepos, ensartados con cebos caramelizados de hiel.

Su mejor argumento es el “apesebramiento”  de una juventud que en los últimos treinta años ha estado en su más completa indefensión, a merced de una clase política con ensoñaciones nacionalistas que ha fracasado en lo social, con el triste logro y en su beneficio de haber incubado el virus del enfrentamiento en una sociedad catalana cada vez más degradada.

Temo al Tribunal Constitucional porque no sería la primera vez que fallara en contra de su propia naturaleza, con gran desprecio a la ciudadanía a la que se le debe el mayor respeto, que sin embargo y en su ignorancia no exige, mientras se desplaza por la mesta de la ciudad en busca del pasto independentista al que se entrega esclavizado.

La quiebra de la convivencia nacional depende en gran medida de la fortaleza moral de sus miembros, los del Constitucional, que si uno sólo de ellos y en su jerarquía, fallara a favor del “derecho a decidir” de los catalanes, sólo uno,  dejaría a pie de los caballos a la soberanía de la nación española entera, y renunciaría de inmediato a su propia razón de ser, a su dignidad.

19 septiembre 2014

EL CAFÉ PARA TODOS: VOMITIVO NACIONAL

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Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, por decisión libre y de acuerdo mutuo, decidieron unir sus Reinos. La primera tenia problemas con “la Beltraneja” en su aspiración a heredar la corona castellana, mientras que el segundo se decidía por imponer su real criterio a los condes catalanes, señores feudales ellos, dispuestos a tener bajo su dominio a sus súbditos sin otras aspiraciones territoriales.

Carlos I Rey de Castilla,  de Aragón,  de Valencia, de Mallorca, de Murcia, Conde de Barcelona… etc, faenó decidido como Rey de España y con el único obstáculo en su feudo peninsular, de unas revueltas que en ningún momento exigían su desmembración. Iban por otros derroteros.

Felipe II amplió sus dominios y en España no se ponía el sol: Portugal, Filipinas y otras tierras anexas lo atestiguaban.

A Felipe III le gustaban los saraos y el valido duque de Lerma fue el primer corrupto español de la Edad Moderna.

Con Felipe IV, el Conde-Duque de Olivares, pese a sus buenas intenciones,  tuvo la rémora de su torpeza y la insolidaridad de quienes deseaban conservar sus privilegios, pero en la mesa de los naipes nadie puso en juego la integridad nacional, aunque eso sí,  por razones históricas los de Portugal tomaron las de Villadiego.

Carlos II, débil y enfermizo, fue muy querido por los catalanes y considerado por estos como un gran Rey.

Sin hijos, dejó la corona a Felipe V quien tan pronto llegó a España juro fidelidad a la Generalitat Catalana siendo correspondido en la misma manera. La Gran Alianza europea invadió España, que a la sazón tenia simpatizantes en Madrid, Barcelona y Valencia, regiones donde también Felipe V tuvo sus leales, enfrentados a quienes proclamaron como Rey de España al archiduque Carlos con tres palotes, quien tuvo su mayor número de partidarios en Cataluña, quienes a la sazón defendían su españolidad sin reivindicar cualquier otra alternativa. Como era lo natural.

Con Fernando VI España tuvo unos años de paz y sosiego, que por cierto los necesitaba.

Carlos III, borbón él, firmó el Tratado de Libre Comercio que catapultó a Barcelona hacia la prosperidad con gran satisfacción para la nueva burguesía catalana. Que por lo visto no se lo agradecen en la actualidad.

Carlos IV y Fernando VII significaron un desastre para la nación española, nación que por cierto, como en Fuenteovejuna, respondió bizarramente para expulsar de España al francés, con los heroicos puestos de Zaragoza,  Gerona, Madrid, Valencia (donde un heroico “palleter” declaró la guerra a Napoleón).

A la muerte de Fernando VII, reinó en España Isabel II e isabelinos y carlistas se enfrentaron por la corona, pues la afición ya venia de antiguo.

Obligada la reina al exilio pero deseosos de mantener la corona, las Cortes proclamaron Rey a Amadeo de Saboya,  pero asesinado Juan Prim en el momento de su llegada, político catalán de gran prestigio y su principal valedor, el monarca supo de la España cainita, abandonando la corona en emotivo e intelecto discurso de despedida.

España entró en guerras cantonales y otras quimeras, desembocando en una República camino a la penuria, afortunadamente salvada por una Restauración que hizo bueno aquello, del mal, el menos.

Alfonso XII dejó el asunto en las manos de Cánovas y Sagasta, y durante unos años el remedio funcionó razonablemente bien, pese a los caciques.

Sin embargo, a Alfonso XIII la Corona la vino ancha y pese a su noble empeño, le crecieron los enanos.

Primo de Rivera terminó con el paro, y las madres españolas le agradecieron que pusiera punto y final la guerra africana. Dejó fuera de juego a los políticos españoles, y estos, dedicados a lo suyo, optaron por recuperar el sueldo.

La II República llegó por derecho propio y con gran alborozo nacional, pero apenas duró 30 días. “El dedo de un soldado español vale más que todos los curas de España”, dijo Azaña quien se dedicó a mirar hacia otra parte desde aquel 11 de mayo de 1931. Hasta que fijó su atención en Casas Viejas. Contra el "seisdedos".

Perdió su prestigio por ello, y las mujeres españolas  pusieron a la derecha al frente del Gobierno. No gustó demasiado la coalición de la CEDA y en 1934 tocaron bastos en España, especialmente en Asturias, con un “golpe de Estado” contra el Gobierno democrático, y la proclamación del Estat Catalá -por primera vez en su historia- por parte de Luis Company, que fue flor de un día.

El Frente Popular se presentó a las elecciones en febrero de 1936 y al menos lo tenia claro: “Si no ganamos en las urnas lo conseguiremos en la calle”, dijo Largo Caballero.

Meses después y con el asesinato del Jefe de la Oposición por las fuerzas del Estado, estalló la guerra civil, que no fue una, sino cinco: cuatro dentro de una que facilitaron el triunfo  del bando nacional, unido en su victoria.

Llego el franquismo, la postguerra de inmediato, los referéndum con una adhesión del 95% al Caudillo, en similar porcentaje al del rechazo actual,  el Plan de Desarrollo de López Rodó, y los grises en la Universidad.

España demandaba libertad y “Estatut de autonomía”. La Transición ejemplar tuvo su golpe de tos con Tejero, pero los campos de la piel de toro se llenaron de museos etnológicos, de frontones y de piscinas cubiertas.

Por las transferencias en Educación, Cataluña cambió de inmediato a 25.000 profesores de Historia en las aulas catalanas: el adoctrinamiento estaba servido y una nueva historiografía iba a embardunar las negras pizarras del mundo escolar.

En las Vascongadas ETA ha marcado los tiempos desde el principio y los “cuarenta de Ayete” abandonaron las playas donostiarras, palacio residencia del Generalísimo, por las tranquilas aguas del Mediterráneo.

El café para todos se ha convertido en la actualidad en un vomitivo nacional en cuyo remedio los españoles buscan su mejor receta.

Gestión o demagogia: he ahí la cuestión. La hora de la incertidumbre no sabe de Leyes de Tráfico.

11 septiembre 2014

EL DERECHO A DECIDIR Y LA DIADA CATALANA – EL DÍA DESPUÉS.

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El derecho a decidir es inalienable a las personas; su único límite es en aquello que no les pertenece, sea dicho con toda claridad.

La soberanía del pueblo español está explícita en la Constitución y por derecho corresponde a todos sus ciudadanos. Carta Magna sin fecha de caducidad, tanto en cuanto su reforma corresponde a la mayoría parlamentaria del Congreso de los Diputados.

Los catalanes no tiene el derecho a decidir sobre aquello de lo que no son dueños, por idéntico razonamiento –se podrían citar a cientos- al que un propietario de una vivienda no puede decidir el abandono de la Comunidad a la que pertenece y actuar en solitario o con quien decida, obligado a la Ley de Propiedad Horizontal vigente, a la que están sometidos todos los vecinos,  léase ciudadanos.

Y como usurpadores de la verdad histórica, celebran su “día grande” mediante el recurso de la mentira con la que “ilustran” desde la enseñanza oficial a la juventud toda.

Focalizan el tercer centenario con la supuesta “caída de Barcelona” en 1714, cuando lo cierto es que los partidarios del Archiduque proclamaron como Rey de España a quien tomara el nombre de Carlos III, a la sazón sin mencionar que Cataluña también tuvo partidarios del borbón Felipe V a quien la Generalitat Catalana juró fidelidad a su llegada a España.

Es decir, una “guerra internacional por la sucesión al trono español” la convierten en el principal motivo que justifica la independencia de Cataluña, lo que por si solo demuestra que más que la Diada catalana es la representación sainetesca de la Gran Mentira catalana (redundancia obligada) que se ha instalado en sus instituciones para emponzoñar la vida social de una región española, necesitada más que nunca de su higiene urbana y especialmente en el mundo de la docencia.

27 agosto 2014

¿SI ME IMPORTA UN HIGO?

SI ME IMPORTA UN HIGO

Hoy me he comido un higo. Lo muerdes y está crujiente. Pero no de fritos, sino de unos estallidos en su interior que te llevan a aquella huerta de ribazos y acequias, de hierbas y cañas, de aromas a tierra mojada. De arañazos de zarzamoras y picadas de avispa que aún así, sabían a gloria. ¿Crujiente de nostalgias? Tal vez.

Sin embargo, descarnas un melocotón y no sabe a nada. Ni su piel es la misma ni tiene el agradable tacto del peluche que los injertos han olvidado por mor de una productiva alquimia desdeñosa de cualquier apetente paladar que se precie. ¿Vello de juventud? Tal vez.

El higo tiene un sabor especial, pero no es lo mismo comerlo de postre en la mesa que “robarlo” al campo agachando una rama de la higuera a la sombra de un día estival escuchando los ladridos de un perro amarrado a la puerta de una alquería ante la presencia de un extraño.

Y a diferencia…, pues claro qué me importa el higo. ¿Cómo no me va a importar si sabe a gloria?

Hoy me he comido un higo.

19 agosto 2014

EL PANTALÓN CAMPANA

el pantalon campana Hubo un tiempo que nos dio por llevar el pantalón campana.  Todos llevábamos esas perneras que ocultaban los zapatos arrastradas por el suelo. Como a un centímetro escaso de él, no fuera a ser que se acompañaran de las inmundicias que abandonábamos sobre el camino.

El pantalón campana no tenía ninguna connotación política,  ni imprimía carácter,  ni distinción alguna, ni aireaba las piernas, algunas más velludas que otras, por lo común lo propio de unas herencias genéticas que nadie había demandado.

Pero ya avanzados los setenta causó furor la barba abundante, el pelo largo y el brazo en alto con el puño cerrado,  que si corrías perseguido por los grises era lo más de lo más que te podía suceder (según algunos, pues lo cierto es que no eran en gran número, que todo hay que decirlo) y que como medallas cum laude sirvieron luego  para hacer "carrera" merced a la tan rentable puesta a punto en tan azarosa década.

Han tenido que pasar muchos, muchos años, para que, los de la  misma edad de entonces, merced a nuevas modas, huyan embozados lanzando piedras con las manos en proverbial y adiestrada guerrilla urbana, que en la actualidad ha ido in crescendo con ínsulas de algarada.

Cosas de la política que con el viento a favor ha logrado que  la dialéctica del hemiciclo se haya trasladado a un campo de batalla sito en la ciudad, con trincheras de fuego gracias a ligeros contenedores, de facto escenificando un hábitat  casi natural que por desgracia ha dejado ya de sorprendernos.

De tal guisa que no nos queda más remedio que aceptar tan gran berenjenal, aunque hayamos olvidado el pantalón campana, mientras que los pelos largos con barba marxista -ahora mutados al surtido look del perro flauta y con la complacencia de una sociedad que pese a ello los mira de reojo- hayan dejado de interesarnos. Salvo a unos cuantos.

La veleta gira y gira. Los vientos son los mismos,  pero nuevas tecnologías y con mayor precisión, nos anuncian de su presencia mientras diseñadores “pret a porter” traman nuevas modas que ocuparan nuestra atención. El iPhone y el Ipad,  la tertulia televisiva junto a la tele basura, todos a una como en Fuenteovejuna facilitan el camino, al tiempo que la publicidad nos entusiasma anunciando unas cremas depilatorias que darán mayor soltura a nuestras piernas con bermudas.

Pero la veleta, como les decía, gira y dicen que las modas vuelven.

Sí, sí, y hasta puede que la del pantalón campana.

14 agosto 2014

A TI TE LO DIGO

a TI TE LO DIGO

Sí, sí, a ti me dirijo, a ti, si es que me lees. Y lo hago a ti, seas quién seas, y no por lo que vas diciendo, que no es otra cosa que repetir lo que dicen otros a quienes escuchas. Y no sólo eres tú quién lo dices, sino que son otros muchos quienes también oyen palabras que escuchan y que las hacen propias, como si fueran ciertas.

Sí, sí, ya sé qué no sólo las dices tú; que también están escritas en libros editados por centros o entidades culturales, igual públicas que privadas. Y cierto es que son muchas las gentes que lo dicen y lo aseguran. Pero todo ello no significa que sea cierto, que sea verdad. Porque no lo es.

No, no es cierto que el pueblo valenciano naciera a partir de un año, el 1238. Y no lo es porque ya venía de muy antiguo. De muchos siglos atrás. Por mucho que digan.

Tierra, un trozo de tierra bañada por el mar que después se llamaría Mediterráneo y que sus primeros pobladores, los autóctonos, conocidos como iberos, que habitaban la zona más o menos arriba del Ebro hasta la Andalucía oriental, con nuestra actual terminología para que quede claro a quién pueda leerme, si es que hay alguno. Iberos que darían nombre a una península entera nominada así por a los griegos que habían llegado por el mar, como antes lo hicieran los fenicios de la mano del comercio, dejando su impronta.

Mientras que cuando otros llegaron lo hicieron por el norte, los celtas, que fueron gentes guerreras con cuernas de adorno y escudo protector. Y mientras nuestros primeros paisanos vivían en Edeta, Arse, Sicania, etc, los cartagineses del norte de África fueron derrotados por Roma que desde su lengua latina, nos dejó una nueva forma de hablar, el provenzal, del que muchos, muchos años después, saldrían diversas lenguas romances. Y también la ciudad de Valentia, la llamada a ser el “cap i casal”.

Los visigodos: primero arrianos y católicos después –aunque no sepamos mucho de ellos en nuestra tierra- pueblos llamados “barbaros” (de afuera) que desplazarían hacia oriente el Imperio Romano, godos que en la España visigótica habían dejado una lista de reyes que dieron paso a los musulmanes, quienes durante seis siglos ocuparon Valencia, cambiándole el nombre, siendo reconocida entonces como Balansiya o Medina al Turab, qué más da, dejando para la posteridad singulares retículas urbanas, y formas de trabajar a la tan abundante huerta con sus aguas del rio Turia, modos que aún perduran, al igual que significados, raíces y palabras incrustados en nuestra lengua valenciana, configurando en gran medida nuestra etnología.

Sí, sí a ti te lo digo; por mucho que otros pongan como año de nuestro nacimiento el que les conviene. Porque no es verdad que naciéramos como pueblo por derecho de conquista, término tan manoseado (sin caer en la cuenta que tal derecho se ha venido ejerciendo desde que el hombre sintiera por vez primera la gloria del poder, y que así será eternamente) sino que veníamos desde muy atrás, acrisolando nuestra historia, tanto en cuanto fue desde el primer día que se poblaron nuestras ricas huertas, y que por la constante evolución, cada vez son de menor cuantía debido a la tecnología imperante.

Y por la mezcolanza habida, ha hecho que nos diferenciemos del resto peninsular desde muy antes de aquel 1238, que, como en cualquier larga trayectoria, no fue más que el de “parada y fonda”, con nuevas leyes, sí, pero como ha sido igualmente a lo largo del tiempo.

Sí, sí a ti te lo digo, porque aunque sean muchos, quienes como tú lo dicen, no, no es verdad.

Por mucho iluminado que haya existido, “fusteriano” o no, converso Sanchis Guarner, irredento meapilas por ejemplo, no es verdad lo que dices; aunque como tú, seáis muchos.

A ti te lo digo.

Y aunque a pocos les guste.

11 agosto 2014

EL PÁJARO DEL COLOR DEL ARCO IRIS

el pajaro del color del arco iris

Se refería a un pájaro con el color del arco iris. De su pico partía una fina línea del color del vino que se estiraba entre sus ojos, y por el centro de su cabeza se prolongaba por la espalda hasta llegar a la cola que tomaba en toda ella su mismo color, pero con más fuerza.

Esta era su singularidad, a la sazón más singular aún, al pertenecer a una especie única no conocida en ningún lugar del mundo.

Un día,  a su dueño,  le llegó la sorprendente noticia de que en un lugar lejano, en lo alto de un monte sagrado conocido como del Azafrán, sito a diez días de vuelo, se sabía de otro pájaro igual y que por ser lugar de peregrinaje había llamado la atención a los fieles devotos.

Su dueño le dijo al pájaro del color del arco iris.

-Ve a su encuentro y cuando des con él,  invítale a que regrese contigo. Os espero.

El pájaro cuya cola y como les decía era del color fuerte del vino, voló a su hallazgo y  encontró a su hermano de la misma especie en la rama de un árbol.

Se posó junto a él y le dijo el motivo de su visita.

De repente, nada más escucharle, el pájaro del monte sagrado cayó muerto sobre la tierra.

El pájaro del color del arco iris regresó rápido ante su dueño para contarle lo sucedido.

-¿Has dado con él?- le preguntó nada más verlo.

Y tan pronto le escuchó, el pájaro del color del arco iris cayó muerto en el acto.

Sorprendido pero enojado, su amo, lo sacó de la jaula y lo lanzó contra el suelo.

Y fue cuando, el pájaro con la cola del color del fuerte vino, levantó su vuelo sobre la casa y supo de su libertad.

09 agosto 2014

LOS VIENTOS QUE SOPLAN

vientos que soplan

Las dunas las forman los vientos. Y no de una forma caprichosa sino siguiendo unas reglas fijas. Unas reglas escritas que nos llegan del estudio de unas fuerzas que se han ido presentando en sociedad fieles a los saltos térmicos con los que nos sorprende la naturaleza.

También los "vientos que soplan" condicionan nuestras mentes, nos presionan y nos sugieren, o mejor dicho, nos seducen, a seguir un sendero con multitud de alarmas que nos obligan a ello. Y no solo alarmas, sino también cepos.

Cepos que a nuestro favor nos obligan a circular en dirección prohibida y es cuando de repente el placer por contradecir las reglas nos excita, al tiempo que la rebeldía aumenta nuestra autoestima con el consiguiente influjo en la autoridad moral que por el derecho a decidir, tan en boga en la actualidad, nos otorgamos a nosotros mismos, sin que sea necesario la presencia de un tribunal que nos faculte su mérito.

Ni falta que nos hace.

Dunas ante la inmensidad de los mares con su agradable brisa, como también en el secarral del desierto que alucina nuestras mentes, sólo aliviadas cuando en su delirio se entusiasman ante el oasis redentor.

Vientos que troquelan dunas y mentes en un totum revolutum cual tormenta perfecta que se forja en nuestra presencia, asistiendo por ello y como convidados de piedra y en nuestra indefensión, ante un mar de mares, ora embravecido, ora calmado, en el que nuestro único interés es el de nadar y guardar la ropa, si la ocasión lo merece mientras tengamos resortes para ello.

¡En nuestra pajolera existencia podíamos imaginar de nuestra importancia y en la consideración que nos tienen!

Palabras, apenas palabras y al albur de los vientos.

06 agosto 2014

¿PODEMOS?

podemos

Al saltar de la litera y con sus pies descalzos en el suelo, Ismel, notó que el agua inundaba su pequeña estancia. Su misión de guardián de la bodega en la parte más profunda de la quilla le obligaba a pernoctar alejado de la tripulación.

Salió al largo pasillo y se dio cuenta que junto a una de las cuadernas de estribor, penetraba, aún con escasa fuerza, una brecha de agua en la embarcación. Surcaba perdida por el Antártico tras haber sufrido durante unos días la furia de una voluptuosa tempestad.

Ismel dio la alarma y tras comprobar los oficiales el alcance de la tragedia que se avecinaba, el capitán Meniot los citó en el puesto de mando. Tras informarles de la grave situación, una vez reunidos todos los datos, le dijo al cartógrafo.

-Coge los mapas y junto a un par de tus ayudantes os espero en mi camarote.

A allí sobre la mesa de trabajo dejaron una carpeta anudada con lazos que contenía planos de océanos y mares del hemisferio sur. Tras desplegarlos, apartaron el resto, extendiendo en la mesa tres cartografías que se correspondían con las aguas por donde navegaban.

-Centremos la situación a la que nos enfrentamos -les dijo el capitán Meniot que continuó impertérrito- Después de haber comprobado la imposibilidad de achicar el agua y de acuerdo con la estimación de mis oficiales, en unas diez horas la nave empezará a inclinarse y a partir de ese momento quedaremos en las manos de Dios. Así que no nos queda otra que buscar una isla próxima donde naufragar. Venga, abrid bien los ojos y tratemos de fijar nuestra situación para dirigirnos con los botes a ella. No hay tiempo que perder.

De vuelta al camarote y con el astrolabio bajo el brazo, el  cartógrafo marco el punto exacto dónde se encontraban, dada su pericia en navegar sobre el papel entre grados y cuadrantes con el auxilio de reglas y el recorrido de un compás.

-Este es nuestro punto exacto. No hay tierra a la redonda. Estamos perdidos -dijo el cartógrafo fijando un dedo en el plano.

Cundió la alarma y el capitán Meniot, aterido entonces por el presagio, frunció el entrecejo y guardó silencio.

Los ayudantes escudriñaron con aplomo el mapa y una y otra vez  lo recorrían con los dedos fijando cada centímetro del papel.
Las manos les temblaban y en la sequedad de sus bocas se manifestaba la angustia de su interior.

De repente, al cartógrafo ilustrado le salió un eureka leído en alguna parte y exclamó categórico un exultante vaticinio.

-! Salvados! Ahí está, una isla muy próxima. ¡Tierra! 

El capitán Meniot le miró incrédulo, y pasó el índice de su mano derecha por el mapa, mientras que con la otra se apoyaba en la mesa.

-¿Estás seguro que daremos con tierra?

-Mi capitán,  ¡podemos! – le contestó con energía el cartógrafo

-¿Podemos?, ¿seguro? -Dudó el capitán Meniot- Pues que sea una isla, porque si es una “cagadita” de mosca aviados estamos.