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30 julio 2007

23 julio 2007

VALENCIA: SU BATALLA DE FLORES


A la hora prevista, los carros de combate ocupaban su punto de concentración dispuestos a invadir el cercano campo de batalla. Pertrechados con la munición necesaria para vencer al enemigo, o al menos intentarlo, sólo faltaba la señal del comienzo para la contienda, que, por supuesto, goza de la necesaria autorización municipal. Por lo que el enfrentamiento es legal, y hasta conveniente: al menos una vez al año lanzarse balas de flores, unos a otros, sirve para eliminar nuestro estrés acumulado, o al menos intentarlo.

La soldadesca, soportando el aún tórrido sol de la tarde, mantenía integra su postura bizarra, atenta al primer “tro d`avis" que daría inicio al desfile ante la tribuna de la autoridad, al tiempo que mostraba su poderío al bando contendiente, dispuesto bajo la arboleda a lo largo de todo el Paseo de Alameda. Los caballos, ajenos a la extenuación que les esperaba, mostraban sus adornadas crines. Y las carrozas y las calesas sus mejores galas, ante un público expectante que acudía a tomar nota de las fuerzas, a las que iba a enfrentarse.

Valencia celebra su feria de Julio desde hace más de un siglo, cuando corría el año 1870 en los tiempos de Amadeo de Saboya, creada por motivos puramente comerciales. Llegados los calores veraniegos, la burguesía valenciana abandonaba la ciudad, y para retenerla en sus calles, al menos durante un par de semanas más, por un acuerdo entre los comerciantes y el Ayuntamiento, se creo un festejo anual que fue creciendo con los años. Gracias, sobre todo, a la aportación de nuevos divertimentos algunos desgraciadamente desaparecidos. Como lo fueron, entre otros, las carreras de camareros, las de sidecares, las de roces y también los Juegos Florales. Así como los artísticos pabellones de bailes, donde actuaban las mejores orquestas de su tiempo y cantantes de música pop. Perduran los castillos, las atracciones, los conciertos y las corridas de toros de acreditada Feria. Y con el broche final de una incruenta batalla de flores, cuya primera edición se libró veinte años después de instaurada la fiesta. Su lugar, el de siempre, a lo largo del más apreciado paseo de la ciudad, el situado entre las fuentes de “Las cuatro estaciones” y “Los cuatro elementos”. Ambas, se representan en bellas ornamentas de hierro fundido, que desde finales del siglo XIX marcaron las lindes de la Alameda, menos en la actualidad, cuando el viejo paseo valenciano se ha estirado intentando aproximarse al mar, pero carente en su nuevo tramo de la armonía y belleza del inicial. A pesar de haber perdido éste la frondosidad de antaño.

Siguiendo la tradición de dar más espectacularidad al acto, se inició la velada, ayer tarde, viendo aparecer en el cielo en vuelo parapente, a quienes tomaron tierra justo enfrente del palco presidencial. Ante los vítores y júbilo de todos.

Después del desfile de todas las fuerzas participantes, y entregados los premios a las más artísticas “piezas de artillería”, sonó fuerte en el aire el segundo “tro d`avis”. Fue cuando los clavelones vomitaron su pólvora desde las manos blancas de los contendientes, que, terminado el tiempo de la reyerta, han dejado cubierto el campo de batalla de un manto anaranjado, que no bañado de sangre. Y sin producirse bajas: ni un solo muerto, ni un solo herido, por lo que no ha habido ni vencedores, ni derrotados. Ha triunfado la fraternidad, y todos los asistentes han regresado a sus casas contentos y orgullosos del deber cumplido. La cifra de munición ha superado al millón de proyectiles, dando fe de que Valencia es la ciudad de las flores al menos en ese día, el del cierre de la fiesta de San Jaime, la entrañable Feria de Julio.

No podía faltar, como broche final de tan aguerrido festejo, un castillo de fuegos artificiales. Como tampoco se ha echado de menos desde la hora inicial del festejo y para coger las necesarias fuerzas, los puestos de panojas torradas servidas en el mismo plato verdoso que las envuelve.

10 julio 2007

DOMÉSTICO HIPNÓTICO

De repente noté como si mi cara hubiese tomado la forma de un rectángulo cuadrado semejante al mismo que tenía enfrente, a escasos tres metros, aunque su forma panorámica le daba cierto encanto: aquel que encerraba su peligro. Estaba sentado, tumbado hacía atrás y con mis brazos descansando sobre los de un mullido sofá. Me lo vendieron como de piel de búfalo, dura pero confortable y sobre una de sus orejeras apoyaba mi cabeza, ya cansada de darle vueltas, una vez tras otra, a las siempre malas noticias del día.

En la pared colgaban cuadros de paisajes ya olvidados, quizá por haber dejado de prestarles mi atención dirigida de forma permanente hacia aquel trono de la información, como icono idolatrado. El pequeño ventanal estaba abierto, y a su través, un viento suave abanicaba la cortina y los rayos de luz se reflejaban en mi rostro ignorante por causa de un ligero sopor.

Como siempre, los mismos sonidos y con el mismo fin: el de adormecerme, pues nada nuevo ni original, ni nunca oído, salía del fondo de aquella caja de mensajes interesados que se transmiten sin cesar. Surgen siempre como envueltos en un flash, como el de una máquina digital que cuando llega a mis ojos, los ciega, y sólo el esfuerzo del rostro logra vencer su único destello, porque soy yo quien desea salir en la foto. Pero a su diferencia, aquellos, salidos del interior de un cuerpo sin alma eran constantes, y en su tenaz intermitencia, la adulterada droga servida a domicilio y sin fecha de caducidad conseguía el más audaz de sus propósitos: el de adormecerme.

Cuando me desperté, el viento frío lanzaba la cortina hacía mi rostro, y quien se movía, oscilante, era la lámpara apagada de suave quejido que junto a los demás extraños ruidos, forman los fantasmas que salen y se apoderan de la noche.

Me levanté, encendí la luz y… noté su ausencia. Una fuerte angustia corrió por todo mi cuerpo. Me tiré sobre la alfombra, encogí mis piernas y me abracé fuerte en un amasijo de dolor. Metí la cabeza sobre mis rodillas y rolando como una fiera salvaje, vomitando fuego, golpee donde pude anhelando mi destrucción.

08 julio 2007

LA 32ª COPA DEL AMERICA, LA DE LAS 100 GUINEAS.


Siempre ha existido un antes y un después en cualquier instante trascendental de nuestras vidas y la línea que los separa tan diáfana como indefinida, incluso inexistente a veces, sólo el tiempo se encargará de fijar su trazo, una vez sucedido el gran evento.

Pero ese momento crucial aún lo tenemos en nuestras retinas, cuando tan solo hace cuatro años Valencia fue designada sede de la Copa del América, en fuerte competición con otras sesenta candidaturas que ofrecían su ciudad al campeón suizo Alinghi, carente éste de un mar propio por donde luchar a favor o en contra del viento. Aquel momento significó un antes y un después para Valencia, cuya prueba más evidente hemos comprobado durante los días de la más famosa regata que haya surcado por los mares de la tierra.

Valencia ha cambiado mucho, mucho y muy bien. Valencia se ha estirado hacia el mar en un giro de 180 grados, dándole la cara, cuando siempre lo teníamos a nuestra espalda. Aquella Malvarrosa llena de luz que pintó Sorolla pero olvidada por la ciudad, se limitaba a un pequeño poblado marítimo unido a Valencia bajo las sombras de sus frondosos árboles del viejo camino al Grao, por el que discurrían los tranvías jardinera repletos de gente sólo en los meses estivales, aquellos los del baño. En el lento viaje, quedaban atrás los enormes depósitos de Gas Lebón lindantes a un campo de desechos, de tejados desvencijados y de escombreras polvorientas que ya corresponden al pasado. La Ciudad de las Artes y las Ciencias y toda la modernidad que rodea a la zona, han reemplazado a un solar industrial derruido, cuya única arboleda era la retorcida ferralla aún en nuestro recuerdo.

Y junto a todo ello, nuestra dársena del puerto y sus enormes posibilidades, así entendidas por quienes la consideraron como el mejor lugar, para la mejor y más antigua regata del mundo.

America Cups ha significado un antes y un después, y Valencia se ha metido de lleno en la oferta turística con nuevas propuestas tanto culturales como deportivas, éstas, ya a pocos meses vista. Junto al Museo de San Pio V- considerado como la segunda pinacoteca española, tras el Prado- hemos podido presenciar en los últimos meses importantes exposiciones bajo las bóvedas del Museo de Bellas Artes, del Almudín, de San Miguel de los Reyes, de Las Atarazanas, o en los modernista del IVAM o del MUVIM; como también en otros muchos museos esparcidos por la ciudad, en una oferta cultural pocas veces vista en nuestra ciudad para solaz y enriquecimiento, tantos de quienes nos visitan como para los que aquí vivimos.

Y hemos oído hablar de barlovento y de sotavento, de viradas y de trasluchadas, de ceñidas, de mangas y de los frágiles spinnakers: los que hacen volar a tan sofisticados barcos navegando por el campo de regatas de la Malvarrosa. Hemos visto cómo brazos musculosos, girando sobre molinetes, trataban de sacar el mejor provecho del Garbí, el valenciano viento que tanto enamorara al patrón suizo del Alinghi.

Nuestro campo de regatas se ha abierto al mundo a través de la televisión y del multimedia, con figuraciones virtuales en 3D para mejor comprensión y seguimiento de unas regatas que han finalizado con un nuevo triunfo para el equipo suizo y grandes posibilidades de que sea Valencia quien acoja en sus aguas la próxima edición del 33 America Cups.