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14 octubre 2012

AQUEL 14 DE OCTUBRE DE 1957

la riada de 1957

Habían pasado unas cuantas semanas en aquel ya lejano noviembre de 1957 desde la fatídica jornada en la que hoy se cumplen cincuenta y cinco años. No recuerdo exactamente los días debido al tiempo transcurrido, pero fueron aquellos en los que las aguas inundaban el sótano de mi domicilio. Otras urgencias habían impedido que el servicio de bomberos se prestara a sacar el agua embalsada de la que se desprendía la pestilencia propia de una humedad que aún se mantiene en mi olfato, al igual de quienes conocieron el efecto destructor de una riada que de forma despiadada iba buscando los más bajos niveles, avanzando por la calles de Valencia hasta calmar sus ánimos allí donde pudieron recogerse.
La primera de las dos riadas de aquella noche del 14 de Octubre, sirvió al menos de estado de alerta a una población ignorante de la que tal y como iban avanzando las horas y en avenida creciente se iba a producir. Mediado el lunes, sus aguas se adueñaron de un cauce amurallado saltando sus fuerzas sobre los pretiles e invadiendo la ciudad para alcanzar cotas superiores a los cinco metros en diversos puntos de Valencia.
Riada, desolación y ayuda. Auxilio que fue llegando de toda España y allende nuestras fronteras a una ciudad, que si bien ya conocía por años anteriores de los efectos devastadores de un río tranquilo en la mayor parte del año, nunca hasta aquella fecha lo había hecho de tal magnitud. Se hizo bueno el refrán de que “si el río suena, agua lleva”. Pero en aquella ocasión el refranero se quedó corto y más que sonar sus aguas, lo que hicieron fue arrasar la ciudad en su casi totalidad. En especial en su centro histórico y en los poblados marítimos.
Riada, desolación y la conocida como “la batalla del barro” que desde los Cuerpos del Ejército y voluntariados, tanto locales como foráneos, se dedicaron con denuedo y sin fatiga a su triunfo para recuperar el pulso de una ciudad en la que pasados los años aún quedan huellas de aquel poder de unas aguas ignorantes de su daño potencial, pero que convulsionaron a toda España y a la sazón la hermanó en su generosa ayuda hacia el damnificado valenciano.
Gozo del que por desgracia jamás supieron el casi centenar de muertos, victimas de aquella riada de un 14 de Octubre de 1957, cuyo recuerdo y significado pervivirá para siempre.
De aquel barro y del hedor de sus aguas, ya les he hablado; pero el recuerdo tan penetrante del putrefacto humedal que emanaban aquellas aguas estancadas, se mantendrá inconfundible.
Y quiérase sea por última vez, gracias y en especial a la conversión en un magnifico, largo y extenso jardín urbano cual testigo de aquel río Turia, seco de aguas siempre, pero que cuando rugían, lo hacía embravecido.

07 octubre 2012

EL TEDEUM DEL “9 DE OCTUBRE”

el tedeum del 9 de octubre
Una vez lograda la Reconquista del Reino de Valencia por las huestes de Jaime I el Conquistador, el primer hecho puntual llevado a cabo en acción de gracias, fue la celebración de una misa en un lugar anexo a la entonces Mezquita Mayor que luego pasaría a convertirse en los cimientos de la actual Catedral de la Seo.
Puede considerarse también como el primer acto oficial celebrado en ocasión del nacimiento de un nuevo reino cristiano que ha llegado hasta nuestros días con el nombre de Comunidad Valenciana, dentro de la nación española de la que forma una parte sustancial.
Y precisamente y en recuerdo de aquel día, es cuando cada “9 de Octubre” se celebra la efeméride del paso de un reino musulmán a otro que se convirtió en cristiano. Y se conmemora con un “acto cívico” que consiste en pasear la Senyera valenciana por el centro urbano de la ciudad con su destino final en el Parterre para rendir homenaje al Rey Conquistador, quien sentara las bases para la construcción de un nuevo Reino, libre e independiente, pero dentro de la Corona de Aragón.
“Acto cívico” que por ser en recuerdo de una conquista cristiana y como no puede ser de otra manera, se celebra con un Te Deum en el interior de la Catedral, allí donde Jaime I rubricó su conquista.
Cuesta creer que precisamente por aquellos que se muestran más empecinados con sus pretensiones de nación valenciana y precisamente por su nacimiento, según ellos, por obra de Jaime I (como si el reino valenciano no hubiera existido con anterioridad) se nieguen a celebrarlo tal y como el Conquistador quiso.
Negativa que más bien necesita de un estudio psicológico y al mismo tiempo psiquiátrico, toda vez que sobre sus mentes ofuscadas, con seguridad perversas, el que les repela un acto cristiano que es el que corresponde en razón a la historia, el que a la sazón les produzca fuertes sarpullidos, igual de cierto es que sea como consecuencia de un vacío cultural tantas veces demostrado.
Si de coherencia se tratase, poca se le puede pedir a la izquierda valenciana que confunde la magnesia con la gimnasia; y que por ser victimas de un vacío mental incuestionable en este caso, su incapacidad para justificar tal actitud se pierde en la nada: en la razón de la sinrazón, en el desacierto.
Sin embargo, y como en cualquier desaguisado siempre hay un gramo de cordura, Joan Calabuig, se ha ofrecido a llevar el más querido de nuestros estandartes hasta el mismo sitio en el que un día Jaime I mostró sus credenciales.
Le va a ser muy difícil sostener que lo hace en nombre de su partido, siendo lo creíble que su decisión haya sido a titulo personal y en actitud que le honra. Dicho queda.
Entre tanta miseria como la que se acumula en una ideología que repele a la más elemental de las inteligencias, especialmente por razones similares a la que nos ocupa, la actitud del candidato socialista a la Alcaldía emerge con la dignidad que su partido necesita.
Esperemos que la razón de su entrada en la Catedral no haya sido la de un acto electoral, pues la celebración se lo merece.
Como tampoco es de recibo el desprecio a Jaime I que sus amigos de partido ostentan por su negativa al acto.
¡Pero cuán memos son! ¡Pardiez!










16 septiembre 2012

OTRA VÍCTIMA: LA FALLA DE LA CALLE AZCARRAGA

la justicia que tenemos
Un juez ha imputado al presidente de una falla por su responsabilidad, por otra parte indemostrable toda vez que no la tuvo, en la existencia de material pirotécnico en una furgoneta ajena a su propiedad y que por otra parte, el material en ella almacenado, ni había sido requerido por la Comisión, ni sabía ésta de su existencia. Material explosivo que no iba destinado a su falla, y que pese a ello, un juez se atreve a imputar sin prueba alguna al representante de una comisión fallera por un hecho en el que la misma no ha tenido participación alguna.
¿Ante qué clase de jueces estamos enfrentados cuando se habla de políticos corruptos, de empresarios ansiosos, de funcionarios oprimidos, y de tantas y tantas cosas por las que dejamos aparte el sector de los jueces a quienes en tantas ocasiones hay que darles de comer aparte por la chulería en la que actúan?
De la misma manera que un abogado defensor pide la libre absolución para su patrocinado a sabiendas de que ha cometido el peor de los delitos, en lugar de buscar en el código penal aquellos atenuantes que le sirvan para poder reducir su pena, de la misma forma, existen jueces capaces de sentar en el banquillo a una persona decente, a sabiendas de su inocencia, por la única razón de por si acaso hubiera alguna ventana tendente a su condena.
Que los Jueces no están para resarcir a las victimas, sino para condenar a los culpables. Y que luego cumplan la integridad de sus penas cuando hay cargos más que sobrados para ello. Obligación que no cumplen.
Y así está nuestra sociedad, en la que cada vez está más necesitada de jueces dispuestos a condenar al culpable y dejen de perseguir al inocente.
¿No se dice que la perversión existente en nuestra sociedad, es el fiel reflejo de nuestro tiempo?
Pues ahí está los jueces, al que también pertenecen.










12 marzo 2012

EL ORIGEN DE LAS FALLAS

Hipotética antigua falla. Dibujo del autor
Valencia y sus fallas. Fiesta del Arte e Ingenio con reconocimiento internacional que desde el momento de su “crida”, invitación a todo el mundo a su disfrute y hasta el día de la “cremá”, cuando el fuego limpia las ridiculeces del ser humano teatralizadas mediante los “ninots”, conforma una actividad que da relieve y trabajo a quienes a ella contribuyen.
Rafael Solaz, bibliógrafo y documentalista, me brinda la posibilidad de dejar de su mano el origen de la por excelencia fiesta josefina.
Quién mejor que tan ilustrada y generosa pluma. Corresponde a esa clase de personas que los valencianos reconocemos como: ¡Es un home bo!
EL ORIGEN DE LAS FALLAS
Hasta ahora la teoría más divulgada del origen de las fallas con “ninots” gira en torno al “estai” o “parot”, aquel artificio que se utilizaba en las carpinterías para sujeción de los crisoles que, cuando pasaba el invierno, era sustituido por uno nuevo y echado a la hoguera junto a las virutas del propio taller. Y se dice de la participación “dels fusters” y su costumbre de realizar fallas la víspera de su patrón Sant Josep, incorporando ropas viejas al “parot” y surgiendo así el ridículo “ninot”. Esta aseveración parte del último tercio del siglo XIX y no tiene ningún fundamento histórico. Más bien parece una leyenda en el afán de explicar de una manera romántica cuando las fallas pasaron de ser simples hogueras a tener añadidos elementos decorativos o figuras. El “parot” no era uso exclusivo de los carpinteros ya que, es lógico, que cualquier artesano lo tuviera en su obrador para colgar en él los indispensables crisoles que ofrecían luz a la estancia. Así ha llegado esta leyenda hasta nuestros días aumentada por autores que van copiando de forma continuada esta suposición. No hay documentación histórica ni apoyo riguroso que permita sostener esta tesis popular.
NO OBSTANTE, la participación de los carpinteros fue directa por su relación con la materia combustible, la madera, y también por la coincidencia de la celebración festiva a su santo patrón, Sant Josep. Eso sí, discrepamos en la incorporación del “parot” como estructura del “ninot”.
EN RELACION CON LOS FUEGOS de Valencia diversas crónicas de los siglos XIV al XVII detallaron relaciones festivas y actos conmemorativos en los que la presencia de hogueras y luminarias se convertían en elementos imprescindibles de la celebración. En todo festejo que se apreciara se encendían por las noches hachas, antorchas y hogueras que proporcionaban a la ciudad una imagen radiante, destacando los edificios, como lámparas que iluminaban toda la urbe. Era sin duda un signo elocuente de festejo o acontecimiento extraordinario, una forma de de convertir la noche en día, la ciudad vestida de luz para la fiesta, para la celebración de diversos acontecimientos que atraían mucho.
EN EL SIGLO XIV ya se tienen noticias sobre la presencia de alimaras o “fallas” (hogueras) en diversos puntos altos de la ciudad, como eran las torres de las iglesias o las terrazas de los edificios. Unos años antes de la construcción del Micalet se instalaban en el cimborio de la Seo y en las torres de la Casa del Consell. En 1404 se colocaron luminarias sobre las recién construidas torres del Serrans y en 1413 sobre el torreón de la puerta de Sant Vicent. En 1438 se encienden, por primera vez, este tipo de fuegos en el “campanar nou de Seu” (Micalet), cuando se mandó por un pregón que “se fasen alimares por tot arreu a la fin de donar alegría al poble” con motivo de conmemorar el segundo centenario de la entrada de las huestes de Jaume I, según recoge el Manual de Consells.
POR LA VISITA REAL EN 1458 se celebraron fiestas y, entre otros actos, se acordó que: “la nit que entrara lo dit Senyor sien fetes alimares per los campanars e torres de la ciutat e cases de singular, axi con si fos la festa de Sant Dionis”. Era la época en que se hacía “foch artificial” a base de alquitrán, “oli de ginebre e polvora”, conjunto de ingredientes que se empleaban para provocar las quemas. Y así hasta multitud de noticias referentes a “iluminaries, focs i alimares”.
TAMBIÉN APARECE la palabra “falla” y “falles” para citar la hoguera. Dos ejemplos en sendas obras bien conocidas: Joanot Martorell, en su universal novela “Tirant lo Blanc” (1490), habla de “falles enceses de foc cremant les potencies de la natura”. Jaume Roig, en su “Spill llibre de les dones o Llibre de Consells”(1531), cita: “fonch foch les falles o al cap sens falla/bel am senti”. Otra vez se refiere a una delicada mujer que le cayó una brasa encendida sobre las ropas: “caich la canela/ feu be la vela/ per les tovalles/ deixá hi fer falles/ e flamejar”, y otra, al gran regocijo que “grands grits sens falla/ feren abduy”.
ANDREU MARTÍ DE PINEDA en su obra “Consells a un casat” (siglo XVI), sobre cómo vigilar a su esposa, le recomienda: “en les bodes y esponsales/ estiga poquet y ab vos/ y en veure encendre les falles/ dels jochs, dances y rialles/ tomeu a casa los dos”. El historiador Manuel Danvila, en su libro “La Germanía Valenciana”, cita un documento de 1535 en el que los moriscos gozaban de cierta tranquilidad después del alzamiento popular que ocasionó la guerra llamada de “Las Germanías”. Decían: “¡Alegraos, moretes, y haced alegrías y fallas!”.
UNA DE LAS PRIMERAS NOTICIAS sobre el alzamiento de una “falla” realizada por valencianos en el extranjero, ocurrió en Roma en 1501 con motivo de la boda de Lucrecia Borja con Alfonso de Este. Muchos de los valencianos que integraban la corte y tropas de Cesar Borja construyeron un magnífico castillo de madera que se plantó en la Plaza de San Pedro, al que posteriormente prendieron fuego.
EN 1538, celebrando el tercer centenario de la conquista de Valencia, se instaló una falla que costó 45 “sous” pagados a Tomás Roig, según consta en el libro “Sotsobrería de Murs e Valls”. En 1544 se plantaron “falles en la Plaça de la Seu. Botes plenes de llenya i aguantades per vigues posades de peu”. Estas noticias son bastante interesantes ya que citan fallas realizadas sobre una viga y coronadas por una bota llena de leña, unas quemas que atraían la atención de “grandísima gent”. También es de interés, por su valor toponímico, la localización de estas fallas instaladas sobre el área de la Seu: plaza de la Puerta de los Apóstoles (Micalet), calle de Cavallers y plaza de Sant Bertomeu (actual Manises). En 1599 por las fiestas celebradas en Valencia con motivo de la boda entre Felipe III y Margarita de Austria se citan hogueras instaladas sobre una parrilla de hierro, lo que daba a la “falla” cierto carácter monumental en su alzado respecto al suelo. Y así multitud de noticias más.
CON TODO, no se sabe muy bien cuando fue la incorporación de las efigies, figurones, bultos, monigotes, muñecos, “monyicots” o “ninots”, éstos últimos de clara etimología valenciana, ya que al juguete que representaba a un niño, se llama “nino”, “ninots” o “ninet”; a una niña “nina”, “nineta” o “ninota”. Antiguamente se hacían de madera, pasta de papel, cera, cartón o trapos. Si se trataba de un muñeco de figura defectuosa y ridícula, con adorno mal hecho o mal pintado, con carácter de extravagante y de mayor tamaño, a semejante mamarracho se le llamó “ninot”, término de burla muy empleado por artistas, sobre todo por los escultores.
UNA COINCIDECNIA en las primeras noticias sobre los “ninots”: eran de tamaño natural, estaban confeccionados sobre una estructura ligera (listones de madera), rellenos de trapos, vestidos con trajes a la moda o “trajes adecuados”, muchas veces con dibujos ridículos; sus rostros se representaban por medio de una máscara de cartón -ya empleada en los teatros y en la celebración de las danzas de “carnestoltes”- y otros elementos como el cabello eran realizados aprovechando la paja de rellenos. Voces contrarias a esta celebración clamaban ante este conjunto satírico que, según decían, representaba “diferentes asuntos que merecían la censura pública”.
PARECE SER que con los ridículos monigotes se organizaba una comitiva que recorría las calles, con el general divertimento, antes de ser lanzados a la hoguera. Por el tiempo comenzaron a colocarse en la propia estructura monumental entre los troncos y las maderas que servían de combustible. De ahí tendríamos el inicio de la falla con la incorporación de una figura. Almela y Vives y Sanchis Guarner citan que en 1751 ya se hablaba de seis o siete fallas con “figuras de bulto muy bien hechas”, sin aportar la referencia documental. Incluso se dijo que fue el notario Carlos Ros quien escribió unos versos satíricos sobre al menos dos de estos catafalcos. Algunas fallas tuvieron movimiento por medio de un mecanismo accionado manualmente.
¿LAS FALLAS son reminiscencias de los antiguos rituales a los dioses de la gentilidad? ¿Fuegos para celebrar la entrada de una nueva estación y de paso purificar todo aquello negativo? ¿O verdaderos Autos de Fe en contra de la presencia borbónica de principios del siglo XVIII? ¿O simplemente, en algún momento, se decidió colocar un “ninot” en una de las hogueras sin otro fin que ridiculizar y criticar a determinadas personas o estamentos? El verdadero origen de las fallas está por estudiar.
LOS VIAJEROS que nos visitaron a principios del siglo XIX, Lady Holland (1802), Fischer (1804), Laborde (1809) o Biñeque (1819), ya presenciaron y describieron aquellos “teatros y tablados con figurones”. Por cierto éste último preguntó a los ciudadanos cuál era el origen de las fallas. Nadie le supo contestar, dijeron que era costumbre que venía de muy antiguo.
Rafael Solaz
Bibliófilo y documentalista
“FALLAS VALENCIA 2012”
Publicado por LAS PROVINCIAS
Foto: Falla de cuando se incorporó el “ninot” imaginada por el autor.

09 marzo 2012

LA QUE FUE MI CALLE

calle de buen retiro
Fue una vuelta atrás en el tiempo. Sesenta años; toda una vida.
Era la primera vez que desde un autobús urbano recorría las calles de mi infancia. Ignoraba su trayecto, tan solo que me trasladaría al centro de la ciudad atravesando las grandes vías que en el último decenio han transformado sus arrabales, y lo que antes era huerta ahora es una zona urbana de grandes edificios diseñados desde la modernidad.
Mas de repente, el bus, dio un giro a la izquierda y avanzó por una calle no olvidada en la que aún existían pequeñas casas de una altura. Planta baja con vivienda y escalera a la de arriba con su repique de aldaba. Mis recuerdos manaban según avanzaba por aquel lugar llenos de nostalgias en el que igualmente existían las vías por las que antaño pasaba el ferrocarril de vía estrecha sustituido por el moderno tranvía cuya ruta compartía el bus donde pegado a la ventana me llegaban cada vez más vivas mis primeras correrías.
Lo presagié. De repente giró a la derecha y me encontré de lleno en “la que fue mi calle” donde mis ojos vieron la luz por vez primera. Mis años de infancia transcurrieron en ella, pero, de la misma sólo queda su nombre. El lado izquierda era todo de huerta y el de la derecha un bordón de casas que si algo tenía en común es que eran viviendas. A su principio, tres o cuatro casas tipo chalet con un pequeño jardín a su entrada a las que continuaban seis de una altura: una de ellas habitada por mis padres en cuya planta baja nací. Continuaba el lado derecho con un trozo de huerta que lindaba a un nuevo edificio de más alturas; cuatro o cinco, no lo recuerdo bien. Luego más huerta y otra vez una par de casas que daban fin a la calle.
En la calzada, que era de bajada, no había asfalto. Sólo tierra dura en las que mis rodillas y brazos sufrieron sus primeros arañazos como fruto de los juegos. Y no era plana, pues junto a las casas, su altura más elevada formaba un desnivel que más plano y ancho era cuando lindaba también a la derecha con un trozo de huerta. Allí, en aquella planicie dábamos patadas al balón de trapos intentando meter el gol entre unas porterías indicadas con piedras.
El bus pasó veloz la ahora pequeña calle, que en aquellos años era como un campo abierto, enorme, sin puertas, por cuyos ribazos nos perdíamos buscando algún frutal.
El margen izquierdo, les decía, era de huerta, pero en bajada; por lo que se iba formando una ladera cada vez más empinada que daba fin en una trasera: la casa de mis abuelos junto a la carretera.
Si aquel paso en el bus duró segundos, mi mente se paró en el tiempo: pero en aquel.
Un sinfín de sensaciones acudieron a mí como no buscadas, en “la que fue mi calle” como si en ellas mismo disfrutara de aquellos años felices en los que con un balón de trapo destrozaba mis zapatos, o cuando desde la parte mas alta del ribazo subía el “cachirulo” que al hacer “fil trencat” me obligaba a correr por la huerta a su encuentro. Muchos, muchos juegos de calles pasaron a velocidad de crucero, al igual que de aquellos primeros amigos que desde entonces apenas he visto, pero que se aparecieron en mi recuerdo.
Fue mi calle.

03 marzo 2012

LA REALIDAD DE LA “PRIMAVERA VALENCIANA”

Sobran las palabras. Sobra quien inició el invento y sobran quienes a él se han abanderado. Todos sabemos quienes son.

11 agosto 2006

LA CALLE DE BUEN RETIRO

“al churro media manga mangotero”…

Era muy importante para un aspirante a banquero tener un buen patrimonio y más en aquellos tiempos de penuria cuando los créditos estaban mal vistos o simplemente no existían. Sabíamos la hora en que paraba el tren en la estación y allí acudíamos a la caza de viajeros para pedirles el billete usado. Era un billete de cartón duro y perforado como señal de haber sido utilizado en su viaje de cercanías. Eran de varios tamaños y los había hasta de colores siendo la mayoría grises. Eran los “caicos”, y si llegabas a completar hasta los bordes una caja de zapatos, ya te podías considerar banquero y ser el dueño del juego.

Los finales de los años cuarenta juntos los inicios de los cincuenta fueron para mí los de los juegos en la calle. “La calle” se convertía en el lugar más apasionante en aquellos años infantiles a la que acudíamos con multitud de propuestas. Eran fruto de tradiciones que venían de nuestros padres y también de nuestros abuelos. Costumbres que ocupaban nuestras horas de juegos en las que no había tiempo para el aburrimiento. Sensación ésta desconocida para todos, pues la más usual era la del agotamiento junto con el dolor producido por algún chichón, producto de alguna pedrada, convertido en meritoria herida y blasón de guerras imaginarias. La calle se prolongaba hasta el anochecer en los meses veraniegos, cuando se buscaba la “fresca” exenta de temores a peligro alguno. En la calles no habían coches en aquellos días de mi infancia. Eran como grandes estadios abiertos para el disfrute de unos juegos en los que todos participábamos. Era el lugar de encuentros en donde todos conocíamos a todos y que ante cualquier desmán o necesidad de la chavalería era corregido o atendido raudo por cualquiera de la vecindad. El sonido de una sirena que anunciaba el fin de la jornada laboral, nos indicaba la hora de la merienda: la más habitual, la de bocadillo de pan y chocolate. Tras ella, la vuelta a los juegos era el tiempo de las revanchas o del cambio de la distracción. 

Los juegos de temporada ocupaban todo el año: los había de tardes cortas, las del invierno, y mucho más largas, en las del verano. Y eran en éstas, ya libres de la escuela, cuando con mayor profusión gozábamos con aquellos pasatiempos.

Como con los juegos de birlas; o los de canicas o al gua y con los bolsillos llenos de bolas de piedra o de barro o de cristal. Como cuando íbamos a saltar acequias en busca de chapuzones; los juegos de botones (con mi Zamora de gabardina); o jugar a escondites o capitules; a la una la mula; al churro media manga mangotero; a correr el aro; a robar tomates; a las chapas; a las guerras con canutos o cerbatanas y los arcos tensados; a las de tiradores hechos con pequeños troncos o recios alambres y las espadas de madera. Y a hincar la lima; a subir los árboles, sobre todo los frutales; las meriendas de higos y moras cuando era la temporada. Y los juegos de cucañas: romper pucheros, carrera de sacos; la velocidad de los patines de roces; la pericia en empinar cachirulos pascueros; los cromos, con sus juegos y cambios; las carreras y “samboris”; las batallas de arcas (¿de arcas o de harcas?). Y siempre el fútbol, convertido en el juego rey; y la caza de pajarillos y lagartijas; y a romper trompas (la mía de carrasca y clavo de piano); el fútbol de arbellones; los estribos de tranvías, y… muchos más juegos. Y en todos ellos, variantes a raudales.

Un tiovivo popular desordenado e ilimitado a la imaginación, formaba todo aquel conjunto de juegos en los que la amigable confrontación, el deseo de triunfo o la aceptación de la derrota, así como el liderazgo o el papel segundón, iban formando nuestra personalidad. Y las tardes de los domingos que las ocupábamos en la plaza de la Iglesia para recaudar unas perras, chicas y gordas, de los “padrinos roñosos” en ocasión del bautizo de un nuevo vecino. No eran aquellos, tiempos de bicicletas, pero si de paseos en carro, aupados sobre los sacos y demás aperos de labranza, aprovechando las idas o llegadas del labrador hacia los cercanos campos de la huerta.

Todos aquellos juegos fueron ocasión de grandes disfrutes en nuestras vidas. ¿Lo más importante?, la innecesaria aportación económica, pues cada uno participaba con los útiles que tenia y sólo de ellos, dependía el juego. Resultaban juegos baratos pues únicamente la imaginación era el necesario coste para la distracción.

Los días abrileños de Pascua eran los más esperados. Los de las meriendas en “la alegría de la huerta”: las del saquito con la “mona” y los huevos duros coloreados, y que junto con la lechuga, con la longaniza pascuera y la “llimoná” completaban el sencillo festín. Tardes de fiesta que terminaban con los saltos de cuerda y los juegos de prendas. Eran días en los que niños y niñas cogidos de la mano participábamos en juegos infantiles vestidos de juveniles ensueños. Aquellos días significaron para todos, hechos ya unos mozalbetes, el inicio de guiños o los principios de sensaciones extrañas: eran más bien la ocasión de pellizcos y de algún beso furtivo, ganado al vuelo, pues era el precio a pagar en las prendas tras el juego de la gallina ciega y la correa, o el san vicen con sus “chinches y caparres” .

Las tardes cortas de invierno, en las que el anochecer llegaba rápido, eran las mejores para las horas de trampas al peatón, en las que asustarles con cualquier broma que terminaba embadurnando sus ropas, eran motivos de risas y algún que otro enfado.

Todo aquello era un conjunto de divertimentos en los que la distracción estaba asegurada para todos. Lamentablemente han desaparecido de nuestras calles sin haberlos sustituido por algo semejante. El nuevo hábitat urbano, la motorización, la inseguridad y la multitud de peligros, hacen que la calle deje de ser aquel pabellón abierto a la imaginación. Ejercicios aquellos que se convertían en el primer impulso de nuestras vidas, convertido en un resorte que incidía en el mejor desarrollo de nuestra personalidad, gracias a las habilidades individuales de cada uno y a los deseos de sobresalir en aquellos juegos callejeros.

Mayo 2005