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18 septiembre 2007

LA ISLA DE LANZAROTE


El avión empezó a moverse a la hora fijada, avanzando lentamente con la velocidad de una tortuga bajo cuyo caparazón sólo se escuchaba el clic de los cinturones, como también algún que otro hormigueo solo sentido por quien en su interior se cobijaba. El piloto, que había puesto rumbo a Lanzarote nos deseo un buen viaje, y todos dijimos o pensamos: así sea.

Al poco tiempo, identifiqué la central nuclear de Cofrentes cuyos cilindros eran como dos ojos en los que imaginé un leve guiño de despedida deseándome un feliz viaje, correspondido con una leve sonrisa y mi afecto personal. El que se merecía una zona visitada con frecuencia durante mi etapa profesional, ya dejada atrás en el tiempo pero no en el olvido.

Los borreguitos de lana marcaban el camino y viendo sus blancos lomos más parecía que estábamos quietos flotando sobre un rebaño interminable, a cuyo través, íbamos dejando atrás pueblos y montañas, unas tras otras, y cuyo trenzado nos transmitía una necesitada sensación de paz. La relajación fue en aumento cuando un infinito lecho de algodón, cual alfombra plomiza, nos envolvió, entrando por aquella madeja de la que al poco salimos, al azul de un día límpido y esplendoroso. La ciudad de Cádiz, inconfundible tacita de plata, era como el badajo que nos franqueaba la entrada al océano abierto, rumbo al archipiélago canario, que cuando apareció ante nuestros ojos, una hora más tarde, tenía el aspecto de una piel curtida tapizando la mar.

El hotel elegido para nuestro descanso es un remanso de paz sobre el mar, en una costa sin playa, de brisa suave y constante, próxima a un puerto náutico que se ha puesto de moda, en una isla creada por una erupción volcánica – como todas las canarias- hace millones de años. En sus magnificas instalaciones pasamos los dos primeros días de nuestra estancia gozando de sus piscinas y de sus zonas de relajación, allí donde las prisas tienen prohibido aparcar.

Nuestra primera excursión fue hacía el archipiélago Chinijo, al norte de Lanzarote. Está formado por cinco pequeñas islas, reserva marina, declaradas parque natural. La principal es la Graciosa, con su pintoresco poblado de La Caleta de Sebo de callejuelas tranquilas habitadas por muy pocas familias y de un gran atractivo turístico en los meses del verano. Habíamos embarcado en el puerto pesquero de Órzola, a los pies del volcán de la Corona, el más importante de Lanzarote, originario de unas cuevas volcánicas que se pierden en la profundidad del mar y que días más tarde visitaríamos. Abandonamos La Caleta de Sebo rumbo a la pequeña “playa de los franceses”, donde fondeó el barco y con una pequeña barquita nos fueron dejando sobre la blanca arena para disfrutar de una hora de baño. La playita está a pie de otro volcán, cuyas laderas muestran una gama de colores rojizos amarillentos, que en contraste con el azul intenso de la aguas, dan al pequeño paraje el encanto y brillo de las gemas preciosas recogidas en los cuencos de las manos.

Tras bañarnos en la playa de fina arena incrustada de piedras negras, lagrimas nacidas del cercano cráter, nos recogieron hacía el barco donde nos habían preparado una comida para reponer las fuerzas. El estrecho que separa Lanzarote de La Graciosa se llama Río y por sus aguas volvimos al embarcadero, ya de regreso al hotel. Este trayecto tiene como principal atractivo el alto acantilado de la costa lanzaroteña, donde se ubica en lo alto, el Mirador del Río una de las tantas huellas artísticas esparcidas por toda la isla gracias a la obra de Cesar Manrique, el genial arquitecto, pintor, ecologista, escultor y creador del paisaje de Lanzarote, al que sus paisanos le consideran como un Dios, sin cuya impronta sería impensable la peculiar belleza de su hábitat, único en el mundo. Manrique demostró que naturaleza y mano de hombre pueden ir unidas, siendo necesario tan solo la pasión por la tierra donde se nace. Él vino al mundo en Arrecife, amor que alimentó su talento. Murió cerca de su Fundación, en un accidente de automóvil, vehículos cuya proliferación él tanto detestaba, en una jugada ingrata a merced del destino que no pudo evitar. Quizá la única vez en su vida que no pudo cambiar a su gusto los caprichos de la naturaleza.

Al día siguiente visitamos el Parque Nacional del Timanfaya de características únicas en el mundo, además de ser un importante centro de estudios volcánicos y lugar permanente de toma de datos para un mejor conocimiento de los caprichos que se producen en los sótanos de la tierra. Al visitarlo, nos asombró su belleza diferente a todo lo visto, su exquisito cuidado, su limpieza y el genial paseo a lo largo de un paraje que más parecía la superficie lunar sin necesidad de ningún traje espacial. Dentro del parque está el Islote de Hilario, un lugar donde nos ofrecieron diversas pruebas del calor existente bajo la tierra, a través de sus hervideros con diferentes manifestaciones que nos produjeron exclamaciones inesperadas. Se llama de Hilario porque en ese lugar vivió un ermitaño durante más de cincuenta años, en los que plantó una higuera que jamás dio fruto. Su tronco ha quedado como testimonio decorativo en el interior del único restaurante dentro del Parque Nacional.

La Isla de Lanzarote fue conquistada por el normado Juan de Bhthencourt para la Corona de Castilla en 1402, y a lo largo de los siglos XVIII y XIX se produjeron las últimas erupciones en sus más de trescientos volcanes. Algunas de ellas son conocidas con detalle, y en especial, las iniciadas en 1730 durante seis largos años, gracias a los manuscritos del cura de Yaiza, pueblo galardonado como el más limpio de España, quien narró con todo detalle la magnitud de aquel desastre, informando de lo sucedido al Cabildo de la Isla. Ya en 1824, se produjo la última erupción en el Islote de Hilario estando callado desde entonces.

Visitamos un túnel volcánico, el de la Atlántida, el mayor tubo volcánico del planeta nacido en el Volcán de la Corona. Llega hasta la costa en un recorrido de ocho kilómetros adentrándose hacia el fondo del mar otros dos kilómetros más. De su conocimiento fue posible gracias a la Cueva de los Verdes y los Jameos del Agua –lugar al que volvimos en visita nocturna- oquedades abiertas de forma natural y que abrieron al mundo su existencia. En esta última, la genial imaginación de Cesar Manrique ha dejado su mejor testimonio, dándole una gran espectacularidad a lo que fue un río interno de lava. Estas cuevas fueron el lugar donde se escondían los aborígenes de la isla en los tiempos que los corsarios los buscaban para venderlos como esclavos.

Una rápida visita a parajes de gran belleza, como El Golfo, tan peculiar y único, donde desde el mismo borde de un semicráter que da forma a la cala nos deleitamos viendo al fondo el Largo Verde, junto al mar y en torno a un paisaje multicolor; la ascensión al Mirador de Haría, con su impresionante vista; al placer de un arriesgado paseo a dromedario pese a la docilidad del animal pero cuya sujeción no dependía de él; y visitar la zona vitivinícola de La Geria, degustación incluida, nos ocupo el resto del día. Su recolección se produce gracias al agricultor lanzaroteño, conocido como mago, por su imaginación para vencer las dificultades de la ausencia de agua y la presencia de los vientos alisios, condiciones adversas que superan y aprovechan con su ingenio. Para ello, utilizan la tierra y piedras volcánicas, tanto para almacenar bajo tierra la humedad nocturna, como para protegerse de los vientos en unas construcciones de piedras negras en forma de arco que llaman taro, nominadas así, gracias a otra de las muchas genialidades de Cesar Manrique. En la tierra cavan una especie de cráter para cada cepa, lo cubren con una capa de tierra negra que evita la evaporación allí almacenada y el taro en forma de arco y situado en contra del viento, la protegerá y hará posible la recolección de una uva malvasía fruto de un vino blanco que nos encantó.

Quisimos conocer de Fuerteventura su famosa y extensa playa de Corralejo, donde pasamos un día estupendo gozando de su agua limpia, más cristalina que nunca, que nos permitía contar los granos de arena del fondo en los momentos del baño, así como caminar descalzos sin abrasarnos por sus extensas dunas a lo largo de tan blanca playa. Fondeamos junto a la Isla de los Lobos, Parque Natural, donde disfrutamos de los juegos náuticos gracias a los más osados compañeros de viaje.

Durante ochos días hemos disfrutado de la Isla de Lanzarote, teniendo tiempo más que suficiente para descansar en el hotel, con su esplendido buffet cada noche de cocina diferente; dar unos ligeros paseos por Puerto Calero y realizar algunas compras en Puerto del Carmen, las obligadas siempre en cualquier viaje.

Lanzarote es una Isla carente de agua dulce, por lo que potabilizan la del mar. Los días de lluvia son muy pocos al año y los vientos alisios posibilitan una temperatura agradable. Cada una de las Islas Canarias es diferente al resto y sus variadas peculiaridades invitan a un nuevo viaje, esperemos que no sea muy tarde.

3 comentarios:

Clavedesol dijo...

Que bonito de relato!!!
Me alegra comprobar que te lo has pasado bien en este viaje.
Gracias a la descripción de los lugares, que, con tanto detalle y documentación aportas, podría decir que he estado allí!
Un beso.

Anónimo dijo...

Al leerte he recordado mi viaje del pasado año a Lanzarote. Aunque mi Isla favorita es Tenerife en su lado norte, Lanzarote es uno de esos lugares que jamas se pueden olvidar . ¿Subisteis en camello? Espero no os perdierais esa bonita experiencia.

No se si sabre hacer que te llegue esto ya que parece ser que ultimamente mis mensajes no llegan a ninguna parte....
Saludos

Anónimo dijo...

cuanto me alegro que te haya gustado la isla