
Y de seguro que está en lo cierto, porque a la magia del blanco y negro, en la que de las sombras surgía el resplandor de una diosa turbadora o la mirada atrevida de un galán, conducidos por las manos de geniales directores, alguno de ellos encumbrados a la gloria de dioses por sus seguidores más creyentes, tuvo su continuidad el tecnicolor, el que daba brillo de estrellas a las más excelsas figuras del mundo del celuloide.
Quizá fuera esa la linde que anunciara el declive del cine bueno, a corto o largo plazo: algo así como una muerte anunciada, cuyos primeros síntomas fueron el cinemascope y la tercera dimensión – ésta más bien un puro nonato- como avanzadillas de una tecnología que más tarde iba a inundar la pantalla, y en la que en las grandes producciones, las tecnología virtual y el photosop, iban a dar una patada a la cámara atenta al guiño de un ojo provocador, a la boca chulesca credencial de orgullos y traiciones, al estudio con sudores de alcoba, o a la historia simple, rural o urbana, pero al mismo tiempo llena de intrigas, o de triángulos amorosos que encandilaban al espectador.
La antaño magia del cine, limpia como las manos arremangadas de quien con las cartas logra lo inexplicable, ha dado paso una tecnología a la que el cine se ha rendido a sus pies; mientras que desde la platea el asombro desaparece en los ojos de quienes ven en la electrónica el derrumbe del neón, el que sinuoso, anunciaba a la diva y al galán, en un mundo de claro oscuros que daba paso a una cinta genial.
La auténtica magia del cine pasó pues a mejor vida, como aquellas grandes salas de estreno o de sesión continua que marcaron una época irrepetible y que por unas u otras han causas han ido desapareciendo de nuestras vidas, sustituidas aquellas por las multisalas de palomitas y coca cola, donde se proyectan películas que raras veces pasan de una semana en cartel, que salvo contadas excepciones, son llamadas al olvido. Nada que ver con aquellos, entonces llamados films, que semana tras semana llenaban las salas, y cuyo recuerdo aún perdura en el amante del buen cine.
Ese cine que se fue, como también desaparecieron sus numerosas salas en la ciudad, más de cincuenta entre las de estreno y de sesión continua, esparcidas por nuestros barrios de las que apenas queda nada.
El Teatro y Cine Princesa, uno de los más antiguos de Valencia, ha sido pasto de las llamas después de años de olvido, el último retazo de una época de esplendor en nuestra ciudad a la que nos hemos visto obligados a renunciar y de la que ya sólo quedan pequeñas muestras que nos sirven de recuerdo.
Teatro-Cine de barriada histórica que ha sucumbido tras más de ciento cincuenta años de vida, en los que sus últimos veinte de Alzheimer le ha llevado a desparecer.
Tiene razón mi amigo en su diagnóstico: las palomitas y la coca-cola se lo han llevado todo por delante; y para mayor desgracia ahora, servidas a granel.