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29 agosto 2006

CASUALIDADES

Accioné el monomando: agua caliente y graduación de 35º. Unos minutos de vapor abrían mis poros y la sacudida del agua fría me producía la sensación de quedarme anclado por extrañas fuerzas contrapuestas. Medio minuto más y otra vez los 35º daban a mi cuerpo el placer del relajo. Otro aluvión de agua fría me hacía despegar con la fuerza de un formula uno cuando arranca de la parrilla.

Todos me llaman Poveda. Aquella mañana al abrir la ventana coincidió ante mis ojos el veloz vuelo de un pajarraco negro. Jamás por mi barrio había contemplado ave semejante. Me quedé extrañado y el bufido de la cafetera me dirigió hacia la tostadora. Un poco de aceite y sal, junto un café amargo, suponía mi primer refuerzo de todos los días.

Siempre procuraba que mi primer paso al salir del portal fuese con el pie izquierdo. Frente a mi casa, un tabernucho viejo pero limpio era la primera visita de todos los días. Salinas me informaba de las noticias del barrio y en aquella ocasión me comentó que los yankis no tenían preparada ninguna invasión:-¡pero tenemos que estar alerta!- decía con entusiasmo. Salinas no era un hombre como el Marlboro, de sabor genuino americano, pero siempre tenía en mente a Marylin.

Ya informado de todo lo importante y trascendental abandoné el local. Mi intención, además de visitar al notario más tarde, era caminar hacia el centro comercial situado a doscientos metros a la derecha de mi casa. Y así lo hice, cuando vi venir, quizá del mismo lugar, una torda de veinte y pocos años, igual menos de veinte. Iba de ceñido traje chaqueta color vino, falda por la rodilla, redondeces las tan justas como excitantes, pelo largo y negro caído por la espalda y una cara que para sí la hubiese querido la diosa Afrodita.

¡A estribor tus naves! me dije. Dejándola pasar, adiviné que ella se sabía observada y con andares rítmicos, insinuados por unos tacones de punta fina, apenas a cinco pasos de ella, seguí su marcha y por mi interior la sangre circulaba con la misma presión que el bólido en su salida. Mis ojos amenazaban salirse de sus órbitas ante aquel manjar mañanero. Jamás estuve más despierto. Ni en el cambio de guardia de la Reina Madre, los altivos soldados marcaban sus pasos con la misma exactitud que la elegante jamelga balanceaba suavemente su lascivo mapamundi.

¡Sujeta y aguanta!, me decía. Al final de la calle estaba el gran bulevar y la coincidencia del coche de Galarza, mi noble amigo, quien frenó en seco. Ignoro si por mí o por haber vislumbrado a tan fastuosa hembra. Jamás lo supe. El caso es que me invitó a subir a su coche y me fui con él sin pensar a donde. Había perdido mi norte y justificadas razones existían para ello. Todavía a través del retrovisor la vi perderse entre los árboles. Decidí olvidarla, convencido de que el abandono de aquel recuerdo me sería mas grato que la obsesión por su asedio.

- Amigo Poveda, vamos al embarcadero del Cabo Pacos. -me dijo Galarza. -Allí nos subiremos en una barca y un buen amigo me va a capturar una langosta prometida desde hace tiempo. De ti depende su preparación para la comida de hoy.

Ni al centro comercial ni al notario, quién quedaría esperándome. Todo cambió aquella mañana y hacia “Los Maresmes” nos dirigimos. Después de media hora de conversa el salitre del mar entraba por nuestras narices.

Era una barca pequeña. Cuatro remos, un bidón de agua, redes y cuerdas. A poco bogar, ya saliendo por la bocana y a escasas brazadas de las rocas, al poco doblar el malecón, una moto náutica de esas conducidas por un loco de esos, vino hacia nosotros y sin posibilidad de reacción se estrelló contra nosotros. Visto lo visto pude lanzarme al mar y llegar a las rocas. Ronco de gritos vi hundirse la barca. Galarza con la cabeza ensangrentada descansaba sobre unos maderos y herido de muerte y sin fuerzas, sentía perder su vida.

Ambulancias, policías y curiosos. Galarza, emigrante chileno y buen amigo de hacía treinta años, decidió vivir su vida en solitario; ningún familiar iba a llorar su muerte. Era buena gente y sólo a sus amigos, uno de ellos yo, iba a amargar aquel fatal desenlace.

Me trajeron a casa y al llegar al barrio, las calles cortadas anunciaban algún suceso. Envuelto en una manta visité a mi informador Salinas para que me pusiera al corriente de todo lo sucedido. Al verme cómo entraba en su taberna quiso saber qué me había ocurrido y ya puesto al detalle de mi aventura, me dijo:

- Peor ha sido por aquí. Nada mas irte esta mañana, veinte minutos después, una bomba ha estallado en el Centro Comercial: veintidós muertos y sesenta heridos. Todo el techo abajo. Un desastre.

Como si los 35º grados del monomando y el aluvión de agua fría hubiesen bloqueado mi cuerpo me quede paralizado. Afrodita me salvó la vida alejándome del centro comercial y quizás Neptuno, haciendo causa común con la diosa, evitó mi muerte en el mar.

Subí a mi casa y puse el contestador. ¡Contacte urgentemente con la notaría! Era el único mensaje que tenía el aparatito. Marqué el número y pregunté por el notario. Se puso:

- Sr. Poveda, estaba citado Vd. a las doce de hoy. Lamento decirle y Vd. lo sabía perfectamente, que a esa hora, tal y como estaba ordenado, era el momento de abrir el testamento del indiano D. Federico Poveda y Ruescas, primo hermano de su padre. Debo informarle que le dejaba a Vd. toda su millonaria fortuna a cambio de que estuviese Vd. presente en la hora de la lectura de su testamento. En caso contrario, como así ha sido, todo el legado pasa de forma automática a la propiedad de la Iglesia de la Dulce Espera.

Así resultan las amargas casualidades de la vida. Las que ignoramos cuando poco significan, pero que a veces, como en este día, se convierten en un antes y un después convencidos de que hemos vuelto a nacer. El coincidente cuervo, la casual torda, la fatal moto náutica y la langosta que no pudimos comer.

Febrero 2005


5 comentarios:

Vivas dijo...

No sería para mí que en un día me veo afectado por un cúmulo de la más puras casualidades. ¿Será el destino, que nos maneja a su antojo? ¿O debemos llamarlo simplemente "suerte"?

Sea o que sea, muchas veces me he librado de problemas y líos de una forma, digamos, "parecida" a como relatas.

Un abrazo amigo :-)

Vivas dijo...

Perdón, donde pone "No sería para mí que en un día" quise decir "No sería para mí la primera vez que en un día".

Ésto de estudiar tantos números en ingeniería no debe de ser bueno, y ya se ve con mi, a veces, despiste a la hora de escribir jeje.

Más abrazos.

Uno que pasaba por allí... dijo...

Muchas veces he pensado que la vida de cualquier persona, su futuro y el de las personas que le rodean, pueden cambiar tan solo por una simple coincidencia o casualidad.

La historia está llena de ejemplos de "casualidades" que llegan a ser incluso muy macabras, a veces pienso que de vez en cuando, alguien se sienta frente a un inmenso monitor de LCD, juega un rato con nosotros, se aburre y se va.

Un saludo.

Jesús dijo...

Veo que le gusta la buena mesa en Oropesa y el paisaje de Peñíscola, pues no deje de probar si puede el langostino en el restaurante Voramar de Vinaros.

Saludos desde Jaén.

Julio Cob dijo...

Ya lo he probado amigo.

Y en el Langostino de Oro y en La Isla.

Jaen aun no la conozco, pero me gustará, seguro.