PARA VOSOTROS, FAMILIA
- O - O – O -
Por Julio Cob Tortajada - 2026
Aquí os dejo mis blogs, una parte de mi vida
Canal-Literatura: Mi blog de notas
Rincones de Valencia: mi ciudad
Historia de España en real prosa
PUBLICADO EN 2013.04. SEMANA 22-28. FOROFOS. JULIO COB.
Julio Cob, el hombre de los trece blogs sobre Valencia
* Setecientas mil visitas desde 2006 y 1.500 fotos antiguas de la ciudad avalan la labor en la red de este valenciano que sigue aprendiendo sobre la historia y la cultura de la ciudad.
* “Me duele que haya tanta mentira, tanta agresividad. Porque se han cometido errores, qué duda cabe, pero hay día que parece que toda España está contra Valencia y lo valenciano”
F. P. PUCHE
Tener un blog lo tiene cualquiera. Tener, mantener y alimentar trece blogs sobre temas valencianos ya es otro cantar. Julio Cob Tortajada, cuando va a cumplir los 70, dedica diario varias horas de actividad culta en la red: a favor de la ciudad y lo valenciano, “injustamente castigado”.
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Estudió en los Escolapios de la calle de Carniceros, donde conoció a los maestros clásicos de los años cincuenta, curas y profesores que fomentaban la lectura y la curiosidad; y que el alumno aprendiera a aprender.
--He trabajado durante muchos años en Butano y en Repsol, como comercial—dice ahora, sentado al sol en la terraza de una encrucijada de su barrio, en las inmediaciones de las calles del Norte y Doctor Zamenhoff.
-- Manejé los ordenadores pero como todos los de mi generación: en el tramo final de nuestra trayectoria profesional. Siempre tuve inquietudes por aprender cosas sobre Valencia y su historia, pero primero estaba el trabajo. Así es que, al jubilarme, quise recuperar el tiempo: lecturas, libros, clases para mayores…
En el año 2006 creó su primer espacio en la red: “el blog de Jota cob”:
-- Fue el principio. A partir de ahí lo fui extendiendo, abriendo, al tiempo que recibía respaldo. En 2008 nació “Valencia en Blanco y Negro”, un blog dedicado a las fotos antiguas de Valencia.
En la Politécnica, Julio Cob, desde hace varios años, es miembro activo de la Asociación Senior. “La llevo en alma”, dice satisfecho.
-- Nos interesa Valencia y la historia. La historia nuestra, la de España y la universal. Historia ligada al arte y la cultura. Y muchos temas valencianos. En general somos gente inquieta, con ganas de aprender. Los profesores nos dicen que por la mañana van a reñir con chavales que no les hacen caso y por la tarde es cuando reciben la atención. Lo bonito es ver que los profesores se jubilan y se integran enseguida en la Asociación. Salen y entran, que digo yo…
Menciona a Ballester-Olmos y Daniel Sala, al profesor David Navarro, de Historia del Arte Occidental, como profesores a los que da gusto escuchar y seguir.
-- Te estimulas. Y la ventaja de la red, de los blogs, es que conoces a gente de todas partes. Y gente que, cuando tu no lo esperabas, tiene las mismas aficiones que tu, las que tu consideras unas rareza. Aprendes y vas ensanchando el campo de actividad.
Julio Cob ha hecho en la red algo más que pinitos literarios. El “Blog de Jota Cob” tiene más de seiscientas entradas con contenidos políticos, literarios, de viajes. Como escritor colabora en Canal-Literatura de Murcia.
-- He estado en relación con mucha gente, y ves que hay muchas personas, mayores y jóvenes, que comparten tu pasión por la ciudad y saben mucho de Valencia.
En ocasiones, en grupo, investigan un tema que ellos mismos se proponen. O ayudan a buscar al que ha iniciado una línea atractiva.
-- No es solo colgar fotos, eh? Cuando tomamos un asunto vamos el Archivo Municipal, a la Biblioteca Valenciana, a las hemerotecas… Se trata de investigaciones serias, no solo de colgar postales antiguas en la red. Y tenemos acciones de búsqueda en común.
El Grupo Valantiga
Valantiga, Grupo de Estudios de Antigua Valencia, es un foro que acaban de constituir un buen grupo amigos y que tiene pendiente de aprobación los estatutos. Se conocieron en la red pero salen a cenar y mantienen periódicamente tertulias de amistad y de trabajo.
-- Lo más meritorio que he visto hacer es un trabajo sobre todos los grupos de casas baratas construidos en Valencia a lo largo del siglo XX. De los Viveros también hemos investigado a fondo su trayectoria; otro trabajo que yo estimo muy interesante es un estudio sobre las Casas de Socorro que ha habido en la ciudad, que ya se ha publicado en la revista profesional “Valencia Médica”
Hay expertos que se adentran en territorios donde la Universidad o los técnicos municipales no se ha detenido: los cines y los teatros de la ciudad, el trazado de los tranvías y los ferrocarriles; la publicidad y los comercios, los mercados y la playa; las obras públicas de cada época… Hay miembros de la Asociación que saben recitar las tiendas que había en la calle de Lepanto o en la de Sueca, acera de los pares y de los impares y que identifican una calle solo con ver un balcón y una marquesina.
-- Yo empecé a colgar fotos muy pesadas en mi blog “Valencia en Blanco y Negro” y tuve que diversificar para que el lector los manejara más fácilmente. Es así como nacieron: “Calles de Valencia”, “Plazas”, “Palacios”, “Grandes Vías”, “Puentes”, “Plaza del Ayuntamiento”, “Torres de Valencia”, “El Marítimo”… En total, más de 1.500 fotografías antiguas de Valencia, muchas de ellas facilitadas por el coleccionista Rafael Solaz.
El blog “Mi país. Pinceladas patrias”, está dedicado a la historia de España. “Videos de Valencia”, dice por sí solo qué contiene. Pero Julio Cob también creó en su día “Rincones de Valencia”, una reflexión literaria e histórica sobre la ciudad.
Atmósfera y política
-- En ese blog procuro captar la atmósfera, el ambiente, el estilo de una parte de la ciudad que me gusta. Hago fotos actuales, busco fotos antiguas, comparo… Hago una pequeña historia de ese rincón de Valencia que me atrae. Tengo ya sesenta publicados. Y estoy dándole vueltas a la idea de recopilarlos en un libro.
El papel es el destino ideal de muchos blogueros. Julio Cob, tras ese despliegue digital, tiene una no disimulada pasión por la escritura que le lleva a participar en concursos literarios de narrativa breve. Con todo, nuestro personaje tiene otra faceta, nada oculta, que acaba saliendo en la entrevista:
-- En toda esta actividad que hemos hablado, y sobre todo en la del grupo, no hay política. Eso es personal y se separa de las tareas de investigación. De política escribo en mi blog, el de “Jota Cob”… No, no oculto que estoy muy dolido. Por lo que ocurre en Valencia y lo que le ocurre a Valencia. Por lo de las cajas de ahorro y por lo del Club de fútbol… Mire, soy muy defensor de lo valenciano y estoy pesimista. Me duele mucho todo lo que le han hecho a Camps, al que no conozco. Y me duele que haya tanta mentira, tanta agresividad. Porque se han cometido errores, qué duda cabe, pero hay día que parece que toda España está contra Valencia y lo valenciano.
Esa atmósfera, que está bien viva en el blog de Julio Cob, ha salido sin aspavientos pero con firmeza. Con la convicción de un valenciano que no se resigna a que esta última riada amenace con llevárselo todo.
-- Lo curioso es que tenemos una ciudad preciosa y llena de turistas todos los días del año… y mucha gente que se niega a reconocer que aquellos eventos son los que han hecho que la ciudad sea conocida en todo el mundo. Pero eso no se quiere mencionar.
Emotivo, inconformista, intensamente valenciano, Julio Cob siente que necesita tiempo y espacio para abordar todo su campo de inquietudes. “La Justicia me enfada”, dice para abrir un capítulo nuevo. “Y los escraches, oiga usted, a eso no hay derecho…”
Trece blogs sobre Valencia, uno de ellos de perfil político. La Valencia entrañable, la Valencia nostálgica en blanco y negro que evoca la que vivieron nuestros padres y abuelos… Setecientas mil visitas en siete años de actividad. Y cada día, más de 300 personas de todo el mundo que sienten curiosidad por el pequeño mundo que Julio Cob construye desde su ordenador.
EL COMIENZO DEL BLOG DE JOTA COB… sus primeros pasos
01 agosto 2006
Había transcurrido ya el primer lustro de mi vida y me encontraba muy avanzado en el segundo. Disfrutaba del verano con mis abuelos en un pequeño corral, mi recuerdo más entrañable, situado a la trasera de una casa de planta baja en cuyo comedor existía un lar de cerámica roja. A sus lados, dos armarios con puertas de cristal que encerraban vajillas, vasos y demás enseres. En el centro, una mesa y unas cuantas sillas conformaban aquel templo en el que mi abuela escuchaba de mis infantiles labios, la Biblia. Aquella Biblia protestante de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, toda vez que en los tiempos pasados no le habían enseñado a leer, pero no por ello la ignoraba. La conocía a la perfección y la practicaba, quizá, con mayor dedicación y más entusiasmo que nadie.
Un viejo reloj con adornos amarillentos decoraba la pared central que separaba la cocina de la gran puerta de salida al corral. Reloj de cuco, péndulo dorado con piñas de hierro, que en su momento contaban las horas y las medias.
A la derecha del lar había una despensa en cuya parte superior existía una puerta que conducía a una “cambra”, donde yo sólo, y por razón de peso, podía visitar. A través de sus paredes de cañas y barro se podían escuchar extraños ruidos que venían de los recovecos de aquella entrañable casa.
El acceso desde la carretera era amplio y quizá preparado para la entrada de un carro que nunca existió. Tras la puerta, cortina de respeto y un amplio pasillo que, con percheros en su pared izquierda, moría en el mencionado comedor. Una puerta grande y de dos hojas daba paso al corral.
En él había una higuera, un pozo y un refugio. También una parra que cubría la entrada a un cobertizo, en cuyo interior y en ambos lados, tras unas paredes de alambre de trenzado hexagonal y puertas con sencillas bisagras, las gallináceas a la derecha, orgullosas y altivas, esperaban la lluvia de la comida que desde el hondo de su delantal, mi abuela les lanzaba. A la izquierda, unos impacientes conejillos de ojos abiertos esperaban las hojas de la herbácea lechuga. Entre aquel revoltijo de animalillos domésticos y dentro de unas rústicas jaulas creadas por las manos de mi abuelo, jilgueros, tordos, tórtolas y alguna que otra perdiz, alegraban con sus gorjeos el corral.
En la parte superior de aquellos espaciosos habitáculos de animalillos y subiendo por una escalera central de maderas encastadas, tan seguras como vaivenosas, se llegaba a la “cambra”. Siempre llena de bártulos, pieles secas de conejos, trastos y para mí, tesoros, que me resultaba un nido de sorpresas.
En la trasera derecha del corral, antes de la entrada al cobertizo, una barandilla circular anunciaba el pozo de agua. Adosados a la pared, unos botijos y cántaros resultaban decorativos; además de útiles para posteriores usanzas. De la polea bajaba un pozal de hierro galvanizado repleto de uvas, zarza y “llimoná”. En sus aguas profundas buscaban su refresco quitándonos a todos el calor del verano. De aquella profundidad, el eco respondía fielmente a los inocentes mensajes que salían de mi garganta.
Y junto al pozo, una puerta en el suelo. Ella me conducía a un refugio de paredes de ladrillo, estribos laterales para descender y suelo de tierra prensada. Limpio, húmedo, seguro. Decía mi abuelo que lo construyeron en tiempos de guerra, pero que también servía para guardar bien conservados los frutos del campo. Era aquel un lugar de juegos, un sitio de sorpresas.
En el corral de paredes encaladas, en uno de sus rincones, entrando y a la izquierda, sobre un pozo ciego, un pequeño habitáculo al que acudíamos cuando era necesario y que durante el día daba refugio a las bacinillas que se usaban para los alivios nocturnos. Una caseta para un perro cazador y un pequeño paellero completaban la vida de aquel corral.
La casa tenía tres espaciosas habitaciones que nacían en el amplio pasillo de entrada. Y una cocina a la que se accedía desde el comedor con un lavadero alimentado por el pozo. Disponía de un ventanal abierto al corral del que recibía la luz del Sol. Allí estaban, siempre dispuestos, el hornillo de petróleo y un fogón de leña. Una de las habitaciones era la de mis abuelos: con alta camas provista de mosquitera. Otra habitación con una cama también defendida de los mosquitos, procuraba mis sueños infantiles llenos de emociones callejeras. Las cajas de tebeos allí guardadas me trasladaban a mundos de piratas y de bélicas hazañas. En otra habitación, con ventana a la calle de la que luego hablaré, mi abuelo tenía su escopeta y su máquina de hacer cartuchos. Recuerdo sus medidores de pólvora y perdigones. Sus juntas de cartón. Primero la pólvora, forzada al fondo del cartucho junto al pistón detonante; taco de negro corcho; ración de perdigones; cartoncillo redondo, y la maquina embutidora actuando sobre todo el conjunto. Entonces prensaba y cantoneando su boca, la cerraba, completando así el proceso. De todas aquellas medidas, mi abuelo, requiriendo solo la mitad de todos sus componentes, elaboraba para mi, pequeños cartuchos que me hacían un pequeño hombrecillo.
Decía que desde la ventana veía la calle. Pero cuando salía a ella, para mí y todos los amiguillos, se convertía en algo diferente. Se transformaba en “la calle”. Los actuales de mi generación saben muy bien a que me refiero. La “calle” era entonces cosa distinta a lo que representa en la actualidad. Los amigos, los juegos, la huerta, los maizales, las tomateras, acequias, árboles, pajarillos, sirenas, patinetes, cachirulos, los bautizos domingueros, los sacos, partidos de fútbol, harcas, caicos, monas y meriendas, sandias robadas, escondites, ranas, lagartijas, chapas, trompas, cuevas, alquerías. Incontables cosas representaban “la calle”.
Carretera Paterna, 24. Puerta de doble hoja, de color gris verdoso con llorones que rezuman resina. Escalón de piedra, decían de granito. Día de caluroso verano.
Mi abuela sale al portal, secándose las manos con el delantal y un hombre mayor descansa sentado. Mi abuela le saluda y como lo ve agotado se muestra dispuesta a ayudarle.
- ¿Qué necesita?
- Un vaso de agua y qué me permita descansar y gozar un rato de este agradable sol- le contesta el visitante.
Mi abuela, solícita, atiende su ruego y le dice ofreciéndole:
- Para que se entretenga un rato, ahí le dejo mi Biblia y léala.
- ¡La Biblia ¡ ¡Que cosa más vieja me saca Vd¡
Mi abuela, que como ya dije antes no sabía leer, le contesta:
- ¿Acaso no es más viejo el sol y sin embargo lo está tomando.
Los tiempos ya no vuelven pero los recuerdos permanecen. Tanto es lo que queda de aquello, que existir, existe.
Diciembre 2004
11 agosto 2006
“al churro media manga mangotero”…
Era muy importante para un aspirante a banquero tener un buen patrimonio y más en aquellos tiempos de penuria cuando los créditos estaban mal vistos o simplemente no existían. Sabíamos la hora en que paraba el tren en la estación y allí acudíamos a la caza de viajeros para pedirles el billete usado. Era un billete de cartón duro y perforado como señal de haber sido utilizado en su viaje de cercanías. Eran de varios tamaños y los había hasta de colores siendo la mayoría grises. Eran los “caicos”, y si llegabas a completar hasta los bordes una caja de zapatos, ya te podías considerar banquero y ser el dueño del juego.
Los finales de los años cuarenta juntos los inicios de los cincuenta fueron para mí los de los juegos en la calle. “La calle” se convertía en el lugar más apasionante en aquellos años infantiles a la que acudíamos con multitud de propuestas. Eran fruto de tradiciones que venían de nuestros padres y también de nuestros abuelos. Costumbres que ocupaban nuestras horas de juegos en las que no había tiempo para el aburrimiento. Sensación ésta desconocida para todos, pues la más usual era la del agotamiento junto con el dolor producido por algún chichón, producto de alguna pedrada, convertido en meritoria herida y blasón de guerras imaginarias. La calle se prolongaba hasta el anochecer en los meses veraniegos, cuando se buscaba la “fresca” exenta de temores a peligro alguno. En la calles no habían coches en aquellos días de mi infancia. Eran como grandes estadios abiertos para el disfrute de unos juegos en los que todos participábamos. Era el lugar de encuentros en donde todos conocíamos a todos y que ante cualquier desmán o necesidad de la chavalería era corregido o atendido de forma rauda por cualquiera de la vecindad. El sonido de una sirena que anunciaba el fin de la jornada laboral, nos indicaba la hora de la merienda: la más habitual, la de bocadillo de pan y chocolate. Tras ella, la vuelta a los juegos era el tiempo de las revanchas o del cambio de la distracción.
Los juegos de temporada ocupaban todo el año: los había de tardes cortas, las del invierno, y mucho más largas, en las del verano. Y eran en éstas, ya libres de la escuela, cuando con mayor profusión gozábamos con aquellos pasatiempos.
Como con los juegos de birlas; o los de canicas o al gua y con los bolsillos llenos de bolas de piedra o de barro o de cristal. Como cuando íbamos a saltar acequias en busca de chapuzones; los juegos de botones (con mi Zamora de gabardina); o jugar a escondites o capitules; a la una la mula; al churro media manga mangotero; a correr el aro; a robar tomates; a las chapas; a las guerras con canutos o cerbatanas y los arcos tensados; a las de tiradores hechos con pequeños troncos o recios alambres y las espadas de madera. Y a hincar la lima; a subir los árboles, sobre todo los frutales; las meriendas de higos y moras cuando era la temporada. Y los juegos de cucañas: romper pucheros, carrera de sacos; la velocidad de los patines de roces; la pericia en empinar cachirulos pascueros; los cromos, con sus juegos y cambios; las carreras y “samboris”; las batallas de arcas (¿de arcas o de harcas?). Y siempre el fútbol, convertido en el juego rey; y la caza de pajarillos y lagartijas; y a romper trompas (la mía de carrasca y clavo de piano); el fútbol de arbellones; los estribos de tranvías, y… muchos más juegos. Y en todos ellos, variantes a raudales.
Un tiovivo popular desordenado e ilimitado a la imaginación, formaba todo aquel conjunto de juegos en los que la amigable confrontación, el deseo de triunfo o la aceptación de la derrota, así como el liderazgo o el papel segundón, iban formando nuestra personalidad. Y las tardes de los domingos que las ocupábamos en la plaza de la Iglesia para recaudar unas perras, chicas y gordas, de los “padrinos roñosos” en ocasión del bautizo de un nuevo vecino. No eran aquellos, tiempos de bicicletas, pero si de paseos en carro, aupados sobre los sacos y demás aperos de labranza, aprovechando las idas o llegadas del labrador hacia los cercanos campos de la huerta.
Todos aquellos juegos fueron ocasión de grandes disfrutes en nuestras vidas. ¿Lo más importante?, la innecesaria aportación económica, pues cada uno participaba con los útiles que tenia y sólo de ellos, dependía el juego. Resultaban juegos baratos pues únicamente la imaginación era el necesario coste para la distracción.
Los días abrileños de Pascua eran los más esperados. Los de las meriendas en “la alegría de la huerta”: las del saquito con la “mona” y los huevos duros coloreados, y que junto con la lechuga, con la longaniza pascuera y la “llimoná” completaban el sencillo festín. Tardes de fiesta que terminaban con los saltos de cuerda y los juegos de prendas. Eran días en los que niños y niñas cogidos de la mano participábamos en juegos infantiles vestidos de juveniles ensueños. Aquellos días significaron para todos, hechos ya unos mozalbetes, el inicio de guiños o los principios de sensaciones extrañas: eran más bien la ocasión de pellizcos y de algún beso furtivo, ganado al vuelo, pues era el precio a pagar en las prendas tras el juego de la gallina ciega y la correa, o el san vicen con sus “chinches y caparres”.
Las tardes cortas de invierno, en las que el anochecer llegaba rápido, eran las mejores para las horas de trampas al peatón, en las que asustarles con cualquier broma que terminaba embadurnando sus ropas, eran motivos de risas y algún que otro enfado.
Todo aquello era un conjunto de divertimentos en los que la distracción estaba asegurada para todos. Lamentablemente han desaparecido de nuestras calles sin haberlos sustituido por algo semejante. El nuevo hábitat urbano, la motorización, la inseguridad y la multitud de peligros, hacen que la calle deje de ser aquel pabellón abierto a la imaginación. Ejercicios aquellos que se convertían en el primer impulso de nuestras vidas, convertido en un resorte que incidía en el mejor desarrollo de nuestra personalidad, gracias a las habilidades individuales de cada uno y a los deseos de sobresalir en aquellos juegos callejeros.
Mayo 2005
21 agosto 2006
El Instituto Nacional de Meteorología había anunciado fuertes tormentas en la Meseta Central en los próximos días y con la presencia de gran aparato eléctrico. A Protección Civil se avisó de las grandes probabilidades de sufrir destrozos en las instalaciones empresariales y de servicios en los alrededores de San Lorenzo del Escorial. También alertaron, por la acción de los rayos, del peligro de incendios en la sierra. Terminaba el parte de aviso redundando en que la intensidad de la tormenta podía superar a todas la conocidas por el Instituto, como así lo presagiaban todos los datos que llegaban al Centro de Recogida de Datos desde los satélites espaciales.
Fueron cuatro días sin día, es decir, sólo noches. El Sol se desbandó. Los cumulonimbos se hicieron dueños de los cielos y las panzas de aquellos escupían el mal. Cuelgamuros era Roma ardiendo y en la raya que separa el bosque de la intemperie se dibujaban los destellos del pánico.
La gran Cruz de la Basílica del Valle de los Caídos se quedó atónita al presenciar cómo de la cripta sagrada, un caballo blanco con la cruz de Santiago en su montura y guiado por un jinete escondido en su capa magna, volaba hacía la furia de los cielos.
El jinete consiguió alcanzar gran velocidad y por su destreza pudo cruzar el núcleo de aquella furia y llegar a un lugar de la bóveda celeste donde sólo existía paz. Espoleo su montura y en sentido inverso al de la rotación celeste, imprimió tal velocidad, que venció al tiempo; cuando aquella tormenta había desaparecido, cambió su rumbo. Se dirigió hacia la Tierra, llegó a su España y buscó cobijo en el lugar más cercano, en Caspe.
Llegó al Parador Nacional y cuando preguntó si era día festivo o fiesta de guardar, le contestaron que era laborable y que estaban al completo. Fue entonces cuando se enteró que corría el año de nuestro señor de 1412 y que allí se encontraban hospedados nueve ilustres personajes. Su curiosidad le hizo averiguar la razón de aquella reunión y una vez puesto al día, citó a los nueve en el Salón de la Bodeguilla.
- Sé de vuestro compromiso, y del alcance de vuestra importante decisión. Por ellos os pido a todos, como buenos españoles que sois, que os pongáis de acuerdo con antelación, y que dos tercios de vuestros votos sean para el de Trastamara. También deseo que de cada una de las partes, Aragón, Cataluña y Valencia, salga por lo menos un voto para él. Si no lo hacéis que Dios os lo demande pero sepáis que yo estaré alerta. Nada mas tengo que deciros y que Dios os guarde.
De esta forma Caspe decidió la suerte de la Corona. Lógicamente, obligados a ello, los compromisarios optaron por una solución antidemocrática y por supuesto facistoide. Esta “decreto ley” hizo que Castilla doblegase a Cataluña impidiéndole su continuidad de ya quinientos años.
Cuando el jinete pidió la cuenta y entregó su VISA, ésta no fue admitida por su desconocimiento. Lo que le obligó a la huida. Y saliendo raudo con su caballo allí aparcado, tomó otra vez la dirección de los cielos, que por su área de influencia, era de peaje.
Presagió algo extraño en el caballo, lo que le hizo dirigirse de nuevo a su España. De esta forma llegó a Valladolid en el mismo instante que se anunciaba la entrada del nuevo año de 1478. Después de tomar las uvas en la plaza Mayor, se hospedó en el Mesón Troya de la Villa donde se enteró del peligro que acechaba a España por la aparición de los marranos, así llamados los falsos judíos conversos. Y por ello citó a los Reyes Católicos a su inmediata presencia.
- Sé del problema que os asola pero yo os digo que tengo la solución. Tengo conocimiento de lo que se hizo en otros estados europeos para males semejantes. Sé de las medidas contra los albigenses, los valdenses y otros grupos heterodoxos. Contra ellos se creó la Inquisición. Debéis hacer lo mismo e instaurarla en vuestros estados. Os lo pido por favor, y también como una orden. Me lo debéis por la apropiación indebida que habéis hecho de toda mi simbología, aunque en el fondo os lo agradezco. También os perdono que hasta el momento no se os haya ocurrido la idea de España. Pero yo os digo, que si no me hacéis caso, tendréis que dar cuenta a la Providencia.
Cuando el jinete se dio cuenta que los monarcas empezaban a enojarse por el apremio que recibían, se despidió de ellos. No sin antes rogarles que pagaran su cuenta en el hotel y tomó rumbo a los cielos deseando volver pronto a Cuelgamuros.
Notó al caballo cansado y sabiendo de la existencia en su querida España de las postas, procuró el relevo de su montura. El agotado corcel cayó muy cerca del mar, en tierras de Denia. Fue en el mismo instante que las tropas de la Gran Alianza (el Sacro Imperio, Inglaterra, los Países Bajos, Portugal, Prusia y Dinamarca) desembarcaban en el pequeño puerto declarando la guerra a los Borbones. Sucedía esto en el año 1702 de la misma era, es decir de la de Nuestro Señor.
Aquello preocupó al jinete y como en otras ocasiones buscó información. Se enteró de que la mayor parte de los estados europeos veían con males ojos las buenas relaciones de Francia con España, auspiciada porque un Austria eligió como heredero a un Borbón, familiar suyo. Pero todo aquello debía ser irrelevante, pues a nadie preocupaba. La verdadera razón de la contienda, pues quien le informó era hombre muy culto, era debida a que los de Vallecas querían apoderarse de los de Mataró. Y tanto ardor pusieron en la pelea, que tanto los soldados de remplazo como los de leva, de uno y otro bando, entraron en una guerra que duró doce años.
Cuando el jinete se percató de tan vergonzosa intromisión, decidió huir de aquella tierra valenciana, no fuera que años más tarde, la historia, le responsabilizara de aquella defenestración.
Sobre caballo nuevo, joven y brioso, logró velocidad de vértigo, lo que le provocó algún mareo. Y por ello bajo otra vez a su España, llegando a una pequeña aldea de los Monegros, a sabiendas, que el Moncayo le aliviaría de su letargo. Recuperándose estaba, cuando vio galopar en dirección sur y con gran furia sin que nadie lo impidiera, a un grupo inmenso de jinetes armados hasta los dientes. En una granja cercana alimentó al caballo y fue el aparcero quien le puso al día, informándole de que se había puesto fin al Trienio Liberal por la acción de los Cien Mil Hijos de San Luís, a cuyo trote acababan de pasar ante sus ojos; al frente de ellos, el Duque de Angulema.
Otra vez el jinete huyó hacia los cielos. Sabedor de la posibilidad que aquella acción fuese tachada de fascista, prefería que nadie le imputara responsabilidad alguna.
Cuando se vio otra vez girando veloz y ya próximo a su meta, se sintió reconfortado. Llegó a su Valle y se dirigió a su sitio encomendado. Antes quiso comprar la prensa para averiguar en qué día se encontraba y ponerse un poco al tanto de las cosas que pasaban.
Al tener en sus manos un periódico del grupo Prisa, adivinó vestigios de sus antiguos dueños de la prensa del Movimiento. Se fechaba con el dieciocho de julio y en portada se recordaba como tal día de hacía casi ochenta y cinco años, el del inicio de una guerra civil, motivada en el fondo por el enfrentamiento de los súbditos de Vallecas contra los ciudadanos de Mataró. Empecinados como estaban los primeros y como siempre, por la conquista de las tierras catalanas.
Enero 2006
29 agosto 2006
Accioné el monomando: agua caliente y graduación de 35º. Unos minutos de vapor abrían mis poros y la sacudida del agua fría me producía la sensación de quedarme anclado por extrañas fuerzas contrapuestas. Medio minuto más y otra vez los 35º daban a mi cuerpo el placer del relajo. Otro aluvión de agua fría me hacía despegar con la fuerza de un formula uno cuando arranca de la parrilla.
Todos me llaman Poveda. Aquella mañana al abrir la ventana coincidió ante mis ojos el veloz vuelo de un pajarraco negro. Jamás por mi barrio había contemplado ave semejante. Me quedé extrañado y el bufido de la cafetera me dirigió hacia la tostadora. Un poco de aceite y sal, junto un café amargo, suponía mi primer refuerzo de todos los días.
Siempre procuraba que mi primer paso al salir del portal fuese con el pie izquierdo. Frente a mi casa, un tabernucho viejo pero limpio era la primera visita de todos los días. Salinas me informaba de las noticias del barrio y en aquella ocasión me comentó que los yankis no tenían preparada ninguna invasión:-¡pero tenemos que estar alerta!- decía con entusiasmo. Salinas no era un hombre como el Marlboro, de sabor genuino americano, pero siempre tenía en mente a Marylin.
Ya informado de todo lo importante y trascendental abandoné el local. Mi intención, además de visitar al notario más tarde, era caminar hacia el centro comercial situado a doscientos metros a la derecha de mi casa. Y así lo hice, cuando vi venir, quizá del mismo lugar, una torda de veinte y pocos años, igual menos de veinte. Iba de ceñido traje chaqueta color vino, falda por la rodilla, redondeces las tan justas como excitantes, pelo largo y negro caído por la espalda y una cara que para sí la hubiese querido la diosa Afrodita.
¡A estribor tus naves! me dije. Dejándola pasar, adiviné que ella se sabía observada y con andares rítmicos, insinuados por unos tacones de punta fina, apenas a cinco pasos de ella, seguí su marcha y por mi interior la sangre circulaba con la misma presión que el bólido en su salida. Mis ojos amenazaban salirse de sus órbitas ante aquel manjar mañanero. Jamás estuve más despierto. Ni en el cambio de guardia de la Reina Madre, los altivos soldados marcaban sus pasos con la misma exactitud que la elegante jamelga balanceaba suavemente su lascivo mapamundi.
¡Sujeta y aguanta!, me decía. Al final de la calle estaba el gran bulevar y la coincidencia del coche de Galarza, mi noble amigo, quien frenó en seco. Ignoro si por mí o por haber vislumbrado a tan fastuosa hembra. Jamás lo supe. El caso es que me invitó a subir a su coche y me fui con él sin pensar a donde. Había perdido mi norte y justificadas razones existían para ello. Todavía a través del retrovisor la vi perderse entre los árboles. Decidí olvidarla, convencido de que el abandono de aquel recuerdo me sería mas grato que la obsesión por su asedio.
- Amigo Poveda, vamos al embarcadero del Cabo Pacos. -me dijo Galarza. -Allí nos subiremos en una barca y un buen amigo me va a capturar una langosta prometida desde hace tiempo. De ti depende su preparación para la comida de hoy.
Ni al centro comercial ni al notario, quién quedaría esperándome. Todo cambió aquella mañana y hacia “Los Maresmes” nos dirigimos.
Después de media hora de conversa, el salitre del mar entraba por nuestras narices.
Era una barca pequeña. Cuatro remos, un bidón de agua, redes y cuerdas. A poco bogar, ya saliendo por la bocana y a escasas brazadas de las rocas, al poco doblar el malecón, una moto náutica de esas conducidas por un loco de esos, vino hacia nosotros y sin posibilidad de reacción se estrelló contra nosotros. Visto lo visto pude lanzarme al mar y llegar a las rocas. Ronco de gritos vi hundirse la barca. Galarza con la cabeza ensangrentada descansaba sobre unos maderos y herido de muerte y sin fuerzas, sentía perder su vida.
Ambulancias, policías y curiosos. Galarza, emigrante chileno y buen amigo de hacía treinta años, decidió vivir su vida en solitario; ningún familiar iba a llorar su muerte. Era buena gente y sólo a sus amigos, uno de ellos yo, iba a amargar aquel fatal desenlace.
Me trajeron a casa y al llegar al barrio, las calles cortadas anunciaban algún suceso. Envuelto en una manta visité a mi informador Salinas para que me pusiera al corriente de todo lo sucedido. Al verme cómo entraba en su taberna quiso saber qué me había ocurrido y ya puesto al detalle de mi aventura, me dijo:
- Peor ha sido por aquí. Nada mas irte esta mañana, veinte minutos después, una bomba ha estallado en el Centro Comercial: veintidós muertos y sesenta heridos. Todo el techo abajo. Un desastre.
Como si los 35º grados del monomando y el aluvión de agua fría hubiesen bloqueado mi cuerpo me quede paralizado. Afrodita me salvó la vida alejándome del centro comercial y quizás Neptuno, haciendo causa común con la diosa, evitó mi muerte en el mar.
Subí a mi casa y puse el contestador. ¡Contacte urgentemente con la notaría! Era el único mensaje que tenía el aparatito. Marqué el número y pregunté por el notario. Se puso:
- Sr. Poveda, estaba citado Vd. a las doce de hoy. Lamento decirle y Vd. lo sabía perfectamente, que a esa hora, tal y como estaba ordenado, era el momento de abrir el testamento del indiano D. Federico Poveda y Ruescas, primo hermano de su padre. Debo informarle que le dejaba a Vd. toda su millonaria fortuna a cambio de que estuviese Vd. presente en la hora de la lectura de su testamento. En caso contrario, como así ha sido, todo el legado pasa de forma automática a la propiedad de la Iglesia de la Dulce Espera.
Así resultan las amargas casualidades de la vida. Las que ignoramos cuando poco significan, pero que a veces, como en este día, se convierten en un antes y un después convencidos de que hemos vuelto a nacer. El coincidente cuervo, la casual torda, la fatal moto náutica y la langosta que no pudimos comer.
Febrero 2005
MIS RELATOS
SANTIAGO REDUELAS
Cuando todos los días Santiago Reduelas salía de su casa no era porque se iba al trabajo o para buscar empleo, ni siquiera para estirar las piernas por el parque. Santiago Reduelas vivía solo y aparte de ver la televisión, asomarse al balcón para su sesión diaria de gimnasia sueca y cuidar de su perro, aparte de todas estas cosas, Santiago Reduelas no tenía ninguna obligación. Sin embargo, Santiago Reduelas era muy cumplidor consigo mismo y para él era muy importante que supieran todos sus amigos del barrio que podían confiar en lo que les iba prometiendo cada vez que los veía. Cuando paseaba por su barrio, junto a su perro, iba en busca de todos ellos para decirles que allí estaba él, ofreciéndose a todos. Se ofrecía igual al tendero Pedro que a Jorge el de los videos, o a Amparito la del estanco o a Fernando en su bar, o a cualquier otro conocido del barrio. A todos ellos saludaba y todos le respondían a Santiago Reduelas con el mismo afecto. Y si algún día no lo veían, le echaban en falta y unos a otros se preguntaban si habían visto por el barrio a Santiago Reduelas.
Todos los días, Santiago Reduelas, acudía a la Iglesia de San Pascual Baylón, y después de atar su perro Pólvora a un olivo junto a la puerta, entraba a que le confesara Don Blas, un viejo cura de larga sotana, preconciliar y que todos los días entraba al estanco de Amparito para comprar su tabaco de picadura mientras se recreaba con el gran escote que generosa lucía la estanquera.
Estas eran las razones por las que Santiago Reduelas visitaba a sus amigos todos los días, para que supieran que allí estaba él dispuesto a ayudarles en lo que fuera necesario. Santiago Reduelas tenía treinta y dos años y aparte de su perro no tenía a nadie más. A sus veinte años en un viaje junto a sus padres que pasaban todos los veranos en Logroño, dónde tenían una casa y un pequeño viñedo, sufrieron un accidente en la carretera. Sus padres murieron en el acto y Santiago Reduelas salvó la vida de milagro. Estuvo catorce meses ingresado en el Hospital de Logroño y cuando le dieron el alta, una pequeña lesión cerebral le dejó con una minusvalía del 90%, una buena indemnización por el seguro de vida de sus padres y una pensión para vivir con desahogo el resto de su vida. Pero su pasado había desaparecido de su mente y sólo su amigo Roberto e Isabel, su vecina, se preocuparon por él. Y pese a que ignoraba quienes eran, aceptó sus consejos. Por ellos, vendió la casa y su viñedo de Logroño de donde se quedó un perro que movía el rabo ante él. Colocó todo su capital en un Fondo de Inversión que le aconsejó Roberto, su amigo de la infancia y director de un banco cercano a su casa. Lo que aquel trágico suceso significó para Santiago Reduelas fue romper con su pasado que, sin darse cuenta de ello, lo había olvidado.
Santiago Reduelas no tenía ningún pariente, ni cercano ni lejano y se había quedado solo en su Cuenca natal, con la compañía de su perro Pólvora en quien remplazó todo el cariño que hubiera podido sentir hacia sus padres. Santiago Reduelas era un trozo de pan y todos los sabían. Por eso, en el barrio, para que estuviera contento, todos aceptaban sus ofrecimientos, pero se limitaban a que Santiago Reduelas mantuviera viva la llama de su deseo procurando así su felicidad.
Isabel Almenar vivía en el mismo edificio, había sido amiga íntima de su madre desde su infancia, era viuda, sin hijos, y todos los días se preocupaba de que Santiago Reduelas estuviese bien atendido: le hacía la comida, limpiaba la casa y se portaba con él igual que lo haría su madre de estar viva.
La vida de Santiago Reduelas era siempre la misma, al despertarse hacía su tabla de gimnasia sueca, se preocupaba de su perro Pólvora y después de tomar el desayuno que le había preparado Isabel, bajaba con el perro a la calle para ver a sus amigos. De vuelta, se tumbaba en su sillón, encendía la televisión y se quedaba atento a la pequeña pantalla, su única dedicación cuando estaba en casa. Por las tardes volvía a lo mismo, a ver a sus amigos y por las noches cambiaba de canal y conectaba el Canal X. Para satisfacer éste deseo contrató una cadena digital que por las noches ofrecía los servicios de un canal porno. Lo disfrutaba desde la cama y no perdía ningún detalle porque todos los días, Don Blas, le exigía que le contase en confesión lo que había visto por la tele, absolviéndole después de su pecado mortal. Se quedaba dormido ante la TV y al despertase apagaba el Canal X, y según le placía, seguía o no durmiendo: hasta la hora de su gimnasia sueca del día siguiente.
Cada siete días iba al banco a retirar los euros necesarios para la semana y Roberto, dejando a un lado su trabajo, aprovechaba para estar un rato con su compañía e informarle de su Fondo de Inversión. Santiago Reduelas no tenía ningún capricho, no era gastador, tenía domiciliados todos los pagos fijos y su forma de entender la vida era muy diferente a la de otras personas que van creando sus necesidades y cuantas mayores son, más se complican la vida.
Una tarde al cruzar la Gran Avenida, un coche atropelló a su perro Pólvora que caminaba delante de él, y cuando Santiago Reduelas fue consciente de que lo había perdido para siempre, su deseo fue desprenderse de todo lo que tenía, terminar con su vida y hacer lo necesario para ello.
Pasaron quince días, en el barrio todos se preguntaban dónde estaba Santiago Reduelas.
Eran ya dos semanas las que Roberto no lo había visto pasar por el banco, las mismas en las que Isabel Almenar ignoraba dónde se habían metido: ni Santiago Reduelas ni su perro Pólvora. Ni siquiera Don Blas sabía de él, preocupado como estaba por haber perdido a su fiel penitente.
Octubre 2006-10-08
EL VIEJO TROVADOR
El vetusto caserón está preparado para el ocio del ciudadano y en su exterior, junto a la calle peatonal, en una bancada de piedra está con frecuencia el viejo rockero rasgando su guitarra. Tiene a sus pies una raída boina al tiempo que muestra su figura enhiesta de mirada nostálgica junto a su perro, siempre atento a las monedas cuyo tintineo le resulta familiar. El rockero es más joven de lo que aparenta. Su barba de varios días, su pelo ensortijado y abundante, su dejado aspecto y su voz áspera y cortada le hacen aparentar de mayor edad. El hecho de que siempre esté en el mismo sitio, al igual que el reloj de sol bajo el alero de piedra, hace que su imagen sea un rasgo más del vetusto caserón situado en el centro histórico de la ciudad.
Los centros históricos en las ciudades tienen en común que son entrañables y han conseguido su mayor encanto convertidos en peatonales, abiertos al paseante, al que ofrecen lo mejor de si mismos. La moda del barrio antiguo peatonal cogió fuerza a finales de los ochenta y con paso lento pero seguro, fueron cambiando su piel por todas las ciudades, grandes o pequeñas, con mayor o menor historia acumulada. Y siempre con su dignidad labrada sobre las viejas piedras, adquirida por sus leyendas, por sus tradiciones, aparte del buen lustre que el restaurador ha ido incorporando en ellas en su misión de ennoblecimiento.
Cualquier caserón pudo ser cobijo de vanidades donde los nuevos nobles de la época construían sus ricos palacios y sobre cuyo dintel inventaban sus escudos de armas. Zona de Catedrales y de Iglesias bajo cuyas losas yacen reyes, clérigos, creyentes donantes que buscaban el cielo divino y la nobleza, junto a otros personajes populares que por sus gestas en batallas merecieron el mismo lugar para su reposo eterno. También lo literatos, que si sobre el papel nos han dejado sus bellos poemas e ilustradas prosas, merecen más que nadie su descanso bajo las columnas y bóvedas de los templos o en la tranquila paz de un claustro.
El encanto de transitar por sus calles se hace mayor si dejamos que nuestra imaginación navegue libre por sus retículas en busca de antiguos lances fraguados en honor de lealtades o a golpes de traiciones. Las luces nocturnas de antorchas y aceites sabían mucho de enfrentamientos de capa y espada, de compra venta de voluntades, de incendios, de saqueos, de viejas celestinas o de amoríos atentos siempre al “agua va” o frenados ante el paso del viático, sostén del agonizante. Cualquier pequeña plazoleta servía para que los predicadores y sus milagros saciaran a un pueblo enfervorizado, cuya única razón de vivir era estar en paz con Dios, al que nadie cuestionaba. También eran los tiempos que conseguir un trozo de pan con la persistencia del pedigüeño y con la ayuda de los hijos en funciones de lazarillos era el trabajo de cada día. Tiempos de hechos solemnes, pero también de farsantes y de timadores, de prostitutas y de hidalgos, de reliquias y amuletos, de soldados engañados por promesas incumplidas y de cómicos de teatro. Vivencias que perduran entre sus calles de unos tiempos muy lejanos sin que la erosión del tiempo haya dañado su recuerdo.
Ahora, permaneciendo todo aquello envuelto en la memoria del tiempo, entre palacios y suelos de piedra, ya todo es diferente. Nada tiene que ver con el actual top manta dominguero, el mimo entarimado, el turista de calzón corto y máquina digital, el cafetín progre, el anticuario de faldón largo o el niño corriendo tras las palomas con instinto agresivo pero inocentón. ¿Qué diría el poder real o su eminencia o su ilustrísima o el hidalgo o el truhán, viendo la actualidad? ¡Tanto para esto!
Una tarde plomiza, en la que una ligera llovizna había humedecido las piedras, le pregunté al viejo rockero por qué había escogido aquel lugar y no otro, cuando hay tantos mucho más concurridos en el resto de la ciudad. El viejo rockero con voz rasgada y ronca, quizá seca o gastada por sus canciones, me contestó que aquel había sido lugar de juglares, de cantares de gesta, de poemas épicos, de trovadores, de gritos revolucionarios. Ignorar todo aquello, sabiéndolo, era como huir de nosotros mismos. Como hombres que somos, me dijo el sabio rockero, el hombre ha sido el autor de su pasado y este entorno es una muestra de ello. Por eso cuando canto un rock, sustento de mi vida, sólo es en este lugar cuando me viene el recuerdo de aquel pícaro lazarillo que buscaba el pan, justo por estos mismos sitios y quizá en cualquiera de estas esquinas.
Noviembre 2006-11-02
GLORIA IN EXCELSIS DEO
Lo que os cuento, tal y como yo lo he visto, suele suceder cualquier domingo o día de fiesta ante el altar mayor de una buena mesa donde los comensales lanzan sus invocaciones a un dios en el que creen. Y como yo he estado presente, os doy fe de ello. No obstante, puede que el vino me llevara a ver las cosas de forma diferente en su aspecto litúrgico, pero salvado esto, todo lo demás es cierto.
Los comensales están sentados y no arrodillados, porque la comodidad no se enfrenta a ningún dios, al menos que yo sepa. Ausente la reliquia del mártir, sólo queda la fe en uno mismo. En el lugar no hay santos, ni vírgenes, ni cielo que ganar. Sólo el incienso de carrasca que llega de la cocina cercana. Prevalece, eso sí, el sacramento de la confesión, pero a cielo abierto, sin sombras ni rejillas lascivas, sin esclavas penitencias que cumplir, ni siquiera reclinatorios de damascos rojos a los que entregarse. Quien saldrá pronto bajo palio es el vino, ese elemento básico en cualquier sacrificio que producirá un poco más tarde algún que otro estrago.
El verdadero sacrificio estriba en alargar la sobremesa hasta que dé todo de si, como estirando del alma que tanto cede. Donde cada uno suelte su credo y argumente su fe con irrebatibles testimonios embriagados por el buen vino.
Del buen vino queda la botella vacía, inservible para tanta fantasía. La buena carne, de la que sólo queda el sabor del churrasco, pronto será reemplazada por los sentimientos revueltos que surgen sobre el tapete al ritmo de tertulia. La cuestión se centrará en que ante cualquier diatriba, siempre debe haber un pagano. Pues lo que aún no ha llegado pero pronto lo hará, es la cuenta, que es lo que más escuece. Mucho más que cualquier otro cruce dialectal con arañazos incruentos de una a otra parte del altar, lugar del sacrificio.
Llegará la hora del café, donde todo se relaja. Su sabor amargo, que si es ácido por el guiño callado de un dardo envenenado o áspero por el quiebro de una réplica lacerante, será endulzado por la placentera estancia en torno a una amistad más o menos sincera. La ley del más fuerte o del alcohol, siempre flota en el ambiente. En esta ocasión cargado, pero no por ser zona de fumadores, sino más bien fruto por las heridas de una batalla verbal.
Si ante cualquier peligro eliminamos del altar las vinajeras sin denominación de origen, el libro de salmos gastronómicos y los candelabros de nuestras visiones, sólo quedará en el centro del casi blanco tapete, la cruz, que será la balanza. Uno de cuyos brazos indicará el lugar del pagano, el sitio donde alguien dejará la patena con la creyente y dolorosa cuenta del festín.
LA COMIDA
En torno al sacrificio, su seguimiento: Gloria In Excelsis Deo, cantos dolosos, miradas sin piedad. En verdad os digo, que lo que hizo caer la manzana fue su propio peso y no porque alguien la empujara. Así se expresaba Fulgencio, de ceño fruncido, ignorando que una Ley descubierta hace casi tres siglos había sido la causante de la caída de la manzana. Y como en esta ocasión iba a ser él el pagano, se reconocía cierta autoridad sobre los demás.
-¡Pues a la pesada de tu hermana no hay quien la baje del burro, ni por peso ni por mucho que tire de ella! Así de rápido salió al quite Aniceto, el cuñado de Fulgencio, hombre de muy buen ver y de ideas tan claras como concisas.
-¡El que debías de estirarte alguna vez eres tú ¡Aniceto!, qué siempre paga mi hermano. La fuerza de la sangre tiene estas cosas y era la que más tiraba en esta ocasión, por lo que Angelita se puso de parte de su hermano. -¡Y para burro tu padre!, le espetó ausente de cariño.
-¡Niña! que contigo no me he metido, así que un respeto y… ¡Los demás no tienen porque enterarse! Le replicó Caralampio que estaba a su lado, padre de Aniceto y padrino de Fulgencio, saltando enérgico y haciendo valer sus años.
-¡Mira que eres inútil! ¡Caralampio! te tratan de burro y encima lo asumes. Indalecia, su esposa, estaba sentada enfrente y al quite, sin perder ripio y deseando meterse con su marido.
Fulgencio terció en la contienda:
-Y ahora os digo que sin la revolución industrial la máquina de vapor no hubiese sido posible. Algo había leído Fulgencio sobre ello y lo soltó, tal y como le vino. Fue cuando sacó su Visa Oro y sufragó la comida; lo que le daba cierta autoridad y un mayor conocimiento sobre los demás. Al menos, todos, así lo aceptaron.
Diciembre 2006-12-06
LA CHICA DEL AUTOBÚS
Estamos sentados uno frente al otro en el autobús porque el azar gasta sus bromas, aunque en este caso sea de agradecer. El pantalón lo lleva ceñido y es de tela buena, de un negro gris elegante en cuyos pernales muy ajustados se dibujan unas flores de diseño caro y de buen gusto.
Su gorro es de pana, con viserita a la derecha, lo que le da un toque más juvenil a sus aparentes veinte y pocos años. Su cara es un cromo de colección oriental, seguro que tan caro como bello. Es chatilla y con los orificios deseando salirse. Pero no grandes sino todo lo contrario, graciosos, como signos de belleza. Sus labios carnosos semejan a dos ovalados pétalos de flor roja que uno sobre el otro dibujan una sonrisa turbadora.
Su cuello no muy alargado sitúa a su serafín rostro en un plano superior como si del busto de una amante de cualquier dios del Olimpo se tratase. Altiva y plácida no produce sosiego sino inquietud. Su mirada es relajada, como remanso de paz, pero de tono tan sugerente como lascivo. Mientras tanto, apoya la cabeza sobre el revés de su mano de porcelana y palma rosada de carne suave y quizá cálida. Es muy bonita, como aquella flor en cuyo jardín es la que más destaca.
Se adorna con una chaqueta corta, ceñida y debajo brilla un top de color chocolate que deslumbra por su abierto escote. Además muestra un grácil talle en el que luce su vientre prieto y seductor.
Y a pesar de que la miraba sin poder evitarlo porque las cosas bellas son para admirarlas, ni un solo segundo de su tiempo me dedicó su atención. Fue en mi insignificancia cuando resaltó aún más su belleza y mi bloc de notas temblaba entre mis manos cuando pincelaba unas anotaciones con los detalles de su cuerpo. Fue cuando se dio cuenta que estaba posando para mí, justo en el instante final de aquel embeleso.
Se levantó mirándose con porte esquivo, como el espliego alfombrado que solo está para el deleite ajeno sin dirigirse a nadie.
¿Acaso la belleza sabe mirar? ¿No la hizo Dios para que la admirasen? Aquel que hiciera la perfección sólo tuvo en cuenta al ferviente admirador, ¿Para qué si no? Atrás dejó su perfume de colonia fresca como rúbrica de su estancia. ¡Qué él hable de mi!, debió pensar mientras se alejaba.
Bajó del autobús y la seguí con mi mirada mientras balanceaba su figura. Y fue en aquel momento, en el de mi último apunte visual, cuando me dirigió su mirada moviendo sus labios como pétalos de flor roja con indicios de persuasión.
Enero 2007-01-05
CRUJIDOS Y PICOTEOS
En mi ciudad, como en cualquier otra, fluyen por sus calles ríos de personas con historias que no pueden abandonar. Algunas son agradables pero otras ingratas y todas forman parte de una vida cuya sutura no se pueden desprender.
Relajadas o con prisas van siempre a lo suyo, lo que les lleva a ignorar a quienes cruzan por su camino. En ocasiones algo les llama la atención y es cuando frenan su marcha para ver con disimulo la belleza de un rostro o las esbeltas piernas de quien luce su garbo con una bolsa de diseño porque viene de compras en El Corte Inglés.
A ellas, también les seduce mirar de reojo al apuesto y varonil gestor de ventas que llega tarde a la cita con una multinacional, mientras esquiva de un salto al perrito abrigado de lana con un lacito rojo que pasea una dama de alta alcurnia; o al menos eso es lo que la señora desea aparentar. En las prisas y entre el tumulto de tanta gente, surge a veces el descuido y un hombro cualquiera golpea a otro hombro de forma ligera o a veces brutal por lo que tiene de inesperada. Al habitual cruce de miradas sucede entonces un disculpe o un perdón, junto a un desgarro reprimido en el que los dos se ignoran. Nunca estuvieron ambos ni tan cerca ni tan lejos justo en el momento del lance que da vida al pulso de la calle. Quizá los dos ni se miran porque esos crujidos son sólo eso, desgarros mudos que se ignoran y se diluyen en el camino. Son ellos los auténticos personajes de la gran representación popular, en la que sin embargo no se saben protagonistas. La morcilla teatral desaparece y nada queda sobre la concurrida acera.
No me negarán pues, que pasear por la ciudad tiene su permanente atractivo. En esta ocasión como en tantas otras, quien esto les escribe, es quien deambula, observa y busca por las calles de su ciudad.
Me encuentro con encrucijadas distintas y en cualquiera de sus esquinas hay vivencias opuestas de mundos diferentes pero no tan lejanos. Y aunque los murmullos son idénticos, si no, no serían murmullos, todos esconden historias que contar. La ciudad se nutre de ellas y adivinarlas es la magia del cuento cuyo escenario son las calles, en las que también existe un apuntador que no habla sino que escucha. Desgarros, crujidos, chasquidos… y una pareja de cuerpos entrelazados que se miran y se dicen, ajenos a todo, lo que les rodea presos de un sentimiento amoroso.
Pero la ciudad no sólo vive ras del suelo. En la arboleda está también el pajarillo, ese “ciudadano” grácil y confiado en su mibor del viento que vuela en forma de diagrama de la bolsa de valores que como él nadie entiende. Vuela por el copeo juvenil de la Cánovas burguesa, vuela en su “marcha” por el Carmen bohemio y cuarentón, y se apacigua con su gorjeo en los plataneros de las Grandes Vías, o con sus cupidos del Jardín de Monforte, allí donde los enamorados besan sus primeras promesas de amor.
La ciudad es muy grande, más de setecientas mil almas viven en ella, pero los dos cuerpos entrelazados que se miran están ajenos a su bullicio. Al igual que los dos pajarillos que detienen su vuelo en la rama del árbol donde acaban de encontrarse por vez primera, mientras inician giros juntando sus alas.
Las plumas de los pajarillos son de color esmeralda y en los ojos sus párpados parecen estar cansados. Quizá de tanto mirar, los tienen escondidos. Son dos habitantes más del barrio y con ellos ya somos setecientos mil dos, todos portadores de alma. Almas de pájaros porque Dios no hizo distingos, aunque digan que nos tuvo como hijos predilectos. Los pajarillos también tropiezan entre sí pero acercan sus picos y los unen: una, dos, tres y hasta cuatro veces. Entonces levantan su corto vuelo hacia un alero cercano donde a salvo de los desgarros, de los crujidos y de los chasquidos, siguen con su picoteo: cinco, seis, siete y hasta ocho veces. Un ala golpea la otra ala y tras el cruce de miradas, sin disculpas ni perdones, surge la historia de un amor origen de una fábula.
Enero 2007-02-01
V.P.O.
Valencia crece por sus cuatro costados, incluso por el del mar, y lo hace con arquitecturas de diseño con vientos y velas de modernidad. La brisa refresca los edificios vanguardistas ofrecidos a la mirada del visitante fascinado ante una ciudad en constante ebullición. A la realidad de las nuevas zonas residenciales, comerciales y de ocio, se suman nuevos proyectos para que nuestra ciudad siga estirándose en perjuicio de la huerta, su encanto natural de siglos. Y es que cuando la ciudad crece, siempre es a costa de algo entrañable como lo hace un hijo que deja a su madre cuando un amor ciego llama a su puerta.
La mañana es cálida, amable, primaveral y las palomas lo saben. Por eso, muy agrupadas formando tribu, tumban su vientre sobre el mullido césped del parque del Turia, parpadean y fijan su atención en el angosto salón columnario bajo el puente, lleno de gente, abigarrado, refrescado por láminas de agua y con parcelas constreñidas sin dueño notarial en su interior.
Valencia crece, y lo hace también por los lugares más inhóspitos, escondidos por una alfombra flanqueada de arboledas cuyos peinados son sus flecos. Casi dos centenares de senegaleses forman el censo de una colonia que vive allí abajo, amotinada y que con el alba se van a la recogida de la naranja en esta época del año. Al atardecer regresan a su reducto amueblado con los desvencijados trastos que otros desechan.
Y al igual que las palomas que fijan su atención en el destartalado cobijo, Yaya Sisoko, un joven de Mali que viene de Almería donde ha trabajado sus primeros meses en España, se dirige hacia la “zona residencial”.
Le han hablado de mi ciudad y le han dicho que aquí hay trabajo. Busca a unos amigos refugiados bajo el puente publicitado hasta en Internet, como si se tratase de una oferta barata a una ciudad de moda.
Los ojos de Yaya son grandes, muy vivos, blancos y tienen el brillo de la ilusión, de la esperanza. Se le ve feliz y sonríe cuando habla. Él quiere olvidar el largo viaje de una huída llena de penalidades, y sueña con volver en billete de lujo pagado con su esfuerzo. Le encantaría volver a su Mali, pero sabe que su sitio está ahora aquí, luchando por los suyos, como tantos y tantos otros que emigraron para salir del infortunio. Sus dedos largos y expresivos tienen hambre de trabajo; se considera un privilegiado al disfrutar de los papeles que le dan patente de caballero cruzado para luchar por la protección de una familia lejana que espera la llegada mensual de unos pocos euros que nunca sabrá cómo los ha conseguido Yaya.
Está atardeciendo y camino por el puente hacia el “nuevo centro comercial” que enciende sus luces al consumismo, siempre tentador, ante la ropa de marcas ostentosas, las colonias de un caro insultante y los TV de plasma bañados de lujo envanecido. Camino sobre los sótanos de un mundo sórdido, escondido, sólo a la vista de unas palomas que viven el presente, pero que jamás piensan en su futuro.
Y es que en mi ciudad, como en la vida misma, sacudir las alfombras no es tan fácil. Y por ello, a diferencia de las palomas, Yaya sólo piensa en el mañana porque el hoy, ya es pasado.
Abril 2007-04-01
HISTORIA REAL DE UN MUNDO IMAGINARIO
El pajarillo, escondido entre las ramas del pino, con su trino rallado, intermitente, silencia los murmullos y se hace dueño del parque. Escuchándole, todo lo que envuelve el jardín es silencio, al tiempo, que en cada uno de sus bancos, sencillas historias pincelan la tranquilidad del mediodía primaveral. El abuelo plácido busca en la prensa la noticia del día; la señora del bolso negro, impaciente, controla las carreras de sus nietos, y dos pensionistas llevan las cuentas de los muertos en la guerra de Irak. La normalidad no es casual, todo es cotidiano. Es un día más.
En cambio, la imaginación va por otros rumbos y desfila libre, sin reglas ni leyes, por los entresijos de un mundo nuevo que sólo existe en los juegos infantiles que ocupan el centro del parque, preñado de fábulas fruto de una realidad fantaseada. Su lenguaje, que por olvidado me resulta incomprensible, sujeto a sus propios códigos, es fruto de lo espontáneo. Es como una constitución no escrita que sólo la inocencia venera con lealtad.
Es el tiempo de las brujas, de los leones, de los rayos, de las grutas, de los barcos, de los tesoros y de un largo etcétera que anida exultante en sus mentes. Son ellos los protagonistas de un mundo feliz, dicharachero, donde el Rey León es la sorpresa de un castillo imaginario colgado en el aire del que tiran unos lazos azules tensados por un caballo alado que trota hacia el sol, huyendo de un dragón que vomita fuego con la amenaza de la destrucción.
Los de la guerra de Irak chismean más muertos, y cambiando de dial, el pajarillo sigue impertérrito con su canto marcando el devenir del parque. En éste confluyen dos mundos, y uno duda de cuál es el más real. ¿Es el de las noticias de la prensa que navegan en primera o en turista según convenga, unido al de los silencios que cambian el ambiente según fijas la atención en el trino del pájaro o en la moto que cruza salvaje rompiendo el encanto al son del bla bla de quienes inmersos en su mundo de preguntas sin respuestas, cuidan de los niños? O lo es el de las fantasías que vuelan ligeras por las cabezuelas alegres de la chiquillada y de cuyas historias no se quieren sustraer.
A la pregunta de cuál es el mundo real: si es el del niño rubio que no cesa de gesticular liderando el esparcimiento, o lo es el de la niña traviesa que corre tras las palomas que emprenden su vuelo, o bien el del abuelo plácido, o el de la señora impaciente a lado de los pensionistas intrigantes, a esta inquietud, sólo el pajarillo cantor desde lo más alto del pino podría contestarla.
2007-05-01
LA LEY DE LA PARIDAD
Hace tanto tiempo de ello… pero no tanto como parece: si niña muñeca, y si niño caballito de cartón, o a jugar con pistolas, o a luchar con las espadas. Quedaba muy lejos la ley de paridad, y para verla han tenido que transcurrir muchos años y cambiar las cosas, como la desaparición por antiguo de aquel tranvía traqueteante que discurría por una ciudad sin semáforos y nos acercaba hasta el mar, tras el que corríamos para alcanzar sus estribos (sólo los niños), lejos de la mirada del revisor después de haber abandonado el juego del balón, del que poco o nada sabían las niñas siempre con sus muñecas de trapo y cartón.
Ahora, ya de moderno y con la etiqueta de ecológico, nos vuelve el tranvía, pero ya ni corremos tras él, ni convertimos las calles en campos de fútbol dándole a una pelota de trapo como hacíamos cuando si eras niño lanzabas piedras, o si eras niña presumías de comiditas jugando a las mamás.
Y es que la ley de paridad nos ha condicionado y ya nada es igual. Y no sólo gozamos de los tranvías que otra vez nos llevan al mar, sino también sobre unos trenecillos ligeros que con sus ruedas de goma se pasean y nos enseñan un gran balcón de velas y vientos, sede de la America Caps.
Y da igual que seas niña o niño. Ahora todos entendemos de todo, andamos como mezclados, y hemos alcanzado tan alto grado de conocimiento, que sabemos de barcos y de veleros, de vientos y de mareas, al igual que el uno contra uno de Ronaldihno, de los entresijos del Mclaren del Formula Uno, del hoyo dieciocho del Open Golf, o de la canasta ingrávida del básquetbol.
Valencia, tantos años de espaldas al mar, le ha dado la cara y una marea humana rivaliza con la brisa marina de sus dos “campos de regatas” en los que se escuchan vítores de ánimo hacia “El desafío español”. La ley del deporte, la más libre de todas las leyes porque no necesita pasar examen, nos alcanza a todos. Hemos logrado tan alto grado de conocimiento que la ley de paridad se ha quedado vieja y ya no es de aplicación.
Si niña niño, o si niño niña ya es indiferente; manda el tranvía de la modernidad al que todos podemos auparnos en traje de fiesta, cogidos de la manos hacia cualquier Ayuntamiento o Casa de la Ciudad, donde siempre habrá esperándonos un edil ajeno a la pregunta de si caballito de cartón o de muñequita Pérez, e ignorante a la ley de paridad.
Mayo 2007-05-30
NI GAVILÁN, NI PALOMA
Los hay quienes dicen en su cortedad de juicio, que la mujer es un ente de pelos largos e ideas cortas; pero no es verdad. Más parece la mentira más larga dicha desde la más corta imaginación, refiriéndome, claro está, a los que se muestran tan escasos de juicio. En cambio, tenía razón Álvaro de la Iglesia cuando afirmaba que todos los ombligos son redondos: ahí está la mujer moderna que nos da fe de ello. Y es que no hay más que verlas, cuando estamos con nuestra mirada al acecho, cual nobles caballeros que no desprecian lo que ven sus ojos, sin ser lo que parece: ni gavilán, ni paloma, sólo la más bella estampa, alegre y divertida de cualquier ciudad.
Y vemos los ombliguitos moviéndose por Juan de Austria, o por cualquier calle comercial, o junto a la playa, allí donde ellas, en cambio, sí se tapan sus oídos con estrellitas de mar. La moda en cuestión, es como el anuncio de la primavera que cambia la piel de nuestras calles y se alarga hasta los atardeceres del otoño, cuando la caída de la hoja anuncia la necesidad de bajar el telón, para ocultar al ombligo simpático y juvenil, algunos con un pirsin en su ojal.
Y mientras se afirma que la cara es el espejo del alma en donde fijar nuestra atención, en cuyos ventanales descubrimos desde la inocencia a los más pérfidos deseos, los hay quienes prefieren bajar sus ojos sin otro miramiento que el del placer simulado de gozar de la pequeña, lisa y cimbreante tripita, allí donde se cobija un sensual bordado umbilical.
¡Qué dirían nuestras castas y desdentadas abuelas de luto permanente, refajos y enaguas protectores con faldas hasta el suelo para que no les diera el sol? Mejor no saberlo.
Ahora, ante el creciente número de palomas, cada vez más indeseadas, se estudia hacer una suelta de gavilanes para que en su rapacidad reduzcan a quienes simbolizan la paz, cosa ésta que no sucede siempre. Y es que, las no tan blancas palomas, en su inocencia, hacen bueno el refrán de que no es oro todo lo que reluce, y en su libertad, van dejando miserias difíciles de resolver así como numerosas quejas vecinales.
Nada que ver con las sonrisas de la media tarde que ignorando a la paloma andante e inquieta en sus picoteos, fijan su mirada en el ombligo ligero y frágil que se pasea por las calles. Qué ni los ojos son gavilanes ni las tripitas desperdicio: tan solo alegría de vivir.
¡Y de esa que no falte!
Junio 2007-06-30
VANIDAD EN EL AIRE
Era ya noche cerrada y me sentía muy agotado. Lo mejor, irme a la cama. El fuerte calor estival, espeso y asfixiante, había caído todo el día sobre mi cuerpo, como una inmensa bolsa viscosa que aplatanaba mi ánimo, sin dar ningún respiro a mis deseos de un tranquilo paseo por la ciudad. Avanzada la tarde, llegué a mi casa y el aire acondicionado marcaba la frontera entre el fuego de la calle y el frescor atrincherado de mi refugio. Y a pesar de quienes alertan del peligro de los aparatos climatizadores, nunca les hago caso, pues hay tantas y tan diversas amenazas que giran a nuestro alrededor, que la brisa artificial a través de las rejillas me sabía a gloria. La agradable ducha y el caminar descalzo por las frías baldosas de mi pequeño apartamento, hicieron el resto; por lo que al poco tiempo me sentí gratamente reconfortado.
Me tumbé a lo largo del sofá y abrí el grueso libro abandonado en la noche anterior, aquella, en la que al igual que en esta madrugada, ya pasada la medianoche y tras unas horas de intrigas, me hacían sentir agotado, tal y como me sucedía siempre tras un día de calor. Cerré mi lectura después de colocar el señalizador allí donde la había dejado, el principio del último capítulo de unas páginas intrigantes iniciadas hacía muy pocos días.
Muy cansado, dejé mi cuerpo sobre la cama con la intención de dormir como un lirón, y pasar página a un día más de mi vida. De él, sólo me faltaba trazar por un breve instante mis tareas para el siguiente, mi último trabajo diario al que me había acostumbrado desde la infancia.
Como tenía problemas en mi circulación sanguínea, mi nuevo médico de cabecera, un emigrante boliviano de rasgos maya y carácter coloquial con el que había congeniado en muy poco tiempo, me recomendó que durmiera siempre con los pies en alto. Una almohada a lo ancho de la cama sería suficiente para el cómodo descanso de mis pies, con lo que alcanzaban la altura deseada.
Pero aquella noche ocurrió algo muy especial. Algo jamás visto sucedió en mi lecho, pues nunca había caído en aquel detalle, con seguridad de siempre. La luz mortecina de la calle entraba suavemente sobre mis pies y quienes más llamaban mi atención en ellos eran sus dos dedos gordos. Merced, claro está, a la tenue ráfaga de luz indicadora de su presencia que los hacía destacar del resto de los demás dedos, a los que acompañaban un leve polvillo inerte a su alrededor.
Me fijé en ambos dedos gordos y como un acto reflejo me devolvieron el saludo. Sin yo quererlo, se movían a la vez, como si quisieran captar mi atención, o quizá para decirme algo. ¿Quizá me ofrecían sus servicios de antenas conectadas a mi centro de discernimiento? ¿Sería eso?
El envite resultaba altamente sugestivo, y por más que pensaba en ello, la propuesta de aquella parte de mi cuerpo cuya luz envolvente le daba cierto misterio, me causaba una gran perplejidad. Lo más impresionante es que nació en mi la necesidad de fijarme en ellos y prestarles toda mi atención, sin saber siquiera cómo explicarme tan estrambótico escenario. De forma intermitente y sin descanso, me transmitían mensajes imposibles de descifrar.
Me desvelé, sin conseguir fijar en mi imaginaria agenda la pretendida ocupación, lo que me produjo un gran quebranto. Al tiempo que mis facultades se iban mermando sin alcanzar el descanso deseado, en una noche cada vez más larga en la que, aunque fresquita, mi derrumbe fue total.
Amaneció y entró la luz en mi alcoba. Todo era natural, menos mi cansancio. Al salir a la calle sin metas fijas pero con el mismo calor de todos los días, sólo pensaba en lo sucedido durante aquella larga noche, cuyos protagonistas, si bien seguían siendo parte de mí, nada notaba en ese instante como señal de su presencia. Seguro que ellos, en su permanente insignificancia, debían de sentirse como si jamás hubiesen roto un plato, o váyase a saber. O quizá vanidosos, y en su placer de haber sentido el orgullo de ser importantes, gozar con la satisfacción de que por primera vez les hubiera hecho caso. Yo, en prevención de cualquier otra contingencia, me dirigí al Ambulatorio y solicité el cambio de mi médico de cabecera, instante en el empecé a sentirme otra vez reconfortado.
Julio 2007-07-19
CAPITAN AHAB
Cuando el Capitán Ahab y Moby Dick cruzaron sus miradas sobre las montañas acuosas de un mar enfurecido, ignoraban que sus mensajes de odio recrearían una de las mejores páginas del mundo del cine. Moby Dick, la ballena blanca que fue capaz de implantar una pata de palo a su tenaz perseguidor, no estaba hecha para recrearse plácida por las aguas del Pacífico jugando al escondite con ella misma, ni siquiera para ducharse refrescando su grasienta piel. Tenía sed de venganza.
La recuerdo muerta encerrada bajo un toldo lúgubre en una calle de mi ciudad, allá por los años cincuenta. Esparcía aquel hedor oleaginoso aún almacenado en mis sentidos, y mostraba los arpones incrustados en sus costillas, cual mejor señuelo publicitario, gracias al tirón de una película convertida en un clásico del cine. No debía de ser Moby Dick, aunque como tal lo anunciaban, aquel cetáceo momificado. Su mirada tenía un significado diferente, y allí, en aquel cutre recinto, no había nadie de quien huir, como nadie a quien atacar, ausente como estaba la pata de palo de un encolerizado capitán Ahab.
En estos recientes meses de eventos a toda vela, han acudido a nosotros gentes desde todos los rincones de la tierra; algunos lo han hecho por mar, a bordo de sus ricos navíos. No nos debe extrañar pues, que siguiendo sus estelas que parten el mar, o tal vez, debido al calor de las aguas por el inmenso peregrinaje de aficionados a la náutica que nos han visitado, hayan llegado hasta nuestras costas para quedar muertos sobre la arena. Seguro que ignoraban al cojo capitán, mas lo cierto es, que han aparecido cuatro cetáceos en poco menos de un mes en nuestras orillas playeras. El último, en estos días, en la playa de la Malvarrosa, con la ausencia de una mirada inquina en su masa amorfa, pero con la misma pestilencia que perdura en mi escasa memoria ram, emanada de aquel barracón de feria donde me ofrecían engañosamente a la blanca ballena.
Pero llevando sin embargo, adherida a su cuerpo en descomposición, una red, que no sabemos lanzada después de un cruce de miradas fruto de un imperecedero rencor.
Agosto 2007-08-23
GRADO PREPARATORIO
A la cita bíblica de “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, aceptada por todos con muy buena fe porque no tenemos más remedio, con la única oposición del ladrón de guante blanco, tan cortés como educado y con cara de ángel en este caso no celestial, ignorada también por los maleantes más violentos dispuestos al más cruel bandidaje para apropiarse del botín que les haga gozar de la vida sin dar golpe, hay que añadir otra cita que si no está escrita en ningún libro sagrado –al menos que yo sepa y no creo que sea designio divino alguno- sí que cobra actualidad en estas fechas, las del inicio de un nuevo curso escolar.
Su aceptación obligada ocupa la primera página de la actualidad y al observar su cumplimiento me produce una sensación de lástima hacía los niños que inician su curso camino al encuentro de sus compañeros del anterior curso preescolar: aquella que dice, “aprenderás rompiéndote la espalda”.
Porque dieciséis libros más cinco cuadernos y una bandeja repleta de lápices y pinturas, a los que hay que añadir el pequeño bocata de salami, pesa lo suyo; por muy lozano, altivo, contento y satisfecho que hacia el colegio ande el zagal, luciendo la mochila recién estrenada de la que cuelga un tamagotchi y algún que otro fetiche comercial.
Y todo esto cuando aún está empezando a leer, luchando contra las consonantes a las que no domina del todo.
Recuerdo con agradable añoranza aquellos cuatro libros compendio de todas las asignaturas en los cursos de primera enseñanza, escritos por Don José Dalmáu Carles: Enciclopedias Grados Preparatorio, Elemental, Medio y Superior, y en especial porque viene al caso y por ello lo recuerdo especialmente, el primero de ellos.
Aquel del “Grado Preparatorio”, Editorial Dalmáu Carles, que junto un par de libretas, una de ellas de caligrafía y la otra de aritmética, más un cuaderno de mapas donde aún estaban las Colonias Españolas, y otro de dibujo más un plumier: algunos de dos pisos, todo anudado por una cinta, como aquellas de persiana, en un conjunto que formaba el pequeño hatillo colgado a la espalda hacia una escuela en la que no se hablaba del fracaso escolar, porque para pasar al curso siguiente teníamos que sacar costra a los codos; y todo con peco peso. En beneficio, claro está, de nuestra espalda infantil, aún no predestinada a romperse en mil pedazos.
De lo que, sin embargo, y con el trascurso de los años no se libraría, pero los motivos serían otros y no vienen al caso.
Septiembre 2007-09-20
EL CUARTO OSCURO
Confieso que la mayor dificultad que tuve al situarme por primera vez en él fue la de fijar sus límites. Sin embargo, aún habrían lances peores, como conocer sus peligros, su efectos y el “precio a pagar” durante aquellos días de estancia en aquel cuarto oscuro cuya enormidad era inconsciente, semejante a un tornillo sinfín, tal vez hiriente.
Tantas veces sabes de los peligros que te acechan, presumes de lo que te va a salir al cruce de tu camino, conoces los atajos o actitudes que debes de tomar, que todo transcurre dentro de la mayor normalidad, con la única excepción, lógica siempre, de que el futuro nunca es predecible y cualquier cosa impensable pueda suceder. Y cuando menos lo esperas, aquello que presumías cierto, no ocurre, y te das cuenta, entonces, que eres un extraño aunque pises en campo propio rodeado de los tuyos.
Esa era pues la cuestión, la de situarme, y saber para qué serviría aquel lugar, al que me habían llevado sin pedirlo, bien como amenaza, bien como castigo. O como panacea a mis actos más rebeldes, o simplemente irresponsables.
Los cuartos oscuros son como lugares indefinidos, inmensamente grandes, nunca tienen ventanales ni referencias que te orienten. Y a pesar de ello, confías en descubrir su horizonte, siempre lejano, con la única esperanza de hallar el sitio por donde escapar, pero que nunca encuentras, por mucho que lo intentes. Y en tus miedos, cualquier punto de apoyo que encuentras es el mejor de tus amigos. Porque en los cuartos oscuros también están los amigos, siempre tan pocos; tanto dentro, como fuera de ellos.
Recuerdo que un día, o una noche, imposible saberlo, me hallaba dentro de un cuarto oscuro como otras tantas veces –el motivo no importa- y buscaba algo que me distrajera. Y, ojalá, pensaba, encontrar a alguien que me sirviera aunque sólo fuera para hablar, no para escapar, pues una vez en compañía no habría ocasión para quebranto alguno. Fracasé en mi intento y no lo hallé, lo que me causó una gran desazón, tanta era la ilusión que se había apoderado de mí en aquel empeño.
Como allí dentro no tenía la sensación del tiempo, llegó el momento en que ignoraba el transcurrido, una vez perdida por mí su cuenta. Mi enfado aumentaba ante aquella incomprensión, falto de con quién hablar y sin nadie en quién poder confiar.
Hasta que un buen día, o buena noche -ya les dije- otra vez de vuelta e ignorante del instante en que me encontraba, llegó el momento en que no eché a nadie en falta, tal era la felicidad que me albergaba. Y fue, cuando “vi” la luz.
Acaso… ¿qué es lo que era cualquiera de los días de mi vida, esos que sueñas con la amistad, en la que deseas hallar, sin encontrarlo nunca, siquiera un punto de apoyo: alguien en quién poder confiar?
Octubre 2007-10-12
EL PAISAJE
La Tierra, como ese vehículo que nos traslada de un punto a otro del planeta, se calienta insistentemente y todos sus elementos crujen sin que el aire climatizado, por mucho que lo intente, consiga darnos la tranquilidad que tanto anhelamos.
Alertados por los partes meteorológicos que nos llegan, bien a través de la antena disimulada en cualquier doblez de nuestro habitáculo, bien por nuestro navegador de a bordo, seguimos a toda velocidad sin hacer caso a sus límites, ahora que nos hemos dado cuenta de la inutilidad de tener los puntos que nos han dado, como cualquier regalo obligado en el día de un santo comercial, esos que existen a lo largo de todo el año.
Nos dicen, que el cambio, no el de las marchas sino el climático, es el más importante mecanismo en las horas de conducción, que son todas las que transcurren ante nuestros ojos todos los días del año. Por lo que debemos esmerarnos en sus cuidados y estar atentos a las indicaciones de tráfico, que por su condición internacional, algo así como el esperanto pero en banderitas como señales, no debe sernos extraño.
Me pregunto, sin embargo, en qué somos culpables del calentamiento universal, de cuya fiebre, alguna responsabilidad debemos tener. Sólo nos hace falta contemplar el paisaje para observar cómo, unos a otros, en fuego cruzado, nos hacemos la puñeta sin el menor decoro, transitando por nuestra propia autopista, exentos de peaje y nada dispuestos a sufrir el control de alcoholemia; no sea que demos positivo y luego nos señalen con el dedo, indicándonos como culpables.
Si del roce nace el cariño, aseveramos todos, también de la fricción surge inevitable la calentura. Algo pues de culpa tenemos todos del calentón, a cuyo alarmante anuncio hay quien se dedica con pingues beneficios, pero también con entusiasmo, activos estos siempre tan unidos.
El romanticismo decimonónico, la revolución industrial y la tecnológica, ceden paso al siglo del cambio climático cuando no ha hecho más que empezar, a cuyo final, muy pocos de los presentes estaremos invitados, instalados por esas fechas en el éter, libres del frío, como también del calor.
Hasta llegado ese momento seguiremos con el roce y la fricción, calentándonos unos a otros. Quizá prescindamos del barril de petróleo, próximo a los cien euros. Pero para eso, queda todo un siglo por delante.
Octubre 2007-10-30
SALÓN DE ESTAR
Nuestra particular calle, alma y sendero por el que transitamos a diario, ya pocas veces nos llama la atención, acostumbrados como estamos a sus rutinas por la que pasamos como Pedro por su casa restándoles importancia. Es también el calvero donde pernoctan los coches que, como caracoles multicolores, la adornan sin el mejor gusto; y mientras tanto, el cartero arrastra por la acera su carrito amarillo preñado de mensajes para dejarlos tras el umbral de una puerta, depositando en el buzón los cargos bancarios o la molesta publicidad, en lugar de las entrañables cartas de amor escritas a mano, esas que ya no existen, reemplazadas por un breve SMS o por un hotmail.com.
Por sus aceras, el empleado de la ORA, atento al coche pasado de tiempo y guardián de su obligación, da los buenos días a Vicente, el jubilado y su perro, al que pasea junto al bordillo próximo a los alcorques, esperando que abra sus patitas de atrás, mientras el perro pone la carita de quien nunca ha roto un plato, y su dueño junto al arce de peinado mustio y amarillento aguanta estoico el alivio del can.
El cuadro escénico es el de un día otoñal, pero en el que algo ha cambiado. Porque cuando saludo a mi vecina de al lado de mi casa que viene cargada con el carrito de la compra, la saludo con una sonrisa en mis labios, instante en el que me sale de la boca un ligero e inesperado vaho, debido al bajón de la temperatura por el frío viento desprendido de las enormes ubres de la naturaleza, que nos avisa del próximo parto equinoccial, ese que se repite cada tres meses.
Las cuatro estaciones navegan en un trayecto de suma y sigue, rodeándonos, como las cuatro paredes de nuestro hogar que nos cobijan, ampliado al tertuliano salón de la calle; allí donde cada vez más cansinos por el peso de los años, caminamos más ligeros de equipaje a sabiendas del escaso valor de ciertas cosas que ya no sirven para nada.
De golpe ha llegado el frío y cerramos las ventanas o encendemos la calefacción, todo “en un plis-plas”, frotándonos las manos cada vez más torpes, agotadas, cansadas, pero muy sabias, buscando en los bolsillos el calor de nuestro cuerpo -nuestro más apreciado valor patrimonial alejado de los vaivenes del euribor- hasta que en ellos se protegen, seguras y confiadas.
Aumenta el frío, como el precio de la cesta de la compra, y dice mi vecina que cada vez le pesa menos porque no puede comprar más, aunque esto no le supone ninguna alegría a pesar de su cadera cada vez más débil.
Son cosas que pasan a diario en nuestro salón urbano a las que no damos importancia, salvo a la más fatal: cuando sabemos de la falta de un vecino, porque otro nos lo anuncia con un frío y más que nunca triste vaho.
LATA DE SARDINAS
Recuerdo, entre aromas de verduras y de especias, ante bodegones de frutas de colores relucientes, y de cestas de pescado sobre el frío mármol regado por las pescaderas chillonas y alegres, cuando en los primeros años de la década de los sesenta, en aquellos tiempos del panecillo de una peseta comprado en el horno del barrio, crujiente y caliente por recién hecho, cuando iba al Mercado Central próximo a mi casa y le pedía al dueño del puesto que lo llenara de “mezcla”.
Lo recuerdo con su mano izquierda presionando el pan sobre el tajadero, y con la diestra hincándole su cuchillo, fino y afilado, y lo abría aliviándole su tripa de migas para llenarlo después con atún, más unas pocas aceitunas sin hueso rellenas de anchoas. Terminado el encargo, lo envolvía con papel de estraza en el que aparecían manchas aceitosas que evitabas impregnaran tus ropas, cogiéndolo con sumo cuidado y deseando comerlo. Esa era una opción en solitario, porque si éramos dos los deseosos de compartir la hora del almuerzo, en ocasiones, comprábamos una lata de sardinas, deliciosas las de en escabeche, y con el abridor “el explorador”, tan resbaladizo como peligroso, descubríamos su habitáculo repleto hasta el techo de aquellos débiles cuerpecillo descabezados, prensados unos a otros y cubiertos de una piel plateada, suave y frágil, que dejaba desnuda a la sardina sólo con tocarla. ¡Las famosas sardinas en aceite! que pese a los años pasados, siguen de actualidad, como si estos no corrieran anclados en el pasado. Y hasta ocupan las columnas de los periódicos como algo extravagante, cuando cada vez es más común saber de ellas en las calles de cualquier ciudad, igual en sus zonas céntricas que en las de los extrarradios.
La lata de sardinas que les hablo tiene setenta metros cuadrados y en ella habitan más de setenta inmigrantes arracimados a voluntad propia, aunque obligados por la miseria de la que huyen. Y en ella, en su uniformidad, ocupan cada uno de ellos algo menos de un metro cuadrado, suficiente para estar de pie, porque tumbados, unos serían el colchón de otros, próximos a la frialdad del vacío vecinal y con el baño aceitoso que los oprime. Jamás tantas sardinas juntas ocuparon tan pequeño palacio, en un salón sin cortinas, sucio y maloliente -como lo fuera la lata podrida víctima de un poro inesperado- a instancias de unas paternales mafias que se enriquecen a su costa, dejándoles abandonados en su camino, y no solo al abrigo de su curtida piel, sino muchas veces sin cabeza, como las mismas sardinas dentro de su propia lata en aceite que les lleva a la muerte. Los imagino entrando por un escaso pasillo alfombrado de cuerpos callados, con sus caras envueltas de sombras, escuálidas y febriles, de barbas enmarañadas y de ojos blanquecinos, fijos, que como pilotos indicadores, anuncian su presencia, prietos y estrujados, con sus rodillas en los riñones del vecino desconocido, protegiéndose del frío invernal, cara a la Navidad, y con la ayuda del brik de vino rancio y peleón principalmente.
Llegarán las fiestas navideñas y las celebrarán apiñados, deambulando durante el día por las calles buscando el hueco libre en la calzada que les facilite unas monedas conseguidas de quienes desean aparcar, o dedicándose al pluriempleo incontrolado que les permita cenar la Nochebuena con “el cordero pascual” de una hogaza de pan, aunque sea con sardinas.
14/12/2007
CALCULADORA CULTURAL
Comienza el año y con él el periodo de las rebajas, o el electoral, cuyo resultado incierto nos hace presagiar unos días calientes, llenos de expectación. Pero ahí no se terminará el año, lleno de efemérides cada vez más frecuentes. Todo es cuestión de echar la cuenta del tiempo transcurrido mirando hacía un pasado cuyo recuerdo queremos traer hacía nosotros, celebrando o recordando unos hechos más o menos singulares.
A las tradicionales celebraciones de los veinticinco, cincuenta o más años -las de plata u oro- de un evento relevante, o a las más lejanas en el tiempo de cuyo almanaque centenario cayeron sus hojas como lo hicieran las de sus otoños, se suman también las de algún milenio fascinante, puente a nuestra oscura Edad Media en la otra orilla de nuestra historia. Y más si cabe, cuando la moda imperante consiste en la celebración de cualquier hecho histórico -a condición de que el tiempo trascurrido sea múltiplo de diez o de cinco-. Lo que por su proliferación nos indica que estamos en época de bonanza económica, pese a que por su caminar tambaleante no nos lo parezca.
El hecho en sí, no es baladí, pues recordar parte de nuestra Historia en unos momentos dedicados a su ultraje y vilipendio más parece una buena señal, y que por necesaria, debemos prestarle la máxima atención. Es bueno animarnos a seguir de cerca los actos que se avecinan, de cuya enseñanza siempre habrá algo interesante que aprender. Sobre todo, para una gran parte de nuestra juventud, que dedicada a la cultura del botellón, publicitada a todo tren aunque sin la rúbrica del humo que la patrocina, necesita saber no solo lo que somos, sino también de dónde venimos, así como conocer los protagonistas de un peaje milenario, sin cuya aportación seriamos otra cosa. Mejores o peores, esto es lo de menos, porque la respuesta cierta a la pregunta es un imposible.
Vemos a primera vista, tras levantar el telón de nuestro almanaque, que en el 2008 cobrará fuerza el nacimiento de Jaime I, ocurrido hace ochocientos años: el forjador de la Valencia cristiana, que antes fue musulmana. Tendremos la ocasión de recordar a Alfonso V, quien murió hace quinientos cincuenta años. El Rey Magnánimo que tanto supo agradecer a Valencia sus importantes ayudas económicas, sin las cuales, la expansión mediterránea no hubiese tenido continuidad. Recordaremos a Calixto III, el primer papa valenciano, fallecido en el mismo año de 1458, sentado sobre la misma silla papal que ocuparía años más tarde otro paisano ilustre.
Y fue “el Palleter” quien alzó su voz contra Napoleón hará pronto doscientos años, aupado en una simple silla muy cerca del Mercado Central, próximo éste también a cumplir su aniversario de ochenta años. Y vamos a poder felicitarnos por nuestra Constitución, ya de treinta años, que aunque joven, algunos pretenden cambiar por desfasada –eso dicen ellos- cuando tanto le tenemos que agradecer. Como a la Declaración de los Derechos Humanos que celebrará su sesenta aniversario, cuando es tan necesaria como ignorada.
Nadie mejor que Sorolla supo pintar la luz, nacido hace ciento cuarenta y cinco años, cuando corre por nuestra ciudad la fiebre sorollesca de sus “visiones de España”, en una exposición brillante que después hará su recorrido por otras ciudades españolas, cuya simiente esperemos dé sus frutos.
El ya en marcha año 2008 nos dará ocasión para disfrutarlo, no sólo por estos eventos, sino también en otros muchos. Sólo nos hará falta aplicar el diez o el cinco y el hijo ilustre hará acto de presencia, o el suceso que le diera fama y nombre, a cuyo recuerdo es aconsejable ocupar parte de nuestra vida. 15 Enero 2008
NOSTALGIAS
Eran unas calles de albañales embozados, de iluminación amarillenta, casi opaca, de pantalones remendados, de juegos y fútbol de botones sobre las claraboyas satinadas que alfombraban parte de las anchas aceras en los edificios nuevos, recién construidos, porque las de las viejas, además de estrechas, mostraban las arrugas de sus años ya ancianos por las que era imposible se desplazaran ligeros cualquiera de los botones de bakelita sacados de la canastilla de nuestras abuelas. Eran las de los juegos de escondite, las de la trastada gamberra, las de la “corretja”: donde siempre había un portal de mármol, nuevo y reluciente en el que protegernos, porque una vez alcanzado su refugio, te encontrabas a salvo del latigazo dirigido sobre nuestro frágil cuerpo infantil.
Allí estaba Pedro, el de los cacahuetes, el que nos llenaba los bolsillos de pipas de girasol por una perra gorda. Todos los días, cuando al salir de la escuela, jugábamos a las canicas en el centro de la calle sin preocuparnos por un tráfico del que nada sabíamos, años en los que aún no había llegado el momento de los coches, que, tras los ensanches, pasaron a ser los amos de la ciudad, desplazando a quienes hasta ese momento habíamos sido sus dueños.
Nada sabíamos de la magia de la televisión, pero gozábamos con el cine de barrio cuya existencia ha desaparecido de nuestras vidas. Y no había árboles en aquellas estrechas calles, pero tampoco semáforos, los que ahora, sin embargo, obligan a podar las ramas para ver en sus ojos intermitentes, el tic tac que regula el tránsito por la ciudad.
Poco a poco, las viejas casas iban cayendo al suelo empujando la creación de calles anchas, espaciosas, rumbo a un progreso que ahora se ha convertido en nostalgia de aquellas pequeñas retículas de nuestros juegos, cuyo recuerdo silencioso nos permanece.
Maruja la lechera; Juan el del horno; Cristóbal el tendero; el remendón de Ismael, el de las medias suelas; y el Antonio, el que en el mercado se secaba sus manos en el mandil después de servirnos el encargo de un filete de hígado para comerlo frito en nuestras casas, cuando nada sabíamos de la salsa roquefort.
De todas aquellas tiendas y de algunas más, de las del barrio, sólo nos quedan las cenizas de recuerdos nebulosos: un pasado disuelto por la amplia calle actual, constreñido por fantasmagóricos sueños de nuestra infancia. Y entre ellos, aparecen nuevas tiendas llenas de glamor, pero vacías de un calor que ahora tanto añoramos.
La amplia y lujosa calle donde van apareciendo los Bulgari, Loewe, Louis Vuitton, Lladró, y sus grandes ventanales de cristal; pinacotecas indoctas, pero de lujos y diseños caros, marcas de dorado prestigio ante las amplia acera del gres duro y alfombra roja, por la que nunca jamás volveremos a ver correr los botones de bakelita impulsados por los dedos de una chiquillería feliz, inexistente en las horas de la tarde, cuando antaño, una vez fuera de la escuela, se relamían en sus ratos de juegos, de guerras y de cromos, de papás y de mamás.
22 de Febrero 2008
SUFLÉ URBANO
Son pequeñas, pero pegadizas y cuando se adhieren a nosotros resulta difícil liberarnos por mucho rascar sobre el césped o el canto de cualquier piedra, al paso de nuestro camino. El regate resulta válido cuando nos llega a tiempo el aviso de su existencia, y un saltito o un zigzag es el guiño más eficaz a la no tan inofensiva amenaza, porque en su inocencia callada se esconde siempre la más repugnante de las intenciones, sellada a nuestro cuerpo por el andar distraído.
La ciudad es el gran refugio de nuestros desechos y el buzón donde muchos dejan su tarjeta de identidad. Sea en la concurrida calle o sea en el parque cubierto de follaje, caminos por los que se desplaza un esforzado corredor de fondo experto en vallas de escasa dificultad, aunque ajeno a que el destino se incruste en las suelas estriadas que le aíslan del sendero.
La ciudad es bella pero a ras del suelo no lo es tanto. Justo en el sitio por donde caminamos, alguien aparece acompañado por su perrito. Y es cuando su amo lo ignora, justo en el instante que una caquita queda sobre la sufrida vereda urbana ansiosa de cuidados.
El amante dueño del animal se hace el loco, cuando el can, apretando sus temblores, deja en el suelo una firma inteligible a la que a bien seguro sucederán otras más, porque en la necesidad, el mejor aliado es la negligencia.
Son pequeñas, pero muy pegadizas, como lo son los sobres higiénicos donde debieran esconderlas quienes dejan recados malolientes sin destino conocido. Pero muchos no saben de correos ni de emails, y dejan perdido el garabato en forma de pastel para que quien venga confiado se haga dueño del suflé: caminante ignorante de que en cualquier lugar, acera, incluso encima de un frío banco de piedra, son los sitios más frecuentes donde alguien deja fe de su incivil presencia.
Y es con el pringue desafortunado, adherido a nuestra alma, cuando iniciamos una lucha tan veloz como vergonzante contra el alcorque o lo que se pueda, en busca del remedio que nos libere del regalo inesperado.
Confieso que mi amor por los perros es limitado, aunque sé de su lealtad y abnegación en la defensa de su amo, quien, sin embargo, cuando se encuentra observado por otro caminante en el instante de la firma, inculpa al animal con la seguridad de que éste nada le echará en cara. En su silencio, el perro pensará: hago lo que me enseñaste.
Quiero que sirva mi apunte como homenaje a los que tienen la sana costumbre de acachar su lomo y recoger lo que su fiel amigo deja. Pues de todo hay en la viña de la ciudad.
Marzo 2008
CARÁCTER VALENCIANO
Acostumbran a decir “el Levante feliz”, pero tras el elogio, a veces con el tinte de la envidia, se esconde la aceptación de una verdad cierta en la que merced al optimismo de las gentes que lo integra, supo siempre afrontar cualquier adversidad, incluso superarlas, a base de tesón y de una responsable alegría, en ocasiones mal interpretada.
A la luz que nos brindó nuestro paisano Sorolla, tan de actualidad en nuestra ciudad durante los últimos seis meses, criticado por un fundado pesimismo que inundó de brumas a la generación del noventa y ocho, se le unió la tragedia de “La barraca” blasquista, que, no obstante, supo pervivir en el tiempo junto a “ la alegría de la huerta”, cuyos sembrados, por otra parte, ocupan menos espacio en la actualidad debido al crecimiento urbano, especialmente, y al “enorme campus del Politécnico” en el que el producto de la siembra cultural, fruto necesario y nada despreciable, no hace más que restar, sin embargo, trabajo al milenario e inigualable Tribunal de las Aguas.
La Valencia liberal y tolerante, abierta al mediterráneo (cada vez más cercano a una ciudad de la que antes vivía alejado), fue lugar de entrada de sucesivas civilizaciones que han ido depositando en nuestro crisol, más que la cultura de la vanidad la del desprendimiento y la de la entrega, y a ella siguen acudiendo gente cada vez con mayor intensidad. Acuden a la aldaba barroca de nuestra historia, confianza de la que se aprovechan otros siempre dispuestos (y con sus alforjas prestas al botín) en su pertinaz intento de apoderarse de lo que nunca les perteneció. La Valencia generosa, en la que permanece intacta la alegría de la pólvora que la envuelve, la que se embriaga al mismo tiempo con el perfume de un bullicio cada vez más presente, en una ciudad que es cada vez más internacional.
El prestigioso doctor Rojas Marcos, profesor de psiquiatría en la ciudad de Nueva York, la capital del mundo en la que cohabitan todas las especies humanas, gran conocedor del entramado humano que condiciona al hombre, y de visita en nuestra ciudad, nos define como portadores de sentimientos positivos, a pesar de que no nos ufanemos de ello. Pone el punto sobre las íes justo en su sitio y acierta de lleno cuando denuncia la falsa idea de que el optimismo convive con la ingenuidad, por lo que el trueque resulta mal visto, siendo la causa del renuncio.
Algo así, como lo que muchos definen como “meninfotismo”: definido como el restar o quitar importancia a las cosas, desatendiéndose de ellas, cuando lo que en el fondo subyace es la buena acogida y tolerancia a quienes nos visitan.
Incluso a los que en ellos se anida la más perversa de las intenciones; que haberlos, haylos.
Abril 2008
¡CÓMO ESTÁ EL PATIO!
Abrir mi balcón en la tranquilidad de la noche para dar un brinco y saltar al del vecino sin ser visto por nadie, bien pudiera pensarse en que mi única intención es la de apropiarme de lo ajeno. Pero no, no es este el caso.
Mi “Bloc de Notas”, ávido de apuntes, enfila “Con sentido crítico” a su tan instruida como licenciada dueña, Inmaculada Sánchez Ramos, en el firme convencimiento de que el irrumpir en su parcela, tendrá la misma consecuencia que si picando su aldaba le pidiera algo de azúcar o un poco de arroz, alimentos olvidados en mi compra de ayer por los anaqueles del supermercado. ¡Qué bueno, tener a la afable Inmaculada de vecina!
Y es que… llevamos tantas cosas sobre nuestra espalda, que olvidarnos de algo, es lo normal, aunque a veces, creemos que nada nuevo nos asiste y que todo ya está inventado. Pienso que hay quienes plantean que los buenos tiempos pertenecen al pasado, incluso hay quienes se remontan al Medioevo persuadidos por viejos libros de caballería en los que perdidos por sus páginas, la libertad de su imaginación nada tiene que la coarte. A estos, pendientes sólo del pasado, se oponen quienes piensan en el futuro y creen que avanzamos hacía un mundo mejor, cuando la única verdad es que cada vez vivimos más años y la mortalidad infantil ha desaparecido, al menos, en la parte del mundo que nosotros vivimos. Todo lo demás es cuestionable.
Sueños aparte y con los pies en el suelo, en el día a día de cuyas hojas han ido desapareciendo los otoños, enfrentados el machismo y “las armas de mujer”, sus mejores bazas han estado presentes en la medida que el favor del viento soplase a su favor.
En la actualidad, las leyes de la paridad y las pertinaces reglas impuestas a la sociedad por quienes tratan y trataron de condicionar nuestra voluntad a base de catecismos cristianos o paganos, pero siempre en formatos de libros de texto, hacen que surjan nuevos modos de conquista que se rebelan contra lo impuesto, desbordándonos por donde pasan.
Mientras que antes los jóvenes recurrían al cigarrillo para aparentar ser mayores, ahora utilizan el acoso bizarro con la pretensión de ser adultos imponiéndose a los demás. En sus fuerzas gamberras insinúan su hombría, y así piensan una parte de nuestros jóvenes que como las manchas de aceite, ensanchan sus fronteras en su cobarde actitud.
Vestidos con la coraza de la impunidad y en contra de la voluntad paterna a la que esclavizan, la “dictadura del menor” está cada vez más presente en nuestra sociedad, cuyas huellas, vemos en cualquier parte, proclamado a diario en los medios de comunicación que nos inundan.
A la rendición de la familia abrumada por las hipotecas, se suma el acoso a los profesores que son considerados por una parte de los padres como los principales culpables del drama, convertidos todos en víctimas propiciatorias de un juego en el que el menor es el gran triunfador de su batalla campal, cuyas reglas él mismo impone.
Si antes coincidían en bulliciosa armonía dentro de los amplios patios de recreo el empollón de turno y el que ocupaba el último lugar de la clase, en la actualidad, fuera de las actuales canchas escolares, aunque también dentro de ellas, cohabitan juntos y revueltos los verdugos y sus víctimas.
Si en Fuenteovejuna fueron todos a una y fueron capaces de lograrlo, los padres y profesores, desunidos y sometidos a la ley prepotente del menor, ven en su impotencia cómo su indefensión es cada vez mayor, fruto de unas leyes educacionales cuya responsabilidad eluden sus creadores.
Para muestra, un botón: páginas de sucesos de cualquier medio informativo, cualquier día del año, siempre adoctrinadas aunque se digan libres e independientes.
Para que no se me olvide, dejo en éste mi “Bloc de notas”, apuntada la nota para la compra de mañana, un kilo de azúcar y otro de arroz en mi visita al mercado.
Mayo 2008
FERNANDO BOTERO EN EL IVAM
Fernando Botero nos regala en el IVAM una muestra, fiel a su estética, de “el circo” en el que vivimos, el que permanece inalterable pese al paso de los siglos.
En el albero de la Roma imperial las alimañas glosaban su triunfo sobre seres famélicos, cuya única fuerza que les mantenía en pie era la fe. Nada ha cambiado pues desde entonces, salvo el mundo de opulencia manifestado por el firme pincel del colombiano Botero, en los que, gordos y lustrosos, sus personajes son utilizados para representar una parte del mundo actual en el que se enfrenta la crueldad de los verdugos, a la humanidad de sus víctimas. Y en torno a tal esperpento de vivos colores, cifra su esperanza en el mundo del circo confiado en que la disimulada red que le rodea, sirva, al menos, para algo.
Nada pues queda difuminado, y en la luz de sus oleos sobre lienzo junto a las mordazas opresoras sobre bocas y ojos, la soga de esparto que ata manos, pies y cuellos, las figuras nítidas con pinceladas sanguinolentas, posan desesperanzadas a un martirologio donde la sodomía y la vejación castiga al desprotegido que se ve inmerso en un mundo rollizo, rasgo al que Botero siempre recurre.
Y su denuncia, pese a la deformación de sus renglones que tienden hacía la ampulosidad, la hace así más clara y más veraz, más rotunda, pertrecho de una iconografía donde la práctica de la reposición de antiguos sacrificios sobre la especie humana no es casual, porque su adición está y estará siempre latente en el detritus más abominable del ser humano.
La desnudez de los cuerpos la utiliza Botero como lienzo de llagas, huellas impecables de indefensos, fruto de las dentelladas de unos perros salvajes que si son el mejor amigo del hombre, adiestrados para la destrucción, cumplen en su compromiso voraz (auténtica manipulación como la que nosotros estamos sometidos) el encargo del martirio y de la desolación.
Fernando Botero, delator de tantas violencias y masacres sufridas por luchas tribales allí donde sucedieran, denuncia ahora las torturas que recibieron los reclusos de la prisión de Abu Ghraib, en Irak, por parte de los soldados americanos, gozosos de su hazaña. Presidio éste, donde también sufrieron torturas los prisioneros políticos en manos de Saddam Hussein, el genocida estadista, y a las que en un futuro y ojalá no ocurrieran, seguirán sufriendo otros, por más que las instituciones al efecto traten de evitarlo.
Aprovechemos al menos, si es que para algo resulta útil, la lección del siglo pasado que debe servirnos para que las miradas de párpados bajados e instaladas cima de sus propios resortes propensos al giro de cuellos hacia otra parte, ostentando patentes de una supuesta intelectualidad, añada y cosecha propia, víctimas de una panfletaria buena fe, cuya simiente borde negara o justificara con su silencio los más horribles crímenes contra la humanidad, no vuelvan a repetirse.
Desde mi Bloc de Notas os recomiendo visitéis con frecuencia el IVAM: el Instituto Valenciano de Arte Moderno, situada en la calle de Guillem de Castro, donde cualquier genialidad os puede sorprender.
Junio 2008
LECTOR IMPENITENTE
No supe de su nombre, ni siquiera se lo pregunté. Todos los días me lo encontraba sentado en la acera, junto a la entrada del mercado, enfrascado en la lectura de un gastado libro de páginas ya amarillas y algo arrugadas, quizá buscado o encontrado con sus manos en no sé cual lugar, o quizá recibido de alguien que a sabiendas de su afición inquebrantable por los libros, le hacía tan preciado regalo.
Junto a la acera, apoyada a la farola, tenía su bicicleta de marco oxidado sobre la que en ocasiones le veía veloz por el barrio en dirección a su lugar habitual, y siempre seguido de un fiel perro que, más tarde, tumbado a su lado y descansando su boca aplastada sobre el suelo, movía sus párpados con apacible descanso.
Una gorra vieja y algo sucia, porque no podía ser ni nueva ni limpia, en el suelo, bajo el zaguán de la entrada al mercado, era el reclamo para que algunas monedas completaran su jornal, y que él, junto a su perro y su bicicleta, convertía la calle en salón de lectura y de cuyo disfrute tanto gozaba.
Debían de gustarle los libros de aventuras y de épicas gestas, según advertí una vez, cuando una tarde fijándome en las tapas de su libro sujeto por sus manos poco lustrosas y de yemas manchadas, quiero creer que de la tinta negra robada a sus páginas que con tanto cariño cuidaba, y que con sus dedos mimaba, vi en su portada a un hombre barbudo de faja roja y de igual color su pañuelo anudado a la cabeza, con su pipa de viejo corsario y seguro oliendo a ron, que mientras miraba a la mar, tenía todo el semblante de ser el pirata cuyas aventuras narraba Walter Scott.
Y él se embelesaba en la lectura imaginando a un cañón escupiendo fuego desde un pequeño cascarón a la caza de un botín, o sabiendo de las rutas marcadas sobre un mapa de cuero en el que una cruz roja descubre la presencia de un tesoro escondido en una isla perdida, pero alertada en el mapa.
Sentado en el suelo pues, y cruzadas sus piernas, escrutaba la mirada en las letras gastadas sobre las que de vez en cuando dejaba la mueca expectante de su rostro, producto de algún lance bizarro que entusiasmaba su corazón.
Y era tal su dedicación a la lectura en la que estaba absorto, que ya poco le importaba su vieja gorra, en la que cuando alguna moneda caía, sólo el perro le prestaba un poco de atención, en ademán tranquilo y fiel a su dueño.
Le vi durante algunos meses, medio año quizás, en los días de su biblioteca callejera bajo el zaguán del mercado con su libro entre las manos, reemplazado en ocasiones por comics de bélicas hazañas, y siempre acompañado del perro y de su gorra en el suelo, y con su vieja y destartalada bicicleta tan oxidada como útil.
Mas hace ya un tiempo que ni le veo volar sobre su bicicleta, ni a su perro correr tras él, ni le encuentro sentado en el suelo leyendo una historia que abría su imaginación hacia un lugar soñado que sólo él sabía. A saber dónde.
Quizá se halle perdido en su edén añorado, pero seguro que con un libro entre sus manos pasando páginas, unas tras otras, e ilusionado por un mundo que desea conocer; y que seguro sabe cómo: ensuciando sus dedos de tinta, mientras el tiempo le harán callo.
Julio 2008
ALMACÉN DE OBJETOS PERDIDOS
Céntrica y ronda urbana, ancha y de especial atractivo, es la calle que circunda y abraza a su centro histórico como antaño lo hicieran las murallas que lo protegían a lo largo de su recorrido. Más de un siglo hace de su derribo, puertas abiertas hacía un ensanche que Valencia tanto necesitaba. Y aquí sigue ella, la más antigua ronda de la ciudad, que sufriendo por la automoción, goza de su emblemático entorno testimonio de viejas construcciones que nos hablan de su pasado. Pero no todas persisten, muchas desaparecieron y sólo nos queda su recuerdo.
Porque al paso de las desamortizaciones y de sus piquetas después, como al del tiempo que todo lo envejece y a la ambición urbanística que tanto nos corrompe, cada circunstancia en su momento, han ido destruyendo sus antiguos conventos, sus solariegas casas, sus recintos públicos, su viejo Hospital Provincial, obligado éste a su traslado a una zona más abierta, y del que quedan en pie los restos de algunas de sus puertas, su crucero eclesial hoy moderna biblioteca, la vieja ermita “Capilla del Capitulet” y una sucesión de piedras y columnas que adornan a un jardín donde los olivos abanican los días con sus ramas de paz.
Pero por una causa especial, sí recuerdo en los restos del viejo Hospital una no muy grande estancia reconvertida en almacén y utilizada hasta hace unos cuarenta años como “local municipal de objetos perdidos”: allí se apretaban sus largas estanterías de pasillos estrechos, cuyos anaqueles, uno encima del otro, llegaban hasta el techo, llenos a reventar de toda clase de extravíos a la espera de su dueño.
Sobre todo, había bolsos y carteras de todas las hechuras, tantos como peces en el mar y que viejos y sin el colorido de estos era lo que más abundaba. Y con seguridad también a la par que con los paraguas, por ser éste el objeto más perdido desde el momento de su invención. También se guardaban un gran surtido de maletas y maletines, de sombrereros, de correas y de ropas, y hasta alguna que otra desvencijada bicicleta; albergado todo en aquel rancio almacén, donde un par de empleados recibían con sus manos abiertas los objetos perdidos disponiéndolos de tal modo, por si alguien allí los buscaba. Al abigarrado enjambre de objetos extraviados, acudía la gente con la esperanza de dar con lo suyo, la pertenencia añorada que consideraban perdida.
Es un recuerdo el que ha pasado por mi mente, fugaz, de sombras equivocas y de flases irrelevantes, pero que han ocupado por segundos un hueco en mi memoria. Su evocación pertenece a un pasado, que por increíble, me produce sonrisas llenas de nostalgia de una forma de vivir en la que la buena fe vecinal y su desprendimiento, era el mejor de los legados.
Era el de la ciudad de puertas abiertas, pero de cinturones apretados, en la que, sin embargo, ni se hablaba de hipotecas ni del desaprensivo Euribor, ese de cara tan rancia como inescrutable.
¿Y por qué me viene al recuerdo aquel lugar tan entrañable, convertido hoy en jardín de viejas columnas, restos de un antiguo hospital?
Y es que la sonrisa me ha llevado a rememorar telones tan oscuros como olvidados por la pregunta de mi nieta, cuya sorprendente ocurrencia da fe a la esperanza: la que nunca debemos perder.
“Iaio, he perdido un muñeco de trapo en el autobús. ¿Por qué no vas a objetos perdidos y miras si allí está?
Agosto 2008
LA TIENDA DE LAS OLLAS DE HIERRO
No resulta tan sencillo encontrarse de frente ante el corazón de la ciudad cuando él está escondido entre una maraña de celdas conectadas entre sí, muchas de ellas vitales. A la necesidad de su hallazgo se une la dificultad de su encuentro, víctima ésta de la duda que aunque pueda darnos alguna pista siempre sujeta el albur de los gustos, la más probable, siempre tendrá la dificultad propia del color variopinto de nuestras retinas, indecisas en la elección de que sea un lugar u otro el mejor de los elegidos.
Hallar el sitio correcto donde encajar los latidos de la ciudad y que sea merecedor en erigirse como el lugar indiscutido y llamado a procurar el impulso necesario que dé vida a nuestro hábitat, es arto difícil.
Así pues, nada de sencillo tiene encontrar la fuente que alimente el ritmo urbano de nuestras calles, en cuyas retículas se entremezclan lo antiguo con lo moderno, ambos lustrosos, como viene sucediendo en los últimos años en los que la ciudad, merced a los eventos que en ella se han ido dando cobijo, luce su mejor cara ofrecida a quienes nos visitan guiados al amparo de cualquier agencia de viajes, cual rosa de los vientos, desde cuyos puntos más alejados, el turismo, ha fijado su mirada en nuestra ciudad.
Sin embargo, la amenaza de los años cumple con su misión destructora y pone en peligro lugares entrañables, amenazados por la carcoma hambrienta, en cuyas paredes han ido dejando heridas abiertas, fruto del paso de los años. Lugares que se han ido debilitando y que han obligado a la intervención municipal ordenando su desalojo, como es el caso de la Tienda de las Ollas de Hierro, la entrañable tienda para tantos valencianos, sita en un edificio de balcones de hierro forjado cual hojas de almanaque, vestigios de tiempos pasados obligados a salvaguardar.
El comercio más antiguo de la ciudad está situado junto a la Plaza Redonda, el centro geográfico del casco antiguo de Valencia. Por el peligro de su derrumbe ha llegado a sentir en sus carnes el fin de sus días, evitado por el tesón de sus dueños y gracias a una rápida y eficaz restauración de sus destartaladas paredes. Con lo que se ha logrado que la Tienda de Las Ollas abra de nuevo sus puertas ofreciendo sus productos a una clientela que ha permanecido fiel desde el día que las abriera, hace de ello más de dos siglos.
Comercio de lentejuelas, de hilos de oro, de plata para bordados, de cintas para congregaciones, de imágenes y de objetos de religión, nada tiene que con su actual y antiguo nombre, el que le da ingenio y gracia, de cuando en el mismo edificio existía un almacén de ollas de hierro, mediados el siglo XIX, más de cincuenta años después de que iniciara su actividad tan especial mercería, la más antigua, y por cuyos desgastados y ahora lúcidos mostradores han pasado sus manos más de diez generaciones.
No es el corazón de Valencia, pero sí llega a ocupar una parte del nuestro, tan peculiar museo comercial.
Tras cruzar su umbral en nuestra visita, llama la atención el sin par mobiliario que lo tapiza; con sus paredes repletas de artículos para primera comunión, de paquetería y perfumería, así como de pañuelos, delantales, aderezos para traje de valenciana, sin faltar los moños para su peinado. Destacando también una pequeña capilla con la imagen de San Vicente Ferrer utilizada en ocasiones en devoto peregrinaje.
Próxima la fiesta de la Navidad, las figuritas belén harán acto de presencia dando al lugar un halo sacrosanto, cual vieja reliquia decimonónica, eficaz y afortunadamente salvada de la piqueta.
No, no es el corazón de Valencia, pero sus latidos están muy cerca, revitalizando la ciudad. Septiembre 2008
¡AH, LA FELICIDAD!
La tienda corresponde a un delicatesen de aromas caros y sabrosas estampas agradables al paladar, mostrados a lo largo de sus amplios pasillos cortinados de estanterías repletas de vinos con Denominación de Origen, ordenados por unas añadas entre las que competían los “grandes reservas” con los “reservas” y con los “crianzas”, sin despreciar a los vinos jóvenes, tan frescos al paladar.
Junto a ellos y unos tras otros, los mejores destilados de gran prestigio y fama: algunos de los que por sus precios prohibitivos complican su degustación. Contemplando tan selectos vinos, el fuerte perfume de los quesos y la pata negra de productos secos se apoderaban del ambiente, dando con sus nutrientes a la estancia un halo distinguido y ciertamente embriagador.
Donde la boca se hace agua y el olfato es seducido por todo lo que allí se ofrece, aunque la presencia en los precios de los cuatro dígitos unidad, fuera algunas veces una barrera infranqueable eximida a los privilegiados.
Y fue cuando sucedió todo en un segundo; cuando su andar decidido le hizo trastabillar quedándose enganchado al torno de la entrada en la que en ese mismo instante no había nadie, y a la que acudió raudo y en su auxilio un empleado servicial, atento a otros clientes y algo preocupado.
-¡Deseo un Beronia reserva 2004! podría Vd., apreciado joven, acompañarme al sitio que corresponda donde proveerme una de ellas- De esta forma requirió su servicio al dependiente un distinguido caballero, al tiempo que con su mano decidida y con sus dedos provistos de cierto temblequeo, los dirigió a la sección de los vinos a la que llegaba su mirada llena de emoción y no un menor deseo.
Algo torpe en sus gestos, producto de su avanzada edad, era de porte ilustre con aderezos de nobleza, no exento de buena presencia pese a su traje raído, como de baratillo, el que no le restaba ni un ápice de distinción. Con sus cabellos canos, tan cuidados como elegantes, ocultaba sus orejas gracias a unos mechones acaracolados, propios de su barroco peinado, que le hacía resaltar aún más si cabe un afilado y blanco bigote extendido hacía los lados; del que de vez en cuando se procuraba acariciándolo con los dedos nacidos de una de sus manos, muy nervuda y como es natural delgada.
Con la otra, y alegrándose en el consejo, una vez decidido por un LAN Crianza de muy buen precio, acarició la botella, de la que se apoderó e hizo dueño, agradeciendo de seguido la sutil recomendación.
-Y ahora por favor, apreciado joven, me gustaría para maridar al vino un “crottin de chavignol”. Solícito el muchacho, acompañó a su cliente a la zona de la charcutería en la que en pequeñas piezas de selectos quesos lujosamente envueltos mostraban su etiqueta entre los que se hallaba el requerido; el que le fue servido al instante quedando complacido y gratamente satisfecho.
-Gracias, muchas gracias. A las que acompañó con una ligera inclinación de cabeza a la gentil señorita que le había servido el queso.
Se dirigió entonces a la salida, donde le pasaron la cuenta que ascendía al módico importe de 87,65 euros. De su cartera vieja y lacia sacó un billete de cien y dando una última mirada a su alrededor pagó la cuenta abandonando la caja.
Luego, recreó su mirada un leve instante ante un sibarita escaparate atiborrado de manjares gustosamente colocados en el umbral ya hacia la calle.
Risueño y feliz, abandonó el local, y muy altivo le vi alejarse por la acera.
Quizá, en su bolsa comercial llevaba el mejor regalo para una cena en la que algo, quién sabe, él iba a celebrar. Ignoro si en soledad, o si acompañado: qué más da.
Lo cierto es que lo que buscaba lo encontró dispuesto al disfrute de una parte de su tiempo: Ah, la felicidad.
Octubre 2008
PASEANDO MÍ CALLE
Era la primera de mis obligaciones al levantar el día, hace de ello ya unos cuantos años, cuando aún vivía mi perro Nuki, el que un día se quedó en mi casa, como regalo de quien de ella se iba, mi hija, para que no nos quedáramos tan solos. Y luego, al anochecer, volvía a mi último deber del día: sacarlo otra vez con la intención de que paseara un rato en busca del alivio que necesitaba el pobre animal.
Era yo coger la cadena y mi perro se volvía loco dando vueltas en el recibidor de mi casa hasta que mirándome a los ojos y con algún ladrido de urgencia, se quedaba a la espera que le fijara a su collar, único instante en el que Nuki permanecía quieto.
Era un caniche grifón, pequeño, feo como la madre que lo parió y con malas pulgas, pues cuando algo no le gustaba, ladraba sin cesar hasta que se salía con la suya. Efectivamente, nos había ganado la mano a todos en el claustro familiar.
Ya en la calle, una par de vueltas a la manzana y misión cumplida. Sólo un detalle: no era yo quien lo sacaba a pasear, pues más bien era al contrario. Como necesitado de vapores voluptuosos, hincaba el hocico en ese vértice continuo donde se une la acera a la pared de las casas, lo enfilaba y había que ir detrás de él, ligero de paso, tal era su ansia a la que se unía la fuerza de su cuello que lo hacía incansable, lo que me privaba el disfrute de un tranquilo paseo por mi barrio.
Incluso seguía haciéndolo cuando ya tenía sus años, que aunque llegaba a cansarse, nunca cedía en su empeño. Y una vez recuperadas sus fuerzas ¡vuelta a tirar! Y yo detrás de él, obligándome a su ritmo.
Hace unos cuantos años de ello, les decía. Y lo tenía olvidado. Sin embargo, ha sido hace unos pocos días cuando me ha venido al recuerdo mi obligación de entonces, al ver a un joven con su perro en el mismo trayecto que yo utilizara.
Ignoro la raza del perro, corto de pelo, de color tierra rojiza, ancas poderosas, mediano, pero tirando a grande, fuerte y robusto; como su dueño: joven corpulento, fuerte, auténtico “cachas” salido de un gimnasio en el que se machacan los músculos.
La pregunta que me hacía al verlos era si aquello era pasearlo, porque el perro, sólo hacía que anclar sus piernas en el suelo tirando hacia atrás, como queriendo quedarse mientras su dueño tiraba de él, llevándoselo a rastras consigo e imponiendo su fuerza a la del acostumbrado y dócil animal. Así durante todo el trayecto que fui tras ellos.
Su amo, mirada al frente, cabeza alta, engreída, caminando ligero, como teniendo prisa por llegar a alguna parte y llevándoselo a rastras sin hacerle el menor caso.
Nada que ver con mi pequeño perro, olisqueando ligero, que me obligaba a seguirle cuando era él el que me sacaba a pasear todos los días dos veces.
Noviembre 2008
LAS GARGOLAS DE LA LONJA
Si las gárgolas hablaran, ¿qué nos dirían? Por si acaso, voy a su encuentro y les pregunto por su mirada al tráfago desde lo alto de sus aleros, que qué es lo que observan.
Y voy a ellas interesado como estoy por sus cuitas en torno al mercado, al que con ojos escrutadores y bocas abiertas fijan su atención ante cualquier escena que bajo sus miradas se produce. Envueltas en halos de lujuria, a la par que de cuerpos demoníacos, pletóricos de irreverencias.
Allí permanecen, y que pese estar ajadas por la erosión del tiempo, siguen atentas merced a la expresividad que dejara el autor cincelada su obra; como la de su alma, símbolo pagano logrado por los años anidados en ellas. ¿Mira que si hablaran?: me pregunto.
De seguro que no se les ha escapado ninguno de los detalles bajo en la plaza, y en su fuero interno, duro como la piedra, los tienen memorizados desde el quattrocento de su construcción.
Hoy he querido saber de ellas. Ha sido un día de azul suave y ligeros algodones, algo frio, en el que su gélida sensación no ha hecho mella en mi cuerpo, embriagado al escuchar enredos de vecinas, frenados por el murmullo del mercado y el azote desarraigado de los coches, los que instaban a concentrarme con la mayor atención.
El sol, ya iniciada su huida, dejaba sus postreros besos en la fachada de la Lonja, la única causa a mi favor que me permitía observar tranquilo y placentero, tanto el perfil de sus cuerpos, como la claridad en su bocas, tan groseramente abiertas.
Por sus figuras animalescas, algunas aladas, igual me parecen bufones a pie de las almenas, cual guardianes del amplio salón, el columnario de la Lonja, lugar que fuera de saraos de la nobleza valenciana a la que mostraban sus irreverencias cuando pasaban bajo ellas; guisa en la que persisten impenitentes, tras reciente restauración.
He escuchado de sus bocas, llenas de desparpajo, y por ellas he sabido de su gastronómica puesta al día ante la actual crisis, y en especial por las quejas en la subida de los ajos, que por su alto coste, priva su añadido a las ricas sopas de cebolla hechas al fuego lento de la vieja cocina, la que no sabe de prisas, éstas que tanto aumenta el estrés al sufrido ciudadano. Estado de excitación que agrada a las gárgolas, al tiempo que sonríen viendo sufrir a la gente, tal es su demonizada actitud.
-¡Qué queda del pudor- me preguntaba bajo el arco ojival de la puerta principal, en cuyas arquivoltas pequeñas figuritas nos alertan de los pecados del mundo: un ángel custodio, atónito por las minifalderas de ombligos abiertos que pasean ante sus ojos, tan lejanas de aquellas mujeres que cruzaban hacia el mercado cubiertas de largos faldones manchados de barro las más de las veces.
Un diablo desde lo alto del Torreón, atento al párroco de San Juan, seguía sus pasos ligeros, mofándose voz en alto cuando vio que el cura sufría un pequeño traspiés al limosnear en el mercado.
Tan solo me percaté de estos ecos, más que suficientes que despejaran mis dudas. Mas en todo lo alto, torneando con mi mirada tal joya gótica valenciana, las sucesivas gárgolas, símbolos del lado más oscuro de la humanidad, soeces y paganas, se alertaron de mi presencia. Fue entonces cuando una de ellas me sonrió, mostrando sus genitales como diciéndome aquí me las des todas.
Atento a su osadía, el zoom acercó su gesto a mi máquina: el que no he dudado en captar, por si el oprobio es merecedor de mi denuncia ante la guardia municipal.
A mis preguntas sin respuestas, alzándoles la voz, sonreían jocosamente con sus caras ladeadas y guiños en los ojos, dueñas de su fortaleza, refugiadas en sus dominios:
-¿Qué querrá este paseante- Se preguntaron todas a una voz- tan atrevido, tan indiscreto y tan preguntón?
Diciembre 2008
UNA VISITA OBLIGADA
Me adentro bajo ellas, pero antes de cruzar su umbral observo las piedras en las que permanecen las huellas de sus desgarros: las producidas por el invasor deseoso de romper sus muros.
Es una mañana fresca, de límpido cielo y fuerte viento, el que empuja la hojarasca de un olivo próximo y la arremolina en un rincón. En él, un banco de piedra invita en las horas plácidas a la contemplación de las altas torres, bajo un arco de medio punto en el que sus dovelas dentelladas por los impactos alevosos, son muestras de la osadía del invasor en la que fue una de las puertas de entrada a la ciudad.
Observo la placa conmemorativa de la efeméride, como la que muestra su nombre del portal, y junto a ellas, unas inscripciones de rojo sobre la piedra, me hacen pensar el qué anuncian, o quién las hizo. Pienso en quién dejó en la fachada los signos de su presencia, esculpidos cara a un futuro en el que de seguro alguien querría saber de él.
Cruzo la puerta de las Torres de Quart y enfilo recto la calle de su nombre -dejando Santa Úrsula, el antiguo convento agustino en recoleta plaza- por la que salían los que iban hacia los campos de Quart, o la lejana Castilla.
Camino bajo balcones de hierros fundidos recién restaurados, como sus casas a las que adornan. Dejo a mi izquierda el “atzucat” de Cañete, con la casa natalicia al fondo del Beato Gaspar Bono, lugar de singular fiesta agosteña escondida dentro de la ciudad. Y a mi derecha, oteo y me adentro por una apertura entre dos edificios sustentados uno al otro por unas vigas de vieja madera a un amplio solar: una de las partes del derruido Convento de la Puridad del que permanece un olivo de dieciséis metros de altura y tres grandes palmeras, junto a otros árboles y frondosos arbustos de escasa entidad: convento del siglo XIII, seiscientos años después víctima de una desamortización.
Vuelvo a la calle y sigo caminando bajo más balcones y ventanales de edificios decimonónicos –menos alguna que otra desafortunada edificación de nueva planta- que uniforman la calle, y en la que en algunas de sus casas murieron poetas de la “renaixença valenciana”. Llego al tramo en el que destaca el estilo renacentista, ya próximo a mi llegada a la plaza del Tros Alt.
Lugar donde no suben las aguas, plaza de cruces abierta al claro cielo por la que se baja a la calle del Moro Zeit. Sitio donde residía el rey musulmán, con la calle de su Conquista que allí mismo arranca, y la del Rey Don Jaime que las circunda, en recuerdo triangular de los avatares que crearon un nuevo Reino.
Desde donde no alcanzan las aguas, bajo por la de la Bolsería: la calle donde llueven pétalos cuando en andas pasa la “cheperudeta” al júbilo de los valencianos: la Virgen patrona a la que acuden los desamparados. Calle de casas estrechas y plena de fervor popular, de balcones de damascos tendidos que compiten en adornos, también cuando pasa la Eucaristía el jueves del Corpus: uno de los que más brilla el Sol en todo el año, aunque se celebre su festividad en el séptimo día desde hace unos años.
Calle de tiendas de ropas de trabajo, de aderezos y peinetas, de bisutería, de baberos y delantales, y de tascas pequeñas: calle de tránsito del Barrio del Carmen a la Plaza del Mercado, con su vieja Hospedería del Pilar de siempre. Antiguo Valle del Mercado, en cuyo recuerdo de la Valencia fluvial llevaba éste nombre era punto neurálgico de la Valencia medieval, y que al igual que hoy, acudían a la compra diaria multitud de vecinos de barrios próximos, como de otros más alejados.
Ha pasado la Navidad, y con ella, un año en crisis; pero sólo el año, el que agota sus últimos días. Pese a ello, crece la ilusión de uno nuevo que sea mejor y la gente se prepara en recibirlo resignado, aunque sin perder la esperanza. Entro al Mercado, aún él engalanado, y bulle más que nunca, como el día de Nochebuena de siempre: pleno de un halo especial en el que los adornos festivos completan el más bello salón comercial de nuestra ciudad.
Subo por su amplia y alta escalinata de piedra y cantos desmochados bajo un frontis de cerámicas y acristalado rosetón, en el que se alberga el escudo de la ciudad encima de tres hornacinas que descansan sobre cuatro columnas jónicas. Paso a su interior de mil y un puesto, donde los colores se arraciman al igual que las frutas: mimosamente escalonadas; donde los aromas me embriagan y disfrutan mi ojos escudriñando sus dos bóvedas (ambas de hierros, de cristales y de cerámicas) y sus nervaturas metálicas que lo sustentan a la par que lo embellecen: un esqueleto al aire, al que ascienden los perfumes de los frutos del campo y las hortalizas de la huerta, aromatizando más aún el ambiente por sus salmueras, por las especias de ultramar, o por las autóctonas. Destacan por todas partes los dorados racimos cual cortinas inaugurales a un año nuevo: las uvas que lo abre.
Con sus puestos de carne, cuyos cuerpos de cordero se muestran colgados sobre los bancos cubiertos de pavos, capones y carnes rojas aún no agotados. Palcos que contornean al mercado sabiamente distribuidos, dando esplendor y gracia al tráfago intenso de sus calles estrechas, en las que el turista lanza intermitente sus fotos, tanto a sus puestos multicolores, como a los mosaicos altos entre cristaleras por donde entra la luz cenital que ilumina al gran Mercado Central de Valencia. Paso a su zona de pescado sobre los bancos de piedra en la que se percibe el salitre del mar, y se escuchan las voces de las pescadoras cuando me ofrecen su mejor producto diciéndome bonico, o cualquier otro sencillo piropo.
Salgo del mercado por la pescadería bajando tres escalones, y me encuentro con las obras del Metro, lo que no me impide disfrutar observando la O de los Santos Juanes: el gran rosetón cegado que a su pie de la plaza de Brujas, el recuerdo del busto de Luis Vives permanece imborrable, pese a que el monumento en su memoria esté ahora ausente.
Contorneo al Mercado y voy al encuentro de la “Cotorra del Mercat”, la que destaca sobre su cúpula central. Y luego saludo al Pardal de San Joan: la veleta arriba del retablo barroco de los Santos Juanes frente a la puerta principal de la Lonja de la Seda: el gran monumento del gótico civil valenciano en un conjunto todo apiñado, como lo es, el de los innumerables productos que se ofrecen a diario dentro del mercado a quienes lo visitan, los que se abren camino, bolsa a mano, recorriendo sus calles internas donde todo lo que se necesita allí se ofrece.
Son días de fiestas, de la Navidad pasada, del Año Nuevo que se alumbra, de la mesa familiar adornada.
Enero 2009
EL VENDAVAL
Como si fuera el peor de los turistas un gran vendaval ha querido conocer la ciudad y con la más infame de sus intenciones ha paseado nuestras calles. Afortunadamente, lo ha hecho de refilón después de chocar en la cornisa cantábrica con la que se ha ensañado principalmente. Pese a ello, aún le han restado fuerzas para darnos cuenta a su paso con la credencial de los disgustos. Nada mejor en estos casos que no salir de casa: el sitio más recomendable donde averiguar de sus intenciones y conocer de sus estragos.
Mientras tanto, por las rendijas de nuestras ventanas penetra una música in crescendo, inocente y falsa, de gélidos soplidos y con ínsulas de sinfónica; al tiempo que la TV nos informa de su afán destructor, que en este caso no es obra del hombre como sucede con frecuencia. La sabiduría de la naturaleza, de la que tantos se pavonean, es incomprensible, a la vez que ostenta un avasallador empuje, que como en el caso que nos ocupa es de imposible frenado.
Es cuando tumbado en el mullido sillón y con un libro en las manos, ves cómo a través de la ventana pasa volando una parte de la ciudad: la residual, la que por su frágil anclaje se desprende y pasa veloz buscando un lugar donde aterrizar.
Por momentos, la flauta de Hemelin cesa en su sinfonía, pero es sólo fugaz, durante unos segundos, pues de inmediato vuelve a la carga con su escala musical de agudos aullidos, como lo fueran los de un lobo perdido en una noche cenital.
Es de agradecer los adelantos tecnológicos que nos anuncian la llegada de un próximo vendaval a cuya voz anunciadora del “sálvese quien pueda” nos hace fuertes, salvo a los desafortunados, que rendidos ante su poder devastador la fatalidad se atenaza en ellos.
Lejos quedan los tiempos de “Las siete plagas de Egipto”, de los presagios medievales, de las penitencias de las hambrunas, en los que el brazo fustigador de un dios daba cumplida respuesta a los desmanes de una sociedad que alimentada por la fe, se cegaba por el pecado.
Más parece, pese a tanto destrozo, escuchado desde el interior del salón, que la actual plaga sea como el drama de la Traviata en el que se mezclan el bizarro presto y el lánguido lento, junto al trepidante allegro; algo que al menos nos ilusione hacia un optimismo del que estamos necesitados, pero compungidos por la desgracia que asola a quienes sucumben ante el vendaval en mayor o menor grado.
Febrero 2009
RUBRICAS DE IDENTIDAD
Cuando Joaquín Sorolla descansaba su inquietud, sentado sobre el catre anclado en su playa de la Malvarrosa, sólo era la luz irradiada en lontananza lo que excitaba su ánimo.
Sus ojos, ventanales abiertos, daban entonces vía libre a la exigencia de su corazón, pues no era sólo su mirada la que gozaba en el deleite ante él ofrecido. De sus manos, sus dedos, no eran más que la prolongación última de un sentimiento en él anidado.
Ellos, proyectados a lo largo de un modesto pincel restregado sobre el multicolor de su paleta, exploraban y descubrían en un revoltijo de colores los matices claros y llenos de luz que veía desde su interior; eran entonces sus dedos los encargados de trasladar al lienzo todo el brillo de su alma, dejando para la posteridad los más bellos testimonios. Vislumbres estas, que no nacían de la milenaria luz de su mediterráneo, sino de la sensibilidad innata que en él se albergaba desde el día que nació.
Sin embargo, en los antípodas de Sorolla y en lo más hondo de la degradación humana, sólo la oscuridad y el esbozo de la cobardía del salvaje de turno, da ocasión a que el vandalismo y la bazofia, nacidos en las entrañas de la ruindad se manifiesten a diario por la ciudad. Para ello, sólo le basta con un espray proyectado desde los tentáculos de su demencia, ajeno a una paleta dónde explorar el vaho de su pestilencia; porque lo que sale del interior del bárbaro de turno, es la huella de la bestia a la busca de un lugar donde dejar su rúbrica, a la que orgulloso de su obra, se dedica insaciable.
Nada de luz, ni de brillos, ni de claridad de ideas. Los destellos de Sorolla hieren a sus ojos, y el vándalo, en la negrura de la noche, se encuentra consigo mismo en el catre de su tumba.
Marzo 2009
ERA COSA DE TRAJES Y DE SATRES
En un principio no caía en ello y los motivos por los que tanto se hablaba de trajes y de sastres en la hora del café se me escapaban. Como la pólvora corrió el rumor por toda la ciudad, al tiempo que de las “mascletas” de mediodía - antesala a la fiesta fallera- estallaban su nube de estruendos.
Nunca se había hablado tanto en Valencia de trajes como en las últimas semanas, ni de trajes ni de sastres: ese profesional con cinta métrica de corbata y con tiza de marcar en la mano. Y de todo ello, cuando el traje de valenciana alcanzaba su más alto esplendor como la mejor de las guirnaldas desfilando por las calles ante la mirada atenta del gentío que nos invade. Todo era hablar de trajes en plenas fiestas y era lo que yo más escuchaba lleno de estupefacción.
Olvidados los trajes de generales y del alto clero, por ser ambos vistos con poco agrado, sólo quedan para el chismorreo los de la novia de larga cola con alfombra que pisar. Al menos, eso sí lo hubiese entendido.
¡Si hablarán al menos del traje de comunión, recordando el día más importante en nuestras vidas -una especie de puesta de largo de carácter popular- que nos hacía ser mayores y del que todos tenemos una foto sea de marinerito o de blanco relamido!, eso, aún podría entenderlo.
Así pues, por a su irrelevancia pero de alta complejidad, yo seguía sin entenderlo. Ni siquiera la Fashion de la pasarela levanta tanto revuelo a pesar del glamour con destellos de Naomi Campbell cimbreando su cuerpo de ébano y sus curvas de ensueño.
¡Valencia entera y en Fallas habla de trajes, estalla en fuego, y sus pavesas llegan a todos los rincones de España, vestidas en trajes de alto diseño!
-¿La factura? ¿Tengo mi última factura? – son las preguntas nerviosas que se hacen todos y se escuchan por doquier, quizá sea ya próxima la declaración del IRPF y surja la conveniencia de acreditar su compra. Y yo… sin entenderlo.
Jamás unos trajes vistieron tanto a la opinión pública, necesitada de ir decentemente en estos años de crisis.
¿Quizá fuera esto?
-¿Paco? –le pregunto al vecino atildado, altivo y de buen ver y con cierta envidia en mi interior, activada por el influjo que me llega de la calle.
-¿Comprado o regalado? ¿Seguro, qué lo has pagado?
-¿Qué te has creído? –Me contesta- Yo me pago mis trajes. ¡Habrase visto!
-¿La factura, enséñame la factura? – Le exijo convencido de que algo nada claro se esconde tras ese traje de fino corte y de cuidada confección.
Pero sí, ciertamente, los hechos son tozudos y al final terminé entendiéndolo: la cuestión es muy sencilla dada la situación de crisis que nos asola: nada mejor que tomar medidas por parte del gobierno, según he sabido por su última decisión.
Y un batallón de sastres de nuevo cuño y sus medidas ensambladoras inundan nuestras calles como tabla de salvación de esta crisis de la que tanto se habla.
Así pues, al fin, conseguí enterarme de todo ello.
Abril 2009
LA VIDA MISMA
Sentado en el parque junto a una zona de juegos me llamó la atención ver una niña arriba de un balancín que con gran maña lanzaba su cuerpo adelante aventurada en su deseo inalcanzable de tocar con la punta de su zapato la rama de un árbol que daba sombra al columpio. Con sus cabellos al aire y las manos en las cadenas disfrutaba sobre un suelo de goma bajo un rectángulo de madera. A su lado, en otro columpio y sentada, una niña muy tranquila que apenas se movía; no así su imaginación envuelta en fantasías -pensaba yo- que por su mirada al cielo, debía de huir hacia algún lugar quizá lejano.
Encima de un caballo de madera anclado al suelo, un niño cabalgaba contento ante la mirada atenta de su madre preocupada no fuera a dar con su cabeza a tierra por los pocos años del zagal.
Pero no todos los niños jugaban felices pues la dicha nunca está al alcance de todos. Una niña de pelo corto, apoyando su cuerpo a uno de los palos que sustentaba el columpio, esperaba impaciente a que alguna de las niñas los dejara libres. Después de un buen rato, con su cara triste y de rabia contenida, miraba tanto a la niña que volaba al árbol, como a la otra tranquila y sentada en el columpio en el que mostrando cierta dulzura se mecía tenuemente.
Y como ninguna de las dos niñas lo cedía, la niña de pelo corto cada vez más triste alzó la voz reclamando su turno, sin quienes los ocupaban hicieran caso al reclamo ignorando su presencia.
Unas mamás, algo alejadas, debían hablar de vestidos, de los problemas con sus jefes, de las rarezas de sus maridos o de cualquier cosa de las que a diario acontecen ignorando la lucha de miradas por los columpios sin enterarse de nada.
Me fijé en la niña de pelo largo nada dispuesta a soltarlo dándole cada vez mayor impulso, convencida de su dominio, dueña de su fortaleza, irrenunciable a abandonar lo que consideraba de su propiedad. Si su rostro denotaba poderío, la alegría que desprendía al mismo tiempo era un insulto a la rabia contenida en la niña de pelo corto que se sentía afligida, débil e incapaz.
La niña tranquila allí cerca debía de estar lejos, muy lejos del parque, quién sabe, ensimismada en cualquier sueño y sin importarle nada de lo que ocurría a su alrededor, como tantas veces sucede.
Instantes después me levanté y seguí mi camino. ¡La vida misma!, pensé.
La brisa suave del atardecer, ya en plena primavera y vía al estío: como una y otra vez, como tantas otras veces.
Mayo 2009.
UN BINOMIO PERFECTO
Subí al bus urbano para un trayecto largo: el de unos cuarenta minutos más o menos, como es el que acostumbro hacer un par de días a la semana. En estos casos siempre lo hago con un libro en mis manos, que aparte de acortarme el viaje, me aprovecha para avanzar entre las páginas del que en la mesita de noche aguarda mi llegada.
Pero en esta ocasión cogí un libro de relatos cortos que recoge los diez mejores presentados a un Certamen de Narrativa Breve. Libro editado en buen papel cuché y de fácil lectura, gracias al tamaño de su letra que hace irrelevante el traqueteo del bus, siempre molesto para fijar los ojos en la letra de cualquier otro libro de líneas menos espaciadas que como es harto frecuente, suele suceder.
Enfrascado en su lectura, a la primera parada una joven ocupó el asiento a mi lado, por lo que me estreché en el mío. Pasaron unos minutos y recelé que de sus ojos salía una mirada hacia las páginas que mis manos sostenían. No reaccioné; o mejor dicho, seguí en mi lectura inclinando un poco el libro hacía mi diestra haciéndosela fácil en un alarde de gentileza que de inmediato intuí agradecía, pues siguió atenta a sus hojas, al tiempo que yo mismo entorpecía mi lectura ante la extraña sensación del sentir cómo aquella joven participaba de mi libro.
Retuve la página dándole tiempo a su lectura final, sin saber de su ritmo ni de la dirección de su mirada, que me hubiese alertado si estaba arriba de la hoja o ya en su parte final.
Lentamente, pasé a la siguiente y enderecé mi gafa, lo que aproveché para darme cuenta que aquel corto relato le había llamado la atención, pues fijada su mirada, continuaba en su lectura.
Me encontraba a gusto ante aquella experiencia para mi novedosa, por lo que tras un difícil esfuerzo volví a meterme de lleno en el libro, tal y como lo hacía mi vecina de asiento que con seguridad leía más rápido que yo.
Terminado uno de los cortos relatos, cerré unos minutos el libro, lo que aproveché para girar mi cabeza y descubrir en la joven su mirada al frente, seria y con cara de esfinge.
Volví a abrir el libro y “Un binomio perfecto” era el título del relato que encabezaba la página, lo que de inmediato me causó una cierta gracia y la duda razonable de si me volvería a acompañar interesada en su lectura. Duda, que tras ladear ligeramente mi libro hacia ella, resolví de inmediato al notar cómo su cabeza se giraba nuevamente hacia el papel cuché, tan grato a su interés.
Relato el del binomio que captó mi atención desde el principio, en el que un niño espera a que su madre salga del quirófano dónde la están operando. Fue en ese instante de la lectura cuando en un movimiento rápido, la joven se levantó, apretó el botón de stop a falta de escasos metros para la próxima parada, instante en el que abandonó el bus.
Lo que le privó del final de un relato que con seguridad le cautivaba. Y a mí de una decisión ya tomada: de comentarlo con ella a su final y de paso conocerla.
Junio 2009
EL TUNEL
Mi ciudad crece y cima el asfalto surgen grandes avenidas cuyos cruces frenan e impiden la fluida circulación, caos que se produce y sólo se resuelve gracias a los túneles cada vez en mayor número. Como es el caso del que acaba de inaugurarse en la entrada norte, tras cinco años de obras y rifirrafes entre el Gobierno de Zapatero y el Ayuntamiento de la ciudad.
Crece la ciudad y al mismo tiempo sus pasos inferiores, algunos de gran longitud, amplios y hasta con bonita decoración, aunque por la rapidez que imprimen los vehículos a su paso, su vislumbre, es harto difícil. Aunque, eso sí, sirve para librarles de aspecto lóbrego que siempre tuvieron, a la par, que gracias a su anchura facilitar su mejor conservación, recibiendo con ello un ligero toque de embellecimiento al subsuelo de la ciudad.
Hubo un tiempo, que a pesar también de sus largas avenidas, -por las Grandes Vías ya se las conocía- así como otras largas calles que circulaban a la ciudad aún pequeña, y que todas aún subsisten, no habían túneles en todas ellas.
Pero si de aquel entonces guardo un grato recuerdo, es de aquel gran pasadizo urbano que recorría con mi padre en muchas ocasiones cuando llegaban los meses de verano. Su recorrido era muy largo, demasiado largo, lo que hacía mayor el deseo de llegar pronto a la playa. Para cruzarlo necesitábamos media hora, que sumando la vuelta, era una hora el tiempo en salvarlo tantas cuantas veces me llevaba mi padre al mar. Unas veces en el de la playa de Las Arenas y otras a la de Nazaret, aunque aquellas aguas pertenecían unidas a la misma inmensidad.
Cuando enfilaba el tranvía la larga Avenida del Puerto –la que entonces tenía un nombre también muy largo, la Avenida del Doncel Luis Felipe García Sanchiz- en aquellos días claros y luminosos, incluso de fuerte poniente, de repente, todo se oscurecía, el sol menguaba su fuerza, el aire caliente refrescaba y si querías ver el cielo, era un imposible, pues dos largas filas de árboles plataneros se cruzaban las ramas nacidas de sus gruesos troncos que se repetían en toda la Avenida del Doncel, creando un interminable túnel frondoso, que cuando salías de él, el paso a nivel del ferrocarril, cuando tenía bajada su barrera, detenía su marcha y era la señal de las próximas aguas quietas del puerto. Era entonces cuando volvía el azul del cielo a mis ojos, y ya fuera del túnel, otra vez al castigo del poniente, si en ese día actuaba con fuerza, que acaloraba mi cuerpo.
Eran otros tiempos. Hoy, muchos años después, el más bello túnel que tuviera la ciudad ya no existe. Sus dovelas vegetales y sus columnas jónicas de fustes repletos de nudos cada vez más retuertos creaban en sus ramas al unirse la clave que lo sustentaba. Todo un encanto de angostura que sólo el tiempo sin prisas sabe crear. Sin embargo, hoy, reina la prisa, y quizá por ello ya no existe aquel túnel, como tampoco mi padre, que a su mano, lo cruzábamos juntos dos veces en los días de baño, aquellos los del verano.
Julio 2009
EL CLIMATIZADOR
Aún en el zaguán de mi casa me encontraba a gusto y confiado, inconsciente de lo que me esperaba. Fue al cruzar el umbral cuando una cortina de fuego sacudió mi rostro lanzándome sobre la puerta en el mismo instante en el que escuchaba un chasquido contra el marco de hierro en el que se estrelló mi espalda.
Lo más racional en aquel instante hubiera sido dar media vuelta, coger mi llave, abrir la puerta y subir hacía mi casa; mas no caí en ello; no siempre uno está al tanto de la mejor conveniencia.
Era ya en la hora de la media tarde cuando me había decidido a salir a la calle. Al pisarla, cada losa en el suelo era un foco refractario almacenado de calor recibido en el día. En su veracidad, un vaho termal ascendía hasta mi rostro, que como una lapa, lacraba mi boca sin dejarme respirar. Ni una pizca de brisa, sólo el silencio más absoluto en una calle yerma bajo una atmósfera tan densa como una plancha de plomo, que en su incandescencia camuflada chamuscó mi rostro.
Hice un intento de avanzar hacia la acera enfrente, en la que por su arbolado existía generosa una sombra que en ese momento era como un oasis donde refugiarse, más no pude lograrlo.
Una cortina caída a peso sobre mi cuerpo se convirtió en una barrera infranqueable en la que no había un solo pliegue en sus faldas donde hincara mis manos abriéndome el camino.
Pero no me rendí, luché contra lo invisible, pero como un muro allí permanente. Por momentos creí encontrar el punto débil en el que hacerme con ella, donde poder rasgar en sus dobleces, separarlas con mis dedos y avanzar la calzada.
Pero fue en vano. Sí conseguí, no obstante y por breves momentos, avanzar un paso; pero lo que pudiera ser el primer vestigio de éxito, resultó un vano esfuerzo, pues aún me sentí más derrotado a merced de unas llamaradas de volumen indeterminado e imposible de superar, a pesar de mi esfuerzo en abrirme paso por un desfiladero incandescente ideal para una emboscada.
No era éste el caso, pues el viento de poniente no es como el traidor que no avisa de su celada, más lo cierto fue que cayendo implacable, me atacó por todos los flancos sin darme tregua al resuello.
En mi último intento, desesperado y en medio de la calle, quise vencer aquella cortina de fuego. Pateé sus volantes, desgajé su vuelo, tiré de sus cintas y agoté mi última energía luchando contra una pantalla que se resistía impertérrita.
Fue tal la angustia alcanzada, que sólo la conveniencia de regresar a mi casa acudió fresca a mi mente, por lo que di media vuelta, subí al portal, abrí la puerta de hierro, sentí el frescor del zaguán, y una vez recobradas las fuerzas necesarias para subir a mi vivienda, llegué a mi sillón ante el climatizador que no debí abandonar en esa tarde estival.
Agosto 2009
LA FUENTE Y LAS PALOMAS
Ya en el atardecer, cuando el calor pierde su brío y una ligera brisa mece los árboles, me fui a dar un paseo por las callejuelas que desde el centro histórico llegan al gran jardín del que fuera un río, convertido hoy en un gran parque que se ofrece a mi ciudad.
Y a lento caminar me encontré con una plaza que por estar en un extremo, ya de salida al cauce y poco transitable, parece ser como una plaza que está siempre sola, algo abandonada, a diferencia de otras que por su acceso más directo al centro, están siempre acompañadas.
Y llegado a su encuentro me detuve ante ella. Es de planta cuadrangular, tranquila, pese a las cuatro calles que allí concurren, pero que debido al poco tráfico, tanto rodado como peatonal, resulta algo extraña, pero no por ello exenta de cierto encanto.
Destaca la plaza por lo muy coqueta, por su fuente central al cobijo de cuatro cipreses que le dan sombra, dos de ellos ya de muchos años, altos y esbeltos, frente a dos más pequeños producto quizá de alguna enfermedad que obligaron a talar a quienes les antecedieron ocupando sus lugares; al igual que por un banco de piedra que, junto a unos macetones repletos de flores y formando un arco a uno de sus lados, dispone al descanso.
Allí sentado, destaca entre los cipreses una taza de la que nace en su centro una fuente en un conjunto todo de piedra. Fuente que forma una copa de dos metros al suelo y de contorno octogonal, tanto en su columna que la sostiene como en el vaso que cima se abre y del que manan hilillos de agua por cuatro de sus lados remansando la alberca; en los otros restantes y dañadas por el tiempo, cuatro panoplias con la flor de lis y las cuatro barras, repetidas éstas dos veces, al mismo tiempo que la decoran, igualmente la ennoblecen.
Desde el banco escuché su ligero murmullo: muy débil, por el escaso chorrillo de sus caños, pero que por el silencio reinante, el repique sobre el agua embargaba con suave dulzura el resto de la plaza.
Fijándome en la fuente me hice la pregunta de si sería maciza o hueca, sin que ningún detalle me diera la respuesta. La ausencia de gente en la plaza y con todas sus puertas cerradas hacía imposible la aclaración a mi incipiente curiosidad, por más que fuera efímero e irrelevante el alcance de mi duda.
Y en tal curioseo, vi que abriéndose camino entre los cipreses, dos palomas se posaban sobre uno de los lados del alto copón. Fue en aquel mismo instante en que fijé en ellas mi mirada, el momento en que me devolvieron las suyas. Y dejándose caer en su oquedad, desaparecieron de mi vista. Al poco, brincaron desde el fondo al canto de piedra, y desviando hacia mí la mirada tras estar quietas unos segundos, elevaron su vuelo, perdiéndose arriba la plaza.
-¡Gracias palomas! – les dije una vez aclarado mi dilema sobre aquella copa de piedra.
Qué bueno sería si todos fuéramos como las palomas, que al igual que vuelan, por lo visto, escuchan.
Septiembre 2009
SU ÚNICO TRASPIÉ
Miguel es un hombre soltero y setentón y tras su jubilación forzada, lejos de amustiar sus pétalos aún lustrosos o aceptar el enroque al sillón de su casa, comenzó una nueva etapa en su vida de la que siempre supo, más ciertamente entonces que nunca, que iba a ser la única.
Hombre setentón, pero juvenil, sabe que el mantenimiento de su forma física es esencial en su nueva singladura y que si en su disfrute consigue mantenerse ágil, los años de vida, que presume largos, los disfrutará feliz, pero lejos de sacrificios y esfuerzos a los que él no está dispuesto. Por eso Miguel, ha tomado la decisión de no acudir a ningún gimnasio de atmósfera densa bañada de sudor. Tampoco quiere saber nada de carreras solitarias por senderos de raíces dispuestas para la traición. El carril bici es un angosto camino por el que desean que transites de forma obligada, pero Miguel no es un hombre que se deja conducir tan fácilmente.
Y fue en el baile donde Miguel encontró la mejor fórmula para sentirse joven, ocurrente, ilusionado, abierto a nuevas sensaciones, con seguridad más vitales que la observación de un pináculo catedralicio, que el de aceptar la invitación al caminar tranquilo por un pasadizo de lienzos restaurados, o de su presencia en la silente fila de butacas desde la que escuchar una conferencia desde unos labios, que si doctos, hablan siempre del pasado y cuando lo hacen del futuro, la única seguridad que encuentra es la de la incertidumbre.
En una palabra, Miguel se hizo un bailongo.
Le gustaba la samba y acudió a una academia de baile donde perfeccionó su técnica y en un par de meses obtuvo el cum laude. No quiso saber nada del INSERSO y en muy poco tiempo se hizo popular en las salas de fiestas de la ciudad a las que acudía con asiduidad para mantenerse en forma, intercambiar gestos, miradas y descubrir nuevos ojos. Los de nuevas vidas, pero sin anclarse a ninguna.
Dueño de la pista, sus pasos ligeros, su porte sencillo y su perenne sonrisa, no pasaban desapercibidos y ante cualquier ruego de baile, la pareja aceptaba el envite y eufórico por los acordes de la orquesta, el calor de unas manos de mujer, los cruces de miradas al compás de los pasos y el dominio de la escena, convertían a Miguel en la quinta esencia de un dios inmortal lleno de vida.
Así pasaron días, semanas y meses, y en aquel hombre setentón cada vez más juvenil, su aspecto físico mejoraba con el tiempo y el futuro que se cernía sobre su mente lo contemplaba cada vez más amplio, más eterno.
Isabel aceptó su invitación y una samba convirtió a ambos por unos minutos en los reyes de la pista. Ajenos al mundo, nada de él les importaba y en aquellos alegres momentos, absortos en su fascinación, la felicidad corría por sus poros con el aliño del sudor de sus cuerpos.
Miguel e Isabel no se conocían hasta aquella noche y juntos salieron del baile cada uno a su casa. Isabel aceptó la invitación de un gentil Miguel y subió a su coche por la generosa atención de llevarla a su morada.
Eran poco más de las dos de la madrugada cuando en el recuerdo de la noche gozada, un cruce de miradas felices hizo que Miguel perdiera el ritmo de su baile y un compás equivocado le hizo ignorar la presencia de un semáforo en rojo. Un choque bestial puso punto y final a una samba todavía vibrante en el interior de ambos.
Fue su único traspié en aquella noche de un último baile.
Octubre 2009
BERLANGUIANO
Las corrientes migratorias que hace unos años llenaron la ciudad dada su amplitud, cambian su ciclo, y ya son muchas las familias que, abandonándola, regresan a sus pueblos dada su estrechez. Así pues, ya no se trata del regreso del hijo pródigo que regresa hambriento, sino el de la familia entera.
Quien no falla nunca es la Ley, aunque en ocasiones falle en beneficio de quien delinque dada la bondad que desprende su ancha toga, sobre todo por su bocamanga tal cuerno de la abundancia. Agotada la Justicia de tanto trabajo (dado lo mucho que le procuran los políticos cansados de su labor pública, pero dispuestos a la querella) y toda vez que recurriendo ya nadie les hace caso, los jueces exhaustos, recurren a las huelgas. Reconforta, sin embargo, ver cómo un juez de Alicante aplica la “ley de usura” de 1908, que pese a ser centenaria rebosa de salud y aún le queda fuerza para anular una hipoteca concedida a una pobre familia por la Empresa Productos Crediticios, que aplicando un interés del 511%, vendía sus ofertas con fecha de caducidad, dada la metástasis que las mismas encerraban.
La sanidad pública, que quiere ser laica, no atiende a los que están enfermos de espíritu. Desean estos verse reconfortados y exigen dentro del hospital de Denia una capilla donde aliviar sus males. Da grima pensar que quienes al organizarla presumen de su carácter integral, se han olvidado, sin embargo, de la moral religiosa, que si fortalece el alma, igual templa al cuerpo.
Nos decían que los inmigrantes de nuestra Comunidad Valenciana llegaban en patera, pero no sabíamos lo que traían bajo el brazo. Según el Instituto Valenciano de Estadística, en encuesta de “población activa”, la formación universitaria o similar de los inmigrantes es superior a la de los que aquí nacieron. Por aquello de “escuela y despensa” que demandaba el regeneracionista Joaquín Costa, habrá que ofrecer pan y vino a quienes llegan a nuestra tierra, mientras que para los aquí presentes, que están toda su vida, más propensos al botellón, lo mejor será dotarles de aulas aunque sean al aire libre.
A quien sí que hay que darle las gracias es a nuestra administración, siempre generosa, que nos ha regalado una hora más de sueño. Lo que no sabemos es si es para nuestro mayor descanso, o bien, para que sigamos dormidos, siendo ésta la mejor forma de no enterarse de lo que está sucediendo.
La crisis pues, junto al verano, se resisten a marcharse y el calor vuelve por sus fueros. Sin embargo, la crisis, con nombre de mujer y dada su lealtad, anuncia que el verdadero amor es el que dura toda la vida. Vida que esperamos sea, al menos en este caso, muy corta.
Ante el gran número de parados, quieren que la Real Academia de la Lengua haga horas extras y admita en su Diccionario, que es de todos, la nueva acepción de “berlanguiano” cuya mejor definición contribuye observar la realidad de nuestros días, que aunque ofrecida a ojos abiertos, al camuflarla, son muchos quienes no se enteran.
Amante de la traca y de la pólvora pero dañado en su salud y pese a su ausencia, la fina ironía de Luis García Berlanga se apodera de la Mostra del Cine. En su homenaje, han plantado un “ninot” en el centro histórico de Valencia. Ninot fallero que, llamado a su indulto, ocupará el mejor encuadre en el Museo Fallero. Mientras él, estos días y en el centro de la plaza, sonríe divertido de tanto disparate con su “escopeta nacional” de tan grato recuerdo.
Noviembre 2009
EL PENSADOR, DE RODIN
Me gusta pasear por el centro histórico alejándome por sus calles en un sano ejercicio al que no puedo renunciar, y el día que no lo puedo callejear siento haber perdido algo de mi tiempo, al igual que la ocasión de nuevos descubrimientos, pues a pesar de haber transitado cientos de veces por ellas, siempre queda algo entre líneas con seguridad desconocido. Y más en una ciudad en ebullición como es Valencia, tanto en cuanto, que la ocasión para disfrutar de sus novedades se repite con frecuencia; lo que sin duda representa otro añadido al interés por gozar tanto de sus plazas como de sus calles.
Tal es el caso en la muestra de la obra escultórica de Rodin, que ya una semana en la plaza pública y una vez desaparecido el nublado de los últimos días, la luminosidad de la mañana era como una ventana abierta en la que por su vano, la ocasión de lograr el mejor encuadre junto al bello entorno que le acompaña, significaba el momento esperado para la visita.
Sabía del fruto de las manos de Auguste Rodin, un parisino decimonónico que bautizó a una de sus estatuas de fundido bronce con el nombre de “el pensador” y que gracias a su perfección, ha alcanzado su obra un gran prestigio universal, siendo muchos los lugares interesados en exponerla al disfrute en su mirada por los paseantes, por lo que de plaza en plaza, y de ciudad en ciudad, como un incansable trotamundos, exponen su cuerpo desnudo a los ojos del mundo.
¿Qué estará pensando a quien se le conoce como “el pensador” haciendo honor a su nombre? Es lo que me he preguntado después de unas cuantas fotos con el fondo de sus eclécticos edificios desde el centro de la plaza, donde en principal lugar y entre otras figuras igual de bronce y del mismo autor, destaca en lo alto.
Y después de un rato observando su recia musculatura, con sus brazos apoyados sobre una de sus rodillas y su boca incrustada en los nudillos de una mano entre bíceps hercúleos y unas sombras que esconden unos ojos que no miran, porque se presumen que la tarea de su mente es sólo la de pensar, la única respuesta a mi pregunta acerca de cuáles son la dudas que corren por su cabeza, fue que al pertenecer su cuerpo broncíneo a un ser falto de vida es imposible que piense.
Luego todo en él es un engaño. Hasta que entendí el mensaje dirigido a quienes le observamos: la necesidad de poner en marcha nuestras mentes y cada vez más obligados a su ejercicio; porque de no hacerlo y a merced de quienes laboran por nosotros, sometidos como estamos a los avances tecnológicos que no dudan en mostrarnos con descaro, utilizados en manipulación permanente gracias a la destreza sibilina de asiduos comentaristas adictos al poder, y dueño éste de unas herramientas que para si las hubieran querido los más tiranos inquisidores, lo más seguro es que nuestro futuro sea el de convertirnos en estatuas errantes dispuestas a que nos lleven por donde les plazca, creando una plaza pública enorme hacia lo infinito en la que no habrá ni un solo pedestal en el que auparnos.
Diciembre 2009
LA GLORIA DEL BARROCO
Entre la ligera llovizna que caía sobre la calle avanzada la tarde, abría mi paso arropando mi cuello al temor del frío y al de la humedad que calaban en mis huesos. En el crepúsculo, vi cómo las gotas en lugar de caer al suelo, venciendo su gravedad, bailoteaban por la luz de las farolas con suaves cimbreos propio del copo de agua helada que, a la espera de ser nieve, de pronto se desvanece.
Es cuando pensé en la improbabilidad de que con su elegancia natural cuajaran sobre la acera un blanco tapiz, que la climatología de mi ciudad, me priva su encanto.
Sin embargo, y con presunción de adorno navideño fue cuando descubrí un sendero barroco que a lo largo de la calle discurría sobre la acera. Y junto a su estela, continué por la ruta que sin duda iba a conducirme a alguna parte ante la admiración de la gente que a mi lado transitaba. Mi andar era algo destartalado, al observar hacia atrás y hacia delante, aquel friso ornamentado que en su uniformidad, ennoblecía la calle.
En la álgida tarde, el contraste entre los tibios destellos del asfalto mojado y el esmerilado y turbio cielo, creaba en el entorno un escenario invernal propio de la víspera navideña. Nada era pues casual, y los comercios, en su generosidad interesada, no sólo se ofrecían ya para la ocasión al regalo familiar, sino trocado de luminarias doradas, daban al marco un tono a la par que apacible lleno de color.
Así pues, todo contribuía y daba mayor realce a “La Gloria del Barroco”. Una exposición recién inaugurada y enmarcada en “La Luz de las Imágenes” que después de los diez años de su creación y en ofrecimiento itinerante por la Comunidad Valenciana, vuelve al Cap y Casal en ocasión de mostrar la excepcional restauración a la que se han visto sometidos tres de los más importantes templos de Valencia y antiguas mezquitas en la época musulmana: los de San Esteban, de San Martín y de San Juan de la Cruz, éste con anterioridad Parroquia de San Andrés.
Templos unidos por la senda esgrafiada que nace en el Almudín, actual sala de exposiciones, en la que se presenta todo un conjunto de manifestaciones artísticas propias del barroco, tanto en el campo de la arquitectura, de la escultura y de la orfebrería; así como en el de la pintura gracias a los pinceles de Ribera “el Españoleto”, Villanueva, Camarón, Vergara, Ribalta y Jacinto de Espinosa, genios del barroco.
Y que continuará brillando con luz propia en las tres parroquias, en la actualidad museos temporales, bajo sus bóvedas de bellos frescos, al igual que en sus capillas advocacionales vestidas de rica imaginería, de tablas y lienzos, así como dando luz a los altos zócalos de cerámica valenciana, bucólicos y pastoriles, que visten la antigua Parroquia de San Andrés, tantos años cerrada a nuestros ojos y ahora abierta para la ocasión como una magnifica muestra de devoción mariana.
El agua de lluvia, que ya había olvidado su baile, abrillantaba el suelo, donde el barroco sendero de “La Gloria del Barroco” anunciará por un tiempo en la ciudad, la ocasión de su disfrute.
Enero 2010
EL ESPEJO DEL ALMA
Sostiene la gente que la cara es el espejo del alma y lo piensa independientemente de su creencia más o menos religiosa. Para los creyentes, el alma es un soplo divino ajeno a todo tipo de analítica, sin triglicéridos ni índice de azúcar, pero convencidos de que el rostro tiene un trazo terrenal, como más de ir por casa.
De tal manera, que si atendemos y nos fijamos sólo en sus facciones y tras una somera reflexión en función de sus rasgos más caricaturescos, podemos intuir algún detalle acerca de la persona que en cualquier lugar concurrido nos llama la atención.
Podemos encontrarnos con una persona de frente amplia, limpia, despejada, que si muestra ojos abiertos, alegres, sobre unos labios sueltos, nos dará la impresión de que nos encontramos ante una persona franca; salvo que si muestra una boca cerrada y prieta, de labios que se muerden, la duda nos llevará entonces a la reserva de su verdadera intención.
Sin embargo, si es de frente estrecha, con escalones que se diluyen en las sienes, sostenida por unas cejas pobladas y ojos que parpadean sobre una nariz pequeña y con un rostro ligeramente inclinado hacia abajo, con su boca fruncida, nos dará la certeza de que está inmersa en el enfado, por lo que averiguar sus intenciones podría producirnos un ligero quebranto.
Igual vemos a quien se presenta con una cara redonda, con orejas cuyos pabellones extendidos captan hasta el más ligero soplido, de cabeza alzada, suave hacia atrás, de frente despejada y con ligera dificultad para saber dónde termina su brillo, dado que en su coquetería eleva sus cabellos desde uno de los lados, untados de gomina, y los lleva hacia el opuesto, logrando de tal manera cubrir su discreción; lo que nos hablará de ciertos complejos más o menos enrevesados.
El hallazgo de una cara alargada, de mentón hacia delante, con nariz chata, como hundida, con ojos pequeños y párpados caídos, ligeramente inclinada, como buscando donde apoyarse y labios mordidos, encuentra su explicación de estar ante una persona circunspecta, aburrida e insustancial.
Pero más excitante nos resultará observar el rostro de un joven embelesado con ojos refulgentes, con reflejos románticos y de cabellos rubios, abundantes, con rizos sobre una frente circunfleja y con una bufanda roja a modo de estola, dirigiendo entre susurros su mirada a una Julieta de ojos semiabiertos, soñadores, de labios carnosos, con amagos de sonrisas, y con coletas de azabache surgidas de un gorro calado del color de la esperanza, unidos ambos por sus manos sobre el mármol donde quedan olvidadas dos tazas de café. ¿Qué podrá entonces de ellos sorprendernos? Nada.
Sí, por supuesto, el encuentro de la de faz aletargada, pequeña y de blancos cabellos, de frente blanca y piel envejecida, arrugada, con sus labios secos de honrosa ancianidad pincelada en su ovalo enjuto, solitaria, al abrigo del calor que desprende una taza de chocolate en cuyo vaho anidan recuerdos que por segundos le hacen sonreír.
Y pese a la riqueza de datos que dan su espejos, todo resulta complicado ante la diversidad de matices que se diluyen entre la atmósfera densa donde coincidimos.
No obstante, todo resultaría mucho más difícil si todos los presentes fueran chinos y todos iguales, por lo que ante la imposibilidad del juego, al menos en mi caso, mi cara quedaría entonces aburrida, llena de hastío y agacharía mi cabeza tocando el pecho para quedar inmerso en un profundo sueño, ciertamente regenerador.
Febrero 2010
LA TIERRA ES DEL VIENTO
Sucede en estos días de viento que cuando sopla con fuerza y me atiza con saña es cuando en su inconsciente soplido me produce un molesto lagrimeo; tal, que me hiela el rostro, tanto en cuanto se esparce por mi cara.
Si “la tierra es del viento”, según dice el presidente Zapatero, ¡ah! pues que quieren que les diga, de inmediato lo que pienso es que el suelo donde pisamos está en muy malas manos y con cierto peligro. No hay nada más ingrato, pues, que sufrirlo como una mosca borriquera caminando por la ciudad y más en los días gélidos, y que por muy dueño que sea él de la tierra, lo mejor es que se vaya allá por donde ha venido y que nos deje en paz.
Prefiero, por supuesto, la brisa. Esa brisa musical, alegre, sensual, en ocasiones lasciva, por lo que de encanto tiene el placer de sentir su caricia en el suave amanecer, o bien en las horas del crepúsculo, gozándola en mis cerrados ojos y en éxtasis placentero, junto al cercano galán de noche, generoso siempre de aromas.
Pero fuera de mis preferencias, qué remedio nos queda, sino que sufrirlo, pues es lo que toca. Así que lo mejor es aceptar sus latigazos invernales, siempre amenazantes.
Y por otra parte esperar al goce del estío, en cuando llegue la hora de la brisa, fresca y tierna, y que por tener nombre de mujer, es dulce como la miel, suave como la seda y seductora como el azahar.
Nada que ver con la tosquedad de lo rudo, del zarpazo inesperado, o del canalón asesino sobre la acera caído a mis pies pocos segundos antes de que llegara a su encuentro, tal y como si volviera a nacer; quizá gracias a la proverbial ayuda de un ángel cercano, al que le correspondí con mi gratitud.
Marzo 2010
GAVILÁN Y FAISÁN, PERO POCO DE PALOMA.
De paloma tienen muy poco. Más bien su uno mucho de gavilán, mientras que su otro bastante de faisán. Y cada uno a lo suyo: que si el uno no contesta pero sí escucha, que si el otro además de ambas cosas a la vez, también pregunta dada su condición de togado, pero sin saber por nuestra parte si el recurso al refranero español le habrá sido útil alguna que otra vez.
En muchos de ellos y tras su llaneza se esconde la rotundidad de lo cierto. Sin embargo, el “no juegues con cañitas que te harás cortes”, tantas veces sabido, no debió de hacer mella en el subconsciente del juez estrella Don Baltasar Garzón, quien en estos día sufre la consecuencias de encontrarse ante la horma de su zapato.
El juez Garzón que en lugar de hacer oídos sordos al narcisismo de la fama optó al estrellato profesional, en su pecado encuentra la penitencia. Sufre en la actualidad de su propia estela en el camino, de la que trata de huir en vano intento.
Lejos de su silencio, se pone ante el espejo para definirse a sí mismo, cuando declara y tiene la desfachatez de acusar de forma implícita a un medio escrito de comunicación de haber “iniciado una campaña contra él por motivos ideológicos o personales, dada a terminar con su carrera judicial”. Y es que nada resulta mejor para juzgar a los demás que el reflejo del cristal azogado, delatando a sus oponentes tal y como se ve ante su propio espejo.
Que se sepa, nadie nos ha informado que Baltasar Garzón moviera un solo dedo para evitar la campaña iniciada contra el Partido Popular por motivos ideológicos o de partido, tendente a frenar su camino a la Moncloa, gracias a los servicios del periódico El País en informaciones a golpe de tijera durante muchos meses, dadas a la luz desde unas fuentes surgidas del amparo judicial que el propio juez Baltasar Garzón tenía la santa obligación de custodiar.
¿Hizo algo por evitar su aireado?
Más bien parece que utilizando el fuelle de la fragua, lo suyo fue la acción del venteo. Por lo que la horma a su zapato llama ahora a su puerta, a la que tendrá que dar respuesta por su opción elegida.
Opción la suya, que más parece proclive al logro de la fama que a la propia de un juez dispuesto a impartir justicia lejos del estrellato.
En la actualidad, fama unida a sus horas de gavilán por las tierras de Jaén al disfrute de sus monterías.
Marzo 2010
MI CAMPO DE BOTONES
¿Cómo no recordar los juegos de calle en mis años de la infancia cuando callejeando me encuentro de sopetón entre aquellos lugares donde rompía las medias suelas que de inmediato había que reponer, así como los remiendos en la culera de los pantalones llenos de parches?
Y con ello, la ocasión de rememorar aquellos saltos y escondites por los derribos de las viejas casas entre porrazos y arañazos y algún que otro roto, enganchada la ropa a una reja desvencijada, y con medallas de sangre en la cabeza tras la batalla de piedras contra una “banda vecinal”.
Igualmente el juego tras una pelota de trapo en los solares y con alguna que otra gamberrada con las que finalizaban los días a la espera del siguiente, y que tras la salida del cole volveríamos al encuentro callejero donde disfrutar incansables.
Pero no todos eran juegos de correrías, pues también los de estrategia y con tintes de pericia ocupaban nuestro tiempo. Nos bastaba con acudir a la caja de hojalata encima de la mesa de camilla de nuestras madres y hacer acopio de botones para luego presumir de los que para cada uno eran los mejores.
El portero era el de gabardina: amplio y gibado; luego estaban los de chaqueta, siempre eficaces tanto para el ataque como en sus funciones defensivas. Y el de gabán, negro y de pasta que nos servía para impulsar a los botones rasgando cima de ellos, atinando al que hacía de balón: uno pequeño y regordete con el que se lograba el tanto metiéndolo entre las dos chapas reforzadas de plomo que formaban la portería.
No era la acera de mi calle, ruda por sus losetas, con canalillos entre ellas, el mejor sitio donde emplazar el juego. ¡Ni falta qué nos hacía! Porque a lo largo de ella existían unas claraboyas de cemento satinado en las que resaltaban embutidos unos ojos de cristal que daban luz a los sótanos, y sobre las que con un trozo de cal, marcábamos las líneas del campo tan necesarias para el juego, donde situar a nuestros botones que se iban a deslizar veloces.
Y todo me ha venido al recuerdo al encontrarme paseando por mi calle de la infancia en la que sus viejos solares navegan por mi mente, mientras al caminar por las aceras de mis juegos, hoy amplias y lustrosas tras “el plan E” de rehabilitación urbano llevado a cabo, me lleno de nostalgia.
Pues al buscar y no encontrar las claraboyas cubiertas por losas de moderno diseño, veo zozobrado que lo poco que nos quedaba de aquellos años de juegos ha desaparecido para siempre.
Y es cuando me pregunto el por qué nos tienen que quitar lo poquito de aquello, que como tantas y tantas otras cosas se pierden en el tiempo.
Abril 2010
LA NUBE BLANCA
La nube era muy grande y muy blanca y sobre ella corrían las aguas de un río muy grande y muy largo. Es lo que me ha dicho mi nieta de siete años, hace pocos meses cumplidos.
Subí a ella, me dice, y me quedé sorprendida por lo bonita que era la nube. Allí, al poco rato, reconocí a mi abuelo: el padre del mío. También vi a tus padres; tu papá calvo y tu mamá con el pelo blanco, que aunque no los conocía, algo me hizo reconocerlos al ver las fotos que tú me enseñas. Me gustó tanto el sitio que quise que lo conocieras… y te subí conmigo a él.
Pero sólo para que lo disfrutaras gozándolo, pues de inmediato te bajé para que no permanecieras sobre la blanca nube.
También hice lo mismo con mi abuela que se había caído de un balcón, y aunque no le pasó nada -¡esto es una broma, eh!, me dice sonriente- sólo para alegrarla me gustó que conociera tan bonito lugar.
Pero igualmente por un pequeño instante, por lo que bajando de la nube, se vino conmigo.
-Esto es lo que he soñado hace unos días, yayo.
Así es cómo me ha respondido mi nieta a mi pregunta de que me contara uno de sus sueños.
-¡Ah! Yayo, y la nube se llamaba cielo. Y si soñé con quienes están sobre ella, es porque haciéndolo, les das vida.
Mayo 2010
LA ROSA
Cuando se diseccionan las momias huelen muy bien. Son fragantes y resulta ser por los aceites y las resinas con que ungían sus cuerpos. A pesar de los siglos trascurridos, su bálsamo fascinante aún se conserva en la actualidad gracias a los momificadores, cuya profesión la practicaban con excelencia. Esto es lo que nos dice el egiptólogo José Miguel Parra en su libro “Momias, la derrota de la muerte en el antiguo Egipto”.
Pero pese a tan agradable aroma que sahúma como si fuera la fragancia de una flor en sus poco cuatro días de vida, todo lo que existe en el interior de aquel cuerpo reseco es mugre, cual costra infecta que, mortecina, nace de la pus por mucho que desee ofrecerse como la mejor de las esencias, al igual que lo hace, o pretende hacer, el brote de una rosa que hace presagiar las delicias de un éxtasis más o menos placentero, pero finalmente condenada a la peor de las indigencias.
Pasados aquellos cuatro días, vemos como la rosa pierde su lozanía, se marchita y se amorata; e incluso en la pretensión de conservarla como un bello recuerdo, la fetidez que desprende nos lleva a su desprendimiento alojándola en el contenedor que tengamos más cercano, probablemente con indiferencia.
Las momias, pues, son como las envolturas que no nos conviene abrir. Se impone la conveniencia de mantenerlas intactas en su pasado, escondidas en un museo en el que un guía afanoso pueda contarnos una o cientos de historias más o menos creíbles.
Pasado, el de la rosa, que si alguien presume que pudiera ser de luces, seguro que lo fue a costa de sangre. De sangre, de sudor y de lágrimas, adueñándose de las sombras del interior de unas mentes, cuyas pasado siniestro desean ocultar.
Fascinado por las momias y seducido por el capullo fresco cual atractiva rosa que oculta sus espinas, al observar lo que de verdad se esconde en la química del alcanfor, sólo queda espacio para el engaño marchitado en el relleno de la mugre o alojado en el estercolero de cualquier contenedor.
Junio 2010
MI NUEVO VECINO
Hay días que incluso tras el paso de una noche de placentero descanso, sin pesadillas ni sueños de esos raros, un instante después de haber puesto las plantas de mis pies sobre el frío terrazo me encuentro como si estuviera alterado. Me pregunto entonces, que qué es lo que me sucede y no encuentro la respuesta adecuada que resuelva mi situación.
Muy recientemente, después de diversas pruebas analíticas, las habituales en su periodicidad, pues la edad así me lo aconseja, todos los valores resultantes están dentro de la normalidad; lo que indudablemente me tranquiliza.
Sin embargo, alguna extraña conexión de mi interior quizá no esté bien ajustada y puede que incida en la circulación de mi sistema nervioso produciendo con su descarga una pizca de desasosiego que activa las alarmas.
Vas muy acelerado; eso es lo que te pasa- Me dice mi esposa cada vez que le transmito mi sensación de agobio.
El tabaco, el alcohol, la vida sedentaria y el exceso de kilos, dicen los vaticinadores graciosos, son los mejores números para resultar premiado ante el infarto temido. A los que sumando el estrés de la vida moderna hace por consiguiente que aumente el temor de forma gradual. Ausentes en mis hábitos diarios los números antes citados, aunque algún que otro kilo me sobre, es ese amanecer excitado lo que más me preocupa, ignorando su causa.
Quizás sea lo más conveniente alejar de mi mente ese temor. Más si cabe, cuando recibo la información de que un grupo de investigadores valencianos han llegado a la conclusión después de navegar por el interior del cuerpo humano, y al dar con la presencia de un gen conocido como ARF (que de forma casual imagino han descubierto) de que es él mismo el que predispone al infarto cuando su comportamiento es anómalo, en cuya circunstancia fustiga al miocardio programando su parada.
Los genes son como unos animalitos que cada uno va a lo suyo cual estrella errante que circula incansable por su galaxia particular. En ellos va el encargo de hacernos diferentes: que si rubios, que si morenos, que si de ojos rasgados, más altos o más gordos y de mejor o peor genio. Rematan su obra maestra en las huellas digitales: la señal de nuestra identidad.
No sé que tendrá contra mí ese gen tan especial y espero que me ignore; pero que ande suelto y a su libre albedrío dentro de mi cuerpo y sujeto a sus caprichos me deja indefenso, en mi más total incertidumbre. Espero al menos, que no se enoje conmigo y se encuentre como en su casa. Casa, que por supuesto además de ser la mía, es la única que tengo.
Julio 2010.
¡QUÉ LO DISFRUTE!
En la plaza de Lope de Vega, antigua de las Hierbas, tres arcos cegados, góticos, al lado de una de las Puertas de la Iglesia de Santa Catalina indican el lugar donde en la época foral el Mustasaf acogía las denuncias contra los mercaderes que hacían mal uso de los pesos y medidas en perjuicio del consumidor. Como auténtica institución municipal ejercía su potestad en otros muchos menesteres para el buen gobierno de la ciudad.
Plaza peatonal en la actualidad es uno de los puntos más concurridos tanto por el turista curioso como por el amante de nuestro centro histórico de cuyo influjo no puede sustraerse; tanto en cuanto la existencia de una terraza en la misma plaza con el curioso nombre de “El café del mar” es de grata estancia igual al forastero que la descubre, como para quien habitualmente gusta disfrutar con su grata brisa ante la variopinta personalidad de su trafago humano, en el que no faltan las palomas siempre atentas en sus miradas.
Aumenta su hechizo la, a cuatro pasos, Plaza Redonda de reciente y esmerada restauración, aún no finalizada y de la que a través de uno de sus arcos -el que enfrenta a la terraza- se observa sin dificultad gran parte de la alberca de la fuente central.
-Por favor, será tan amable de indicarme dónde esta la Plaza Redonda- me pregunta un señor cuarentón con un video en sus manos y gesto amable.
-Por supuesto y nada más fácil, no tiene nada más que cruzar esa pequeña arcada y estará en ella. ¡Qué la disfrute!
Al minuto, se acerca una señora cargada de bolsas de mano: Por favor, puede decirme si está por aquí cerca la calle Trench. ¡Faltaría más! ¿De compras, verdad? Aquí mismo la tiene, a la derecha es donde comienza, camino del mercado. Se llama así porque amurallada la Valencia musulmana, para no hacer un rodeo a través de una puerta cercana, hicieron un “trencat”, un roto, y por él llegaban de inmediato al mercado fuera de la muralla. ¡Qué la disfrute!
-¿La plaza de Santa Catalina? – me preguntan con acento francés un matrimonio poco después.
-De frente la tienen, pasen esa corta calle llena de gente y darán con ella; donde encontrarán sus famosas horchaterías. ¡Qué las disfruten!
Una joven con una guía en la mano se acerca decidida y me pregunta:
¿La plaza de la Mare de Deu? ¡Ahí la tiene, con un bello retablo cerámico en la pared junto a la puerta de Santa Catalina; forma una plaza tan pequeña que pasa desapercibida a la mayoría de la gente. ¡Qué la disfrute!
-Por favor, amigo – me pregunta un turista que me deja perplejo - ¿la calle de las Platerías?
-Muy cerca la tiene, detrás de esas casas, pero lo que se dice platerías, platerías, ya no queda ninguna, ni siquiera tiene ya ese nombre la calle.
-Es que interesado por el pasado de la ciudad, me han hablado de que estaban todas allí concentradas; por cierto. ¿Es esta en la que estamos la Plaza Lope de Vega?
-La misma, amigo, ¿Le han hablado de ella?
-Ciertamente –me responde ilusionado- Y me han afirmado que pocas veces veré tantas cosas en tan pequeño espacio. ¿Queda muy lejos la Ciudad de la Artes y de las Ciencias?
-Sí, demasiado lejos, pero… olvídese y callejee por estos rincones llenos de encanto que tiene aún mucho que ver, como La Lonja… y por las mañanas el Mercado Central. ¡Qué los disfrute!
Y conté hasta seis palomas que cada vez que se posaban en la silla enfrente, tras quedarse quietas por un instante, algo parecía que deseaban saber.
Agosto 2010
JORNADA LABORAL
No tuvo una buena noche, mas ya se había habituado a ello ayudado por su Trankimazin diario. Se había acostado a su hora de siempre llevando consigo la desazón de los dos últimos años en paro producida por la pérdida de su trabajo al que se había entregado con el mayor de sus esmeros. Rompió suelas de zapatos buscando un nuevo empleo hasta quedarse descalzo de ilusiones y con los pies llagados de engaños que dañaban su corazón. ¡Qué sea lo que Dios quiera! -se dijo rendido ante la evidencia de un túnel cuya luz no alcanzaba vislumbrar.
Aquella mañana, como todas, había bajado al “Bar de Pedro” con el que le unía una vieja amistad a cuyo cobijo buscaba, de forma inútil, unas horas de olvido a sus penurias que percutían en su mente. Aquel aguijoneo de la fatalidad había hecho que su semblante mostrara de forma indeleble señales de angustias nuevas para él.
Cerca, a dos mesas y hacia un rincón, y como un espejo en el que se reflejaba su rostro, otro hombre fruncía el entrecejo. Con un lápiz en una de sus manos de vez en cuando fijaba su mirada en un sudoku que de repente abandonaba.
Eran vecinos del barrio, pero no se conocían. En los últimos meses coincidían en el “Bar de Pedro" olvidando sus desvelos sin lograr conseguirlo. Ni siquiera fijaban su atención en el luciente televisor de plasma donde un canal musical en off mostraba la imagen alegre de los famosos del pop.
A la entrada del bar una máquina tragaperras con su musiquilla tentadora era accionada por un hombre de rasgos orientales. Tras su insistencia, logró cambiar el estribillo por otro más triunfal: el del tintineo de una catarata que llenó de monedas la bandeja receptora.
-¿Otra vez 500 euros? ¡Vaya suerte la tuya! –Acudió raudo Pedro con un canastillo para que recogiera su premio.
Los dos hombres cruzaron la mirada de su almidonado rostro sin mediarse una palabra, mientras que en la del hombre de rasgos orientales se delataba la satisfacción del trabajo cumplido. Sólo le restaba el tiempo necesario para contar el fruto de su “esfuerzo”, abandonando tranquilamente el lugar camino a alguna parte.
Septiembre 2010
HUELGA GENERAL
Durante los cuarenta años del franquismo no había debate político en el Palacio entonces llamado de la Carrera de San Jerónimo y en la actualidad Congreso de los Diputados. Simple matiz. Sólo se escuchaba a ritmo de exultante balada, la loa perenne cuya sinfonía, a veces grave, en ocasiones aguda, pero siempre fiel, se trasladaba a los medios llamados de “prensa y radio del movimiento”: los encargados de los arreglos para que la melodía llegara esplendorosa al auditorio de la calle.
Tampoco existía la posibilidad de huelgas generales, que se reducían a cuatro: Generales de Brigada, Generales de División, Tenientes Generales y Capitanes Generales: uno de ellos perpetuo y que Baltasar Garzón anda buscando.
De vez en cuando y en sus últimos años, existieron huelgas estudiantiles que se resolvían mediante carreras callejeras que se difuminaban por la ciudad por el impulso de los llamados “grises”. Ese tono colorista que media entre lo vivo y lo mortecino, extremos siempre utilizados según convenga y a la causa que se persiga. Pero todo esto es historia, historia ya pasada.
Ayer hubo una huelga general en toda España en la que por lo que hemos visto en todos los medios televisivos quienes con más ahínco han trabajado son los que se han dedicado desde la primera hora del día a la práctica de la violencia, atentando a los medios de transporte empeñados en su paralización. De seguro que jamás madrugaron tanto portando en sus mochilas siliconas, cadenas y candados para su tarea informativa sin olvidar el perfume de la gasolina.
Cándido Méndez, envalentonado, ha llegado a cuantificar su éxito por haber roto la velocidad del sonido, frase a semejanza de la utilizada por la galáctica Leire Pajín en ocasión de otro ajuste interplanetario.
Más lo cierto es que salvo los que se han visto impedidos a ejercer su derecho al trabajo por una acción sindical que se considera con el derecho de impedirlo, la normalidad ha sido la “tónica general” en una población perpleja al observar unos métodos que causa vergüenza a quienes los sufren, con la sorpresa añadida, por lo desacostumbrado, que la prensa local haya coincidido en sus crónicas destacando el fracaso de la movilización ciudadana.
Mas lo cierto es que la única razón de la huelga ha sido por el descrédito alcanzado por las centrales sindicales que en los últimos años se han dedicado a la interesada armonía junto Zapatero, unas veces con la práctica del silencio y otras con el guiño aprendido de los de la “ceja”, ejercitando loas que nos recuerdan a la Carrera de San Jerónimo y alguna que otra exultante balada de la que Víctor Manuel obtuvo un muy buen partido.
Octubre 2010
OTRO MUNDO
La plaza, al calorcillo del sol de media tarde que va escondiéndose en lo alto del peñasco, está impregnada de una paz y de un sosiego de valor incalculable. Forman parte de ella una Casa Palacio, la Iglesia Parroquial de la Natividad de Nuestra Señora y un pequeño jardín en el que luce una fuente al abrigo de unos plataneros en el momento de su poda. Muy próximo, el río Jalón que parte en dos mitades al pequeño poblado de Alhama de Aragón. En la otra parte del río un lienzo de casas al pie de los abruptos riscos, se cubre por un manto dorado que tenuemente se diluye, al tiempo que el sol se esconde por un extremo, allá a lo lejos, y que recuperará su brío en el próximo amanecer.
Los rostros de su gente que ante mí pasan me son desconocidos, mientras que sus andares tranquilos, sin prisas, llaman mi atención cual dulces pinceladas que tanto al lugar como a mí, su calma transmite. De sus rostros -al ser ya varios los días que acudo al mismo lugar sentado a la justa hora y en idéntico sitio en la terraza que hace esquina a la plaza- tuve la sensación desde el primer instante, confirmada con el paso del tiempo, que iba a dejar de ser un extraño para aquellas miradas teñidas de familiaridad.
-Buenas tardes- me saludaban cuantas veces pasaban con una sonrisa que ratificaba la sinceridad propia de la buena gente, desprendida de generosidad.
Y así, una tras otras, cuantas caras para mí lejanas cruzaban la plaza, les devolvía el saludo simpatizando a los pocos días tal y como avanzaban las tardes en aquel lugar perdido entre abruptas montañas, frías, rudas, pero que gracias a la sencillez de sus gestos me resultaban la fiel demostración que, o bien el calor humano sigue vigente, o aquello era un extraño lugar al que había arribado desde otro mundo. Noviembre 2010
LA PRENSA DIARIA
Me gusta leer la prensa diaria comenzando desde el final de sus páginas. Es decir, la dejo sobre la mesa, observo la portada sin prestarle mucha atención y de inmediato le doy la vuelta acudiendo a su contraportada.
No me pregunten el por qué, pero eso de pasar página en sentido contrario, es como si fuera el nadar contra corriente sin estar a merced de las aguas eligiendo mi camino.
En las últimas páginas suelen informar de los números de la suerte de los sorteos diarios que si coinciden con los que has apostado, ninguna otra noticia te producirá mayor satisfacción.
¿Acaso no sería ésta la noticia del día y el titular más esperado?
Igualmente aparece el horóscopo que te advierte del peligro o disfrute que pocas veces se cumplen, y aunque prestarle atención sea una ilusión irrelevante, tiene la misma certeza de otras noticias de primera plana que luego pasan al olvido.
La prescripción meteorológica, fiable al menos en las próximas veinticuatro horas, el santoral cristiano, los acontecimientos históricos del mismo día desde la cultura grecorromana y la programación televisiva de las próximas veinticuatro horas, no admiten ninguna discrepancia, sea cual sea la ideología de sus páginas, por lo que te sientes tras un barrera, a salvo de cualquier astado que te amenaza.
Desplazo la hoja hacia mi derecha y aparece la oferta cinematográfica hacia un mundo de fantasía con seguridad más grato que el de las tropelías de las primeras hojas embadurnadas de incertidumbre.
De inmediato aparece la sección de anuncios: complicada y posible tabla de salvación de los parados y a la sazón, cajón de sastre con ínsula de baratillo, junto a un sin número de ventanales de lencería donde lo erótico retoza con la ficción.
Poco a poco y según avanzo en su lectura dejando atrás la certeza de lo cotidiano, aparecen unas páginas culturales donde se mezclan crónicas que nos anuncian de la fascinación de lo inimaginable, gracias a la capacidad del ser humano por la fantasía, pero ajeno a las mentiras de las primeras hojas del diario.
En ocasiones aparecen unas hojas de color salmón a la parrilla que alardean de economía, pero siempre en manifestaciones contradictorias entre quienes las firman y con el tufo de la información interesada.
Y tal y como voy cangrejeando, entro en páginas internacionales, nacionales y locales en las que la única opinión sincera y llana se encuentra en la sección de Cartas al Director, siempre próxima a la voz de la calle, tanto en cuanto no me seducen los editoriales, las páginas de sucesos -fuente de información para mentes psicópatas- ni las de opinión, que como producto envasado y hecho de encargo me obligan a cerrar el periódico de regreso a su final
Sin embargo, en el día de hoy y al iniciar mi lectura de la prensa en su contraportada, observo preocupado un anuncio a toda página en la que el Gobierno de España anuncia eufórico la inauguración de una nueva infraestructura en la Comunidad Valenciana.
¡Mal empezamos el día!
Diciembre 2010
MI PRIMER CAFÉ
Sentado en el interior de su cafetería de capricho con su olivo ante la entrada, el que regala una atmósfera de historia y paz, León Valderas toma su primer café del año, pasados unos días de su comienzo. No, no lo tenía olvidado.
La fachada del café está decorada con tonos pastel que le confiere cierto sabor añejo con toques de acuarela. La clientela habitual, joven y bohemia, permanece fuera al arrimo de las cortinas del olivo y a la luz de una farola que forma parte de un decorado que se prolonga a través de las ventanas hacia un interior vestido de antiguo, del que emergen los reflejos dorados de sus rústicas lámparas ceñidas a las paredes y que se esparcen por doquier hacía el exterior decorando la calle. Allí dejan su calidez en quienes disfrutan de la terraza ajenos al frío de la tarde.
Pese al mismo, el lugar está concurrido por los fieles de siempre, mientras la música de una bachata amortigua los murmullos de una pareja en el interior en defensa de su intimidad. ¿Qué se dirán? Igual hablan de promesas o de deseos incumplidos.
León Valderas los observa y sus caras son alegres, de lengua fácil y ojos vivos con deseos de abrirse a su interior, mientras complacido calla, escucha y sonríe. Empieza el año, son sus primeros balbuceos. Tiempo de promesas que quizá no los sean por primera vez, pero por ello mismo, valga la pena intentarlos de nuevo. ¡Quién sabe!
El café, el viejo café, el que inició un día su andadura sin percatarse de los comienzos de nuevos años cuyo ciclo ignora, sigue intacto, año tras año como lugar de encuentro, e ideal para nuevas promesas que, por qué no, en el nuevo que comienza, quizá se cumplan.
Enero 2011
EL PLACER DE LA PROHIBICIÓN
Servidor de Vds. no fuma; mi esposa sí. Normalmente solemos frecuentar un cafelito vecinal donde con anterioridad a la implantación de la actual ley antitabaco, mientras quien les escribe tenía la costumbre de ojear la prensa del día, ella consumía un par de cigarrillos degustando un café deleitándose en su aroma.
El café, el viejo y entrañable café de tantos y tantos años está condenado, si la sensatez no lo remedia, a perder gran parte de su ambiente más añejo, nacido bien desde la tertulia cultural ya en desuso -¿Don Camilo, le hace un “caldo de gallina o un purito”- bien de la reunión amigable o del trato comercial, o bien de la pareja furtiva que busca su rincón.
Si es sabido que no se pueden poner puertas al campo porque quienes lo pretenden fracasan, ni siquiera pueden evitar la satisfacción por los deseos más oníricos, en cambio, el sabor prepotente del circunstancial inquisidor a cuyo disfrute se dedica, lo encuentra cuando le es posible en el ejercicio de la prohibición, talante en boga ejercido desde el poder, no sólo desde el Gobierno, sino también desde los autonómicos en el que el de Cataluña alcanza la mayor nota.
Prohibir por prohibir es el talante habitual que mejor define al incompetente en su incapacidad de resolver los problemas que, por acuciar más a la sociedad, ocupan los primeros lugares en sus demandas.
De seguro, si relacionáramos medio centenar de las preocupaciones que acosan a la sociedad española por su peligrosa repercusión en nuestras vidas, el del fumar en el interior de cafeterías, bares y restaurantes estaría ausente. Y máxime, en la actual situación de paro laboral: la principal tragedia que nos aflige, a cuyo aumento va a contribuir tan irresponsable prohibición.
Seña de autoridad la de la prohibición, tantas veces criticada, pero que alcanzado el poder, la mutación se produce, y el placer por su ejercicio incrustado en el subconsciente se convierte en un objetivo irrenunciable.
Con aviso previo, la fraternal reunión del viejo café se ha fraccionado en dos: la del apestado en el destierro del cielo abierto y la del inmunizado en el interior del café, pero sometido a la acechanza de nuevas prohibiciones tan pronto se le ocurran al aparato inquisidor que vela por nosotros.
Febrero 2011
LA ACTITUD
En ocasiones me duelen los ojos. Los cierro, apoyo mis codos sobre la mesa, e inicio un leve masaje en mis párpados con la esperanza de que me lo agradezcan; mis ojos.
No sé si es problema de los ojos o de la vista, porque ambos no son la misma cosa. Los ojos pueden someterse a cualquier cirugía si es necesaria; en cambio la vista no.
Confundimos demasiado las cosas y viene a cuento cuando ayer en la parada del bus le decía a una persona cuya cara me resultaba familiar.
-¿Nos conocemos, verdad?- Le dije.
Frunció el ceño y me contestó escueto: -¿dominicos?, no, escolapios- le respondí, al tiempo que le preguntaba por el barrio en que vivía.
Resumiendo, vivíamos en la misma calle.
-!Ah, conocidos del barrio!- La incógnita quedó despejada.
-Bueno, le dije, conocidos del barrio, no; en todo caso “de vista”-. Jamás nos habíamos cruzado ni siquiera un saludo.
-Tiene Vd razón, -me dijo sonriente- y en la próxima vez que coincidamos nos saludaremos y tomaremos juntos un café; desde ese instante ya tendremos la consideración de “conocidos del barrio”, terminó complacido.
En realidad habíamos empezado a serlo en ese momento bajo la marquesina a la espera del bus, a más que en el trayecto hacia nuestro destino una grata conversación fraguó una probable amistad.
Efectivamente, no son la misma cosa los ojos que la vista, como tampoco lo son la aptitud y la actitud que es lo sustancial. Para nada sirven los ojos si la actitud no es la que funciona, lo que me hace pensar que es la vista la que necesita pasar por el “quirófano” para conocer mejor lo que nos rodea.
Seguramente los ojos estarían más satisfechos y quizá sin dolor.
Marzo 2011
PRINCESA
Mi ventana daba a la calle de Quart esquina a la de Aladrers y acostada en la cama, todos los días al amanecer, lo primero que vislumbraba era una de las dos torres, donde sabía que estaba él. La otra torre estaba impedida a mis ojos al no poder desde mi cuarto disfrutar del conjunto de las Torres de Quart: una de las muchas puertas de entrada a la Valencia amurallada de las que me hablaba mi abuelo. Se me antojaba como un castillo encantado de escondidos pasillos y amplios ventanales, en cuya habitación principal y bajo un dosel a cuadros de vivos colores él pasaba en el lecho sus horas esperando el amanecer.
No así en mi cuarto humilde, sin visillo ni cortinas, desde el que a través del cristal de una pequeña ventana me emboba observando la torre, tal y como lo venía haciendo desde muy pequeña fascinada por su esbeltez.
Supe de él cuando mi madre a mis cinco años reemplazó mi primera camita con otra más elevada. Vistió mi habitación con una cama de mullido colchón y cabezal de hierro de cuyos barrotes me servía para levantar mi cuerpo descansando en ellos mi espalda. Entonces, penetraban mis ojos por los arcos de la torre que mi abuelo decía que eran góticos, al tiempo que en mi alucinación me perdía en su interior habitado por un príncipe que, sabiendo de mí, trataba de verme. Y en ello me embelesaba.
De inmediato, al verlo, me escondía en mi embozo y se enrojecía mi rostro. Al saber de su existencia lo escondí en mi almohada haciéndolo mío. Nuestra relación en la distancia fue de unos tres años, y durante ellos, cuando salía a la calle de la mano de mi madre hacía la Iglesia de Santa Úrsula, situada enfrente y que tras las Torres creaba una pequeña plaza por la que cruzábamos para acudir a misa de nueve, alzaba mi mirada hacía las torres en el mismo instante que ya divisaba las dos, elevadas al cielo, pero sin encontrar a mi príncipe escondido en su interior.
Nunca se lo había dicho a mi madre y cuando cumplí mis primeros ocho años y me enojé al descubrir que mi príncipe jamás había existido, me invadió una gran tristeza.
Aquel fue mi primer desamor y cada vez que paso bajo las almenas, sonrío su recuerdo.
Abril 2011
EL AMIGO
-Hola, hace tiempo que no nos vemos, tal vez más de seis años. ¿Cómo te encuentras? Te veo algo más gordo, un poco cambiado y no quiero decirte que más viejo porque el tiempo pasa para todos. Pero bueno, ¿Qué tal Dorita? me la imagino guapa, como siempre.
Vaya con el amiguete al que me cruce en la calle, tanto en cuanto me abordó de forma inesperada sin tener siquiera el detalle de invitarme a una copa, obligado, más si cabe, por su perorata con dardos de mal yogurt.
-Voy con prisa, sabes, otro día nos vemos y te invito a comer.
-Vale, vale- le contesté, sonriéndole sorprendido.
Ni siquiera recordaba su nombre. Nos habíamos conocido los dos matrimonios compartiendo una mesa en la boda de un amigo común hacía ese tiempo. Una amistad que se manifestó de forma efímera, pues después de una par de encuentros para cenar juntos se desvaneció en el tiempo.
-Lo que te pasa es que me ves con malos ojos, pues me encuentro estupendo y todos los días me machaco en el gimnasio para mantener mi forma.
-Bueno, adiós, cuídate mucho y dale un beso a Dorita, de mi parte.
Vaya con el “prota”, me dejó algo tocado porque ignorándolo todo, tenía su parte de razón.
La artrosis se ha apoderado de mi cuerpo, las cervicales me producen mal humor, el menisco roto me priva de mis aficiones callejeras y la hernia discal me resta agilidad. Sin embargo la faz de mi rostro me hace más joven, por lo que mucha gente del barrio me dice que estoy hecho un chaval y por mi aspecto dicen que no me queje cuando me ven cojear paseando por la acera.
Pero aquello del beso a Dorita y que me encontraba más gordo y con mala cara, me sentó como un tiro.
Si al menos hubiera tenido el detalle de endulzarme un poco tomando un café; porque en cuanto a lo de la comida ofrecida, más fácil será que sane mi hernia discal.
¡Vaya con el amigo!
Mayo 2011
RAÍCES E IDEAS
Las raíces, como las ideas, avanzan por caminos cuyos límites son infinitos. Aquellas, igual lo hacen por empedrados recodos gracias a su tenacidad, que más fácilmente se extienden por la maleable tierra que las alimenta sin más escollo que cualquier dureza que les sale al paso, aunque logran vencer. Mientras tanto, las ideas nos fluyen en su nebulosa con ansias de libertad, aunque tantas veces se pierden como pavesas dejando tras de sí la nada.
Las raíces se ofrecen desprendidas y dan lo mejor de sí mismas: su brote en cuerpo y volumen decoran el paisaje, como también y con el tiempo nos dan sus frutos desde los comienzos de aquel primer día, hace millones de años. Y en su diversidad, en ocasiones, afloran y dejan sobre el sendero su rúbrica que las identifica. Discurren a flor de tierra por donde paso a paso transitamos, ora ligeros, ora muy rápidos: demasiado a veces.
Como también hay quienes disfrutamos del paso lento, tranquilo y seguro, gozando del paisaje que tantas ideas nos sugiere la frondosidad del bosque.
Las ideas revueltas en nosotros, cual tela de araña, nos embaucan en el camino, afloran y marcan ilusiones. Extienden sus tentáculos hacía rumbos imaginarios que en ocasiones se alcanzan, aunque no siempre; más bien por falta, como las raíces, del necesario nutriente que necesitan.
Todo sucedió en un instante: una raíz prominente me hizo perder el equilibrio y a punto estuve de dar con mis ideas en el suelo. Jamás hubieran estado tan unidas; en este caso en el dolor, absorta mi mente al no prestar atención al camino, embelesado por la belleza en rededor.
Las ideas, pues, como las raíces, tienen mucho en común. Tanto, que están condenadas a encontrarse algún día bajo la tierra en el final de una vida.
Septiembre 2011
LA INTIMIDAD
Hemos perdido nuestra intimidad. En los últimos veinte años al menos. Algunos, más económicamente fuertes, la perdieron antes. Salías a la calle y eras dueño de ti mismo.
El mundo en tus manos manejando el timón como lo hicieran Gregory Peck mientras se abrazaba con una deliciosa Ann Blyth con las miradas fijas en el horizonte dueños de sí mismos.
Nadie que les molestara ni que pudieran variar su rumbo ilusionados en su destino.
Hoy el mundo no nos pertenece. Qué digo mundo, ni el más pequeño rincón que te pueda embelesar contemplando el noble blasón de un portal artesonado; o la forja de balcón; o la aldaba en la que figura la cabeza de un dragón, al tiempo que se abre la puerta de la que surge una caballero de porte distinguido que desconoces, y que por su extrañeza y para su tranquilidad, inicias con él una conversación interesado por el histórico pasado de tan palaciega casa.
Nace pues la mutua empatía y de forma afectuosa te habla de sus antepasados, de su noble linaje y filantrópica dedicación, cuyos orígenes se remontan a la época foral.
Y resulta ser tan gentil que te ofrece cruzar el umbral para visitar el interior de la biblioteca donde contemplar en su pinacoteca toda la ascendencia de tan ilustre familia que, una tras otra generación, ha llegado a nuestros días.
Una regia escalera de mármol bajo una impar lámpara de cristal de bohemia, según me explica tan desprendido cicerone, me seduce al instante y me llena de emoción, de repente frustrado tanto en cuanto suena mi móvil:
Cariño, ven rápido a casa. El automático ha saltado, se ha producido un chispazo en el interior del microondas y la cocina está envuelta en humo.
Y en ocasiones, sin el…. cariño.
Junio 2011
SEMILLA
- ¿Y a ti, cómo te llaman?
- Mi nombre es Semilla.
¿Semilla? Y… ¿Qué has sembrado?
Mira, no me hagas ese tipo de preguntas que no sé cómo contestarte. Algo más sencillo, por favor.
¿Más sencillo? Imposible. Ese nombre te obliga a mucho y como entenderás no voy a hacerte una pregunta banal, nada consecuente con tu nombre.
¡Ah! Te veo venir. Creo que me equivoqué, no debí contestarte, porque es una pregunta con trampa.
¿Trampa? ¿Por qué piensas eso?
Porque tú sabías mi nombre y tu intención es la de que me sienta mal, sabiendo que en algo te he fallado.
Veo que me conoces. Así pues, es mejor que no me contestes, pero tendremos que dejarlo para otra ocasión.
De acuerdo y te lo agradezco. Eres muy generoso, pero no sé si estaré a tu altura para no defraudarte cuando llegue ese momento, aunque lo intentaré. ¿Me avisarás con tiempo?
No, no te avisaré. Lo que tienes que hacer es procurar buen fruto, que para eso te dieron el nombre. Julio 2011
EL PUNTO DE GANCHO
Uno de mis actuales hábitos es el de la compra en Mercadona donde junto a otros alimentos, adquiero las barras de un pan que previamente congelado lo cuecen a diario. Hecha la compra, una vez en casa, tostamos el pan a cuyo consumo nos hemos acostumbrado.
Sin embargo, en esta mañana dominical estaba en el horno del barrio al que normalmente no suelo acudir, sobre todo durante el verano. El sofocante calor que surge del interior del obrador me abochorna, agravado además por una larga cola donde las mujeres utilizan su abanico para superar el rato de agobio mientras les llega su turno.
No hace falta que les diga que no llevaba ni abanico ni un maldito periódico con el que ventilar mi rostro.
Iba pues con mis manos vacías, como el resto del personal ante el largo mostrador. Cada uno de los presentes hacía su compra que recibía en una bolsa de plástico abandonando el local, por lo que mi turno avanzaba.
-¡El último, por favor! – Oí de una trémula vocecita y le respondí servidor.
Era la de una señora anciana que calmosamente había hecho acto de presencia. ¡Más que octogenaria! pensé de inmediato.
Me fijé en ella y portaba en su mano un saquito de pan. El de toda la vida. Bueno, el de los de hace muchos años cuando los saquitos de tela aún no habían sido remplazados por los de plástico que nos ofrecen en el horno. Y de la misma forma que cada casa es un mundo, en cada una existía un saquito personalizado; palabro éste no inventado entonces, o al menos en un uso tan en boga como en la actualidad.
De inmediato pensé en ellos, de cuando mi madre me enviaba al horno para la compra del día; sentí añoranza de aquellos saquitos de tela de miles de colores, caseros, con su perfume inconfundible del pan empapado en sus hilos, de sus bordados que los hacían diferentes, o de los de ganchillo, e incluso de los de punto de cruz. En muchos de ellos no faltaba el nombre de su dueña para lucirlo con gusto. En ocasiones dejábamos el saquito encima del mostrador para volver un tiempo más tarde sin que no hubiera duda alguna de su dueño, porque nunca había dos iguales. Hecha la compra y tras estirar de sus vetas, lucía el saquito su mejor confección.
Uno de mis sueños frustrados es el de no haber aprendido a hacer el punto de gancho. Su interés no me viene de antiguo, que de serlo, seguro que mi madre o mi abuela me hubiesen enseñado a llevar las cuentas, y con la agilidad de los dedos, ser capaz de crear una urdimbre ordenada con la paciencia del buen gusto, a pesar de que sólo eran las niñas a quienes se les sometía a su aprendizaje.
Mi deseo abandonado se fraguó hace ya unos cuantos años como la mejor terapia para dejar en el cajón del olvido la tensión acumulada que instante a instante, día a día, se iba incrustando en mi cuerpo como producto del quehacer profesional, convertida en un invisible tatuaje ajeno a los del esnob imperante.
Así pues, aquel saquito de tela floreado y con sus bordados captó toda mi atención. Al igual que la dulce anciana, que si algo ella emanaba eran sus rasgos de paz y de sosiego, de los que, decididamente, el hacer punto gancho seguro que tiene gran parte de culpa.
Agosto 2011
RAÍCES E IDEAS
Las raíces, como las ideas, avanzan por caminos cuyos límites son infinitos. Aquellas, igual lo hacen por empedrados recodos gracias a su tenacidad, que más fácilmente se extienden por la maleable tierra que las alimenta sin más escollo que cualquier dureza que les sale al paso y logran vencer. Mientras tanto, las ideas nos fluyen en su nebulosa con ansias de libertad, aunque tantas veces se pierden como pavesas dejando tras de sí la nada.
Las raíces se ofrecen desprendidas y dan lo mejor de sí mismas: su brote en cuerpo y volumen decoran el paisaje, como también nos dan sus frutos desde los comienzos de aquel primer día, hace millones de años. Y en su diversidad, en ocasiones, afloran y dejan sobre el sendero su rúbrica que las identifica. Discurren a flor de tierra por donde paso a paso transitamos, ora ligeros, ora muy rápidos: demasiado a veces. Como también hay quienes disfrutamos del paso lento, tranquilo y seguro, gozando del paisaje que tantas ideas nos sugiere la frondosidad del bosque.
Las ideas revueltas en nosotros, cual tela de araña, nos embaucan en el camino, afloran y marcan ilusiones. Extienden sus tentáculos hacía rumbos imaginarios que en ocasiones se alcanzan, aunque no siempre; más bien por falta, como en ocasiones a las raíces, del necesario nutriente que necesitan.
Todo sucedió en un instante: una raíz prominente me hizo perder el equilibrio y a punto estuve de dar con mis ideas en el suelo. Jamás hubieran estado tan unidas; en este caso en el dolor, absorta mi mente al no prestar atención al camino, embelesado por la belleza en rededor.
Las ideas, pues, como las raíces, tienen mucho en común. Tanto, que están condenadas a encontrarse algún día bajo la tierra en el final de una vida.
Septiembre 2011
EL ARO DE SUS JUEGOS
León Valderas, en su ficción, navegaba entre el desasosiego y la incertidumbre. La mar rizada fustigaba su quilla, la flojedad del velamen fortalecía su temor y su estado de alerta no le garantizaba consuelo alguno.
La luz sobre la lámina de un mar en calma era una hoja arrancada del almanaque en su pasado.
León Valderas estrechó aún más su círculo, se encerró en su interior al que decoró en la monotonía. Pasaron a ser las mismas caras de todos los días y su destino, el de unos buenos días o el de unas buenas tardes. O los dos. Un hola y un hasta luego.
León Valderas, si bien quería despertar, el despertador sobre la mesita le fallaba más de la cuenta y el taller del viejo relojero había cerrado las puertas ante la escasez de demanda, aunque de estar abierto, igual no lo hubiera llevado. No era el único, el relojero, quien había bajado el telón a lo largo de la calle.
Aquel cuadro ante los ojos de León Valderas lo hundió en el sopor, fustigó su templanza y adivinó que vencido, entregado a sus corrientes, el maderamen de su existencia se esparciría por el ancho mar, tal y como los cristalitos de una jarra rota en mil pedazos desaparecen barridos por la escoba.
León Valderas no lo pensó más y se dispuso a salir fuera de aquel círculo estanco cuya salida no encontraba.
El aro de sus juegos permanecía amarrado, como escondido en los huecos de unos recuerdos que intentaba resucitar al son de nuevos bríos que hicieran correr la rueda.
Septiembre 2012
EL BARCO VARADO, ENCALLADO EN EL ARENAL
El barco varado sigue frente a la costa valenciana del Saler. Un posible canal en el hondo marino, eliminando la arena convertida en este caso en cieno, es una posible solución a tan indeseable circunstancia, pero diversas condiciones adversas evitan que León Valderas domine la situación y pueda devolver a mar abierto el macizo volumen anclado en la arena.
Arena que también es tierra. Tierra a merced de vientos; vientos de mar rizada a veces, marejada en otras y tan frecuentemente gruesa o arbolada.
León Valderas, en su actitud de “práctico de puerto” se presta a dar con la solución que devuelva al barco varado a su libertad; pero en León Valderas su aptitud está mermada, mermada por la fuerza de unos vientos, vientos descontrolados que no domina por su oficio acostumbrado en el interior de la dársena siempre al amparo de aquellos que inducen a la destrucción, gracias a unos malecones de rocosas piedras de cantera que también surgen de la tierra en los que se cobija y le protege ante una voracidad que no domina. Pero que intuye.
León Valderas y en mar abierto. “Tierra hostil” al acecho de lo más inverosímil que pueda imaginarse y que transforma en rojo el azul y el dorado de la tarde en un imprevisible crepúsculo sin fijo horizonte; al igual que sucede con el límpido amanecer que surge allá donde termina el mar, donde muestra lentamente el destello en disco de luz de fuego que despega de sus aguas buscando un cielo lleno de esperanza.
A León Valderas le gusta esa estampa que abre el día y en ella confía. Lo hace porque sabe que todo es posible en ese mar testigo de batallas en las que siempre surge el vencedor, capaz de superar todos los trances que atestiguan sus ojos. No piensa en quienes allí sucumben, porque todos los días sale el sol, aunque lo haga casado con la nube.
León Valderas, “práctico de puerto”. León Valderas a merced de los vientos.
El barco varado virará hacia la dársena en cuyas escolleras y a su apoyo, volverá a mostrar su entereza, su orgullo en enderezar nuevos caminos como siempre lo hiciera y en lo que León Valderas confía.
Octubre 2012
EL RUN RUN
León Valderas a través de la cristalera del café observa los puntos dorados del alumbrado de la calle en las últimas horas del atardecer. Los comercios del barrio en los bajos aun no han cerrado. Pero son los menos.
Los más, tienen las persianas metálicas ancladas al suelo ya desde hace un tiempo y con el principio del año, dos más, se han sumado al apagón de la noche para no despertar con el amanecer, fatigados por la triste luz del día que ya no brilla como antaño.
Desde el interior del café, León Valderas ve cómo las lámparas del interior se reflejan en el cristal. Son puntos de luz que se suman a los del alumbrado en una falsa imagen por inexistente, pero que, sin embargo, al contemplarlos León Valderas se ilusiona como si hubiese más vida al exterior, aunque fuera por un solo instante.
Falsa ensoñación, porque llega el momento en el que Raquel aprieta un botón y un run run baja la persiana y deshace el encanto; aunque sea por unas horas, porque tras el alba y con un nuevo run run, abrirá sus puertas.
Enero 2014
LEGAÑAS
Es como si los ojos no sirvieran para mirarse. Tampoco el rostro de bronce se gira para ver la salida del sol, ni la gárgola para ver a la luna, ni el perro abandonado encuentra a su amo; quizá a otro.
Ella camina detrás de él siguiendo una estela salpicada de orgullo y con un niño que, mirando a todas partes, tira de sus brazos como buscando algo o adivinando qué es lo que le sale al paso. Él sabe que le siguen pero no le importa, avanza altivo, como ser único, como si los que vienen detrás no formaran parte de él. Tan sólo son algo de su pertenencia y de quienes él pudiera decidir sin tenerlos en cuenta.
Se sientan bajo la sombra de un árbol. Es el relajo de la necesidad, pero sólo la de él. El niño juega con una piedra. La madre, atenta a su hijo, y él, a sus cosas. Absorto, ¿quién sabe lo que pueda haber escondido tras su mirada? A ella no la busca, ni un cruce en sus miradas, tampoco al niño. ¿Sirven los ojos para mirarse?
Los de ella sí que sirven, pero sólo para su niño, al que cuida, a quien vigila en todas partes. Sus ojos no están para el padre ¿Para qué? ¿Será su padre? ¿O tan sólo el que me dejó el recado de su lujuria?
Es la pregunta de la resignación diferente a las del niño que sólo se alerta ante lo que descubre. Es la ruta de la madre. Ella sólo sabe seguirle por un camino sin señales. No hay senderos a los que desviarse. ¡Por aquí me escapo! ¡O por allá! Imposible. Tan sólo sigue el rastro del descaro de él, el de un hombre que si bien tiene ojos no le sirven para ser humilde.
Son las legañas del desamor o mejor de la prepotencia, que, naciendo en su hueco corazón, afloran en sus parpados, acumulan una arenilla que le envanece, que entorpece el brillo de su mirada, la que ya no existe porque está muerta, asfixiada por la sequía de cariño o por la aridez del aborrecimiento. Tampoco es por un amor marchitado, porque seguramente jamás existió, porque no hubo en él ternura ni complicidad. Y si hubo tal amor, tan sólo existió en el regazo de ella que se convirtió en oasis de su amparo. Por eso le sigue, porque necesita de él, aunque sabe que tenerle es como no alcanzarlo. ¿Cómo conseguir que él la vea, que la acoja, si dándole todo la relega? ¿Acaso ve a su hijo, en el supuesto de que para él lo fuera? Los ojos, sus ojos, no le sirven para mirar, sólo a él mismo se observa. Y no se fija en ella, quien le quiere, porque no sabe lo que es eso ni lo que el amar implica. Por eso sólo sabe caminar entre los bastidores de su arrogancia y con el empaque de su insolencia.
Sale del parque y camina a una parada del autobús. Ella le sigue tirando de su niño, que ni sabe ni pregunta. La mañana es calurosa, muy tórrida, reseca, como los ojos del amo, de la suficiencia que, ufanos de sí mismo, son tiñosos de cariño y rudos de cordialidad. Se sientan en los descansos publicitarios. El niño juega, trepa inquieto por un poste como si fuera el cuerpo del árbol de sus aventuras: ¡niño cuidado!, dice la madre.
Él se levanta y sin mirarla le da unas monedas ¡Paga!. Suben al bus. El delante, ella detrás. Ni un apoyo. Ella paga. El niño se sienta jugando y posa sus manos en el escaparate de la ventana. Él a su lado y la madre detrás, observando al niño, cuidándole, como único faro tutela de aquella debilidad.
Las legañas de él los separan y ya nada tienen que decirse el uno al otro. El amor nace por los ojos, se alimenta con el corazón, desfallece y las miradas nos anuncian su muerte. Por eso no se miran, puede que se escondan el uno del otro o quizá que huyan a un lugar quién sabe dónde. O simplemente es, que sus ojos hayan olvidado el hábito de la entrega, o lo más triste de todo, que, huérfanos del significado de un hogar, albergue de un amor, arrojen sus desechos y con ellos el candor de sus miradas.
Son las legañas que visten los ojos que ya no sirven para mirarse.
Agosto 2005
MÁS DE CUARENTA
Aquella tarde era la propicia. Eso pensaba León Valderas cuando con el móvil en la mano se repetía inmerso en la duda. Le llamo o no le llamo.
La única adición de León Valderas era el internete, aunque no lo dominaba bien porque eso de los sistemas operativos, la memoria ram y la rapidez en las descargas, le traía al fresco. Lo suyo era el chateo. Y allí, en el canal “más de los 40”, con los ojos tan abiertos como ilusionados, se pasaba horas y horas en busca de ligoteo.
Una noche tuvo la fortuna de cruzar su desvelo con un extraño nick, Ninio, que aunque le hacía presumir que era de género masculino, resultaba muy preguntón; lo que le hizo dudar de quién en él se escondía, preguntándose al mismo tiempo qué querría y por supuesto si era gay. Después de largas horas dándole a la tecla, se encontraba muy a gusto tecleando con él, y más lo estuvo, cuando su enigmático interlocutor le confesó su sexo que no era otro que el de una hembra.
-¡Dame tu teléfono y te llamo!- Le pidió León Valderas para aseverarlo, abundado que su llamada sería de escasos segundos, los suficientes para averiguar en su voz, su condición de mujer.
-¿Y si ello no es suficiente? –Le replicó ñoña quien ya le había dicho que estaba casada con un camionero, ausente en un largo viaje por esos caminos de Dios, pero lleno de burdeles en la carretera.
-Hola, soy León Valderas- Se presentó entonando su voz pausada pero al mismo tiempo decidida, nada exigente y de tono educado. No le hagas caso a mi nick, -escuchó como respuesta una voz femenina, alegre y versátil - Lo utilizo tal cual para que no me deis la lata, pues si me presento como Lolita y con los pesados y al mismo tiempo salidos que sois los hombres, no me dejáis en paz. Me llamo Dorita, pero dime, dónde estás; yo estoy con mi hija y su novio en el apartamento de la playa. León Valderas, de inmediato, le rogó volver al chat, pues estaba también en su apartamento, igualmente de la playa, chateando desde la terraza. Su mujer, en el salón, le alertaba León Valderas, está viendo en la tele al J.J. Vázquez y la Belén Esteban disertando sobre las rimas de Bécquer, la importancia de los endecasílabos y el porqué de la “generación del 98” en un momento crucial de la Historia de España, según ambos llegaron a su convencimiento.
De vuelta al tecleo y por supuesto nervioso, León Valderas cogió el camino rápido que si en las más de las veces, lleva al fracaso, en las pocas restantes de todo puede suceder. Y si el mundo es un pañuelo, en aquella ocasión, lo fue por cierto. Dorita veraneaba en la playa de los Valles del Norte, y, casualidades de la vida, León Valderas lo hacía en la del Sur, separadas ambas por apenas diez minutos, comunicadas por un agradable paseo y, lo que era más importante, en aquel instante por el sonido del teclado que amortiguaba el plof plof de su excitado corazón.
Qué pequeño es el mundo, se repitieron a duo ambos los dos. Y qué gozada que por uno de esos caprichos del internete estemos los dos en un palmo de terreno. Y mientras que León Valderas se mostraba cauteloso porque si se había imaginado en un principio que Dorita podía estar en una playa de Almería o de vete a saber dónde, resultaba ser que la tenía cerca, como lo están las sábanas cima el calor de un colchón. ¿En qué estaré pensando para esta comparación? Concluyó para sí, León Valderas.
León Valderas carraspeó. Dorita, más decidida, entró a matar y le tecleó que estaba harta de su soledad en la playa, aburrida como una ostra, mirando al mar y el constante cambio del color de sus aguas, sobre un desértico pedregal y más quieta que las piedras dormidas siempre al sol. Te espero mañana por la tarde en mi playa del Norte –le dijo- He alquilado el apartamento por quince días, hay poca gente y nadie me conoce. Mi marido no regresa hasta el viernes y mi hija querrá quedarse en el apartamento con Javier. ¿A las cinco? Llámame antes al móvil, por favor.
León Valderas carraspeo muy fuerte. Y hasta Dorita lo notó al contestarle a su esposa, que ya terminada la tele, le decía imperativa. -¡A la cama! Qué el Vázquez ha terminado y hasta mañana a las cuatro de la tarde no vuelve-.
León Valderas sonrió. Cerró el internete y le contestó. –Sí, vamos a la cama que estoy muy cansado- En su cabeza sólo dormitaba la playa de Valles del Norte con el verde esmeralda de sus aguas que a la tarde siguiente podrían ser rojizas, convulsas y con el mercurio estallando el cristal que lo cubría.
Efectivamente, la tarde le era propicia, y decidido marcó en su móvil el número de Dorita. –A las cuatro y media estaré en la playa. En tú playa- Le dijo y repitió. León Valderas apagó su Iphone 4S y se fue a hacer footing, según le dijo a su esposa, mientras ésta anhelaba ilustrarse con la generación del 27, tal y como había anunciado JJ Vázquez a quién le acompañaría la Karmele Marchante de tan prestigiado discernimiento.
Ya en la playa
Media docena de nubes se perdían en el placebo azul de la tarde. La brisa era una delicia. Las diferentes tonalidades de los blancos y azules y verdes esmeraldas, bailoteaban sobre la mar en la que sus pequeños rizos indicaban unas corrientes dirigidas por la batuta de quien creara tan celestial infinito.
La fuerza de aquel inmenso útero marino se perdía en el solitario pedregal de la playa. Dos hamacas en la orilla, centraban la atención de quienes en grata pandilla desde un vecino chiringuito playero fijan sus miradas en aquellas espaldas de lona multicolor. Advertía Cecilia, como lideresa de la manada, a sus atentos amigos, que no era ni del sol, ni de tan idílico marco, de lo que disfrutaban aquella pareja ya entrada en años ante las olas del mar.
De repente, Julieta, cincuentona en años, emergió de la hamaca y grácil y enamoradiza se acercó aún más a su Romeo, quien de su tumbada horizontalidad, surgía una barriga cervecera que a la vista de los del chiringuito ponía su punto de gracia en aquella playa con cierto toque tropical.
-Estás a gusto, mi vida, mi cielo- Así imaginaba Cecilia que se decían el uno al otro, ratificando su creencia cuando observó cómo la mano de ella acariciaba los hombros de él, y bajando su cabeza le ofrecía el néctar de su boca con un almibarado beso en dulce frenesí, mientras las manos del otro se movían por toda la hamaca cual pulpo del inmediato mar.
-Mirad cómo lo arrulla, cómo se toquetean, no puede ser más que un ligue. ¿Qué si no?
Mientras que un corredor de fondo, oteando al sur y al norte, hacía acto de presencia en la orilla, al tiempo que saltaba sobre las olas perdidas en la arena, absorto como estaba ante una escena en la que sobresalía una teta que se desprendía de su bañador.
Agosto 2012