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09 octubre 2006

ESTAMBUL, EL PODER DE UNA FASCINACIÓN


Llegamos a Estambul el día 19 de Septiembre a las cuatro de la madrugada y tras el visado y la recogida de maletas nos fuimos al hotel. Llegamos a las seis y dormimos dos horas. Desayunamos en la terraza del hotel con vistas al Estrecho de Bósforo y aunque estaba nublado era magnifico disfrutar de aquella primera impresión de la ciudad y ver al mismo tiempo la gran cantidad de embarcaciones sobre el mar Mármara. Me fijé en todo el barrio alrededor del hotel y sus tejados daban sensación de abandono. La zona del hotel correspondía a la parte vieja de la ciudad y vi por primera vez la Iglesia de Santa Sofía. Estábamos muy cerca del Estambul histórico y había que descubrirlo, así que nos fuimos a ver la Mezquita de Solimán.

En la puerta del hotel pedimos un taxi y en el trayecto tuve la segunda impresión de Estambul en aquel barrio que me pareció muy atrasado y con mucha gente por las calles. Los coches antiguos, viejos, destartalados y con señales de pobreza. La gente por la calle caminaba muy deprisa al igual que mis elucubraciones. En unos días iba a descubrir la verdad del barrio de Beyazit, la zona donde estaba alojado el The President, un buen hotel con muchos españoles y a un paso de la historia de Bizancio, Constantinopla y Estambul.

La Mezquita de Solimán I el Magnifico es toda de mármol y sus alrededores están un poco abandonados. Nada mas entrar en el recinto vimos un cementerio con losas y piedras alzadas como troncos con adornos floreados. En el centro un gran mausoleo guarda los restos de Solimán y en otro cercano y más pequeño descansa su esposa Roxalena.

El patio central de la mezquita tiene cuatro minaretes en recuerdo del cuarto sultán de su dinastía. Solimán la mandó construir en el año 1550 y después de casi diez años, el arquitecto Sinán terminó su obra maestra. Una fuente cubierta viste el centro del patio a la entrada de la Mezquita. Uno de sus laterales al exterior es un esplendido mirador del Cuerno de Oro con la parte moderna de Estambul al fondo, destacando la Torre Galata.

La entrada a la Mezquita es gratuita aunque piden la voluntad. Entramos descalzos sobre el suelo alfombrado. En las entradas de todas las mezquitas hay pequeños muebles donde dejar los zapatos, sin embargo la mujer occidental no está obligada a cubrirse la cabeza. Imagino que es porque Turquía quiere abrirse a Europa y esto pudiera ser una prueba de ello; como es imposible entenderse con un turco, y sólo por cuestión de idioma, no pregunté el motivo.

Ya en su interior llama la atención la belleza tanto de sus bóvedas como de sus vidrieras. De los techos cuelgan una maraña de lámparas que llegan hasta poco más de un metro de nuestras cabezas. Antiguamente eran de aceite y en recuerdo a ello permanecen cercanas al suelo aunque han sustituido las lámparas por bombillas. En el interior no hay bancos y el único sitio para sentarse es en el suelo. Los musulmanes se arrodillan en dirección a La Meca y así inician su momento de oración.

Paseando por el exterior me encontré con una pareja española y tras una pequeña conversación me aconsejaron que fuera a comer al Puente de Galata. El día anterior comieron una dorada exquisita y un postre por veinte euros. Así que decidí aceptar el consejo y nos fuimos hacia el Puente Galata.

Como todo es cuesta abajo – Estambul al igual que Roma está situado sobre siete colinas – nos fuimos andando; vimos mucha gente por unas calles muy estrechas y llenas de comercios por todas partes al mismo tiempo que íbamos sorteando los coches. Pasamos por el Bazar de las Especias y quedé encantado porque lo descubrí de golpe, pues sin saber nada me encontré de repente dentro de él; resultaba una mezcla de colores y aromas entre murmullos de una increíble actividad. Escuché voces en español y es que sus vendedores están en un ejercicio constante de su función y tan pronto ven cercano al turista, identifican su nacionalidad y convierten sus palabras en eficaces reclamos.

Al lado del Bazar de las Especias está la Mezquita Nueva y en una de sus entradas hay una nube de palomas grises en constante revoltijo pero fijas ante una de las puertas de entrada a la Mezquita. Existen unos pequeños puestecillos donde venden cereal para las inquietas palomas. En un café bajo la sombra de unos plátanos nos sentamos para tomar un té de manzana. Es muy complicado entenderse con los turcos; le pedí algo que acompañara al té y me ofreció unas raciones de pollo. Acepté la propuesta pero le pedí una ración pequeña. Me trajo dos y un poco grandes. Era pollo asado y desmenuzado a tiras. Lo probamos y estaba riquísimo; acompañaba muy bien al té de manzana pero para que no nos quitara el apetito comimos muy poco.

Estábamos en el Cuerno de Oro y las vistas nos resultaban mágicas allá donde miráramos. Fantásticas mezquitas por todas partes y lejanos minaretes nos llenaban de satisfacción al encontrarnos en un lugar que hasta entonces no habíamos imaginado. Llevábamos pocas horas en Estambul y aquello era alucinante. Torre Galata a la otra parte del Cuerno de Oro que nacía en el Estrecho del Bósforo. A la otra parte Asia y en la amplía plaza, gente, mucha gente. Entre la explanada y los embarcaderos una amplia avenida con un tráfico intenso y muy veloz. Y en las aguas muchas embarcaciones que iban de una parte a otra, imagino que llenando de encanto a los embarcados en sus pequeños cruceros a través del Cuerno de Oro y el Estrecho que nos separa de Asia.

Fuimos hacia el Puente de Galata buscando su parte baja, la de los restaurantes. Comimos muy bien pero nos costó ciento diez euros. Fue entonces cuando me acordé de la parejita de los veinte euros, pero pese a ello, la comida me pareció fantástica y de un extraordinario sabor. Pero no por la comida en si, que estuvo exquisita, sino por el ambiente que nos rodeaba que será motivo de otro relato.

Octubre 2006-10-09

6 comentarios:

Uno que pasaba por allí... dijo...

Estoy leyendo todos tus relatos pero tomándome mi tiempo, poco a poco. Menudas ganas me están entrando de marcharme a Estambul pero ya amigo. Da gusto leerte, se nota que te gusta viajar (que no hacer turismo) y te impregnas de cada aroma, de cada sabor, de cada melodía....

En fin, que estoy disfrutando, pero eso sí, poco a poco, tanta experiencia acumulada no es posible de asimilar con prisa.

Vivas dijo...

Me encanta la manera con que cuentas las cosas. La verdad es que Estambul debe ser precioso. Tengo entendido que los postres árabes son buenísimos, eso es verdad?

Un abrazo amigo, y espero de que todo te vaya bien :-)

Julio Cob dijo...

En Estambul probé la mejor macedonia que he tomado en mi vida.

Fruta natural y variada a cachitos. Riquisima. Efectivamente me comentaron que la fruta en Turquia es excelente.

También tienen unos postres a base de dulces un poco empalagosos. El arroz con leche me gustó por la forma tan diferente a la que conocemos aqui. Consiguen una masa compacta y de muy buen paladar.

Pero lo mejor de Estambul es su magia.

Gracias por leerme, amigo.

Vivas dijo...

Gracias a tí por compartir con nosotros esas maravillosas experiencias. Gracias por transportarme a un mundo donde no he viajado nunca. Un abrazo y esperamos más cosas interesantes!! :-)

Vivas dijo...

Por cierto, acabo de darme cuenta de que pusiste fotos de Turquía. Muy bonitas.

Henry dijo...

No conozco Estambul pero debe ser fascinante. Esas dos caras, como la de Alejandro Magno, una mirando hacia el oriente y otra hacia el occidente...
Cada vez que oigo nombrar Venecia o Estambul no puedo evitar rememorar la canción de Battiato del mismo nombre: "Venezia mi ricorda istintivamente Istambul/Stessi palazzi addosso al mare/Rossi tramonti che si perdono nel nulla".