
La presión de las cuatro paredes refugiado en mi casa durante todo el día, cuyo único resquicio era el del aire acondicionado, más agradable que el bochorno del exterior, hizo sin embargo que necesitara salir a la calle; decisión a la que me lancé de manera inconsciente. Me enfrenté a un calor denso y pegajoso, pese a la proximidad del mar. Las calles por las que transitaba, largas y estrechas, eran como una barrera frente a la brisa marina evitando su alivio. Pese a ello, caminé decidido por un ambiente tórrido, dispuesto él a terminar con todo bicho viviente que se atreviera a deambular por sus fauces aniquiladoras. Mi valor, sólo constaba en una libreta verde, vacía de contenido, pero con un epílogo claro y conciso: “se le supone”.
Nunca hay que infravalorar al enemigo y a las pocas calles en mí caminar por el barrio marítimo, ya estaba agotado. Afortunadamente, una plaza abierta con una cruz roja en el centro sobre un pedestal lóbrego y bajo un árbol frondoso, se me ofreció como refugio y descanso. Un banco lleno de grafitis gamberros y cagadas de pájaros, con vómitos secos fruto de la droga y el alcohol, tuvieron la gentileza de dejarme un hueco limpio a un lado donde sentarme y descansar un rato.
Con una ligera brisa me entró la modorra, tan a gusto como estaba, cuando un golpe seco a mi lado anunció de la presencia de una gaviota que tumbada sobre la mugre estiraba sus patas de forma intermitente, lo que más parecía su última voluntad escrita en esta ocasión en lo que más parecía el ritmo de un mensaje morse. Un ojo triste de la gaviota se dirigió a mi rostro y mi fe cristiana me llevó a cerrárselo, al igual que lo hicieron los míos.
Marino de remplazo, un extraño SOS tableteaba insistente, y la tira de papel perforado se retorcía levemente creciendo en su volumen. Una bolsa de gruyere que se iba esponjando en el suelo se enredó entre mis piernas, mientras pasaba a un folio tras otro un mensaje de agobio henchido de aflicción. Llegaba a mis manos la angustia expresada por alguien ante la amenaza de unos abejorros revoleteando sin cesar dentro de un circuito fijo y constante, alertando al mismo tiempo de horribles bramidos hasta ese momento desconocidos que turbaban su tranquilidad agosteña, la que gozaba desde hacía muchos años en la dársena del puerto. Sólo durante la noche podía descansar –abundaba en su mensaje- y al despuntar el día, nuevos sonidos de espanto destrozaban sus tímpanos largas horas hasta el atardecer. Habían sido tres días de martirio interminable mientras una masa vociferante clamaba alocada sin conseguir amortiguar unos chirridos que destrozaban su corazón, temiendo por su muerte.
La cabezada hacía atrás en el atardecer, justo en el momento en el que una cagada de un pájaro cayera sobre mi rostro, me hizo despertar. Un sentimiento de pena estrujó mi alma, acercándome a un sueño tan real como aquella gaviota tumbada a mi lado, de cuyas patitas seguían saliendo mensajes de auxilio que con gran tristeza pude descifrar.