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23 julio 2007

VALENCIA: SU BATALLA DE FLORES


A la hora prevista, los carros de combate ocupaban su punto de concentración dispuestos a invadir el cercano campo de batalla. Pertrechados con la munición necesaria para vencer al enemigo, o al menos intentarlo, sólo faltaba la señal del comienzo para la contienda, que, por supuesto, goza de la necesaria autorización municipal. Por lo que el enfrentamiento es legal, y hasta conveniente: al menos una vez al año lanzarse balas de flores, unos a otros, sirve para eliminar nuestro estrés acumulado, o al menos intentarlo.

La soldadesca, soportando el aún tórrido sol de la tarde, mantenía integra su postura bizarra, atenta al primer “tro d`avis" que daría inicio al desfile ante la tribuna de la autoridad, al tiempo que mostraba su poderío al bando contendiente, dispuesto bajo la arboleda a lo largo de todo el Paseo de Alameda. Los caballos, ajenos a la extenuación que les esperaba, mostraban sus adornadas crines. Y las carrozas y las calesas sus mejores galas, ante un público expectante que acudía a tomar nota de las fuerzas, a las que iba a enfrentarse.

Valencia celebra su feria de Julio desde hace más de un siglo, cuando corría el año 1870 en los tiempos de Amadeo de Saboya, creada por motivos puramente comerciales. Llegados los calores veraniegos, la burguesía valenciana abandonaba la ciudad, y para retenerla en sus calles, al menos durante un par de semanas más, por un acuerdo entre los comerciantes y el Ayuntamiento, se creo un festejo anual que fue creciendo con los años. Gracias, sobre todo, a la aportación de nuevos divertimentos algunos desgraciadamente desaparecidos. Como lo fueron, entre otros, las carreras de camareros, las de sidecares, las de roces y también los Juegos Florales. Así como los artísticos pabellones de bailes, donde actuaban las mejores orquestas de su tiempo y cantantes de música pop. Perduran los castillos, las atracciones, los conciertos y las corridas de toros de acreditada Feria. Y con el broche final de una incruenta batalla de flores, cuya primera edición se libró veinte años después de instaurada la fiesta. Su lugar, el de siempre, a lo largo del más apreciado paseo de la ciudad, el situado entre las fuentes de “Las cuatro estaciones” y “Los cuatro elementos”. Ambas, se representan en bellas ornamentas de hierro fundido, que desde finales del siglo XIX marcaron las lindes de la Alameda, menos en la actualidad, cuando el viejo paseo valenciano se ha estirado intentando aproximarse al mar, pero carente en su nuevo tramo de la armonía y belleza del inicial. A pesar de haber perdido éste la frondosidad de antaño.

Siguiendo la tradición de dar más espectacularidad al acto, se inició la velada, ayer tarde, viendo aparecer en el cielo en vuelo parapente, a quienes tomaron tierra justo enfrente del palco presidencial. Ante los vítores y júbilo de todos.

Después del desfile de todas las fuerzas participantes, y entregados los premios a las más artísticas “piezas de artillería”, sonó fuerte en el aire el segundo “tro d`avis”. Fue cuando los clavelones vomitaron su pólvora desde las manos blancas de los contendientes, que, terminado el tiempo de la reyerta, han dejado cubierto el campo de batalla de un manto anaranjado, que no bañado de sangre. Y sin producirse bajas: ni un solo muerto, ni un solo herido, por lo que no ha habido ni vencedores, ni derrotados. Ha triunfado la fraternidad, y todos los asistentes han regresado a sus casas contentos y orgullosos del deber cumplido. La cifra de munición ha superado al millón de proyectiles, dando fe de que Valencia es la ciudad de las flores al menos en ese día, el del cierre de la fiesta de San Jaime, la entrañable Feria de Julio.

No podía faltar, como broche final de tan aguerrido festejo, un castillo de fuegos artificiales. Como tampoco se ha echado de menos desde la hora inicial del festejo y para coger las necesarias fuerzas, los puestos de panojas torradas servidas en el mismo plato verdoso que las envuelve.

10 julio 2007

DOMÉSTICO HIPNÓTICO

De repente noté como si mi cara hubiese tomado la forma de un rectángulo cuadrado semejante al mismo que tenía enfrente, a escasos tres metros, aunque su forma panorámica le daba cierto encanto: aquel que encerraba su peligro. Estaba sentado, tumbado hacía atrás y con mis brazos descansando sobre los de un mullido sofá. Me lo vendieron como de piel de búfalo, dura pero confortable y sobre una de sus orejeras apoyaba mi cabeza, ya cansada de darle vueltas, una vez tras otra, a las siempre malas noticias del día.

En la pared colgaban cuadros de paisajes ya olvidados, quizá por haber dejado de prestarles mi atención dirigida de forma permanente hacia aquel trono de la información, como icono idolatrado. El pequeño ventanal estaba abierto, y a su través, un viento suave abanicaba la cortina y los rayos de luz se reflejaban en mi rostro ignorante por causa de un ligero sopor.

Como siempre, los mismos sonidos y con el mismo fin: el de adormecerme, pues nada nuevo ni original, ni nunca oído, salía del fondo de aquella caja de mensajes interesados que se transmiten sin cesar. Surgen siempre como envueltos en un flash, como el de una máquina digital que cuando llega a mis ojos, los ciega, y sólo el esfuerzo del rostro logra vencer su único destello, porque soy yo quien desea salir en la foto. Pero a su diferencia, aquellos, salidos del interior de un cuerpo sin alma eran constantes, y en su tenaz intermitencia, la adulterada droga servida a domicilio y sin fecha de caducidad conseguía el más audaz de sus propósitos: el de adormecerme.

Cuando me desperté, el viento frío lanzaba la cortina hacía mi rostro, y quien se movía, oscilante, era la lámpara apagada de suave quejido que junto a los demás extraños ruidos, forman los fantasmas que salen y se apoderan de la noche.

Me levanté, encendí la luz y… noté su ausencia. Una fuerte angustia corrió por todo mi cuerpo. Me tiré sobre la alfombra, encogí mis piernas y me abracé fuerte en un amasijo de dolor. Metí la cabeza sobre mis rodillas y rolando como una fiera salvaje, vomitando fuego, golpee donde pude anhelando mi destrucción.

08 julio 2007

LA 32ª COPA DEL AMERICA, LA DE LAS 100 GUINEAS.


Siempre ha existido un antes y un después en cualquier instante trascendental de nuestras vidas y la línea que los separa tan diáfana como indefinida, incluso inexistente a veces, sólo el tiempo se encargará de fijar su trazo, una vez sucedido el gran evento.

Pero ese momento crucial aún lo tenemos en nuestras retinas, cuando tan solo hace cuatro años Valencia fue designada sede de la Copa del América, en fuerte competición con otras sesenta candidaturas que ofrecían su ciudad al campeón suizo Alinghi, carente éste de un mar propio por donde luchar a favor o en contra del viento. Aquel momento significó un antes y un después para Valencia, cuya prueba más evidente hemos comprobado durante los días de la más famosa regata que haya surcado por los mares de la tierra.

Valencia ha cambiado mucho, mucho y muy bien. Valencia se ha estirado hacia el mar en un giro de 180 grados, dándole la cara, cuando siempre lo teníamos a nuestra espalda. Aquella Malvarrosa llena de luz que pintó Sorolla pero olvidada por la ciudad, se limitaba a un pequeño poblado marítimo unido a Valencia bajo las sombras de sus frondosos árboles del viejo camino al Grao, por el que discurrían los tranvías jardinera repletos de gente sólo en los meses estivales, aquellos los del baño. En el lento viaje, quedaban atrás los enormes depósitos de Gas Lebón lindantes a un campo de desechos, de tejados desvencijados y de escombreras polvorientas que ya corresponden al pasado. La Ciudad de las Artes y las Ciencias y toda la modernidad que rodea a la zona, han reemplazado a un solar industrial derruido, cuya única arboleda era la retorcida ferralla aún en nuestro recuerdo.

Y junto a todo ello, nuestra dársena del puerto y sus enormes posibilidades, así entendidas por quienes la consideraron como el mejor lugar, para la mejor y más antigua regata del mundo.

America Cups ha significado un antes y un después, y Valencia se ha metido de lleno en la oferta turística con nuevas propuestas tanto culturales como deportivas, éstas, ya a pocos meses vista. Junto al Museo de San Pio V- considerado como la segunda pinacoteca española, tras el Prado- hemos podido presenciar en los últimos meses importantes exposiciones bajo las bóvedas del Museo de Bellas Artes, del Almudín, de San Miguel de los Reyes, de Las Atarazanas, o en los modernista del IVAM o del MUVIM; como también en otros muchos museos esparcidos por la ciudad, en una oferta cultural pocas veces vista en nuestra ciudad para solaz y enriquecimiento, tantos de quienes nos visitan como para los que aquí vivimos.

Y hemos oído hablar de barlovento y de sotavento, de viradas y de trasluchadas, de ceñidas, de mangas y de los frágiles spinnakers: los que hacen volar a tan sofisticados barcos navegando por el campo de regatas de la Malvarrosa. Hemos visto cómo brazos musculosos, girando sobre molinetes, trataban de sacar el mejor provecho del Garbí, el valenciano viento que tanto enamorara al patrón suizo del Alinghi.

Nuestro campo de regatas se ha abierto al mundo a través de la televisión y del multimedia, con figuraciones virtuales en 3D para mejor comprensión y seguimiento de unas regatas que han finalizado con un nuevo triunfo para el equipo suizo y grandes posibilidades de que sea Valencia quien acoja en sus aguas la próxima edición del 33 America Cups.

30 junio 2007

¡SIEMPRE LO MISMO!


La tarde era insufrible, densa. El sol caía implacable sobre el parque y aplatanaba hasta las sombras por las que no pasaba ni un zagal. En el centro del estanque un chorro de agua se abría como un paraguas viejo, y en el silencio, los pájaros miraban su chapoteo como un concierto intermitente, cansino y vulgar.

Yo iba por una acera seca y silenciosa de la que salía fuego, pegada junto al largo muro al regreso de la guardería. Mientras mi niño Juan sonreía encunado en mis brazos, mis dos gemelos con una de sus manos tiraban de mi falda mientras que con la suelta se enzarzaban dándose coscorrones uno contra el otro.

- Si es que no puedo más –me decía a todas horas- esto es insoportable, mi marido, que madruga mucho, se va a la fábrica y no vuelve hasta el anochecer dejándome sola con los tres niños que se pasan todo el día con preguntas que me veo y deseo para poder darles respuesta. ¡Me vuelven loca! Mamá esto, mamá aquello, y esto por qué, y…qué es aquello. El pequeño Juan tiene tres años y los gemelos, cuatro. Todo, todo quieren saberlo, y en mi atolondramiento no sé que decirles.


Cuando por las mañanas dejo a mis hijos en la guardería gozo de un gran descanso, a pesar de que en mi trabajo tengo que aguantar al imbécil de mi jefe; pero… sólo hasta la media tarde. Porque llegada esa hora, otra vez, mis tres hijos, con las preguntas de siempre, pero con más intensidad, y… ya estoy harta. Cuando Juan llega a casa por la noche, en el momento que tengo que acostar a los niños porque ya es tarde, quiere la cena puesta y juega con ellos lo justo para darles un beso. Y si algo complicado le preguntan, les remite a su madre. Y yo: como una tonta, ¡a ver qué les digo!

¿Siempre será así? ¿Cuántos años? Dos más, o cinco, o diez. ¡Vaya futuro! Pensaba en ello y me sentía atemorizada. Pero llegará el día del abandono, -me decía algo triste- el que me dejen tranquila, y un remanso de paz será el premio a tanto esfuerzo. ¡Soñaba tanto en ello! Quizá no sabía lo que me decía. ¿O si? Váyase a saber.

Han pasado ya demasiados años de todo aquello. Aquel futuro anhelante es ahora mi presente. Y mi antiguo temor es como una chaqueta al revés, de forro destartalado, pegajoso, lleno de miedos, que sigue siendo la prenda de siempre. Porque aquellas preguntas sin respuesta siguen en sobres lacrados con sellos fuera de uso y sin buzón donde depositarse. La tercera dimensión siempre virtual es cierta, como lo son los tiempos: pasado, presente y futuro que se alimentan de un mismo plato uno tras otro. Es como una semilla que engorda, y una vez convertida en fruto, vuelve a ser la misma simiente condicionada a quien la eligió, la mimó, la plantó y la educó.

Solita me los crié, sin ayuda de nadie –me decía algo triste- mi marido siempre fuera y yo haciéndome mayor, engañando a mis canas, y sonriendo a mis arrugas porque aunque poco, algo he aprendido. Ahora de abuela, con mis rotos años a cuesta y mis achaques, el calvario del colegio sigue siendo el mismo todos los días pero multiplicado por tres, con decimales añadidos convertidos en enteros. Las mismas preguntas de antaño salen de las bocas de los hijos de mis hijos. El calor sigue denso pero más intenso, dicen que es por el cambio climático, pero… ¡qué más da!, si siempre es lo mismo.

El estanque seco ya ni de paraguas sirve. La acera permanece intacta pero ya no es plana, ahora más parecen cuestas. Sólo mis gritos se escuchan a lo largo del camino y nadie me hace caso. ¡Si al menos tiraran de mis faldas!

(“Siempre lo mismo” es un relato que ha participado en el 19º Proyecto Anthology. Tema: El futuro)

16 junio 2007

CASTILLA Y LEON, UN CRUCE EN LA HISTORIA.


El túnel del tiempo es un pasadizo angosto y los recuerdos son como ventanas que pasan rápidas en el trayecto hacía unas tierras, que siendo algo desconocidas, las consideras como parte de ti. Descubrí Burgos ya de mayor acompañando a mi padre a la tierra donde nació, quizá cuando él pensaba que sería su último viaje. Y con la intención de conocerlas mejor he querido pasar unos días por tierras leonesas y castellanas que, primero enfrentadas durante casi tres siglos, y luego unidas, fueron reinos y embrión de lo que siglos después se convirtiera en el imperio español, aquel donde nunca se puso el Sol.

Llegamos a Lerma a la hora de comer, la mejor para arribar a cualquier sitio. Y después de una breve siesta regeneradora nos fuimos a Aranda de Duero, el pueblo tantas veces escuchado de los labios de mi padre, donde residen, casi centenarias, dos de sus hermanas. Compartimos parte de la tarde con tan entrañable compañía que después aproveché para hacer unas fotos por sus calles, aquellas por donde mi padre vivió su infancia y juventud.

Lerma es una ciudad monumental por los deseos del valido de Felipe III, Don Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, el Duque de Lerma, que la convirtió en el siglo XVII en su centro de operaciones por su inmejorable situación geográfica, dotándola de bellos edificios para diferentes cometidos comunicados entre si, a través de túneles y pasadizos. En la actualidad, y en fecha reciente su palacio ducal se ha convertido en un confortable Parador de Turismo que está dando una gran vitalidad al pequeño pueblo burgalés, cuya Plaza Mayor se llena de coches en gran parte del año.

En nuestro segundo día nos fuimos a Burgos donde nos esperaba a las doce del mediodía el Papamoscas. Lo saludamos y gozamos de su Catedral donde yacen los restos del Cid, doña Jimena y los Condestables de Castilla. Un buena comida de cuchara, y a Santo Domingo de Silos, a disfrutar de su claustro románico con huellas visigóticas y mudéjares. Después dimos un paseo por sus calles medievales a la espera de la hora de la víspera, la del mejor relajo escuchando los cánticos de las bocas de sus monjes benedictinos.

El miércoles hicimos una visita guiada por Lerma descubriendo la tumba del Cura Merino, el laureado guerrillero contra el francés, de nombre Jerónimo Merino COB, casi nada. ¿Quién sabe? ¿Quizá? Muy cerca queda Palencia, y a conocerla fuimos. Habíamos reservados mesa y mantel, porque así nos lo habían aconsejado. Así que tranquilamente recorrimos su calle Mayor, magnífica, y su Catedral, la “bella desconocida”. El templo está sin restaurar pero tiene el sabor de lo antiguo. De estilo gótico se construyó sobre un templo visigótico cuyos sótanos existentes no pudimos visitar. De la comida sólo resaltar que el lechazo estaba exquisito.

Hasta el momento el viaje nos resultaba muy grato, sobre todo por el plácido descanso en el claustro del Parador, convertido en un amplio salón muy confortable y cumplidor a la perfección para aquello que está acondicionado.

Tal y como preveíamos, el jueves llegamos a León a la hora de comer, y el Parador de San Marcos era el mejor sitio para coger fuerzas y descansar. León gira alrededor de su Catedral, con sus vidrieras en las que los evangelios muestran su auténtica luz, San Isidoro con su panteón regio y San Marcos, más que Parador, Museo. Forman tres centros emblemáticos cuya visita obligada, además de enriquecedora, es de un placer inolvidable; sin dejar aparte la Casa Botines, de Antonio Gaudí y el Palacio de los Guzmanes. Su barrio húmedo –dónde comimos una carne a la piedra de gran sabor-, su río Bernesga con su esplendido paseo ribereño, su Reino escondido en la historia de España, y su empaque, son los mejores retos para una estancia plácida y entrañable a la que dedicamos dos días, porque para el tercero teníamos una KDD, gracias a las casualidades del destino, en Astorga, con comida en Castrillo de los Polvazares, un pequeño pueblo muy cercano a la capital de la comarca de Maragateria.

Internet, la gran revolución intercomunicacional a caballo entre dos siglos, nos facilita unas puertas increíbles como son las de hacer amigos. Gracias al genial invento, un grupo de internautas conocidos en la red, habían fijado como lugar de encuentro una casa rural bautizada con el mejor de los nombres a una afición que les es común: Cumbres Borrascosas. La proximidad y seducción de Castrillo, el bello pueblo de arquitectura popular, antigua calzada romana y cuna del cocido maragato no nos daba lugar a otra opción para una estupenda comida. Nos encontramos en Astorga, ante su Catedral, junto al Palacio Episcopal, obra de Antonio Gaudí y con la fantasía de un cuento de hadas. Después de un pequeño refrigerio, tal y como estaba previsto en el guión del día nos fuimos a comer.

De la comida sobró cantidad porque el cocido maragato es abundante y tiene su liturgia especial; primero las carnes: costillas, tocino, lacón, morcillo, gallina, morro, oreja, panceta y chorizo; a continuación los garbanzos, deliciosos, con su verdura; después la sopa y finalmente las natillas. El lugar es Camino de Santiago y aprovechamos un pequeño paseo por sus calles para bajar el cocido con resultado estéril porque ni siquiera llegando al Obradoiro lo hubiésemos conseguido. La KDD nos resultó muy grata y muy especial, y… ¡hasta la próxima!

El domingo abandonamos León, con dirección a Soria en un recorrido tranquilo y relajante a través de una zona boscosa con parada obligada en Hontaria del Pinar, donde nos habían recomendado una deliciosa carne. A media tarde llegamos al Parador de Soria, enclavado en un alto frente a la ciudad con unas vistas magníficas al río Duero con sus abundantes y deliciosas alamedas. Un buen paseo por la ciudad, cuesta abajo, cuesta arriba, dejó a mi cuerpo preparado para un merecido descanso.

El lunes, ya de regreso y en el punto final del viaje paramos en Teruel, mi ciudad entrañable por tantas cosas. Quería conocer los últimos cambios en la ciudad, en su Glorieta, donde han construido un moderno y eficaz aparcamiento que facilita la visita a su centro histórico. Después de la obligada comida y visita a unos buenos amigos pusimos rumbo a Valencia dando por finalizado un viaje en el que todo salió a la perfección y con la esperanza de que en el próximo nos suceda lo mismo y no sea muy tarde.


11 junio 2007

MI TIO LUISO Y LA LEANDRA


Cuando la mamá de Aniceto Rojitas lo lanzó al mundo tuvo que hacer un gran esfuerzo y, como es natural, se quedó agotada bajo el foco de luz ante los ojos atónitos del papá, quien también era primerizo. La comadrona, ya lustroso el niño y liberado de su amarra, lo mostró a la madre que se iba recuperando de su debilidad, al tiempo que le daba unas ligeras palmaditas al culito de melocotón, cuando Aniceto aún no había dicho ni muy. Fue el momento en que Adelino el padre del niño; Nicomedes la parturienta; junto al doctor y la causante del suave azote, vieron en la cara de Aniceto una suave sonrisita mientras le caía la babita.

La mamá de Aniceto, además de sosa, tenía un ligero tic en los brazos, algo intermitente, aunque a veces se aceleraba. Sobre todo en los momentos de intimidad con su esposo, tan refinado como sibarita, al que tanto le agradaba el extraño movimiento (una especie de alfabeto Morse) que arruinó la carrera de Nicomedes dedicada al punto de media, a la que se creía predestinada. Fue por lo que no tuvo más remedio que meterse de costurera.

Ver a su bebé Rojitas en la cuna, dulce y feliz como una flor de azahar, era un encanto, y cuando los caquitas le alertaban, iba rauda a cambiarle los pañales, atenta siempre a soltar de aquel culito algún que otro imperdible que sin querer le había dejado clavado, y sin que por ello el rollizo niño llorase. Al estar boca arriba, la baba no se le caía, pero estaba juguetón y con su sonrisa de siempre.

Aniceto engordó, creció y fue adquiriendo carácter. En especial, gracias a su madre, algo torpe, que le llenaba el cuerpo de cardenales cada vez que le hacía un trajecito afanándose con la sisa. Cuando murieron sus padres en el corto espacio de un mes, tenía ya cumplidos los trece años. Quedó solo en el mundo y se compró un flagelo; semejante al que había visto de un primo hermano, seminarista, con el único lamento de no haber heredado el tic de su mamá que hubiera evitado la monotonía a sus ejercicios nocturnos.

Lo de ganarás el pan con el sudor de tu frente no le motivaba en demasía, pero cuando se puso a trabajar en un pueblo cercano, en la fragua de su tío Luiso, hombre pío y de gran fe cristiana, las estrellitas candentes chocaban en su pecho y brazos desnudos, lo que le producía un placer oculto y llevadero. Su tío lo miraba con recelo y pedía a los Santos y a Dios que tuvieran piedad con él, al que creía imbuido de un gran espíritu de sacrificio y contrición. Pasados unos años y temeroso de alguna desgracia, su tío lo dejó en el paro y nada más quiso saber de él.

Se casó ya machucho, con treinta y seis años, y lo hizo con una tahonera de brazos robustos, dedos gordos y muñecas de una gran consistencia; y se hizo repartidor de pan. En la luna de miel, Leandra, con deseos de agradar, se le ofreció para un masaje erótico. Al rato, como Aniceto le iba pidiendo una mayor presión, se lo hizo con tanto entusiasmo que todo el cuerpo de Rojitas parecía haber sufrido una insolación de tercer grado.

Cuando Aniceto cumplió cincuenta años, jamás había leído un libro, no tenia conciencia social y no sabía lo que era el sado. Disfrutaba a diario con la tahonera, que en lugar de cremas lo enharinaba para que sus manos navegaran más ligeras. Pero cuando más disfrutaba Aniceto, era con los pellizcos y retorcijones de Leandra que, transformada en su entusiasmo, se creía laborando encima de un obrador. Un día, sin darse cuenta, le pasó por la espalda el rodillo de marcar que llevaba en el delantal, y Aniceto, en aquel mismo instante tuvo una erección. Aquello, alarmado y voluptuoso, representó un giro sustancial en su existencia.

Por cosas extrañas de la vida, pues no era creyente, se creyó en pecado y acudió al confesionario:

- Lo tuyo es sadomasoquismo, hijo. Dile a Leandra que vaya con más cuidado. ¡Y ven más por esta casa, que la tienes muy olvidada!

Aniceto se fue a la Biblioteca, consultó un diccionario y aconsejado por el Conserje, amigo suyo y además de su quinta, salió con la sección de anuncios de un periódico local escondida en su pecho.

Tumbado en el desván dirigió su mirada hacía los eróticos. El que más le llamó la atención fue al ver “El Coyote” con un látigo en la mano, pero sin caballo. Estaba de medio cuerpo con la chaqueta abierta, y a pesar de lucir un largo bigote enseñaba los enormes pechos de una mujer. No lo dudo un instante: cogió el móvil y lo citaron para las cinco de aquella misma tarde. Cuando entró en el salón lleno de artilugios, y vio cadenas, grilletes, mazos, dos yelmos, unas cuantas fustas y una rueda de carro sujeta a la pared, le vino a la mente la fragua de su tío Luiso. Una polea al techo de la que discurría una cadena, le recordó los tiempos en que las estrellitas candentes chocaban contra él. Y en un rincón del salón había un biombo, seguramente chino o japonés.

La mujer Coyote no le dio opción, lo ató de pies y manos y cogido de un arnés, a través de la polea, lo subió hasta el techo. Con voz dominante le bajó los pantalones y fue cuando Aniceto le preguntó que qué le iba a hacer.

El ama le exigió silencio, y lo desnudó del todo mientras le frotaba con alcohol de muchos grados dejándole limpio y aseado para la sesión al tiempo que le dio unas ligeras palmaditas en el culete. Y fue en ese instante cuando la mujer Coyote vio una suave sonrisa en la cara de Aniceto mientras le caía la babita.



(“Mi tío Luiso y la Leandra” es un relato que ha participado en el 18º Proyecto Anthology. Tema: Sadomasoquismo)

16 mayo 2007

FRIGILIANA


“Dicen los confiados que Doña Justicia y Doña Verdad caminan juntas con el mismo destino. En el magnetismo de los polos opuestos, por su origen diferente, una se cobija en la otra a pesar de que agentes codiciosos estiran de ellas y las obligan a separarse. La primera no es posible sin la segunda; sin embargo, en demasiadas ocasiones, en nuestro gran teatro del mundo, las visten de mil maneras y aquel magnetismo se rompe”.

El día amaneció lluvioso y sus gotas insistentes iban dándole a la hierba su color más vivo. El cielo, alicatado de plomo, no ofrecía ni un resquicio por donde el Sol pudiera hacer llegar su alegría a aquel lindo pueblo de la sierra malagueña. Definitivamente, en aquel día, el gran astro pasó desapercibido para todo el poblado gozoso por la fina lluvia tan necesitada por sus campos, de los que salía su principal sustento. Y, gracias a su espíritu emprendedor, seguían trabajando las tierras, fieles al compromiso adquirido.

El pueblo, muy blanco, destacaba en la ladera verde cubierta de pinos, de espesos arbustos y de pequeños viñedos que recibían la brisa de un mar cercano, como a media jornada caminando. La necesaria para llegar hasta él, comprar un poco de pescado y volver al atardecer. En el otoño, el clima suave hacía fácil el camino, pero poco tiempo después, ya entrado el invierno, la noche oscura recibía a Justicia con su pequeña cesta llena de pescado.

Era muy joven, catorce años, y vivía en el poblado desde que la abandonaron sus padres camino hacia el exilio de Berbería ordenado por el Rey Felipe II. Decidieron dejarla en beneficio de la propia niña porque también presentían peligros fundados más allá del mar. Una familia sin hijos creyó de justicia acogerla en su cabaña y ello justificó su nombre; aunque se viesen obligados en el bautizo al añadido de María Justicia.

Fue creciendo rodeada de ternura y alegría, la que mostraba hacia el embarcadero en busca de jureles y sardinas dos días de cada siete. Justicia se hizo una mujercita feliz, semejante al bullicio de la aldea en la que todos sumaban sus esfuerzos con el objetivo común de vencer las dificultades que, por cierto, no eran pocas. Todo el poblado había tenido que abandonar su lengua, sus costumbres, sus creencias y creer en otro Dios al que no extrañaban. En estas condiciones pudieron permanecer en sus chozas, seguir trabajando la tierra y, tras pagar los tributos, gozar de cierta tranquilidad. Lo que para los tiempos que transcurrían no era poco y convertían a Frigiliana en un pueblo seguro y apacible.

Justicia, tan joven como bella, mostraba en sus labios carnosos una sonrisa y dulzura sin igual. De tez morena, su cabello reflejaba el brillo del ébano y a pesar de su natural encanto, en ocasiones, una ligera tristeza emergía de sus ojos castaños por el recuerdo de un pasado que, por fortuna, no le había dejado heridas abiertas.

En los bancales de la sierra crecían cañas de azúcar originarias de Arabia, cuya recolección, junto a los racimos de uvas que dejaban en las cepas para que se secaran, daban fama y pan a los habitantes del poblado. Mantenían la vieja tradición de convertir las uvas en pasas y, tras siete días al sol, en el octavo, al pisarlas en el lagar, obtenían un vino dulce de gran fama cuyos beneficios se repartían entre todos. Menos… una parte.

La que le correspondía a Don Pedro de Almijara, noble conde y señor de toda la comarca. Don Pedro, afeminado y lujurioso, mandaba a su esposa Doña Verdad, mujer bravía y con muchos redaños, a las tareas de la recaudación; mientras tanto, él se quedaba para sus placeres carnales en su viejo y noble caserón de Alhama, ciudad situada a medio camino entra Granada y el mar.

No todos los poblados del señorío de Don Pedro eran tan favorecidos por la naturaleza como lo era Frigiliana, lugar del que salían los tributos más cuantiosos. Aquellos moriscos conversos sólo deseaban trabajo y paz. Eran ajenos a las murmuraciones que llegaban de otras partes menos productivas y en cuyos ecos no deseaban participar. Así pues, Doña Verdad, dos y hasta tres veces cada doce meses llegaba hasta ellos, se hospedaba en una vieja mezquita convertida en ermita y recibía a los conversos, dispuestos primero a la oración y después al cumplimiento del pago establecido a cambio de su protección.

Les decía que Doña Verdad era mujer de redaños. Y a fe que los tenía, sobre todo cuando lo exigían sus deberes. Pero sin menoscabo de todas las cualidades heredadas de sus padres: el don de la honradez, el interés por las causas justas y el amor a la verdad fijado por su nombre. A todo ello se le unía una gran sensibilidad y finura en su porte, que enriquecía aún más, si cabe, su condición de elegante y atractiva dama. A sus veinticinco años había alcanzado una gran fortaleza interior, a la que se unía su belleza. Los compromisos paternos le obligaron a unirse en matrimonio con quien no armonizaba en ninguna faceta personal y cualquier tipo de convivencia era una quimera. La vida íntima entre ambos era inexistente y pese a ello, cumplía con la exigencia de su esposo, tarea para la que él, por su debilidad de carácter, no estaba preparado. Y Doña Verdad actuó con empeño y sin ninguna clase de dejación. Incluso con gran firmeza.

Lo que no implicaba en ella crueldad alguna, ni ansias de poder, ni siquiera deseos de tener sometidos a quienes trabajaban sus tierras. Los consideraba hombres libres y como tal podían irse, aunque eso sí, si deseaban quedarse les exigía el cumplimiento de lo pactado. Y siempre actuaba con benevolencia cuando era requerida para aplazar los pagos, si existía algo que lo justificara. Doña Verdad hacía honor a su nombre y lo que no consentía era la mentira. Por otra parte, silenciaba los gustos refinados de su esposo porque nunca se los ocultó y también porque no tenía más remedio.

- Hola, joven niña ¿a dónde vas? – Le preguntó una mañana Doña Verdad a Justicia desde la ventana de su aposento en Frigiliana, a donde había llegado la tarde anterior.

- Al embarcadero. Dos de cada siete días bajo a comprar pescado y regreso al atardecer –le contestó la joven sonriente con su habitual espontaneidad.

- Espera, - se ofreció sin pensarlo la dueña de todas las haciendas – te llevo en mi caballo. Quiero ver el mar de cerca y estaremos de vuelta antes del mediodía.

En aquel corto viaje Doña Verdad supo de la soltura y gracejo de la joven, de su franqueza, cualidades que tanto valoraba. De vuelta al poblado y ante sus padres, acordaron que fuese la niña la que le entregara los tributos todas las veces que se presentara en el poblado. Doña Verdad había quedado fascinada y deseaba conocer más a fondo a Justicia.

Y con todo… fueron pasando los años. Las cosechas se iban sucediendo cada vez más intensas, a la par que Doña Verdad, en sus visitas, aprovechaba para encontrarse con Justicia; llegando a tal empatía entre ambas que su interés por estar juntas era semejante al cumplimiento de su misión. Quizá ya, hasta era superior el deseo de verse. La sensibilidad de la dama junto a la ternura de la joven y el tiempo, autor de todos los posibles, hicieron avivar en ellas algo nuevo, diferente a lo que en un principio sólo parecía afecto mutuo.

También Frigiliana iba cambiando su aspecto y las viejas chozas daban paso a nuevas casas de adobe adornadas con buganvillas, geranios, ficus, pequeñas palmeras y flores que realzaban el limpio encalado de sus paredes. Pero a las dichas y eran muchas, que nunca son eternas, fueron llegando los murmullos cada vez más alarmantes extendidos por toda la comarca y que incitaban a la rebelión contra el Rey, siendo recibidos con mucho temor por la gente de tan laborioso pueblo. La prosperidad de Frigiliana no se había extendido allende la región y cada vez era más difícil para los rebeldes conversos, cristianos, quizá por conveniencia, cumplir los compromisos contraídos. En estos otros señoríos habían dejado de pagar los gravámenes y la amenaza de la expulsión perdiendo todo lo que tenían, que era bien poco, iba tomando cada vez más fuerza. Hasta que llegó… la hora de su ejecución.

Frigiliana unía a todos sus encantos naturales su situación sobre un escarpado que la convertía en un peñón de fácil defensa. Conforme iban aumentando las hostilidades, nuevas familias llegaban a su abrigo en busca de mejor protección, pues deseaban hacerse fuertes y, en su inconsciencia, repeler la amenaza. Esto quebraba su tranquilidad y los presagios de malos y muy cercanos tiempos fueron para su desgracia cumplidos con una crueldad desconocida.

Hasta aquellas tierras llegaron los ejércitos del Rey compuesto por seis mil hombres al mando de Don Luís de Requesens. El prestigioso militar lanzó sobre los moriscos su amenaza: o deponían su actitud, abandonando la fortaleza hacia su lugar de origen o daría la orden de cargar contra todos sin ninguna clase de miramiento.

Corría el mes de junio de 1569, el Sol brillaba sobre la sierra y el calor aún era soportable. Pero lo que no iban a impedir era el ataque despiadado que se cernía contra una población refugiada en Frigiliana, cuyo número había aumentado de forma considerable. La confianza en aquel alto era la única esperanza y para derrotar al invasor acumularon piedras en lo alto del peñón, pertrechándose con toda clase de utensilios válidos para su defensa.

Doña Verdad, que cumplía en aquellos días con su cometido, vio con estupor el asalto al peñón por las tropas cristianas que, bien dotadas, consiguieron llegar a un poblado prácticamente indefenso. El clamor corrió por sus calles y en sus paredes aparecieron arañazos de sangre. La única cruz era la de las espadas y éstas lanzaban mandobles sin ninguna clase de compasión sobre los moriscos que huían despavoridos.

Lo que observaron los ojos de Doña Verdad la llenó de desesperación y su única fijación era el encuentro de Justicia. Montó su caballo y se hizo paso por las calles para salvarla de tanta ferocidad. Consiguió llegar a su casa y junto a la puerta vio a sus padres yacentes en un revoltijo de sangre. Sus ojos angustiosos volvían hacían todas partes buscando a la joven. Fue cuando la vio trepar por unas rocas buscando una fuga imposible hacia lo más alto del peñón. Doña Verdad se dio cuenta de que unos soldados seguían con los ojos aquella ascensión para atraparla una vez ganara el pequeño mirador al que se llegaba por otro camino menos abrupto. Por él y con su caballo se dirigió en auxilio de Justicia llegando hasta el punto a donde se dirigía la joven morisca. Allí la esperó, animándola con gritos que asegurasen su escalada que terminó con un fuerte abrazo de pasión.

- ¡Herejía, herejía ¡ gritaron los cristianos acabados de llegar, nada más contemplar a las dos mujeres embelesadas en su gozo.

Doña Verdad vio odio y fanatismo en aquellas miradas y la única salida era la de no entregarse a la ceguera encolerizada de aquellos salvajes. Verdad y Justicia, concebidas pese a toda clase de imponderables para ir unidas hasta la muerte no lo pensaron más y se lanzaron al vacío. El Rey sometió aquella sublevación y el infiel fue expulsado de aquellos agrestes parajes.

“Han pasado siglos desde aquel baño de sangre y Frigiliana sigue con sus casas blancas, su fresca brisa, sus calles escalonadas y con su historia incomprendida. El “Peñón de Frigiliana”, intacto en el tiempo, esconde en su fondo de arbustos entrecruzados e intransitables dos rocas fuertemente abrazadas: una blanca con vetas rojizas y otra azabache con el brillo del ébano”

10 mayo 2007

LAS TORRES DE QUART


(Composición de Agustín Serrano Serrano, con mi agradecimiento)
Conoce uno más de los rincones de mi ciudad. Creo que vale la pena.

01 mayo 2007

LOS ESPEJOS

El paraje es conocido como “El Salón de los Encuentros” cuando en realidad es el de las mil y una caras. A simple vista es infinito, bajo una bóveda de azulados frescos barrocos, multiformes, que dan a la estancia una gran majestuosidad. Su planta es diáfana, con pilastras invisibles que sustentan la cúpula abierta por amplias vidrieras, por cuyas rendijas llegan los vientos, las lluvias, y también la luz, diferente en cada estación del año.

Se llega al “Salón de los Encuentros”, como única puerta de entrada, a través de un pasadizo íntimo y estrecho, nacido en un claustro ajeno al recinto una vez liberado de una liana embarazosa. En el suelo, está la de salida, por donde uno se aleja contra su voluntad cuando le llega la hora final de su visita. Todas sus paredes están decoradas por espejos sin marco. Ninguno de ellos es igual a los restantes. De formas cóncavas, convexas, más largos o más cortos, ondulados, distorsionan no sólo nuestras caras sino también nuestros cuerpos, y sirven para reírse o esconderse tanto de uno mismo como de los demás. Porque cuando llegas al salón de las mil caras nunca estás solo, siempre hay gente que no se reconoce, donde todos se desfiguran y sólo queda el deseo oculto de la mofa. Ni siquiera uno mismo sabe el porqué de su presencia, y lo que ve a derredor es lo más horrible y esperpéntico del ser humano, deforme, lleno de defectos, inservible y ruin; porque si algo de noble tiene, resulta inescrutable.

Ante tanta deformidad me encontré ante él cara a cara. Lo reconocí al instante, pues me resultó familiar, como aquel de todas las mañanas. Noté que tenía la necesidad de hablar conmigo, como de confesarse para justificar parte de sus culpas y que le hiciera sentirse algo mejor, o de decirme algo que yo no supiera, o de seguir engañándose así mismo, o tratando de hacerlo conmigo.

- ¡Hola amigo! –me dijo mientras daba brincos con pinta de simpático y algo generoso.


- Hola, hace tiempo que no nos vemos –le contesté sonriendo porque así lo hacía él.


- ¡Y tanto, siempre te escondes, no sé por donde andas; te encuentro muy cambiado –me replicó con cierto desdén.


- ¡Ya empezamos! Tú eres quien ha cambiado, siempre vas de teatro, escondido entre bambalinas, interpretando lo que no eres. ¡Mira que te conozco!


- ¡Anda ya! ¿Vas de noble? No soy rencoroso, así que no te tengo en cuenta. No soy como tú: mezquino, falso y que por mentir te engañas a ti mismo. Así que, déjame en paz. Mejor sería que pensaras en los demás y olvidaras tu ombligo.

No le contesté y le perdí de vista. Había tanta imperfección en aquel salón que lo mejor era huir de tanta escoria. Traté de hacerlo, pero me resultó imposible porque no había llegado mi hora. Así pues, la única opción que me quedaba era la de hacer tiempo. De forma fugaz escudriñé el espacio que alcanzaba mi mirada y todo aquello me resultó familiar, nada extraño, escondido al intenso resplandor de la denuncia, pero fortalecidos por sus propias sombras que se movían cual mallas de protección.

De repente, un reflejo inesperado iluminó un prado de berros y lavanda ante un bosque receptor de una lluvia fina y limpia que avivaba el paso de unos trotones animalillos. Una bandada de pájaros pincelaba el cielo plomizo, y cuando cesó el haz de luz y desapareció el encanto tuve la sensación de que la única verdad existente había huido para siempre, o al menos, por el momento.

No recuerdo cuanto tiempo permanecí entre aquellas redes dueñas de mí; porque ante tanta falsedad los almanaques podían estar manipulados, además, llevar la cuenta ante tantas dudas, me producía cierto quebranto. Pero el peor momento llegó cuando otro ser deforme me llamó la atención ante la duda de si era otra vez él. Tuve la impresión de que algo extraño quería decirme. Pero en esta ocasión estaba mudo, escondido en un semblante nada habitual: era el de una figura alta y delgada, barbada, que cubría su cabeza con un sombrero de ala ancha y portaba como estandarte una especie de guadaña dirigida hacía una puerta en el suelo. Lo descubrí en el mismo instante que una voz me anunció que la hora final de la visita al “Salón de los Encuentros”, más conocido como el de las mil y una caras, estaba próxima.

A partir de aquella llamada llegué al firme convencimiento de que lo único que tenía sentido ante aquel caos era resistir para retrasar en lo posible la certeza de aquel presagio.


(“Los espejos” es un relato que ha participado en el 17º Proyecto Anthology. Tema: Doppelganger)

18 abril 2007

APUNTE PARA UN MILENIO


La cesta de la compra y el glamour nunca estuvieron unidos, pero en esta ocasión ha sido la marca italiana Prada quien se ha encargado de la despensa.

Valencia tiene un Mercado Central donde los colores y sabores se ofrecen con reclamos de cariño bajo las bóvedas modernistas de hierro fundido. Y lo saben, quienes a lo largo y ancho de sus vistosas paradas buscan a diario la bondad de sus productos: siempre frescos, la mar de sabrosos y con el sello de su gran calidad. Y es allí, donde se asombran los turistas que lo visitan como uno más de los museos que abundan por la ciudad.

- ¡Hola, cariñet, tengo la mejor fruta, dulce como la miel!- Es el eco que se escucha por el mercado, cuya simpatía se desborda ante el comprador, sea cual sea su edad. -¡Bonico! ¿Mira que gambas tengo? Así de dulces son los señuelos en la hora de la compra cualquier día del año.

El mercado es milenario, cargado de historia, lugar de fiestas, y de justas: corazón vivo de la ciudad. El actual Mercado Central va camino de cumplir cien años, y son varias las generaciones que se muestran orgullosas de él. Pero Valencia, como cualquier novia en su día de boda, está más guapa que nunca en las vísperas de un gran evento: la Copa del América dicen unos, o America Cap’s como dicen otros, los que presumen de saber inglés.

Valencia no tiene el French Laundry de California, ni el Fire de Nueva Delhi, ni el Maxim’s de Paris. Sin embargo, si no es oro todo lo que reluce, sí se puede convertir en oro todo lo que se toca, y… Prada lo sabe.

El Mercado Central de pasillos enmoquetados, vestido con muebles de estilo, en el que no faltaron sillones de cuero o terciopelo, ni tresillos isabelinos, ni complementos victorianos, ha sido el lugar elegido para la gran fiesta organizada por Prada, patrocinador del equipo italiano Luna Rossa. Las mullidas alfombras han sido pisadas por los pies elegantes de Inés Sastre, de la realeza, del glamour. La genial presentación –tan alejada de fastuosos palaciegos- marcará un antes y un después en su historia, en un evento que ha contribuido, más si cabe, a pregonar por el mundo una de las joyas arquitectónicas más queridas por todos los valencianos.

Ver nuestro más importante mercado municipal convertido en una alfombra roja por la que han desfilado mil quinientos invitados a una fiesta donde el mejor casting se mezcla con los productos frescos de la huerta valenciana ofrecidos en directo, es algo difícil de igualar.

-Demi Moore, guapa ¿quieres una naranja de Valencia?

Frutas Puchades, Verduras Virginia, Frutas Ros Gar, Frutos secos Gimeno, Charcutería Lerma, etc... Hasta una treintena de coquetas paradas han rivalizado con las tiendas de bolsos, gafas, camisas, zapatos, corbatas, etc. de la marca de moda Prada. De tan amistosa pugna, quedará para siempre el recuerdo de una fiesta original a la que han asistido personajes populares, algunos de ellos fascinantes y de fama internacional.

Atrás, muy atrás, quedan aquellos años, más de dos siglos, en los que en el centro de un mercado abierto al clamor del pueblo, una horca de piedra daba justicia al reo en torno a una gente asustada o regocijante. Que de todo había.

13 abril 2007

LOS GUARRIATOS Y LOS CACIQUES


Lo primero que me sorprendió nada más llegar al hotel del Escorial es que en la zona hay dos pueblos diferenciados: San Lorenzo del Escorial, localidad donde está ubicado el Monasterio a cuyo habitantes se les denomina los guarriatos, y El Escorial, pueblo situado ladera abajo a cuyos moradores se les conoce como caciques. Entre ellos se llevan bastante mal, tal y como suele suceder en muchos de los pueblos lindantes de la geografía española. ¿Algo de las dos Españas?, no creo, más bien, son cosas de vecindad.

El Hotel donde nos hospedamos es un bonito caserón típico de la zona y está a pocos pasos del Monasterio, en pleno centro de San Lorenzo. Es el sitio ideal para tres días de estancia, suficientes para conocer bien gran parte de la historia de España, pero no sobrados.

El Monasterio de San Lorenzo del Escorial fue construido a caballo de los siglos XVI y XVIII, y con aires, muy sanos por cierto, de modernidad, en los últimos cincuenta años. Juan de Herrera supo plasmar los deseos de Felipe II, mientras que Juan de Villanueva hizo lo mismo bajo la batuta de los Carlos de tres y cuatro palotes.

El centro de San Lorenzo, aparte el Monasterio, gira en torno de la calle de Floridablanca, flanqueada en una de sus aceras por las Casas de los Oficios, utilizadas mayormente con fines culturales –Exposiciones, Biblioteca Municipal, Sala de Cultura, Escuela de Música además del Santuario Parroquial de Nuestra Sra. de Gracia, patrona de la ciudad, lugares todos muy interesantes- y otros bellos edificios herrerianos del siglo XVI, junto al magnífico Real Coliseo Carlos III del siglo XVIII, situado en el otro flanco de la calle alineado por hoteles cuyas cafeterías son lugares de encuentro, tanto para el diario aperitivo de mediodía, como para el café de media tarde.

El Monasterio del Escorial es el panteón familiar de los Reyes de España, y para tal fin lo ordenó construir Felipe II muy interesado en tener el sitio más digno para enterrar el cuerpo de su padre. En el Panteón de los Reyes descansan todos los monarcas de las Casas de Austria y de Borbón -a excepción de Felipe I, Felipe V, Fernando VI y sus esposas- donde también se guardan los cuerpos de las que fueron madre de Rey.

El Panteón de los Infantes fue mandado construir por Isabel II y consta de nueve cámaras que guardan las esposas de Rey sin descendencia real, así como príncipes e infantes. En su interior está la tumba de Don Juan de Austria, auténtica curiosidad histórica, junto a la Rotonda de los Párvulos, que alberga ésta, los cuerpos de los infantes muertos en sus primeros años de vida.

También se dice que la construcción del Monasterio fue para celebrar la victoria en la Batalla de San Quintín sobre los franceses el 10 de agosto de 1557, festividad de San Lorenzo. También queda el dato histórico, que en aquella batalla fue destruida una Iglesia dedicada a San Lorenzo, y en desagravio al Santo, el Monarca español dio nombre a la que iba a ser su obra arquitectónica más importante.

Visitando el Monasterio me impresionó la grandiosidad de su Basílica, llena de luz natural como no recuerdo otra igual, así como sus columnas y su retablo de mármol en el Altar Mayor. En el recorrido por la zona privada del Monarca me sorprendió la austeridad de los aposentos del que era el Rey más importante de la Cristiandad. Enseguida, me vino a la memoria Yuste, en el mismo sentido, por lo que deduje que el hijo supo seguir las costumbres de su padre, el emperador Carlos V, en la más absoluta sobriedad.

Visitamos el Valle de la Cruz de los Caídos, lugar tranquilo y apacible, de gran belleza y mucho frío. En su interior coincidimos con varios grupos de visitantes, gente joven, estudiantes de habla inglesa, y seguramente becados para conocer una parte de la Historia de España. Cuando fui a hacer la primera foto de la enorme Cruz que pinchaba las nubes, me di cuenta que me había dejado la batería de mi máquina digital en el hotel.

Conviene destacar de la visita a San Lorenzo del Escorial: la silla de Felipe II, donde el Rey debió asombrarse de la grandiosidad que iba adquiriendo su obra más querida; la Casa del Infante; los paseos por la ciudad y sus restaurantes. De ellos,
en mis fotos, queda el recuerdo de nuestra visita.

Visitamos Aranjuez, su Palacio Real, sus jardines, la paz y sosiego y su concierto, siempre dando vueltas por cualquier recodo. El clásico recorrido en un tren turístico, de extenso trazado, fue la mejor decisión para poder conocer mejor sus jardines y su fauna. Por supuesto, después de una siesta tras comer en Casa Pablo, un buen restaurante de ambiente taurino, recomendado por el Hotel donde nos hospedábamos, antigua casa de Godoy, el Príncipe de la Paz.

Viernes Santo salió lluvioso, y frío. Visitamos el Palacio durante la mañana y emprendimos el regreso después de conocer en vivo interesantes detalles de la Historia de España. Comimos en el Vasco, restaurante de prestigio y buenos fogones. Para algunos empezaba la Semana Santa, para nosotros significó el regreso tranquilo y apacible, sin ningún tipo de atasco, de vuelta hacia casa.

08 abril 2007

LUZ Y SOMBRA


A Juan le sorprendió un resplandor albino y el fogonazo iluminó su rostro. El haz de luz, centelleante, tomaba formas calidoscópicas como hados de esperanza para decorar un grueso sobre encima de su mesa, como soborno por la compra de su voluntad. Sin embargo, él no lo deseaba; su única esperanza era que la diosa fortuna fuera quien le otorgase el capital necesario para salir de su angustia. Pero en aquella ocasión el sucio sobre le venció y cuando se lo llevó al bolsillo, el sabor amargo de la confusión, por la dicha de un premio logrado sin el goce del esfuerzo, se apoderó de él.

Al día siguiente, si su esposa decía sí, cruzarían el océano de la ilusión para llegar al oasis de Houston donde pudieran sacarla de las garras de la muerte atrapada por un mal que sólo el vil metal podía remediar.

- Juan, no debes admitirlo. No es fruto de tu trabajo y lo que llega fácil a las manos, las ensucia.

Aquel regalo traidor no satisfacía del todo a Anita, aun a su costa, pero al representar la única posibilidad de vida no lo rechazó. Sabía muy bien que como un clavo ardiendo, la decisión tomada iba a quemar para siempre una carrera intachable cuyas vallas tentadoras, ofrecidas con frecuencia a su esposo, había rechazado.

Un mes más tarde estaban de regreso y el trasplante de médula era el fin de una pesadilla tras un tiempo de sufrimiento.

De vuelta a su Alcaldía, Juan tuvo que firmar su humillación. Sus manos temblorosas querían separarse del papel, pero él ya no era su dueño. Rendido ante los ojos codiciosos de quien iba a ser el amo de su vergüenza, firmó la concesión. Y fue entonces, cuando en su debilidad, sintió un horrible pinchazo en el corazón semejante al que tuvo ante el fatal informe del oncólogo, con la diferencia de que en esta ocasión, el oasis salvador sería inalcanzable.

El resplandor se ensombreció y al despertarse, aquel flash era el reducto de la angustia de un sudor frío que había empapado su embozo. Junto a él, dormía plácida su esposa. Juan inspiró profundo, lo que le ayudó a recobrar su dignidad perdida. La paz secó su rostro y fue entonces cuando dejó un beso de esperanza sobre los ojos de su Anita
.

(“Luz y sombra” es un relato que ha participado en el 16º Proyecto Anthology. Tema: Ética)

27 marzo 2007

EL TITANIC, UNA HISTORIA FASCINANTE


Hace muchos miles de años, un copo de nievo cayó en el Océano Glacial Ártico ajeno a su relevancia en el futuro, cuyo protagonismo quedaría impreso en las páginas más fascinantes de la historia. Segundos después se convirtió en hielo. Las frías aguas lo envolvieron, y empezó de forma lenta y constante a crecer su volumen. Miles después, el invierno de 1809 no fue muy frío y una ola de calor permitió que aquel copo, ya convertido en un inmenso iceberg, se desgajara de la placa polar e iniciara un viaje hacía el Océano Atlántico. Justo en ese momento, en el astillero de Harland and Wolf, en Belfast, se iniciaba la construcción del que iba a ser el barco de pasajeros más lujoso de la época, el Titanic.

La idea de su construcción se fraguó en la casa londinense de Lord Perrie, dónde se habían reunido dos importante navieros dispuestos a crear el más lujoso hotel flotante que durante muchos años, y con seguridad siglos, se iba a convertir en una de las historias más atrayentes producidas por el comportamiento humano, donde el pundonor, la dignidad, el orgullo, el honor, el poder, el miedo, el horror, la muerte y la supervivencia hicieron su acto de presencia.

Tres años después, aquel copo de nieve a la deriva, coincidió en un punto del Atlántico con el barco que cuatro días antes, el 10 de abril de 1912, había zarpado del puerto de Southampton para iniciar su primer trayecto con destino a Nueva York. En sus zonas de lujo, primera y segunda clase, más de dos mil doscientas personas viajaban ilusionadas e ignorantes del motivo por que el que pasarían a formar parte de un acontecimiento singular.

La noche del catorce de abril de aquel año fue muy oscura, y la amenaza de los icebergs, a pesar de estar latente en la mente del capitán Smith, no podía presagiar nada de lo que iba a suceder en unas pocas horas, máxime, debido a la fortaleza de su acero y al poderío que impregnaba la majestuosidad del Titanic. Los destellos del propio barco se reflejaron en el iceberg, cuando sólo les separaban cuatrocientos metros que fueron insuficientes para evitar la colisión: el inicio de una de las más espeluznantes historias de la mar que se perpetuará sin caer en el olvido.

La pericia del Capitán, en el que era su último viaje ante su inminente jubilación profesional, no pudo evitar que el iceberg rasgara uno de sus costados y abriera los remaches de las placas de acero, por cuyas aberturas las aguas entraron insaciables buscando la desolación, tanto de los tripulantes como de los pasajeros que sufrieron casi tres horas de horror. Las compuertas herméticas dividieron al barco en compartimentos estancos, lo que retraso su hundimiento y posibilitó la salvación de setecientos cinco supervivientes, en su mayoría mujeres y niños.

El peso del agua en las tripas del barco hundió la proa, mientras la popa se elevaba envuelta en gritos de desesperanza hasta que se partió en dos. En pocos minutos desapareció bajo las tranquilas y frías aguas hacia el fondo del que nunca más, se presume, volverá a salir.

Más de mil quinientos seres humanos con sus chalecos salvavidas quedaron sobre las aguas, mientras sentían en sus piernas unos cuchillos que las rasgaban. Fueron instantes de pánico envueltos en gritos de dolor cuyos horribles ecos cesaron en quince segundos, con unos cuerpos congelados que formaron el más sepulcral silencio ante los ojos atónitos de los supervivientes a bordo de las barcas de emergencia. En ellas se mantenían despavoridas las caras de las mujeres, niños y hombres que presenciaron en primer plano la tragedia.

Tanto los músicos en la superficie del Titanic como los fogoneros en las entrañas del barco eligieron de forma voluntaria la muerte; se sacrificaron por los demás para escenificar el pundonor y la dignidad como unas de las muchas escenas que se representaron en las tres horas que duró la tragedia.

Han pasado desde entonces noventa y cinco años, y en el fondo permanece la proa del Titanic, inhiesta en lo que es su mejor pedestal; sin embargo, su espíritu, sigue navegando no sólo por las aguas de los océanos, sino también en nuestras mentes como unos de los episodios más fascinantes mezclado con momentos de horror junto a los de esperanza.

17 marzo 2007

LAS FALLAS VALENCIANAS


Cómo no hablar de las fiestas falleras cuando Valencia hierve ante una multitud que nos visita desde los puntos más lejanos, incluso desde allá donde termina o empieza el mundo.

Puede parecer que de las fallas valencianas esté ya dicho todo, pero no es verdad, porque la imaginación no tiene limites. El color que alegra sus días puede que tenga los mismo tonos, pero siempre embriagan. Sus matices enganchan, más si cabe, al ver cómo nosotros mismos nos quedamos fascinados como si descubriéramos lo nunca visto. La alegría de las falleras y de sus bandas musicales viste las calles, y nos descubre rostros de una mujer valenciana orgullosa de su presencia por la ciudad, a la que engalana.

Las “mascletas” del mediodía son el preámbulo al colorido de las noches, cuando los fogonazos de pólvora forman palmerales bajo el cielo estrellado que por breves momentos transforman la noche en día.

La “Crema” que despide la fiesta puede que siempre sea la misma, pero de sus formas fantasmagóricas nacen las nuevas ideas. Las que el artista plasmará en su imaginación que, como preludio del año próximo, se inicia justo en ese instante.

El espíritu fallero, siempre emprendedor, firme al reto de cada ejercicio, no sabe de flaquezas y hará los imposibles para que la fiesta siga su camino adaptándose a los nuevos tiempos. El fallero, siempre joven, tienen cada vez mayores bríos y la fiesta estará siempre viva, cada vez con mayor fuerza.

Como en cualquier reducto del ser humano, en la fallas, el hueco por lo tradicional está presente, lo que no implica ningún paso atrás o freno a la fiesta. Más bien todo lo contrario: es la experiencia que nos brinda un caminar más seguro.

Al ingenio y gracia tradicional que la envuelve, no solo se le suma el arte, sino también la solidaridad entre las comisiones como se demostró el pasado año ante la adversidad de unos gamberros que hicieron arder una falla en su montaje, y en tiempo record, gracias a la ayuda de todos, emergió con mayor brillo de sus cenizas. Y tantas, tantas como cuantas veces suceda algún fatal percance, el espíritu fallero de hermandad saldrá en auxilio de quien lo necesite.

A la pólvora, que los valencianos la llevamos en la sangre, personaje principal de la fiesta como lo son las mismas fallas, se le une de manera inevitable el estrépito. Crece pues la fiesta, y no lo hace sola: también crece cada vez con más fuerza, junto a todos sus atributos, el ruido, que es inevitable.

Y si la fiesta tiene sus detractores, porque no les gusta la multitud ni les satisface su estruendo, ello no puede suponer un punto de inflexión en las fallas. Como semana grande de una fiesta universal prevalecerá el espíritu fallero en una ciudad que no se entiende sin ella. Porque Valencia es tolerante y es artista, es libre y es musical, es dócil y es colorista y todo, todo el mundo que nos visita lo sabe, e inunda nuestras calles con la promesa de volver.

La evolución del mundo fallero, por su grandeza y por ser “Fiesta Universal”, nos obliga a cuidar de ella al igual que de un niño pequeño que, a sabiendas de los peligros que le acechan, velamos por él y con un gran cariño le procuramos lo mejor.

08 marzo 2007

EL HUÉSPED


No era mala hora aquella del aperitivo para conocerse mejor, cambiar opiniones sobre la actualidad y algún que otro comentario, si no malévolo si con picara intención, sobre las rarezas de la vecindad.

- Hoy parece que el tiempo quiere cambiar y el frío se aleja, que buena falta nos hace. ¿Le hace unas almendritas con una manzanilla de Sanlucar? –le ofreció Don Fulgencio a la distinguida dama cuyo presencia resultaba nueva para él.

Era setentón y desde que enviudó, gracias a tener sus riñones muy bien cubiertos, se alojó en la Residencia la Pinada. Llevaba allí unos cuantos meses e iba sumando nuevas amistadas que le inyectaban más ganas de vivir. También para Doña Teresa Aguafuerte todo aquello representaba el inicio de una vida más alegre. Viuda desde hacía seis años y sin hijos, optó por alojarse en el que después de algunas averiguaciones era el mejor establecimiento de la ciudad, como si de un hotel de cinco estrellas se tratara. Con ello hizo caso al consejo que siempre le había dado su esposo, militar de alta graduación, para cuando se quedase sola en este mundo. Era su primer día en la residencia y aceptó de muy buen grado aquella invitación.

- Mire Vd., para mí la hora del aperitivo así como el café de media tarde es una sana costumbre de muchos años que me inculcó mi esposo. Será un placer compartirlas con Vd., nunca me equivoco y le veo educado. Algo me dice que es Vd. un hombre culto. ¡Espero que me informe de cómo va la bolsa y sobre todo las Duro Felguera, las preferidas de Ambrosio durante toda su vida. ¡Oiga Vd. Don Fulgencio -quien ya se había presentado por su nombre –la manzanilla deliciosa y las almendras en su punto!

Así fue aquel primer encuentro al que siguieron otros muchos, siempre en las horas del aperitivo y en las del café de media tarde, a las que Don Fulgencio acudía con unas pastas riquísimas de Astorga. Mientras tanto, dejaba de lado a los demás residentes dedicando su atención a Doña Teresa cuya edad había averiguado: tenía tres años más que él, setenta y seis.

Pasaron unos meses y entre ambos se fraguó una buena amistad animada con mutuos agasajos. Algo nuevo nacía entre ellos y sus cruces de miradas eran cada vez más enternecedores.

Disfrutaban de un pequeño jardín entre pinos y cuando las tardes empezaron a ser cortas, un pequeño banco, algo escondido, se convertía en el lugar preferido hasta la hora de la cena. Las Duro Felguera habían dejado de interesar a Doña Teresa y la manzanilla o el Paco Rabanne de Don Fulgencio, junto las mantecadas de Astorga, proporcionaban a la feliz pareja los mejores momentos de cada día.

Una de aquellas noches fue cuando Don Fulgencio se dio cuenta, ya en su habitación y con su batín puesto, de que en un bolsillo de su chaqueta “alguien”, le había dejado la llave de una habitación. Era ya la una de la madrugada y no había logrado conciliar el sueño: su almohada estaba hecha un ocho, al igual que el interior de su cabeza que era todo un revoltijo. No lo pensó más y abandonó el umbral de su puerta para entrar en la intimidad de la que era causante de su desazón.

Doña Teresa “dormía” de lado y junto a ella, abordando la mullida cama, Don Fulgencio activó una lujuria renacida que él no había motivado. Doña Teresa ni se movió. Cuanto más se apretaban aquellos cuerpos asustados y temblorosos más se escuchaba en la estancia los jadeos que ambos trataron de amortiguar.

Doña Teresa no se volvió hacia él. Ambos compartieron durante un buen rato placenteros resuellos escondidos en el silencio. Calmado Don Fulgencio, se puso su batín y abandonó la alcoba.

Aquel mediodía, en la hora del aperitivo, Doña Teresa le recibió tan radiante como todos los días, con la más absoluta normalidad, como si nada hubiese sucedido:

- ¿Hace una manzanilla, Don Fulgencio? ¿Cómo abrió hoy la Bolsa? ¿Parece cansado? ¿ha dormido mal?

Doña Teresa no mencionó el encuentro nocturno; abundó, eso sí, con una ligera sonrisa en que las noches eran para descansar. Él también se hizo el distraído tal y como ella marcaba el paso, lo que complació a la dama que se sentía más jovial y feliz que nunca.

Don Fulgencio todos los días sobre la medianoche hacía uso de la llave cuya devolución nunca le exigió Doña Teresa. Se arrullaba junto a ella sin mediar una sola palabra y durante un largo instante ambos gozaban de un calor que preferían silenciar.
*
(“El huésped” es un relato que ha participado en el 15º Proyecto Anthology. Tema: Huésped)

22 febrero 2007

SALÓN UNISEX


Cuando se aproxima el inicio de la primavera el peluquero se da una vuelta por mi calle, sube al automático sillón de barbero, coge sus tijeras de brazos tan largos como sus ideas y comienza la faena. Muy cerca de él y dispuesta al uso, la eléctrica, que seccionará por un tiempo las gruesas trenzas que brotarán más tarde con nuevos bríos porque lo suyo es abrirse a los demás ofreciendo su belleza. Sin gomina ni espejos en los que mirarse.

La calle se ha quedado desnuda y parece otra. Sobre los alcorques muestran su frío esqueleto, tacaño de sombras, como seres extraños que de repente vienen a visitarnos sin saber con que intenciones. Aquel balcón, siempre tapado a las miradas, luce su palmito como un pavo real lleno de orgullo que ahueca su plumaje para ser más reconocido. Y desde lo alto, las mullidas alfombras, ahora ausentes, dan paso a unos ramos de arietes, segados y abiertos como púas en los que no se alojarán las avecillas con sus trinos, la mejor orquesta urbana del amanecer.

La calle parece otra y las fachadas enseñan tanto sus vergüenzas otrora tapadas, como también sus signos de belleza antes privados a la vecindad que sorprendida dice que este no es mi Juan porque me lo han cambiado. Pero pese a su apariencia diferente es la misma y en ella seguirán conviviendo sus miserias escondidas que sin mayor provecho, en ocasiones y a gritos, harán acto de presencia. Sólo la naturaleza sabe aprovechar los cuidados que mimosamente recibe y entrada la primavera, agradecida, se abrirá de nuevo a todos estirándose para mostrar presumida el nuevo peinado de sus hijos.

“-Lo sabía, no me lavaron la cabeza y me dejaron el pelo crespado; lo que falta es mucha profesionalidad- le dijo Tilia a Platanus que estaba en la otra parte del amplio salón. -¡La culpa es tuya!, qué no lo has pedido; qué fácil es echar las culpas a los demás- le contestó Platanus, contento y muy satisfecho al verse favorecido por el pelo corto en sus lados. -Te ves alto y por eso estás contento, sin embargo, no lo eres tanto. Las cosas no son como parecen, así que menos truenos, Platanus- le rebatió Tilia que echaba en falta la flor de azahar del Naranjo borde a su lado de cuyo perfume necesitaba la muy coqueta.

Arce y Liquidambo esperaban su turno y discutían acaloradamente de fútbol en lo que tenían de rivales. –Fue penalti y el árbitro, que lo teníais comprado, no lo pitó– decía el primero con energía amenazando con sus largos brazos incrustados en el comedor de un segundo piso.


Liquidambo, también furioso y sin embargo preocupado, se encontraba enfermo y temía lo peor, pues de su tronco desprendía como un serrín por pequeños túneles, señal de una enfermedad incurable. –Si no fuera porque estoy débil te diría cuatro cosas, pedazo de animal. ¡A ver si llega tú turno y dejas de intimidar a los vecinos! ¿Qué te crees, que estás en el estadio?

La joven Robinia no había tenido suerte con su alcorque y allí estaba llorosa dispuesta al divorcio, mientras en el gabinete la sometían a un proceso de lavado de cutis. –Verás como muy pronto encuentras a otro que te cuide mejor- le decía la esteticista acariciándola con suaves cuidados."

La calle de al lado no tiene árboles. Tampoco tiene salón. Es muy aburrida y los pájaros siempre pasan de largo. Parece una calle olvidada en la que los alcorques no sirven para nada. Hacemos tantas cosas inútiles y nos abandonamos con tanta frecuencia que a nuestro semblante llega el desaliño.

"-¡Lavado, corte de pelo y Ferrari negro, qué ya estamos en la primavera!"


13 febrero 2007

NUESTRO VIAJE A LA COSTA DEL SOL


3 de Febrero

Viajar sirve también para el encuentro con viejos compañeros y gozar con el recuerdo de unos momentos que los traemos al presente con el deseo imposible de su repetición. Al revivirlos afloran y es como volver a disfrutar de unos momentos inolvidables.

Los Almagros es una pedanía de Fuente Álamo (Murcia) donde mi amigo Jaime me ha ofrecido parada y fonda en mi viaje hacia la Costa del Sol. También la oportunidad de conocer a Avelina, su encantadora esposa. A su hospitalidad se suma su gracejo especial para los chistes, a los que convierte en arte. Aprovechamos la tarde para visitar a un viejo conocido de Fuente Álamo, tomar juntos un café y encargarle abrazos y buenos deseos para otros viejos conocidos.

4 de Febrero

A la hora de comer hemos llegado a Nerja, la mejor hora del día para presentarse en el Parador y pedir mesa y mantel. Allí nos esperaba el pescaíto frito junto a un Rueda frío que nos ha obligado a una siesta tan regeneradora como profunda. El cielo estaba cubierto pero no nos ha impedido gozar de un crepúsculo único desde un marco inolvidable, el Balcón de Europa: un lugar que tiene de grandioso todo lo que su nombre representa. Descubrirlo a mis ojos es la dulce espera de verlo en su grandiosidad a pleno Sol. Pero tendríamos que esperar al día siguiente.

Anochecía y el sabor de los boquerones, jureles, salmonetes, cazón en adobo, puntillas y otras especies marinas, junto a la brisa que nos acariciaba y la docilidad del mar que esculpía un lecho de plata, eran los regalos para nuestros sentidos que no podíamos desaprovechar.

5 de febrero

Visitamos las Cuevas de Nerja donde alguien puso la tierra y con seguridad fue el mismo quien puso el agua. Luego el tiempo puso el arte. Sólo Él pudo ser el artífice de tanta belleza donde la mente se desborda y la imaginación, sin limite alguno, se escabulle por doquier al tiempo que cualquier semblanza toma vida ante tus ojos. Las Cuevas fueron descubiertas apenas hace cincuenta años y allí estaban, a escasos palmos de nuestras vidas desde hacía miles de años cuando el hombre dibujaba en sus paredes con los colores de la tierra.

Nerja tiene una Cueva y un Balcón que no se puede aguantar. Si el Balcón te abre al infinito y piensas en todo los que detrás de ti queda, la Europa de las mil batallas, en su sima milenaria el avance de todo lo que se puede refugiar más al centro de la Tierra está fuera del alcance más sagaz. Sólo Julio Verne lo interpretó. Nerja es pasado de millones de incontables años hechos a golpe de gotas de agua con la artesanía de la constancia. Su Balcón es un lujo arrogante, es la afrenta al mar luchando contra su inmensidad como una fortaleza invencible diciéndole con insolencia: siempre seré tu mirador, tu Balcón de Europa. Y tú, mar silencioso o bravío, nunca podrás nada contra mi.

Luego nos fuimos a conocer Frigiliana, un pueblecito blanco cercano al mar, situado en la ladera de la Sierra de Almijara, precioso e histórico. Allí tuvo lugar la Batalla del Peñón Frigiliana, donde la rebelión de los moriscos de 1568 representó un fatal desenlace para los lugareños seguidores de Alá. Debido a su limpieza y embellecimiento Frigiliana ha sido distinguido en distintas ocasiones.

Muy cerquita del Balcón está el Puerta del Mar. Un restaurante con terraza cubierta y frente al mar, donde el pescaíto frito era de obligada degustación. Quién dijera que nunca segundas partes fueran buenas, no sabía lo que se decía.

6 de Febrero

Hemos entrado en la ciudad de Málaga por El Palo, una zona paralela a la costa donde la burguesía malagueña del siglo XIX construía sus lujosas residencias apartadas de la capital. Con aires de palacete dan un toque de distinción a una zona mezclada con viviendas de nueva planta que dan vida al sector de servicios por la proximidad de sus playas. Su paseo marítimo está repleto de pequeños restaurantes que ofrecen la joya gastronómica del típico pescaíto frito malagueño.

Situados en el centro de la ciudad hemos visitado la Catedral barroca cuya fachada principal es magnífica. Los Reyes Católicos ordenaron su construcción sobre el solar de una antigua mezquita aunque no se terminó hasta el siglo XVIII. La Catedral quedó inacabada al no construirse la segunda torre debido a la derogación de unas subvenciones. Por este motivo es popularmente conocida como La Manquita y representa la joya arquitectónica más valiosa de la ciudad de Málaga. Su interior renacentista y barroco es de gran belleza, destacando sus vidrieras, sus bóvedas y sus espectaculares columnas artesonadas.

Con el autobús turístico hemos conocido lo mejor de la ciudad en un trayecto de dos horas con un tiempo muy agradable y tomando el sol, el grato tesoro de la Costa que lleva su nombre. El pescaíto frito nos esperaba en esta ocasión en la playa de la Malagueta descubriendo una vez más la importancia que tiene conseguir el punto exacto en la fritura de unos pececillos, auténtica delicia para el paladar.

Hemos subido al cielo de Málaga: su castillo de Gibralfaro. Contemplar desde semejante atalaya la ciudad, su mar: lámina de estaño centelleante, La Manquita y las brumas que de forma suave cubre todo el hechizo sólo produce la promesa de volver. La vista del coso taurino bajo tus pies es un lamento a la ausencia de una corrida de toros de los días de la Feria malagueña. Sólo nos faltaba cerrar la tarde sentados en una terraza de la Plaza de la Merced donde Pablo Ruiz Picaso aparece y desaparece en cualquiera de sus esquinas. En el centro de la plaza un monolito representa el homenaje a los luchadores por un liberalismo decimonónico en el que creían, pero que fue vencido por los totalitarismos de uno u otro signo y cuyo resurgir de aquel tanto necesitamos.

7 de Febrero

El mayor atractivo de Puerto Banús, como no puede ser de otra manera, reside en su puerto deportivo. El barquito azul de vela blanca, ligero como el viento y perfumadito de brea está ausente, y su lugar lo ocupa el lujo. Las gaviotas pasan de largo, quizá buscando al pescador de caña que allí no encuentran. Puerto Banús es diseño de alto standing con aire de Quinta Avenida donde las firmas de prestigio tienen amarre propio y donde por dos cafetitos cortados, uno de ellos con sacarina, te cobran siete euros más uno de propina que suman ocho. Pese a ello, me ha encantado porque siempre sentí admiración por la limpieza y el buen gusto.

Luego nos metimos de lleno en la Marbella de calles peatonales, de placitas recoletas, de callejuelas repletas de flores y de restaurantes, siempre alrededor del Ayuntamiento marbellí tan de moda por sus asuntos sucios, opuestos al encanto de su casco antiguo y a la vez moderno.

Pasaban las dos de la tarde y cometí quizá mi único error en el viaje. Preguntar en el mismo Ayuntamiento de Marbella, el de las mentiras y los trapicheos, dónde comer carne, fue una temeridad por mi parte. Me mandaron a un restaurante que mejor es olvidar. Así que lo silencio.

Visitamos dos hoteles muy representativos de dos épocas diferentes en Marbella: el Don Pepe de siempre, el del visitante famoso que daba prestigio a una ciudad que deseaba ser universal. Su magnifico jardín es una delicia, descansar y tomar un café en sus instalaciones al aire libre es la mejor opción. Y el Gvdalpín, representativo de la rumorología actual del ladrillo corrupto y el devaneo amoroso.

8 de Febrero

El día se presentaba lluvioso e iba para largo. Nos quedamos en Nerja. Disfrutamos del Parador, de un paseíto por la ciudad y de una comida de tapeo donde el pescado frito y un vino frío de Huelva, que me aconsejó el maître, resultó un ejercicio degustativo de largo alcance. Fue el día de descanso, de las compras y el adecuado para conocer mejor las callejuelas comerciales de Nerja donde cruzarse con residentes extranjeros fue una constante. Algo debe de tener el Sol de Nerja aunque ese día estuviese ausente.

9 y 10 de Febrero

Nos despedimos de Nerja, comimos en el Parador de Puerto Lumbreras, y durante la tarde, después de la regeneradora siesta, visitamos el centro de Murcia con su Catedral gótica, sus calles comerciales y visitamos el Teatro Romea, uno de los mejores de España y también de Europa.

La mañana del sábado fue la de los días hermosos. Comimos en Alicante, en La Dársena, junto a su puerto deportivo: una entradita muy bien presentada y un arroz meloso, resultó el mejor colofón para un viaje que pernoctará en nuestro recuerdo. En nosotros ha quedado grabado lo que no ha sido una sorpresa: la limpieza, el blanco de sus casas, los colores de sus flores y la simpatía de sus gentes.

01 febrero 2007

EN EL PUNTO MEDIO RESIDE LA VIRTUD



Mis compañeros de clase me llaman Demóstenes porque soy de los pocos que superan el aprobado. Sin embargo, ante mis padres lo hacen por mi apellido Galipienzo. Ellos, mis padres, siempre me riñen por mi nombre de pila, Ángel, en cuya elección creo que se equivocaron.

Confieso que donde mejor me lo he pasado es en las clases de Don Remigio, el afable profesor de Ciencias Naturales quien era un auténtico inocentón. ¡En el punto medio reside la virtud!: así repetía su frase favorita para toda clase de circunstancias; incluso en la hora de sus preceptos. Él era barbilampiño, oblongo y tenía próxima su jubilación. Su presencia en la tarima siempre estaba recibida con risas y bromas entre los alumnos que asistíamos a su clase, la prolongación del recreo. Era bastante cegato, por no decir del todo y las lentes de su gafa eran cómo el culo de una botella por lo que era impensable la afición desmedida que aún tenía por la botánica. Sin embargo, siempre presumía de ello y de su afán por encontrar un trébol de cuatro hojas o un ciempiés. Eran estos sus objetivos inmediatos a los que dedicaba gran parte de las horas libres siempre con la ayuda de su cazamariposas y de una lupa muy potente también utilizada para observar su colección de sellos africanos repletos de flora y fauna. Lo de la caza del insecto podía ser verdad, pero si nos hubiese contado su interés por uno de sólo cuatro patas nadie le hubiese creído, pues debido a su casi ceguera no podía tratarse de otra cosa más que de un farol.

Don Remigio era todo un dechado de bondad y nosotros unos auténticos gamberros. ¡En el punto medio reside la virtud!, nos decía cada vez que nos pasábamos en algunas de nuestras bromas. Como aquella vez que le dejamos en el bolsillo de su chaqueta una docena de escarabajos vivos. Cuando terminó la clase fue al armario, se quitó su guardapolvo y lo reemplazó con su chaqueta. Al meter la mano derecha en el bolsillo y notar un cosquilleo inesperado apretó de inmediato los dedos. Sacó la mano mugrienta acompañada de algunas vidas que se le introducían por la bocamanga quizá buscando el calor de su axila. Todo aquello, además del asco que debió sentir por los crujidos de aquellos bichos estrujados entre sus dedos, sólo hizo que se escondiera en su despacho.

Al día siguiente, arriba de la tarima y sentado en su mesa se dispuso a comenzar la clase. Abrió el cajón central pegado a su cuerpo y salió de él, como un resorte, un gato negro con más barbas y bigotes que las que él añoraba. Su costillar, el de Don Remigio, se fue contra la pizarra de piedra natural; su silla saltó por los aires hacia el lateral de la clase; y sus gafas no se rompieron porque los culos de las botellas son muy duros. Tras recomponer su figura y no sabiendo a donde mirar nos dijo lo de siempre: ¡En el punto medio reside la virtud!

Y es que la habíamos tomado sin compasión con el bueno de Don Remigio convertido para nosotros en el blanco de toda clase de gamberradas, alimentado en nosotros porque al final terminaba diciendo que aquellas bromas tenían algo de gracia. Aunque eso sí, siempre nos salía con su eterno consejo del punto medio que si de algo servía era para no hacerle caso.

Don Remigio se jubiló un veinte de Marzo, el del inicio de la primavera. Ese mismo día teníamos en la tarima, sustituyéndole, a Don Bendito, hombre cincuentón, alto, grueso, barrigudo en el que vimos todo un indicio de bondad.

Aquella mañana, tras su propia presentación como hombre de Ciencias, quiso hacer un canto a las excelencias de la asignatura:

- De todas las Ciencias existentes, las Naturales son las más bellas y hermosas, porque están hechas con las manos directas de Dios. De Él, surgió la perfección presente en toda su Creación. Y de su mejor hacer, vosotros, mis queridos niños, sois su obra maestra.

Juanito, mi compañero de pupitre sacudió mi codo con el suyo. Ladeé mi rostro y vi en sus ojos abiertos bajo las cejas arqueadas y con la sonrisa en sus labios, el esbozo de la más siniestra de las intenciones. Mi mirada cómplice se cruzó con la suya y en su punto medio no había un ápice de virtud.

(“En el punto medio reside la virtud” es un relato que ha participado en el 14º Proyecto Anthology. Tema: El abuso)