Conoce uno más de los rincones de mi ciudad. Creo que vale la pena.26 octubre 2008
25 octubre 2008
LA HABITACIÓN DEL PÁNICO
Recuerdo en una brillante interpretación a Jodie Foster en la que casada con un magnate neoyorkino goza de una lujosa vivienda en la que instala su dueño una habitación vestida de bunker donde protegerse de las amenazas de cualquier intruso que ose entrar en la morada con fines devastadores. Pero la que estaba llamada a ser “caja de seguridad”, auspiciada desde el convencimiento más interesado, se convirtió una vez iniciada la presumida trama del film, en “La habitación del pánico”. La película resultó espectacular, y al menos, con la satisfacción del aficionado al cine que salía entretenido de la sala, gracias especialmente, a la buena interpretación de su protagonista, lo que es habitual en toda su amplia cinematografía. Y lo que estaba llamado a ser estado de buena salud, del glamor de la Champion League, de la posición privilegiada, del ejemplo donde mirarse y de la envidia internacional, sus ventanas se han abierto de par en par y el pánico se ha desparramado. Ha trascendido a la ciudad entera, brotando a borbotones e incapaz el Gobierno de recurrir al más eficaz torniquete que lo detenga, al menos por un instante. Solbes nos dice ahora, que nos vienen tiempos muy duros. Si quieres evitar el pánico: ¡toma dos tazas amigo! Mientras, sentados incómodamente en los últimos lugares de la sala continental, asistimos a la proyección del “Pánico nacional” instalado no a golpe de calcetín, sino desde la aceleración más acelerada, forma en la que Zapatero supo de Economía en un curso de quince días, a él ofrecido ante las orejas atentas de un micrófono abierto.
En plena campaña electoral nos mintió a todos con promesas de tiempos de bonanza. No afrontó la crisis, al tiempo que la negaba; no tomó ninguna medida, y sólo utilizó el recurso de promesas electorales con la intención de ganar el voto que le mantuviera en el poder. Y ahora, cuando empieza a tomarlas e instalados todos con el “pánico” a flor de calle, la inutilidad del torniquete que lo contenga es bien patente, y de su sangría: las líneas de su horizonte ya nadie las conoce.
Pero no es la primera vez que ha recurrido al beneficio de sus mentiras y de sus artimañas. En su anterior legislatura fomentó, sin aportar ni una sola prueba, la creencia de que el 11-M era consecuencia de la guerra de Irak, utilizando los Servicios Españoles de Radiodifusión en jornada maratoniana de setenta y dos horas a “la previa”, cuyo lacayo más servicial, al frente de ella, se inventó la existencia de un falso kamikaze. Dijo después Zapatero que no negociaría con ETA mientras no abandonase las armas. Y consiguió enfrentar a los españoles con el único interés de lograr el rio revuelto.
-“Dentro de un año estaremos mejor”- nos dijo el día antes, convencido de su “As en la manga”. Son las cosas de Zapatero: el hombre, que de la mentira, ha hecho su mejor forma de Gobierno.
Vendiendo humo, mostró su liderazgo al frente de una Alianza de Civilizaciones que sólo ha servido para el despilfarro económico de un amplio presupuesto justo en la última campaña lectoral, y sin conocimiento alguno de su utilidad. Y cuya siguiente convocatoria, como parte del guión y hoja de ruta establecidos, será días antes de las próximas elecciones.
Y para su decidida y manifiesta vocación a tensionar a la sociedad, interesado como está en ello, Baltasar Garzón le hace el juego, como otrora lo hiciera uno de sus lacayos, el llamado Gabilondo. Un juez, que por lo visto, para su juicio y veredicto busca culpables, por lo que necesita tener conocimiento de la muerte de un presunto culpable que todos sabemos que está muerto, pero que, sin embargo, no se interesa por otro presunto culpable que todos sabemos está vivo: cínica marca de la casa y habitual forma de actuar en quienes presumen de aquello que más debieran callarse.
Zapatero se ha convertido pues en un auténtico peligro nacional, que seguramente no será el número uno, pero que sin embargo sonríe indecorosamente ante las cámaras en cualquier ocasión que se le presente, tal y como lo hiciera en su día sentado al paso de una bandera (no sonriendo pero sí indecoroso) con la única supuesta disculpa de ignorar –o la no tan supuesta de conseguir votos siendo capaz de buscarlos a cualquier precio- la diferencia existente entre la persona que la representa (con dignidad a veces y otras sin ella) y el propio símbolo siempre digno de una nación; y por cuyo desplante se ha visto repetidas veces ignorado. Concepto el de nación, por otra parte, y por lo que le atañe como Jefe de Gobierno, tampoco tiene nada claro en qué consiste.
Instalados pues en la incertidumbre, la habitación del pánico tiene forma de piel de toro. Cierto es que la crisis es internacional, pero también es cierto que el acorazado tantas veces prometido es puro humo electoral en el que ya nadie confía. Ni siquiera los económicamente débiles, en Zapatero esperanzados, interesados por saber dónde están los cuatrocientos euros prometidos, cuya cuantía no es que fuera una especie de “caja de seguridad”, pero que como un alivio se los ofreció y ha sido uno más de sus engaños.
21 octubre 2008
TAUTINA

Quizá perdieron una de ellas un día de viento, y suave, se fue arrastrando meciéndose entre brumas hasta que llegó a un fecundo calvero donde alguien la recogió. Sólo la sensibilidad de una mujer pudo darse cuenta de su utilidad. Y tras mojar su punta seca con sus labios ávidos de contar, y sentada sobre una piedra, alfombrada de seco musgo, se puso a escribir sobre la palma de su mano.
Eran tantas las cosas que necesitaba extraer de sí misma, que de bien poco iba a servirle su mano pequeña, por mucho que la extendiese para hacerlo sobre ella.
Y como no pudo lograrlo, dejó trotar su imaginación por el prado próximo, mientras escuchaba la música de las choperas cuyas notas surgían celestes, quizá nacidas de quien había perdido aquella blanca pluma. Lo que le daba mayores bríos a la niña de largos cabellos, que sentada sobre su piedra, sólo deseaba tener a quien contar.
Una nube, buscando la pluma, llegó al calvero. De él quiso hacerse dueño, cubriéndolo todo, y con la seguridad de encontrarla para llevársela consigo.
Pero fue entonces, cuando la vio en tan buenas manos al tiempo que adivinaba todo lo que en aquella mente se albergaba, por lo que se le ofreció generosa.
Escribe niña, y no te preocupes por no tener dónde, que mi poder es inmenso. Me ofrezco a ti, como prolongación tuya. Y almaceno en mi vientre, que potencial e infinito, será el mejor refugio donde puedas explayar tus fantasías sin límite alguno para la posteridad de tus días. Sólo te pido que no pierdas la pluma, que aunque no te hace falta, es la de un ángel al que no debes desairar. Te diré un secreto, niña de largo peinado: cuando el ángel soltó su pluma, sabía muy bien a qué manos llegaría, convencido como estaba que nunca le ibas a defraudar.
12 octubre 2008
TOLEDO, LA CIUDAD IMPERIAL
Patrimonio universal constantemente visitado desde cualquier parte del mundo por quienes buscan en sus calles las huellas de sus orígenes, saben de sus antepasados, quienes convivieron pacíficamente durante la baja edad media, y en la que gozaron de un largo periodo de gran fecundidad, cuyos frutos permanecen para el deleite de quienes llegan ansiosos de visitar la ciudad imperial.
De camino hacía Toledo, comimos en la ciudad abulense de Arévalo, de espléndida arquitectura mudéjar y famosa por su gastronomía, en la que destaca su famoso cochinillo asado, popularmente conocido como “tostón; aunque nos decidimos por un sabroso chuletón que no le andaba a la zaga, regado por un buen vino de la zona y rematando la comida con un flan de queso, excelencia de “Casa Felipe”, uno de los varios famosos asadores de Arévalo.
Para rebajar la comida recorrimos la ciudad contemplando sus amplias plazas en proceso de una ambiciosa restauración. Nos recreamos en la explanada ante su Castillo, que aunque cerrado, su bella planta y alta torre es referencia de la ciudad a los pocos kilómetros que se divisa desde el camino.
Avanzada la tarde llegamos a Toledo y la amplia terraza del Parador Nacional se convirtió en una tentación irresistible ante la monumentalidad de una ciudad que nos animaba a su contemplación. Mientras tanto, la última luz de la tarde se iba reflejando tenuemente sobre sus tejados, entre los que resaltaban imperiosas sus torres indicando en sus apocadas siluetas la llegada de un suave anochecer.
La mañana siguiente y partiendo de la plaza Zocodover fuimos recorriendo sus calles estrechas hasta llegar a la Plaza del Ayuntamiento contemplando sus edificios más emblemáticos y lamentando no poder prestarles la atención merecida, pero sí pudimos visitar con todo detalle el Monasterio de San Juan de los Reyes mandando construir por los Reyes Católicos, una vez zanjada la guerra de sucesión al trono castellano; y que inicialmente fue pensado como lugar de reposo eterno para los monarcas años antes de la conquista de Granada, donde definitivamente reposan. Es digno de resaltar el rico claustro de dos pisos destacando en el superior los arcos de piedra con la divisa “tanto monta”, alusiva al legendario Alejandro Magno en su episodio de resolución del famoso “nudo gordiano”, al que cortó de un golpe con su espada durante sus conquistas por las tierras de Anatolia.
Sobre una de las fachadas del Monasterio, cuelgan las cadenas con las que fueron encadenados los prisioneros cristianos en manos del poder musulmán, liberados después de la conquista de Granada.
Visitamos la Sinagoga Santa María la Blanca, probablemente del siglo XII, en la que llama la atención la presencia de imágenes, lo que nos habla de la tolerancia y respeto hacia la cultura judía y que evitó su destrucción. Digno de resaltar el estilo mudéjar que en ella impera, por ser arquitectos árabes los que se encargaron de la construcción de la sinagoga. Toledo fue la ciudad de las tres culturas, y éste templo es la mejor prueba de ello.
Nos recomendaron un restaurante situado en el intrincado nudo de callejuelas del interior, El Hierbabuena, una casa palaciega elegantemente restaurada donde quisimos dar el mejor remate a la jornada toledana disfrutando de buena mesa en un marco con sabor medieval.
Un leve paseo cuesta abajo pasando por la Puerta de la Bisagra era la mejor despedida de la ciudad imperial. Un taxi nos llevó al Parador, desde donde emprendimos el camino de regreso a Valencia a donde llegamos al anochecer, después de haber recorrido lugares diferentes, pero cuya variedad enriquece más si cabe un bello viaje por la siempre repetida piel de toro, en la que tantas cosas nos quedan aún por conocer.
ASTURIAS COSTA DE ENCANTOS
Espléndido Parque cubierto de una vegetación rica en especies arbóreas, luce un bello estanque habitado por una variada fauna que alcanza más de cien especies de aves diferentes, muchas de ellas llegadas en sus flujos migratorias desde los puntos más alejados de Europa. Para distracción del visitante destacan en “el estanque de los patos” una gran variedad de cisnes, gansos, ocas, patos, gaviotas, y muy próximo a él, un palomar junto a un aviario, albergan faisanes, pavos reales, gallos y gallinas, palomas y demás especies extrañas que también se pasean sueltas por el césped luciendo elegantes y coloridos plumajes, o esconden sus picos en el estanque donde calman su sed y chapotean sus aguas. A través de sus pasillos ajardinados, se llega a la playa de San Lorenzo, punto en el que arranca el paseo marítimo y que muere a los pies de la Iglesia de San Pedro en el otro extremo de la ciudad.
Quisimos conocer dos pequeños pueblos costeños elogiosamente recomendados: Lastres y Tazones. Pero con anterioridad y como nos cogía de camino, fuimos a conocer la Universidad Laboral de Gijón que construida a mediados del pasado siglo, se caracteriza por su monumentalidad. Referenciada por su creador con reminiscencias clásicas de Roma, Grecia y el Renacimiento, sorprende por lo inesperado. A su interior se accede desde una puerta de aspecto medieval pasando a través de un Patio Corintio voluminoso y de espléndidas columnas jónicas: punto de entrada a la magnífica plaza interior en la que se observa una lograda conjunción entre las clásicas plazas castellanas y el sabor veneciano de la famosa Plaza de San Marcos, cuya extensión es semejante. Más que una Universidad es un espacio abierto al siglo XXI donde la cultura y al arte mantendrán viva su mejor proyección creativa encaminada a los mejores logros, tanto artísticos como productivos.
Visitamos Lastres, con su pequeño puerto y casas blancas de tejas rojas que se reflejaban en el mar cristalino que lamía su dársena. Subimos al mirador junto a la Capilla de San Roque, desde donde divisamos las cumbres nevadas de los Picos de Europa en un día espléndido de sol, mientras nos deleitábamos al mismo tiempo con el poblado a nuestros pies. Las brumas lejanas entre las montañas y la espuma del mar sobre los pequeños acantilados ribeteaban Lastres, que escalonada sobre un pedestal de arbustos y musgo, la observamos desde lo más alto.
Llegamos a Tazones a la hora de comer, según nos fijaba la ruta elegida, y lugar por donde Carlos I hizo su entrada en España. Nada más llegar una procesión de gaitas ascendía desde el puerto hacía una ermita precediendo a la Virgen del Carmen, cuyo recibimiento no podía ser más oportuno. Tazones es un pueblo muy pequeño apretado al mar donde la oferta gastronómica es abundante. La belleza de sus casas, a una y otra parte del camino de bajada al puerto, configuran unas callejuelas llenas de sabor asturiano perfumado por los ofrecimientos de sidra volteada desde unas manos tan generosas como diestras. En una de sus retorcidas callejuelas una casa cubierta de conchas junto a un hórreo recreaba un rincón pintoresco.
Y ya sentados frente al mar tomando una sidrina y esperando ver qué nos ofrecían para comer, los gaiteros ocuparon el centro de la calle y con su “Asturias patria querida” nos alegraron a todos los que nos disponíamos a gozar de aquel espacio asturiano; como lo hicimos poco después con un surtido y extenso marisco, el mejor de los frutos del mar.
De vuelta a Gijón y tras un rato de descanso completamos la tarde con un pequeño paseo viendo cómo las aguas abandonaban la playa para refugiarse otra vez en el mar, desde donde horas más tarde volverían a surgir suavemente para cubrir toda la playa de San Lorenzo de un espejo de plata y en el que volverían a reflejarse los destellos de Gijón en su vaivén interminable.
11 octubre 2008
GIJÓN, ISTMO DE ENCANTO, ELOGIO AL HORIZONTE
No madrugamos en la mañana dominical a la que dedicamos sus horas paseando por su centro urbano en torno al amplio paseo marítimo comunicado con el puerto deportivo a través de sus amplias calles, en las que su casco antiguo a pie de Cimavilla, origen de la ciudad, ofrece todo el sabor monumental de sus plazas palaciegas en las que destacan el entorno de la Iglesia de San Pedro, la plaza recoleta de Jovellanos con su casa natal y la capilla donde reposan sus restos, junto a Campo Valdés y el Palacio de Revillagigedo. Cercanas, las Termas romanas halladas hace pocos años y eficazmente restauradas entre otros muchos rincones selectos de la ciudad, dan testimonio a su belleza en la que el espíritu del erudito Jovellanos reina por todas sus calles. Como el de la Capilla de San Lorenzo del siglo XVII arriba citada.
En lo alto, reina el amplio mirador del Cerro de Santa Catalina con su monumental “Elogio del horizonte” frente al cantábrico: obra emblemática de Eduardo Chillida en cuyo refugio el clamor del mar inunda los sentidos.
Su porticada Plaza Mayor con el Hotel Asturias a un lado y la estatua de Don Pelayo frente al Puerto junto al Pozo de la Barquera, es un punto de solaz descanso y ocasión para un ligero aperitivo cuyo marco es el más adecuado.
Nos habían hablado de “La zamorana” donde el buen comer tiene sus encuadres más logrados. Decorado con muy buen gusto, disfrutamos de sus productos servidos con la mejor atención por los hermanos Méndez Fernández, quienes dan el mejor servicio a los que acuden a su cita cualquier día del año. Dimos cuenta de su buen marisco y de su selecto pescado, productos de un mar embravecido que seleccionan con especial cariño.
Tras un descanso en el Parador, la visita obligada a la “Casa natal de Jovellanos” resultaba ineludible. Más dedicada a exposición cultural de lienzos y pinturas, destaca en una de sus salas “El retablo del Mar”, obra cumbre de Sebastián Miranda destruida en la guerra civil, pero recuperada después y tallada en madera donde se representa la rula para la venta de pescado enriquecida con toda clase de personajes populares, desde el más desnudo infantil gozoso ante la lonja, al más anciano pescador disfrutando ante la pesca de una afortunada jornada enfrentada a la mar, y de cuya abundancia gozan sus ojos.
En otra de las salas queda patente los atributos literarios, poéticos, jurisconsultos, filósofos y economistas del más preclaro de los hijos que dio la ciudad: don Melchor Gaspar de Jovellanos, el gran promotor de la cultura española del “siglo de las luces”.
Terminado el día, no sin recorrer sus callejuelas repletas de sidrerías y ricos montados, un paseo por todo su arco marítimo procuró un mayor conocimiento de la ciudad, mostrando todo el esplendor de su noche iluminada en la que su rico porte le daba el mayor de los realces.
ASTURIAS, COSTA DE INDIANOS - II
De mayor población el primero, pasear por sus calles contemplando sus edificios modernistas de principios del pasado siglo tiene el aliciente de que permanecen intactos gracias a sus gustosas restauraciones que mantienen en sus calles todo el sabor de antaño. Su amplio puerto sirve de punto de mirada a los cuatro puntos cardinales con la seguridad de que al contemplar sus vistas, entraña la dificultad de mostrar alguna preferencia por una u otra parte de las que se muestran ante nuestros ojos. El azul del día daba aún mayor belleza al blanco predominante en toda la ciudad, destacando la Plaza del Ayuntamiento junto al rio Negro, debido a su lecho de pizarra, surcado por una fina lamina de agua donde se recreaban aves palmípedas alegrando la vista del viajero.
El friso vegetal que circunda la ciudad alfombra las laderas que rodean a Luarca, de cuyo centro sale un camino ascendente a uno de sus miradores desde el que se observa toda la ciudad metida dentro de una cazuela de la que rompe uno de sus lados bocana a la mar.
Vista la ciudad desde lo alto, es un anfiteatro en cuyo centro su puerto deportivo alinea multitud de pequeñas embarcaciones que pespunteando su espejo de plata ofrece la mejor marina urbana para deleite del plácido observador.
Desde lo alto de su mirador abandonamos Luarca pasando por una zona cumplida de edificios indianos: aquellos que haciendo fortuna en tierras de América regresaron a sus orígenes homenajeando sus triunfos con ricos edificios, auténticos palacios situados en el mejor de su emplazamiento visto al Cantábrico. La mayoría de ellos lucen su perfecto estado y muestran todo el esplendor de aquellos dorados años como testimonio de un éxito por el que los ansiosos de gloria lucharon. Los hubo que no alcanzaron fortuna y de ellos sólo queda su recuerdo, como el ya reseñado en nuestra visita a Navia en su amplio mirador frente a la playa, permanente punto de inicio al dorado tan deseado como ignorado.
Llegamos a Cudillero, pequeño pueblo marinero metido entre dos montañas de frondosa vegetación, cuyas casas escalonadas forman un anfiteatro de tonos rojizos que contrastan graciosamente con el verdor de las laderas que lo comprimen. Era un mediodía nublado, pero a poco de nuestra llegada, un diluvio descargó su fuerza implacable sobre el poblado, privándonos de una plácida comida en una de sus terrazas frente al mar, flanqueados por sus casas que contornean el pequeño puerto marinero declarado Conjunto Histórico Artístico y Bien de Interés Cultural. Con seguridad, el fuerte chubasco que se cernió sobre nosotros en un breve instante colaboró a una desafortunada elección, con el resultado de una comida para olvidar: imprevisto con el que siempre hay que contar y que por fortuna fue una mancha extraña durante todo el viaje, felizmente olvidada pocas horas más tarde.
Cuando cesó la lluvia, las nubes se despidieron de Cudillero y un cielo límpido dio el mayor esplendor a sus casas arracimadas, brindándonos la ocasión de las mejores fotos.
Avanzada la tarde llegamos a Gijón, donde nos dedicamos a un necesario descanso agravado por fuertes turbulencias que aconsejaban no salir de la habitación, pese al entorno ajardinado del Parque de Isabel La Católica, del que íbamos a disfrutar al día siguiente.
10 octubre 2008
ASTURIAS, COSTA DE INDIANOS - I
Visitamos Tapia de Casadiego, en el que el legado del Marqués que da su nombre al pueblo permanece con el mejor de sus usos. Las construcciones que donó para el disfrute de sus vecinos en el siglo XIX dan vida y esplendor al poblado, destacando entre otras, su puerto pesquero, su Ayuntamiento y su Centro Escolar, edificios ambos enfrentados en la plaza principal y de estructura y construcción semejantes.
Recorrimos la dársena del puerto, mientras divisabamos sobre los acantilados cercanos las casas de indianos que tanto proliferan por las costas cantábricas.
Abandonamos Tapia y nos dirigimos a Puerto de Vega, un puerto ballenero que cumplía esta actividad durante los siglos XVI y XVII con decoraciones alusivas por sus calles empinadas y de cuyo testimonio sólo queda un frontal almenado en el centro del puerto.
Recorriendo su casco antiguo, nos encontramos con la casa donde murió D. Melchor Gaspar de Jovellanos, el personaje más representativo de la Ilustración española y cruelmente tratado en los últimos años de su vida en su encierro en el Castillo de Bellver.
Visitamos Navia, la ciudad más importante de la zona en la que desde un mirador, un monumento dedicado al peregrino homenajea “a los que dedicados a la gran aventura de las Américas marcharon y volvieron, como también a los que nunca más retornaron”
Llegada la hora de comer, nos aguardaban unas “andaricas” (nécoras) y “unes faves con almejas” de espeso y sabroso condimento, razón más que sobrada para caminar de un punto a otro de España.
Retornamos a Ribadeo, tras una corta visita a Vía Velez: un bellísimo pueblo costero de gran sencillez, sacudido por un leve oleaje que alzaba sus olas sobre su pequeño malecón lustrándolo de espumas.
Aprovechamos la tarde para visitar los miradores aún no conocidos, como el Mirador de Santa Cruz, el más alto de la ciudad con su monumento homenaje al Gaitero Gallego y el Mirador de la Atalaia dentro de la misma ciudad sobre el puerto, donde está ubicada la capilla de Nuestra Señora de la Trinidad, la más antigua de Ribadeo y junto a ella, en un pequeño jardín, dos cañones orientados al cantábrico representan la función defensiva del lugar en tiempos ya muy lejanos.
Por último, recorrimos una de las calles más céntrica de Ribadeo, la más representativa y rica por la sucesión de casa indianas que rivalizan en belleza a lo largo de todo su recorrido.
Ya sólo nos quedaba llegar al hotel para preparar las maletas camino a Gijón al día siguiente, gozosos de haber conocido una parte de las tierras gallegas repletas de una exuberante belleza natural.
PLAYA DE LAS CATEDRALES, CULTO A LA MAR
01/10/2008Nos informaron que fue Lepoldo Calvo Sotelo quien rebautizó a la playa de Augasantas como la de las Catedrales y contemplando el paraje, su sabia aportación no deja resquicio a la duda. Cuando el hombre culto se une con el hombre político, surge un extraño maridaje cuya fecundación más sorprendente se expresa en el bautismo osado, nada pagano, de nominar como Catedral a lo que es una simple playa sometida al influjo lunar enriquecida con unos soportales dejados caer por la gracia natural de su Creador.
Costa de altos acantilados tiene en su mejor mirador un punto de encuentro desde el que se accede a la playa cuando baja la marea, a través de una escalera de piedra y barandilla de recias cadenas que llegan a estar cubiertas en parte por las aguas en las horas de su pleamar.
Nada más pisar la arena firme tal mullida alfombra, junto a la escalera que ya has abandonado, brota de una roca un hilo de agua que se remansa como si de una pila de agua bendita se tratase: es el punto de entrada a la gran Catedral, la que abierta al mar y rodeada de altos acantilados ofrecen el aspecto de sus continuas capillas que contemplándolas en caminar lento, una tras otras, se llega al espacio de los pórticos, el de los grandes arcos y largos pasadizos, donde sus bóvedas hasta entonces escondidas aparecen a cielo abierto gracias a los rayos de luz que recorren su girola tras el retablo frontal a la inmensa planta circular de un mar en calma, del que sus rítmicos murmullos semeja a un coro cuyo eco de música sacra recorre toda la playa catedralicia.
Escuchándolo, entra en tu espíritu, te relaja y te llega al alma. Playa con el fondo de sus capillas mojadas de salitre, es la Capilla Sixtina frente al mar, mientras que las gaviotas en su caminar por la arena dejan la huella de la cruz como señal de su presencia, y tributo al sosiego celestial que envuelve la mítica playa de Ribadeo. Llegada la hora del plenamar, la playa desaparece a los ojos del visitante y las aguas cantábricas sacuden sus rocas y las cubren con un manto morado que horas más tarde, en su recogimiento hacia el mar, volverán a mostrar toda la belleza que sólo la naturaleza sabe cincelar.
Comimos en Rinlo, un pequeño puerto cercano donde los productos de la mar cubrieron la mesa como horas antes lo hicieran las aguas sobre la “playa de las catedrales.”
Aprovechamos el día contemplando parte de los varios miradores sobre la ría de Ribadeo, como el de la Isla Pancha frente al mar abierto: la del Faro; el del Cargadeiro: antiguo cargadero del mineral de hierro rumbo a los Altos Hornos vizcaínos y hoy moderno mirador frente al Puente do Santos que comunica Galicia con Asturias, justo al lado del Fuerte de San Damián de carácter defensivo. Aún quedaban algunos miradores más por visitar, pero los dejamos para el día siguiente. El descanso era nuestro próximo objetivo, no sin antes aprovechar lo que quedaba de tarde tomando un café en la amplia plaza donde la chiquillería revoltosa la llenaba con bríos de fiesta.
TARAMUNDI, REGRESO AL PASADO
Taramundi está a unos 30 kms de la costa, pero sus curvas constantes, su paisaje, sus bosques de encinas, castaños, robles, eucaliptus, pinares y sus vacas y pastos, contribuyen a que el viaje resulte muy placentero, aunque necesitado de más tiempo para llegar a su núcleo urbano a pesar de su corta distancia. La Oficina de Turismo informa al visitante de las amplias ofertas, todas muy interesantes, siendo la más importante y única en su género la del pequeño poblado de Os Teixois donde en la actualidad sólo existe una familia, con Luis, enamorado del lugar, como alma insustituible de tan peculiar hábitat natural. Hasta hace unos años vivían allí diez familias, pero en la actualidad sólo Luis, su esposa y sus dos hijos son los residentes de Os Teixois.
Un pequeño caserío convertido en un conjunto de ingenios hidráulicos en el que Luis es el que gracias a su amor por todo lo que aquello representa, y lugar donde sus ojos vieron la luz por vez primera, consigue con su pericia y conocimiento el perfecto funcionamiento de toda aquella maquinaria cuya única fuerza motriz es el agua del rio Mesta, aguas que cruzan los bajos del caserío y sabiamente aprovechada tal como ya se hacía hace muchos siglos con documentación de su existencia allá por el siglo XII.
Los mazos, el molino, la rueda de afilar, un batán y una pequeña central eléctrica accionan y dan vida a tan singular centro etnográfico, cuyo movimiento deja en la memoria del visitante un recuerdo imperecedero. Saber cómo vivían sus antiguos pobladores y la gran posibilidad que brinda el agua es una experiencia de un valor incalculable, sobre todo para los centros docentes que visitan con frecuencia tan peculiar centro de ingeniería.
Desde la obtención del alumbrado para su consumo propio, el molido de los cereales, la singular forja cuyo fuelle es accionado gracias al efecto venturi producido por la acción del agua, el abatanado de los paños por la persistencia machacona de los mazos, completan todo un proceso industrial útil para subsistir en cualquier lugar donde mane el agua, ancestrales maquinarias movidas a base de trampillas que dan paso al agua donde el intelecto de Luis no tiene límite alguno. El conocimiento y la obtención de la altura necesaria para poner en marcha todo el conglomerado allí existente es la contribución del hombre al aprovechamiento que brinda la naturaleza y que generosa, nos ofrece la energía de sus aguas.
También vimos en el caserío cercano de Esquíos una colección privada de enseres recogidos por todo el Principado por un lugareño que ha hecho de su afición coleccionista su modo de vida, reuniendo en el interior de su casa utensilios diversos, desde los más variados de labranza, pasando por los domésticos, máquinas de escribir, de coser, de liar cigarrillos, aparatos de radio, de medida, incluso los más insospechados y cuya reseña necesitaría de varios folios, como una pequeña cuna de madera en la que sus padres le mecieron desde sus primeros días de vida. La casa situada en lo alto de una ladera de rico pasto utiliza el recurso de un “guincho” para elevar las cosechas y que si antes funcionaba a base de poleas, un pequeño motor eléctrico sigue funcionando con gran eficacia venciendo la dificultad de su pendiente.
Comimos en El Rectoral, restaurante emplazado en la parte más alta de Taramundi rodeado de verdes pastos y con un jardín embellecido con hórreos asturianos sobre pedestales de hortensias que invitaban al sosiego. Lo que hicimos después de disfrutar de un sabroso solomillo de ciervo y otras delicias gastronómicas ofrecidas por Diana: la simpática gallega que regenta tan bello establecimiento situado en una zona inolvidable, cuya mejor recomendación para abrir boca consistió en unas croquetas de compango: un manifiesto escrito sobre la sartén con la grafía de todos los componentes que habitan en una fabada asturiana que se precie.
De regreso a Ribadeo dimos la vuelta a la ría, recorriendo los pequeños pueblos marineros de Castropol y de Figueras, ya conocidos por las bellas vistas que desde el Parador situado justo enfrente se nos ofrecía. Quisimos conocer el Palacete Penalba, un hotel muy recomendado donde tomar un café, pero cerrado a quienes no están allí hospedados, tuvimos que contentarnos visitando su propia Marisquería situada junto al puerto donde disfrutamos de una amable conversación con la dueña en torno al pescado y a las excelencias gastronómicas de toda la zona.
El Parador y el balcón a la ría del que disfrutábamos nos adentró en la noche, gozando de su tranquilidad y entregándonos a un sueño profundo y reparador después de un día que nos había ofrecido recuerdos imborrables.
RIBADEO, EL PUENTE DO SANTOS
Ribadeo, concejo gallego, tiene un elegante Parador Nacional situado en un punto magnífico con vistas sobre toda la ría. Aunque muy cercano a la costa, la curvatura de la ría impide ver desde el mismo Parador el “Puente do Santos” (la capilla San Miguel de Ribadeo junto a la de San Román en la otra orilla, dan nombre al puente que las une) que dos días antes de nuestra llegada había estado cerrado, sometido a la necesaria prueba de carga por haberse desdoblado su tablero para adecuar el puente a las necesidades de la autovía del Norte, la que en futuro estará en servicio a lo largo de toda la cornisa cantábrica. Para la ejecución del doble tablero ha sido necesario el concurso de alpinistas, siendo ésta obra, la de su desdoblamiento, de una gran complejidad y única en su género.
Comimos en el Parador y pasamos la tarde visitando la ciudad que nos dejó gratamente sorprendidos. Su ruta de los miradores para observar la ría desde diferentes puntos se convirtió en una ilusión y objetivo para los próximos días de nuestra estancia.
Tierra de indianos, tiene como máximo exponente en la Plaza de España la Torre de los Moreno, un edificio emblemático construido por un discípulo de Gaudí y que llena de personalidad a toda la plaza principal de Ribadeo, ciudad de la que es hijo predilecto Leopoldo Calvo Sotelo y lugar de su última morada.
TORDESILLAS Y SU TRATADO
Fue en Tordesillas donde pasó gran parte de su reinado Juan la Loca, inhabilitada para tal fin. Durante estos 46 años, reyes, emperadores y príncipes fueron a visitarla, pues nunca perdió su condición de Reina de España pese a su estado de salud constantemente puesto en entredicho.
Fue una pena que por obras de su rehabilitación no pudiéramos visitar el Museo del Tratado, pero sí gozamos con la visita guiada al Real Monasterio de San Clara perteneciente al Patrimonio Nacional y de visita obligada. Monasterio mudéjar del siglo XIV es considerado como uno de los mejores de Castilla y León. En él estuvo enterrada la reina Juana hasta su traslado a Granada donde reposa junto a sus padres.
Visitamos la Plaza Mayor, pequeña, pero que responde a las más puras esencias de las plazas castellanas con soportales austeros con columnas de piedras y balcones corridos, donde cumplimos con la hora del aperitivo gozando de un sol estupendo sentados en la plaza y contemplándola con deleite. Tuvimos ocasión de conocer la tienda de Carlos Adeva, un licenciado en Bellas Artes y experto en pintura medieval que se abre camino con nuevas exposiciones no sólo en España, sino con proyección internacional. Ilusionado como está en su gran proyecto de construcción de una Academia de Arte en la misma Plaza de Tordesillas.
Comimos en el Restaurante el Torreón donde para una carne, generosa de sabor, braseada con cariño, Jeremías de Lozar, nos aconsejó “el vino de la casa”: un tinto excelente seleccionado con el amor que él imprime en sus cosas y que tanto debieran imitar los que como “vino de la casa” lo ofrecen a sus clientes con el menor de los cuidados.
Pasamos la tarde en el Parador, gozando de sus instalaciones y descansando con vistas al día siguiente rumbo a Ribadeo.
MEDINA DEL CAMPO, MÁS QUE PARADA Y FONDA
Pasar de largo por Medina del Campo y Tordesillas dejándolas tras el retrovisor del vehículo en una o dos ocasiones no es pecado; pero insistir en ello otras veces y no prestarles la atención que se merecen tampoco lo es, ni venial ni mortal, pero alimentar nuestra mochila con las prisas volviendo a dejarlas de lado, nos priva del placer de viajar, deja éste de tener sentido y de tal guisa, perdemos su faceta más natural: la de aprovechar el tiempo y lugar en el que estamos, sabiendo algo de lo que fuimos, como sucede en estos lugares: páginas importantes de nuestra historia.
Medina del Campo es a Isabel la Católica, lo que Tordesillas es a su hija Juana, la que llamaron “la loca”; amén de su famoso Tratado que partió al mundo en dos mitades: el que hiciera dueños a España y Portugal de las tierras por conocer en cada una de sus dos partes señaladas.
Pero todo esto es Historia, y pensando en ella, dedicarle uno de nuestros días a Medina y otro a Tordesillas paseando por sus calles, visitando sus puntos clave y gozando de sus bien cuidadas ciudades es un alto en el camino gozosamente recompensando.
El Castillo de la Mota, situado en un pequeño cerro (mota) es el embrión de la ciudad de Medina, de cuyos primeros pobladores, los vacceos, se ha conocido su existencia merced a un centro turístico situado frente al Castillo de reciente construcción, en cuyas excavaciones se han hallado unos restos arqueológicos datados en el siglo V a.C. En torno al Castillo fue creciendo su núcleo poblacional, llegando a convertirse la ciudad durante los siglos XV y XVI en el lugar que daba cobijo a las más famosas ferias de Europa. Esplendor que tuvo su final con el traslado de la Corte a Madrid, como capital de las Españas.
Auténtica fortaleza militar, el Castillo de la Mota se inició en su construcción en el siglo XII, no como Palacio, sino como defensa inexpugnable; eficazmente diseñado se convirtió en un bastión jamás vencido, merced a sus muros de ladrillo y argamasa, su foso circundante que nunca albergó agua y sus extensos pasillos interiores: prolíficos de troneras que resistieron todos los embates enemigos, los de los cristianos principalmente. Pero lo mejor es contemplarlo con toda su belleza y amplia panorámica con la que ha llegado hasta nuestros días, en la que sólo han sido precisas algunas restauraciones de sus almenas dañadas por la acción del tiempo. Su torre del homenaje se alza orgullosa resistiendo un pasado que sí supo de la destrucción bajo sus pies de todo su entramado interno, pero eficazmente reconstruido a lo largo de todo el siglo XX con múltiples y provechosas utilizaciones de las que hoy puede gozar el afortunado viajero.
En la Plaza Mayor de la Hispanidad, la de mayor extensión de España rivalizando con la de Salamanca, se reúnen la Casa de los Arcos; el Palacio Real Testamentario de Isabel I, donde se encontró con la muerte y entre sus paredes queda patente la fuerte personalidad y gran magnanimidad de la Católica Reina (una esplendida recreación histórica nos habla de cuando la creencia imperante en la composición plana de la Tierra con varios documentos pictóricos que así la mostraban, así como también del fuerte convencimiento del navegante Colón, la ayuda de Isabel y el astrolabio, que hicieron posible el descubrimiento de un nuevo mundo); su Ayuntamiento; la Colegiata (con su graciosa capilla exterior: un balcón desde el que se oficiaba en las horas de mercado, con la Virgen del Pópulo sobre el altar, anulando los acuerdos establecidos previos a la celebración de la misa) y la Casa del Peso Real.
Sobre su amplio enlosado se encuentran esparcidas unas placas de bronce donde figuran nominados los diferentes oficios, señalizado el lugar exacto que ocupaban los mercaderes durante sus jornadas de feria.
En la actualidad la Plaza de Medina del Campo es el escenario donde se celebran diversas exposiciones artesanales, espectáculos taurinos, Ferias de Muestras, de productos de la tierra, de la Hispanidad y de la Juventud.
Todo esto en su Plaza Mayor, pero perdiéndose por su calles el testimonio de la monumentalidad se encuentra por doquier: Palacios, Conventos, Mercados, Ermitas, Iglesias, Hospitales, Reales Carnicerías, así como su espléndida Estación del Ferrocarril, su Palacio Balneario y una multitud de casonas que dan fe de todo ello, junto al magnífico Cuartel Marqués de la Ensenada hoy desgraciada e incomprensiblemente cerradas sus puertas.
Dice el escudo de la ciudad que “ni Rey ofició, ni el Papa benefició” dada su autonomía en los nombramientos civiles y religiosos.
26 septiembre 2008
NI SIQUIERA CERA
Todas las noches, antes de acostarse, Pedro se recreaba en su aseo personal porque quería descansar su limpieza entre el calor de las sábanas. Con un bastoncillo y sumo cuidado se limpiaba el interior de sus orejas, y con la misma atención y cariño guardaba el cerumen en una cajita de caña de bambú adquirida en una tienda oriental. Pasado un tiempo, una vez llena a rebosar, la aceitaba con su saliva y la cubría con un trozo de tela de lino. Finalmente, la tapaba con una lámina fina de corcho y con unas gotas de lacre la sellaba guardando en su interior lo que era una parte de él.Pedro se hizo un hombre mayor. En una pequeña hornacina dentro de su baño, vestida de plata, había conseguido reunir en sus estantes de cristal una batería de cajitas, las más antiguas de caña. Le seguían en el tiempo unas aromáticas de madera de sándalo y las más modernas de metal: unos pequeños cofres cerrados, ya no por el corcho, sino por su misma tapa, la que sellaba esta vez con cera virgen adquirida en un mercado de especias cercano a su casa.
Su pasado, dejado a zarpazos en la calle por los jirones de la vida, se mantenía intacto en el interior de su capilla idolatrada, donde, en su ritual, había ido, día a día, guardando la más pura esencia de sí mismo: la única capaz de preservar dentro de su particular sacristía. Se había decepcionado tantas veces en el transcurso de su vida y eran tantas las cosas que se difuminaban a su paso sin dejar el más leve rastro, olvidadas en cualquier rincón ajeno a la luz, que fijar su huella en este mundo no era para él como una obsesión que le hacía esclavo, sino por la veracidad de su existencia cuyo poso deseaba perpetuar.
Pasaron los años y ni siquiera sus achaques de anciano lograron poner fin a su afán de todos los días. Con sus tembleques y su mucha paciencia, todas las noches hurgaba en sus seniles oídos, extraía algo de su ya poco cerumen y lo guardaba untuoso en una pequeña cajita, ahora de cristal. Pedro sabía que su final estaba cerca. Sus fuerzas, cada vez más escasas, era el más certero de los presagios y el dolor se adueñaba de su cuerpo. Aunque nada le impedía seguir guardando lo poco que aún quedaba de él.
Y fue una noche cuando Pedro sintió un fuerte dolor en su pecho. Su alcoba empezó a girar, como un tiovivo en el que cabalgan sombras en esta ocasión tristes. A paso lento llegó a su baño, abrió la hornacina, vio sus cajitas de forma vaga, y pese a la tenue luz existente en sus ojos, aún las reconoció: tres de caña, cinco de sándalo, otras cinco de plata y dos de cristal: una de ellas aún no completa.
Toda una vida dentro de aquel sagrario mundano mostrado ante sus ojos cada vez más cegados. Pedro sentía un fuerte dolor, al tiempo que alguien tiraba de él, como queriendo llevárselo consigo a un lugar ignorado. Y en su último estertor, fijando su mirada en las cajitas, fue cuando se dio cuenta de que estaban saltando todos los precintos mostrándose abiertas como si fueran cascaras de huevos de perdiz, desparramadas por los estantes. Y en el interior de sus cajitas de caña, de sándalo, de plata y de cristal, todas vacías ya, nada quedaba en ellas; sólo el dulzor de una penumbra que languidecía dentro de él.
(“Ni siquiera cera” es un relato que ha participado en el 36º Proyecto Anthology. Tema: La muerte)
24 septiembre 2008
RUEDAS DE MOLINO
Nunca comulgues con el pan ázimo amasado con las ruedas de molino de lo políticamente correcto –oí decir muchas veces- porque ausente el chasquido de la absolución, los caminos hacía el mar del despropósito no tiene vuelta atrás, pese que algunos prefieran un paseo en barca a través de unas aguas pestilentes, cuyo aroma sus pituitarias presumen ignorar.Son muchos los que genuflexos y ufanos acceden sobre una alfombra aborregada al cojín de los conversos, donde doblegan su cerviz llena de orgullo, perfumada de una humildad efímera cuyos vapores se diluyen por el botafumeiro de la vanidad; mientras alzan el cuello, mientras cierran sus ojos.
Nos dice uno de estos días desde la tele el “creyente” portavoz del PSOE Sr. Alonso, D. José Antonio, que ETA nunca conseguirá sus propósitos. Frase que queda muy bien tantas veces repetida desde su púlpito oficial, perorata en la que muchos creen y en ella confían, como somos muchos los que esperamos sea pronto una realidad. Mas lo cierto es todo lo contrario: la realidad es que ETA cumple su objetivo de matar y lo satisface tantas veces como quiere. O sea, que eso de que nunca conseguirá su propósito tiene un matiz, como poco, algo discutible.
Son tantas las veces que hemos oído la misma canción desde uno y otro bando –los que se alternan en el poder- que más nos suena a un pop estrafalario de música estridente que rechina y daña nuestros oídos, castigados por una batería de coches bomba, cuyo número de víctimas va en aumento.
La humildad en el reconocimiento a un penoso fracaso enfrentada a lo mezquino de lo políticamente correcto es una ecuación llena de incógnitas que quienes nos gobiernan no se atreven a despejar, ya por muchos años: los que van desde el primer día en que hiciera acto de presencia el terrorismo etarra en nuestras calles. Su resultado: el humo que nos envuelve cargado de metralla venteado por quienes utilizan el pasamontañas para ocultar su miseria humana. La que es capaz de anular en ellos todo discernimiento vencida la fecha de caducidad de su más pútrida mente. Los mismos que también son aplaudidos por personas cuyo único gen racial es el de la maldad; alimentados también, directa o indirectamente, por quienes desde un primer momento vieron en sus mentes mezquinas la posibilidad de sacarles renta justificando que eran víctimas de un escenario de bambalinas por ellos mismos montado, contrario a la realidad de pueblo deseoso de vivir en paz. Así pues, la falta de humildad en el convencimiento de un fracaso sólo nos lleva a que el humo siga latente un año tras otro año. Los que ya son demasiados y sin ver claro el final.
A la obligación moral de endurecer las penas hacen oídos sordos quienes seguramente el estruendo de las bombas ha roto sus tímpanos y no escuchan, pese al reto constitucional que les obliga a cumplir con un compromiso al que por lo visto son reacios.
Las penas al criminal impenitente dictadas por los tribunales de justicia no deben pasar por el tamiz desvergonzado que las reduzca a su más mínima expresión conducido por las manos de quienes a ellos también pertenecen.
Permitir mensajes embadurnados de xenofobia vecinal a la juventud vasca es un delito de lesa majestad en la persona de quien si la cara es el espejo del alma, en él, Dios, hizo su obra maestra con sus cejas de avieso diablo.
La cadena perpetua para seres vivos transformados en bestias es una obligación a la que todo buen nacido no puede sustraerse, pese la etiqueta de “hombre de paz” puesta a manos con los imperdibles de la desvergüenza, propio de cualquier sastre convencional dispuesto al vilipendio de las víctimas y al beneficio de los verdugos: los primeros son el pasado, los segundos el futuro, nos dijo un henchido Zapatero.
Los del futuro, los que tantas veces han sido protegidos y que como seres infames que son, se han vuelto contra los que antaño engordaron sus miserias haciendo posible en nuestros días el actual “estado de excepción”, al que se ve sometido todo hombre de paz nacido en tierras de España solidario con el que ciertamente se vive en las tres provincias vascas, del que se ven libres los verdugos.
Los que están dispuestos al coche bomba, que, protegidos por una parte de su sociedad cegada por el odio, tratan de soliviantar cualquier tipo de convivencia en ésta, nuestra tierra.
Pero las ruedas del molino siguen su camino, los minutos de silencio proliferan y el reclinatorio oficial permanece abierto, al que acuden los conversos, ausentes de cualquier tipo de confesión.
20 septiembre 2008
LOS VIVEROS, LOS JARDINES DEL REAL
17 septiembre 2008
PARA SIEMPRE
Jamás había visto un ave parecida, lo que le sorprendió. Había dejado Maracaibo donde hicieron escala para proveerse de ron y algún que otro marino. De ellos estaba necesitado tras haber sufrido un motín a cuyos instigadores penaron sabiendo del fondo del mar al que llegaron con un ancla sujeta al cuello. El Capitán quiso dar un vistazo al navío interesado sobre todo por conocer no sólo la bravura de la nueva leva, sino del perfil de sus miradas, de lo que se escondía en el interior de sus ojos.
Reclutados por su segundo de a bordo, se nutrían de huérfanos de oficio, de jovenzuelos que añoraban gloria, de patanes y de huidos de la justicia. De esta tarea se encargaba su leal marino a quien le debía la vida por dos veces. Sucedió cuando cubriéndole con su cuerpo en los momentos de un abordaje quedó falto de una mano y con la huella de un cruel sablazo en su cara, señales inequívocas del arrojo incondicional que atesoraba el fiel y ya más que amigo hacia su viejo Capitán, agradecido como estaba cuando de niño le salvó de la miseria llevándoselo consigo surcando los mares.
Cuando el Capitán se encaminó hacia la bodega le llamó la atención tras un vacío tonel y rollos de cuerdas amontonados junto al timón, la presencia de un muchacho que al verse observado contrajo sus escasas carnes escondiéndose aún más en el barril, en el que tras arrugar el entrecejo de su cara sucia, desconfiada y plena de temores se ocultó por completo. Igual no alcanzaba la edad de los trece años, pero su desaliño y su famélico aspecto hacían de él la apariencia de ser algo mayor. De ojos vivos fruto del hambre, llegó a verle sentado sobre el culo de un pozal, éste vuelto al revés sobre el suelo húmedo producto del vertido pestilente que lo guardaba. Entre sus pies descalzos hormigueaban restos de unas migajas de pan, las que alertaron al Capitán del apetito atrasado que debía acuciar al estomago de aquel joven escaso de carnes pero abundante de inmundicias.
Escudriñó en él su mirada y para sacarlo de su refugió tiró de una de sus orejas con una acción no exenta de cierto melindre, caminando juntos al camarote. Lo metió en su bañera, le ofreció su mesa, guarnecida con un buen un guiso de pescado, un trozo de carne seca y un vaso de ron para que se repusieran las fuerzas de quien iba a convertirse a partir de aquel instante en su ordenanza más directo.
Pasado el mediodía y a muy pocas millas de Haití cuando una fuerte tempestad hizo temblar las cuadernas de la nave. Los crujidos de las jarcias incapaces de soportar su fuerza salvaje desarbolaron su velamen quedando a merced de las olas, más del peligro oculto de los arrecifes a los que se aproximaban.
Furiosas lenguas de agua fustigaban su quilla que oculta por las olas era un juguete en manos de un mar embravecido. ¡Sálvese quien pueda!, gritó el Capitán cuando tan solo era él quien quedaba en su puesto observando cómo las fauces del mar engullían a toda la tripulación en medio de un remolino que creciente, circundaba en torno a él.
Calmáronse los vientos y sobre una sábana de plata una flecha incandescente pespunteada de estrellitas doradas marcaba el punto lejano por donde se escondía un disco de sangre, ennoblecido de luto: el del silencio, ajeno, sin embargo, en aquel instante a todo lo que significara algo de valor.
Sólo un barril de pólvora navegaba por las ahora tranquilas aguas conducido en su grupa por un fiel marino, de cuya garganta sólo se escuchaba: ¡capitán! ¡Capitán!... y el eco de su fidelidad: los fuertes vestigios de la lealtad, triunfantes siempre sobre el empuje vigoroso de cualquier tipo de tempestad.
11 septiembre 2008
JUGAR CON FUEGO
Es nuestro don más preciado, la vida, el que nos han regalado sin habernos puesto en ninguna lista de espera ni librado instancia alguna de solicitud. Llegó a nosotros sin necesidad de franqueo, ni timbre alguno de petición, cuando solo éramos un proyecto en ciernes en el que no teníamos ni voz ni voto. En cambio, cuando somos dueños de ella, luchamos por los más ambiciosos deseos, pero sin alcanzar el mejor de los puertos: el de lograr que se cumplan en su más sentida plenitud.Por sus peligros, vale la pena el intento de saber de sus atajos, los que tanto abundarán allá por donde nos movamos. Pero no para perecer por ellos, echando por la borda nuestro más preciado don: el regalo de la vida.
Desaparecida en nuestro horizonte más cercano la mortalidad infantil, y siendo nuestras vidas más largas cuyos umbrales a la tercera edad son cada vez más lejanos, disponernos a hacer más fructíferos nuestros días es el mejor obsequio que podemos ofrecer a quienes nos la dieron.
Agosto, el mes del calor, el mes estival, el mes por excelencia de las fiestas paganas y religiosas, cubre su hoja de almanaque con fiestas patronales por doquier. En sus semanas grandes, son cada vez más variadas las formas de celebrarlas recurriendo a todo tipo de festejos, aunque con mayor o peor fortuna. En sus programas de fiestas, no falta el acto bizarro en el que mostrar la pericia, el valor, la hombría en suma, es el que ocupa incluso el lugar prominente, pese a que suponga lanzar un reto mortal a nuestro don más preciado.
Las más de las veces, cuando en plena juventud, son pocos los años los que hemos transcurrido por unos senderos que hasta ese momento nos han ofrecido lo mejor de sus caras, pero sin haberles exprimido el más sabroso de sus jugos.
Morir en un momento festivo por culpa de un acto bizarro es como en cualquier otro instante que ponemos en peligro nuestras vidas lanzados al falso estímulo de las drogas, fuente de la esclavitud, al éxtasis de la velocidad, falta de raciocinio, o al logro de una hazaña próxima a la gloria, pero rozando los circuitos incandescentes de la muerte.
Poner en peligro nuestro don preciado, consciente o sin pensar ello, es el peaje a que nos lleva la vida actual, en la que el ser humano no es más que una marioneta obligada a transitar por la autopista de la vida, acelerados ora por la vanidad, ora por el falso orgullo, ora por el mezquino premio de la gloria, pero ausentes siempre de la red de la prudencia, el mejor seguro garante de una larga vida en la que aprender a disfrutar de la fantasía de los muchos años que nos quedan por delante. Lo que es una obligación con la que corresponder a quienes nos ofrecieron el mejor de los regalos. Y sin carta alguna en la que lo pidiéramos.
05 septiembre 2008
LA MINISTRA DE IGUALDAD
Dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí, dice el axioma, que por lo visto no tiene en cuenta el mundo emperifollado en el que nos encontramos donde el afán de distingo por un mejor status, sacia el telón de nuestra vanidad.Para poner orden a tanto despropósito hasta tenemos un Ministerio de Igualdad, cuyo norte y guía es el de cuidar -con el celo y buen cuidado propio de una mujer que es quien lo rige- que en la casa nuestra seamos cada vez más iguales, sobre todo en nuestros derechos, encaminado a lograr un estado del bienestar próximo a un mundo feliz, y atento siempre a que en los dos lados de la ecuación sus incógnitas sean cada vez más semejas.
Sin embargo, cual panfleto publicitario convertido en el almíbar que trata de endulzarnos la sangre y ajena al peligro que el mismo entraña, desde el Ministerio de Igualdad, su ministra Bibiana Aído, con nombre de actriz de comedia, nos lanza la idea de un nuevo proyecto de “ley del aborto”, auspiciado fundamentalmente, en que no pueden haber diferencias entre unas autonomías y otras. ¡Acabáramos! ¿Tan necesarias alforjas para este viaje?
¿Desde cuándo se ha planteado que todas las autonomías sean iguales en derechos? El engendro en el constitucional de 1978 de unas inexistentes comunidades históricas con más derechos que las otras -invento que hasta ha llegado a convencer de su veracidad a quienes lo parieron, ufanos entonces de que el aborto era un crimen- se ha venido utilizando por unos y por otros como mercancía de cambio y fines de gobierno –por no hablar de lodos de sangre- a cuya desvergüenza, la mayoría silenciosa asiste tan atónita como ya acostumbrada, y con el único remedio de seguir muda en sus silencios.
Dicen los necesitados del engendro, que las autonomías que más producen y que por ello son las que más entregan al erario público, son los que más tienen que recibir, silenciando, que su privilegiada situación es fruto del mejor trato que siempre recibieron de todos los gobiernos de turno, en perjuicio de otras regiones olvidadas y de cuya falta de servicios aún quieren más distanciarse los favorecidos de siempre, los del engendro constitucional.
Igualdad, que junto a la fraternidad y la solidaridad son palabrejas castellanas en las que los traductores de euskera y catalán se atascan, atrofiados por una mezquindad que según Zapatero es inexistente.
Bibiana Aído pues, lo tiene crudo. Y ella, tan guapa, aparece ante las cámaras para decirnos que con la nueva “ley del aborto” seremos todos más iguales, los unos a los otros.
Quizá, la ministra, piense que nuestro bienestar irá en aumento, solucionando un asunto que por lo visto y según sus datos, igual ocupa una de las primeras urgencias del sufrido pueblo español, y que superado, la fiel de la balanza dejará de inclinarse hacía alguno de sus lados. Donde podamos todos bañarnos en un mar tranquilo y apacible.
Algo no encaja. Más parece otra de las formas que nos tiene acostumbrado nuestro Presidente de Gobierno tan aficionado a tensionarnos, mientras en su constante cirugía por los entresijos de la Moncloa procura no se le note la crecida de su nariz, amparada bajo unas cejas de aspecto circunflejo de cuya semejanza satánica Dios coja confesados a sus creyentes, o protegidos de un buen riñón a quienes su condición agnóstica se lo impide.









