Si das una vueltecita por mi Blog, espero sea de tu agrado.

08 marzo 2009

PALS, PERATELLADA Y EL MEDIOEVO

Día 2
En nuestro segundo día de estancia, optamos por visitar Pals y Peratallada, dos pueblos muy cercanos en la distancia, pero lejanos en el tiempo: dos auténticos lujos medievales y de cuidada restauración con varios miradores, en especial el primero, situados en sus revueltas, desde los que se divisa el esplendor del Bajo Ampurdán, en el que los arrozales esperan el momento de la siembra y el verde en sus campos, pese al plomizo cielo que lo cubría no impedía contemplarlo en toda su belleza, agradable más aún, por el agradecido perfume embriagador que desprenden los campos impregnados de lluvia, como era el caso de la del día anterior, dejando sobre la verde alfombra tan bucólica aroma.

Pals es un bello lugar de inspiraciones góticas en el que destaca su conjunto. El de la deliciosa Plaza Mayor y su arco de entrada, su Iglesia de Sant Pere, mezcla de románico, gótico y barroco, y su Torre del Homenaje junto a los restos de un castillo magníficamente incorporados a una casa familiar. Igualmente son de admirar parte de su muralla, la Casa Pruna y todo el recorrido por el casco urbano perdiéndose en sus calles. Al igual que Peratallada, pueblo cercano, lleno de bellos rincones, con su zona de arcos y pasadizos que nos trasladan al Medioevo.

Comimos en Tamariu, un pequeño pueblecito estival junto a la playa, escaso de gente, y donde dimos con un pequeño restaurante cuya oferta de un arroz marinero aceptamos con agrado, próximos al mar, donde una lengua de agua cristalina penetra en la dorada arena y se recrea en pequeña playa. Luego, tarde de descanso en el Parador, apacible y tranquilo, esperando la llegada del día siguiente con la tarea de grata lectura.

El PARADOR DE AIGUABLAVA Y SU ENTORNO MEDIEVAL

1 de Marzo.
Nuestro primer día en la zona de Aiguablava se limitó a la llegada al Parador enclavado en un abrupto y bello paraje rodeado de agua azul que hace honor a su nombre, al que se llega a través de un recorrido tan sinuoso como escondido. Decidimos gozar del espléndido mirador de su comedor y aprovechar la tarde del domingo para descansar en sus instalaciones con el relajo de la lectura, momentos después al de una larga y reparadora siesta. Las clásicas fotos en rededor, donde las gaviotas abundan quietas y tranquilas, disfrutando de su propia casa, dan ocasión para cualquier encuadre en tan bello paraje, donde la blanca y elegante palmípeda de pico rojizo, muestra su gracia y elegancia como si de una pieza de cerámica se tratase, dando con su presencia al toque de gracia a cualquiera de las fotos. Fotografías que por culpa de un cielo ceniciento generoso de chapuzones, no era el de nuestra llegada el día más adecuado para el recuerdo, pero allí estaban las gaviotas espléndidas en su contribución a la ocasión de las fotos en los alrededores del Parador de Aiguablava, tentación, por otra parte, difícil de resistir.

03 marzo 2009

RÚBRICAS DE IDENTIDAD

Cuando Joaquín Sorolla descansaba su inquietud, sentado sobre el catre anclado en su playa de la Malvarrosa, sólo era la luz irradiada en lontananza lo que excitaba su ánimo.

Sus ojos, ventanales abiertos, daban vía libre a la exigencia de su corazón, pues no era su mirada la que gozaba entonces en el deleite ante él ofrecido. De sus manos, sus dedos, no eran más que la prolongación última de un sentimiento en él anidado.

Ellos, proyectados a lo largo de un modesto pincel restregado sobre el multicolor de su paleta, exploraban y descubrían en un revoltijo de colores los matices claros y llenos de luz que veía desde su interior; eran entonces sus dedos los encargados de trasladar al lienzo todo el brillo de su alma, dejando para la posteridad los más bellos testimonios. Vislumbres estos, que no nacían de la milenaria luz de su mediterráneo, sino de la sensibilidad innata que le albergaba desde el día que nació.

Sin embargo, en los antípodas de Sorolla y en lo más hondo de la degradación humana, la oscuridad y el esbozo de la cobardía del salvaje de turno, da ocasión a que el vandalismo y la bazofia, nacidos en las entrañas de la ruindad se manifiesten a diario por la ciudad. Para ello, le basta con un espray proyectado desde los tentáculos de su demencia, ajeno a una paleta dónde explorar el vaho de su pestilencia; porque lo que sale del interior al bárbaro, es la huella de la bestia a la busca de un lugar donde dejar su rúbrica, a la que orgulloso de su obra se dedica insaciable.

Nada de luz, ni de brillos, ni de claridad de ideas. Los destellos de Sorolla hieren a sus ojos, y el vándalo, en la negrura de la noche, se encuentra consigo mismo en el catre de su tumba.

28 febrero 2009

TEATRO-CINE PRINCESA

Me dice un buen amigo -entendido él del mundo del cine, afición de la que ha hecho su profesión y que además de director es creador de otras múltiples facetas- que “las palomitas y la coca cola” terminaron con el buen cine.

Y de seguro que está en lo cierto, porque a la magia del blanco y negro, en la que de las sombras surgía el resplandor de una diosa turbadora o la mirada atrevida de un galán, conducidos por las manos de geniales directores, alguno de ellos encumbrados a la gloria de dioses por sus seguidores más creyentes, tuvo su continuidad el tecnicolor, el que daba brillo de estrellas a las más excelsas figuras del mundo del celuloide.

Quizá fuera esa la linde que anunciara el declive del cine bueno, a corto o largo plazo: algo así como una muerte anunciada, cuyos primeros síntomas fueron el cinemascope y la tercera dimensión – ésta más bien un puro nonato- como avanzadillas de una tecnología que más tarde iba a inundar la pantalla, y en la que en las grandes producciones, las tecnología virtual y el photosop, iban a dar una patada a la cámara atenta al guiño de un ojo provocador, a la boca chulesca credencial de orgullos y traiciones, al estudio con sudores de alcoba, o a la historia simple, rural o urbana, pero al mismo tiempo llena de intrigas, o de triángulos amorosos que encandilaban al espectador.

La antaño magia del cine, limpia como las manos arremangadas de quien con las cartas logra lo inexplicable, ha dado paso una tecnología a la que el cine se ha rendido a sus pies; mientras que desde la platea el asombro desaparece en los ojos de quienes ven en la electrónica el derrumbe del neón, el que sinuoso, anunciaba a la diva y al galán, en un mundo de claro oscuros que daba paso a una cinta genial.

La auténtica magia del cine pasó pues a mejor vida, como aquellas grandes salas de estreno o de sesión continua que marcaron una época irrepetible y que por unas u otras han causas han ido desapareciendo de nuestras vidas, sustituidas aquellas por las multisalas de palomitas y coca cola, donde se proyectan películas que raras veces pasan de una semana en cartel, que salvo contadas excepciones, son llamadas al olvido. Nada que ver con aquellos, entonces llamados films, que semana tras semana llenaban las salas, y cuyo recuerdo aún perdura en el amante del buen cine.

Ese cine que se fue, como también desaparecieron sus numerosas salas en la ciudad, más de cincuenta entre las de estreno y de sesión continua, esparcidas por nuestros barrios de las que apenas queda nada.

El Teatro y Cine Princesa, uno de los más antiguos de Valencia, ha sido pasto de las llamas después de años de olvido, el último retazo de una época de esplendor en nuestra ciudad a la que nos hemos visto obligados a renunciar y de la que ya sólo quedan pequeñas muestras que nos sirven de recuerdo.

Teatro-Cine de barriada histórica que ha sucumbido tras más de ciento cincuenta años de vida, en los que sus últimos veinte de Alzheimer le ha llevado a desparecer.

Tiene razón mi amigo en su diagnóstico: las palomitas y la coca-cola se lo han llevado todo por delante; y para mayor desgracia ahora, servidas a granel.

21 febrero 2009

FRANCISCO CAMPS, EL HONORABLE PRESIDENTE

Alguien y con intereses bastante claros, ha filtrado a El País, publicación diaria que gozosa recoge la noticia a la que la información veraz le importa un bledo, que Isabel Jordán declaró ante el “Juez” Baltasar Garzón que había pagado una factura en concepto de trajes para Francisco Camps, el Honorable Presidente de la Generalitat Valenciana, a la tienda comercial Milano de la ciudad de Valencia, declaración que por lo visto, posteriormente, ha dicho la citada dama, que no era cierta su acusación.

Cualquier valenciano sabe que el traje más caro que suministra la citada tienda alcanza el valor de los trescientos euros, por lo que si las cuentas no me fallan los trajes que han vestido el cuerpo del Presidente de la Generalitat llegan a alcanzar el centenar de tan lujosa prenda. No creo en la reencarnación, pero si así fuera, al menos, Francisco Camps, tiene su armario lleno para tres vidas, o quizá alguna más. Pues nadie ha denunciado que en la mencionada factura figurasen además, joyas, brillantes, y algún juguete electrónico de última generación.

Pero de lo que aquí se trata es de ensuciar el nombre de una persona honrada a la que hay que derrotar, bien sea a través de los muertos de un accidente del metro, o recurriendo a las mentiras con la intención de hacerle daño.

Ya las moscas están contentas, pues allí a donde acuden en busca de la mierda, alguien se la ha dispuesto, sea hecha a mano, adulterada, o producida desde sus propias miserias.

Ya tienen los moscones de qué hablar, felices y contentos, y el entramado mediático fiel al pacto del Tinell, sigue su andadura celestial, mientras las moscas contentas y satisfechas degustan su diaria ración: la suministrada sin decoro por el BOE del PSOE, gracias a la corrupta actuación de la Justicia española en sus horas más deleznables.

El espray de mierda de laboratorio esparce su esencia y las moscas asisten felices y gozosas y risueñas a sus horas de triunfo.

17 febrero 2009

CON PREMEDITACIÓN Y ALEVOSÍA

Sucedió de repente, como suelen ocurrir estas cosas en el momento menos pensado. Cuando en mi confianza, colgado en el vacío y lleno de estupor, mi mente quedó absorta y mis nervios punzantes salían al exterior. Y todo ello, a pesar del convencimiento de mis propios recursos en los que me había confiado sintiéndome seguro. Corresponde a uno de esos instantes de la vida en los que la importancia de la decima de un segundo, pese a la indiferencia que le mostramos siempre, es en ocasiones el punto de caída hacia un profundo pozo, camino a una situación desesperada en la que buscas un saliente al que agarrarte, como pudiera ser la del arbusto nacido en la roca que una vez preso a tus manos te da socorro. Y es cuando puedes alzar la mirada al cielo, peñascos arriba, hasta dar con la ruta de tu salvación.

Pero nada de esto me sucedió y no supe evitarlo. En mí desplome, cada vez eran más escasas mis tablas de salvación, y una velocidad de vértigo desmanteló aún más mi ánimo, por lo que temí lo peor: mi desahucio absoluto, tal era lo que representaba mi vida entera, al menos en los últimos años.

En la caída, una amalgama de flases indescifrables enrojeció mis ojos, y en mi garganta, cada vez más tensa y seca, sentí el sofoco de la angustia cuyos reflejos golpeaban con fuerza mi pecho, mientras se encogía mi cuerpo y mis piernas se movían trepidantes: no sé si temblorosas por el espanto, o presas de los nervios.

Estallando de ansiedad y hacia la sima de aquel pozo, todo me era desconocido y mi esperanza de auxilio se agotaba, tal era la negrura que me acosaba.

En mi derrumbe, sólo pensaba en los días venideros, y ya no los veía como días claros. Más bien como de noches oscuras, sin estrellas, sin caminos por donde soñar buscando anhelos: con mi aliento humedecido por las nauseas de la opresión.

Cuando me estrellé en lo más hondo del pozo, rendido a mi abandono, no fue lo que me recibió un lecho de hediondo cieno que aumentara mi angustia, ni un tálamo de hojarasca lóbrega y mullida que al dulcificar la caída evitara mi muerte al menos. Nada de eso. Era aquello la guarida en la que se alojaba una araña troyana de brazos pringosos, oculta bajo una panoplia de cuatro campos: rojo, verde, amarillo y azul con su anuncio de engaños: AV-360, que por lo averiguado en estos días, está causando estragos en el espacio virtual que trata de alumbrarnos, pero cuyo haz es el de los engaños.

(“Con premeditación y alevosía” es un relato que ha participado en el 42º Proyecto Anthology. Tema: ANGUSTIA)

13 febrero 2009

BALTASAR GARZÓN Y LA CACERÍA EN JAÉN

De haber tenido un largo bigote seguro que se hubiese relamido en su gozo jugueteando con sus erizados pelos mientras compartía mesa con grata compañía, como era la del entrañable Bermejo, al que le recordaba su mano guitarrera de otros tiempos, aquellos de pantalón campana, patillas serranas y bizarro gesto. Garzón, el brazo implacable de la Ley, que no gasta bigotes largos, de esos abiertos a los lados tan asequibles para el grato relajo, pensaba no obstante en ellos. Algo le rondaba en su mente.

Tal acto reflejo, no podía ser, por causa obvia, semejante al de la parturienta ansiosa que llegado al transcendental momento se le ocurre el más insospechado anhelo; pero sí: algo le rondaba por su cabeza acercándole al éxtasis.

Quizá la razón fuese por un pretendido cambio de look, o tal vez, lo más probable, por algún extraño complejo en el que esconderse, pues todo es posible cuando se es juez estrella. Aquellos bigotes los tenía fijos en su mente durante los últimos días, lo que le llevó al firme convencimiento de que bajo su atractiva y respingona nariz, igual podría lucir tan largo mostacho, de cuya utilidad podría servirse como vigía del mayor decoro en el mundo empresarial; máxime, cuando de quien le venía la idea era del hidalgo bigote usado por un amigo de quienes, inasequible al desaliento, el guaperas de Baltasar mantiene fijada su atención en los últimos años. Con tales antenas, su éxito en la redada estaba asegurado. Aquellos bigotes enturbiaron su mente. En ello pensaba Baltasar.

Y cerca de ellos y a la espera de órdenes, Juanito González, un policía judicial, jefecillo él, aficionado a las monterías que tanto le encantaban. Sobre todo las de las buenas piezas que en esta ocasión le habían anunciado iban a cazar. Juanito había llegado a la mesa con su cartera llena de papeles, la propia de un mandado dispuesto al curro.

Bermejo sonreía. Baltasar se inflaba de gozo, y Juanito, con cara de circunspecto, sólo pensaba en la foto postrera con su pierna sobre la cabeza de un ciervo asegurando el equilibrio y con su mano siniestra anclada a la cornamenta de cuya pose soñaba presumir.

-¡Nada menos que de cacería, Baltasar! ¡Qué bien lo vamos a pasar! – le comentó entusiasmado el Ministro pensando en las piezas acorraladas, al tiempo que acariciaba su barba rala gozando del placer del trabajo bien hecho: cuyo fruto presumía cercano.

-Si es que no paras- le repitió de nuevo Bermejo entusiasmado por la jornada de caza que les esperaba en aquellos parajes. Los de Jaén, los de los ricos olivares, a pie de abruptas sierras de caza, ricas de ciervos, de corzos y de venados corriendo por los riscos en torno del Parador de El Adelantado, antaño famoso lugar por las también celebres cacerías que allí se montaban y cuyo mejor trofeo era entonces el de las prebendas. Nada que ver con las actuales, que por la sana afición a la caza han llegado hasta nuestros días con el único fin de cobrar buenas piezas y presumir, en su caso, de eficaz puntería.

-¡Coño Juanito- le dijo Baltasar que aún lucía su mejor peinado moldeado con mimo, en el que se reflejaba el haz de una lámpara pincelando un halo majestuoso propio de un Grande de España, y al que sólo le faltaba un erecto mostacho cuyos efluvios ocultos flotaban en el ambiente.

-¡Coño Juanito! A santo de qué tantos papeles en esa cartera. Es que no te enteras. Aquí estamos de cacería; nada de papeles.

Bermejo, veterano de mil batallas, se había traído su guitarra rockera para animar la jornada, para la que tenía preparado su mejor repertorio que pensaba ofrecer a los presentes. Allí estaba también la Fiscal de la Audiencia Nacional dispuesta al dueto, que en plácida velada compartieron todos juntos, ávidos de caza y dispuestos al mejor de los trofeos.

-¡Qué guapa estás Dolores! ¿No te habrás traído también papeles como ha hecho Juanito- le manifestó el juez estrella más atento al foco que alumbraba la provisional tarima, puesta al efecto para que el Bermejo y la Dolores entonaran un rock.

Dolores frunció el ceño y se fue a un rincón, cariacontecida, porque en su celo profesional no entendía nada. No tenía nada claro cuál era su función allí, salvo la de hacer la pelota al jefe que eso sí lo tenía claro. Su única duda estaba en la “división de poderes”, al menos últimamente; y dándole vueltas a la ruleta, que si Bermejo, que si Baltasar, optó por hacérsela a los dos. Después de entonar un dúo subió a su habitación, tras lograr unos ligeros aplausos motivados por decoro.

¡Qué gran jornada de caza la de aquel día después! ¡Cuánto disfrute! ¡Qué gozo! ¡Qué bien se lo pasaron todos, especialmente ambos!

Los monteros, los jornaleros y la servidumbre en paro hasta entonces y sufriendo la crisis ya no pensaban en ella, al menos en esos días atareados en la cacería a la que asistían complacidos.

La foto última, la de una rica alfombra de animales muertos con hilillos de sangre en sus bocas, con el aguerrido porte de Baltasar, rifle en mano, el Bermejo rodeado de un bosque de cornamentas destinadas a lucir las más lujosas panoplias, y el Juanito y la Dolores buscando plano, justificaba a todos la asistencia a tan grata jornada alejados del trabajo diario olvidado por la cacería.

Al menos eso le dijo Baltasar a Juanito ante la perpleja Dolores, que en su disimulo, asistía encantada a la finca andaluza en la que tras fraternal abrazo "el rockero" y "el estrella" se hicieron un guiño; eso sí: circunflejo.

12 febrero 2009

ELUANA ENGLARO

El padre de Eluana Englaro no es un asesino como pregonan algunas voces, huecas de piedad, con la única intención de hacer daño. Pues más dolor y más fuerte del que sufre quién ha tomado la firme decisión de dar punto y final a la vida de su hija, seguro que no la encontraremos en el páramo mísero habitado por quienes le acusan de tal delito.

Nada más lejos que manifestar mi favor o mi contra a la eutanasia llena de dudas mi mente, aunque sí mi convencimiento de que el valor más preciado del ser humano, el de la vida, es patrimonio de su dueño y sólo a él le pertenece el derecho de marcar su camino, independientemente de que éste le lleve a mejor o peor puerto, sea o no acertada su decisión, cuyo juicio a los demás no nos corresponde.

La utilización de los muertos, práctica tan seguida en los últimos años con el propósito de la renta electoral dividiendo a la opinión pública, práctica diestramente dirigida por un conglomerado mediático que actúa con el único fin de eliminar la capacidad de discernir diseñando las consignas en cada momento y según mejor convengan, cobra actualidad en las calles italianas en las que una línea clara y sin matiz alguno ha dividido a la opinión pública en dos bandos, como suele suceder hartas veces.

Se podrá o no estar de acuerdo en la decisión de un padre angustiado ante un problema cuya solución seguro no le ha gustado, pero tratarle de asesino viéndose empujado quien las hace por ondas interesadas que como tantas veces hemos visto juegan con la voluntad de los doctrinalmente entregados y deseosos de la soflama, sólo se corresponde con la miserable actitud, tanto de quienes incitan desde los medios al procaz insulto, como a los que en su mezquina actitud se prestan a tan deleznable juego.


02 febrero 2009

LOS GOYA DE LA ACADEMIA DEL CINE ESPAÑOL

Impresionante la noche engalanada del cine español en un escenario de inmensos y uniformados escalones rojos por los que ha desfilado la flor y nata de la industria cinematográfica –al menos la más significada de los últimos años- que es la que trata de entretenernos, especialmente, a los aficionados a la pantalla grande: ese rectángulo blanco lleno de magia y encanto y con su cuota de esplendor. Pero gracias al dinero de los contribuyentes que alimenta la alfombra por la que pasean sus progres actores, acreditados no por su VISA ORO al alcance de muchos, sino por la de PLATINO, que lo está para unos pocos.

Nada menos que los Premios Goya, la recompensa más importante de nuestro cine para los que se dedican al llamado séptimo arte de cuyo trabajo y dedicación nos gustaría gozar a los que asistimos a la platea tantas veces vacías, cuando de un producto español se trata.

Más de tres horas de reparto de premios y uno tras otro. A su logro, competían películas de muy diferente trama, a las que debe suponérseles la calidad necesaria para optar a la estatuilla del genial pintor aragonés: el que mejor supo llevar al lienzo las miserias de sus personajes de moda para conocimiento de todos.

El glamur de siempre, las caras de siempre y el sectarismo de siempre. Nada nuevo sobre el escalonado rojo de un escenario dispuesto para el panfleto publicitario agradecido por la subvención. Nada pues de competir por la taquilla, que es lo que se supone debía ser su mayor dedicación.

Y para tan singular lucha, una producción cinematográfica cuya mayoría de sus películas no se proyectará en las pantallas de los cines españoles, y de cuya existencia nunca sabremos. De ellas, sobre una docena –de las que algunas son desconocidas para el sencillo espectador- han sido las nominadas al Goya, y que salvo las triunfadoras, nos sobran los dedos de una mano para indicar las que han estado o estarán en taquilla más de siete días: condenadas al olvido.

Mejor pues hubiera sido la entrega del Goya al actor más disciplinado, el Goya a la película más doctrinaria, el Goya al más lindo maquillaje de engaños, el Goya al atrezo de la pancarta, el Goya a la mejor producción de la “mentira histórica”, que con la vuelta a las de buenos y malos, aquellas de romanos y vaqueros, las de versión española, nos viene al recuerdo.

En fin, nada menos que la Academia del Cine Español, firme en su dedicación al más genuino sectarismo y puesta al servicio de la izquierda española. Dicen, y es verdad, que el cine es magia y la magia es engaño y el engaño es mentira.

¿Quién mejor pues, puede prestar su servicio a un Gobierno cuya bandera es la del engaño?

Francisco de Goya y Lucientes, seguro que sabría denunciar el lado más oscuro de tanto actor doblegado al pesebre del que se enriquecen; aunque eso sí: luciendo sus lustrosos estómagos agradecidos, del que ostentosamente presumen.

28 enero 2009

¿TENGO UNA PREGUNTA PARA VD?


“Yo pude equivocarme, pero no engañé”. Así se expresaba Zapatero en “Tengo una pregunta para Vd.” en el plató televisivo de la casa suya.

Así aseguraba quien había prometido a todos los españoles una paga de cuatrocientos euros para el mes de Junio en jornada electoral; sin embargo, cuando alguien de los presentes le reclamó que su cuantía no había llegado a todos, tuvo la desfachatez de aclararle que la paga sólo iba dirigida a quienes se les retiene el IRPF, es decir, no a los más necesitados y del que están exentos: los que le dieron sus votos confiados en la bondad de la paga prometida, cual maná deseado. Simple cuestión de Fe, quizá por aquello de las rogativas a Santa Bárbara en la antesala de los truenos, a pesar del estado laico en el que estamos.

Si la fe mueve montañas, los púlpitos de la Ser y Prisa, con sus adláteres, no sólo mueven voluntades –orfeón que lo fue gracias a la gentileza de José Mª Aznar en sus horas de Gobierno, ajeno a la cría de cuervos y sus aficiones- sino que las amasan y las cincelan; por lo que la Fe del pinganillo es un valor al alza. Valor de nuevo cuño al estilo de Educación para la Ciudadanía, una vez fracasado su anterior diseño de clase de “Ética” cuyo desastroso resultado está patente en los ámbitos de la sociedad en que vivimos.

“Pude equivocarme, pero no engañé”, dice Zapatero. Y tiene la desvergüenza de recordarnos esto en el programa de marras, diciéndonos que hace un año “todo el mundo hablaba de desaceleración” (sic). Olvida que él fue quien utilizó ese palabro. Mientras tanto, en aquellos momentos, todos sabíamos que la crisis era un hecho cierto, lejano a un escenario de Champions League que él de forma machacona nos mostraba.

Ni engañó, ni mintió. Es que sigue engañando y mintiendo, facetas que no puede eludir, convencido que como la fe es ciega, igual es sorda.

No, Zapatero de cara amplia y sonriente, no miente, no, sólo se equivoca. Es lo que él nos dice.

Es listo el Zapatero. Tampoco se equivocaba cuando echó la culpa del 11-M a la participación de la guerra de Irak, a pesar de no tener, ni presentar, una sola prueba que lo demostrase. Otra simple cuestión de Fe aventada en los pulpitos arriba citados, mientras acusaban al Gobierno de mantener su fijación en ETA: lo que no era más que su obligación, como lo fue detener a los culpables.

¿Tengo una pregunta para Vd. Sr Zapatero?

¿Le parece lícito la utilización de los muertos para estar en el poder, sean estos de un atentado terrorista, de un accidente de metro, o como en estos días en un mitin: utilizando los de Gaza para ganarse la voluntad de los ciudadanos implicando al Partido Popular? ¿O prefiere que todos seamos súbditos?

27 enero 2009

COMO EN LA MILI, EL VALOR SE LE SUPONE

Una madeja de dudas - como su alto peinado a la moda de arriba España envuelto sobre sus orejas por el efecto de la laca, de ovalado aspecto y recia solemnidad- le hizo acudir al confesionario catedralicio, en lugar de a su colegio del Altozano, perteneciente a la Obra, al que había abandonado hacia ya unos cuantos meses. Llegados a sus dieciocho años, Marta era ya una mujer, que aunque decidida ante la vida un cierto recato anidaba su alma, por lo que su madeja de dudas, cual urdimbre endiablada, daba freno a unos impulsos avivados en su ardiente interior, en ocasiones convulsos por un arrebato de amor.

-Ave María Purísima.

-Sin pecado concebida, ¿pero dime, hija, cuál es tu pecado? -Le preguntó el confesor tras la celosía, cuyo rostro sentía a un escaso palmo, después de haberle llamado la atención y sorpresa al verla por primera vez en su presencia. Marta lucía una esbelta figura ensalzada por un floreado vestido ceñido a sus curvas, tan sugestivas como encantadoras, del que surgían sus brazos desnudos, bien torneados, cubiertos por un pañuelo sujeto a su peinado cuya azulada seda caía sobre su espalda.

-Más de uno padre, más de uno.

-Dímelos todos, hija mía, uno a uno, a ver…

-Envidio a mi mejor amiga, padre, pues lleva cada día un vestido diferente que me hace sentir inferior.

-No es culpa tuya mujer, la sociedad de consumo nos lleva a ello. ¿Y cuáles más?

-En ocasiones, cuando estoy en casa de mis amigas me llevo algunas de sus cosas.

-¡Ah, el materialismo que nos domina! Tienes que vencer esa inclinación hija mía, pero… y qué más pecados tienes?

-Como soy algo envidiosilla, en ocasiones tengo deseos perversos sobre ellas.

-Procura corregir esa debilidad. ¿Algunos más?

-Miento, miento en ocasiones a mis padres, cuando quieren saber cosas de mi vida.

-Bueno…las mentiras, a veces sólo son mentirijillas sin importancia. Pero… ¿Tienes novio, hija mía?

-Sí padre, por eso les miento, cuando les digo que voy a dormir casa de una amiga, cuando lo real, es que voy a su encuentro.

-¿Duermes con tu novio siendo tan joven? hija mía- le preguntó de forma inmediata el cura que acercándose aún más a la celosía, vio en la confesión de la joven el néctar del pecado.

-Sí padre, algunos fines de semana.

-¿Cuéntame hija, cuéntame esos detalles?- siguió preguntándole, mientras que balanceando sus glúteos sobre el banco acercaba su cuerpo con la intención de sentirla más cerca.

-Nos besamos, Padre.

-¿Y qué más? Por qué imagino que haréis algo más ¿no te atreverás a desnudar parte de tu cuerpo, verdad?- apuntaba el cura mientras se excitaba inconsciente en su recóndito aposento.

-Hum… sí padre.

-¿Te lo pide él o… te gusta mostrárselo?

-Me gusta a mí, padre. Aunque él también me lo pide.

-¿Te desnudas lentamente?- le preguntó rendido a una lujuria que se le ofrecía por un tobogán irreprimible.

-Sí padre.

-Por lo que me dices, pienso que eres más decidida que él. ¿Te gusta tocarle?

-Sí padre.

-¿Y qué parte de su cuerpo recibe el deseo de tus manos?

-Todas, todas sus partes.

-¿Consumáis el acto sexual?- el padre bajó la cabeza sustentándola en la palma de su mano, secándola al mismo tiempo de un sudor tibio ligeramente pegajoso.

-Sí padre.

-¿Cuántas veces?

-Él es muy viril, y en algunas ocasiones hasta lo hacemos varias veces.

-Hija mía, no recuerdo haberte visto nunca ante mí, pero espero que a partir de ahora vengas con mayor frecuencia a confesar tus pecados. Pero… ¡Tienes que hacer acto de enmienda, hija mía! ¡Acerca más tu rostro al enrejado, quiero ver tus ojos arrepentidos!

-Es que él me gusta tanto, padre.

-La carne es débil, hija mía, y para limpiar tus pecados, debes confesarte con más frecuencia. ¿Te arrepientes de ellos?

-Padre…

-Bueno, lo entiendo ¿Cuándo os visteis por última vez?

-Hace dos días.

El confesor, absorto en su desenfreno iba a inquirirles nuevos detalles, pero se contuvo. En su corazón, más que latidos, lo que sentía eran los golpes de la tamborrada de Calanda, lo que le obligó a tomárselo con cierta calma en busca de sosiego.

-A ver… bueno… ¿Tú le quieres?

-Ahí tengo mis dudas, por eso vengo a confesarme; aunque me gusta mucho, creo que no le quiero del todo…mas no estoy segura de ello; por eso acudo a Vd.

-¿Volverás a él?

-Sí padre.

-Piensa hija mía, piensa en lo que haces. Y ven con mayor frecuencia a consultarme tus dudas en busca del perdón de tus pecados ¡La carne es tan débil! Y reza, reza ahora mismo un Padrenuestro muy próximo a mis oídos que quiero percibir más de cerca tu aliento y deseos de perdón.

-Ego te absolvo pecatus…

(“Como en la mili, el valor se le supone” es un relato que ha participado en el 41º Proyecto Anthology. Tema: Castidad)

16 enero 2009

LOS CECEOS, LA STRIPER Y EL PARO

La cara, que es el espejo del alma, sufre en estos días de puro frio oculta bajo el embozo de bufandas de largos flecos, por lo que no vemos las almas que se cruzan en nuestro camino. Queda pues, el recurso del ceceo, ese deje agudo y claro, que nos anuncia cuál es su lugar de origen. Es como un carnet de identidad, pero ajeno al control de Ministerio alguno, lo que nos da cierta libertad, o así debiera serlo.

Sin embargo, la voz inconfundible de la Ministra Álvarez, que por mucha bufanda que use está siempre en los fregados de la vida nacional, ha sido puesta en entredicho por Monserrat Nebreda, la diputada catalana que no escucha el tono de la suya, uno más de los sonsonetes que a lo largo de la variopinta España se escuchan por sus caminos. Es algo que nos enriquece: eso que llaman la diversidad: la pluralidad de la que gozamos, que como siempre ocurre en estos casos, siempre hay quienes son más ricos que otros. Diversidad en la que se encuentra nuestra riqueza, pese a que por sus senderos vamos hacia los cuatro millones de parados, lo que hace suponer que nuestros recursos serán más escasos.

En esta guerra de tonos y ceceos, hay momentos de tregua, como lo sucedido en la Cárcel de Picasent donde los reos han disfrutado de un striptease. Que si a algunos ha aliviado sus penas, arrepentidas sus culpas, a otros, por su deseo lascivo, su apetito se habrá avivado, por lo que a la reinserción del reo le han dado una jornada de descanso. No será este el caso de Daniela, la guapa y dulce stripper valenciana, que maquillada de leche condensada ha visto su caché aumentado, y gracias a ello la crisis vencida. Remedio que habrá que tener en cuenta.

Mientras tanto, los líderes sindicales de UGT y CCOO no ven motivos para enfrentarse a Zapatero, en quien confían, y al que agradecen el cierre del año con una inflación del 1,4%, por cuyo logro, nuestro poder adquisitivo queda asegurado.

¡Ver para creer!

La paga de enero por los incrementos del pasado año pasa a mejor vida ante el silencio sindical, y nuestra permanencia en la Champion Ligue es motivo de amor irreductible, de fe en el líder.

Eso que se ha dicho siempre y es de actualidad: encima de cornudos, apaleados.

13 enero 2009

¡AH, "ELS LLIURES PENSADORS"

Nada más y nada menos que la existencia de una Associació Valenciana d’Ateus i Lliurepensadors salta a la palestra, y en su euforia, se hace conocer por obra y gracia de una campaña publicitaria en la que sus asociados nos invitan a que fijemos nuestras miradas en los bus urbanos vía a la felicidad, al tiempo que nos incitan a despreocuparnos por la existencia de Dios, del que por lo visto deben tener malas noticias. Haciéndoles caso y una vez libres de la carga divina, el disfrute de la vida nos lo ofrecen garantizado.
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El merchandising éste, cual producto de baratillo, nos llega a la grupa de una corriente europea nacida en época no sólo de crisis económica, sino también y por lo visto de carácter intelectual. Fieles -y no libres- a la idea, los asociados valencianos se han sumado a la campaña con seguridad después de un debate de alto calado y pleno de reflexiones científicas, tal morcilla panfletaria.
Al hacerles caso y adquirido el producto, una vez liberados del látigo opresor, la seguridad de gozar de la vida nos resultará más fácil. Ahí es nada la oferta que nos brindan los intelectos valencianos, a cuya utilización de Dios recurren, al tiempo que nos sirve para saber de la presencia de tanto cretino.

Fue Voltaire quien dejó a la posteridad, “que de no existir un Dios, su creación era necesaria”; y por lo que vemos, cada vez es más cierta la predicción del gran ilustrado, cuyo mejor legado fue el del respeto al hombre y a su razón, al que ahora los indiferentes tratan de confundir.

Como si para pensar libremente fuera necesaria asociación alguna. O para ser ateo figurar en un registro con tufo de creencia doctrinaria que diera mayor consistencia a las ideas. Estamos en la moda de la credencial más estrafalaria, por cuya posesión, su titular se tumba a la bartola y contempla sobre su barriga el carnet de nuevo cuño, gozando de su admiración cual tarjeta de plástico alucinógena produciéndole mono.

Conseguida la “titulitis”, se ven en la obligación al reclutamiento, y nuevas campañas anticlericales brotan y pregonan su máximo punto de gloria, en la que el disfrute ante la vida no tiene ningún parangón. ¡Ah, el goce; ah, el disfrute!

Todo pues resultará muy fácil, sin que nos hubiéramos dado cuenta de ello: la felicidad “está al alcance de todos los españoles”, como tantas veces nos dijeron con musicales semejantes. Así pues, sólo nos hará falta fijarnos en las paradas del Bus, y allí, aborregados, sentir como la “libertad de discernimiento” luce sus mejores destellos tratando de llegar a nuestros ojos tal soflama publicitaria sin fecha de caducidad.

Nada mejor para pensar lúcidos, que ver pasar ante nuestros ojos los autobuses urbanos y saber de sus mensajes. He aquí la gran propuesta que nos ofrecen los asociados al libre pensamiento, cuya erudición no solo nos desborda, sino que nos acompleja. ¡Cuánta profundidad intelectual! ¡Cuánto rigor enciclopédico! Sus páginas rojas cual libro abierto, correrán por toda la ciudad ofrecidas a un público lector que se embriagará en su lectura. ¡Ahí es nada!

¡Ah,”els lliures pensadors”!

10 enero 2009

ELISEO CLIMENT, EL MAYOR MERCADER DEL REINO

Él no pagará ni un solo euro de su bolsillo (pueden estar seguros) para abonar los trescientos mil euros que le ha impuesto el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana por actuar en contra de la Ley, una vez rechazado el recurso de Acción Cultural del País Valenciano (sic), panfletaria secta doctrinal que preside el mayor mercader del Reino: el profesional de la subvención Eliseo Climent, quien ha conseguido de esta guisa su habitual modo de vivir. Desde ofrecerse como el más firme tentáculo del insaciable Jorge Pujol -el que fuera imperialista con su Banca Catalana al frente- en la Comunidad Valenciana, hasta su ejercicio inasequible al desaliento de instalador de antenas, sin menospreciar, claro está, el cobro de la encomienda por el ejercicio de su misión.

Eliseo Climent se pasó la legalidad por la entrepierna desde hace ya muchos años; y “los que dime de qué presumes y te diré de qué careces” exaltaron su hazaña en aras de la libertad de la expresión, que por su habitual costumbre sólo a ellos les corresponde, al tiempo que a otros se la niegan.

Desde la ilegitimidad más absoluta se dedicó a colocar repetidores donde le vino en gana retando a la Ley, a la que una vez tras otra le ha echado un pulso al abrigo del nacionalismo catalán a cuyo servicio crece, a la par que chupa la teta de las inagotables partidas económicas de la Generalitat Catalana para este fin: la vaca de ricas ubres que con el dinero de los contribuyentes de toda España derrama su leche adulterada no sólo por donde las competencias se lo permiten, sino que utilizando un mercachifle del “tres al quatre” incurre en casa ajena con embozos de baja estopa desde hace ya muchos años. La libertad de expresión tiene estos cauces, como las aristas de la ley, recorridas tantas veces por los delincuentes diestros en su caminar por el filo del alambre, ávidos en llenar sus cuentas corrientes desde la más indecente legalidad.

Si el dinero corrompe, cuando se consigue desde una supuesta acción cultural elaborada por la faz siniestra de un hombre de enfado permanente, con mirada de recelo y ojos de amenaza infame, pero jamás de frente, siempre a hurtadillas y cerca del pesebre que le alimenta, junto a su esperpento habitual, la práctica deleznable del encomendado adquiera la máxima titularidad: la del más desvergonzado vividor del cuento. Eso sí, con el beneplácito de quien le paga orgulloso de su audacia: la de la dulce complacencia del camuflado comendador.

Efectuado el latrocinio cultural, él, no pagará un euro (no lo verán Vds.) Ya sabrá extender sus redes, a diestro y siniestro, en la tarea de recoger sus frutos como buen mercader que es, tal es su destreza en el oficio para el que no se requiere titulación. Y aunque se le exigiera: el embozo de su farsa estaría siempre a su alcance.

Lo único que nos falta saber del Eliseo es a quién pasa el cargo de su cuota anual a la Asociación de Empresarios Instaladores de Telecomunicaciones, a la que seguro pertenece, por lo factible de cualquier subvención a cuyo logro siempre está atento.

05 enero 2009

EL BUNER DE ORDINO

El recorrido de nuestro viaje a Andorra, en cuyo destino íbamos a despedir el año un grupo de buenos amigos, no pudo ser más halagador. Frente a los agobiantes ecos, frutos de la recomendada prudencia ante la inestabilidad atmosférica anunciada por los telediarios de forma tan machacona como alarmante, la puntual y más certera información acerca de los lugares de nuestro recorrido ofrecido por Internet, hacía, sin embargo, presagiar un viaje tranquilo y seguro: pronóstico que por cierto así se cumplió, llegando felizmente al lugar elegido: el bello paraje pirenaico lleno de encantos y leyendas entre las que prevalece la del “buner de Ordino”: un personaje afable y desprendido, bajo cuya batuta tantas veces hemos gozado; al tiempo en el que la leyenda se mezcla con la realidad.

Gozar de Ordino subiendo por su caminos cercanos a sus laderas cubiertas de nieve, cuando sobre su blanco manto se otean las huellas de algún lobo perdido en su errante caminar, es una ejercicio sano que el cuerpo sabe apreciar. Ordino es valle de músicos –dicen sus gentes- de labios gastados soplando su buna: una especie de gaita cuyo sonido se apodera del valle enrocado a su leyenda. Como alguna que otra historia cuya constancia queda patente junto a su Iglesia Parroquial de los Santos Cornelio y Cipriano del siglo XV, con su argolla ancestral al lado, en la que los reos con ella al cuello penaban sus culpas hasta hace cincuenta años.

Nuestro primer lugar de encuentro fue ante un hermoso mirador en un punto alto de la zona de Valls: el del restaurante Les Espalmes en el Coll de Lilla, donde los típicos caçolts, el buen jamón, la “cigronada” sabrosa, la rica carne y el barral de buen vino, iban a significar el principio de unos días de auténtico deleite, de paz ilusionada y disfrute de sus blancas cimas; de cuya nívea presencia arriba en las montañas confiábamos. Fue el momento de la calçotada: esa cebolla tierna, blanca y dulce hecha a la brasa, y presentada en un lecho generoso sobre una teja de barro en el tálamo de la mesa, de cuya degustación, mis dedos, quedaron tiznados de un negro carbón con perfume de carrasca. Disfruté de ello gracias a la gentileza de un camarero que me enseñó cómo coger sus flecos y cómo tirar suave hacia abajo, hasta el aparecer de un colgajo blanco y meloso que tras restregarlo por la salsa “romescu” se convierte en un bocado de grato sabor huertano.

Llegamos a Ordino en noche cerrada, con una temperatura muy gélida, nada que ver con el cálido deseo de reunirnos en la recepción del hotel, donde tras los vítores entusiastas por la feliz llegada y toma de posesión de nuestras respectivas habitaciones, bajamos al comedor a la busca de la cena fraternal, santo y seña de los próximos días en el Pirineo andorrano, lugar elegido para recibir un nuevo año y despedir al que sus días eran ya escasos.

El Hotel Babot es un refugio de alta montaña donde confluyen la sencilla estancia con la belleza de su paisaje; con sus austeras instalaciones al frente de una pareja agradable y servicial, quienes ofrecen unos servicios donde el confort tiene el sello del abrigo familiar. Y junto a la envoltura de su magia: el abrigo de una leyenda surgida próxima a los riscos de sus montañas, camino a Canillo.

El hotel Babot de Ordino, muestra a sus pies la Parroquia de su nombre, la que al despertar presenciamos como una blanca alfombra creada por una fuerte nevada caída al amanecer de aquel primer día, en el que los coches aparcados en su puerta aparecieron cubiertos de gruesa capa de nieve. Al percibirlo, quedamos contentos por el encanto que su estampa nos ofrecía, al tiempo que caían sus últimos y ya débiles copos en un balanceo frágil, agradable, a la par que encantador. Sobre el suelo escarchado, los surcos de los más madrugadores nos anunciaban que se habían ido hacia las pistas de esquí. Fue el instante que con nuestras máquinas digitales captamos los alrededores del hotel Babot, donde se concentraba el hechizo de sus montañas en su ruta a Canillo.

El momento en el que los copos caen sobre nuestros rostros, es el de la sensación agradable en su inicio, juguetón de seguido, y peligroso cuando el hielo hace acto presencia en el firme del suelo propenso siempre al resbalón. Lo que no es óbice, sin embargo, para que el frio sea el motivo principal de unos días de descanso, guarnecidos por el respeto a los gustos ajenos, como la mejor hoja de ruta aceptada por todos.

El Coll de Ordino pues, es algo más que una ruta que une a dos de los muchos valles andorranos. Comunicados a través de un camino lleno de cerradas curvas con el horizonte de sus cumbres que ribetean un cielo abierto a veces, acerado otras y negruzco en los atardeceres de nuestros primeros días, es un camino infranqueable en los días de crudo invierno e intensas nevadas, en los que una capa de plomo cubre su bóveda e impide el paso cenital. No obstante, lo que se vislumbra en su derredor, es tan mágico como bello.

Nada es de extrañar que fuera antaño hábitat de lobos y que merodeando el entorno acecharan las vidas de quienes allí vivían. El recuerdo de la leyenda está latente en un valle de impronta musical. Fue en el momento de una gélida tarde invernal cuando ascendiendo por el camino un gaitero andorrano afincado en Ordino hacia Canillo, se aupó raudo al tronco de un roble ante la amenaza de un lobo sobre un roca lanzando aullidos y dispuesto al acecho. Al ver la fiera al confiado caminante, fue a por él, con la fuerza de sus garras incrustadas en la nieve. Lleno de espanto y una vez en una de sus ramas sentado, entonó tranquilo su gaita como señal de auxilio. Fue entonces cuando otros lobos acudieron para compartir la presa subida al roble viejo. Mas como la paciencia es la mejor de las ciencias, como sabe la gente que habita este valle, el gaitero, siguió entonando su gaita, y tras un movimiento brusco y de forma inconsciente estrujó con su axila la tripa de la buna. Al instante, surgió un sonido agudo, estridente, que asustó a las fieras, acostumbradas como estaban a los suaves toques de los pastores a quienes acudían en busca de algunos de sus corderos que tranquilamente pastaban en el valle. Asustados, huyeron los lobos, y el buner bajó del roble, y poco después llegó a Canillo sano y salvo, con cosas que contar.

Conocido pues, lo sucedido, la importancia de aquel sonido incisivo creció por todo el valle y el nuevo toque musical se convirtió en la mejor arma como defensa ante los lobeznos por toda la comarca. Ahí quedó la leyenda oculta entre los montes, de cuyo peligro, fruto de la amenaza hambrienta de los lobos, nunca más se supo. Pese a ello, la leyenda prevalece, y aunque nadie cree en su amenaza, el recuerdo se mantiene en la tranquilidad de sus calles, orgullosas las gentes de su afición a tan peculiar instrumento musical.

El día frio y de refugio cálido, invitaba a la cháchara y cuenta historias dentro del hotel, todos en un grato compendio de envolvente simpatía en el que cada uno a lo suyo logramos el mejor estar. Lo que no impidió a que los más atrevidos afrontáramos un paseo sobre la nieve carretera abajo, atentos al hechizo de la leyenda, para que luego, a la inversa, camino arriba, estuviéramos vigilantes sobre la nieve a las huellas de algún chacal perdido.

Llegada la tarde y tras una pequeña siesta, las continuas partidas del juego del mus en el que el maestro Antonio no tiene rival al calor de la chimenea, dan contrapunto a las del parchís, que si no dan pie al órdago, no por ello son menos amenas y llenas de expectación; mientras que el mullido sillón da la oportunidad de lectura a los amantes de un libro en las manos: fuentes de mágicas historias, de intrigas, de amores o de leyendas lugareñas semejantes a las de Ordino.

Fue al día siguiente cuando el valle de Ordino amaneció entre algodones en su cuna de plata, al abrigo de sus ocultas cimas bajo un cielo tapado y de neblina estirada que tan sólo permitía gozar de la Iglesia, tal postal navideña, a cuyo derredor las casas esculpían una estampa invernal de laderas nevadas y negruzcos flecos, en los que a través de sus serpenteantes senderos el día iba tomando su pulso: un ligero trasiego de coches era la señal inequívoca de que no era un lienzo invernal lo que se mostraba ante nuestros ojos, salido de la paleta de un pintor enamorado de tan blanco paisaje.

El día muy frio no fue obstáculo para salir del hotel y tomar un primer contacto con las zonas más comerciales del Principado en las que destacaba un flujo de gente menos intenso que otros años, como muestra inequívoca del necesario ajuste a los presupuestos familiares cuyas cuantías languidecen, al igual que se derrite la nieve sobre el tejadillo de pizarras laminadas: el bello adorno de un ventanal situado en la primera planta del hotel Babot. Helado paisaje, que a bote pronto, podría surgir en cualquier instante, sin que ello suponga nuevos bríos a la débil economía de cuyos guiños no podemos evadirnos.

La tarde de siesta y descanso, de relajo y grata conversación, cubrió el tiempo al calor de un leño ardiente que se consumía en el amplio salón donde las manualidades domésticas de cada cual, salían a flote traspasando las fronteras de su entorno familiar, entre risas y chirigotas.

Antes de la cena, nuevos amigos llegados al hotel iban completando el grupo a la cita anual de final de año, complacidos de vernos nuevamente aunque para algunos después de pasado todo un año a punto de fenecer.

La luces de Ordino a pie del Hotel Babot se disponían a una nueva noche, cuando al asomarme a la terraza para detectar el bajo cero grados del termómetro, el helor de la noche me helaba el rostro sin permitirme siquiera un minuto para observar Ordino a pie de sus rutas empinadas, sinuosas y llenas de encanto. Las luces hogareñas mostraban sus perfiles y una noche oscura y cerrada invitaba al descanso.

Aún no había amanecido y me asomé al balcón: un lecho incandescente, como de brasas mortecinas, resaltaba en su envoltura de espuma densa sobre el fondo del valle, donde un tenue alumbrado fijaba la presencia de Ordino en su levantar al día, sin que aún no hubiera hecho acto de presencia el mágico hechizo de cuya existencia no podía sustraerme.

El buner era quien tocaba la buna según me cuentan desde hace ya bastantes años: una especie de gaita andorrana de presencia anual finalizando el año. Y la leyenda, se adueñaba del valle de Ordino haciéndose oír con su música vigorosa, marcando él el ritmo de todos ceñidos a su compás, en su entorno amigo y familiar.

Llegó la noche final del año y un racimo de uvas ausente estaba presente en todos, mientras que la seguridad de que cachito a cachito el “buner de Ordino” hará pronto acto de presencia y su batuta nos indicará el camino de Ordino a Canillo ajeno a la leyenda. Con su habitual fortaleza de siempre.

Es día de Año Nuevo y atardece. Un suave azul aparece por vez primera desde nuestra llegada. Se estira, abre su camino y crea figuras fantasmagóricas de negruzcas siluetas sobre las blancas cumbres que circundan al valle. Mientras tanto, va modificando sus tonos rojizos que las tornean, ora dorados, ora de brillante marrón, ora de gris acerado, ora de intensa negrura. Por momentos los tonos negruzcos se apoderan de ellas y un gris carbonizado se posa sobre las montañas adquiriendo un aspecto lúgubre de laderas manchadas de blancos ante el crepúsculo del atardecer, al que el cielo, en su claroscuro aspecto, crea una estampa navideña pincelada a carboncillo, pero con tintes de noche fantasmal. Las luces de Ordina semejan la peana sobre la que descansa el valle y las montañas que rodean al Hotel Babot se convierte en una mole negra y maciza a la espera de la noche, en la que algún lobo perdido dejará su huella sobre la nieve camino a alguna parte.

Llegan los últimos días de nuestra estancia en Andorra y con ellos un cielo límpido que acompaña los momentos de las últimas compras. Andorra la Vella junto a Les Escaldes ven cómo se inundan sus calles de ávidos compradores, mientras que un paseo por su centro histórico, de calles tranquilas, nos evade de la fiebre compradora, mientras que el “buner de Ordino”, arriba de su árbol del Hotel Babot queda satisfecho de que su manada, si bien disgregada por la calles andorranas, está unida en la confianza de que la batuta del “buner de Ordino”, aunque dormida por el necesario descanso, resurgirá briosa marcando su ritmo de siempre por muy empinada que sean las cuestas de los valles andorranos.

Es el día de nuestro regreso, y de nuevo en Les Espelmes con buena mesa y mantel, junto al barral y la colçatada, sella el final de unos días entrañables en un nuevo año, a cuyo final, la cita en torno al “buner de Ordino” es una fecha anunciada.

04 enero 2009

UNA VISITA OBLIGADA

Me adentro bajo ellas, pero antes de cruzar su umbral, observo las piedras en las que permanecen las huellas de sus desgarros: las producidas por el invasor deseoso de romper sus muros. Es una mañana fresca, de límpido cielo y fuerte viento, el que empuja la hojarasca de un olivo próximo y la arremolina en un rincón. En él, un banco de piedra invita en las horas plácidas a la contemplación de las altas torres, bajo un arco de medio punto en el que sus dovelas dentelladas por los impactos alevosos, son muestras de la osadía del invasor en la que fue una de las puertas de entrada a la ciudad.

Observo la placa conmemorativa de la efeméride, como la que muestra su nombre del portal, y junto a ellas, unas inscripciones de rojo sobre la piedra, me hacen pensar el qué anuncian, o quién las hizo. Pienso en quién dejó en la fachada los signos de su presencia, esculpidos cara a un futuro en el que de seguro alguien querría saber de él.

Cruzo la puerta de las Torres de Quart y enfilo recto la calle de su nombre -dejando Santa Úrsula, el antiguo convento agustino en recoleta plaza- por la que salían los que iban hacia los campos de Quart, o la lejana Castilla.

Camino bajo balcones de hierros fundidos recién restaurados, como sus casas a las que adornan. Dejo a mi izquierda el “atzucat” de Cañete, con la casa natalicia al fondo del Beato Gaspar Bono, lugar de singular fiesta agosteña escondida dentro de la ciudad. Y a mi derecha, oteo y me adentro por una apertura entre dos edificios sustentados uno al otro por unas vigas de vieja madera a un amplio solar: una de las partes del derruido Convento de la Puridad del que permanece un olivo de dieciséis metros de altura y tres grandes palmeras, junto a otros árboles y frondosos arbustos de escasa entidad: convento del siglo XIII, seiscientos años después víctima de una desamortización.

Vuelvo a la calle y sigo caminando bajo más balcones y ventanales de edificios decimonónicos –menos alguna que otra desafortunada edificación de nueva planta- que uniforman la calle, y en la que en algunas de sus casas murieron poetas de la “renaixença valenciana”. Llego al tramo en el que destaca el estilo renacentista, ya próximo a mi llegada a la plaza del Tros Alt.
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Lugar donde no suben las aguas, plaza de cruces, abierta al claro cielo, desde la que baja la calle del Moro Zeit. Sitio donde residía el rey musulmán, con la calle de su Conquista que allí mismo arranca, y la del Rey Don Jaime que las circunda, en recuerdo de quien se apoderó de la ciudad y creó un nuevo Reino.

Desde donde no alcanzan las aguas, bajo por la de la Bolsería: la calle donde llueven pétalos cuando en andas pasa la “cheperudeta” al júbilo de los valencianos: la Virgen patrona a la que acuden los desamparados. Calle de casas estrechas y plena de fervor popular, de balcones de damascos tendidos que compiten en adornos, también cuando pasa la Eucaristía el jueves del Corpus: uno de los jueves que más brilla el Sol en todo el año, aunque se celebre su festividad en el séptimo día desde hace unos años.

Calle de tiendas de ropas de trabajo, de aderezos y peinetas, de bisutería, de baberos y delantales, y de tascas pequeñas: calle de tránsito del Barrio del Carmen a la Plaza del Mercado, con su vieja Hospedería del Pilar de siempre. Antiguo Valle del Mercado, en cuyo recuerdo de la Valencia fluvial llevaba éste nombre era punto neurálgico de la Valencia medieval, y que al igual que hoy, acudían a la compra diaria multitud de vecinos de barrios próximos como de otros más alejados.

Ha pasado la Navidad, y con ella, un año en crisis; pero sólo el año, el que agota sus últimos días. Pese a ello, crece la ilusión de uno nuevo que sea mejor y la gente se prepara en recibirlo resignada, aunque sin perder la esperanza. Entro al Mercado, aún él engalanado y bulle más que nunca, como el día de Nochebuena de siempre: pleno de un halo especial en el que los adornos festivos completan el más bello salón comercial de nuestra ciudad.

Subo por su amplia y alta escalinata de piedra y cantos desmochados bajo un frontis de cerámicas y acristalado rosetón, en el que se alberga el escudo de la ciudad encima de tres hornacinas que descansan sobre cuatro columnas jónicas. Paso a su interior de mil y un puesto, donde los colores se arraciman al igual que las frutas: mimosamente escalonadas; donde los aromas me embriagan y disfrutan mi ojos escudriñando sus dos bóvedas (ambas de hierros, de cristales y de cerámicas) y sus nervaturas metálicas que lo sustentan a la par que lo embellecen: un esqueleto al aire al que ascienden los perfumes de los frutos del campo y las hortalizas de la huerta, aromatizando más aún el ambiente por sus salmueras, por las especias de ultramar, o por las autóctonas. Destacan por todas partes los dorados racimos cual cortinas inaugurales a un año nuevo: las uvas que lo abre.

Con sus puestos de carne, cuyos cuerpos de cordero se muestran colgados sobre los bancos cubiertos de pavos, capones y carnes rojas aún no agotados. Palcos que contornean al mercado sabiamente distribuidos, dando esplendor y gracia al tráfago intenso de sus calles estrechas, en las que el turista lanza intermitente sus fotos, tanto a sus puestos multicolores, como a los mosaicos altos entre cristaleras por donde entra la luz cenital que ilumina al gran Mercado Central de Valencia. Paso a su zona de pescado sobre los bancos de piedra en la que se percibe el salitre del mar, y se escuchan las voces de las pescadoras cuando me ofrecen su mejor producto diciéndome bonico, o cualquier otro sencillo piropo.

Salgo del mercado por la pescadería bajando tres escalones, y me encuentro con las obras del Metro, lo que no me impide disfrutar observando la O de los Santos Juanes: el gran rosetón cegado que a su pie de la plaza de Brujas, el recuerdo del busto de Luis Vives permanece imborrable, pese a que el monumento en su memoria esté ahora ausente.
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Contorneo al Mercado y voy al encuentro de la “Cotorra del Mercat”, la que destaca sobre su cúpula central. Y luego saludo al Pardal de San Joan: la veleta arriba del retablo barroco de los Santos Juanes frente a la puerta principal de la Lonja de la Seda: el gran monumento del gótico civil valenciano en un conjunto todo apiñado, como lo es, el de los innumerables productos que se ofrecen a diario dentro del mercado a quienes lo visitan, los que se abren camino, bolsa a mano, recorriendo sus calles internas donde todo lo que se necesita allí se ofrece.
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Son días de fiestas, de la Navidad pasada, del Año Nuevo que se alumbra, de la mesa familiar adornada.

29 diciembre 2008

DE AVELLANAS Y REYES

Sucedió un día no muy frio pero de fuerte viento, cuando una vieja ardilla brincando por los árboles olfateó la proximidad del fuego, y temiendo que se le acercará y le ardiera su cola, inició una veloz huida a través de las ramas del bosque, hasta encontrarse lejos, muy lejos del lugar donde pasaba la mayor parte del año.

Tuvo pues, que abandonar su árbol preferido: un pino de alto tronco en cuyo uno de los huecos guardaba sus cosas más queridas: desde la seca hoja de encina, recuerdo del abuelo ardilla que aficionado a la botánica quería que supiese de sus formas, como también y junto a ella, un par de nueces, los restos de algunas bellotas, también los de castañas, así como unos huevecillos de un nido olvidado a saber por qué motivo. Y hasta una piña pringada de resina en la que una vez manchó sus patas, y confiada en su torpeza, hizo que cayera sobre un arbusto de espinos. Piña que escondió en su despensa, tanto en su propio amparo, como en el de las demás vecinas ardillas del bosque, sus amigas queridas, para que no resbalaran ellas también.

En su huida, una piña piñonera estalló en mil pavesas y una de ellas fue a dar a la cola de la pobre ardilla, lo que la hizo correr aún más aprisa, ignorando el camino al que le dirigía su miedo, que por lo cierto, cada vez era más intenso. Ciega de espanto, cubrió un bosque tras otro en una fuga trepidante a la par que desorientada.
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Su única esperanza era una estrella en el cielo hasta entonces nunca vista, de la que se embelesó entusiasmada mientras alumbraba sus ojos brincando tras ella.

Se detuvo cuando no tuvo más remedio al fin del bosque que le transportaba rumbo a lo desconocido, cuando ya no tenía un camino. Fue cuando captó su atención una era llena de gente junto a una casita de la que emanaba una mortecina luz.
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Tras unos saltos ligeros con miradas de recelo, poco a poquito, fue acercándose a aquel lugar, tal era su estado hambriento.

-¿Qué daría por aquel par de nueces dejadas en su despensa? , se preguntaba una y otra vez mientras se relamía los labios tan secos como fatigosos.

Lentamente, llegó hasta el destartalado sitio, aliviándose por el calorcillo que de allí salía, sin que nadie de los allí presentes se percatara de su presencia: un hombre y la que parecía ser su mujer, que cruzaban dulces sus miradas acariciando con sus manos a la vez que con sus ojos a un recién nacido sobre un mullido haz de paja a sus pies.

Un buey tumbado y próximo a los tres, les daba su calor; al lado del dócil animal había un saco de paja que captó la atención de la ardilla, del que salían aromas de raíces tan exquisitas como conocidas, las que hicieron que de un salto en su interior se alojara. Tras el brinco, se perdió dentro de la paja, sin que nadie la viera, atentos como estaban a quien lloraba de forma insistente.

Saciado su apetito y sin una sola raíz dentro del saco ya vacio de alimento, la ardilla asomó su cabeza viendo el gemir del niño, lo que le llenó de tristeza y le encogió aún más su cuerpo pequeño.

Decidida la ardilla, salió de su escondite, acercándose a él, al tiempo que tres Reyes Magos se aproximaban. Quienes saludando al niño se inclinaron a sus pies, al que dejaron sus regalos. Aquello hizo que la ardilla, algo asustada, se girara en redondo, mientras que con su larga cola y de forma casual, acariciaba el rostro del niño tumbado entre heno, produciéndole ligeras cosquillas que le supieron a gozo, pues fue en aquel mismo instante cuando de los labios del recién nacido salieron sus primeras sonrisas ante la alegría de todos.

Por ello, y quizá por la presencia de los Reyes, la ardilla vaciló, asombrada por tan magna presencia, culposa por las risas de niño y ajena a las reverencias; por lo que regresó a su escondite, salvaguarda de su timidez.

Pasaron unos días, casi un par de semanas. Después de una noche de intenso trabajo para aquellos tres Reyes Magos de Oriente, al amanecer, fueron al portal a despedirse del niño. Allí permanecía risueño junto a sus padres y cerca de ellos, el saco donde la ardilla en su interior se despertaba en aquel instante.

Desperezándose estaba, cuando tuvo la sorpresa al observar que entre la paja se hallaba una seca hoja de encina, un par de nueces, restos de algunas bellotas, también de castañas y hasta unos huevecillos de un nido con el adorno de una piña pringada de resina que se le pegaba a la cola.

Con sumo cuidado el Rey Negro cogió el saco entre sus brazos dejándolo al cuidado de uno de sus pajes. Al poco, abandonaron el lugar tras decir adiós a todos los que allí se reunían, llevándose el saco.

Un pastorcillo, atento como estaba, escuchó asombrado una voz imperante de otro de los Reyes, el de cabellos rubios y largos bajo su corona brillante, quien rasgó el cielo con voz imperiosa, sabedor de que entre sus nubes, ella se encontraba:
Estrella! ¡Hazte ver! Condúcenos a nuestro regreso; pero antes llévanos al Bosque del Nunca Fuego Jamás.
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(De avellanas y Reyes ha participado en el Proyecto Antholgy "especial Navidad")

27 diciembre 2008

NUESTRO AMIGO EL CONTENEDOR

El volumen de la basura recogida en los contenedores de nuestras calles ha bajado, lo que en parte puede ser alentador. El conocimiento de este dato que bien pudiera atribuirse a la consecuencia de que cada vez cuidamos más nuestra línea, preocupados por mostrarla linda y estilizada ante nuestros amigos queridos comiendo menos, no creo que sea por el motivo fundamental de que los residuos mengüen y lo hediondo de sus perfumes se esparza menos por las calles. Por otra parte, nuestra preocupación por el medio ambiente no alcanza estos lares, y temo que sean otros vientos los que corren; por lo que creo que podemos presumir cual es la verdadera causa.

El dato, nada tiene que ver con estas fiestas navideñas en las que todos estiramos nuestras mangas produciendo algún que otro desgarro allí donde se junta con el hombro: antesala de la espalda sobre la que recae el órdago consumista de estos días al que todos recurrimos sin saber jugar al mus. Hay quienes dominan el juego y superarán la cuesta que se avecina, esa que llaman de enero, pero que será de todo el año.

El ya próximo 2009 dará vida a Murphy y sus verdades como puños, siempre en escena, pese a la abundancia de oxigeno que se ha insuflado a la economía, ciencia que por lo visto sólo se aplica a los más fuertes y a los que está a su servicio: Cualquier solución, entraña nuevos problemas. O esta otra: Sonriamos, porque mañana puede ser peor.

Pese a ello: Murphy y sus teorías con aderezos de verdades, no creo que se fijara en los contenedores, más atento a las expectativas, que como suele suceder, cuando se cumplen, únicamente benefician a los de siempre.

Sólo nos queda el recurso de creer en la Lotería, que cuando toca, lo hace sin mediar nadie por cierto; salvo la diosa fortuna, que por no ser católica, cada vez tiene más adeptos y más aún quienes la ven con buena cara. Abocados como estamos ahora a esa “alianza de civilizaciones” en la que la nuestra, seguro, se llevará la peor parte; aunque bueno, siempre los habrá quienes se conformen con la pedrea: esa especie de lapidación pero con tintes de modernidad y visos de asignatura hacia una ciudadanía que por lo visto hay que educar de forma cumplida y actitud adecuada.

En realidad, con menos basura por la calle, la posibilidad de que estén más limpias será gracias a todos, por lo que no hay motivo para tanta preocupación y recelo.

Solbes dice que nos espera un año terrorífico, pero Zapatero augura a corto plazo un mayor incremento del empleo.

En fin, que…”En cuanto se pongan a hacer algo, se darán cuenta de que hay otra cosa que deberían haber hecho antes”, nos recuerda Murphy.

Pero tanto, el uno como el otro, Zapatero y Solbes, estaban a otra cosa en su jornada electoral, preocupados por todos nosotros, pletóricos de bondad, enfundados en sus verdades, borrachos en sus alegrías.

24 diciembre 2008

PAZ Y VENTURA


El
bloc
de jotacob
os felicita a todos,
a los
que lo seguís
con cariño, a los que
entran a su encuentro de vez
en
cuando,
a los que sólo
asoman su mirada
un pequeño instante, a los que
pasan de largo hacia otro sitio más de
su agrado, a los que coinciden gozosos con
su pensamiento y disfrutan de ello, a los que
de
forma
diferente
eligen su camino, pero se
abren a un mundo que es de todos
sin encerrarse en sí mismos, huraños a otros.
A los que ven en la Navidad un lugar de encuentro
que nos una, siquiera un leve instante, disfrutando de ello.
El
bloc
de jota cob
os felicita a todos, y os
desea un año nuevo feliz lleno de paz,
en el que día a día se vayan cumpliendo todos vuestros
anhelos,
felices y contentos,
ansiosos de agradar a quienes a vuestro lado viven, mirándoos a los ojos.
Cuando los ojos hablan, los labios deben quedar sellados,
no hace falta explicación alguna.
F
E
L
I
C
I
D
A
D
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21 diciembre 2008

MI ADMIRACION A JOSÉ SANCHO


Admiro a José Sancho, a quien hace unas semanas vi pasear por la plaza del Ayuntamiento y me quedé con las ganas de cruzarle un saludo de amistad.
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Admiro a José Sancho por la profundidad de su mirada, por la limpieza que la envuelve.
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Admiro a José Sancho por su libertad, la única existente: la de su capacidad de pensar libre al viento: alejado de lo políticamente correcto que duerme las mentes y las esclaviza, dejando yermo a quien adoctrinado de falsas soflamas, no es más que un espécimen hábilmente conducido, cual títere dirigido por hilos invisibles a los que inconscientemente se conecta.

Y le admiro porque denuncia al opresor que conduce a las masas en su propio beneficio obligándolas a una conducta que no necesitaban: la reconducción de su memoria histórica por sendas de engaños. Le admiro porque denuncia a los progres con tarjetas de platino, siempre cercanos al poder. Y no sólo a la vera de quienes nos gobiernan actualmente, sino como lo hicieran antes, hace ya muchos años: aquellos del blanco y negro con trajes de frac y pajaritas de corbata.

Admiro a José Sancho por su valentía; lo admiro por su oposición manifiesta a una televisión de nuevo cuño, empeñada en alejar de nuestras mentes el mundo real en el que vivimos. Y no sólo en periódicas retransmisiones deportivas o taurinas en días de especial significancia, sino en todas las tardes noches del año adocenando a un público ya adiestrado y servilmente entregado, sea por la televisión, sea por el ancho dial radiofónico que penetra en nuestras mentes por las rendijas del éter.

Admiro a José Sancho por su oposición a la Academia del Cine, organización siniestra, más dispuesta a la catequesis doctrinal que a su defensa de la industria del cine, cada vez más en declive falta de películas de calidad, que nada tiene que ver con los dorados años del cine español, aquellos de los años sesenta.

Admiro a José Sancho por su valencianía, por ser conocedor de sus orígenes sin necesitar de falsos empadronamientos. Por su reconocimiento del verdadero progreso que está llevando a Valencia a un lugar donde nunca estuvo, salvo en su Siglo de Oro, esplendor que muchos niegan, a la par que desprecian el reconocimiento universal de nuestra ciudad, cada vez más visitada desde todos los puntos del globo.

Admiro a José Sancho, porque al ser de mi edad un año menos, puede denunciar y denuncia –por su balcón dorado fruto de su trabajo- tanta mezquindad, tanta mentira como nos envuelve, aceptada por los ojos cegados de quienes entregan sus oídos a los que en la manipulación ven su permanencia en el poder, o en sus aledaños: su única forma de lograrlo.

Admiro a José Sancho porque de seguro nunca se dejará llevar por soflamas incendiarias, por predicamentos miserables, por el velamen de la ignorancia. Por eso le admiro.

19 diciembre 2008

EL VIEJO INSTITUTO


En las paredes del viejo Instituto empezaron a surgir grietas cada vez de mayor tamaño. En su tejado destartalado, las tejas volaban en los días de fuerte viento, mientras que la humedad pasaba a sus aulas creando un ambiente frio, desangelado, lleno de peligros ante algún que otro desprendimiento sobre el patio interior del centro.

De forma inmediata se cerró el edificio, y llevaron las clases a un antiguo convento abandonado en los arrabales de la ciudad con la esperanza de solucionar lo antes posible los daños del viejo Instituto. En éste, quedaban desamparados su claustro de bellos mosaicos, su patio abierto repleto de bancos en torno a una fuente, una capilla situada en uno de sus lados, junto a una magnífica biblioteca en su ángulo, del que por una escalera a las dos plantas, se llegaba a las aulas. Aun quedaba la parte alta, con una torre cuadrangular a cuatro aguas: una especie de desván lleno de trastos viejos y desvencijados en el que se anidaba la humedad.

La restauración pensada para un solo curso escolar se hizo eterna, pues hicieron falta cinco largos años para que el viejo instituto pudiera reabrir sus puertas. Llegado el día, supuso una gran alegría para los alumnos, así como para el profesorado. Menos para el de Literatura, que cuando vio que la Biblioteca estaba vacía de libros, mentó a los diablos, a pesar del esplendor que mostraban las viejas estanterías, impecablemente restauradas.

Alguien alertó al profesor, y éste subió rápido a la torre en la que estaban hacinados, destrozados, humillados, todos los libros para él tan queridos. Quedó el maestro estupefacto viéndolos incrustadas unos a otros sus tapas, mientras se doblaban sus hojas manchadas de pintura, de yeso, así como dolorido al ver tantos lomos sueltos, perdidos por el suelo: tal follaje amarillento repleto de cuadernillos sueltos de los que salían hilillos: regueros de sangre seca, muestra de la indolencia. Era como un ingente calvario tan desmochado como ridiculizado.

En el techo, se dibujaba la señal de una gotera que había martilleado a un antiguo ejemplar del Quijote: una de las piezas más preciadas del Instituto, regalo de un viejo librero agradecido a sus años de alumno entre aquellas paredes, que al cogerla con sus manos el atónito profesor, vio como la pasta de las tapas se diluía entre sus dedos.

Pasaron los meses, y ya en su final el curso los libros de texto comprados por los alumnos estaban tan nuevos como el primer día de clase, sin que nadie hubiese abierto sus hojas, ni siquiera por una sola vez.

Hoy, aquel profesor, pasados más de treinta años y en su recuerdo, está orgulloso de aquel año en el que instó a sus alumnos al traslado de todos los libros a la biblioteca, alentándoles a que los tocaran con mimo, con suave cariño, así como motivándoles a su limpieza y cuidada restauración, para que debidamente ordenados después, quedaran en la biblioteca a disposición de todos. Con esta enseñanza completaron un curso en el que el amor a los libros fue el mejor de los logros, logrando nota alta todos sus alumnos con gran algarabía familiar.

Han pasado los años, y el profesor, aún en la docencia, recuerda con orgullo tan genial tarea, mientras se hace la pregunta de si hoy pudiera llevarla a cabo, seguro de tener en contra, no solo a los inspectores públicos o a la asociación escolar, sino también a los mismos padres molestos de cualquier abuso a sus hijos. Como también ajeno a las colaboraciones de estos, reacios a ello, quienes a eso de escaleras arriba y escaleras abajo se opondrían al esfuerzo, ausentes del amor a los libros, que como a tantas otras semblanzas que se les pregunta, cuando no saben las respuestas, siempre te contestan lo mismo: que… “eso no está en mi libro”.

(“El viejo Instituto” es un relato que ha participado en el 40º Proyecto Anthology. Tema: Libros)

15 diciembre 2008