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26 agosto 2008

ABEJORROS

Todas las prescripciones meteorológicas apuntaban a que este mes de agosto no iba a ser muy caluroso, pero está claro que uno ya no puedo fiarse ni de lo que está escrito pese a lo mucho que algunos confían en ello.

La presión de las cuatro paredes refugiado en mi casa durante todo el día, cuyo único resquicio era el del aire acondicionado, más agradable que el bochorno del exterior, hizo sin embargo que necesitara salir a la calle; decisión a la que me lancé de manera inconsciente. Me enfrenté a un calor denso y pegajoso, pese a la proximidad del mar. Las calles por las que transitaba, largas y estrechas, eran como una barrera frente a la brisa marina evitando su alivio. Pese a ello, caminé decidido por un ambiente tórrido, dispuesto él a terminar con todo bicho viviente que se atreviera a deambular por sus fauces aniquiladoras. Mi valor, sólo constaba en una libreta verde, vacía de contenido, pero con un epílogo claro y conciso: “se le supone”.

Nunca hay que infravalorar al enemigo y a las pocas calles en mí caminar por el barrio marítimo, ya estaba agotado. Afortunadamente, una plaza abierta con una cruz roja en el centro sobre un pedestal lóbrego y bajo un árbol frondoso, se me ofreció como refugio y descanso. Un banco lleno de grafitis gamberros y cagadas de pájaros, con vómitos secos fruto de la droga y el alcohol, tuvieron la gentileza de dejarme un hueco limpio a un lado donde sentarme y descansar un rato.

Con una ligera brisa me entró la modorra, tan a gusto como estaba, cuando un golpe seco a mi lado anunció de la presencia de una gaviota que tumbada sobre la mugre estiraba sus patas de forma intermitente, lo que más parecía su última voluntad escrita en esta ocasión en lo que más parecía el ritmo de un mensaje morse. Un ojo triste de la gaviota se dirigió a mi rostro y mi fe cristiana me llevó a cerrárselo, al igual que lo hicieron los míos.

Marino de remplazo, un extraño SOS tableteaba insistente, y la tira de papel perforado se retorcía levemente creciendo en su volumen. Una bolsa de gruyere que se iba esponjando en el suelo se enredó entre mis piernas, mientras pasaba a un folio tras otro un mensaje de agobio henchido de aflicción. Llegaba a mis manos la angustia expresada por alguien ante la amenaza de unos abejorros revoleteando sin cesar dentro de un circuito fijo y constante, alertando al mismo tiempo de horribles bramidos hasta ese momento desconocidos que turbaban su tranquilidad agosteña, la que gozaba desde hacía muchos años en la dársena del puerto. Sólo durante la noche podía descansar –abundaba en su mensaje- y al despuntar el día, nuevos sonidos de espanto destrozaban sus tímpanos largas horas hasta el atardecer. Habían sido tres días de martirio interminable mientras una masa vociferante clamaba alocada sin conseguir amortiguar unos chirridos que destrozaban su corazón, temiendo por su muerte.

La cabezada hacía atrás en el atardecer, justo en el momento en el que una cagada de un pájaro cayera sobre mi rostro, me hizo despertar. Un sentimiento de pena estrujó mi alma, acercándome a un sueño tan real como aquella gaviota tumbada a mi lado, de cuyas patitas seguían saliendo mensajes de auxilio que con gran tristeza pude descifrar.

22 agosto 2008

EL COMIENZO DE UN NUEVO LIBRO

Tic, tac. Un segundo. El tiempo utilizado para abrir un libro de historias increíbles dispuestas al lector de sueños ansioso de vivirlos. Un viaje a un final desconocido desde una puerta que se nos ofrece en la fracción de un segundo, el tiempo necesario para cerrarlo ante cualquier descanso, o en el que se da el punto y final a una historia a la que sin embargo no deseamos abandonar.

Extraños a valorar la fracción de un segundo, nos fijamos más en las horas de asueto atentos a la gaviota bajo la calina que nos agobia, confortados por la brisa que nos besa suave, aliviándonos las horas viendo cómo transcurre el tiempo desde un amanecer incierto hasta las horas más tardías que luego saben a nada. Nos sentamos pues sobre la roca mojada observando cómo tranquila y confiada recrea su vuelo esperando el momento de lograr su presa.

Cercano, el andarín por la playa, unido a su sombra, fuerza el ritmo batiendo su corazón, veloz sobre la húmeda arena de la playa dejando sus pies marcados sobre el manto del agua que insaciable luego los borra de su camino. Como el libro de los sueños, que se abre y se cierra. Mientras tanto, ambos, escenifican la mañana atentos al tic, tac, el que escucha el andarín en los latidos de su corazón y el que la gaviota presta al agua blanca donde zambullir su pico robando al mar uno de sus hijos.

Un segundo y muchos de ellos seguidos completan la mañana en la que nunca sucede nada, en un marco pespunteado de brumas donde la paz copula con la arena caliente, reseca por los puntillazos del Sol.

Todo es así de sencillo, vivimos confiados en la rutina mientras hierven unidas la ambición, las ilusiones y la planificación de nuestro futuro, una argamasa de sueños y proyectos que en el almirez de los deseos vamos almacenando para un mañana, convencidos en que llegará el momento de saciar nuestros anhelos sin saber cuándo será el momento de su despertar.

Pero si algo hay realmente vital en nuestras vidas, es la realidad de que en un segundo un giro imprevisible tiene consecuencias irreparables sin estar en nuestras manos virar el timón hacia el muelle salvador. Algunos dicen que el destino ya está escrito desde el día en que nacimos, el que guía nuestros pasos, aunque algunos, por sus escasos años, ni siquiera han llegado a saber de su existencia.

Vidas desgarradas y familias que dejan de serlo son libros que se cierran en la fracción de un tic, tac. Ese segundo, esta vez horrible, que todo lo muda, al igual que el mar embravecido del que desaparecen la gaviota y el andarín queridos. Y junto a ellos, el sosiego en nuestros ojos.

Sólo la esperanza en un nuevo libro, servirá a quienes rotos por los jirones del dolor, encuentren en la fracción de un segundo una nueva historia en donde encajar a sus seres queridos, los ciento cincuenta y tres protagonistas de una nueva forma de vida a los que sus familiares nunca podrán renunciar.

19 agosto 2008

EL INGENIO DEL PÍCARO


Cuando se es idiota de nacimiento pero la idiocia no es profunda con el tiempo se puede corregir, tal es entonces su condición próxima a la de un pusilánime envestido con la toga de un candor más bien plomizo, e ignorante de su pasado de lo que sin embargo presume. Todo es cuestión en aprender de aquellas gentes no desnortadas, de inquietud controlada y con el corazón abierto al conocimiento de nuestro pasado sin ningún tipo de complejo e invistiéndose con la mejor información. Eso sí, siempre dispuestos a saber de nuestras raíces, las alimentadas con buena savia, evitando las que sufren de injertos adulterados con la intención de envenenar la sangre, tarea la que se dedican los iluminados mequetrefes que tan machaconamente nos invaden.

En cambio, ser idiota de vocación, ni es bueno ni es malo, simplemente se es, porque haberlos haylos. En su simpleza se encuentran la mar de a gusto, sin nada que objetar a su decisión de la que son dueños inapelables. Confiados en su acción vocacional, el único peligro estriba en si les hace callo su incipiente afición, ésta pertenezca a la familia de las de lapa negra y mugrienta que atenazará inasequible al cándido bonachón.

Sin embargo, la idiotez del converso, la del soplagaitas de turno, la del esclavizado por soflamas de engaños melifluos con aditamentos de falso glamur intelectual, tiene la misma identidad que la cola de un pavo real a la que su papada hace de contrapeso, almacenando en su estomago la memez que le sustenta a base de féculas de escasa nutrición, subvencionadas, eso sí, por el maná de lo políticamente correcto. Podría tratarse en este caso también de la idiotez del listillo -que por ahí va la cosa- lo que no invalida, pese al mérito que ello encierra, su consideración de ser idiota, sin que sea que lo parezca.

Un parte del mundo del teatro y cine, la más sectaria, la que desde sus negras tramoyas se ha adueñado del amplio mundo de los cómicos apartando de su vera a los que sólo a base de esfuerzo cumplen con su tarea alejados de la tutela del poder, es la que reniega de la historia de España empecinados tanto en su afán de falsearla como dispuestos a dejarla en el mayor de los ridículos. Son los burlescos de sus gestas, tal y como hemos visto en una película reciente: “Elizabeth, la Edad de Oro”, que por ser de producción inglesa nada nos extraña, pero con la lamentable aportación de quien se presenta en ella como un actor español, un tal Jordi Mollá: bufón del esperpento.

No es cuestión aquí de resaltar las muchas huellas imborrables, tal ADN, de nuestro pasado histórico fundido en el crisol de nuestra existencia, lleno de paginas memorables, legendarias y también ruinosas –que de todo ha habido y que a contárnoslas debiera dedicarse el mundo del cine, tal y como sucede en otras latitudes del amplio mundo que nos rodea, si se dedicara a su cometido cultural y no a otras cosas cuyas vergüenzas silencian o al menos enmascaran - sino de dar fe de la existencia en nuestro diccionario de la Real Academia de la Lengua Española de la palabra “idiota”. La de tan claro como diáfano significado y cuyo plural les viene al pelo al emperejilado tropel que domina los hediondos y oscuros entramados del cine, allí donde se tejen campañas al servicio del poder, que es el que les paga a tan empedernidos lameculos.

Así pues, no se trata en este caso de hacer hincapié en la idiotez de nacimiento, ni en la vocacional, ambas de probable cura; sino en la más execrable y penosa a la que tendenciosamente se dedican los progres del cine: la idiotez del pícaro escondido en sus silencios, pero saliendo a la palestra voz en grito cada cuatro años pidiendo el voto para los que les aseguran la subvención; incluyendo la de los 400 euros que ellos han cobrado; esos mismos 400 euros que se han quedado esperando los más necesitados y que se ven obligados al esfuerzo del milagro para llegar a final de mes pese a la laicidad oficial en la que estamos inmersos y cuyo engaño los de la farándula silencian.

Jose Manuel de Prada ha puesto el dedo en la llaga y los define con enternecedor cariño como “una capillita de intelectuales que abominan o se avergüenzan de la historia de España”. Sabe muy bien lo que dice en su sutileza el genial escritor vizcaíno, criado próximo a las Tierras del Pan y del Vino, las que le condicionan a llamar al pan, pan, y al vino, vino.

Lo que está claro es que a la girola de la Moncloa, a donde acuden los meapilas de la “cla”, no llegan con su parte de nacimiento que los identifica, ni arguyen en su bodeguilla su afán vocacional, sino que acuden bajo el palio protector del afín devoto desde el palco cardenalicio que con tanta pompa usurpan; sin olvidarse del glamur, al que no desprecian.

Son los que están más dedicados a la publicidad del estraperlo de adulterados medicamentos servidos desde comités de urgencia en sus lapsus vacacionales, cual vacuna redentora, en los que cada vez son menos los que de ellos confían.

15 agosto 2008

FELIPE CARLOS, EL REY DE LA PAZ


Anochecía. El frio se hacía cada vez más intenso en los jardines junto al palacio. Fue en ese instante cuando notó los primeros dolores en su vientre y que al ser más seguidos, la llevaron hasta su alcoba alertando a su fiel ama que junto a ella se paseaba. Intuía la reina que se le adelantaba el parto, el esperado para un mes más tarde, una vez acomodados en su confortable residencia de Oatlands.

Hampton Court, el palacio cercano a Londres donde se encontraba en esos momentos María, la Reina de Inglaterra, estaba en fase de remozamiento de sus instalaciones, por lo que no estaba bien acondicionado para tan inesperada ocasión. Avisado el rey Felipe, se dieron las órdenes precisas para trasladar unas estufas tanto al salón contiguo como al de sus aposentos, preparar las ollas con agua bien caliente y las de procurar sábanas blancas y ropas de algodón para el regio nacimiento que estaba pronto a llegar. Llegaba la primavera, pero el viento entraba por las rendijas del palacio, cuyos agudos soplidos más parecían aullidos de lobos en una gélida noche de invierno, propia de una estación que el tiempo se resistía abandonar.

Pese a que aún faltaban unas pocas semanas para el parto, la presencia del médico de la corte y la de una comadrona habían tranquilizado al Rey, quien dirigiéndose a su despacho mostró su alegría a la espera de que naciera un varón. Varón en quien un día descansaría la corona de todas las tierras conocidas hasta entonces, y que ya parecían ser todas.

-¡Alteza! ¡Un varón! Un sano y hermoso niño, fuerte, como lo demuestran sus lloros y sus manitas rollizas que se cogen con fuerza a las mías. Rubio y de mentón prominente, como su abuelo, a quien debe vuestra Alteza mandar presto un mensajero que le haga llegar la feliz nueva- le dijo llena de alegría la fiel ama de María Tudor.

Dueño de su prudencia, el monarca pasó primero a la alcoba, y tras ver a su esposa junto al hijo en sus brazos dio las gracias a Dios. Acercando sus labios los besó varias veces, repitiendo en cada caricia su gratitud al Altísimo. Visto con sus propios ojos lo que tanto anhelaba y que sabía lo mucho que iba a satisfacer a su padre, regresó a su despacho para mandar un escrito al Emperador, quien se encontraba en Flandes purgando sus penas, fruto de unas luchas que no sabía cómo superar.

Pasados unos meses, restituida la confianza papal y restaurada y fortalecida la fe católica en Inglaterra ante la presencia de un heredero, hijo de un padre bien adoctrinado, todas las frustraciones que se habían adueñado del Emperador abandonaron sus pensamientos y un horizonte de esplendor que parecía haberse oscurecido, surgió radiante como respuesta a unos deseos que ya venían de antiguo.

La política matrimonial de los católicos reyes, secundada por su nieto Carlos, dueño de medio mundo, iba a tener continuidad en el joven Felipe, ya Rey de Inglaterra, de Nápoles y de Sicilia; y que pronto lo sería de España y de Portugal y de todos los territorios de ultramar. El recién nacido era pues, el mejor garante para el futuro y todo hacía presagiar lo fuera de paz. La mayor esperanza radicaba en que María Tudor, viendo un horizonte sin peligros, renaciera en ella los sabios consejos de su madre Catalina, nacidos en ésta de un humanismo fruto de su amistad con Luis Vives, y que iban a facilitar la hermandad en Cristo en todos los creyentes. Lo que sin duda también, influiría en el carácter de su esposo Felipe el Prudente, obligado a cerrar las heridas que habían llenado de sangre las tierras de Europa.

Los Habsburgo e Inglaterra unidos en el Imperio Español, debilitada en su soledad Francia y el Santo Padre obligado en aceptar su dedicación al gobierno de su Iglesia y excluido del poder terrenal, iban a dar siglos de gloria a la Cristiandad. Ausentes las guerras de religión y los corsarios por los mares, el giro que tomó la historia fortaleció a todo el continente, en el que a partir de ese momento se iban a escribir páginas de paz.

Así fue lo que ocurrió gracias a un niño nacido en Hampton Court, bautizado en la fe católica y que años más tarde coronado con el nombre de Felipe Carlos, pasó a la Historia como el Rey de la Paz, al poner un punto a final a tanto desenfreno.

Y así sucedió. Y no como la historia que ahora nos cuentan, fruto de la ambición y cuyas únicas secuencias representan episodios de cismas e intrigas, de guerras crueles, de baños de sangre, pero que por fortuna sólo residen en nuestra imaginación, como un sueño inexistente. Adulterada por los de siempre, y que aunque lo parezcan en nuestro convencimiento, no ha sido más que un pesadilla de terror.

La noria, que gira y gira sin cesar, de repente y de manera inesperada, cambia su norte y toma las aguas desviándolas hacía otra parte, que más humilde y yerma de ambición agradece de su presencia creando valles floridos en los que reina la paz.

¿Hubiese valido la pena el nacimiento del regio varón? No todas las preguntas tienen contestación, pero quizá en el riesgo encontrásemos la mejor de las respuestas.

(“Felipe Carlos, el rey de la paz” es un relato que ha participado en el 35º Proyecto Anthology. Tema: ¿Qué habría pasado si...?)

07 agosto 2008

EPÍSTOLA AL AMIGO


Tu recuerdo me viene entre las neblinas de aquel día en el que tomando caminos diferentes nos abríamos a un mundo nuevo que deseábamos conocer, tal y como tantas veces habíamos planeado. Recuerdo tu cara aniñada, peinado a raya y protegiendo tus cabellos con fijador. Usabas gafas, las de gruesa concha, cuadradas, tras las que se escondían tus ojos no por ello cerrados, y que por tu revoltoso carácter tanto temías que se rompieran durante las horas del recreo. Aquel del que tanto gozábamos en el patio enclaustrado de nuestro antiguo colegio. El momento de la despedida vino después, cuando abandonamos sus paredes y en el interior de sus aulas quedaron sellados nuestros mejores deseos; allí, entre sus pizarras de piedra negra y aromas de tiza blanca, estrangulados sus ecos. Simplemente por esto, por tu recuerdo, me he decidido a escribir esta carta, que de seguro verán tus ojos.

Tomé mi sendero y te perdí de vista; aunque nunca me olvidé de ti y mi deseo era el de verte con frecuencia. Mucho más, sabiendo cómo eras y por las muchas coincidencias de las que habíamos disfrutado durante tanto tiempo.

Luego, ya sabes, todo ese conjuro de factores que van influyendo en tu vida y te hacen ser otro, aunque luches por ser tú mismo apoyado por la fuerza de tu voluntad, en ocasiones blanda y fofa condicionado por tantas cosas. Nada de lo que habíamos pensando para cuando fuéramos mayores, fue tomando cuerpo en el mío, tal y como nos había sucedido en los años con carta a los Reyes de Oriente, en las que de tanto pedir cosas, tan grandes eran en su tamaño, que sobre las gibas de sus camellos bien poco era lo que podían soportar, cayendo por el camino. Y fue así como todos los deseos se iban frustrando, año tras año. Proyectos y más proyectos escritos en hojas de otoño con seca tinta de grafías ininteligibles.

Ahora, cuando ya ha pasado un largo tiempo -tan solo nos queda un apacible rincón de espera, antesala a un mundo que nos gustaría dibujar con el pincel de nuestras manos pero sin modelo al que copiar- vuelvo a pensar en ti y me pregunto qué habrá sido de tu vida, aquella que tan a gusto habíamos tramado.

Quiero suponer que conseguiste ver todo lo que deseabas, correr por las cimas de los montes como un tornillo sin fin, bañarte a los pies de una cascada que desde lo alto rompe el suelo y crea un remanso fresco protegido del sol gracias a las sombras de los peñascos que lo rodean, de los arbustos que de ellos nacen y de la inmensa arboleda que circunda a ese jacuzzi natural. Para muestras, un botón, y con éste me basta. Y quiero imaginar, de forma interesada, que lo lograste.

Poco puedo decir de mí que no sepas tras leer estas líneas que te mando, pues convencido de lo bien que me conoces, y de que aún pervive en ti mi recuerdo, te habrás dado cuenta de todo lo que ha quedado en el camino lastrado por el tiempo.

Sin embargo, estoy contento de lo conseguido por lo mucho de bueno y fructífero que ello tiene. Y aún más, porque no está en nuestras manos escribir el destino, sino aceptarlo tal y como viene con la mejor de las caras y con el mayor de los provechos, intenciones estas a las que me he dedicado a base de errores y también de aciertos, que de todo ha habido en la viña de la vida.

Pero entonces, en aquellos años, nada sabíamos, convencidos de que nuestro sino nacía de un crisol, alimentado con el calor de los deseos.

Finalmente, te deseo una larga vida plena de salud, que de lograrlo, seguro que yo también podré seguir gozando de ella.

04 agosto 2008

ALMACÉN DE OBJETOS PERDIDOS


Céntrica y ronda urbana, ancha y de especial atractivo, es la calle que circunda y abraza a su centro histórico como antaño lo hicieran las murallas que lo protegían a lo largo de su recorrido. Más de un siglo hace de su derribo, puertas abiertas hacía un ensanche que Valencia tanto necesitaba. Y aquí sigue ella, la más antigua ronda de la ciudad, que sufriendo por la automoción, goza de su emblemático entorno testimonio de viejas construcciones que nos hablan de su pasado. Pero no todas persisten, muchas desaparecieron y sólo nos queda su recuerdo.

Porque al paso de las desamortizaciones y de sus piquetas después, como al del tiempo que todo lo envejece y a la ambición urbanística que tanto nos corrompe, cada circunstancia en su momento, han ido destruyendo sus antiguos conventos, sus solariegas casas, sus recintos públicos, su viejo Hospital Provincial, obligado éste a su traslado a una zona más abierta, y del que quedan en pie los restos de algunas de sus puertas, su crucero eclesial hoy moderna biblioteca, la vieja ermita “Capilla del Capitulet” y una sucesión de piedras y columnas que adornan a un jardín donde los olivos abanican los días con sus ramas de paz.

Pero por una causa especial, sí recuerdo en los restos del viejo Hospital una no muy grande estancia reconvertida en almacén y utilizada hasta hace unos cuarenta años como “local municipal de objetos perdidos”: allí se apretaban sus largas estanterías de pasillos estrechos, cuyos anaqueles uno encima del otro llegaban hasta el techo, llenos a reventar de toda clase de extravíos a la espera de su dueño.

Sobre todo, había bolsos y carteras de todas las hechuras, tantos como peces en el mar y que viejos y sin el colorido de estos era lo que más abundaba. Y con seguridad también a la par que con los paraguas, por ser éste el objeto más perdido desde el momento de su invención. También se guardaban un gran surtido de maletas y maletines, de sombrereros, de correas y de ropas, y hasta alguna que otra desvencijada bicicleta; albergado todo en aquel rancio almacén, donde un par de empleados recibían con sus manos abiertas los objetos perdidos disponiéndolos de tal modo, por si alguien allí los buscaba. Al abigarrado enjambre de objetos extraviados, acudía la gente con la esperanza de dar con lo suyo, la pertenencia añorada que consideraban perdida.

Es un recuerdo el que ha pasado por mi mente, fugaz, de sombras equivocas y de flases irrelevantes, pero que han ocupado por segundos un hueco en mi memoria. Su evocación pertenece a un pasado, que por increíble, me produce sonrisas llenas de nostalgia de una forma de vivir en la que la buena fe vecinal y su desprendimiento, era el mejor de los legados. Era el de la ciudad de puertas abiertas, pero de cinturones apretados, en la que, sin embargo, ni se hablaba de hipotecas ni del desaprensivo euribor, ese de cara tan rancia como inescrutable.

¿Y por qué me viene al recuerdo aquel lugar tan entrañable, convertido hoy en jardín de viejas columnas, restos de un antiguo hospital?

Y es que la sonrisa me ha llevado a rememorar telones tan oscuros como olvidados por la pregunta de mi nieta, cuya sorprendente ocurrencia da fe a la esperanza: la que nunca debemos perder.

“Iaio, he perdido un muñeco de trapo en el autobús. ¿Por qué no vas a objetos perdidos y miras si allí está?

01 agosto 2008

2º ANIVERSARIO



Sucedía en la Baja Edad Media, en los años en que los monarcas hispanos andaban a trompazo limpio cosa frecuente entre los reinos cristianos de entonces, ambiciosos como eran por ampliar sus dominios. No obstante, lo que más les unía era su afán de combatir al invasor moro, tal y como sucedió en Navas de Tolosa, allá por el año doce doce. Cuando no era el uno, lo era el otro, y siempre andaban a la greña utilizando todo tipo de estrategias sin despreciar la de los enlaces matrimoniales, a la que tantas veces recurrieron utilizando a sus hijos, aquellos de los cristianos reyes.

Pedro el Ceremonioso, el rey segundo de Valencia y cuarto de Aragón, amuralló la ciudad de Valencia para defenderse de Pedro de Castilla, al que unos llamaban el cruel y otros el justiciero. Y se lió la “guerra de los dos Pedros”, y que a su término, el monarca aragonés considerara a Valencia como dos veces leal. Ello, no fue óbice para que el Ceremonioso ayudara a Enrique, “el de las mercedes” -el bastardo que luchó contra su propio hermano el Rey deseoso por robarle la corona- en el destronamiento de su hermanastro, lo que posibilitó la entrada de los Trastámara en Castilla y años después también en Aragón, según se acordó en Caspe en ocasión de inteligente lance, y que pasó a la historia como el famoso Compromiso que lleva su nombre. Un Trastámara magnánimo, Alfonso, dio los mejores logros a la Corona de Aragón, gracias a la fuerza económica de Valencia y su Siglo de Oro, por lo que quedó enormemente agradecido a nuestra ciudad, cuyos presentes están patentes en el interior de nuestra Catedral.

De la Valencia amurallada y por una de sus puertas –no sabemos por cuál de ellas- el humanista Luis Vives huyó a Brujas, cuando pintaban bastos y las cosas no las tenía muy claras. También los moriscos tomaron las de Villadiego en contra de su voluntad, pero en este caso, sin la necesidad de franquear las murallas porque su lugar de trabajo estaba en la huerta, allende de ellas. Era el tiempo en que el italiano Antonio Manceli dibujó para la posteridad el plano de Valencia, como antes lo hiciera el flamenco Anton van der Wyngaerde, dibujo éste hecho por encargo de Felipe II, a quien llamaban el prudente.

Y que un siglo después también lo hiciera el “capellá de les ralletes”, Vicente Tosca, quien recorriendo todas las retículas de la ciudad desde la calle de Serranos donde sus ojos vieron la luz por vez primera, plasmó su plano enrocado en las murallas, las que sin duda le daban facilidad para su pertinaz tarea. Gracias a su trabajo, se rescataron a la posteridad sus calles estrechas, sus viejos conventos e iglesias, muchos de ellos desaparecidos. Plano que tanto nos iba a ayudar hoy en día para conocer mejor nuestra ciudad, la de aquellos años de entonces.

La murallas resistieron al francés invasor en su primera intentona, pero cuando años más tarde la industria de la seda entró en crisis, ahora diríamos desaceleración, a falta de subsidios de paro y prestaciones por desempleo, Cirilo Amorós, el munícipe, se decidió a pedir permiso a su reina Isabel II para derribar las murallas, las que ya asfixiaban a la ciudad. Y con ello, procurar los necesarios jornales para la mucha gente en paro que angustiada existía.

Valencia abierta entonces, necesitó de más puentes, pues sólo existían hasta entonces los que daban frente a sus puertas; y con ellos y a ellos gracias, fue creciendo la ciudad. El ferrocarril, el Ensanche, las nuevas grandes vías, su paseo Valencia al Mar: al que ser quiere llegar aunque sea a paso lento, la América Caps y la Formula Uno. Todo un siglo y medio en el que el encanto del blanco y negro es vencido por la magia del color, la que con la máquina digital crea sus mejores encuadres.

Pero todo esto no tiene ningún valor si en nuestra prepotencia olvidamos lo que fuimos, tiempos del que sólo el blanco y negro da su mejor testimonio: el mayor de nuestros legados y del que debemos disfrutar.

Valencia en blanco y negro es una muralla abierta circunscrita en este Blog. Pero que se ofrece desprendida a quienes gusten de ello, al igual, que también abierta a cualquier colaboración, por lo que les quedara siempre agradecida. Nace cuando se cumplen dos años desde que empezara su andadura “el bloc de jotacob”, celebrado ahora como cualquier festejo de un cumpleaños feliz y con la ilusión de que sean muchos en los que pueda seguir creciendo.

24 julio 2008

MI ENTRAÑABLE TENIENTE


Le recuerdo con agrado. Quiso el destino que él que se fijara en mí en aquel acuartelamiento ceutí, al que recién llegado estaba y que iba a ser el lugar donde debía cumplir con mi servicio militar obligatorio. Lo de presentarme voluntario no terminaba de gustarme y la posibilidad de conocer nuevas ciudades hizo que me llevara a confiar en el sorteo de quintas, que caprichoso, me mandó al Norte de África. Como se decía entonces en el argot castrense, cuando existía el servicio militar por excelencia el de remplazo.

-¿Cómo te llamas y dónde trabajas?- Me preguntó nada más verme de la misma forma que podía habérselo dicho a cualquier otro soldado, una vez jurado bandera y a la espera de destino como estábamos. Y al responderle a sus preguntas y coincidir mi nombre con el de su anterior escribiente, esto fue motivo suficiente para que ocupara el puesto que estaba vacante desde hacía unos pocos días; por lo que una vez conocido mi destino y pasadas unas semanas, decidí a romper varias tarjetas de recomendación que traía desde mi Valencia de origen; acción de la que luego, en los meses más tarde, nunca me iba a arrepentir.

Sí, le recuerdo, y con especial agrado, tal era el carácter de aquel teniente, abierto y bonachón. Que ya sentados en la mesa no muy grande de trabajo de su pequeño despacho, la que compartiéndola juntos iba a ser también mía durante sus ratos de ausencia (los de la mayor parte del día) al decirle que era valenciano, fue cuando raudo y sin demora, le dio por mencionar a la fiesta de las fallas y con ello a criticarlas.

-No os entiendo a los valencianos- me dijo medio serio y convencido- Os gastáis mucho dinero en ellas, y luego las quemáis. Con la falta que hace para otras cosas más serias y provechosas.

Trataba de explicarle lo equivocado que estaba, pero no había manera. Su condición de oficial del ejército le daba aún mayor fuerza a sus argumentos sobre los míos, y de forma especial, que esgrimidos desde mi condición de un simple soldado de remplazo y agradecido por su elección de mi persona, la mayor razón estribaba en que me veía obligado a desistir. Por otra parte, mi nuevo destino me otorgaba la exención de cualquier servicio en la compañía y el beneficio añadido de que no iba a caer sobre mis espaldas ni una sola guardia en aquel acuartelamiento ceutí; aparte de otras ventajas, y todas de gratos recuerdos, por lo que le quedé muy agradecido.

¿Cómo iba a entender el entrañable teniente el significado de las fiestas falleras y lo que para Valencia representan, sí su único afán era el de criticarlas y de paso vacilar conmigo? O quizás era al revés.

Hablar de las Fallas a un mes de la inauguración de la Formula Uno en las calles de Valencia, tiene el único sentido de su analogía mediática, en que si por la fiesta fallera es mundialmente conocida nuestra ciudad, al ser sede de la Copa del Mundo de la alta velocidad, refuerza aún más nuestro atractivo turístico, y en especial durante los doce meses del año que atraídos por tantas cosas y una vez sabidos de nuestra modernidad, vienen a visitarnos.

La creación de un nuevo circuito dentro de la ciudad en unos pocos meses y que ya despierta todo tipo de elogios entre los entendidos que lo conocen, habla muy claro de la capacidad del buen hacer del pueblo valenciano, aceptando el reto de cambiar el aspecto de una degradada zona para convertirla en el mejor balcón, en el que fijarán sus ojos millones de personas.

Sin embargo, el entrañable teniente, no alcanzaba a entender los beneficios de nuestra fiesta universal, en la que si algo se quema -trataba yo de decirle- es el cierre de un ejercicio en el mismo instante de su final, el del inicio del siguiente, y de cuyas pavesas surgen nuevos proyectos en beneficio de amplios sectores de la ciudad, sin que él tratara de comprenderlo, ocultando sus auténticos pensamientos.

Valencia, convertida ya en parada obligatoria del
Campeonato Mundial de Fórmula Uno durante los próximos años y que con seguridad serán muchos, es la gran falla que jamás podíamos soñar los valencianos y de cuyo alcance, la ciudad entera, se va a beneficiar con unos resultados que recaerán sobre amplios sectores económicos, gracias a su especial tirón y proyección internacional que le acompaña. Fruto del que también disfrutaremos por la transformación de su zona más degradada en diseños de vanguardia, al igual que lo fueran en anteriores eventos otros barrios, a los que se consiguió dar el mejor lucimiento.

-¡Valencia cada vez está más bella!-, dicen quienes nos visitan de tiempo en tiempo, o disfruta al descubrirla quien llega por primera vez a nuestras calles.

Quizá, en la actualidad, el entrañable teniente dijera que tampoco entiende cómo se quema la gasolina tan cara como está, y que en lugar de tirarla por los tubos de escape, mejor sería que se utilizara su precio en cosas más aprovechables. Igual diría algo de eso.

Pero lo que sí es cierto, es que en nuestra ciudad aún existe gentes que, como el entrañable teniente, aún no entienden a nuestras fallas, y lo que es peor, que se resisten a entenderlas.

Aunque luego, claro está y sin duda alguna, que de una forma o de otra, y cuando les llega el momento de presumir de nuestra ciudad, glosarán con entusiasmo a nuestra fiesta internacional. Ahora, lo tendrán aún más fácil, pues gozarán del añadido de nuestros grandes eventos, cuya fijación e su interés universal es cada vez más patente.

06 julio 2008

TÉMPANOS DE HIELO


Las incesantes cuchilladas las debieron sentir en sus carnes con un agudo dolor, como el de una descarga eléctrica que corriera por todos sus cuerpos. Fueron la señal de que aquella tragedia había llegado a su final, iniciada momentos antes, en el tiempo transcurrido desde que percibieron el primer aguijón de la muerte.

Aunque es difícil de imaginar, puedo presumir la sensación del frio acero cuando entra en la carne humana por las películas de acción, al ver los rostros de sus protagonistas, encogidos o desencajados en sus lamentos, cuando ofrecen sus muecas de espanto en una brillante interpretación. Sin embargo, nunca he visto morir por causa semejante a un ser humano y mis únicas referencias, junto a la del cinematógrafo, se limitan a la lectura de novelas de piratas o de batallas navales, que, al abordaje, rubrican firmas de muertes; o las de espadachines, esas de uno para todos y todos para uno, donde el honor y la frivolidad andan parejos, esclavos siempre de un orgullo herido, a la búsqueda de un duelo que lo libere.

También puedo imaginar las cosas que pasaron por sus mentes, por sus recuerdos, o en sus adioses a los seres queridos, al mismo tiempo de las continuas cuchilladas que iban recibiendo, y que unas tras otras sentían en el interior de sus cuerpos. Y como el boxeador grogui, más bien despojo y fardo humano, todos sus cuerpos debían de ser un desgarro, como una diana, en la que cientos de púas punzaban sus mentes y las recibían estoicos con sus cuerpos helados inmersos en las aguas del océano.

Todas las fuerzas las centraban en sus dedos, que asidos a algo firme, cifraban en lo desconocido su única esperanza: la que por instantes fenecía sobre cualquier tabla de salvación. Debieron de perder la cuenta, y el número de cortes salvajes adormecían sus cuerpos, de los cuales quedaba un ligero aliento, que aunque cálido, se perdía por la gelidez de la noche.

Hablan de un bosque de gritos, de chillidos, que si vivos se habían apoderado de la noche, fueron menguando en sus lamentos hasta convertirse en un silencio sepulcral. Y fue cuando cesó el dolor expandido e imperó el silencio abandonando su eco. Y a partir de ese momento, cuales témpanos de hielo, navegaron por las sombras de la noche guiados por su destino.

Los que lograron salvar sus vidas contaron que la muerte por congelación anuncia de su presencia en la carne como cientos de cuchillos, pero ante la ausencia de sangre. Así ocurrió aquella noche, en la que trescientos seis cuerpos humanos fueron rescatados inertes flotando sus cuerpos en las frías aguas del océano una vez hundidos al chocar contra David, el que fuera un simple copo de nieve convertido en la enorme masa de un iceberg vencedor sobre Goliat: la fascinación del Titanic, cuyo espíritu sigue navegando no solo por las aguas del océano, sino también por nuestras mentes.

(“Témpanos de hielo” es un relato que ha participado en el 34º Proyecto Anthology. Tema: Frio)

04 julio 2008

MIGUEL SEBASTIAN, MINISTRO CON CARTERA PERO SIN CORBATA

Ignoro si la esquila es a la vaca lo que la corbata al hombre. Porque nunca se lo pregunté; a la vaca, por supuesto. Sin embargo, en su orgullo de caminar lento, majestuoso y solemne -por supuesto me refiero a la vaca- por senderos empinados, a veces dificultosos, luce su bronce añejo como el mejor distingo de su presencia. Y de seguro, ufana y contenta de ser el centro de las miradas de quienes pasan por su lado como también honrada a carta cabal, que como siempre, se ofrece con lo mejor de sí misma.

La corbata que no es más que un trapo, es como el obligado colgajo incrustado al toro en el corral en contra de su voluntad, que momentos antes de salir a la plaza se le clava en sus carnes, y es entonces cuando ya está listo para la lidia. Sin que esté obligado a lucirlo de fosforito, de colores vivos, ni de marca cara, ni a que su nudo sea ancho y grande, que más parece la soga en la que se anuda la ausencia de toda personalidad.

Finales los cincuenta del pasado siglo era el sombrero la prenda más importante del vestir diario, sustituido por la boina de visera chulapona y con pañuelo blanco al cuello, en aquellos, cuyo tramo profesional iba desde el aprendiz locuaz al auxiliar con ínsulas de oficial. Desparecido el sombrero de la multitud de las calles, la corbata se luce en nuestros días como prenda obligada tanto en los de abrigo del frio invierno, como en los del suave estío, aunque cuando llega el calor rancio y pegajoso, es cuando se afloja el lazo en torno al sufrido cuello o en acto de rebeldía se deshace el nudo y con la camisa abierta, se ofrece la garganta como señal de libertad.

Nuestro Ministro de Industria y desde el banco azul del Congreso, con cartera pero sin corbata, nos lanza el mensaje de que sin ella se está mejor, más a gusto, y hasta más dispuesto al trabajo liberado del calor que nos asfixia, aunque sea sólo en parte.

Ojalá sirviera la genial anécdota para darnos cuenta de la inutilidad de la corbata, y de lo que se esconde tras la embustera enseña que algunos muestran en lo que ya nada es circunstancial, sino medido en el tiempo y en busca de los mejores mejor frutos. Remedios elaborados dentro de las carteras ministeriales, las de piel cara y algunas de vaca.

Los trasvases ya no son trasvases, son otra cosa; la crisis ya no es la crisis, es otra cosa; los referéndum ya no son referéndum, son otra cosa; las regiones ya no son regiones, son otra cosa y la paga para todos los españoles de los 400 euros es una mentira más, mientras que los más necesitados se van a quedar esperando la ayuda prometida tan convencidos de ella cuando votaron.

Sea con la corbata del engaño en lo políticamente correcto, o con la esquila de la bondad fruto de la ignorancia.

20 junio 2008

EPÍLOGO A UN VIAJE


La superficie de la mar, cuando recibe la caricia del viento próximo a Santorini, rompe sus crestas en suaves burbujas como el blanco del algodón. Presenta la textura de los grumos y su superficie parece densa, como el mercurio, brillante, metálica, amortiguándose en ella la luz.


Azul marino como de uva negra, morado de moras y con pinceladas blancas que forman caballitos de mar. El cielo, de tonos más suaves y con ligeras brumas, es el contrapunto en una línea que se pierde en el infinito y los separa en dos mitades: lo real de lo imaginario, hasta confundirlos. Cortinas de seda que ocultan las islas, cuando alejándose, se pierden en la inmensidad del Egeo; y quiero pensar, merced al suave impulso de los dioses, presentes en su morada de siempre, y que siglo tras siglo y hasta el fin de los siglos les mantendrán amos y vigilantes del mar en el que nacieron.


Un pequeño ferry rumbo a Ítaca pasa bajo el crucero, y le lanzo un saludo de amistad. Y tras él deja su rúbrica, que cortando el agua vuelve a unirse y responde a mi cumplido. Mientras, fijo mi mirada en la mar, que si azul por un instante, adquiere el negro color de su elegancia y se baña de plata por los reflejos del sol que atardece.

NUESTRO ÚLTIMO DIA

Día 16

Ya en el aeropuerto de Bari, la sorpresa de encontrarnos otra vez con el avión de la Federación Española de Futbol volvió a resultarnos agradable. Pensamos, que si la selección de España necesita del avión después del partido final de la Eurocopa, será muy buena señal.

De seguro, tendrá un hueco donde depositar la Copa para ofrecerla al aficionado hambriento de un título europeo, y si el único título logrado hasta ahora, lo fue gracias al gol de Marcelino, ahora lo será con una rabona de David Villa, el guaje valencianista.

Y con el vuelo Bari-Madrid, escala Barcelona, y Madrid-Valencia, dimos por finalizado un viaje de casi 4.000 kms por el Mar Mediterráneo, adentrándonos en sus hijos del Egeo, del Jónico y del Adriático, pisando las tierras firmes de Grecia, de Croacia y de Italia.

VENECIA


Día 15 Venecia

La tarde anterior andábamos preocupados, pues todas las informaciones meteorológicas anunciaban una lluvia intensa en la ciudad de Venecia. Pero el día amaneció limpio y cuando llegábamos a la ciudad lacustre, todo hacía presagiar que tendríamos un día soleado y del que íbamos a gozar por tantas cosas.

La panorámica que ofrece Venecia desde lo alto del MSC Música resulta una experiencia inolvidable, grata y de gran relajo, pero como había que estar preparado para el desembarco, imaginé que ya por la tarde, cuando abandonáramos la ciudad, sería el momento ideal de atender a tan bello escenario, una vez ya conocido y con más datos a nuestro alcance. En un cómodo vaporeto llegamos al embarcadero situado justo enfrente al Puente de los Suspiros, donde nos recibió la guía veneciana ante la estatua ecuestre de Víctor Manuel de Saboya el primer rey de Italia en su unificación de 1861.

Cuando la caída del Imperio Romano en siglo V, huyendo de los barbaros, los mercaderes venecianos más pudientes se refugiaron en esa zona de islas y estableciéndose en ellas, fueron habilitándolas para hacerlas más seguras y extensas, adquiriendo un gran poder económico, hasta independizarse de los bizantinos en el siglo IX e instaurando la República de Venecia gobernada por tribunos y recayendo el poder en el dux o dogo, cuyo lugar de residencia era el Palacio Ducal situado junto a la Catedral, formando un friso arquitectónico frontal a la Plaza San Marcos, patrón de la ciudad. Con el nuevo gobierno y su poder económico, se iniciaron la construcción de palacios gracias al tesón de las ricas familias no aristocráticas que crearon una nueva nobleza: los patricios del dinero. De Marco Polo, el famoso aventurero y mercader, se conserva su casa situada en el Gran Canal, al que convergen los demás esparcidos por toda la ciudad.

El Palacio Ducal sobre un largo soportal de columnas dóricas con sus capiteles diferentes, estaba formado por tres cuerpos diferentes que luego se unificaron, y era la residencia de los 120 duques a lo largo de su historia. Ciudad que nunca fue invadida hasta que con la llegada de Napoleón se dio por terminado el poder ducal.

Venecia está formada por 120 islas y más de 140 canales con una población cercana a los 300.000 habitantes, de los que 70.000 viven en la isla principal a pesar de la insalubridad existente y con la única protección de tener desocupadas las primeras plantas recayentes a los canales.

La actividad comercial gira en torno a la Plaza de San Marcos, patrón de la ciudad, construida entres los años 1582 y 1640. En ella destaca la Catedral, en cuyas puertas unos frescos muestran la retirada de las reliquias de San Marcos de Alejandría gracias a unos mercaderes venecianos, donde fue martirizado, y su llegada a Venecia, donde fueron respetuosamente recibidas. En su honor, construyeron la iglesia donde reposan sus restos, convertida en Catedral y adoptándolo como patrón de la ciudad en sustitución de San Teodoro, cuya imagen se puede observar sobre una elevada columna a la entrada de la Plaza, junto a otra gemela en la que se realza el león alado asociado a San Marcos.

Venecia está sustentada en su fondo por un gran bosque de troncos de roble que iban fijando sobre el suelo marino. Con el tiempo, momificados como piedras, son el más firme puntal de toda la superficie que en forma de S invertida dan consistencia a la multitud de templos, palacios y torres, algunas de ellas inclinadas, cuando por su peso, los troncos sumergidos cedieron a su fuerza. Fijamos la atención en la Catedral, en el Campanario, en la Torre que domina la plaza y nos adentramos por una calle de tiendas buscando el Puente de Rialto, el que domina el Gran Canal.
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Después de un recorrido en góndola y un ligero descanso sentados en la Plaza San Marcos tomando un café, dedicamos un tiempo a las compras hasta la hora fijada del regreso al crucero MSC Música.

Después de una pequeña siesta y cargado con la digital y los primaticos subí a la parte alta del crucero para gozar de la despedida de Venecia. En un largo recorrido despidiendo a la ciudad, desde tan alta atalaya, la panorámica que se observa resulta espléndida. A navegación lenta y situados sobre la ciudad de Venecia, ir abandonándola observando cada una de sus casas, su puentes, sus canales, sus torres, la Plaza de San Marcos tan alta y tan cercana al mismo tiempo, es uno de los recuerdos almacenados tanto en mi memoria como en la maquina digital que por ser ésta más duradera, resultará también más eficaz.

En la última noche en el barco, la cena con los amigos resultó muy entrañable, y tanto Idoia, como Prado, como David, como Rogelio el amigo culipardo, y con el recuerdo permanente de Mireia y Eloy, los deseos de un próximo encuentro quedaron patentes en la mesa. Al levantarnos de ella, decidimos tomar una copa juntos en el Tucano Music Hall, donde pasamos la última velada a bordo del crucero.

Ya sólo quedaba hacer las maletas, dormir la última noche y emprender el regreso de cada uno a su lugar de origen, eso sí, a parejitas.

DUBROVNIK


Día 14 Dubrovnik

La llegada a la ciudad de Dubrovnik estaba anunciada para las ocho de la mañana, pero seguramente ausentes los vientos en contra, una hora antes, el crucero ya estaba amarrado al puerto.

Sin embargo, el cielo nublado lloriqueaba suave y la amenaza de lluvia preocupaba nuestra visita a la histórica ciudad croata. Al bajar del barco una ligera llovizna nos hizo retroceder a la boca abierta en su casco –una de tantas- solicitando unos ponchos de plástico que allí tenían dispuestos para quienes los necesitasen. La lluvia se mantenía insignificante y con un autobús nos trasladaron a la entrada de la ciudad amurallada. En la puerta de Pile, una de las tres existentes en todo su perímetro y antes de pasar por un puente elevadizo que franquea la entrada, bajo unos plátanos frondosos, la guía croata nos situó en la ciudad, tanto en su historia como en los lugares que íbamos a visitar. Existen otras dos puertas, la Buza y la de Ploce.

La ciudad de Dubrovnik, en la que predomina el estilo gótico renacentista, pertenece a la región de Dalmacia y es considerada como la “perla del Adriático”, por lo que su gran atractivo turístico está sobradamente justificado. Su historia hay que conocerla desde su pasado más reciente, cuando la desintegración de Yugoslavia abrió la espita de confrontaciones ajenas al pueblo, pero incentivadas por los iluminados que para desgracia del mundo siguen existiendo por doquier. La declaración de guerra de los serbios y montenegrinos contra los croatas en 1991 supuso el bombardeo de la ciudad, en una guerra que duró cuatro años. Dubrovnik, fue destrozada en un 70%, dejando a su habitantes sin techo e inmersos en su pobreza. Un plano en la Puerta de Pile, marca todos los puntos donde cayeron las bombas, indica sus casa destrozadas y los lugares donde incendios voraces se apoderaron de sus construcciones. Ciudad protegida por la UNESCO, ha sido totalmente rehabilitada y muestra la mejor de sus caras para solaz y disfrute de quienes la visitan.

Croacia, nación que perdió su independencia en 1945 por la fuerza invasora de Tito, quiso recuperarla en 1991, cuando los croatas votaron por su República. En la actualidad, el olvidar la guerra es un deseo inquebrantable de los croatas, como lo es también su entrada en la Unión Europea actualmente en proceso negociador. Croacia tiene cuatro millones de habitantes y la ciudad objeto de nuestra visita 50.000 personas, las que viven ilusionadas hacia un mundo mejor en el que el turismo ejerce un dinamismo inapreciable. Profesan la religión católica el 90% de la población, entre la que se encuentran sefarditas originarios de España y Portugal. San Blas es el patrón de la ciudad y la mayoría de sus habitantes utilizan los nombres de Blas, Ana y María, conformes con la religión que profesan, huyendo de complejos con rancio sabor modernista.

La guía, profesora de español y enamorada de su ciudad, es una bella mujer de ojos azules y raza eslava, orgullosa de sus hijos de quienes nos habló unos instantes para que conociéramos algo del aspecto mocetón de sus gentes, pues alcanzar la altura de los dos metros es lo más característico en la zona. El nombre de la ciudad significa bosque de robles, pues es el árbol que rodeaba a la ciudad, de cuya robustez nada tiene que ver con la de sus habitantes, lo que tendría un especial encanto.

Pasamos el puente elevadizo, y justo en la entrada, como la mejor de las recepciones, se encuentra la Plaza Luza, donde se encuentra la Torre del Reloj, la de los dos hombres verdes de Dubrovnik que marcan las horas; la fuente de Onofrio del siglo XV, la que suministra agua potable a la ciudad y el Monasterio Franciscano de estilo gótico-románico con su claustro considerado como una obra maestra de la arquitectura de Dubrovnik. En su interior, museo farmacéutico, sigue abierta al público una de las tres farmacias más antiguas de Europa, fundada en 1317.

Visitamos la iglesia de San Blas, patrono de la ciudad; el Palacio de los Rectores, quienes gobernaron la ciudad hasta que Napoleón se apoderó de la región sin llegaran a reponer su autoridad y que en su primer piso, sobre un dintel, reza el latinajo de “Obliti privatorv pvblicacvrate” “Deja lo privado oblígate a lo público” consejo que la clase política olvida con frecuencia. Y la Catedral barroca de San Blas del inicio del siglo XVIII, con una esplendida colección de relicarios de plata y oro de influencia bizantina de los siglos XII al XV.

Visitados los puntos más importantes, aprovechamos el tiempo libre para perdernos por sus calles, pese a la lluvia suave que de vez en cuando hacía acto de presencia. Mas de repente, un gran chaparrón desprendió sus aguas que cayendo a chorros, limpiaban aún más el suelo enlosado de la calle principal. Nos refugiamos en una cafetería para tomar un café hasta que menguara la lluvia. Las callejuelas de la ciudad son estrechas y llanas en la zona de tiendas orientadas hacia el mar, pero las que suben hasta las murallas, son auténticos callejones de menos de dos metros, escalonados y cubiertos de plantas que los hacen aún más angostos, donde la vegetación se apodera de la calle ocultando los zaguanes. En estas calles tuvieron su asentamiento los sefarditas, hoy esparcidos por cualquier punto de la ciudad. Llegado a lo alto, recorrí parte de la muralla haciendo fotos de los tejados, torres y murallas de Dubrovnik, encontrando una fuente a pie de una estrecha calle que me llamó la atención, pues siempre que había visto una fuente con un chorrito de agua nacido del sexo de un cuerpo desnudo, nunca había visto el de una mujer: hasta ese momento.

CORFÚ


Día 13 Corfú

El día amaneció algo nublado y al haber atrasado indebidamente el reloj, porque cuando correspondía era al amanecer del día siguiente, perdimos el desayuno al encontrarnos con las puertas cerradas, por lo que subimos a la zona de piscinas donde tomamos un café. La llegada a Corfú, Kerkira para los griegos, estaba anunciada para las doce y el inicio de la excursión contratada para las 13 horas, por lo que era cuestión de esperar un poco gozando de la navegación y de la brisa, cómodamente sentados, y en agradable conversación con Idoia y David, otra de las parejas con la que compartíamos no sólo la cena, sino cuando coincidíamos en las visitas a las diversas excursiones que diariamente nos ofrecían. Adelantamos pues la hora de la comida mientras ponía el reloj en su hora, y ya preparados, iniciamos la excursión elegida con visita al Palacio de Achilleion y al centro histórico de Corfú, con visita a una de sus playas más próxima.

Corfú, isla situada en el mar Jónico, es la segunda más poblada de Grecia, con su patrón San Espiridón y la famosa torre que lleva su nombre. Destaca en toda la isla su vegetación exuberante de la época veneciana, en la que abundan los cipreses y los olivos, con alturas estos últimos de doce metros. La madera del ciprés es utilizada para la construcción de iconos y la del olivo para utensilios domésticos. Los ingleses, los últimos dominadores de la isla, plantaron eucaliptus, y que junto a los almendros y buganvillas convierten a la isla de 120 pueblos y 140.000 habitantes en un auténtico vergel. Dos de sus pueblos se denominan Castellani en recuerdo a la Castilla española. En Corfú el 97 % de sus habitantes profesan la religión cristiana ortodoxa y el 3% la católica, mientras que para su culto existen más de 800 iglesias en toda la isla.

El punto más alto es el monte Pantocrátor: el todo poderoso, cuyo nombre se aplica al Dios Zeus. Su clima muy lluvioso durante el invierno, cambia después de la pascua ortodoxa –un mes después de la cristiana- hasta el mes de octubre, cuando vuelve la temporada de las lluvias que mantienen el verdor en toda la isla.

Actualmente, el turismo, cautivado por sus playas de aguas esmeraldas y cristalinas, representa uno de los mayores atractivos de la Isla, en la que Ulises, el rey más inteligente de Grecia, en su regreso a Ítaca, fue el primero de sus turistas cuyo nombre se conoce. Y en su recuerdo, entre otros muchos, según la mitología griega, destaca su barco petrificado en un pequeño islote que se forma en la roca. Hasta el siglo XIX vivió en Corfú la intelectualidad griega, enamorados de la isla y refugiados de la amenaza turca de la que eran perseguidos. En sus horas de tertulia tomaban con seguridad el exquisito licor de Kumquat, hecho de mandarinas y de un fruto ácido con semejanza al de un grano de uva grande, y del que me hice con una botella, que mientras me dure, mantendrá más cerca de mi memoria el recuerdo de su calles pequeñas y comerciales, de su amplia alameda paralela a los soportales, en los que las cafeterías y sus cómodos butacones invitan al descanso contemplando un centro histórico protegido, frente a una de sus fortalezas en la costa.

Los primeros pobladores de la Isla fueron los cristianos, los que llegaron junto a San Pablo en el inicio de sus predicaciones por toda Grecia.

Los turcos intentaron sin éxito apoderarse de la isla, lo que impidieron primero los almogávares, las tropas de la Corona de Aragón: las que durante ochenta años del siglo XIII gobernaron la isla, y más tarde lo hicieron los venecianos, evitando el asedio otomano y dueños absolutos de sus puertos, desde los que se suministraban el aceite deseado rumbo a la república veneciana. En su arquitectura destaca la influencia veneciana, como señal de su presencia, especialmente en la semejanza con las zonas portuarias italianas. Y fueron ellos los que construyeron las enormes fortalezas a partir del siglo XV, contra la amenaza turca.

Quien sí consiguió invadir Corfú fue Napoleón, en el siglo XVIII, hasta su expulsión por los ingleses cuando las Islas Jónicas pasaron a ser colonias británicas, dominio que finalizó con la reunificación de Grecia el 11-5-1864, según consta en un sencillo monumento de la amplia alameda junto a un bello kiosco musical.

Sissi, la emperatriz austriaca, mujer de vida triste y desgraciada casada con su primo de quien huía, encontraba su mayor fortaleza en sus constantes viajes. Cuando llegó a Corfú y contempló su belleza, semejante al mejor de los jardines de su tierra, mandó construir un palacio donde, entre viaje y viaje, pasaba largas temporadas. Visitamos su palacio de Achilleion, en el que permanecen algunos de sus efectos personales, su dormitorio, su despacho, sus retratos y una escultura que da fe de su alta y estilizada figura, de su porte real. Presa de problemas mentales y familiares murió asesinada en Ginebra, en uno de sus viajes, a la edad de 61 años víctima de un anarquista italiano.

En los jardines del Palacio neoclásico destacan dos estatuas de Aquiles, una de ellas mostrando toda su fortaleza, y la otra, el Aquiles moribundo, mirando al cielo y buscando la ayuda de los dioses, mientras intentaba quitarse la flecha de su talón herido de muerte: su único punto vulnerable al no ser bañado por las aguas sagradas en el instante en que su madre le sumergía sujetado por el talón derecho; estatua cincelada con mármol de carrara.

Recorrimos el jardín de las nueve musas, las que inspiraron a la cultura griega, rodeado de vegetación en la que destaca la estatua sedente de Lord Byron, el romántico enamorado de Grecia donde murió, en contrapunto con el embajador Lord Elgin, el gran depredador de Grecia y que en su beneficio hurtó todo cuanto pudo. Los dos eran Lord, pero sus sentimientos eran opuestos.

ATENAS


Día 12 Atenas

Era el día dedicado a la capital griega y nos recibió caluroso, pero con una suave brisa y bajo un cielo muy limpio. Desde nuestro balcón presenciamos la entrada al puerto del Pireo, el tercero más importante del Mediterráneo, situado a 10 kms de Atenas, ciudades que por su crecimiento están físicamente unidas. Lugar de residencia de más de cuatro millones de habitantes de los once que viven en toda Grecia. En la grandiosidad de su puerto, destaca la sencillez de la Iglesia de San Nicolás, de religión ortodoxa y patrón de los marineros.

Grecia que tuvo su Siglo de Oro en el V a.C. en el que alcanzó su gran esplendor, está situada entre los mares Jónico y Egeo. Hasta el siglo XI la Iglesia de Grecia estuvo unida a la Iglesia Católica, pero fue a partir de este siglo cuando por ansias de poder se separaron, practicando los griegos la religión cristiana ortodoxa. De ella participan el 95 % de la población, cuyo Patriarca no tiene la consideración de infalible, a diferencia del Papa de Roma, mientras lo que les une es su amor en Cristo, por lo que es lógico que se volviera a una unidad perdida.

Desde el siglo II hasta el IV, Roma gobernó Grecia, pero fue el espíritu griego el que conquistó a Roma. Constantino impuso el cristianismo, continuando después el imperio bizantino hasta su caída por los turcos en los inicios de la Edad Moderna, con la toma de Constantinopla por el poder otomano.

Los turcos invadieron Grecia en el siglo XV y durante 400 años sometieron a los griegos a la esclavitud, obligándoles al pago de tributos, lo que significó un largo periodo decadente y sin ningún tipo de progreso, reinando la miseria en sus pocos 100.000 habitantes. Tras su independencia conseguida en 1830 y con no pocas dificultades ha ido recuperando su prestigio, sin conseguir alcanzar el esplendor logrado en la antigüedad.

En Grecia existen 476 islas, de las que sólo 140 están habitadas, siendo la de Creta la de mayor extensión. La base de su agricultura está en el olivo, la vid y el trigo, las tres riquezas por excelencia mediterráneas.

Forman parte de la vida ateniense los Juegos Olímpicos, los que se reanudaron en la ciudad de Atenas en 1896 y que se han ido repitiendo cada cuatro años con la única excepción de las dos guerras mundiales, las que cercenaron su celebración en tres ediciones cuando su único mensaje es el de la Paz simbolizado en una sencilla rama de olivo: al que por lo visto en tres ocasiones las potencias mundiales hicieron su vista ciega.

Cuando le dije a mi esposa que no había escaleras mecánicas para subir a la Acrópolis ateniense, entendió la broma, aunque ya tenía decidido renunciar desde un principio a la antigua ciudad de Atenas.

Recorriendo la ciudad ateniense en el autobús que nos llevó por sus calles más importantes, tuvimos ocasión de presenciar los edificios institucionales más importantes, de estilo neoclásico, captando la impronta de que la ciudad gira en torno a la Acrópolis, y la inexistencia de edificios altos que pudieran impedir su visión desde cualquier punto de la ciudad, llamándonos la atención una iglesia anglicana de estilo gótico poco común en Grecia; así como la existencia de una amplia y larga avenida en recuerdo del rey de Grecia Constantino. También Sofía, la reina de España, tiene dedicada otra calle con su nombre en una zona céntrica de Atenas, y cuando visita Grecia es recibida con grandes muestras de agrado.
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Paramos ante el Estadio Panathinion, construido en 1895 gracias a la generosidad de un acaudalado comerciante griego llamado George Averof –con una magnífica estatua de mármol junto a un lateral del estadio- residente en Alejandría, y sin cuya contribución hubiese sido imposible su construcción, toda de mármol y único en el mundo, capaz de albergar 70000 espectadores.

La ascensión a la Acrópolis es a través de un camino zigzagueante, enlosado de piedras sueltas de mármol que han ido haciendo callo sobre la tierra. Protegido del sol por una arboleda de olivos, principalmente, conduce a la puerta de entrada al recinto, en cuyo interior la imaginación de la Grecia pagana de Homero vuela sobre sus piedras esparcidas por la explanada. En proceso de restauración constante, su lentitud se debe a la falta de medios económicos, y de las ayudas de quienes fueron los causantes de su expolio, cuyo único interés fue el de apropiarse de todo cuanto pudieron.

Los restos del Partenón corresponden a sus ocho columnas frontales y dieciséis laterales, todas ellas dóricas -sin basa y sencillo capitel- y con una suave inclinación hacia el interior. Sus creadores la imaginaron como una pirámide, cuya prolongación aproximándose al cielo las unirían a dos mil metros, simbolizando la sabiduría.

Junto a él se encuentra el templo de Erecteion, de columnas jónicas –con basa y capitel con volutas-, y sus seis famosas columnas cariátides con forma de cuerpo de mujer en uno de sus lados. En él se introdujo el culto a Atenea, quien plantó un olivo a su entrada y que tras el paso de los siglos y en su recuerdo, su presencia es permanente.

Observando una hermosa panorámica de toda la ciudad, vimos la enorme roca de San Pablo, algo lejana, desde la que hiciera sus predicaciones el santo; el lugar público del ágora; y más cerca y pegados al Acrópolis en su ladera, el Teatro Griego del quedan los suficientes restos para su observación. Y el Teatro Romano, certeramente reformado y lugar de diversas actuaciones.

Bajo el dominio turco la Acrópolis fue profanada y el Partenón lo convirtieron primero en mezquita, con la instalación añadida de un minarete, y más tarde, ante las amenazas venecianas, los turcos lo convirtieron en un polvorín. Debido a una explosión producida por una de las bombas, voló por los aires quedando totalmente destruido.
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Particularmente quedé encantando de la visita a Atenas, en la que se representaba el origen de una civilización occidental a la que tanto debemos, y en la que la existencia de un algo que no se ve desde la Acrópolis rezuma en todo el ambiente: el orgullo griego.