Si das una vueltecita por mi Blog, espero sea de tu agrado.

18 junio 2008

EL DÍA DE LA VISPERA


Tener al día la información del patrimonio vecinal era el deseo del alcalde y con la instalación de una eficaz computadora que recogiera en su memoria los bienes propensos a una mejor recaudación, se vería orgullosamente complacido. Por tal razón, pidió al pleno municipal, junto a la aprobación de su proyecto, la contratación de un informático que se encargara de todo lo necesario para poner en marcha la máquina recaudadora del municipio.

La moción fue aprobada por el pleno en sesión extraordinaria, pues en las cuestiones recaudatorias y sobre todo en las de fondo, es decir, en sus esencias, la unanimidad era absoluta en el momento propicio. Otra cosa eran los asuntos del día a día, que como las sabanas colgadas al viento que a la vista de todos muestran su blancura de armiño, cuando sucias, se esconden a los ojos para limpiarlas y ofrecerlas lúcidas y perfumadas en las horas que convenga de la forma más pulcra y convencional.

Y allí estaba el alcalde, sentado tomando el sol, mientras un vaso de vino calmaba su sed, al sabor de unas aceitunas de aliño que amargaban su boca, mientras la música de un organillo dejaba en el aire el suave martilleo de “si Adelita se fuera con otra” o un bolero de Machín, al tiempo que un perro corría tras un madero buscando el premio de un trozo de queso que luego le ofrecía su amo.

-¡Siempre con prisas señor cura!- le llamó a su atención el alcalde, cuando camino de la iglesia iba ligero Don Hilario portando bajo el brazo varios tubos de cartón en los que protegía, según su costumbre, unas láminas de vírgenes y de santos de rancio sabor tridentino.

-¡Venga!, y siéntese a mi lado, que aunque su presencia no me sea grata, como Vd. muy bien sabe, comparta al menos este vaso de vino. Pero… sin convertirlo en sangre de Cristo, eh. ¡Conmigo, ni lo intente!

-¡Si al menos sirviera para limpiarle la boca!- contestó el cura, obligado como estaba a buscar la oveja descarriada para acercarla al buen redil, aceptando la invitación.

-Sepa Vd. que en el plazo de una semana tiene que dar cuenta de sus pertenencias dejadas por el ayuntamiento para su inventario, según se le ha comunicado en notificación reciente. El ayuntamiento ya está informatizado, y todo lo que es del municipio debe de estar dentro del ordenador. Así que, ¡no se haga Vd. el remolón!, pues… ¡al Cesar lo que es del…!

-Ni lo piense, alcalde –le cortó al quite el cura- que lo que está en la casa de Dios sólo Él es su dueño; y si algo está en el templo es porque lo recibió en agradecimiento a lo mucho que ha hecho, ayudando a quienes a Él han acudido. ¡Pregunte por las calles del pueblo!- Y tras un segundo vaso de vino y de sacudir al aire los cristalitos de unas papas fritas imantados a su sotana preconciliar, el cura abandonó al alcalde con paso y gestos firmes, ufano de su decisión y convencido de una mayor jerarquía.

Pasaron los siete días, y un sábado, el alcalde en persona, acudió al templo investido de su autoridad, y ante el altar mayor discutieron acaloradamente como si estuvieran en cualquier trastienda, después de haber sido recibido el alcalde por el cura con cara poco amable y cierto desabrimiento como era normal en ellos huraños siempre de cordiales afectos.

-¿Cómo se atreve a incumplir la ley y a hacer caso omiso a mi advertencia? – le dijo alzando la voz, tanto que obligó a levantar el vuelo a un pajarillo asustado bajo la bóveda a la luz de los rayos que iluminándola más parecía el cielo.

-¡Le recuerdo que otros salieron de este templo expulsados a latigazos!- le respondió con el mismo tono y crispado el entrecejo- ¡Métase su ordenador donde le quepa y deje en paz esta casa, en lugar de profanarla, Sr. Alcalde!

-¿Yo? ¿Profanarla yo? Vd. es quién debe honrarla y respetarla aparcando sus gritos, ante quien ahí arriba está, la que llaman la Virgen Blanca y que mañana Vds. festejan- le replicó mientras señalando a la virgen daba ligeros saltitos, lo que le produjo un traspiés encima del escalón, paso al presbiterio.

-¡Fuera de la casa de Dios! Y cómo que me llamo Don Servando, mañana ajustaremos bien las cuentas, Don Hilario.

¿Estaría al alba en su hornacina la Virgen Blanca dispuesta y gozosa para un día de fiesta, o si triste, daría su espalda?

(“El día de la víspera” es un relato que ha participado en el 33º Proyecto Anthology. Tema: Computadora)


08 junio 2008

EL TEATRO EN UN TEATRO


Pues resulta que sí, que sí se puede hacer teatro sobre un teatro abarrotado de público y sobre un escenario, cuyo milenario enlosado, sirve con eficacia para la representación.

Las gradas restauradas con mimo y rigor histórico acogen a un público complacido que, sin duda, penetra en la obra en su auténtico sabor.

Y aquí, en Valencia, desde diversos sectores, ajenos a la riqueza cultural que ofrecían las viejas ruinas del Teatro de Sagunto y complacidos en su alistamiento servil de cuya causa obtienen buenos frutos, intentan frenar con subterfugios, imitando el estilo Zapatero, el cumplimiento de una sentencia del más alto tribunal.

Pues sí, ahora resulta que sí se puede hacer teatro sobre las piedras de un teatro milenario.

Y lamentablemente, ni Santiago Grisolía y sus correligionarios del Consell Valenciano de Cultura, ni Pepe Sancho y otros más, ni desde la misma Consellería, se dice de defensora de nuestro patrimonio, todos ellos, siguen sin querer enterarse.

El Teatro de Mérida, que más parece el de la época de antes de Cristo, nada tiene que ver con el Teatro de Sagunto: el que más bien representa los tiempos en que vivimos donde el respeto a la ancianidad, como las hojas del otoño, está por los suelos.

Setenta y cinco años llevan los actores actuando en el Teatro de Mérida, cuya semblanza actual es idéntica a la de entonces. Los mismos actores acuden a uno y a otro teatro en sus representaciones, especialmente homéricas, y sólo ellos saben si el influjo pagano lo reciben con la misma intensidad desde las viejas piedras de Mérida o desde las alicatadas de Sagunto.

La fotografía de un teatro lleno de gente corresponde a 1933 en la que se estaban Unamuno y Azaña, documento que debería de hacer reflexionar a más de uno.

06 junio 2008

LAS MIL RAYAS


Le identificábamos como el babero de mil rayas, que unas tras otras, juntitas y unidas para siempre, como desposadas en dogmáticos estampados, protegían nuestras ropas en las horas del colegio, especialmente en las del recreo. En nuestro aspecto uniformado, lo único inexistente era el margen a la duda, mientras que permanecía intacta, al mismo tiempo, la firme convicción de que bajo el tergal a rayas, si nuestra ropa estaba a salvo de cualquier amenaza, sí quedaba en cambio presa de cierto desaliño.

Nunca supe de nadie que se atreviera a contar su número, dando por cierto que si le llamaban el de las “mil rayas”, la razón se atribuía a que era el que mejor le asemejaba. Lo que a nadie le extraña, pues son tantas las falacias que creemos ajenos al más leve de los rastreos, es que dar por buenas las mil rayas hacia lo políticamente correcto es como lo más normal, tal cotidiana genuflexión servil y de tanta actualidad.

Al menos, que yo sepa, nadie pensó en demostrar que eran más o eran menos, las rayas que en él se alineaban, como si unas pocas más o unas pocas menos, no fuera motivo suficiente para cambiar el nombre de una prenda que, a rayas blancas a rayas azules, servía para vernos todos iguales, desde la primera hora de la mañana hasta las del atardecer, rumbo cada uno a su casa y con los libros a la espalda.

Las mil rayas eran como un biombo ceñido a nuestro cuerpo que, ya ocultaba las manchas de tinta Samas o Pelikan, ya los zurcidos producto de nuestros bizarros juegos, ya las del bocadillo –aún no existían los bocatas- de media mañana, el que envuelto en periódico y preparado por nuestras madres, guardado en la cartera, producía en el papel unas ventanas traslúcidas producto del aceite que en él se esponjaba, y que tras pasar a nuestras manos aceitosas, se perdía entonces por los faldones blanquiazules de nuestro babero juvenil, al igual que las huellas delatoras de haber limpiado con él las plumillas mojadas de tinta en la clase de dibujo, o en la de gótica caligrafía.

Las múltiples manchas, una vez secas, quedaban difuminadas a lo largo de la raídas falda de nuestro babero de mil rayas, entre un enrejado vertical que nacido desde nuestro cuello llegaba hasta las rodillas, las que más parecían mapas de ríos y montañas, cuyos cauces eran los rasguños y las cimas las costras de sangre que en ellas se formaban.

El babero de amplios bolsillos, refugios de aromas de tizas y de gomas Milán, servía también donde guardar la pequeña pelota de trapo que en el recreo, iba a convertirnos en kubalas y diestefanos enfrentados unos a otros con el mismo uniforme, pero con la única distinción existente que la alegría de los que goleaban y la rabia compungida de los que resultaban goleados.

Tanta ha sido su utilidad, que todavía permanece dentro de las aulas, siendo el único recuerdo añorado de aquellas clases, el que a los profesores se les trataba de Vd., y el alumno llegaba a casa contrito si lo hacía con malas notas.

El babero eliminaba entonces, por unas horas al menos, la distinción de clases entre los alumnos, mientras que ahora es al revés: cuando las diferencias sociales están cada vez más incrustadas, como la roca que encubre a la lapa, son los padres de los cursos de infantil y primaria quienes se niegan a que sus hijos vayan uniformados. Pero eso sí, recurriendo al sufrido babero de mil rayas sin que nadie se atreva a contarlas.

04 junio 2008

FERNANDO BOTERO EN EL IVAM


Fernando Botero nos regala en el IVAM una muestra, fiel a su estética, de “el circo” en el que vivimos, el que permanece inalterable pese al paso de los siglos. En el albero de la Roma imperial las alimañas glosaban su triunfo sobre seres famélicos, cuya única fuerza que les mantenía en pie era la de la fe. Nada ha cambiado pues desde entonces, salvo el mundo de opulencia manifestado por el firme pincel del colombiano Botero, en los que, gordos y lustrosos, sus personajes son utilizados para representar una parte del mundo actual en el que se enfrenta la crueldad de los verdugos, a la humanidad de sus víctimas. Y en torno a tal esperpento de vivos colores, cifra su esperanza en el mundo del circo confiado en que la disimulada red que le rodea, sirva para algo al menos.

Nada pues queda difuminado, y en la luz de sus oleos sobre lienzo junto a las mordazas opresoras a voces y ojos, y la soga de esparto que ata manos, pies y cuellos, las figuras nítidas con pinceladas sanguinolentas posan desesperanzadas a un martirologio, donde la sodomía y la vejación castiga al desprotegido que se ve inmerso en un mundo rollizo, rasgo al que Botero siempre recurre.

Y su denuncia, pese a la deformación de sus renglones que tienden hacía la ampulosidad, la hace así más clara y más veraz, más rotunda, pertrecho de una iconografía donde la práctica de la reposición de antiguos sacrificios sobre la especie humana no es casual, porque su adición está y estará siempre latente en el detritus más abominable del ser humano.

La desnudez de los cuerpos la utiliza Botero como lienzo de llagas, huellas impecables de indefensos, fruto de las dentelladas de unos perros salvajes que si son el mejor amigo del hombre, adiestrados para la destrucción, cumplen en su compromiso voraz (auténtica manipulación como la que nosotros estamos sometidos) el encargo del martirio y de la desolación.

Fernando Botero, delator de tantas violencias y masacres sufridas por luchas tribales allí donde sucedieran, denuncia ahora las torturas que recibieron los reclusos de la prisión de Abu Ghraib, en Irak, por parte de los soldados americanos, gozosos de su hazaña. Presidio éste, donde también sufrieron torturas los prisioneros políticos en manos de Saddam Hussein, el genocida estadista, y a las que en un futuro y ojalá no ocurrieran seguirán sufriendo otros, por más que las instituciones al efecto traten de evitarlo.

Aprovechemos al menos, si es que para algo resulta útil, la lección del siglo pasado que debe servirnos para que las miradas de párpados bajados e instaladas cima de sus propios resortes propensos al giro de cuellos hacia otra parte, ostentando patentes de una supuesta intelectualidad, añada y cosecha propia, víctimas de una panfletaria buena fe, cuya simiente borde negara o justificara con su silencio los más horribles crímenes contra la humanidad, no vuelvan a repetirse.

Desde mi Bloc de Notas os recomiendo visitéis con frecuencia el IVAM: el Instituto Valenciano de Arte Moderno, situada en la calle de Guillem de Castro, donde cualquier genialidad os puede sorprender.

01 junio 2008

EL MUSGO DE LA ERMITA DEL GODO


Cuando noto la tibieza de su cuello en las yemas de mis dedos y la suavidad de sus cabellos sobre el dorso de mi mano, la necesidad de acariciar allí donde nacen y el goce de avanzar mimoso todo su rostro hasta alcanzar el escondido calor de sus pechos es un placer equiparable al del sentir su cálido aliento y húmedos besos sobre las palmas de mis manos. Mas todo aquello, no era sino un grato recuerdo mientras fijaba mis ojos en su retrato sobre la mesita de mi alcoba, al tiempo que con mis dedos sobre el frio cristal, dejaba con ellos un beso nacido de mis labios.

Abrí con mis dedos los postigos. La ventana daba al amanecer de un día nublado, que si bien me impedía recibir la caricia del sol, cuyos rayos se veían impedidos en atravesar un cielo acerado, nada reprimía sentir en mis manos la grata sensación de la suave lluvia, que a poco, se estancó en su cuenco que firme y estanco y al beber en él, supo a como si saciara mi sed acariciando la más fina de las porcelanas.

La puerta del hostal enfilaba hacia la ladera de una colina emboscada de encinas. La hierba desprendía el perfume del campo mojado y un camino empedrado, que más parecía aquella mañana un pequeño arroyo, era la ruta hacia una ermita de origen godo, que si no bien conservada, sí mostraba su encanto engrandecido aún más al presidir junto a ella un milenario roble que por su frondosidad y corpulencia la cubría toda entera.

La lluvia cesó, quizá ya agotada de una noche en la que había mostrado su generosidad y desprendimiento, o quizá se encontraba reponiendo sus fuerzas algo cansadas, mientras el cielo cubierto era el anuncio irrevocable de su marcha, alertando de que más pronto o más tarde volvería a besar la tierra que, romántica y cariñosa, la recibiría en su regazo acogiéndola con agrado cual amor lésbico y sensual.

El sendero, suave y de recodos poco abruptos, ascendía entre urdimbres de adelfas y madroños, decorados unos de flores rojas que arracimadas desprendían gotas de lluvia y los otros de ramas repletas de frutos. Los cogí con mis dedos y tras sentirlos en mis manos percibiendo su textura granulada, supe de su sabor agridulce y también exquisito, deleitándome con el frescor del bosque en aquella apacible mañana de campo avivada por los trinos sueltos de cualquier ave que se perdían por la espesura del encinar.

Poco me faltaba para llegar a la ermita, que ya la divisaba bajo su roble guardián, cuando una pequeña higuera emergía entre pequeños arbustos, rodeada de muérdagos y acebos. Aupado a una piedra que sobresalía del matorral me hice con media docena de higos gracias a mis manos, que tras comerlos, dejaron en ellas una untuosidad que relamí con mis labios, tan llenos de gozo, como endulzados tal hubiese sido miel la que impregnara mi boca.

Llegué a la cima y me abracé al roble intentando con mis brazos rodearlos para juntar mis dedos y sentirlos unidos, sin conseguirlo tan grande era su robustez. Junto a la ermita, unas piedras viejas, que igual tenían el tiempo del roble, estaban cubiertas de musgo, próximas a una fuente de la que salía un caño, hueco su corazón, que era un tronco incrustado en la roca de la que manaba el agua fresca y dulce. Apoyando allí mi mano, bebí hasta saciar mi sed, que era grande, como la placentera estancia en tan inhóspito paraje. Y con mis manos, sequé mi boca, sintiendo un placer inenarrable en aquel ejercicio tan complaciente como sencillo.

Pasé mis manos por el musgo aterciopelado, acaricié las piedras antiguas y las palmas de mis manos supieron del frio temple que emanaba de las graníticas paredes de aquella ermita, en la que monjes godos pasaron parte de sus vidas dedicados al rezo y laborando con sus manos el pan de cada día, trabajando una pequeña huerta que por una planicie junto a la fuente, se adivinaba como el mejor lugar.

Aquella tarde, postrado en la cama y ya despierto del quirófano, la historia cuyo sueño albergaba mi mente, tantas veces repetida, ya la veo como posible, como realizable, aunque sólo sea en parte, tras treinta años de un anhelo irrenunciable, víctima de un accidente mortal en el que la perdí para siempre, al igual que mis manos. Los muñones ya son el pasado y mis dedos mi futuro.

28 mayo 2008

DE CAPA Y DAGA


Roma se sirvió de los traidores, pero no les pagó, conocedora como era que al incumplir con su compromiso, su inexistencia no estaba asegurada. Consustancial al ser humano, el golpe por la espalda estaría a su disposición tantas y cuantas veces hiciera falta, fuese cual fuese su cometido.

La traición y la lealtad que juntas han ido acrisolando el mundo, nunca han estado ausentes en los entresijos del ser humano. Fijas como las cuatro estaciones y de continuo unidas, siempre han estado al acecho, dispuestas a su provecho. En su relación de amor y odio jugueteando con el honor, han escrito tanto páginas de gloria como de infames tragedias, donde la navaja de larga hoja (siempre más noticiable y de actualidad permanente) se convertiría en el embozo de la más cobarde actitud, apartando de cuajo cualquier escollo humano, sin la menor contemplación.

Al mismo tiempo estaba, como un recurso más, el uso del veneno (el que nada nos hace suponer el fin de su vigencia), que elimina al contrario utilizando la crueldad de su minucia y la calma de su lentitud que, al contrario de la fulminante daga que, ora con el bizarro cara a cara, ora a traición y por la espalda, manda un aviso a la parca para que con su acto de presencia, el golpe mortal a quien estorbara sus planes, estuviese garantizado.

Vil acción escondida de piel hacia dentro, en quienes víctimas de una locura impredecible, cuyos amarres voltean al viento, su dominio es inalcanzable. Sin saber dónde se aloja, si en la cabeza fría o en el corazón caliente de quien por un momento se convierte en la bestia que lleva alojada en su mente.

Sólo el destino es capaz mostrarnos y con todo detalle, el camino por donde discurre la venganza del golpe por la espalda en un flas que nos estremece y nos llena de estupor. Quizá, impere en él, el deseo de mostrarnos en toda su crudeza hasta donde es capaz de llegar la enfermiza mente de quienes están dispuestos a terminar con la vida de sus allegados recurriendo a la traición, pero valiéndose de la lealtad que dentro de ella se esconden.

24 mayo 2008

VICENTE DOMENECH, EL "PALLETER"


El 23 de Mayo de 1808, Vicente Domenech, “el palleter”, un valenciano que vendía pajuelas en la Plaza del Mercado de Valencia, al enterarse a través de la Gazeta de Madrid de los sucesos del 2 de Mayo y el destronamiento del rey español por parte del Emperador, inconforme con las instrucciones de los gobernantes afrancesados de nuestra ciudad, acudió a la Plaza de les Panses detrás de La Lonja, rompió los panfletos, cogió una caña, habilitó con su faja una bandera con una foto de Fernando VII y la “Maredeueta dels Desamparats”, se subió a una silla y declaró la guerra a Napoleón.

Cumplidos doscientos años, esta misma tarde y en el mismo lugar, hemos disfrutado los allí presentes de una recreación histórica cuyo simbolismo nos sirve de orgullo a todos los valencianos.
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Sin embargo, hace cien años, y en el primer centenario de la efeméride, no se hizo ningún acto homenaje en nuestra ciudad.

Eran los tiempos de que un ciego y confuso republicanismo hospedado en nuestra alcaldía, diera la espalda a un sentimiento español que, sin duda, ellos, no llegaron a comprender.

Y es que, como siempre, la historia no la escriben los hombres, sino los vientos que soplan.

20 mayo 2008

LA VIRGEN BLANCA

Al dar la última campanada en el reloj de la torre, las calles estrechas estaban vacías de gente. Empezaba a clarear en Torrelosnegros y como adivinando la fiesta, el cielo se presentaba sin una nube; el mejor de los presagios para un día de fiesta. Su inicio, en la hora de acción de gracias a la Virgen Blanca daría paso a una jornada de júbilo, en la que el desquite esperado por la derrota del año anterior, junto al orgullo por renovar su condición de banda triunfal, merced que daría al vencedor el honor del concierto en el templete de la plaza mayor durante todos los domingos del año, era la razón principal de la fiesta en la que las dos bandas competían. Tradición que, mantenida de abuelos a padres y de padres a nietos, convertía a Torrelosnegros en una cuna musical en la que el pueblo se mecía durante todos los días del año.

Unos eran los “negrones” y los otros los “albinos”. Los unos pertenecían a la “Banda del seis doble” y los otros a la “Banda de la blanca pito”; y todos, desde su más tierna edad, iban ensanchando sus pulmones debido a la gran profusión de trompetas, también de clarinetes y algún que otro instrumento, pero siempre de los de viento.

Don Servando, hizo el ademán al monaguillo y el balanceo de campanas dio la señal para que ambas bandas, que estaban ocultas bajo los porches, salieran al centro de la plaza, situándose una enfrente a la otra.

Las trompetas, más que sonoras enloquecidas, sacudieron las grietas de la plaza y a ella acudieron en algarabía los vecinos, que tras aquel estruendo matinal, pasaron al interior de la Iglesia para homenajear a la Virgen Blanca cuando el Sol ya se dejaba ver en lo alto de la torre.

Atónitos quedaron mirando la hornacina, cuando en su oquedad encontraron el vacío. La Virgen Blanca brillaba por su ausencia, por lo que con gran pena y contrición cristiana regresaron todos a sus casas.

Pese a la desolación y a la afrenta del sacrilegio cometido, por cuya autoría todos se preguntaban, Don Servando y el Alcalde, quienes, sin embargo, eran enemigos irreconciliables, acudieron aquella tarde a su cita diaria sobre la mesa de dominó, y con ellos, los dos maestros de las bandas. Y allí estaban, sentados, sobre la fría mesa de mármol del viejo casino en su habitual partida de media tarde. Echada la suerte, don Servando y el maestro “albino” hicieron pareja, dispuestos a ahogarles el seis doble al Alcalde y al maestro de los “negrones”.

-El dominó es puro y sano arte, y un gran divertimento, Sr. Alcalde –le dijo el cura cuando llevaban media mano y avanzada la partida entonando la voz-; no como esos tejemanejes que Vd. se lleva entre las suyas. Lo primero es mezclar con gracia y hacer bailar las fichas sobre el mármol, para que una vez en las manos, preparar la estrategia frente al rival, en este caso Vd. ¡Puro conocimiento y concentración!, ¡seis uno!- puso la ficha sobre la mesa un sonriente Don Servando, que ya había adivinado que el seis doble estaba entre las manos de la autoridad.

El clic agudo, que sonó con fuerza sobre la mesa, intimidó al Alcalde: ¡Paso! –respondió con voz grave y tragando algo de saliva.

El “albino” –compañero del cura- cantando por bemoles y exultante, hizo su juego en el extremo opuesto de las piezas: -¡Me doblo a cincos!

-Ahí lo esperaba- replicó el “negrones”- ¡cinco seis!- entonó contento convencido que daría paz y sosiego a su compañero de juego, al que notaba algo angustiado.

-¡Seis blanca y ahogado! –dijo exultante don Servando, mirando a su diestra y con tono de apoteosis.

-¡Cachis la Virgen! Farfulló el regidor, viendo como se tragaba ya por quinta vez en aquella tarde tan desafortunada pieza.

-¡Deje a la Virgen tranquila! que siempre está Vd. metiéndose con ella. En lugar de blasfemar, mejor sería que reconociese nuestra superioridad en el juego, y que aumentase su inteligencia, que buena falta le hace. Y de paso, ordenara buscar a la Virgen, que aunque no crea en ella, es de su incumbencia encontrar a los ladrones.

-¿Ladrones? ¿A saber que habrá hecho Vd. a la Virgen para que se aleje de su casa?

-¡Calle y siga jugando, ¡blasfemo!

En aquel momento el reloj de la torre dio la última campanada de las veinte horas, cuando a las dos bandas, sin que nadie las dirigiese y enfrentadas en el centro de la plaza, abarrotada por los habitantes de Torrelosnegros, les había llegado la hora del concierto que daría vencedor a la que más fuese aplaudida por los vecinos. Faltaban pues, los maestros de los dos bandos en sus peanas vacías, como también Don Servando, la autoridad eclesial, y el Alcalde, la personificación del orden y de la economía local.

De repente, la música, leve y suave, empezó a escucharse en la plaza. Las flautas, dulces y sugerentes de armonías, acallaron los murmullos y una grata sinfonía inició su camino por los soportales infiltrándose entre la gente. Los clarinetes, los más sonoros, vibraban en su melodía, y los oboes, graves y profundos, junto a un solo de saxo, brillante y espectacular, se adueñaron del ambiente. Un buen rato después, el más bello concierto jamás escuchado en el pueblo puso fin a la fiesta, y como premio, los aplausos, que dieron como justo vencedor a las dos bandas unidas.

Aquella tarde la música sonó más bella que nunca, como si los ángeles bajaran a su encuentro. ¿Vendría con ellos la Virgen Blanca, lo único que echaron de menos?

(“La virgen blanca” es un relato que ha participado en el 32º Proyecto Anthology. Tema: Música)

17 mayo 2008

EL CRISTAL DEL OJO


Aquello del color y del cristal y de la mentira y de la verdad y del mundo a través de la mirada, que puesto en su cierto orden viene a decir que nada es lo que parece, y que sólo la fijación en un hecho deseado se corresponde con la propia verdad de cada uno aunque ésta sea falaz o imaginada, es una constante a la que estamos empeñados por más que despreciemos las mentiras, que siempre serán las de los otros.

Nada es lo que parece ante nuestros ojos, aunque sí lo que figure, y si bajo el manto guardián, suave y fresco de un bello prado ofrecido a los ojos ensimismados de una fémina allí sentada, ajena a las galerías por las que transitan miles de insectos depositando el huevo fecundador, si los bichos y demás sabandijas que corren se instalaran por todo su cuerpo tras su solaz retozo, la bucólica seducción se iría entonces al traste, y del encanto al abatimiento la distancia sería tan corta, como la que separa los bordes del pequeño torrente, en los que se unen el berro y el junco.

Sin embargo, la perspicacia y vista de águila del Mosso de d’Esquadra de Lliçá de Vall, no dio lugar al engaño ni a lo que a él le pareció, y en su imaginación, como una efigie cierta, no tuvo después ningún reparo en convertirla en la más veraz de todas. Ante la fémina en este caso alucinada, que por tocarse los cabellos mientras conducía su utilitario fuera motivo de multa, toda vez que le había parecido al guardián del orden la cercanía de un inexistente móvil a la oreja de la joven hablando por él mientras conducía, ello hizo que hiciera acto de presencia la lentilla multicolor en los ojos del municipal recaudador.

Nada es pues lo que parece, y sólo sabemos de lo que alcanzan ver nuestros ojos, aunque luego sea una falsa imagen. Quizá la joven, si en lugar de mesar su pelo hubiese suavizado un leve escozor en su rodilla, o de cualquier otra parte de su bajo cuerpo, abandonando al mismo tiempo su mano del volante, la imaginación del Mosso no sabríamos dónde estaría, si perdiéndose por prados y valles, o pensando en la forma falsa de resolver un sudoku vertiendo sobre el papel lo que a él le diera la república gana.

15 mayo 2008

MARÍA SAN GIL


Juan Manuel Pinuel quería coger una mochila, echársela al hombro y recorrer Tailandia. Fumaba en el balcón porque su mujer no le dejaba dentro de su casa, pero como lo que deseaba era pasear con su hijo, pensando en él, esperaba a la salida del colegio exhalando de sus pulmones lo mejor de sí mismo, tal era su desprendimiento hacía su entorno familiar.

Su ilusión por estar junto a los suyos, le hizo acudir a un acuartelamiento del País Vasco en busca de un plus, cuyo premio por lo visto es tener más próxima la muerte.

A su puesto de vigía en las horas de la cobarde noche llegó la onda del odio, andanada pestilente accionada desde el albergue de la maldad donde se cobijan quienes como único patrimonio sólo disfrutan el del resentimiento, hacienda heredada de una falsa creencia y fruto incrustado en su mente perversa.

Juan Manuel ha muerto porque el odio no le ha dado la posibilidad de seguir viviendo en aquella su casa que es la de todos, y porque en la animadversión de quienes le han segado la vida, se anida la venganza de su ruindad.

De nada sirven minutos de silencio ni condenas firmes mil veces repetidas cuando quienes tienen la obligación de erradicar la maleza han estado más dispuestos a dejarla crecer, como la mala hierba que se expande y se apodera del verde y bello manto que cubre a las tres provincias vascas.

La cadena perpetua a los delitos de terrorismos es un clamor popular al que hacen oídos sordos quienes nos gobiernan. La condena integra de las penas es un clamor popular al que hacen oídos sordos los jueces, cuyos ojos están más diestros el fleco de la ley que se tuerce en los recovecos favorables al reo, aunque en él sus deseos de matar permanezcan imborrables.

Al odio y a la mentira cogidos de la mano en su ya larga carrera de tantos años y libres de obstáculos, hace falta la réplica de la palabra libre y clara de personas como Maria San Gil, la donosti del barrio antiguo de San Sebastián, reveladora de tanta patraña y orgullosa de su tierra, con los justos redaños que ya los quisieran tener tantos. La gudari de manos blancas que, desde su escaño, se ha enfrentado a iluminados cuyas únicas aportaciones han sido la de alimentar a la bestia: la que se alimenta del odio y de la mentira.

12 mayo 2008

CRUCE DE CABLES


Los cortacircuitos encierran el peligro de su imprevisibilidad, y por muchas precauciones que tomemos, en cualquier desajuste propio del mundo en que vivimos sube el voltaje y los hilos conductores de nuestras vidas se desparraman como lava incandescente que asola todo lo que encuentra a su paso, pese al diferencial, que como un ángel de la guarda vela por nosotros.

Mucho se ha escrito sobre las causas de nuestros desajustes emocionales, y los expertos, ante la complejidad de los hilos que programan al hombre, no se ponen de acuerdo, certificando, que si vivimos en un mismo mundo, cada uno tiene el suyo y recurrir al de todos es una tarea interminable. La compleja protección, tan necesaria, de contar con la mejor toma de tierra por donde se desfoguen nuestras reacciones es un recurso débil, en el que muy pocos confían.

El mundo racional al que pertenecemos y en él vivimos, no tiene caminos insalvables con el de los irracionales. Con ellos estamos cada vez más identificados, como ellos con nosotros. En el actual universo sin fronteras que la tecnología ha puesto a nuestro alcance, en ocasiones, actos idénticos se presentan ante nuestros ojos cada vez más acostumbrados a lo impredecible y que ya a nadie extrañan.

Fátima es una mujer hondureña de 40 años, afincada en nuestra ciudad. Circulando a bordo de su coche ve sobre la calzada a un pobre perro amenazado de muerte por la presión que le someten otros conductores ajenos a su presencia. Fátima, cual diferencial que vela por los demás, está activada, y es cuando abandona su coche y se lanza sobre el pobre animal con la intención de salvar su vida.

El cruce de cables se produce en el can, y salta la chispa, quizá por motivos en este caso entendibles. Y es el animal, quien no deseando perder su libertad, se lanza contra la mano que intenta salvarle y por dos veces la muerde. Fátima no se acobarda y sigue en su empeño de apoderarse del perro con la intención de que no perezca, lográndolo finalmente, a pesar de su mano herida, víctima de varias dentelladas.

Los cortacircuitos no son únicamente fallos producidos en los conductos que abastecen nuestras necesidades domésticas, sino también sacudidas en nuestro entorno diario que nos impulsan a reacciones de las que más tarde nos arrepentimos, aunque no lo sea siempre.

Quien no se arrepentirá es el pobre animal, cuya reacción es fruto de la costumbre de verse golpeado por otro animal del mundo racional, ambos cada vez más mezclados como vemos con frecuencia en actitudes cada vez más idénticas.
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Sin embargo, el que el mejor de los logros sea la presencia de Fátima, quien sin ningún tipo de seguridad y con los pies inmersos en el balde de agua fría donde convergen amenazantes todo tipo de descargas, se decida a salvar la vida de un pobre animal, representa un triunfo de la especie humana, culpable al mismo tiempo también, del cruce de cables en la mente del perro, cruces cada vez más frecuentes en quienes dicen ser sus dueños.

08 mayo 2008

OPERACIÓN TRIUNFO


Bajo los focos deslumbrantes de “Operación Triunfo”, una hornada de técnicos especializados en el diseño de nuevas estrellas encaminadas a poblar el firmamento del espectáculo, se afanan por el alcanzar el mejor logro en los bastidores de un quirófano, ora en grabación interna, ora en abierto a las ondas, y siempre en las horas de mayor audiencia.

El salto a la fama y sin red, tantas veces procurado por quienes tienen fe en sí mismos, es un acto consciente cuyo único peligro es el salto al vacío carente de cualquier liana donde cogerse, o del brazo de un amigo que tienda su mano convencido de una valía personal que desea darse a la luz, o ligados sólo por el afecto que les une.

Pero no sólo en la conciencia deseosa del triunfo está el secreto de su logro, ni siquiera en la pertinaz insistencia a las largas colas de casting que se ofrecen a diario por los encargados de mantener en vilo a los ansiosos de rotular sus nombres en el neón de las noches bohemias, o de estampar su cara en las caratulas de los anaqueles de cualquier centro comercial, o en mostrarse asiduos en los circuitos televisivos que nos invaden.

También el salto a la fama es posible desde la más absoluta ignorancia, sin ser preciso, incluso, acudir a la azulada ventanilla de los juegos de azar en busca del pozo acumulado merced al olvido de la diosa fortuna que no ha querido hacer acto de presencia en los últimos sorteos, quizá entregada al abrazo lascivo de algún dios bohemio y calavera.

En su más profunda tosquedad e incapaz de saber lo que hacía, Paloma, la más apacible vaquilla encargada de animar las fiestas de Montroy, y situada ante el umbral ofrecido de una confiada casa, inició la escalada hacía un destino anónimo a la altura de tres pisos, ignorando que tras el ascenso la caída es inminente. Al despeñarse por el “deslunado”, el salto a la fama le ha llegado a la vaca en ese mismo instante, ajena a todo guión, hueca de directrices y con el mérito de un sainete inesperado, pero con la mejor de las morcillas tan del agrado del genial Luis Sánchez Polak, Tip para quienes con él gozamos.

Paloma, la inocente vaquilla, ha alcanzado el salto a la fama restregando sus amplias grupas por un estrecho pasadizo para ella desconocido que le ha dado una alta cotización. Ya tiene pues, cubiertas todas las jornadas festivas del próximo verano con un largo bolo en el que, sin duda, será la estrella estival, pero ajena y en su más bondadosa ignorancia. Y sin saberlo ni pretenderlo: como una gran estrella que surge de la nada.

05 mayo 2008

EL COBRE


Junto a la huerta valenciana crecieron los naranjales que durante los años treinta del pasado siglo, su fruto, fue el principal producto exportador que sustentaba la economía nacional, calmando su balanza de pagos. Y es de la misma huerta de donde siguen saliendo sus frutos, mientras los huertanos, al ver que se les niega el agua que necesitan, se ven obligados al recurso de los pozos perforados de los que también mana el agua, el zumo de sus entrañas, gracias a los motores que vibran furiosos insuflados por las acometidas de cobre, y que por su enorme extensión, son del agrado de las mafias que siempre dispuestas están al acecho.

Al servicio del hampa, los ladrones del cable se aprovechan tanto de la oscuridad de la noche, como del distraído atardecer, y estiran las venas doradas que corren por el campo desconectándolo del mundo, al que la huerta abastece. Sedientos y sin trabajo, buscan los pozos no para saciarse, sino para procurar un amasijo de cables desvencijados y mugrientos, que les será uno de sus modos de vida con la intención de seguir tirando, al menos por unos días. Aunque eso sí, acumulados y a gran peso, servirá a la avaricia del estafador de turno que desea enriquecerse a consta de unos seres famélicos necesitados de un jornal.

El campo valenciano olvidado de quien dice que nos gobierna, cada vez más seco y desamparado, asiste callado al esperpento de ver atónito cómo hay quienes aseguran que la misma palabra significa otras cosas, y asiste perplejo a la rutina del donde dije digo, digo Diego, o queda avergonzado por los compromisos preelectorales que salen a la luz una vez que el pueblo ya ha votado. Por ello, se siente aún más estafado: no solo por los ladrones de cable que se mofan de las leyes, sino también, por quienes tienen tanto la obligación de hacerlas como la de proteger sus intereses.

Y mientras los ladrones reparten su botín, hay quienes tragan gozosos ante la manipulación mediática de la prensa nacional; los hay quienes aceptan que la magnesia sea la gimnasia para que el trasvase no les produzca el sabor de la purga, mientras, eso sí, ocultan su vergüenza con sus alquimias de rigor. El gran cambalache está servido, y Murphi, más de político que de huertano, dice, que no importa la frecuencia con que se demuestre que una mentira es falsa; pues siempre habrá algunas personas que crean que es verdad, cuestión tan demostrada en estos últimos años.

Como el cobre, que si para quienes corren por el campo con él a cuestas representa el pan para hoy y el hambre de mañana, para otros, los que manejan los hilos del gran cambalache, se ufanan de lo que oro parece, cuando lo único que sabemos es que cobre es.

Ese revoltijo de cables inconexos, más parece una madeja mediática de la propaganda oficial, que, tanto a través de la prensa escrita nacida en la penumbra de la Moncloa, del discurrir por el aire viciado que condiciona el bonsái de las ondas de la SER y amasada en los obradores televisivos con cierta “prisa”, fuerzan nuestra voluntad no con el interés unirnos unos a otros, sino para situar nuestras cotas de discernimiento en su más bajo nivel.

03 mayo 2008

ESCANER DE URGENCIA



La ciencia, gracias a la investigación cada vez más avanzada y con la ayuda de sofisticados aparatos provistos de extremidades que se proyectan sobre nuestro cuerpo, consigue ver todo lo maligno y tumoral que tenemos dentro. Son como los tentáculos de un pulpo que se estiran por nuestra caverna y allí donde llegan y encuentran algo extraño, imprimen en su memoria las zonas dañadas y reportan al exterior en lenguaje diagramático un informe de nuestras dolencias.

La cirugía, como el mejor adelantado en beneficio de nuestra salud, corta por lo sano y es capaz de resolver nuestros problemas cada vez con mejor resultado. Y cual revisión de ITV, repone las piezas necesarias y nos faculta aptos hasta la próxima ocasión que todos esperamos no llegue nunca.

Sin embargo, la amenaza de muerte sobre un joven de 29 años, instalada en el cadalso de un tumor de quince kilos que le ha ido creciendo durante diez años en el interior de su cuerpo, alimentado de forma inconsciente, es un ejemplo de la desidia de quienes entienden su profesión como un simple pasatiempo.

En su dejadez, han llevado al martirio a quien en su vaivén por el corredor de la muerte sólo pedía auxilio, y se ha visto sometido en diferentes ocasiones a intervenciones que no eran más que salvoconductos temporales a la espera del definitivo, del que llegó a dejar de creer.

Afortunadamente, el túnel sombrío por el que transitaba ha llegado a su fin, gracias a la profesionalidad de un cirujano dedicado a honrar una profesión, que pese a algunos, está cada vez mejor dotada.

Lástima que los ojos endoscópicos que penetran en nuestro interior, no estén aún preparados para detectar la capacidad que nos invade contra nosotros mismos, dominando nuestra voluntad; para sumergirnos en el mar de la esclavitud de nuestras propias vanidades, eliminándolas; para limpiarnos de los estrechos pasadizos de la envidia; aligerar los recodos que reprimen nuestra ansia de vivir; o purgar los almacenes donde guardamos lo ruin que llevamos dentro, como si fueran los tesoros de una falsa personalidad.

Ni la ciencia, ni la cirugía, ni los aparatos más complejos, ni las mejores manos esterilizadas tienen la capacidad suficiente para encajar en las celdas del pensamiento humano el más bello y racional libro de viajes que nos ayude a transitar ajenos a la violencia y degradación que tanto nos asola, o conseguir, si acaso, erradicar el desprecio por la vida de los seres más allegados a los que tanto se les atormenta.

Mientras tanto, el ejemplo del doctor Don Pedro Cavadas, cirujano de la Clínica El Consuelo de Valencia, nos hace sentirnos mejor. Y con su genial aportación, restituye el mal que otros hacen.

28 abril 2008

CRUCE DE MIRADAS

-¿Qué prefiere el señor, carne o pescado?-

Así, a bote pronto, sin que yo hubiese pensado qué comer aquel mediodía agosteño en el barrio judío de Córdoba, agotado por el calor, una vez sentado en un relajante y fresco patio andaluz convertido en restaurant, donde las buganvillas eran sus mejores cortinas.

-¿Carne o pescado?- Insistió simpático el joven, que no dejaba de mirarme, fijo a mis ojos, y esperando a que yo tomase una decisión.

-Una cervecita, por favor, que vengo seco –le contesté algo angustiado, pero a la vez satisfecho ante el porte y buen aspecto de aquel jovial muchacho a quien respondí con mi mirada envuelta en una sonrisa-, y…mientras tanto me lo pienso.

En aquella ocasión iba solo, sin prisas, pues acababa de llegar a la antigua ciudad del Califato, requerido por un notario para testar a mi favor la herencia de una céntrica casa mora con huerto y jardín andaluces, propiedad de un primo hermano de mi padre –éste también fallecido- sin descendencia alguna, y yo, por lo tanto, a mis treinta y dos años, declarado su heredero universal, de quien, salvo en una ocasión, cuando yo tenía tres años, en la que vino a verme a las orillas del Segre, nada o muy poco sabía.

-Ahí va la cervecita, señor, ¿carne o pescado? -insistió algo nervioso el joven, al mismo tiempo que yo pensaba en aquel camarero al que veía en sus ojos un encanto algo especial.

-¡A ver, cómo te llamas, majete!– le dije sonriente, una vez refrescado por el trago de aquel alivio de frio cielo- ¡Amable!, me llaman Amable, señor –me contestó solícito y con intención de agradarme.

-Entonces, Amable, -a quien le eché unos pocos años menos que los míos- qué crees que yo prefiero, carne o pescado, porque… seguro que adivinas mi gusto, y quizá puedas echarme una mano. Además, por la edad, prefiero que me tutees. Pero, venga, dime, ¿qué crees que me gusta a mi?

-Pues no sé, pero…con esos ojos pillos que tiene Vd. –me contestó atrevido- creo que le gustan las dos cosas, la carne y el pescado. O quizá sólo la carne, no sé, algo me hace dudar.

-Venga, tráeme otra cervecita y a ver si decido qué tomo. Pero, me parece que me decidiré por la carne, que creo que a ti también te va y quizá nuestros gustos sean coincidentes. ¡Luego me lo dices!

-¡Rabo de toro, señor!, le recomiendo un buen rabo de toro, lo mejor de la casa –me ofreció sin pensarlo y con un guiño en sus ojos.

Algo había en aquel joven que me impidió que rechazara su oferta. Así que le hice caso; y ya en la sobremesa, saboreando el café y con la cuenta en sus manos me dijo ocurrente: ¿Le ha gustado el rabo, señor? A lo que le contesté entusiasmado: ¡Con locura, me ha gustado con locura, jamás probé nada mejor!

Sentado en la mesa y terminando el café, me saltó la duda que aún no había sabido resolver: si era carne o pescado lo que más me gustaba, y más, después de la experiencia gozosa en aquel pequeño y coqueto patio andaluz.

Lo bien cierto fue, que tras probar el rabo que me había ofrecido tan amable efebo de ojos alegres y boca provocadora, despejé mis dudas y concluí que lo mejor, a partir de entonces, sería el decidirme por la carne.

Lástima que a las cinco de aquella tarde tenía cita con el notario, y de seguido coger el tren, alejándome de la ciudad cordobesa para siempre. Aunque…quién sabe, quizá algún día, y a lo mejor muy pronto, me decida por volver.
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(“Cruce de miradas” es un relato que ha participado en el 31º Proyecto Anthology. Tema: CARNE O PESCADO)

25 abril 2008

FLECOS ROMÁNTICOS


Cuando la mujer es la principal víctima de la violencia de sexo, agredida primero por la clase política que la ha convertido en “genero”, cuando ella lo que hace es luchar por dejar de ser una “cosa”, la ley de la paridad, cincelada con el fiel de la balanza como la existente en cualquier mostrador, pero hábilmente manipulada por el comerciante de delantal blanco y adulterada por repesos escondidos, convierte tanto al hombre como a la mujer en un simple cociente, cuya única legitimad viene dada por superar con éxito la prueba del nueve.

Hecha correctamente la división, todo lo demás es irrelevante y los méritos contraídos quedan reducidos al campo de las lealtades, baluarte que salvaguarda la línea de flotación de cualquier empresa, cuyo único objetivo es el de permanecer secularmente.

No son estos los tiempos en los que la expresión generosa con la mujer está en sus más altas cotas, donde la galantería brilla no ya al estilo decimonónico, ni tan siquiera como aquel que empleaban nuestros abuelos y bisabuelos, galantes y educados, que con la flor en una mano y el tratamiento de Vd. en la boca trataban a las damas de la forma más dulce y gentil.

La Ley de la paridad, haciendo raya por decreto nos iguala a todos, y garantiza de esta forma la permanencia en el poder a ambos sexos, en perjuicio de ninguno. De tal guisa, trata de evitar que la mujer, el ser más inteligente de la creación en lo bueno y en lo malo, supere al hombre; y por ahí parece que va la cosa.

Sin embargo, el Ayuntamiento de Alicante, galante y generoso, alza su voz y propone que sea primero la dama en caso de empate ante cualquier oposición municipal.

Cuando el mar se tragó al Titanic, su voracidad no pudo con la galantería, pues fueron las mujeres junto a los niños, los primeros en procurar su salvación.

Buena es la ocasión para que las matemáticas sucumban, y no está nada mal que si alguien entiende que las leyes están para infringirlas, al menos, en este caso, se dé preferencia al sexo. Que no al género.

20 abril 2008

EL SR. MERCADILLO Y MORALEJA


El Sr. Mercadillo y Moraleja se vio agobiado al percatarse de que próximo al huerto de su casa, junto al lavadero, en los campos secos junto al encinar, allí donde los amaneceres son más bien tristes, no porque el aburrimiento sea perenne, sino también porque los cantarines trinos nunca se oyen, apareció un buen día una joven inquiriendo por él.

-¿Vive por aquí el Sr. Mercadillo y Moraleja, huido de Salamanca, de oficio guarnicionero y que jamás quiso a una mujer? –dijo la muchacha a unas lavanderas que secaban las ropas en risueña y picara conversación.

Tras la parra, escondido, el Sr. Mercadillo y Moraleja la escuchó vacilante, aunque confiado en su anonimato. El que sus vecinas ignoraran cual era su verdadero nombre, lo hacía todo más fácil.

-¡Nadie responde a ese nombre aquí en la aldea! – Le contestó una de las mujeres, la más vieja de todo el pueblo- ¡quizá se ha equivocado de lugar! Vaya a la otra parte del rio que está más poblada, a la que llegan con frecuencia gentes extrañas.

De esa manera despidió la vieja a la joven, que de tan lista como era, ya se había dado cuenta de a quién correspondía la identidad de quien por él preguntaba.

-¿Qué le ha hecho a esa niña, Sr. Mercadillo y Moraleja, acaso anida en ella la deshonra y en Vd. la culpa? –le instigó la vieja.

-¿Qué te hace pensar en ello, vieja bruja? Por qué, deshonra, ¿no pudiera ser otra causa el motivo que le lleva a mi busca?

-¡Si lo sabía! Convencida estaba que es a Vd. quien esa joven busca. Sólo me falta saber sus motivos, aunque creo, y por lo que voy conociéndole, que ya estoy en ellos.

-¿Motivos? Yo se los digo. Soy su padre, y de ella huyo porque prefirió vivir con su madre a la que abandoné cuando se entregó a otro, sólo por la avaricia del vil metal. Y ahora, cuando se ven abandonadas las dos por aquel rufián, buscan mi dinero que no pienso darles.

-¿Y dónde lo tiene? ¿Escondido en un calcetín?

-A Vd. se lo voy a decir, ¡faltaría más!

El viento chascó la ventana junto a la Universidad, y D. Avaro Cuéntalos se despertó asustado y lleno de una gran preocupación. De su entrepierna bajo la sábana, cogió la llave anudada con la que abrió el cofre escondido dentro de un viejo televisor, lleno hasta los bordes, y asegurándose de que allí todo estaba.

13 abril 2008

EL CAMINO DE LAS CAÑAS


Todo tiende a posarse en nuestras vidas, y cuando cualquier soplo de viento sacude y limpia con sus brazos el cieno que nos inunda, éste se expande con la velocidad del aire caliente que huye hacia sitios más fríos, al igual que las moléculas calientes, que huidizas, buscan el encuentro de un nuevo sitio donde alojarse, reviviendo de nuevo.

La zona del “camino de las Cañas”, otrora fértil huerta pegada a nuestra ciudad, regada por una acequia, en cuyas riberas coincidían pequeñas higueras junto a los espinos de las zarzamoras y los arbustos de los membrillos, a los que la chiquillería –el que suscribe entre ella- acudía sin renunciar al chapuzón veraniego en sus ratos de juegos terminado el curso escolar, se ha convertido en la actualidad en un plantel miserable, ruin mercado de la droga, donde el mejor abono se consigue desde las frustraciones humanas, de cuyas mugrientas y sombrías savias se alimenta.

Sin necesidad de riegos y cuidados, los ahora secos canales son utilizados como arterias retorcidas, que a flor de piel en los campos yermos por los que se esconden los camellos, se afanan como trombos criminales en satisfacer el peaje de su dosis diaria a través de la ruta de la droga en donde se esconden como topos y al amparo de la ley. A la que tantas veces se han sometido sin que sirviera para nada.

En el mundo sombrío de las miserias, la búsqueda de nuevas sensaciones que excitan nuestros sentidos volcados al tobogán de nuestro derrumbe, convertidos en traficantes o consumidores que casi siempre es lo mismo, se diseña el emblema vergonzante de nuestra sociedad en el que mientras son muchos los que miran hacía otra parte, otros acuden sedientos ocultando sus caras como el hecho más humillante del mundo en que vivimos.

Se dice que muerto el perro se acabó la rabia, pero en este caso el aforismo es como una estafa, igual a los beneficios del pinchazo en nuestras venas, o al de la blanca raya, que bella como la nieve, resulta tan sucia como el veneno que en ella se esconde. El perro, latente en nuestra sociedad, saldrá de su guarida por otra boca de metro a la búsqueda de un nuevo lugar donde acomodarse; lugar al que acudirá nuevamente la sed de la rabia incubada en nuestra sociedad, como el de un falso paraíso donde ocultar el fracaso de una vida auspiciada por quienes convencidos de una tierra prometida en la que creyeron, merced a panfletos libertarios producidos con el único fin de apropiarse de nuestra voluntad, el huir del infortunio les resultará harto difícil.

Ahora se anuncia la construcción de nuevas viviendas en ese trozo de huerta, “camino de las Cañas”, como la mejor de las soluciones a su erradicación definitiva. Pero, las “cañas”, como en tantas otras ocasiones, serán nuevas lanzas, cuya diana emergerá nuevamente, y con seguridad en otra parte.

10 abril 2008

LA DESACELERACIÓN

El Águila de Toledo, el famoso ciclista héroe de gestas pirenaicas y triunfador por “Les Champs-Élysées”, nunca nos mintió y cuando a base de su bizarro esfuerzo llegaba al punto más alto del camino, el más próximo a las nubes, él seguía con los pies en sus pedales, nada de volar por los aires, anclado al basto e incomodo sillín de su modestia y dispuesto a lanzarse por los abismos desafiando a la muerte en una tumba abierta llena de peligros imprevistos por las curvas estrechas del Tourmalet. Lo hacía echando el freno de vez en cuando, porque su libre aceleración así lo aconsejaba, y una cosa es desafiar a la muerte y otra rendirse a ella a cambio de nada. Él, el sencillo rey de la montaña, en su bajada, sabía el momento exacto de cuándo acelerar sin despreciar las necesarias ayudas, así como el momento justo de la frenada evitando que el pelotón que le acompañaba no se despeñara por los abruptos aliviaderos, rutas al infierno, en cuyos incómodos recodos los fervientes admiradores enloquecidos por aquella proeza daban sus gritos de aliento.

El Águila de Toledo nunca nos mintió, porque sus cartas estaban tan claras como el agua que humedecía su rostro seco tras la angustia de una escalada, cuando los fieles seguidores trataban de reconfortarle arrojándosela a su cara. El hombre encima de la maquina era y representaba simplemente eso, el esfuerzo acelerado hasta el límite de sus fuerzas y dando lo mejor de sí mismo.

Ahora ya son otros tiempos, y la Formula Uno está al alcance de todos los españoles y los motores rugen quemando combustible como si éste sobrara, acelerando en la recta o frenando en la curva acolchada donde toda protección es poca. Ya no es cuestión solo de bizarría, porque los caballos braman y arrinconan a los pedales y su aceleración o desaceleración ya solo es cuestión de acariciar el pedal en el modo y momento precisos, si bien con inteligencia, también con el mínimo esfuerzo. Pero Fernando Alonso, que no tiene nada de Águila de Toledo y sí de recauchutado panel publicitario, tampoco miente a nadie y nos habla claro y rotundo de cómo ser el número uno superando a otros en la velocidad que imprimen, embriagado por la parafernalia que le aúpa al pódium de su gloria.

Sin embargo, hay otros caminos por donde todos tratamos no de llegar los primeros, sino de penar manteniéndonos, y ello, por las enormes dificultades que salen a nuestro encuentro sin que estén a nuestro alcance ni los pedales bizarros ni el dominio del motor que trata de irrumpir en nuestras vidas, entramado al que nos vemos obligados a sucumbir.

Es el motor de la crisis que ahora nos tratan de ocultar, hablándonos de la desaceleración como si aquella no existiese. Nos recrean pues en esa carrera en la que si el Águila de Toledo aún estuviera presente, como lo haría surcando el cielo -cuestión en la que ya no hay que creer- lo mejor es ignorarlos: al cielo y a la crisis. La cosa está muy clara: ausente la crisis, la presencia de la desaceleración nos llena de esperanza. Como cualquier vulgar cuento de chinos.

08 abril 2008

EL DORADO

Cuando lo mítico se une a la imaginación desbordándose de sus cauces, surge la leyenda de un sueño en el que para uno, ansioso de un dulce despertar, la búsqueda de la realidad placentera se transforma en una meta deseosa de alcanzar, sea ésta cual fuere, y de acuerdo con las ilusiones que en cada uno se anidan tantas veces frustradas, cuando no lo han sido siempre.

El Dorado representó un sueño para los que en su imaginación veían los deseos de riqueza, lo que les llevó incluso hasta la muerte. Pero valía la pena intentarlo y convencidos estaban de ello, porque el pasar de la hambruna más angustiosa al trono del oro triunfal, sólo era cuestión de un firme propósito y de emprender una ruta llena de dificultades hasta llegar a él. Sabedores de su existencia y una vez alcanzado el cuerno de la abundancia, el estar más cerca de la gloria era un sueño inigualable, un privilegio imposible de refutar.

Pero no fue aquella una actitud concreta de una época determinada, porque en nuestros días, la búsqueda del Dorado sigue presente en nosotros, al menos, para unos cuantos. Sea en vuelo regular o en vuelo charter, o en autobús, o disfrazados de la forma más variopinta: como desde el socorrido despacho de la Lotería Nacional al del prodigio del más puro ingenio, la obtención de un buen premio sigue latente en nuestras vidas, y en las de algunos, de forma decidida.

El dorado “encuentro de la amistad” para solteros viene a ser algo así como un seguro eslabón para un futuro familiar, pero con el firme propósito de que ésta, la familia, no crezca. Qué sea sólo cosa de dos: dicen ellas y dicen ellos.

Doscientas mujeres llegaron en autobús a Zucaina (bello nombre más de mujer aunque en esta ocasión sea de un pueblo castellonense) invitadas desde esa localidad en una feliz iniciativa en la que pudieran encontrar, más que el sueño dorado, la posibilidad de un rato feliz. Porque dicen, que la felicidad siempre llega a pequeñas dosis, y que la suma de muchos instantes parecidos, sí que nos pueden acercar al Dorado.

Y allí estaban ellas y ellos, con sus pañuelos rojos al cuello, como si de un San Fermín se tratase, pero no con la intención de correr raudos delante de un toro bravo, aunque sí con el convencimiento de que en su bambolear sensual, la cuestión estriba en esta ocasión, en tumbar al suelo a la ilusionada pareja asistente a la feliz ocurrencia de unos vecinos, de cuya imaginación se desborda (no entre mitos y leyendas) la búsqueda del Dorado, principal objetivo al que nunca debemos renunciar.

06 abril 2008

SITIAL BUCÓLICO

-Su enfermedad es incurable. Unos diez meses…quizá un año. Es muy poco probable que pueda superar ese tiempo. Sólo al final sentirá fuertes dolores, pero con una medicación adecuada no los padecerá. Considero que es mejor que lo comente a su entorno familiar; ahora bien… si prefiere silenciarlo, lo entenderé perfectamente.

-Diez meses… un año. Humm. ¿Comentarlo? ¿A quién? Doctor, estoy solo en este mundo apenas un par de amigos, y de uno de ellos, no estoy muy seguro de su amistad, y a los que, por supuesto, prefiero ocultarles lo que me pasa. ¿Para qué? Creo doctor que sólo tengo que rendir cuentas a mi alma, mi única dueña, y resolver mis dudas. Mientras tenga algo de fuerzas y la necesaria lucidez, a ello dedicaré el tiempo que me quede.

Todos los días quise contemplar la salida del sol en un lugar muy próximo a mi casa. Un pequeño valle, cruzado por un riachuelo, era el lugar elegido, y en medio de él, como una veta blanca, el curso caprichoso de sus aguas cantarinas serpenteaba y partía en dos la alfombra verde salpicada de blancas margaritas dejadas al azar por las manos artesanas del creador de tan idílico paraje. Mientras que un águila real rasgaba la mañana vista por mis ojos con el clarear del día, allí, sobre una piedra enorme que rompía el trenzado de tan bello tapiz, sitial bucólico, acomodaba mi ilusión atento al sol que aparecía por los riscos dándome los buenos días, incluso escondido entre nubes, como lo hacía de vez en cuando. Y no he faltado ni un solo día a su encuentro de estos últimos diez meses que han pasado, próximo ya a cumplirse el año, cuando el dolor, cumplidor con su compromiso, me lanza su primer aviso, como otro amanecer no tan grato al del que acaricia mi rostro haciéndolo con gran mimo.

En todo este tiempo he hablado con mi alma, sin llegar a entendernos. Quizá lenguajes extraños, ajenos a ella y a mí, y ante la ausencia de traductores interesados que pudieran serme útiles, más por desconfianza (motivo suficiente para no ir en su búsqueda), el único remedio que pudiera darme algo de fe era asegurar mi alma, sin perderla para siempre. Y que allí donde yo fuere, ella siga dentro de mí.

Los rayos del Sol bañan y calientan mis ojos, mis párpados saben de su tibieza y los siento por todo mi cuerpo, como protegiéndolo del frio que en pocos días acudirá voraz a mi cuerpo con la intención de adueñárselo, alojado en su refugio eterno quién sabe dónde. Son ellos, rayos embajadores, la única ayuda disponible con que cuento en este instante, todo lo demás es estéril, es perecedero. Alzo mis manos, los noto, los acaricio, estiro de ellos, me deleito y gozo con su calidez, me convierto en dueño y señor, y lentamente, desde mis dedos descalzos incrustados sobre la hierba mojada, como si los rayos fueran alambres dorados, regalos caídos del cielo, envuelvo mi cuerpo con ellos de pies a cabeza, convirtiéndome en una madeja viviente de ya pocos días de vida, sin dejar un solo resquicio por donde pueda escapar mi alma. Allá donde vaya, la quiero conmigo.

(“Sitial bucólico” es un relato que ha participado en el 30º Proyecto Anthology. Tema: ALAMBRE)

04 abril 2008

CARÁCTER VALENCIANO


Acostumbran a decir “el Levante feliz”, pero tras el elogio, a veces con el tinte de la envidia se esconde la aceptación de una verdad en la que merced al optimismo de las gentes que lo integran, supo afrontar cualquier adversidad, incluso superarlas, a base de tesón y de una responsable alegría en ocasiones mal interpretada.

A la luz que nos brindó nuestro paisano Sorolla, tan de actualidad en nuestra ciudad durante los últimos seis meses, criticado por un fundado pesimismo que inundó de brumas a la generación del noventa y ocho, se unió la tragedia de “La barraca” blasquista que, no obstante, supo pervivir en el tiempo junto a “la alegría de la huerta”, cuyos sembrados, por otra parte, ocupan menos espacio en la actualidad debido al crecimiento urbano especialmente, y al “enorme campus de la Politécnica” en el que el producto de la siembra cultural, también fruto necesario y por supuesto nada despreciable, no hace más que restar trabajo al milenario Tribunal de las Aguas.

La Valencia liberal y tolerante, abierta al mediterráneo (cada vez más cercano a una ciudad de que antes vivía alejada de sus aguas), fue lugar de entrada de sucesivas civilizaciones que han ido depositando en nuestro crisol, más que la cultura de la vanidad la del desprendimiento y la de la entrega, y a ella siguen acudiendo gentes y cada vez con mayor intensidad. Acuden a la aldaba barroca de nuestra historia, confianza de la que se aprovechan otros siempre dispuestos (y con sus alforjas prestas al botín) en su pertinaz intento de apoderarse de lo que nunca les perteneció. La Valencia generosa en la que permanece intacta la alegría de la pólvora que la envuelve, la que se embriaga al mismo tiempo con el perfume de un bullicio cada vez más presente, es una ciudad cada vez más internacional.

El prestigioso doctor Rojas Marcos, profesor de psiquiatría en la ciudad de Nueva York, la capital del mundo en la que cohabitan todas las especies humanas, gran conocedor del entramado humano que condiciona al hombre, y de visita en nuestra ciudad, nos define como portadores de sentimientos positivos, a pesar de que no nos ufanemos de ello. Pone el punto sobre las íes y justo en su sitio, y acertando de lleno cuando denuncia la falsa idea de que el optimismo convive con la ingenuidad, por lo que resulta mal visto siendo esto la causa del renuncio.
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Algo así, como lo que muchos definen como “meninfotismo”: restar o quitar importancia a las cosas desatendiéndose de ellas, cuando lo que en el fondo subyace es la buena acogida y tolerancia a quienes nos visitan. Incluso a los que en ellos se anida la más perversa de las intenciones; que haberlos, haylos.

23 marzo 2008

MAÑANA DE DOMINGO


Para aquella mañana lluviosa y desangelada la mejor opción era ir al encuentro de semblanzas conocidas, cuyo recuerdo podrían serme útiles no solo para cubrir unas pocas horas, sino para rememorar páginas viles o gloriosas de un pasado más o menos interesante. Allí estaba un tal Lord Smith, al que trataba de identificarle, dieciochesco, traje rojo ceñido, gola de tul y encaje, puñetas blancas y barrocas, pura fantasía; mirada fría nada penetrante. Todo un primor.

Poco o nada sabía de él y menos de su infancia, y en mi intento de imaginármela, deduje que bien pudiera haber sido como la de cualquier jovenzuelo de los de ahora locuaz y bullanguero, hasta algo gamberro, que como cualquier otro mortal tiene rasgos de los que siendo inconsciente son indicativos de su personalidad.

Pero a él, al Lord Smith, vacío e impasible, no le sucede como a Juanito con quien lo comparo, nuestro vulgar zagal de barrio que disfruta vivaracho, y que cuando recibe un premio, cualquiera que éste sea, ensancha las mejillas, arquea la boca y una ligera babita brota y se pierde por sus labios.

Juanito, que nunca creyó en el infortunio, cuando va por la acera y se le cruza un gato negro, se queda quieto, mira hacia otra parte y cuando el animal se confía le da un puntapié y lo encesta en un contenedor. Él no es convencional. No, Juanito no es de esos tontos del haba que cuando ven una rubia joven de carnes prietas, aguerridas y con minifalda justo allí donde separa lo bello de lo perverso, se pone chulito untado de colonia cara, eleva sus tacones y le dice a la ninfa bonita que él es aficionado a los cruceros o que juega al golf todos los días del año. Él es algo más normal. Sin embargo, saca entonces el cleenex, se lo pasa por sus labios y queda contento, complacido con su guiño habitual y la miel en su boca.

Juanito tiene mucha personalidad, todo el barrio lo sabe y cuando alguien le grita, a nadie escucha. Juanito, sordo de nacimiento, aprendió a hablar con un libro de autoayuda, y con él, gesticulando, supo cómo educar sus cuerdas vocales, cómo colocar los labios y cómo poner música a lo que le dictaba su corazón. Fue entonces cuando se dio cuenta de que acababa de hacerse a sí mismo. Sacó otra vez el cleenex, se lo pasó por los labios, y orgulloso de su proeza se rascó su barriga en otra de sus flaquezas.

Juanito que siempre soñó con ser libre, otro día, uno de esos tan cruciales en su vida, se compró una moto. Se fue confiado a una autopista en que no habría fronteras donde detenerse, pero sin darse cuenta que una vez vaciado el depósito volvería a la esclavitud necesitado como estaba de los demás. En esta ocasión, serio y taciturno, no echó en falta al socorrido pañito, mosqueado como estaba por un infortunio en el que sí creyó, al menos desde entonces.

Fue cuando preso de un descontento inesperado entendió la importancia de erradicar de su cuerpo cualquier gesto anunciador de una frustración innecesaria.

A partir de ese momento no solo renunció al cleenex, sino que evitó cerrar los ojos ante cualquier espasmo nervioso o algo que le intimidara. Impidió que su dedo índice fuera directo a su tímpano cuando estaba inmerso en un libro en sus momentos de leer renunciado a un placer levemente perceptible. Apalancó su hombro propenso al impulso nervioso dispuesto a convertirlo en un escuálido guiñol en cualquier instante de su vida sin saber el porqué; y, entre otros de sus hábitos, detuvo su dedo meñique ávido de alcanzar la gruta de su órgano olfativo en sus ratos de aburrimiento, placer de dioses pero ajeno al mejor de los decoros.

Y fue entonces cuando Juanito, muñeco almidonado, dejó de interesarme, al haber renunciado a esas sencillas cosas que nos dan pequeños instantes de felicidad.

Como Lord Smith, ausente de guiños, quien con su rostro frio pero brillante, de mirada viva pero perenne y ojos como de cristal, con sus manos tan abiertas como quietas y de uñas limpias, perfumado con la miel de romero, más parecía un libro abierto de hojas blancas y palabras inexistentes, prototipo urbano de un muñeco insulso, aburrido, moldeado merced a las manos de un artista genial y sólo a merced de los destellos de los focos hacía él dirigidos en un día cualquiera, inclusive los de domingo.

(“Mañana de domingo” es un relato que ha participado en el 29º Proyecto Anthology. Tema: TICS)

13 marzo 2008

VALENCIA EN FALLAS

Todo su orgullo fallero lo tenía dentro de su corazón, y con su mano firme protegía a la de la Fallera Mayor infantil quien un instante antes había prendido la pólvora, paso a la cremá de la pequeña falla que pondría fin a la fiesta, justo cuando unas tristes lagrimas bañaron el rostro de la niña.

A él, al Presidente de la Falla infantil, también le acudieron deseos de derramar unas lágrimas, pero se contuvo, y su impronta institucional se amalgamó por la nube fumífera que le envolvía, mientras su mente de adentraba en un pasado escuchado tantas veces en el arraigo fallero de su padre y también de su abuelo.

Su origen costumbrista, el de la fiesta, cuando una vez al año los carpinteros sacaban a la calle los restos de tablas inservibles y muebles rotos que apilándolos les prendían fuego para desprenderse de ellos, celebrando de forma festiva el día de su patrón, San José el carpintero. Y con el tiempo, aquellos trastos viejos dieron paso a figuras satíricas creando grupos de crítica social, y con ellos, el nacimiento de una fiesta declarada de Interés Turístico Internacional en el pasado siglo XX.

Pensaba en todo ello el Presidente, mientras veía cómo se extinguían dentro de un círculo rojo sus últimas brasas, residuos de un año de ilusiones y fuente incandescente de otro que comenzaba en ese mismo instante, mientras le daba su pañuelo blanco a la fallerita que junto a él lloraba el final de su reinado.

Sabía por su abuelo de una cita de a finales del siglo XVI que hacía alusión a las fiestas falleras, y que mencionaba un sueldo pagado a un artesano por la realización de una falla, cuyo recuerdo le llegaba de forma vaga. Sin embargo, de lo que no tenía ninguna duda, es que a mediados del XVIII, la fiesta ya había alcanzando una gran raigambre popular, y llegados los días señalados se sacaban los ninots junto a las casas a la espera de la noche de San José, cuando eran entregados al fuego en un ambiente festivo y vecinal.

Nuestro Presidente infantil sabe de los problemas de todo tipo que sufren los falleros todos los años, como también de un oficio de 1784, existente en el Archivo Municipal de Valencia, que ponía las primeras trabas para colocar las fallas en determinadas calles estrechas, o junto a casas que pudieran encerrar cierto peligro en el momento de la cremá. Sin embargo, ésta determinación, supuso un cambio importante que hizo dar un vuelco y un fuerte impulso a una fiesta que a partir de ese año iba a ir creciendo de forma imparable. Las fallas empezaron a colocarse en las plazas y calles más anchas, pasando a ser grupos satíricos con la posibilidad de ser vistos dando la vuelta a la falla - costumbre que se implantó como consecuencia de aquella orden municipal-, y leyendo las críticas dirigidas contra la burguesía y el clero especialmente. Lo que llevó a la prohibición de la fiesta en 1895, aunque pese a ello y desafiando al poder municipal, las fallas fueron plantadas aquel año. Fue éste el que Lo Rat Penat creó un galardón para premiar la mejor falla, hasta que ya en el nuevo siglo, el Ayuntamiento aceptó la responsabilidad de establecerlos.

Entrado el siglo XX fueron muchos los falleros que impregnados de una fiesta que les ardía en la sangre, como en la de nuestro Presidente infantil fruto de tantas generaciones, dieron un gran impulso a una fiesta, en la que las fallas, el monumento y el arte formaron un solo cuerpo de corazón imperecedero transformándose en una fiesta donde el ingenio y la gracia, mundialmente reconocidos, son inseparables ante la mirada atónita de quienes nos visitan por primera vez. Méritos logrados no solo por el espíritu abierto, mediterráneo y fallero de quienes las hacen posible, sino por el cariño y sentimiento representados en una fallerita que llora el final de su reinado, junto a un Presidente infantil lleno de orgullo y valencianía que con el índice de su mano se aparta una lagrima que surge de su mirada fija en las pavesas que vuelan hacia el cielo.